LUIS ANTONIO DE VILLENA

El desterrado
 
El cuerpo envuelto en un gabán azul, muy ancho;
la corbata cuidada, y alborotado el pelo por el viento
de tarde, pasea el hombre solo, por una gris ciudad,
hurgando en sus bolsillos cigarrillos rubios y cerillas malas.
Se sienta en los cafés, y bebe mucho; acaso lee
un periódico sin ganas, mientras mira y le rondan ideas,
casi siempre extrañas. Habla, quizá, con alguien, un momento,
pero semeja ausente la sonrisa forzada. Se va deprisa,
y caminando, llega a tabernas o clubs de peor laya,
donde de nuevo bebe, y entre una torpe música, un instante
le embriaga una piel inmadura, que la vista descansa.
(Dulce cuerpo floral, insipiencia suave donde habita la gracia.)
Unas palabras luego. Y medio ocultas citas, ahora o mañana.
Entrada ya la noche, con demasiado alcohol y el humo del
                                                                                     tabaco
pegado entre las manos, abrirá la puerta de un piso frío,
vacilante, con libros y papeles en desorden y botellas gastadas.
y allí, tumbado en un sofá antes del sueño -escuchando las
                                                                                      violas
de Rameau en el aire -sentirá ese hombre solo brotar lágrimas.
Ha visto aproximarse al fin (hoy también) el Angel imposible
                                                                                   que le salva.
 
(El viaje a Bizancio 1972–1974, 1976)
 
 
Emblema sobre un tópico antiguo
 
Me gustaría invitarte una noche (y aún lo espero)
a charlar, para que te vieran, y a tomar una copa juntos.
(Porque es emocionante discurrir junto a un cuerpo tan hermoso
y tan joven, y verlo con deleite, sin prisa, y que lo crean tuyo.)
Y cuando el camarero nos tendiese la copa, exuberante,
grata, y colmada de algún licor entre el hielo y el oro,
a la luz íntima y brillante de las lámparas, Vitucho,
te diría: ¿La ves? Fulge el cristal, y el licor rebosa.
Tras un breve rato, aún en plena noche, estará vacía
y sucia. Las huellas de los dedos pegadas al vidrio. Ida.
Y te diría que tu adolescencia es, ahora, como esa copa
rebosante. Te lo diría, y te miraría y esperaría que entendieras.
 
(El viaje a Bizancio 1972 – 1974, 1976)
 
 
El fauno del parque
 
¡Qué extraño el joven fauno que grita
su hermosura! Al viento el brazo aleve,
como agitando un tirso de flores y de espumas
parece que te mira o te habla o te invita.
Su cuerpo es una danza extática y curva,
su cabello es suave como tarde en un río,
hay una flor extraña prendida en su cintura
y un mudo deseo que hiere en sus pupilas.
¿Qué raro fuego guarda el fauno entre los labios?
Parece de su brazo desprenderse un perfume,
mientras en sangre eterna vence al polvo del aire.
Ideal como la dócil cauda de la tarde,
el joven semidiós triunfa del viandante.
Barro o mármol es oro y amor, solitario, en el parque.
 
(El viaje a Bizancio 1972 – 1974, 1976)
 
 
Labios bellos, ámbar suave
 
Con sólo verte una vez te otorgué un nombre,
para ti levanté una bella historia humana.
Una casa entre árboles y amor a medianoche,
un deseo y un libro, las rosas del placer
y la desidia. Imaginé tu cuerpo
tan dulce en el estío, bañado entre las
viñas, un beso fugitivo y aquel   -"Espera,
no te vayas aún, aún es temprano".
Te llegué a ver totalmente a mi lado.
El aire oreaba tu cabello, y fue sólo
pasar, apenas un minuto y ya dejarte.
Todo un amor, jazmín de un solo instante.
 
Mas es grato saber que nos tuvo un deseo,
y que no hubo futuro ni presente ni pasado.
 
