Entredicho
Sobra,
palabra
para encontrar que lo predicho
no se cumple
ni los dichos
nos alcanzan. Nunca el cielo
se vio tan distante o la brasa
del instante
tan quebrada
en el intento de sabernos
parte y suerte
de un presente omitido,
de un pasado encubierto
por leyendas que dudan
que supimos ser uno
o distintos, pero acercados,
ni por la afrenta
o el simulacro.
Funda,
palabra,
una ventana que abra a otra ventana
por donde esta línea
huya
y mienta al humo de las horas
y desdiga
de las eras que al arder
nos darían este ahora
inaprensible
que la voz acalla,
excusa superior de la razón
de ser
de mejor manera
que hasta ahora.
Manda,
palabra,
lo que anda
más oscuro entre la noche,
lo olvidado
tantas veces, lo no dicho
a decir,
a hacer lo hecho y el desecho
de lo que fue.
Crispa y triza,
pluma vertical
crecida al cuerpo,
aspa y trazo
en el agua que viaja y que no viaja
para atrás
ni cuando muda.
En tu cielo
buscamos otro cielo,
en tu celo
el mayor silencio.
(Pasajes, 1984)
Inherencia
a mis hijos
No puedo ser la acacia,
y debería. La realidad
es siempre poca
y no parece
ser la última. Tampoco
la primera, que develaría
al hoy.
Hoy
he mirado la acacia y la sucia
combadura del pasto en la llovizna
sin atreverme
a comprenderlas.
Pero sé que debo amar
lo incomprensible, con este amor
improbable.
Ser persona
es estar desesperada
por los modos del amor y el nudo
donde lo dicho enmudece:
lo único
posible de las cosas es nombrarlas
en un rodeo sin fin mientras se mueven
de lugar.
Nuestra propia quietud
aquí
es delgada y grueso
el movimiento que alarga
la transición de ser a deshacer
la realidad
en imposibles: la idea de la rosa
en su buen uso
hace a la rosa posible
entre las horas
que la gravedad del cuerpo arrasa
en un girar de grupas vueltas
o volteadas.
Más allá se empaña
la reja de los años
del espejo donde antes
yo era verde.
Ahora
soy de ese color que el verde
toma con el tiempo y en el tiempo
abusa el ojo
del sujeto
de la rosa, de la acacia que deshoja
al azar el contratiempo
del género mujer—
hombre—
y objeto que soy cuando me nombro
así sujeta, que ni acorta,
ni descarta, ni parece
estar
pero presente.
(Pasajes, 1984)
Despropósito
Toda la noche preparamos
nuestro día
aunque nunca
nos quede terminado. La hora
del café tiende los hilos
de la hibridez, que abre puertas
a un jardín
siempre cerrado.
Mito. Yo. Quien bordea
el centro de las cosas
no adelanta.
Dicho
de frente, sería
otra cosa: amo,
y seguiría
siendo otra cosa.
(Pasajes, 1984)
El origen de la acción
La pasión más fuerte
de mi vida
ha sido el miedo.
Creo en la palabra
(dilo)
y tiemblo.
(Pasajes, 1984)
En camino
No es que no tenga pasado. Es
que no es lo que es
ni lo que se creía.
Hay
hechos concluidos
y hay lechos
donde he perdido la ilación
de ser yo misma.
O así
imagino. Miro atrás
difíciles sentidos.
De aquí
se reconstruye aquello
que en verdad no estaba
construido
sino
en proyecto.
Aquí es el lugar
donde se empieza
y donde vivo.
(Pasajes, 1984)
Sobra,
palabra
para encontrar que lo predicho
no se cumple
ni los dichos
nos alcanzan. Nunca el cielo
se vio tan distante o la brasa
del instante
tan quebrada
en el intento de sabernos
parte y suerte
de un presente omitido,
de un pasado encubierto
por leyendas que dudan
que supimos ser uno
o distintos, pero acercados,
ni por la afrenta
o el simulacro.
