Íbamos de camino.
Mi cariño en sus brisas te oreaba.
Tu cabello llevado entre los céfiros
era también como brisa del alma.
Eras también como brisa en la brisa.
¡Qué claridad rumorosa mis ansias!
¡Oh transparencia vital que encendía
toda mi vida cual fuego en luz blanca!
De mi alma entonces salía silvestre
el aire fresco de la madrugada.
Allá dentro, por dentro, ¡qué pura
la caricia amorosa del alba!
¡Qué delicadas nubes se encendían
y qué irisadas aguas!
El mundo era el sonido
y en mi interior sonaba.
(Primavera de la muerte, 1946)
Letanía para decir cómo me amas
Me amas como una boca, como un pie, como un río.
Como un ojo grande, en medio de una frente
solitaria.
Me amas con el olfato, los sollozos,
las desazones, los inconvenientes,
con los gemidos del amanecer, en la alcoba los dos, al
despertar;
con las manos atadas a la espalda
de los condenados frente al muro; con todo lo que
ves,
el llano que se pierde en el confín, la loma dulce y el
estar cansado,
echado sobre el campo, en el estío cálido,
la sutil lagartija entre las piedras rápidas;
con todo lo que aspiras,
el perfume del huerto y el aire y el hedor
que sale de una pútrida escales;
con el dolor que ayer sufriste y el que mañana has de
sufrir;
con aquella mañana, con el atardecer
inmensamente quieto y retenido con las dos manos
para que no se vaya a despertar;
con el silencio hondo que aquel día, interrumpiendo
el paso de la luz,
tan repentinamente vino entre los dos, o el que invade
la atmósfera justo un momento
antes de la tormenta;
con la tormenta, el aguacero, el relámpago,
la mojadura bajo los árboles, el ventarrón de otoño,
las hojas y las horas y los días,
rápidos como pieles de conejo, que con afán
corriesen incansables, con prisa,
hacia un sitio olvidado, un sitio inexistente, un día
que no existe,
un día enorme que no existe nunca. vaciado y atroz
(vaciado y atroz como cuenca de ojo, saltado y
estallado por una mano vil);
con todo y tu belleza y tu desánimo a veces cuando
miras el techo de la alcoba sin ver, sin comprender,
sin mirar, sin reír;
con la inquietud de la traición también, el miedo del
amor y el regocijo de estar aquí,
y la tranquilidad de respirar y ser.
Así me quieres, y te miro querer como se mira un
largo río
que transparente y hondo pasa,
un río inmóvil,
un río bueno, noble, dulce,
un río que supiese acariciar.
(Noche del sentido, 1957)
Canción para un poeta viejo
A Vicente Aleixandre
Muy cerca de la vida. Así tu hablar.
Llegaste a viejo cual se llega al mar.
Azotado del viento y de los años
fuiste la vida, no sus desengaños.
Tu voz sonaba a viento y caracolas,
viejo de luz, hermano de las olas,
Conocimiento fue tu reposar.
Llegaste a viejo cual se llega al mar.
Llegaste a viejo cual se llega a ser
la luz delgada del amanecer.
La luz delgada del saber callar,
del saber conocer y callar.
Del saber esperar, callar, seguir
hasta las olas del saber vivir.
Hasta las olas del saber amar
profundamente y como es quieto el mar.
Y como es quieto el mar se pone en pie
la insurrección del nunca moriré.
Y así tu ser, escrito en agua y sal
y en viento fue, y en todo lo inmortal.
(Oda en la ceniza, 1967)
Oda en la ceniza
A Francisco Brines
Una vez más. Las olas, los sucesos,
la menuda porfía que horada
la granítica realidad, el inmóvil
bloque donde los tiempos
giran como un águila
aciaga.
Cada minuto el mundo es otro,
otra la muerte,
Otro el desdén, la diurna aparición
del entusiasmo,
el radical sentido.
Perdemos suelo,
firme contacto, asidero de sombras.
Dame la mano, álzame, tocaría
acaso la sublime
agarradera sin ceniza, la elevada
roca, el alto asiento
del resplandor, la puerta que no gira
ni se abre, ni cierra, el último
fundamento del agua, de la sed,
de los aires diáfanos,
del barro mísero donde el ardor se quema
como un ascua. Oh tentación de ser
en la portentosa verdad,
en el irradiante espejo, estallido de veneración
más allá del respeto
sombrío. Oh calcinante
idealidad sagrada que no arde ni quema
en la deslumbradora invisibilidad, en la increíble
fuerza del mundo. Oh témpano de oceánico ardor
donde el cansancio
puede brillar y la queja
abrasar y ser otra, y el hombre apetecer y saciarse
en el alimento continuo.
