Amor a orilla del río
Qué buscas por el río entre los blancos álamos,
oh, amor, oh, amor de manos de jacinto?
¿Qué buscas esta tarde de setiembre?
¿Qué agradable misterio halaga tus sentidos inefables?
En los cañaverales juega el viento
desnudo como un niño en la orilla del río.
Las espinosas zarzas
forman sombrías grutas goteantes de rocío.
Yo persigo tu sombra invisible;
vivo preso en tu aire; consumido
en los salvajes arenales que el sol quema implacable.
Di, ¿qué buscas en las grutas espinosas
a la orilla de los ríos?
Mientras sigo tus pasos,
la tierra es para mí como un vapor de plata;
los guijarros del cauce del arroyo
me abrasan sin piedad los pies desnudos.
¿Cómo pasaste por aquí, cómo pasaste
sin lastimar tus pies, oh, amor desnudo?
(El río de los ángeles, 1945)
Fauno bajo la luna
Oh luna azul de las bucólicas desvanecidas
en los prados marchitos y los bosques brumosos,
deja sólo que mi alma se contemple en tu espejo
un instante dulce y leve, si efímero; oh luna
blanca de los besos por los caminos de acacias,
no huyas, tímida; detente, oh fugitiva,
y no te alarmen los brazos alargados en la penumbra,
del fauno que en secreto danza en mí al contemplarte
encendiendo sus ojos en mi oscura sonrisa.
(El río de los ángeles, 1945)
El beso y el agua
Bajo el sol de la tarde
que hace desvanecerse sobre el río la sombra de los álamos,
jugamos en el agua,
desgarramos el abrazo de las ondas
que se abrazan lo mismo que nosotros,
que se acarician infinitamente y arrastran hacia el mar un beso inagotable...
Y unas van perfumadas de azahar,
y otras van exhalando un perfume largo y verde,
y en todo el río
flotan inquietos los aromas estivales,
semejantes a mil pequeños espejos,
y yo abrazo tu cuerpo, desnudo como la onda, tu cuerpo
extraño como este olor a verde junco
y te beso en el agua lo mismo que ala luna
cuando deshoja sus fríos rosales sobre el río.
(El río de los ángeles, 1945)
Elegía VI
Te amé a los quince años. Tú tenías mi edad.
Te amé en la sierra verde bajo un sol de domingo,
cuando al volver de misa paseaba tu familia
por la larga avenida de viejos eucaliptos.
Te amé bajo los pinos de agujas amarillas,
sobre la tierra ocre perfumada de menta.
Te amé sobre las rocas tapizadas de musgo,
sobre los prados verdes y las crujientes eras.
Te amé. Te amé. Es cuanto puedo decir ahora,
mas no recuerdo cuándo empezamos a amarnos.
Todo empezó lo mismo que un claro día de junio
sobre la tierra en flor teníamos quince años.
¿Sería, sin embargo, otoño, primavera
o invierno? Ay, quién sabe cuál era la estación.
¿Te acuerdas tú? La Vida era un rosal al viento...
Ven y dime en qué tiempo empezó nuestro amor.
¿Qué importa que los años nos hayan separado,
qué importa si el recuerdo es lo mismo que un valle
por el cual caminamos cantando, sonriendo
y cogiendo sus flores de perfume inefable?
Oh amada cuyo nombre lejano y melancólico
mi corazón agita como el viento a los bosques,
ven y dime aquel tiempo de pinos murmurantes,
de arroyos, de montañas, de nubes y de amores.
Ven y dime que tú también me amaste entonces
en la sierra, en los pinos y en los negros ocasos.
Oh, dime que me amaste cuando sobre la tierra
ardiente y amarilla teníamos quince años.
(Elegías de Sandua, 1948)
Elegía XII
Dicen que el mes de mayo es el mes del amor,
pero yo me pregunto si hay alguna estación
que no lo sea, pues octubre le trajo al lado mío
y noviembre con sus grandes nubes y tormentas
fue el mes en que mi corazón dio sus rosas primeras.
Y en enero, paseando por los campos, nos miramos
la luna entre los árboles como un fruto de plata
y luego te besé por el carril sombrío
que baja de la Huerta de los Arcos.