Funda,
palabra,
una ventana que abra a otra ventana
por donde esta línea
huya
y mienta al humo de las horas
y desdiga
de las eras que al arder
nos darían este ahora
inaprensible
que la voz acalla,
excusa superior de la razón
de ser
de mejor manera
que hasta ahora.
Manda,
palabra,
lo que anda
más oscuro entre la noche,
lo olvidado
tantas veces, lo no dicho
a decir,
a hacer lo hecho y el desecho
de lo que fue.
Crispa y triza,
pluma vertical
crecida al cuerpo,
aspa y trazo
en el agua que viaja y que no viaja
para atrás
ni cuando muda.
En tu cielo
buscamos otro cielo,
en tu celo
el mayor silencio.
(Pasajes, 1984)
Inherencia
a mis hijos
No puedo ser la acacia,
y debería. La realidad
es siempre poca
y no parece
ser la última. Tampoco
la primera, que develaría
al hoy.
Hoy
he mirado la acacia y la sucia
combadura del pasto en la llovizna
sin atreverme
a comprenderlas.
Pero sé que debo amar
lo incomprensible, con este amor
improbable.
Ser persona
es estar desesperada
por los modos del amor y el nudo
donde lo dicho enmudece:
lo único
posible de las cosas es nombrarlas
en un rodeo sin fin mientras se mueven
de lugar.
Nuestra propia quietud
aquí
es delgada y grueso
el movimiento que alarga
la transición de ser a deshacer
la realidad
en imposibles: la idea de la rosa
en su buen uso
hace a la rosa posible
entre las horas
que la gravedad del cuerpo arrasa
en un girar de grupas vueltas
o volteadas.
Más allá se empaña
la reja de los años
del espejo donde antes
yo era verde.
Ahora
soy de ese color que el verde
toma con el tiempo y en el tiempo
abusa el ojo
del sujeto
de la rosa, de la acacia que deshoja
al azar el contratiempo
del género mujer—
hombre—
y objeto que soy cuando me nombro
así sujeta, que ni acorta,
ni descarta, ni parece
estar
pero presente.
(Pasajes, 1984)
Despropósito
Toda la noche preparamos
nuestro día
aunque nunca
nos quede terminado. La hora
del café tiende los hilos
de la hibridez, que abre puertas
a un jardín
siempre cerrado.
Mito. Yo. Quien bordea
el centro de las cosas
no adelanta.
Dicho
de frente, sería
otra cosa: amo,
y seguiría
siendo otra cosa.
(Pasajes, 1984)
El origen de la acción
La pasión más fuerte
de mi vida
ha sido el miedo.
Creo en la palabra
(dilo)
y tiemblo.
(Pasajes, 1984)
En camino
No es que no tenga pasado. Es
que no es lo que es
ni lo que se creía.
Hay
hechos concluidos
y hay lechos
donde he perdido la ilación
de ser yo misma.
O así
imagino. Miro atrás
difíciles sentidos.
De aquí
se reconstruye aquello
que en verdad no estaba
construido
sino
en proyecto.
Aquí es el lugar
donde se empieza
y donde vivo.
(Pasajes, 1984)
EXCLUSIVAMENTE calla, verdadera dama,
anunciando una exigencia, un drama,
ante la urgencia del destino. Exclusiva llora
y en su llanto aflora el reto serpentino
y la curiosidad que mató al gato. Está tentada
de hace rato, porque en los secretos cajones
del dressoir no guarda nada final, definitivo.
El peso del mundo lo lleva puesto; la carta
de triunfo ha ido a dar al cesto
de los papeles, con otros oropeles
de descarte. No tiene arte
de fuerte voluntad pero sí tiene atisbos
de su ejercicio: el vicio de la solterona
que acabará por dar a luz una personalidad
excéntrica, obsesiva, minuciosa: en los cajones
nada, pero un lugar para cada cosa. Si llora,
como yo, es por su historia: nadie la cuida
y nadie a quien cuidar. Queda la vida.
