Palabras
aciagas
Mirabas el mundo,
creías, era la fe. Fue la vida
el luminoso encuentro del espíritu con la verdad,
era lo mismo que la alegría de la carne.
Ibas ebrio, de ti mismo brotaba la fuente de la vida;
crecer era un rumor del aire, dijérase
que era turbar el tiempo,
y aprendiste a mirar la transparencia de la noche
y a tocar con los labios la luz,
cuando de ti brotó la negación primera.
Derribaste, a escondidas, las torres de Dios,
los muros de los hombres con menor esfuerzo. Fuiste
glorioso,
culminó allí tu vida.
Son ahora muy pocas las creencias,
y para enfrentarse a la ruindad vergonzosa del mundo
la llama de tu espíritu es mezquina,
y estás en la edad de los hombres.
¿Qué salvarás, si esa verdad tuya
-la que hará de ti un héroe, ayudada del azar,
o un traidor-
es a la vez amiga y enemiga?
No vuelvas la pesadumbre de tus ojos
a los demás; nadie podrá ayudarte
en esta hora de amargura.
Los hombres hoy sólo te ofrecen amor
como tú a ellos en otras ocasiones.
En la soledad has escrito estas palabras
y estás ardiendo:
húndelas en la oscuridad.
(Palabras a la oscuridad, 1966)
Mirabas el mundo,
creías, era la fe. Fue la vida
el luminoso encuentro del espíritu con la verdad,
era lo mismo que la alegría de la carne.
Ibas ebrio, de ti mismo brotaba la fuente de la vida;
crecer era un rumor del aire, dijérase
que era turbar el tiempo,
y aprendiste a mirar la transparencia de la noche
y a tocar con los labios la luz,
cuando de ti brotó la negación primera.
Derribaste, a escondidas, las torres de Dios,
los muros de los hombres con menor esfuerzo. Fuiste
glorioso,
culminó allí tu vida.
Son ahora muy pocas las creencias,
y para enfrentarse a la ruindad vergonzosa del mundo
la llama de tu espíritu es mezquina,
y estás en la edad de los hombres.
¿Qué salvarás, si esa verdad tuya
-la que hará de ti un héroe, ayudada del azar,
o un traidor-
es a la vez amiga y enemiga?
No vuelvas la pesadumbre de tus ojos
a los demás; nadie podrá ayudarte
en esta hora de amargura.
Los hombres hoy sólo te ofrecen amor
como tú a ellos en otras ocasiones.
En la soledad has escrito estas palabras
y estás ardiendo:
húndelas en la oscuridad.
(Palabras a la oscuridad, 1966)
Palabras para una despedida
A Juan Gil-Albert
Está la luz despierta,
se adentra en los ojos el contorno del monte,
y el grito de los pájaros desvanece el oído
al venir de los húmedos huertos.
Los blancos pueblos de la costa,
felices de lujuria y juventud,
alientan junto al mar, lejanos.
No estoy allí, mas lo que fui deseo:
la dicha viva, los sentidos borrados,
ahora que en el jardín el tiempo se arrincona en las
sombras,
y el olor de las rosas sube al aire.
Hay humos blancos y calladas palomas
en la altura, y voces que se alejan,
hay demasiada vida para una despedida.
Y un día habrá de ser,
sin que la grata luz, las voces de la casa,
los cultivos del huerto, los días recordados
de la remota y breve juventud,
ni tampoco el amor que me tenéis,
retrasen la obligada despedida.
Tendré que aposentarme en la aridez,
y perdida la imagen de este mundo
y perdido yo mismo,
siento que aquel reposo será estéril,
que la vida no fue, que el fervor
de cualquier despedida es un engaño.
(Aún no, 1971)
¿Con quién haré el amor?
A Juan Luis Panero
En este vaso de ginebra bebo
los tapiados minutos de la noche,
la aridez de la música, y el ácido
deseo de la carne. Sólo existe,
donde el hielo se ausenta, cristalino
licor y miedo de la soledad.
Esta noche no habrá la mercenaria
compañía, ni gestos de aparente
calor en un tibio deseo. Lejos
está mi casa hoy, llegaré a ella
en la desierta luz de madrugada,
desnudaré mi cuerpo, y en las sombras
he de yacer con el estéril tiempo.
Vuelve la hora feliz. Y es que no hay nada
sino la luz que cae en la ciudad
antes de irse la tarde,
el silencio en la casa y, sin pasado
ni tampoco futuro, yo.
