Miro, ansiosamente miro...
A Gerardo Diego
Miro, ansiosamente miro
como si fuera a escapar de mi pupila devoradora
el oro lánguido y el brillante ébano plasmado de los cabellos,
su onda esculpida en luz, su miel estriada,
su blonda exhalación curvilínea.
Miro, ansiosamente miro
los que son un muerto mar de azabaches oscuros
y los que vuelan como jirones desgarrados de ámbar y seda,
los que parecen pasados por el amarillento cedazo del otoño,
¡ay! los miro como aquellos otros de roja escarcha coralígena
en el níveo lago de las frentes
o los que son como una ruina de plata oxidada o una
veta de plomo recién abierta,
los miro como aquellos blancos, enteramente blancos, cuyo
color antiguo es una interrogación sin respuesta…
Miro, ansiosamente miro
cómo se abrazan las telas al calor de los cuerpos,
cómo se escurren entre la carne;
cómo se desgajan y flotan para volver a acariciar
los senos de las vírgenes
en una orgía de indefinible tacto los vestidos que
tienen el color de ojos,
las sedas verde alga o de una efloración
burbujeante de perlas amarillas,
los jerseys que ciñen los talles con una atracción
de deseo coloreada
que se hunde un instante sobre la lana roja de
los pechos
o se recrea perverso entre el escándalo decadente
de las fibras amarillas.
Miro, ansiosamente miro
el oscuro azul que estrecha la piel tibia y rosada de los
adolescentes
o el negro, ese negro que mata la sangre de los rostros pálidos
y recoge una secreta voluptuosidad en la violada sombra
atrayente de los ojos.
Miro, ansiosamente miro
en el pétalo almendrado y tierno de los cuellos,
el oro que descansa sobre el estuche de carne,
en los cuellos donde un lirio blanco parece desmayarse
tal vez un solo rubí hiere como una ascua de destellos
cambiantes desde un pálido carmín hasta el más oscuro
vidrio de sangre o tal vez, como pequeños trozos roquizos
de una tierra de dioses
los diamantes hacen restallar su coágulo de luz trémula y
helada.
¡Oh! miro, ansiosamente miro
las joyas que sienten el latir de las venas
las esmeraldas como escamas de un reptil durmiente
entre los senos, los topacios, los ónices,
los brillantes engastados en el platino agónico de los dedos…
Miro, ansiosamente miro
hasta que los ojos se duermen en el aéreo nimbo de perfume,
que rodea las cabezas de estatua;
como ante una aspiración violenta de flores invisibles,
el espejo de las pupilas se empaña en éxtasis de sueño
ante este olor de una nuca donde mi beso no se atreve a pararse
o este adivinado de lirio o de nelumbo en cualquier ángel que
pasa
y mi alma se enciende en una borrachera deslumbrante
porque la belleza es un hálito que cada ser derrama
de los cabellos, los vestidos, las joyas ardientes o el olor de
los cuerpos
y yo siempre
miro, ansiosamente miro.
(Aquí en la tierra, 1948)
Deseo pagano
A Vicente Aleixandre
Dioses innúmeros perdidos en los campos
entre hierba y mirto, paciendo los sonidos de los vientos suaves.
Inmóviles escuchas de la tarde,
puros dioses de mármol sobre el verde,
marfil amarillento a los rayos del ocaso,
dioses azules en las sombras casi, más tarde fundidos en la noche,
yo os invoco: que mi voz resucite vuestros restos deshechos,
vuestros torsos desnudos que se bañan en las lágrimas húmedas y
A Gerardo Diego
Miro, ansiosamente miro
como si fuera a escapar de mi pupila devoradora
el oro lánguido y el brillante ébano plasmado de los cabellos,
su onda esculpida en luz, su miel estriada,
su blonda exhalación curvilínea.
Miro, ansiosamente miro
los que son un muerto mar de azabaches oscuros
y los que vuelan como jirones desgarrados de ámbar y seda,
los que parecen pasados por el amarillento cedazo del otoño,
¡ay! los miro como aquellos otros de roja escarcha coralígena
en el níveo lago de las frentes
o los que son como una ruina de plata oxidada o una
veta de plomo recién abierta,
los miro como aquellos blancos, enteramente blancos, cuyo
color antiguo es una interrogación sin respuesta…
Miro, ansiosamente miro
cómo se abrazan las telas al calor de los cuerpos,
cómo se escurren entre la carne;
cómo se desgajan y flotan para volver a acariciar
los senos de las vírgenes
en una orgía de indefinible tacto los vestidos que
tienen el color de ojos,
las sedas verde alga o de una efloración
burbujeante de perlas amarillas,
los jerseys que ciñen los talles con una atracción
de deseo coloreada
que se hunde un instante sobre la lana roja de
los pechos
o se recrea perverso entre el escándalo decadente
de las fibras amarillas.