El espíritu se atrasa con las vueltas
de la noria de este pobre corazón de muselina
fina, exclusiva, bella, y ella
recibe en casa.
ante la urgencia del destino. Exclusiva llora
y en su llanto aflora el reto serpentino
y la curiosidad que mató al gato. Está tentada
de hace rato, porque en los secretos cajones
del dressoir no guarda nada final, definitivo.
El peso del mundo lo lleva puesto; la carta
de triunfo ha ido a dar al cesto
de los papeles, con otros oropeles
de descarte. No tiene arte
de fuerte voluntad pero sí tiene atisbos
de su ejercicio: el vicio de la solterona
que acabará por dar a luz una personalidad
excéntrica, obsesiva, minuciosa: en los cajones
nada, pero un lugar para cada cosa. Si llora,
como yo, es por su historia: nadie la cuida
y nadie a quien cuidar. Queda la vida.
El espíritu se atrasa con las vueltas
de la noria de este pobre corazón de muselina
fina, exclusiva, bella, y ella
recibe en casa.
(Teoría sentimental, 1994)
EN EL MOMENTO de nacer, poco más tarde,
no hubo sentidos revelados. Lo auspicioso
de ese día fue una luz de neón, perecedera,
incandescente, enrarecida, dibujando el signo
de la palindromía —Madam, I’m Adam— más perfecta
en otro idioma y más sombría
que dominar los sentidos. El reflejo
intermitente tornó inútil el espejo; demorado, ¡ay!
el círculo callado, sorprendido,
de los cuerpos que buscándose se evitan
en el calor de lo íntimo. ¡Haber nacido
bajo ese signo! Haber nacido. A diario
el tedio vuelve del revés el derecho natural,
y el asedio es del sitio de lo mismo:
Al no desear, me muero. Quiero a ese pájaro
de mal aguero, el que amenaza Mad am I
con énfasis final y tanto élan… Madam, ¡ay!,
perdamos tiempo si todo está perdido, hablemos
trivialmente del paso, del abismo.
de ese día fue una luz de neón, perecedera,
incandescente, enrarecida, dibujando el signo
de la palindromía —Madam, I’m Adam— más perfecta
en otro idioma y más sombría
que dominar los sentidos. El reflejo
intermitente tornó inútil el espejo; demorado, ¡ay!
el círculo callado, sorprendido,
de los cuerpos que buscándose se evitan
en el calor de lo íntimo. ¡Haber nacido
bajo ese signo! Haber nacido. A diario
el tedio vuelve del revés el derecho natural,
y el asedio es del sitio de lo mismo:
Al no desear, me muero. Quiero a ese pájaro
de mal aguero, el que amenaza Mad am I
con énfasis final y tanto élan… Madam, ¡ay!,
perdamos tiempo si todo está perdido, hablemos
trivialmente del paso, del abismo.
(Teoría sentimental, 1994)
LA DESAZÓN, el agotamiento, la razón
que da el silencio y la presencia
inevitable del corazón que late
tenso en el estable aliento
del extenso trayecto de la vida,
renacida en el proyecto
de morir mejor cuando haya tiempo
de dolor, de falla interior
y de deseo: al ir allí en el intento
de abrir la boca
de la marca, ser, la loca y desdecir
lo que el monarca
ha instaurado en mí de su adorado
esqueleto de dominio, de razón,
de altísimo respeto y de tesón en el ahora
y el aquí que nada insume, pero resta
el tiempo de decirlo, cuando el mirlo
se ha posado, al fin, sobre esta rama.
inevitable del corazón que late
tenso en el estable aliento
del extenso trayecto de la vida,
renacida en el proyecto
de morir mejor cuando haya tiempo
de dolor, de falla interior
y de deseo: al ir allí en el intento
de abrir la boca
de la marca, ser, la loca y desdecir
lo que el monarca
ha instaurado en mí de su adorado
esqueleto de dominio, de razón,
de altísimo respeto y de tesón en el ahora
y el aquí que nada insume, pero resta
el tiempo de decirlo, cuando el mirlo
se ha posado, al fin, sobre esta rama.