Oh desaliento
del desconocer, hambrear, consumirse,
centro del hombre.
Tú, mi compañero,
triste de acontecer,
tú, que como yo mismo ansías lo que ignoras y tienes
lo que acaso no sabes,
dame la mano en la desolación,
dame la mano en la incredulidad y en el viento,
dame la mano en el arruinado sollozo, en el lóbrego
cántico.
Dame la mano para creer,
puesto que tú no sabes,
dame la mano para existir, puesto que sombra eres y
ceniza,
dame la mano hacia arriba, hacia el vertical puerto,
hacia la cresta súbita.
Ayúdame a subir, puesto que no es posible la llegada,
el arribo, el encuentro.
Ayúdame a subir puesto que caes, puesto que acaso
todo es posible en la imposibilidad.
puesto que tal vez falta muy poco para alcanzar la sed,
muy poco para coronar el abismo,
el talud hacia el trueno,
la pared vertical de la duda,
el terraplén del miedo.
Oh, dame
la mano porque falta muy poco
para saltar al regocijo,
muy poco para el absoluto reír y el descanso,
muy poco para la amistad sempiterna.
Dame la mano
tú que como yo mismo ansías lo que ignoras y tiene
lo que acaso no sabes,
dame la mano hacia la inmensa flor que gira en la
felicidad,
dame la mano hacia la felicidad olorosa que embriaga
dame la mano y no me dejes caer
como tú mismo,
como yo mismo,
en el hueco atroz de las sombras.
Sensación de la nada
Tiene, después de todo, algo de dulce
caer tan bajo: en la pureza
metafísica, en la luz
sublime de la nada.
En el vacío cúbico, en el número
de fuego. Es la hoguera
que arde inanidad. En el centro
no sopla viento alguno. Es fuego
puro, nada pura. No habiendo fe
no hay extensión. La reducción del orbe a un punto,
a una cifra que sufre.
Porque es horrendo un padecer simbólico
sin la materia errátil que lo encarna.
Es la inmovilidad del sufrimiento
en sí….
Como la noche
que nunca
amaneciese-
Canción de amor para después de la vida
Tu que me miras, tu que me ves aquí
en la tierra
como en la tierra soy,
como en la tierra estoy sin merecerte,
tú, pequeña verdad humana mía,
aquí sin merecerte, sin merecer tu humana luz, tu
belleza tranquila y delicada,
fugaz y delicada como una luz tranquila,
capaz, ay,
de envejecer y de morir también;
tú, sí, a quien he llegado
tan tarde ya, sin merecer ese sosiego ya
de tu pura belleza,
¿podré entonces, de pronto
encontrarme a tu lado revestido de aquello que
quisiera para mí junto a ti?
¿Podré ser digno entonces de ti entonces,
y dignamente estar como quisiera estar:
dignamente a tu lado, mereciendo
continuamente lo que eres
ahora para mí,
en esta tarde en que tú estás sentada
al lado mío contemplando
con tristeza mi rostro,
que ha empezado quizá,
tan pronto
a envejecer…?
(Oda en la ceniza, 1967)
Divagación en la ciudad
A Ricardo Defarges
Quisiera hablar tranquilamente.
Ha llegado el
momento
de la serenidad, en que es posible
hablar, decir algo recóndito y oscuro
como en la niebla o en la soledad o en la sombra.
Un
susurro
en la voz basta a veces,
a veces en la penumbra de una palabra basta,
a veces escuchamos un sonido
crujir, un paso remoto que se aleja
vacilando en el bosque.
Un buque parte a veces y en
las aguas
algo creemos ver, insólito, es un brillo
que algo nos dice, un más allá, una dicha
veloz que repentinamente se extingue.
No sé, una
burbuja
que acaso significa, como si viniera a nosotros
respirada por alguien, detrás de la tiniebla.
Así hablaría en el cansancio.
Pero esta tarde
he creído ver algo.
Yo recuerdo
de niño, he pasado de niño muchas veces
horas y horas contemplando una piedra
y siempre yo veía cosas nuevas en ella,
montañas diminutas, enormes valles desolados,
y al mirar esperaba.
Esperaba el milagro.
Ya lo sabéis. ¿Qué cosa!