(El viaje a Bizancio 1972 – 1974, 1976)
 
 
Un arte de vivir
 
Vivir sin hacer nada. Cuidar lo que no importa,
tu corbata de tarde, la carta que le escribes
a un amigo, la opinión sobre un lienzo, que dirás
en la charla, pero que no tendrás el torpe gusto
de pretender escrita. Beber, que es un placer efímero.
Amar el sol y desear veranos, y el invierno
lentísimo que invita a la nostalgia (¿de dónde
esa nostalgia?). Salir todas las noches, arreglarte
el foulard con cariño esmerado ante el espejo,
embriagarte en belleza cuanto puedas, perseguir
y anhelar jóvenes cuerpos, llanuras prodigiosas,
todo el mundo que cabe en tanta euritmia.
Dejar de amanecida tan fantásticos lechos,
y olerte las manos mientras buscas taxi, gozando
en la memoria, porque hablan de vellos y delicias
y escondidos lugares, y perfumes sin nombre,
dulces como los cuerpos. ¡Qué frío amanecer entonces,
qué triste es, qué bello! Las sábanas te acogerán
después un tanto yermas, y esperarás el sueño.
Del día que vendrá no sabes nada. (No consultas
oráculos). Te quemarán hastíos y emociones,
tertulias y bellezas, las rosas de un banquete
suntuario, y las viejas callejas, donde se siente
todo, en el verano, como un aroma intenso.
Vivir sin hacer nada. Cuidar lo que no importa.
y si todo va mal, si al final todo es duro,
como Verlaine, saber ser el rey de un palacio de invierno.
 
(El viaje a Bizancio 1972 – 1974, 1976)
 
 
Satélite del amor
 
                                The moon is the mother of pathos and pity
                                                                                     Wallace Stevens
 
Es hermoso y sagrado el reino de la noche,
lo pueblan suaves seres que maquillan sus ojos
y mezclan la tristeza con el sabor del júbilo.
Seres agrestes para quienes el amor tiene
todos los nombres del peligro. Las lámparas dejan
su ámbar por la noche. La lluvia su dulzura.
Los inmaduros cuerpos el delicado olor de su erotismo.
Rugen las motos. Cada puerta es un viaje sin destino.
Entonces tu cabello, como la piel suave de los hombros
desnudos, abunda más en bronce, se abandona a los tactos.
Son más dulces los labios. Más cálido de luna el río
esbelto y bello de tus piernas. Somos de ese reino,
donde como en Chuang-tsé, el filósofo, se mezcla sueño y vida.
Donde amar es provocación y goce, y un cuerpo el misticismo.
 
(El viaje a Bizancio 1972 – 1974, 1976)
 

El ciruelo blanco y el ciruelo rojo
 
                                                        Museo Atami
 
Fue afortunado, en verdad, Ogata Korin.
Gozó del esplendor de la juventud en
los barrios de licencia, frecuentó el paladar
sagrado del deseo. Ordenó sus kimonos
en la seda más fina; pintó un fondo
de oro para lirios azules. Refinado y altivo,
no olvidó sin embargo (artista como era) la melancolía
fugaz del tiempo que transcurre.
En su madurez, con audaz virtuosísimo,
se dedicó sobre todo a la búsqueda estilística.
Creó lacas y biombos. Le hizo célebre
la perfección, el refinamiento de su
arte -lirios, ciruelos, dioses- decorativo.
Debió morir fascinado en la belleza,
rodeado por una seda extraña, tranquilo.
Fue afortunado, en verdad, Ogata Korin;
su vida fue un culto a la efímera
sensación de la belleza. Al placer y al arte.
Y la vida le concedió sentir, ser traspasado
por el dardo febril de la hiperestesia.
Le llamaron excéntrico, dandy o esteta.
Pero no pidió más. Sensación por sensación.
Vivir, sentir, gozar. Sin más problemas.
 
(Hymnica, 1979)
 
 
La vida escandalosa de Luis Antonio de Villena
 
¿Y qué puedo decir? ¿Asentir? ¿Negarlo?
He bajado las escaleras que he bajado
(muy en penumbra, a menudo), me he tendido
con los cuerpos que ha sido —con esos precisamente—
aunque no, desde luego, con cuantos he deseado.
Con la vista me voy, sin evitar atajos,
a los lugares aquellos que no sospecha nadie.
A ciertas horas no se llame a mi teléfono;
donde voy aquel rato no lo nombro al amigo
—ese que tiene casa y mujer y empleo asegurado—.
Lo que bebo en tu copa (he hablado de ti
todo el poema) lo adjetivo para que no se entienda.
Lo que hago contigo lo niega mi faz por la mañana.
Por la esquina maleva paso, embozado, muchas noches.
¿Asentir? ¿Negar? Sé bien que se murmura.
Pero yo no hago caso. (Y no se escandalicen los prudentes).
Que toda vida que se vive plena es vida para escándalo.
 