(Teoría sentimental, 1994)
EL ARTE sería tocarte, un invento,
insignificante si el olvido lo demora. Lo siento
porque es ahora estallido de la rosa
presurosa del instante,
extraviada en el jardín
porque es ahora estallido de la rosa
presurosa del instante,
extraviada en el jardín
y devuelta por el sinfín
de las horas transcurridas: una… dos… tres…
Si te toco, ¿cómo es? Hay lo mucho de lo poco, digo
el beso, el exceso del miraje y… ¿puede ser, ahora sigo,
el encaje de tu aliento
en el reloj del oleaje? Atravieso
los celajes, el fervor, las profecías (¿el amor?
¿no será la porfía de la «máquina del dolor»?)
y llego acá: «El arte sería tocarte». Silencio. No
confundo confetti con maná
pero igual estoy perdida
entre viejas cartografías de la ruta de la seda
y la pasión como centro. ¡Ah corazón, me decía,
explícate como yo, que estoy adentro de un cuerpo
y sin embargo con vida!
(Teoría sentimental, 1994)
MI SUFRIMIENTO es uno que no te interesa.
Un grano de arena en el desierto
de tu pena, que es infinita. Por mi parte
de tu pena, que es infinita. Por mi parte
creo en la marmita donde cuece
un caldo diferente, y yo sonrío.
Estoy pendiente de tu gesto, y este estío
da un calor que no parece la pasión. La pasión
es el dolor de la madre, esto que conviene
no creer, pera da mientes. Estés
donde estés al fin tendrás que escucharme.
No darme la razón sino el tesoro del sonido
y la pura vibración de la belleza
que saludo como tuya, como ésa
que no sabe estar pero se queda,
y yo retengo. No te tengo,
quiero decir que me reniegas. Renegada,
soy la nada que subsiste, y en las cláusulas
deseadas voy debida:
me enfermo y me intoxico de tu voz
y digo no a quien nada
me requiera.
(Teoría sentimental, 1994)
EL ALMA enamorada huele a encierro. Abrirle
una ventana sería que me amaras
de manera que yo viera, más allá de mis narices,
tus quimeras. Digamos,
por ejemplo,
de manera que yo viera, más allá de mis narices,
tus quimeras. Digamos,
por ejemplo,
el «arte efímero», como esculpir sobre hielo,
y lo hacen en Japón. Pero yo, que tenía el don
del instante, quería el cielo y también
la duración, que sería,
pongamos,
arte de melancolía y de repetición. Tocarte antes,
de una vez y para siempre, convertirme en daga
que fuera, a su turno, atravesada por la espada
y de tu sufrimiento y tu energía
a pesar de,
reconozcámoslo, su cualidad afilada o calmante. Mi alma es
cuarto de enfermo
cuarto de enfermo, enamorada como está y estoy
cerrada para que de allí vida no se escape,
aunque huya sentimiento, confesión, salida,
sin duda
yermo de emergencia —la presencia es desagradable
si farfulla en un lenguaje incomprensible y no es morada
de significación. Estoy herida y cuánto, alma, madre mía,
está vendado tu dolor que sería,
no obstante,
lo entrañable de esa llaga. Haga lo que haga
alguien las paga
alguien las paga, pero aquí el proverbio queda corto y,
efímero o durable, el arte con su ultranza
se hace aborto, estéril o sutil, del mismo sentimiento
intratable.
Aunque,
hay que decirlo, el desborde no resulta suficiente
y lo notable, como siempre, es el dolor
de saberlo. No hay templanza: si vivo en un infierno,
es que me enferma el autorretrato. El relato,
en todo caso,
es tierno abrazo de futilidad y encierro. La verdad,
harina de un costal aparte y tal vez, sólo tal vez,
todo arte sea efímero, o lo es. Tocarte es despropósito,
pero asesina belleza subsiste y si me viste,
porfío,
mejor lo explícito es callado.
