JULIO AUMENTE

Paisaje Con Campanas
 
Son ya las seis y media y es domingo. Febrero
trae uno de sus días soleados y dulces
en los que ya se siente rozar la Primavera.
Desde este mirador veo Córdoba: sus torres
  y sus casas bañadas en el sol de la tarde,
con un silencio apenas roto por unos pájaros
o por llantos de niños en las casas cercanas.
A veces toda la ciudad vibra entera
y el aire es dulcemente rasgado
por la campana de un convento que toca a Vísperas.
Primero es el Císter, luego la Encarnación,
lejos se oyen apenas Santa Isabel y el Corpus.
Después viene el silencio a dominar de nuevo.
Por la campiña se vuelve el aire tenuemente violeta
y en la sierra los montes oscuramente azules,
¿acaso no es la tarde como una nueva aurora?
San Jerónimo cubre su perfil de naranjas.
Un rumor de caballos sube desde la calle.
Las campanas repiten su llamada insistente
y los pájaros huyen de las torres. El Ángelus
se extiende en toda Córdoba entre sol y silencio.
En la blanca azotea de un convento apartado
del mundo por ligeras celosías de madera,
una monja recoge las ropas ya secadas.
La última campana ha cesado. Imperceptiblemente
la tarde va dejando jirones de sí misma
en las cumbres más altas de Sierra Morena.
Lejos hacia Granada las luces van huyendo
y ni un rayo de sol queda ya en los tejados.
Los jardines ocultos van despertando al frío
y de un balcón oscuro surge un rumor de música.
La noche viene lenta casi como la muerte
que se espera, no llega y de pronto ha llegado.
 
(revista Cántico. Hojas de poesía (1947−1957)
 
 
Elegía a Moratalla
 
Oh, tú, otoño estallante en oros y en morados
que en Moratalla tienes tu reino y tu dominio;
jardines como lámparas extinguidas de plata,
escalonados bajo la lluvia como vírgenes en sueño.
 
Silenciosos jardines como un palacio abandonado,
sin más dueño que el aire y el pájaro que a cantar
no se atreve.
 
Oh, triste Moratalla, por tus húmedas sendas
cuántos bellos amores su dicha han paseado;
cuántos, junto a las fuentes de marmóreas sirenas,
la calma de los peces turbaron al besarse.
Indiferentes luego, bajarían hacia el bosque
los verdes escalones que ha desgastado el musgo,
y mirarían la hiedra que corre por el suelo
y a los altos castaños de cúpulas espesas.
 
Andarían sintiendo rasgar por sus pisadas
la capa de hojas secas, como un velo o un cuerpo...
 
Ah, triste Moratalla, tu heno he aspirado;
tu suave, aéreo heno amarillo e ingrávido.
 
Sobre él me he tendido huyendo de la niebla
que envuelve el bosquecillo de rosales salvajes.
 
... Pero tú, Moratalla, has de ver algún día
el sol de abril, radiante, fundir tus muros fríos.
Y entre podridos troncos florecer amapolas
y pájaros y verdes y dorados contornos.
 
... Pero yo, que de ti conozco sólo el viento
y la nube, y el agua helada de tus fuentes,
nunca podré sentir el aire tibio y cálido
que en primavera exhalas como una novia virgen.
 
Pues todos tus jardines llevo en mi corazón,
y tu humedad y tu musgo y el silencio y las hojas,
y el pájaro que entró y a cantar no se atreve,
y los atardeceres brumosos de agua y niebla,
y los fríos, helados, fastuosos colores
del oro y el morado, de este pálido otoño desbordante...
 
(El aire que no vuelve, 1955)
 
 
Bajo la lluvia mira
 
Dulce cortina tibia, decolorados vidrios,
vano telar de seda húmeda que no acaba,
hilos que tejen grises invariables nubes
con las que el cielo nutre nuestra melancolía.
 
Nuestra rota tristeza febrero la conduce
a través de sus aguas y sus vientos cambiantes.
 
Domingos de provincia, las largas avenidas
nos encharcan los ojos sus embarradas hojas.
 
Más allá de las nubes habrá tal vez desiertos
donde la arena sangre con el sol al crepúsculo;
altas, blancas montañas, plata de amanecidas
doradas, como bronces cuando la noche acecha;
 
el sordo galopar de los lobos del viento
cuando la madrugada agoniza sin ruido
y surgen las primeras gotas sobre la tierra
de lluvia, como un crimen revelado de arriba.
 
Pero las nubes siguen su centinela en alto.
No puedes escapar, alma, no hay horizontes.
Vuelve al agua y al loto podrido de tu estanque
−cadáver que cadáver refleja en terso espejo−.
 
Vuelve a la hermosa tierra profanada a diario
que el cielo quiere en lluvia lavar de su miseria,
tierra de la mentira sin amor y sin fruto,
sin otra ley que oro y su risa amarilla.
Si recortas tus alas tendrás respeto eterno
−si no alzares la vista más allá de los muros−.
Si te conmueve un grito déjalo sin respuesta,
pues a nada conduce interrogar al aire.
 