Y en marzo, cuando son tibias las lluvias,
unos celos furiosos me asaltaron
porque me hablaste apasionadamente
de Juan Ramón – como si ya lo amaras-,
y yo, intentando en vano ahogar mi tristeza,
me fui, vencido y hosco, por las húmedas sendas.
Y en abril, cuando Córdoba huele a Semana Santa,
los altares cubiertos de flores redoblaron
nuestro amor y en la sombra violeta de los templos
juramos sernos fieles para toda la vida,
igual que aquellas aves que vimos una tarde
volar solas las dos por el aire suave.
Y en junio nuestro amor buscaba los arroyos
las espesas moreras cuya sombra
nos transportaba al tiempo de las dulces bucólicas.
Venías a tenderte a mi lado en la arena
y nunca como entonces fueron bellos tus ojos,
ni dorado tu pecho, ni encendimos tus labios.
Y en agosto te fuiste con tu familia a Málaga
de vereaneo, y yo quedé en Córdoba sólo,
y tu recuerdo, diariamente, al caer la tarde,
se alzaba por el sur lo mismo que la luna;
y las aguas heladas de la alberca nocturna
y la cerveza amarga y fría, y los refrescos,
y los vinos que me ofrecían los amigos
no consiguieron desvanecer tu imagen
ni apagar en mi alma el deseo de tu cuerpo.
Y, sin embargo, hay quien dice que la primavera
es el tiempo de los enamorados,
pero yo me pregunto si hay alguna estación que no lo sea.
(Elegías de Sandua, 1948)
Elegía XIV
Pienso quizá amargamente
que la vida fue pródiga en caricias
para nosotros, demasiado pródiga;
que nos dio tanto azul, tanta dulzura,
que ya nada tenemos que esperar de la vida.
Y luego he sonreído a mis recuerdos
y me he dicho que nadie
puede saber qué guarda todavía.
Entonces una abeja se elevó por el aire
hacia el seno más puro y azul de la mañana.
(Era una reina en celo
seguida de un tropel de zánganos ardientes).
La abeja se elevaba cada vez más radiosa
y ellos la perseguían, y los que no pudieron
resistir la pureza de la altura,
cayeron como lluvia de minúsculas flores.
Continuó la reina su ascensión amorosa
y todos, menos uno, cayeron abatidos,
y ése gozó el amor de su reina entre rayos
y después cayó muerto.
Ebria de azul, de goce, de claridad, de altura,
la reina descendió del cielo campesino
y entre los matorrales espesos de tomillo
se perdió deslumbrante.
Y a mí me puso triste aquel idilio
misterioso en los aires,
porque tú eras lo mismo que aquella cruel reina
y yo te amé en los prados y las dulces montañas
cuyas cumbres gloriosas baña un azul intenso,
y luego tú te fuiste entre las flores;
te fuiste, y yo no he muerto.
(Elegías de Sandua, 1948)
Desnudo
Estoy desnudo, el sol con fuego dice
cuanto diría el hombre enamorado.
Basta el silencio a confesarlo todo,
si tendido en la orilla de algún río
el hombre calla y en su pecho, mudo,
un sol como el del cielo resplandece.
Ya lo sabemos todo. Que son rojos
los labios que se besan en la orilla,
que la vida es un breve y dulce abrazo
y que con la mañana una alegría
sin nombre nos invade silenciosa.
Ya no necesitamos las palabras.
Ya basta el sol que besa, basta el río
que nos lleva en sus ondas lentamente,
y el viento que los ojos acaricia,
la verde sombra que en la boca tiembla
(Corimbo, 1949)
Ir
Era bello ir solamente
por ir, pasar sin quedarse,
sin querer nada, vagando
vago, de paso, a través
de la mañana dorada;
ir hablando, distraídos
por el umbroso sendero
de avellanos y castaños.
El ronco arrullo doliente
de alguna tórtola, el soplo
de verdes dioses ocultos
en radiantes matorrales
nos ponían silenciosos.
Otra vez, un jilguerillo
cantó desde oscura rama
sobre leve tema, nada
alegre ni triste: bello.
Nos detuvimos.
Cantar
del jilguero, cuán hermoso
goteabas por la sombra...
(Elegía de Medina Azahara, 1957)
Todo lo que adoraste
Todo lo que adoraste fuera un día
ya es para siempre tuyo: la ribera
lejana del Genil, la enredadera
que tu infantil mirada suspendía.