(Teoría sentimental, 1994)
Mujeres a la página
Fuimos a derivar como una isla sin continente
y el mar empieza a ser visible. Seremos mujeres
al borde del agua y allí nos miraremos bajo el sol
que enrojece a las mujeres que se miran en el agua
con la intención más bella de encontrarse
en el cielo, desdichas invisibles.
Aunque seamos tan feas como es posible,
una pintura que nadie quiso pintar,
un desacuerdo tónico de las notas,
una mala manera de decir que hay bellas
palabras que no llegarán y esperaremos,
un vaso donde el agua no ha querido
encontrar su forma, y la dejarás correr.
A la página, mujer.
¡Oh esos dos dulces átomos de hidrógeno,
la bomba de la guerra más el óbolo
de oxígeno! ¡Nos dice que el mundo
es mundo! ¡No se puede,
mujeres, escribir con agua!
¿No se puede escribir con agua?
Sin embargo, este cuerpo que no es
ejemplar de la escultura ni accidente todavía
de la pura geografía, se sienta aquí como un objeto
y ya su propia manera de imitarlo:
agua para el corazón que es agua para la cabeza.
Agua es tres cuartas partes de lo que pesa.
¿Se puede escribir con agua?
A la página, mujer.
Después de todo, el fin del arte es el placer,
del que bien podríamos abstenernos
como de una moda. Seamos esta vez
la sed y el placebo de la sed,
hablando como amigas que sumergen
las piernas en el agua, sabiendo que depende
de la luna y también que regidas por la luna,
cuando ella salga difícilmente
estaremos a su altura, enrojecidas por el sol,
ruborizadas ante el propio calor,
como sardinas nadando en aguardiente.
Eso es el mundo, etc. Una metáfora imposible
como agua de la luna. Y también está una:
digamos eau-de-vie, aqua vitae, agua de vida.
Y agua regia, como la vía, agua del rito
que no siempre podemos trasegar
pero que hay que beber lo mismo para que el pozo
no se seque y se haga arena ciega, agua sin sed.
¿Se puede escribir con ella?
A la página, mujer.
(El arte de perder, 1998)
Domingo 21
Les hablo a los sentidos. Sé
que no tengo razón y a veces no salva
el gusto, Lengua, por las palabras.
Soy una sílaba impuesta
sobre el Sentido del Mundo.
Una preposición mínima.
Sobrepuesta, contrapuesta,
una Apuesta del Ser apósita
del Verbo.
Hablo con los sentidos. Hay matices
levísimos que cambian el sabor total
del alimento, o totalmente
el sabor del alimento.
Y el gusto de la cocinera
es sólo una conjetura,
una rosa
que es una rosa construida con un tomate
es una rosa
metáfora para las papilas,
primero para las pupilas.
El alimento de tu alimento,
Lengua, es tu alimento.
(El arte de perder, 1998)
Retrato terminado
Es una manera de decir
quiero quedarme sin palabras,
perder sin comentarios.
Hasta cuándo voy a hablar
de lo que ya no está.
De la que ya no está
viéndome escribir de ella.
¡Y con esos ojos!
También yo de noche los abro
y miro el silencio
en la oscuridad
donde el retrato termina
sin que lo alcance a ver
y pienso
y pienso
y pienso
en temas como vos
que no parecen tener
vencimiento,
en tu deseo de llegar a casa:
con la llave preparada,
aferrada a la puerta del taxi,
te dejabas caer en tu puerta
casi con la voluntad incierta
de una hoja en otoño,
esa clase de vencimiento,
y esos ojos más bien dorados
de los que decías en las descripciones
ojos verdes. Para mirar
cada ocasión con buenos ojos
que no me miran más,
aunque los recuerde.
Y ahora
quiero quedarme
sin palabras. Saber perder
lo que se pierde.
O eso parece.