Mas, si hay un fuego arriba, ellos lo tendrán todo,
los que con un suspiro liberan la pobreza,
aquellos que envenenan el paisaje si miran
y su presencia seca la sonrisa y los pájaros.
 
Vuélvete a tu retiro, alma que entre cristales
y oxidados barrotes tu tristeza consumes.
 
Bajo la lluvia fina, bajo la lluvia, mira
pasar la arena rápida de tus contados días.
 
(El aire que no vuelve, 1955)



 Quien de amor
 
                              Para Meriem de Tocqueville
 
La vida está vacía. Quien de amor no la llena
queriendo así ganarla, siembra polvo de oro,
labrador de los aires,
en surcos tan estériles que un día le darán simientes
vanas de humo, espinos o serpientes como agujas,
dorados cardos lacerantes
donde en día de nubes reposar su cabeza.
 
Quien mira atrás y ve su tiempo gastado,
su vida o sangre desparramada como un
rastro en el camino,
arena que apagara fuegos o tal vez fuego
devorador de arena,
agua, fuego o sangre dado a beber a los sedientos,
si es pozo en un camino que no miró quien bebe,
ya sembró lo que dará su fruto.
Peregrinos amantes sobre la vasta tierra.
 
Quien miró atrás, mira ahora adelante cansado,
ante el camino a recorrer que aguarda.
La juventud retira sus últimas banderas
ante un horizonte sombrío,
y la madurez, como temida aurora en un erial,
se muestra frente a un sol cruel que arrebata
a un cansado despojo sus esperanzas últimas.
 
Quien sembró para su porvenir, tendrá respeto.
Y espejos de monedas el avariento solitario.
Los pavos reales saludarán con sus colas desplegadas
a quien alimentó cuatro caballos para su sepelio.
 
Pero el que amó solamente,
pero quien amó solamente,
una cortina de agua y el más rápido olvido
tendrá sobre la tierra y bajo el cielo,
bajo la tierra y sobre el cielo. Un ángel
con su dedo de plata señalará el camino.
Aquí estuvo. Su vida fue naranja o esmeralda.
Tened piedad. Dio amor.
Si hay otra vida... Acaso. Vendrán otros.
Fue manantial y siempre tuvo sed.
Está ya a salvo.
 
(Los silencios, 1958)
 
 
Paseo marítimo
 
Un mar está lejano,
acaricia arrecifes.
Pez rojo o coral
en luz clara reviven.
 
Doras con tu presencia
el tibio, el puro, el cálido
dulce y húmedo viento.
En tu cuerpo descanso.
 
Tus ojos son el mar,
el mar eres tú mismo
−bronce aún débil−, un cielo
pesa en tus hombros, vivo
 
cuerpo amado. La arena
−luz que se entrega a todos−,
sobre las piedras blancas
reverbera sus oros.
 
La luna en su menguante
roja se nos ofrece
como fruta lejana
que estrellas paladeen.
 
Tú estás allí y el mar.
Yo aquí frente a la tierra
con su forma tangible
que nos separa espesa.
 
Nos desune, gravita
lo sólido. Interpone
su densidad, distancia.
Nos va borrando nombres.
 
Oh, dulce amor, recuerdo
para siempre. Qué limpios
los que el aire me trae,
memoria sin olvido.
 
Viento de aquella mar
salado en nuestra sangre,
déjame en el presente.
Calla el alma. No sabe.
 
(Los silencios, 1958)
 
 
 A la Asunción y Coronación de María
 
De fino sol el transparente velo,
vestida de la luz, hacia la altura,
bañando su cabello en plata pura,
luna de madrugada sube al cielo.
 
Monte sin grada, cúspide y Carmelo
estrella para el alma en noche oscura,
de quien lo humano toma su hermosura,
rosa que en rosas transfigura el yelo.
 
Si el verde anillo y su fulgor cuajado
hunde Luzbel, las aguas incendiando,
y ante su mano azufre desvanece,
 
Madre que infieles hijos tanto ha amado,
por voluntad del Padre está ocupando
trono tal en los cielos que merece.
 
(Los silencios, 1958)
 
 
Soneto a María Inmaculada
 
Un rayo solo se posó en María
quebrando el Sol su ley por un momento,
por cuanto era de Dios, luz, instrumento,
ángel, nueva, dorado mediodía.
 
Esmeralda sin dueño parecía,
pájaro sin alado valimiento,
gloria suprema, sacrificio cruento,
astro brillante, púrpura agonía.
 
Eterno Dios te hizo Inmaculada.
Breve tierra te tuvo aprisionada
−presa fugaz que lo mortal desdeña−.
 
Amantes somos que olvidar no pueden
mientras las sombras de tu sombra queden,
criatura de la luz436 y de ella dueña.
 
(Los silencios, 1958)
 
 
Dormición de María
 
                                         Para Luis de Borbón y Caralt
 
Aristas en cristal guardan diamante
y agujas en su entraña late el brío,
custodia el alabastro y duerme frío
de corazones corazón amante.
 