Esperaba el milagro, estaba un poco tonto, un poco alegre,
un poco esperanzado,
lo mismo, sí que ahora.
Pasan gentes veloces por la calle,
una calle cualquiera, no lo dudo, una calle
en donde nada ocurre.
¿Qué esperar, por qué miro?
Pasan gentes alegres,
a veces con sombreros de colores,
a veces con sombreros de otras cosas,
quizá penas, espinas.
Pero pasan alegres,
con enormes sombreros de alegría,
vestidos con vestidos, con trajes de payaso, con caras
de azucena,
con caras menestrales o ya menesterosas de suspiros
porque a veces
es difícil andar con tanta gente,
tantas palomas sucias, tantos ríos
que van al mar. Difícil, lo comprendo.
Siempre lo he dicho así. No sé qué pasa,
no sé qué ocurre en mí ni por qué hablo
de todas estas cosas.
De pronto estoy más serio, casi triste,
casi necesitado de acariciar a un perro, a una persona,
a un burrito peludo, a un titerero.
Ya veis a que conduce el estar triste
en una tarde rosa, en una calle
cualquiera, un cualquier día.
Empieza uno a pensar
así, como fuese
todo importante y fiel, y solidario
con la necesidad de no ahogarse
en un vaso de vino o de amargura.
De ser siempre en el mundo,
de decir su quimera a cualquier hombre,
de gritar a los astros que hay aquí, sí, en la tierra,
hombre que valen un imperio,
imperios que hacen agua,
agua que no se bebe porque está prohibido,
y que es bonito
salir a una terraza cualquier día
y gritar a los astros que el mundo está bien hecho, y
que he bebido.
(Oda en la ceniza, 1967)
La prueba
Buscando andamos todos una prueba.
Una prueba que prueba realmente
que no nos engañamos cuando niños:
que si los reyes godos o los Magos.
Y nadie pensó nunca en lo más fácil:
la existencia del gordo.
Ahí tenéis al gordo: es entusiasta,
ceremonioso y listo, Está sentado,
y como si tal cosa: nunca le hicieron caso como prueba…
Y la verdad: no hay duda.
Uno tiene necesidad de muchas cosas:
creer en jeroglíficos, ver algo
detrás de aquella pluma de señora,
o bien, mejor aún, como os decía,
detrás del hombre gordo, aquel que manotea
mientras se da importancia por ser gordo.
Ser gordo es cosa buena, es cosa alegre,
es cosa de sustancia y compromiso,
es cosa de gordura sobre todo, y cosa que va a misa
cuando es fiesta.
Y sin embargo,
yo quisiera saber, que tontería,
que hay detrás de aquel gordo.
Porque tras la gordura hay otra cosa,
estoy casi seguro.
No puede ser así, sin más ni más,
que un gordo sea un gordo.
Un gordo simplemente, un gordo simple,
un gordo intrascendente y para andar por casa.
Un gordo es importante, lo hemos dicho,
y por tanto, detrás de su gordura
ha de haber escondido alguna cosa
que sirva para algo.
Quizá para sentarse o tal vez sólo
para andar más de prisa. Es imposible
que un respetable gordo
no tenga utilidad, como una silla
o una locomotora, o un jazmín.
Yo creo, señores,
que un gordo bien pudiera
demostrar a los ricos y a los sabios
que detrás de las cosas
más materiales, si queréis,
existe algo escondido. Y yo creo
que a San Anselmo (e incluso al Tomás santo)
se le escapó esta prueba.
Prueba infalible, a mi entender,
de que el mundo no acaba, sí como así,
en un gordo.
(Oda en la ceniza, 1967)
Precio de la verdad
A Ángel González
En el desván antiguo de raída memoria,
detrás de la cuchara de palo con carcoma,
tras el vestuario viejo ha de encontrarse, o junto al
muro
desconchado, en el polvo
de siglos. Ha de encontrarse acaso más allá del pálido
gesto de una mano
vieja de algún mendigo, o en la ruina del alma
cuando ha cesado todo.
Yo me pregunto si es preciso el camino
polvoriento de la duda tenaz, el desaliento súbito
en la llanura estéril, bajo el sol de justicia,
la ruina de toda esperanza, el raído harapo del
miedo,
la desazón invencible a mitad del sendero
que conduce al torreón derruido.
Yo me pregunto si es preciso dejar el camino real
y tomar a la izquierda por el atajo y la trocha,
como si nada hubiera quedado atrás en la casa
desierta.