Parece que las dos
nos hemos quedado sin madre:
yo sin vos
vos sin ella,
y sucesivamente,
como eslabones perdidos
y encontrados por un rato
con los padres,
pero ésa es otra historia
que está mejor contada
en la foto de casamiento
para la que palabras
nunca tuve,
como si fuera anticipo
de mi propio vencimiento.
De los padres decías que el tuyo
tenía ojos verdes,
como vos, tu nieto Juan,
y nadie los tenía del todo
aunque merecían tenerlos:
tu manera
de embellecer el retrato
era tu manera de verlo.
De ella decías en cambio
desde su muerte no fui la misma,
y ésa sería tal vez tu manera
de no terminar el retrato.
La palabra no.
Lo mismo digo yo.
Aunque también se diría una ocasión
más bien vulgar: en general,
todos nos quedamos sin ella,
y esa ausencia de luz parece
descansar los ojos
sin vaciarlos. Los anima,
o los vuelve hacia la oscuridad,
que es donde el retrato termina.
Dijo mi padre de la suya:
nací con ella y ahora
voy a tener que morirme
solo. Y después
lo hizo.
Dijo mi maestro de la suya:
me pasé toda la vida para tener
la letra de mamá. Y después
la tuvo.
Era un dolor perfecto:
hablando de ella,
hablaban de sí mismos.
O eso parece.
Parece que perder
no es un arte difícil:
los muertos de verdad de uno
son víctimas amadas de los vivos.
De lo que cada uno dijo.
(El arte de perder, 1998)
La consecuencia
Esto es un árbol. La raíz dice raíz,
rama cada rama, y en la copa
está la sala de recibo
de un mirlo que habla.
La mesa donde escribo
—una fiesta de solteras—
está hecha de madera de ese árbol
convertida por el uso y por el tiempo
en la palabra mesa.
Es porque da frutos que caen
y por el gremio perenne de sus hojas
que se renueva el árbol
y que existe la palabra árbol:
aunque a veces el bosque
lo oculte a la vista, lo contiene
el árbol en la palabra árbol.
Y no es que éste sea un poema abstracto.
Es que las palabras se repiten entre sí
por el sentido: son solteras y sociables
y de sus raíces crece un árbol.
(El arte de perder y otros poemas, 1998)
El arte de lo infinito
Barro los pisos
de dolores y alegrías
hechos polvo. Yo ensayo:
cansancio es lo que no
descansa. Soy posible
mientras barro alerta
a la puerta donde
saldré cuando me vaya, aunque
sea ida siguiendo otro deseo
por delante. Semejante
a mi propia imagen, excedida
en el polvo disperso, vuelta
a juntarse. O bien,
sentada aquí, creo desde ya
que aquí es mi casa y yo
he vuelto, no pregunto
por después, cuido la llama
del aliento, el gesto disuelto,
hecho polvo, barro
en silencio.
(El arte de perder y otros poemas, 1998)
El origen de la acción
La pasión más fuerte
de mi vida
ha sido el miedo.
Creo en la palabra
(dilo)
y tiemblo.
(El arte de perder y otros poemas, 1998)
Vas a verme
Vas a verme
me ves
y no sé lo qué verás
Sea lo que sea
más allá de lo que veas
siempre estoy yo además.
Sentarse y dejar entrar.
(El paisaje interior, 2012)
¿SERÁ LA AUTOBIOGRAFÍA
el arrepentimiento del egoísmo? Iris Murdoch puso esa
pregunta en boca
de un personaje de sus novelas, yo la convertí en mi abismo.