Miro, ansiosamente miro
el oscuro azul que estrecha la piel tibia y rosada de los
adolescentes
o el negro, ese negro que mata la sangre de los rostros pálidos
y recoge una secreta voluptuosidad en la violada sombra
atrayente de los ojos.
Miro, ansiosamente miro
en el pétalo almendrado y tierno de los cuellos,
el oro que descansa sobre el estuche de carne,
en los cuellos donde un lirio blanco parece desmayarse
tal vez un solo rubí hiere como una ascua de destellos
cambiantes desde un pálido carmín hasta el más oscuro
vidrio de sangre o tal vez, como pequeños trozos roquizos
de una tierra de dioses
los diamantes hacen restallar su coágulo de luz trémula y
helada.
¡Oh! miro, ansiosamente miro
las joyas que sienten el latir de las venas
las esmeraldas como escamas de un reptil durmiente
entre los senos, los topacios, los ónices,
los brillantes engastados en el platino agónico de los dedos…
Miro, ansiosamente miro
hasta que los ojos se duermen en el aéreo nimbo de perfume,
que rodea las cabezas de estatua;
como ante una aspiración violenta de flores invisibles,
el espejo de las pupilas se empaña en éxtasis de sueño
ante este olor de una nuca donde mi beso no se atreve a pararse
o este adivinado de lirio o de nelumbo en cualquier ángel que
pasa
y mi alma se enciende en una borrachera deslumbrante
porque la belleza es un hálito que cada ser derrama
de los cabellos, los vestidos, las joyas ardientes o el olor de
los cuerpos
y yo siempre
miro, ansiosamente miro.
(Aquí en la tierra, 1948)
Deseo pagano
A Vicente Aleixandre
Dioses innúmeros perdidos en los campos
entre hierba y mirto, paciendo los sonidos de los vientos suaves.
Inmóviles escuchas de la tarde,
puros dioses de mármol sobre el verde,
marfil amarillento a los rayos del ocaso,
dioses azules en las sombras casi, más tarde fundidos en la noche,
yo os invoco: que mi voz resucite vuestros restos deshechos,
vuestros torsos desnudos que se bañan en las lágrimas húmedas y
soñolientas de los prados.
¡Oh dioses sin problemas,
domésticos, sin ansias de infinito!
Mi mente ensombrecida tiene sed
de mármol
de blancura
de línea.
Veinte siglos columnas de desprecio, trémulos de blasfemias
sobre vuestros rostros, espejos de horizontes.
(¡oh Juliano!) han sido los caminos del mundo,
y os sepultasteis en la tierra
y habéis sentido los pasos del zagal y del arado
rozando vuestros miembros.
Y las vírgenes vistieron su marfil de la yedra brillante de los sotos
huyentes como Sabinas a las rústicas manos,
escondidas, silenciosas de sol.
¡Sacras vestales, encubrid vuestra vergüenza!
Que veinte siglos no han sabido gustar la vida de vuestros ojos
inmensos
ni comprender los pechos bronceados, triunfantes como el color
de los trigos,
y se han perdido en el laberinto de las ansias inacabadas,
de las pretensiones insatisfechas.
Lejos de la flauta y la sonrisa de Pan
que hacía danzar los cuerpos
como la brisa las palmas sobre el azul,
lejos del rabel
y la mirada de Narciso,
que hacía vibrar la belleza
en el ritmo de su propia contemplación,
lejos, muy lejos dela cítara lánguida,
consagradora de las noches,
sacerdotisa de las satisfacciones.
¡Oh siglos, volved!
¡Volved, pues os esperan los dioses,
los dioses del amor y la alegría
del sol, la luz, las fuentes y los prados,
los dioses vivos de la carne y los deseos!
(Aquí en la tierra, 1948)
Amante
No era un sueño y sí una realidad hiriente
que el cristal límpido de su alma reflejase
un sapo inmundo;
porque, cuando miraba a su amante, un viscoso humor,
una vegetal linfa de asco y húmedo aliento
empañaba el transparente vitral
de su estimación humana.
Porque a veces su mirada caía sobre él como
una mano acariciante
y una dulzura de lágrimas hincaba sus rodillas
para lamer el viscoso fango de su húmedo vientre,
y aquel sapo era como un niño a quien
se estrechaba entre los brazos,
suyo, enteramente suyo, defendido
como cachorro tierno
por un turbión caliente de cariño y de celos.