Mi carne, que ha vivido en el tiempo
y lo sabe en cenizas, no ha ardido aún
hasta la consunción de la propia ceniza,
y estoy en paz con todo lo que olvido
y agradezco olvidar.
En paz también con todo lo que amé
y que quiero olvidado.
Volvió la hora feliz.
Que arribe al menos
al puerto iluminado de la noche.
(Aún no, 1971)
Canción de los cuerpos
La cama está dispuesta,
blancas las sábanas, y un cuerpo se me ofrece
para el amor.
Abramos la ventana,
entren calor y noche, y el ruido del mundo
sea sólo el ruido
del placer.
Que no hay felicidad
tan repetida y plena
como pasar la noche,
romper la madrugada,
con un ardiente cuerpo.
Con un oscuro cuerpо,
de quien nada conozcо
sino su juventud.
(Insistencias en Luzbel, 1977)
El más hermoso territorio
El ciego deseoso recorre con los dedos
las líneas venturosas que hacen feliz su tacto,
y nada le apresura. El roce se hace lento
en el vigor curvado de unos muslos
que encuentran su unidad en un breve sotillo perfumado.
Allí en la luz oscura de los mirtos
se enreda, palpitante, el ala de un gorrión,
el feliz cuerpo vivo.
O intimidad de un tallo, y una rosa, en el seto,
en el posar cansado de un ocaso apagado.
Del estrecho lugar de la cintura,
reino de siesta y sueño,
o reducido prado
de labios delicados y de dedos ardientes,
por igual, separadas, se desperezan líneas
que ahondan. muy gentiles, el vigor más dichoso de la edad,
y un pecho dejan alto, simétrico y oscuro.
Son dos sombras rosadas esas tetillas breves
en vasto campo liso,
aguas para beber, o estremecerlas.
y un canalillo cruza, para la sed amiga de la lengua,
este dormido campo, y llega a un breve pozo,
que es infantil sonrisa,
breve dedal del aire.
En esa rectitud de unos hombros potentes y sensibles
se yergue el cuello altivo que serena,
o el recogido cuello que ablanda las caricias,
el tronco del que brota un vivo fuego negro,
la cabeza: y en aire, y perfumada,
una enredada zarza de jazmines sonríe,
y el mundo se hace noche porque habitan aquélla
astros crecidos y anchos, felices y benéficos.
Y brillan, y nos miran, y queremos morir
ebrios de adolescencia.
Hay una brisa negra que aroma los cabellos.
He bajado esta espalda,
que es el más descansado de todos los descensos,
y siendo larga y dura, es de ligera marcha,
pues nos lleva al lugar de las delicias.
En la más suave y fresca de las sedas
se recrea la mano,
este espacio indecible, que se alza tan diáfano,
la hermosa calumniada, el sitio envilecido
por el soez lenguaje.
Inacabable lecho en donde reparamos
la sed de la belleza de la forma,
que es sólo sed de un dios que nos sosiegue.
Rozo con mis mejillas la misma piel del aire,
la dureza del agua, que es frescura,
la solidez del mundo que me tienta.
Y, muy secretas, las laderas llevan
al lugar encendido de la dicha.
Allí el profundo goce que repara el vivir,
la maga realidad que vence al sueño,
experiencia tan ebria
que un sabio dios la condena al olvido.
Conocemos entonces que sólo tiene muerte
la quemada hermosura de la vida.
Y porque estás ausente, eres hoy el deseo
de la tierra que falta al desterrado,
de la vida que el olvidado pierde,
y sólo por engaño la vida está en mi cuerpo,
pues yo sé que mi vida la sepulté en el tuyo.
(El otoño de las rosas, 1986)
La última costa
Había una barcaza, con personajes torvos,
en la orilla dispuesta. La noche de la tierra,
sepultada.
Y más allá aquel barco, de luces mortecinas,
en donde se apiñaba, con fervor, aunque triste,
un gentío enlutado.
Enfrente, aquella bruma
cerrada bajo un cielo sin firmamento ya.
Y una barca esperando, y otras varadas.
Llegábamos exhaustos, con la carne tirante, algo seca.
Un aire inmóvil, con flecos de humedad,
flotaba en el lugar.
Todo estaba dispuesto.
La niebla, aún más cerrada,
exigía partir. Yo tenía los ojos velados por las lágrimas.
Dispusimos los remos desgastados
y como esclavos, mudos,
empujamos aquellas aguas negras.
Mi madre me miraba, muy fija, desde el barco
en el viaje aquel de todos a la niebla.
(La última costa, 1995)
Imagen Foto de la portada del libro ‘Antología poética’ (Alianza).
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