Según he descubierto,
lo vivido noche y día que la escritura pretende rescatar, la
gramática que ordena
que una misma se ordene en su tic-tac, que entre en su reflejo
y vaya más allá
—donde no hay signos conocidos, y cada gesto resabido,
cada tropo,
ya no presta más servicio— deja en suspenso el egoísmo,
desconcierta el vicio del yo, permite atisbar lo que no es
yo, que ya no aterra. El egoísmo como equivocación,
como instrumento del ensayo y el error —más del error que
del ensayo, porque lo hecho hecho está—, es el
motor, de mí y de la poesía. Mi egoísmo se llama Iris,
en honor a su descubridora, que lo sacó a la luz, detallado y
entero,
en cada verso que yo escribía, y desde entonces me acompaña
en cada ensayo
de arrepentimiento, a toda hora. A toda hora ensayo, y a
toda hora Iris, fortalecida
en mi obstinación, me ocupa como una palidez. Así es, al
punto que ya no puedo distinguir el arrepentimiento
del egoísmo del que querría arrepentirme, y no sé cual
de los dos
me mantiene viva, y me cuesta decidirme. Ay, Iris, ¿y si
vamos juntas
a zambullirnos en Leteo, sin arrepentirnos de nada al día
siguiente? ¿No sería laxante para el deseo, y excelente
para el sincretismo en mi poesía? ¿Y si nos enamoramos
de nuevo, si resucitamos algún viejo amor que a lo
mejor ni estuvo vivo porque fue puro egoísmo?
¿No mejoraría mi poesía, su intensidad? ¿No mejoraría? No,
en verdad, sería lo mismo aunque peor. Se llenaría de
adjetivos, de la furia de los sonidos. Se haría
enrarecida y mentirosa, y yo lamentaría tener que llegar a los
setenta en ese estado pueril, llena de error y de terror a
perder, febril, mi amor y mi escritura, que casi siempre
fueron para mí, egoísta como soy, la sola y misma cosa.
(Cuaderno de oficio, 2016)
MADRUGADA y viento
bajo el cielo lento
y esta luz también
para mí:
lentamente ir
de acá para allá
sin adjetivos
y con dificultad,
hablar por teléfono
—nada personal—
ejercitarse y pensar
en palabras que acontezcan además
fuera de mí, ser un ejército,
cocinar papas
zapallos y guisantes
y comérselos como un festín.
y esta luz también
para mí:
lentamente ir
de acá para allá
sin adjetivos
y con dificultad,
hablar por teléfono
—nada personal—
ejercitarse y pensar
en palabras que acontezcan además
fuera de mí, ser un ejército,
cocinar papas
zapallos y guisantes
y comérselos como un festín.
Las palabras, está comprobado,
no llegan a su fin.
De acá para allá todavía
cuando el día ostenta
su cielo vespertino
en camino a la oscuridad
y las palabras con su recuento
―inválido y a tientas―
de lo que pasó y lo que es.
No hacer cuentas.
Sentarse y contar el aliento,
una respiración por vez.
Terminar.
(Cuaderno de oficio, 2016)
Utilidad de la poesía a las tres de la mañana
Oscuridad. Un poco de silencio.
No hay viento. Ni llueve.
No ayuda la naturaleza
a hacer la hora
menos callada.
Con los ojos abiertos en la oscuridad
pienso rimas: de silencio
todo lo que reverencio;
de naturaleza su delicadeza
o su fortaleza, aunque nada
me da. La hora está vacía.
El ahora está vacío.
Si no viene la poesía,
no habrá nada.
El miedo vendrá.
(Cuaderno de oficio, 2016)
Minúsculo diccionario personal
La poesía es tener la convicción
de que transformando el lenguaje
es posible transformar la realidad
La poesía es decir una cosa por otra
y que sea verdad.
La palabra jamás me hace morir.
La palabra ojalá me colma de angustia,
de ansiedad, y es mi agonía
(Cuaderno de oficio, 2016)
Sumario
un territorio
una isla
un paisaje
hecho de lenguaje
viven sentimientos
pensamientos
metáfora
nueva, vieja,
belleza
sólo admite
vida
no queja
no queja
no queja
(Cuaderno de oficio, 2016)
Graciasss/www.hyperborea-labtis.org/paper/mirta-rosenberg-breve-antologia-poetica
Graciasss/www.cultura.gob.ar/6-poemas-para-conocer-la-obra-poetica-de-mirta-rosenberg/
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