Pero el amante era frío como un verdugo experto,
afilaba cuchillos para un lento suplicio
de herir, de despreciar, de retorcer el alma que le amaba,
la mansa y dulce alma, sumisa por completo.
Exprimía el corazón como un viejo guiñapo,
con el gesto, con la mirada, con el silencio,
para después prostituirlo ofreciéndose todo a su beso,
y mientras la baba de la lujuria chorreaba
fecal en su rostro,
el látigo de Sade azotaba sabiamente,
y el alma era como un perro azotado que lamía el suelo,
la sandalia, la mano
de la carne todopoderosa, fría dueña de todo.
(Una voz cualquiera, 1959)
Crepúsculo
¡Oh! Cuando el sol cae como una inmensa
piedra que cierra el horizonte cada día,
cuando la luz se extingue lenta y la sombra
sale de los valles profundos,
vanguardia oscura de los ejércitos negros
de la noche que vienen a su
colosal parada de silencio,
cuando la tierra toma un rostro de asfalto
como un espejo para mirarse agonizante
bajo el desierto ceniza de las nubes,
inmóvil como una mano
una mano muerta,
mientras que la hora en todos los relojes
del mundo suena una misma
melancolía,
he aquí que yo, exprimido como una
esponja amarga bajo
el cielo que se desploma
no soy sino unos ojos donde se petrifica
toda tristeza,
un agua límpida que recibe acaso el
temblor de una esquila lejana,
sin ser cuerpo ni ser hombre,
sino una vaga niebla que piensa
y se funde y se aniquila y se esfuma
lentamente
cuando pasada la angustia de la hora
en que el universo duda su cambio
la noche extiende su túnica y cubre el
cadáver frío del horizonte derrumbado.
(Una voz cualquiera, 1959)
Hombre
De dónde vienes cuando te liberas
de la tierra caliente, cuando sales
sin grito de la madre, sin mirada
al despertar decepcionante, a la luz hecha
al frío o al calor, a la sonrisa
o al cuchillo mellado del sollozo.
Abres los ojos y tu mirada mira
un pasmo de tu nada
el vuelo de mil pájaros, el rostro de otros tú que te miran
y el perro de tu casa, la lluvia fina y los lirios de Marzo
y luego tocas con tus dedos la arcilla
y saltas desligado y corres y eres libre y eres hombre
en la vida.
Hombre te hiciste.
Fue un tránsito de días casi
la suave piel de niño delicada
tornarse tersa y en los limpios ojos
surgir de pronto la sombra interrogante,
¡ay! qué pregunta has hecho
oh niño en hombre convertido,
qué nube oscura esfuma el guiñol de tu alegría.
Levantado del suelo tú miras adelante
y no mueres de asombro ante el espejo
que te presenta el mundo. Oh cresta fría,
glaciar y selva perdida en estupor de siesta,
verbena de ciudades, cetáceo mar en plúmbeo
desperezo
rosa silvestre, lirio solo, ojos que ven, tus ojos.
Mas párate en ver: es vano taladro al mundo el
pensamiento,
mira tan sólo sin preguntar siquiera
qué es lo que eres o qué las cosas son;
no remontes en vano Ícaro ilusorio:
Dios está arriba y el espacio es suyo.
Párate en ver: no olvides que eslabón de la tierra
fue tu madre
a la escapada de la materia dura.
Tú naciste con el asco del vientre y servidumbre
del pan y el agua
y la tierra te atrae
¡oh imán terrible!
umbilical cordón aún no cortado
brisa de atardecer, mañana pura,
carne con carne aún encadenada,
mujer o hijo, madre, hermano
beso a la tierra, beso a ti mismo.
(Una voz cualquiera, 1959)
Permitid, señor…
Permitid, Señor
Permitid, Señor, un poco de lujuria en este mundo.
Permitid que el roce de los labios sea caliente levadura,
permitid que las pupilas de luto del deseo se hundan
en el pozo de otros ojos,
permitid que la mano del osado amante palpe la sangre
Mi mente ensombrecida tiene sed
de mármol
de blancura
de línea.
Veinte siglos columnas de desprecio, trémulos de blasfemias
sobre vuestros rostros, espejos de horizontes.
(¡oh Juliano!) han sido los caminos del mundo,
y os sepultasteis en la tierra
y habéis sentido los pasos del zagal y del arado
rozando vuestros miembros.
Y las vírgenes vistieron su marfil de la yedra brillante de los sotos
huyentes como Sabinas a las rústicas manos,
escondidas, silenciosas de sol.
