JEAN COCTEAU

El Cabo de la Buena Esperanza
 
una seria turba árabe, francesa prevenida
por los radiotelegramas hormiguea Islam el calor
negrillos en los árboles            el vendedor
de buñuelos con miel                  el severo servicio de orden
los reporteros                                 los fotógrafos
seis mil espectadores
caras mirando hacia occidente esperan
prestos al entusiasmo
por una liza
el anuncio espléndido
el-joven -que-ha -cruzado-el-mar
tres torpederos
chafados en su baba
 
(Le Cap de Bonne-Espérance, 1919)
 
Trad. Enrique López Martín
 
***
 
Lecho de amor: detente. Bajo tus altas sombras,
al tendernos, zarpamos. Allá abajo se quedan
nuestros pies obedientes. Son caballos que a veces,
lado a lado dormidos, entrelazan sus cuellos.
 
*
 
Nada me da más miedo que la calma engañosa
de un semblante dormido;
tu sueño es un Egipto donde tú eres la momia
con su máscara de oro.
 
¿Qué mira tu mirada bajo el rico atavío
de una reina que muere,
deshecha y repintada por la noche de amor,
negra embalsamadora?
 
Abandona, oh mi reina, oh mi pato salvaje,
los siglos y los mares;
vuelve a flotar aquí, reconquista tu rostro
que se hunde hacia dentro.
 
(Plain-Chant, 1923)
 
Trad. Octavio Paz
 
***
 

Un amigo duerme
(Fragmento)
 
Tus manos por las sábanas eran mis hojas muertas.
Mi otoño era un amor por tu verano.
El viento del recuerdo resonaba en las puertas
de lugares que nunca visitáramos.
 
Permití la mentira de tu sueño egoísta
allá donde tus pasos borran el sueño.
Crees estar donde estás. Qué triste nos resulta
estar donde no estamos, así siempre.
 
Tu vivías hundido dentro de otro tú mismo,
abstraído a tal punto de tu cuerpo
que eras como de piedra. Duro para el que ama
es tener un retrato solamente.
 
Inmóvil, desvelado, yo visitaba estancias
a las que nunca ya retornaremos.
Corría como un loco sin remover los miembros:
el mentón apoyado sobre el puño.
 
Y, cuando regresaba de esa carrera inerte,
te encontraba aburrido, con los ojos cerrados,
con tu aliento y con tu enorme mano abiertos,
y tu boca rebosante de noche…
 
(Ópera, 1927)
 
Trad. Julio Lago
 
***
 
Cocteau y Marais en el rodaje de La Bella y la Bestia.

El derecho y el revés [1]
 
Veo la muerte abajo, en lo alto de esta bella edad
donde me encuentro, por desgracia, a mitad del viaje;
la juventud me abandona y he recibido su golpe.
Se lleva riendo mi corona de rosas;
muerte, viva en nuestro revés, compones
la trama de nuestro tejido.
 
No podemos verte y te notamos mezclada
con los placeres, al amor cuyo calor alado
endurece los corazones, como nieve disuelta;
si bien tus habitantes reposasen en la hierba,
nosotros caminábamos despreocupados sobre
la tela soberbia y, de repente, estamos debajo.
 
Estamos tan cerca de la dulce vida
que solo por la muerte nos alegra,
abre el pasaje y nos deja la mano.
Algunas veces buscamos vencer el misterio,
y por el mismo camino volver a la tierra:
no existe más el camino.
 
Vivos podemos, toda nuestra existencia,
medir la distancia de la tierra al sol
y para no morir urdir preparativos;
leemos un lado de la página del libro;
el otro se nos oculta. No podemos seguir más,
saber qué pasa después.
 
Veo la mar demasiado corta que siempre arrebata
a la orilla un beso para besar la otra orilla;
la mentirosa arregla muy bien esos instantes.
Pronto la imitará mi amante fiel,
buscando en otra parte Abril, como la golondrina.
Voy a cumplir treinta años.
 
¡Treinta años! ¿Me tomáis el pelo? Es la gracia de los mármoles,
el sol de mediodía que cae sobre los árboles,
vuestro andar de treinta años es vuestro primer andar.
Hasta entonces sois una loca semilla;
vais… callaos. Miradme. Bostezo.
No os escucharé.
 
No quiero mentir a quien me engaña,
la rosa de mi corazón separa sus pétalos,
y pese a que aún deba vivir largo tiempo
poco importan el sol y los mármoles griegos;
hasta aquí aprendía la vida; me hiere.
Debo aprender la muerte.
 
Vuestra posada, ¡oh muerte!, no lleva ninguna enseña.
Me gustaría ver, de lejos, un hermoso cisne que sangra
y canta mientras le torcéis el cuello.
De este modo conocería aquello de lo que no dudo:
el lugar donde el sueño interrumpirá mi ruta,
y si debo caminar mucho.
 
En efecto, os acostáis como un ángel níveo,
más que el bronce pesado, más ligero que el corcho,
sobre el amante cuyo espasmo al fin os alcanza[2];
sobre vuestro fuego helado la carne deviene estatua,
pero, a la larga, hace falta, muerte, que me acostumbre
a recibiros en mi cama.
 
Vuestro deseo no conoce ni la edad ni el sexo,
ninguno de entre los más bellos que veja vuestro desdén;
pese a todo, vuestro amor atrae a los amantes.
Vuestro beso, a veces, los venga de una vergüenza,
o bien os acostáis entre los dos, bello ángel,
para oscuras satisfacciones.
 