(Hymnica, 1979)
 

Oratio amatoria
 
Fueron dos o tres tardes de verano. Y esa noche
la primera casa prestada que recuerdo.
Si alguien me hubiese dicho entonces si te amaba,
¿qué habría contestado? Quería tus ojos negros,
el río oscuro y casi niño de tu hermoso cuerpo...
 
*
 
Otro año después, era casi el otoño. Un calor
opaco y dorado con sabor de merienda...
Y otra casa prestada a la hora de la siesta.
¿Te amaba? Me incendiaban tus ojos de africana
luna, y tu piel que enseñaba a mis manos delicia.
Y me acuerdo también de tu postura aquella,
y del fruto pequeño, escondido; y tu risa...
Te besaba. Yo hubiera querido allí morir contigo.
 
*
 
Pasó tiempo de nuevo. Y la casa prestada era
al menos la quinta. Yo te bañé de noche
y te unté de colonia (era invierno) y tus ojos
inmensos me querían. Hablábamos. Me contaste (y vi)
lo de las purgaciones. ¿Era el amor aquello?
Un nombre que sentaba muy bien a tu belleza.
 
*
 
Estés donde estés. Te suceda lo que te suceda,
yo te deseo el bien mayor, la bondad
imposible en este mundo. Te deseo el antiguo
verano y su agua dulce. El oro que mereces,
un bonancible viaje, y el amor que sé ya
(inútilmente ahora) que entonces te tenía.
 
(Huir del invierno, 1977 -1981, 1981)
 
 
Celebrando delicia y ternura
 
                                                                          Para A.
 
Y aquel círculo sacro cerró entorno nuestro.
Todo era oscuridad y atmósfera callada.
Un centro nos unía y una emoción muy cálida.
Los cuerpos se rozaban exactos y encendidos,
y la piel profería su lenguaje perfecto.
Una dulce pasión en un círculo negro,
mientras la hoguera llena de sentidos el tiempo
y me cuenta tu mano la maravilla toda.
Si algún día he de hablar en favor de la vida,
no olvidaré esa noche en el círculo ciego,
ni a ti, que me enseñabas minucioso lo eterno.
 
(Como a lugar extraño, 1990)
 

Crisis última en el imperio
 
                               (Homenaje a William S. Burroughs)
 
Me dijo que podía darme noticias,
si esa palabra aún significaba algo:
Nueva York, desde luego, había desaparecido,
y millones de personas muerto
catastróficamente, echadas al camino,
en las inmensas tormentas polares
que se incrementaban desde el sur de Siberia...
Las redes de comunicación
eran prácticamente inservibles
- apenas había vuelos regulares
o autopistas en uso -
Y el orden - o el desorden -
pertenecía a los Señores de la Guerra...
Estábamos en una aldea del sur
marroquí, donde nada parecía suceder,
aunque la gente estaba aterrorizada,
sin correo, ni autobuses ni televisión.
Me dijo que seguiría hacia el este
y que, quizás, pudiera yo acompañarle.
Te pueden matar fácilmente,
y tú puedes matar, tendrás que hacerlo...
Morir es menos extraordinario que nunca,
con cientos de laboratorios biológicos en llamas,
pero, a cambio, pasase lo que pasara
en un mundo terrible donde la impotencia
había destruido la vitalidad (tal dijo)
y el resultado era este apocalipsis de venganza
o este preludio a un tiempo nuevo
o al vacío finalmente alcanzado
entre crímenes, epidemias y tormenta,
lo cierto era, contra toda esperanza,
que ahora sí éramos realmente libres
y (ya que no supimos organizar la libertad)
ahora, al menos, frenética y terriblemente,
al menos, un corto tiempo, podríamos vivirla...
¿Peligroso? ¿Cuándo no fue peligroso ser libre?
 