El invisible coro vigilante
que justo manda el cielo, en su albedrío,
torna ya en canto lo que fue sombrío,
presencia de la muerte un solo instante.
 
Si leve losa te guardó sellada,
de corrupción exenta y preservada
en minutos de plomo funerales,
 
ojos abriste de mirar serenos,
rostros dejando de tristeza llenos
por altos paraísos celestiales.
 
(De los príncipes, 1990)
 
 
Tristán
 
                                 Para T. E. L.
 
Tristán, sobre las nubes
sin color, hoy tu nombre,
alas de un viento frío,
dolor antiguo llega.
 
Desespero soñando,
brillar, gris, plomo, lluvia,
ojos verdes, inmenso
mar de asombro, sombrío.
 
Abierto en mí el sonido
como una flor, corola,
dorada piel lechosa,
pelo rubio rizoso.
 
Hay montañas azules,
hondas quebradas, valles
por donde tu mirada
sigue un arroyo, y vuela.
 
Sólo mirar. No dice,
nada, reprocha, mira
a través de los bosques,
planos cielos alcanza.
 
Viene noviembre, asciende
por su musgosa escala
un año más. De todos
fija memoria guardo.
 
Celestes prados verdes
cruzo, Tristán, ahora,
tu nombre ya un sonido,
campana de aire muerto.
 
(De los príncipes, 1990)

Julio Aumente, Pablo García Baena y Miguel del Moral. ABC.

 
Bucólica
 
Vivir, morir, bajo la luz de otoño,
morir bajo los árboles espesos,
sobre la verde yerba mojada de rocío
acariciado por el sol de octubre.
 
Oh silenciosa soledad del campo,
oh contornos de oro,
sacras palabras de los bosques,
dosel oscuro, tronco, para el cuerpo,
estremecido canto de las ramas.
 
Tu contacto suave,
ala de seda fría sobre la frente,
mortal delicia lenta,
tu pálida presencia solicitan,
oh último sonido, escala difundida
en el triste y morado llanto de los violines.
 
Oh sí, morir
cuando el amor nos niega
su ardiente palma y su granada oscura.
Morir bajo las copas verdeantes
cuando el milano tiembla en el espacio
como un punto negro que brilla.
 
Sentir el alma huir de su morada,
agua de un manantial que se desborda,
que se desborda desapareciendo
por un desconocido conducto imperceptible.
 
Fundirse con el aire,
ser hoja, olor, castaño, pájaro, clara luz,
puro secreto llanto que se extingue
como un cautivo aire musical en jardines.
 
Ah muerte, para mí liberadora eterna,
ala, rumor, sonido,
perpetua transparencia.
El cuerpo, otra vez limo,
raíz, labio, corriente,
sombra, suspiro, sonrisa o llanto frío.
 
Desesperadamente el alma buscando
descanso en el helado verdor de la alameda.
Muerte, no, no es tu nombre tan terrible,
azul corriente que enamora,
ardiente amor o sueño.
Guíame, sí, contigo
hacia los verdes valles donde el aire
purificado está, donde el espíritu
habitar puede libre
lejos de las oscuras pasiones terrenales.
 
(Por la pendiente oscura, 1982)
 

De Poética
 
Torna voluble el facistol girante
de talladas caobas enceradas y oscuras,
donde en pintados pergaminos lucen
árboles genealógicos hasta Olimpos sublimes.
 
Comnenos, Lusignan, Valois, Hohenstaufen,
Hungría y Aragón, Plantagenet-Anjou;
es tal tanta belleza suntuaria que habría de ser mentira
–real verdad y mentira del hombre o de la historia,
quién la sabe–.
 
Pues sí, amigos, poética concurrencia,
lucháis como jauría hambrienta por vana dominación.
 
Tomad mi parte, pavoneaos en el jardín de la fama.
Sin ambición, me quedo errante en mi pasado, en mis salones…
 
(La antesala, 1983)
 
 
Al filo de las noches
 
Un cuerpo que se entrega no es difícil hallarlo.
Eso eras tú, un hermoso cuerpo divino y vivo.
Una breve cintura, un racimo dorado
en tus ojos brillando entre los ríos de Agosto.
 
Pero es fácil que un cuerpo fulja como una gema
si como amor se mira, con verdadero amor.
Amor y no esa débil pasión que muere a un tiempo
con el último goce de los cuerpos vencidos.
 
Para mí la palabra, para ti la caricia;
para mí la sonrisa y el arco de tus cejas,
para mí el fruncimiento de tu labio rosado,
superior, tibio, altivo, carnal, condescendiente.
 
Pero el amor no muere porque nunca ha nacido
en ti, que languideces al tocar de los dedos.
Tú buscas el secreto, la dulzura, el peligro
del momento robado al filo de las noches.
 
La amistad para ti, o el amor, eran sólo
nombres a que invocar en las horas perdidas.
 
(Poesía completa, 1955-1999, 2004)

Portada: JA, en diciembre de 2004, en la presentación de sus Obras Completas en Córdoba. Madero Cubero.

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