¡Sacras vestales, encubrid vuestra vergüenza!
Que veinte siglos no han sabido gustar la vida de vuestros ojos
inmensos
ni comprender los pechos bronceados, triunfantes como el color
de los trigos,
y se han perdido en el laberinto de las ansias inacabadas,
de las pretensiones insatisfechas.
Lejos de la flauta y la sonrisa de Pan
que hacía danzar los cuerpos
como la brisa las palmas sobre el azul,
lejos del rabel
y la mirada de Narciso,
que hacía vibrar la belleza
en el ritmo de su propia contemplación,
lejos, muy lejos dela cítara lánguida,
consagradora de las noches,
sacerdotisa de las satisfacciones.
¡Oh siglos, volved!
¡Volved, pues os esperan los dioses,
los dioses del amor y la alegría
del sol, la luz, las fuentes y los prados,
los dioses vivos de la carne y los deseos!
(Aquí en la tierra, 1948)
Amante
No era un sueño y sí una realidad hiriente
que el cristal límpido de su alma reflejase
un sapo inmundo;
porque, cuando miraba a su amante, un viscoso humor,
una vegetal linfa de asco y húmedo aliento
empañaba el transparente vitral
de su estimación humana.
Porque a veces su mirada caía sobre él como
una mano acariciante
y una dulzura de lágrimas hincaba sus rodillas
para lamer el viscoso fango de su húmedo vientre,
y aquel sapo era como un niño a quien
se estrechaba entre los brazos,
suyo, enteramente suyo, defendido
como cachorro tierno
por un turbión caliente de cariño y de celos.
Pero el amante era frío como un verdugo experto,
afilaba cuchillos para un lento suplicio
de herir, de despreciar, de retorcer el alma que le amaba,
la mansa y dulce alma, sumisa por completo.
Exprimía el corazón como un viejo guiñapo,
con el gesto, con la mirada, con el silencio,
para después prostituirlo ofreciéndose todo a su beso,
y mientras la baba de la lujuria chorreaba
fecal en su rostro,
el látigo de Sade azotaba sabiamente,
y el alma era como un perro azotado que lamía el suelo,
la sandalia, la mano
de la carne todopoderosa, fría dueña de todo.
(Una voz cualquiera, 1959)
Crepúsculo
¡Oh! Cuando el sol cae como una inmensa
piedra que cierra el horizonte cada día,
cuando la luz se extingue lenta y la sombra
sale de los valles profundos,
vanguardia oscura de los ejércitos negros
de la noche que vienen a su
colosal parada de silencio,
cuando la tierra toma un rostro de asfalto
como un espejo para mirarse agonizante
bajo el desierto ceniza de las nubes,
inmóvil como una mano
una mano muerta,
mientras que la hora en todos los relojes
del mundo suena una misma
melancolía,
he aquí que yo, exprimido como una
esponja amarga bajo
el cielo que se desploma
no soy sino unos ojos donde se petrifica
toda tristeza,
un agua límpida que recibe acaso el
temblor de una esquila lejana,
sin ser cuerpo ni ser hombre,
sino una vaga niebla que piensa
y se funde y se aniquila y se esfuma
lentamente
cuando pasada la angustia de la hora
en que el universo duda su cambio
la noche extiende su túnica y cubre el
cadáver frío del horizonte derrumbado.
(Una voz cualquiera, 1959)
Hombre
De dónde vienes cuando te liberas
de la tierra caliente, cuando sales
sin grito de la madre, sin mirada
al despertar decepcionante, a la luz hecha
al frío o al calor, a la sonrisa
o al cuchillo mellado del sollozo.
Abres los ojos y tu mirada mira
un pasmo de tu nada
el vuelo de mil pájaros, el rostro de otros tú que te miran
y el perro de tu casa, la lluvia fina y los lirios de Marzo
y luego tocas con tus dedos la arcilla
y saltas desligado y corres y eres libre y eres hombre
en la vida.
Hombre te hiciste.
Fue un tránsito de días casi
la suave piel de niño delicada
tornarse tersa y en los limpios ojos
surgir de pronto la sombra interrogante,
¡ay! qué pregunta has hecho
oh niño en hombre convertido,
qué nube oscura esfuma el guiñol de tu alegría.
Levantado del suelo tú miras adelante
y no mueres de asombro ante el espejo
que te presenta el mundo. Oh cresta fría,
glaciar y selva perdida en estupor de siesta,
verbena de ciudades, cetáceo mar en plúmbeo
desperezo
rosa silvestre, lirio solo, ojos que ven, tus ojos.