(Caída de Imperios, 2011)
 

Nieve
 
Cuando nevaba (es verdad que ahora nieva mucho menos)
yo amaba el mágico silencio de ver caer la nieve…
De noche, especialmente, tras el calor de la ventana
veía el lento descender de los copos al jardín
mientras el cielo era todo blanco y el resto un reino
de quieta mansedumbre… Entonces, me ponía el kimono negro
de mi abuela (grandes peonías y flores bordadas en seda)
preparaba papel blanco y barras de tinta negra
y con el grueso pincel de Taipei, y sobre una alfombra
de piel blanca, me disponía en paz a la caligrafía…
Caía la nieve, y yo, alumbrado por velas, trazaba
caracteres chinos. Quizá copiaba la primera línea de un
verso de Wang Wei. Era un adolescente que estudiaba chino.
Un día alguien entró y me vio de esa guisa con el fondo
de los copos cayendo. Me dijo: ¿Qué estás haciendo así?
Y respondí: Nada, es la escena de un cuento…
¿Pensaba en Yang Kuei Fei o acaso en Murasaki Shikibu?
La nieve alienta todo sueño y seduce a toda huida.
Yo era el muchachito siempre huidor del mundo oscuro
que, con kimono y pincel docto, soñaba (volando)
un sueño de dragones, grullas taiostas y monasterios
perdidos. Un sueño de paz y dulzura que siempre he querido.
                      
(Proyecto para excavar una villa romana en el páramo, 2012)
 

Emmy Hennings: un crepúsculo
 
Me acerqué a ella. De cierto, todo parecía pobre y gastado,
pero manso asimismo. La casita pequeña frente al paisaje,
sus ojos plenos de pequeñas arrugas…
Desde aquí no oí la guerra, pero sabía que muchos sufrían.
¿Alguien escapa al sufrir?
Dígame, Emmy, ¿no recuerda sus años de juventud
pese a la pobreza, a la dificultad, a la ocasional prostitución?
Acaso eso no debí decirlo.
Querido, yo lo digo. Yo misma. No se incomode.
¿Quiere más zumo de manzana?
No echo nada de menos. Todo se va y se rompe
empezando por nosotros mismos.
Somos ceniza en vientos salvajes.
Ball estudiaba el cristianismo primitivo.
Yo amo también a esos santos bizantinos que desdeñaban la vida.
¿Cielo, dice? A mis años me resulta ingenuo.
Mire cómo se va la luz, esos tonos morados hacia las montañas…
Éter, morfina, cabarés, lesbianas. La vida.
No me gusta recordar mis novelas, aunque
las trazaría de nuevo. Usted es joven, Luis, joven.
Yo solo espero deshacerme en Dios, ser nada en Dios.
Como no haber nacido.
Nadie sabe para qué sirven el dolor y la desdicha,
pero ya ve, querido, usted me ha buscado
porque yo sufrí, amé, gocé, malgasté, perdí,
y nunca dejé de ser excepcionalmente desdichada…
¿Tendrá algún mérito haber vivido?
Era malva todo: un paisaje de la Suiza italiana.
 
(Lujurias y apocalipsis, 2022)
 