Todo es ya tuyo: la mansión profunda
con el patio y sus rosas, las palomas,
el soñoliento olivo de las lomas,
la luz azul que tu recuerdo inunda.
Todo es ya tuyo: por la vieja calle,
tú con tu inseparable bicicleta;
la torre, las primillas, la veleta,
y aquella Grilla de delgado talle.
Todo eres tú. Ya está dentro lo externo,
lo ajeno que era casi cual tú mismo.
Resuelta en ti despeja su espejismo
la realidad. ¡Oh cambio tardo y tierno!
Todo eres tú y tú eres todo: olivo,
rosa, ribera, niño callejero...
Eterno vive en ti lo pasajero
y tú en lo eterno estás ya siempre vivo.
(Elegía de Medina Azahara, 1957)
Encuentro nocturno
Al final del verano,
en las murallas rotas
donde viejos molinos dispersan por las islas sus ruedas
[mutiladas,
a la hora en que la tierra
suspira por la luna
te encontré...
Yo ignoraba
a qué cimas de amor y de hermosura
se alzaría mi vida.
Las palmeras
y adelfas aromaban el lugar fresco.
El cielo
dominaba a la tierra. Todo era
aroma, amor y ansia...
Los hombres, a esta paz y esta tortura
la llaman noche.
Agótase
humillada la luz ante tal honda
oscuridad que funde cielo, tierra,
amante, amor, amado.
Para este beso no encontraron nombre.
Mi alma es casi dichosa y casi triste
porque el cielo es el mismo cielo de nuestra dicha
y el amor que me inspira,
ay, es el mismo amor de aquellos días.
Y por eso mi alma, triste y dichosa a un tiempo,
es igual que una virgen embriagada
o una antigua bacante
que ríe y llora ebria en las colinas,
y está loca de vientos y de lunas,
de soles y de pinos y de altura,
y llora y ríe sin saber qué hace
y sus pies en las flores despiertan leve música
y el torrente acompaña sus éxtasis salvajes
y el crepúsculo besa sus mejillas
y la creación resuena a su voz amorosa
y le responde con ardientes ecos,
y a través de la sombra
con sus astros lejanos le contestan los cielos.>
Así, mi alma no sabe qué dice ni qué calla
y está casi dichosa y casi triste
y sin saber por qué llora y sonríe
y canta y se lamenta,
y va como una virgen destrenzada y desnuda
por valles y montañas,
y los pastores huyen a su paso
y las mozas se ocultan para verla,
y su fervor por todo es tan divino,
y su amor tan ardiente
que nadie lo comparte,
y por eso va sola
por las verdes colinas y las montañas grises,
sola, casi dichosa y casi triste.
(Obra poética I, (1945-1967)
Más no supieron nunca...
Más no supieron nunca
que nos amamos,
y la fuente que llora
solitaria en la sombra
nunca vio reflejarse nuestra dicha
en la dulzura inmóvil de sus ondas.
La galería sueña con sus viejos retratos
en marcos de oro, y con sus paisajes
de monterías invernales,
donde hay un dulce ciervo que brama porque un perro
hinca furiosamente los colmillos
en sus ijares espumosos,
pero la galería que duerme desde el tiempo
de aquellas cacerías en la Sierra
nunca supo que nos amamos.
El comedor se alumbra con los pámpanos
de la parra que escala los balcones.
Se perfuma en un hálito de fruteros repletos
de fresas, de manzanas y de peras,
y el viejo aparador de caoba se yergue
en la severidad de hace cien años,
mas nunca supo, envuelto en el vaho otoñal,
que nos amamos.
Subíamos riendo la escalera
hasta llegar al palomar todo blanco.
El patio parecíanos entonces algo triste.
Los rayos en las vagas madreselvas
diríanse un enjambre de irritadas abejas.
El olor del invierno persistía
en los abandonados corredores.
La sombra de las hojas se movía en los muebles
enfundados del gran comedor solitario.
Bajo aquel cielo azul de primavera,
en aquel palomar completamente blanco,
solos, entre aleteos y arrullos de palomas,
desnudos y tendidos sobre el sol nos amamos.
(S/D)
Graciasss/www.escritores.org/la-poetica-del-cuerpo-en-ricardo-molina
Graciasss/www.juntadeandalucia.es/cultura/2017_ricardo_molina.pdf
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