He redondeado esquinas
para no encontrar monstruos a la vuelta
y me han atacado por la espalda.
He lamido mi cara cuando lloraba
para recordar el sabor del mar
y solo he sentido escozor en los ojos.
He esperado de brazos cruzados
para abrazarme
y me he dado de bruces contra mi propio cuerpo.
He mentido tanto
que cuando he dicho la verdad
no
me
he
creído.
He huido
con los ojos abiertos
y el pasado me ha alcanzado.
He aceptado
con los ojos cerrados
cofres vacíos
y se me han ensuciado las manos.
He escrito mi vida
y no me he reconocido.
He querido tanto
que me he olvidado.
He olvidado tanto
que me he dejado de querer.
Pero
he muerto tantas veces
que ahora sé resucitar
—la vida es
quien tiene la última palabra—.
He llorado tanto
que se me han hecho los ojos agua
cuando he reído,
y me he besado.
He fallado tantas veces
que ahora sé cómo discernir los aciertos de lo inevitable.
He sido derrotada por mí misma
con dolor y consciencia,
pero la vuelta a casa ha sido tan dulce
que me he dejado ganar
—prefiero mi consuelo
que el aplauso—.
He perdido el rumbo
pero he conocido la vida en el camino.
He caído
pero he visto estrellas en mi descenso
y el desplome ha sido un sueño.
He sangrado,
pero
todas mis espinas
han evolucionado a rosa.
Y ahora
mi vida
huele a flor.
(Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo, 2013)
Dejé poesía en el tintero y saliste tú
Quisimos jugar
a hacer del invierno
una excusa para quitarnos la ropa
y terminamos haciéndonos la cama,
un día,
y otro,
y otro,
y ya era primavera en nuestra cara.
Intentamos
dejar de mirarnos
anteponiendo nuestros miedos
a las ganas,
pero entonces nuestros ojos
se encontraron con todos ellos
cruzando la calle,
de la mano,
y no volvimos a verlos.
Pretendimos
controlar cada latido,
pausar el pecho cuando se hacía de día,
malgastar el corazón a la primera
para no dejar poesía en el tintero.
Dormimos dándonos la espalda
en vez de las buenas noches
en un intento
de matar al amor,
pero nos levantamos sin ropa
envueltas en un abrazo desnudo
que seguía el compás
de un beso con lengua entre dos bocas
llenas de ternura,
y aquel despertar
fue como abrir la ventana
y el corazón con ella.
Simulamos
anteponer la carne al cariño,
reducirnos a cuatro manos
llenas de polvos mágicos,
regalarnos un par de noches
y bailar con el amor en otras camas.
Pero entonces nos descubrimos
buscando nuestra cara por la calle,
el café de media tarde
empezaba a saber a un día entero
entre las mantas de tu cama,
desaprendí a dormir
si tu voz no me decía esa noche
que el día siguiente nos veríamos,
todas las paredes de mi casa
protestaban por tu ausencia
y cada reparo comenzaba a diluirse
por las paredes de mi espalda
cada vez que me acariciabas el pelo
y me decías que besarme
era como tocar una nube.
Y entonces yo,
en vez de bajarte el cielo,
te subí a él.
Nos quedamos aquí,
te dije.
Seamos una estrella
que se cumple.
Nunca tuve tantas ganas
de ponerle a mi rutina tu nombre
como ahora.
Es como añadirle una exclamación
a un puñado de frases corrientes.
(Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo, 2013)
Irene
¿Sabes eso de abrazar a alguien y sentir
que el entrelazamiento es perfecto?
Que no sobran manos,
que el tamaño de los brazos es el ideal,
incluso la altura de los corazones se ajusta
y parece que todo se resuelve en un latido.
Pues algo así eres para mí:
la compenetración perfecta, la cara de todas mis monedas
y en quien pienso cuando alguien habla de la suerte
—qué sabrán ellos de la suerte si no te conocen—.
Cómo explicarlo,
nunca me ha asustado llorar porque tú siempre estás.
Eres todos los peros que pongo a mis miedos.
Y si soy valiente
es porque en cada paso que doy mi meñique va
enlazado al tuyo, y si me caigo
siempre es sobre tus manos, y se está tan a gusto en ellas.
Sí, la vida es complicada, a veces se pasa de triste,
pero yo veo tus hoyuelos cuando sonríes así,
como si trataras de llevarme a tus mejillas,
y te juro
que entiendo a los poetas cuando hablan de amor.
Me quedo pensando
qué diablos hace el mundo tan enfadado, tan ciego,
por qué da tanto miedo enamorarse, cómo puede
haber gente que prefiera caminar con la luz apagada,
si solo hay que abrir los ojos y verte para llenarse de luz
y de la hostia de belleza que supone mirarte. Y luego,
cuando te vas
—que es cuando se puede mirar a otro sitio—,
contemplo al cielo hacerte reverencias,
a las aceras bailar al ritmo de tus pasos, a la
mirada de la gente llenarse
de brillo e interrogación
—entiéndelos,
verte es lo más parecido a soñar
que se puede hacer con los ojos abiertos—,
y a las sonrisas empañarse
para escribirte ojalá todas fueran como tú
en el vaho de tus huellas
por si consiguen que les mires de vuelta. En definitiva,
contemplo al mundo enamorarse de ti, y el amor,
es decir,
la vida cobra sentido.