Me pregunto si es preciso ir sin vacilación al horror
de la noche,
penetrar el abismo, la boca de lobo,
caminar hacia atrás, de espaldas hacia la negación,
o invertir la verdad, en el desolado camino.
O si más bien es preciso el sollozo de polvo en la
confusión de un verano
terrible, o en el trastornado amanecer del alcohol
con trompetas de sueño
saberse de pronto absolutamente desiertos, o mejor,
es quizá necesario haberse perdido en el sucio trato
del amor,
haber contratado en la sombra un ensueño
comprado por precio una reminiscencia de luz, un
encanto
de amanecer tras la colina, hacia el río.
Admito la posibilidad de que sea absolutamente
preciso
haber descendido, al menos alguna vez, hasta el
fondo del edificio oscuro.
Haber visitado el lugar de la sombra,
el territorio de la ceniza, donde toda vileza reposa
junto a la telaraña paciente. Haberse avecindado en
el polvo,
haberlo masticado con tenacidad en largas horas de
sed
o de suelo. Haber respondido con valor o temeridad
al silencio
o la pregunta postrera y haberse allí percatado y
rehecho.
Es necesario haberse entendido con la malhechora
verdad
que nos asalta en plena noche y nos desvela de
pronto y nos roba
hasta el último céntimo. Haber mendigado después
largos días
por los barrios más bajos de uno mismo, sin
esperanza de recuperar lo perdido,
y al fin, desposeídos, haber continuado el camino
sincero y entrado en la noche absoluta con valor
todavía.
(Oda en la ceniza, 1967)
El río suave
El día, la semana, el año, el río
suave, que va lamiendo en su transcurso
interminable la rocosa vida
lenta, que desafía los crepúsculos;
esa caricia que muy lentamente
arranca sólo un grano de oro puro,
acaso una arenilla, acaso nada,
polen de flor, brizna de amor y musgo;
ese roce de espuma que se lleva
entre sus aguas sólo aquel arrullo,
cuando te amaba entre las olas solas
y te quería bajo el cielo único;
ese manso pasaje que es nonada
y dulce amor, que desmorona un punto
tan sólo la armoniosa arquitectura,
el ancho sueño, el anhelar oscuro,
la oculta realidad, jazmín que huele
hacia una madrugada en el futuro
que ya está en él, y huele a madreselva
profundamente en la mitad del mundo;
todo esto y no más, y sólo un algo
de esto se va, como por algún brusco
agujero se iría la fragancia
quieta de unos jardines absolutos,
o cual de un frasco, allá en la estancia oscura,
que se dejase destapado un punto,
podría irse una felicidad.
Como un olor extraño a un raro mundo…
(Las monedas contra la losa, 1973)
El joven no envejece jamás
El joven
no envejece jamás. Como una piedra
pulida, como una dura
conclusión,
como una matemática presencia,
esencia terminante que resiste
sin fin
a la tenaz marea
honda del mundo,
al revuelto temor, a la insaciable dicha,
a la realidad turbia
del deseo, al ingrato oleaje
sin reconciliación y sin memoria;
como una piedra, digo, o una estatua
abrasadora de diamante, el joven
límpidamente existe.
A su través se ve el espacio nítido,
la complacencia de la luz se ofrece.
Un aire con palomas se dispersa
por la gracia de un valle, Un río corre,
refrescando las raíces del mundo.
El joven transparente no sonríe:
es, sin compasión, duramente.
Esencia dura que simula espacio
accidental en tiempo sucesivo.
Simula sucesión, mas vive siempre
un punto más allá del suceder, en el límite mismo
donde empieza la luz,
ya por de fuera, aunque casi en la frontera suave
del innumerable suceso, del poderoso acontecer
corrupto,
existiendo así al margen de la materia ingrata que se
mueve
sinuosamente, serpentinamente
como siniestra ondulación. El joven está inmóvil,
puro, contaminado,
como el cristal repele un agua lúcida.
el aguacero lúcido golpea
contra el cristal inteligente.
Vaso de sí, copa de sí hasta el borde
de una música, el coronado,
el cierto, el no mentido
yace, salvaguardando una verdad,
albergando una nota, una luz tersa
por los alcores luminosos….
Las monedas contra la losa (1973)
Graciasss/www.academia.edu/CARLOS_BOUSO
Graciasss/poesiamaspoesia.com/poesia-carlos-bousono/
Comentarios
Publicar un comentario