Mejor que Venus, ¡oh muerte!, habitáis nuestras capas,
paráis nuestros corazones, atormentáis nuestras bocas,
nos cerráis los ojos y nos ensordecéis.
Dais a Venus un rostro ordinario,
porque, hasta donde creo gustaros,
tengo asimismo miedo del amor.
 
Rival de Venus, que me rompa y que me cosa
para siempre en las sábanas donde vuestro ángel me esposa;
que jamás me abandone, soy hijo de rey.
Y, acostado al revés, sintiendo su ala pegada,
me habla de usted, pero jamás me enseña
todo lo que dejo en al derecho.
 
 
El paquete rojo
 
Mi sangre se ha transformado en tinta. Convendría evitar a toda costa esta
repugnancia. Estoy envenenado hasta la médula. Canté en la oscuridad y 
ahora es esa canción la que me da miedo. Más aún: soy leproso. ¿Conocéis 
las manchas de moho que simulan un perfil? No sé que encanto de mi lepra 
engaña al mundo y lo autoriza a abrazarme. ¡Peor para él! No me conciernen 
las continuaciones. Solo he expuesto llagas. Hablan de graciosas fantasías: 
es culpa mía. Es de locos exponerse inútilmente.

Mi desorden se amontona hasta el cielo. Los que amaba están unidos al cielo 
por un elástico. Vuelvo la cabeza… Ya no están más ahí [3].

Por la mañana me inclino, me inclino y me dejo caer. Caigo por la fatiga, el 
dolor, el sueño. Soy inculto, nulo. No conozco ninguna cifra, ningún dato, ni 
nombres de ríos ni lenguas vivas o muertas. Cosecho ceros en historia y 
geografía. Si no fuera por algunos milagros, me perseguirían. 
Por otra parte he robado los papeles a un tal J. C. nacido en M. L. el… muerto 
con 18 años tras una brillante carrera poética.

Esta cabellera, este sistema nervioso mal plantado, esta Francia, esta tierra, no 
me pertenecen. Me repugnan. Los cancelo mientras sueño de noche.

La madre no ve más que fuego. La amo. Me lo da. No digáis que la engaño. 
Como contrapartida le doy la ilusión de tener un hijo.
 
He dejado el paquete. Que me encierren, que me linchen. Que lo entienda 
quien quiera: Soy una mentira que siempre dice la verdad.[4]
 
 
El crepúsculo
 
En el instante donde el atardecer, viejo brujo, inocula
Con disimulo el tedio, áspero y convencido veneno,
Sentí que alguien entraba en la casa,
Y que ese alguien era el crepúsculo…
 
Con lentitud, sobre los tapices negros y mudos,
Acariciando todos los objetos con su hálito húmedo,
Avanzaba, los pies envueltos en algodón…
Se hubiera dicho que los muertos en la sombra se agitaban…
 
Y, brusca calma, hizo, con un aire de romance
Anticuado, con la voz enjuta de las abuelas,
En un retorno miedoso de formas de pensar emigrantes,
Susurrar en mi corazón los recuerdos de infancia…
 
 
La muerte de Guillaume Apollinaire
 
Corta a tu musa el cabello
Picasso, pintor con dedos de hada;
Los objetos te siguen, Orfeo,
Hasta la forma que anhelas.
 
Pero él ha muerto, aquel que cambia
Las palabras de forma y colores;
Picasso, tu musa llora.
 
Guillaume Apollinaire,
Amateur de tulipas,
Fumáis vuestra pipa
Con el meñique al aire.
 
Contáis a los ángeles
Por ejemplo que los negros son viejos bretones
O que Cleopatra inventó las naranjas.
Os escuchan boquiabiertos.
 
Habláis, reís en vuestra mano de prelado,
Ya no os duele la cabeza.
Moristeis un sábado;
 
Rousseau os espera enfrente del paraíso
Con claveles de poeta.
 
Ya el domingo fundasteis el eternismo
(Nueva escuela)
En un artículo de periódico:
Estrellas, espumas, prismas.
Las gentes del cielo adoran
Desayunar y pasear con vos.

(La mentira que siempre dice la verdad, AP, 2015)
 
Trad. Jordi Corominas i Julián

Notas
 
[1] Vocabulaire fue publicado en 1922 por Las Éditions de La Sirène.
[2] Alusión a la nouvelle de Mérimee La Vénus d’Ille (1837), en la que
una estatua de bronce estrangula al hombre que se había comprometido
a casarse con ella.
[3] Cocteau, pese a tener menos de 40 años, ya había perdido a muchos amigos fundamentales como Apollinaire, Le Roy, Satie o Radiguet.
[4] En Journal d’un inconnu Cocteau afirma que esta frase significa que el hombre es una mentira social. El poeta se refuerza en combatir la mentira social una vez se alía contra su verdad singular y la acusa de mentira.
Journal d’un inconnu Cocteau afirma que esta frase significa que el hombre es una mentira social.

Graciasss/amediavoz.com/cocteau.
Graciasss/ginebramagnolia.wordpress.com/2016/10/10/jean-cocteau-tres-poemas/
Graciasss/literaturafrancesatraducciones.blogspot.com/jean-cocteau-y-octavio-paz-dos-poemas
Graciasss/eternacadencia.com.ar/blog/jean-cocteau-o-la-busqueda-incesante-del-camaleon


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