A veces
me gustaría salvarte de todo lo que hiere, fosilizar
tus lágrimas
y cortar el alma
de todo aquel que se atreva a romperte.
Pero, amor,
es que eres tan guapa,
hasta cuando te golpea la rabia y no entiendes qué pasa;
es que es tan bonito verte levantar, contemplarte sobrevivir
y ver cómo te rescatas a ti misma; es que el universo
tiene tanto que aprender de tus cicatrices y tu forma
de sanar los daños
que sería egoísta por mi parte privarles de tu parte frágil.
Porque, amor,
la única verdad es que
tienes los ojos más valientes del mundo
y el mundo es más valiente cuando te mira a los ojos.
Y yo te quiero,
no porque siempre estés conmigo, para mí,
y por mí,
no porque sea imposible no hacerlo y se dispersen mil motivos,
todos ciertos,
por las manos al pensarlo,
sino porque has nacido para que te quieran y
yo he nacido para quererte,
con todo el alma y toda la piel, toda mi vida.
(Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo, 2013)
Me sobra la poesía
Me sobró el resto
desde el primer beso.
Amor,
a mí desde que estás
me sobra amor por los cuatro puntos cardinales
de este país que no quería ser conquistado
y acabó enamorado de tu bandera.
Se me han roto las brújulas
y ahora mire donde mire
solo
estás
tú,
y un trozo de mar conjugado en futuro
y un beso en cada ola de tu marea
y varias frases cosidas a tu frente
para que leas poesía cada vez que te mires al espejo.
De igual manera
que me sobran las manos cuando no estás
y tengo demasiados latidos
para tan poco pecho
—aunque me hayas
hecho el corazón más grande que la pena—,
del mismo modo
que mis pies pierden el ritmo
cuando no van a tu casa
—el aire solo se mueve
cuando tú bailas—
y el cartero me pregunte por ti
de tanto escribirle tu nombre…
De igual manera,
me sobran las formas
y las excusas
y las palabras,
me sobra hasta el silencio
y el eco de las estaciones,
me sobra el pasado
y la tristeza
y los poemas,
me sobra la ciudad
y los enamorados que cabalgan sobre ella,
me sobran las mentiras
—menos esas que consiguen
que te quedes un ratito más—,
me sobran todos los besos llenos de tinta
y todas las palabras manchadas de saliva,
me sobra tu casa
y la mía
y las noches que duran días,
me sobra esta bendita paz
y esta ausencia de ruidos
que me has regalado,
me sobran mis dedos
y mis sueños
y mis dedos que te sueñan
y mis sueños con tus dedos,
me sobra el miedo
y los callejones
y la luz,
me sobran las huellas
porque me sobra el camino.
Desde que estás
me sobra todo lo que tengo
—me sobra hasta lo que no tengo—
porque tú me das todo.
Mi vida,
desde que estás tú
lo único que me falta
es la muerte.
Y no la echo de menos.
(Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo, 2013)
Ya nadie conocerá nuestra historia
Es raro escribirte desde un lugar
en el que tú y yo ya no estamos.
Es raro hablarle a alguien que ya no eres,
yo, que no sé quién soy.
Los años han pasado,
y he aprendido varias cosas que ya nunca
podré contarte
porque aquellas que fuimos ya no responden
nuestras preguntas,
pero aún soy capaz de escuchar el eco
de tus pisadas sobre mis manos
y eso es casi igual de extraño.
Ya nadie conocerá nuestra historia.
Hablo de ti desde la calma,
desde estas cuatro paredes que me protegen,
y no me duele.
Tal vez tenías razón.
Pero es que te miro
y no eres tú.
Entonces te escucho
y el amor desatendido sube como un fuego
por mi cuerpo acostumbrado.
Quisiera hablarte de mis miedos,
dejar a un lado el ruido y apoyarme
de nuevo sobre tu espalda,
preguntarte si tu pelo sigue siendo igual de suave,
por qué apagaste todas las luces.
Quisiera saber quién eres ahora,
si queda algo de la mujer que me encontré
cuando yo apenas comenzaba a vivir,
si encontraste al fin un hogar que no te apretase tanto,
si me recuerdas al cantar en voz baja,
si aún dudas al bailar sobre las hojas del otoño.
Tú y yo ya no somos nosotras,
pero seguimos siéndolo en el sitio
al que acudo cuando tengo frío
y buceo entre mi memoria para encontrar
algo que me abrigue,
y así, como la vida cuando nos cuida,
me doy de bruces contra algo tuyo:
la cobardía, los impulsos,
la marcha lenta, un espejo roto,
ese carnaval inesperado,
dos canciones que, como un relámpago,
parten mi cuerpo a la mitad.