Mas párate en ver: es vano taladro al mundo el
pensamiento,
mira tan sólo sin preguntar siquiera
qué es lo que eres o qué las cosas son;
no remontes en vano Ícaro ilusorio:
Dios está arriba y el espacio es suyo.
Párate en ver: no olvides que eslabón de la tierra
fue tu madre
a la escapada de la materia dura.
Tú naciste con el asco del vientre y servidumbre
del pan y el agua
y la tierra te atrae
¡oh imán terrible!
umbilical cordón aún no cortado
brisa de atardecer, mañana pura,
carne con carne aún encadenada,
mujer o hijo, madre, hermano
beso a la tierra, beso a ti mismo.
(Una voz cualquiera, 1959)
Permitid, señor…
Permitid, Señor
Permitid, Señor, un poco de lujuria en este mundo.
Permitid que el roce de los labios sea caliente levadura,
permitid que las pupilas de luto del deseo se hundan
en el pozo de otros ojos,
permitid que la mano del osado amante palpe la sangre
ajena estremecida.
Dejad hervir la entraña de los machos sobre la piel desnuda
dejad el juego de los adolescentes labios bucear en los senos
de los lirios,
dejad las vírgenes con su secreto fuego ardiendo en piras
escondidas,
dejad los muslos de los verdes tallos mezclarse en llamas
de tacto, en apretadas lianas de caricias.
Que el rubor se desnude enteramente y la escultura
surja de tactos y torrentes,
que los zumos de los ojos exprimidos y de brazos,
manen de fuentes secretas y de labios.
Permitidlo, Señor, que ya sufrieron sus penas los humanos,
que ya, bastante, la carga duró sobre sus hombros.
(Poesía en seis tiempos, 1977)
Presencia
El muchacho era tan bello, que no era de este mundo
Era otro mundo él solo, de flor y un manojo de venas.
Lo mirabas y era aparte, lejos de ti, como un bello animal suelto,
en un universo verde de agua y de praderas
ponías la mirada en él y lo encontrabas vivo, igual que tú,
pero pensabas que era una flor, una gacela con junco, un lirio.
Querías amarlo, y resbalaba la mirada en la flor de carne,
y como miras a lo que tiene alma y venas y sentidos,
el muchacho pasaba ante tus ojos de entrega,
sin verte, sin mirarle, dando muerte a tu mundo,
con su presencia plena,
para la que no existías…
(Poesía en seis tiempos, 1977)
Necesidad
Todo hombre crea a Dios
a su imagen y semejanza
desde el páramo de las rocas, los astros, y los soles
todos, todos los hombres, frente a lo que no tiene carne
frente al erizo de la existencia piensan, sienten
quieren buscar a otro, a otro
que esté con él con sus lágrimas de pensamiento
y sus brazos para sostener algo que se desploma
y buscamos, esperamos, otras manos que nos ayuden
otros dedos, otra carne que se nos junte
para vivir en este sucio paraíso.
(Poesía en seis tiempos, 1977)
En el pozo del yo, hundirme quiero…
En el pozo del yo, hundirme quiero,
buscar el agua, el agua escondida, el suelo
más hondo. En el pozo buscarme,
yo. ¡Vana ilusión, desconcierto puro!
Verde y ciega salamandra me mira,
de honduras abisales y tiempo y lejanía.
Y yo soy otros yo de saurios y espesuras,
otros yo que no han muerto,
otros yo que buscaron, como yo,
por su hondura…
(En el pozo del yo, 1982)
Adolescencia
El paso. El paso del niño hacia lo oscuro.
El paso del corazón naif,
el mar definitivo y contundente,
la garganta hacia el páramo sin hojas 254
un pájaro sin cromos, aguzadas sus plumas,
el pie adelante del sueño y precipicio hacia la altura del ser
de dejar de ser niño.
Un tránsito caliente
hacia lo sucio…
(En el pozo del yo, 1982)
Moral
Moral del alma. Perversos desvaríos
que el masoquismo por virtudes llama.
Los fríos del ascetismo para ti lo quieren
cuando herido eres por el solo vivir.
Moral sí quiero de cuerpos…
la ternura de arcilla y el barro que la mano modela.
Y la caricia.
Una flor y este árbol. El cristal y la roca,
todo lo que respire gozo, abrazo y alegría
aquí en la tierra.
(En el pozo del yo, 1982)
Graciasss/antoniofriasletraspoesia.wordpress.com/2017/juan-bernier-entre-el-fuego-y-la-duda/
Graciasss/helvia.uco.es/bitstream/handle/pdf
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