Así funcionan los recuerdos:
cuanto más lejos están,
más queman.
Y cuando una se da cuenta,
el mundo entero ya está en llamas.
(Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo, 2013)
Un viento extraño
Cerré las puertas nada más verte,
anclé una nube al pomo
y tarareé otra canción mientras
tú sonabas.
Cerré todas
y cada una
de las puertas
solamente
para que quisieras abrir las ventanas
y entraras así en mi vida,
de la única manera que debes hacerlo:
volando.
Con la fuerza de un viento extraño
que me colocara en el sitio correcto:
a tu lado.
Estás a la altura de las estrellas,
mi amor,
y yo ya voy de camino,
entre trueno y relámpago,
con arena en los zapatos para no olvidar la tierra
y con sueños fugaces en los ojos
para no olvidarte a ti.
(Baluarte, 2014)
La maravillosa suerte de que todo siga en su sitio
Tus arrugas:
las toco y pienso en todos esos campos
que asaltamos de jóvenes,
que allanamos sin vergüenza
y con pasión.
Tus arrugas:
las toco y veo ahora
montañas llenas de ríos
e historias,
hechas con árboles ya viejos
que nadie entiende que resumen el paisaje.
Tu cuerpo:
lo toco y creo en el deseo
del tiempo,
en los sueños de las noches de insomnio.
Tu cuerpo:
lo toco y lo recorro de memoria y recuerdo
lo absoluto del amor,
el milagro de conocerte e invadirte
con la paz que da
alcanzar el hogar,
la maravillosa suerte de que todo siga en su sitio.
Tu silencio:
lo toco y me parece joven,
tus veinte años devueltos a un gemido entrecortado.
Tu silencio:
lo toco y lo traduzco en otro idioma
que se antoja lejano pero sigue ahí,
hablándonos,
recordando la chispa que enciende el juego,
el trozo de madera que lo aviva.
Te toco.
Y entro en ti,
con el nervio de una guerra
que ya ha terminado
pero en la que aún resuenan los disparos.
(La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida, 2016)
El lugar que tú ocupas
Por suerte,
existes.
Y por suerte, también,
no solo existes,
sino que te colocas aquí,
justo al lado de todo lo que está lejos,
para estar cerca.
Y por suerte, aún más,
no solo existes
y te colocas aquí,
sino que es en ese exacto lugar
en el que me haces creer
que merezco habitarlo,
conocer los rincones que lo atajan
y saber mirarte también
cuando cierro los ojos.
Como un sueño.
Como el sueño que aparece
en el momento preciso
en el lugar que tú ocupas.
(Lo que la poesía aún no ha escrito. Poesía reunida (2013-2020), 2023
Somos mujeres
Miradnos.
Somos la luz de nuestra propia sombra,
el reflejo de la carne que nos ha acompañado,
la fuerza que impulsa a las olas más minúsculas.
Somos el azar de lo oportuno,
la paz que termina con las guerras ajenas,
dos rodillas arañadas que resisten con valentía.
Miradnos.
Decidimos cambiar la dirección del puño
porque nosotras no nos defendemos:
nosotras luchamos.
Miradnos.
Somos, también, dolor,
somos miedo,
somos el tropiezo de otro
que pretende marcar un camino que no existe.
Somos, también, una espalda torcida,
una mirada maltratada, una piel obligada,
pero la misma mano que alzamos
abre todas las puertas,
la misma boca con la que negamos
hace que el mundo avance,
y somos las únicas capaces de enseñar
a volar a los pájaros.
Miradnos.
Somos música,
inabarcables, invencibles, incontenibles, inhabitables,
luz en un lugar que aún no es capaz de
abarcarnos, vencernos, contenernos, habitarnos,
porque la belleza siempre cegó los ojos
de aquel que no sabía mirar.
Nuestro animal es una bestia indomable
que dormía tranquila hasta que decidisteis
abrirle los ojos con vuestros palos,
con vuestros insultos, con este desprecio
que, oídnos:
no aceptamos.
Miradnos.
Porque yo lo he visto en nuestros ojos,
lo he visto cuando nos reconocemos humanas
en esta selva que no siempre nos comprende
pero que hemos conquistado.
He visto en nosotras
la armonía de la vida y de la muerte,
la quietud del cielo y del suelo,
la unión del comienzo y del fin,
el fuego de la nieve y la madera,
la libertad del sí y el no,
el valor de quien llega y quien se va,
el don de quien puede y lo consigue.
Miradnos,
y nunca olvidéis que el universo y la luz
salen de nuestras piernas.
Porque un mundo sin mujeres
no es más que un mundo vacío y a oscuras.
Y nosotras
estamos aquí
para despertaros
y encender la mecha.
(Lo que la poesía aún no ha escrito. Poesía reunida (2013-2020), 2023
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Graciasss/www.somosohlala.com/elvira-sastre-la-poetisa-de-las-nuevas-generaciones
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