 
Gramáticos en la decadencia
 
Dije: «Me debatía entre una estructura de oposiciones /
y una estructura narrativa…¿Se podrían aunar?». El
texto aumenta valor en la posibilidad combinatoria.
Lord Byron, con hondas ojeras, camina el lubricán de
Venecia: no, no quería volver. ¿Y salir, dejarlo?
Tantas y tantas mujeres, tantas… ¿El joven músico?
«La muerte nos despierta. / El ladrido de un perro de noche».
Sentí, en la duermevela, el tacto de tu piel, incluso
el aroma de tu ropa. Y tu voz, que apenas logro oír,
me resultó familiar y clara, cerca. Pero
todo se desvaneció un instante después. Luché por atraparlo.
Todo huye, mudan las imágenes, muda el espejo,
y los escasos momentos púrpura suenan a final. Sean
o no lo sean. ¡Milord! Dime, ¿qué quieres?
Las playas, los soles griegos, el olor del melón
maduro, los labios húmedos con bozos musulmanes.
Todo es soberbio. Pero todo se llama oscuridad y más
aún si el siglo gira, si las guerras o la necedad
del populacho estorban. ¿Políticos? Odio a los políticos.
Es demasiado cruel, demasiado espantoso cambiar el mundo.
Sé que no estás, querida, lo sé. Pero ojalá estuvieras.
Como en el siglo IV, el orbe se desmorona y un cristianismo
soez (dale el nombre que quieras) lo esquilma todo.
Soy Páladas de Alejandría, gramático. No me llega el dinero.
Acaso, sin morir, solo en apariencia vivimos, amigos helenos.
En la desgracia hundidos, sin esperanza ni miedo. ¿O vivimos
cuando ha muerto ya la vida? Todo anda trastocado.
No vale la pena ver arder bibliotecas, destruir templos.
El santuario de Fortuna se volvió taberna. La estatua
broncínea de Eros es ahora un candil. No, todo se va.
¿Lo ve, Milord? No mires, mamá. Todo se escurre,
se desliza, se rompe. Soeces gritos, gentuza agreste.
Platón, te saquean. Amor, la llama de alumbrar tan solo.
Todo se ha venido al suelo. Reino de la incoherencia.
Delfos está mudo. Cuerpo de Apolo, cabeza de Constantino.
(Sobre el bello mar, perdido. ¿Hasta cuándo resistiremos?
Azar, azar, todo es azar… Y él también muda).
 
(Lujurias y apocalipsis, 2022)
 
 
Juan Ibagué
 
Eras joven, rotundamente joven.
Poseías esa clara y sutil belleza que sabiendo, ignora.
Alto, iluminado, esbelto,
un cuerpo fibrado en oro se alargaba puro
o descendía hasta troncos robustos…
Tu vida (me dijiste) fue siempre difícil
y ello siendo tan joven…
Por placer jugabas al fútbol, bello y alto,
y por placer te dejabas querer o adular de delicias.
La webcam descubierta
te dio algún dinero y torrente de elogios…
Pensaste que todo era fácil
y que todo halagador sería verdadero.
El chico puro, alto, radiante,
de un apartado pueblo,
se sintió poderoso en la sed infinita de caudales.
No te puedo culpar:
pedías a la vida algo que te debió.
Pero fuiste muy lejos, ebrio de sol, perdido
entre regalos, promesas, nada y todo: lejanías.
Te deseo el bien y la bondad, Juan dulce.
Te deseo lo que no sé si tendrás algún día.
Tu pecado magnífico es de púrpura y múrice:
te dijiste (sin decir) que veinte años es una edad eterna.
Que te acompañen dioses tutelares
y que si llegan sombras (altamente probable), Proserpina
bien sepa que entre el oscuro general Erebo
fuiste antes, querido, la flor breve y rotunda
que da sentido y sol al mediodía.
(Al fondo de Ibagué, el Nevado del Ruiz, callado, te mira).
 
(Lujurias y apocalipsis, 2022)
 
 
Gran Café de París
 
                                                               Tánger
 
Al fin del bullicioso bulevar Pasteur. En el chaflán de la rue de la
Liberté, frente al consulado francés y cerca del viejo y noble hotel
donde me hospedé tantos veranos… Olor a cuscús y a pastela, gente
que se mueve en ocio o casi ocio, la terraza a la calle casi siempre llena,
té con hierbabuena, cafés, alguna cerveza… Viejos que todo lo observan
con ávida resignación y jóvenes —muchos jóvenes— que más o menos
buscan vida. ¿Kifi? Muy bueno, hermano. ¿Quieres? ¿Otra cosa?
Bueno, regálame dos dírhams, tú que puedes… Al ver la fotografía de
ese café, humilde en el fondo, que me fue tan familiar, recuerdo el sol,
el calor estival y los bellos días de la vida, que concluían de noche en el
Miami, en la playa, allí cenabas, mirabas, besabas… Allá todo era
benignamente posible. Las habitaciones del hotel Farawi, solo sexo
o solo ternura. El retorno en taxi, con calor y brisas nocturnas. Tánger
es una elevada ciudad de brisas y de muchas bodas ruidosas, hasta la
amanecida. Ángel René tocaba el piano, atardeciendo, en el hotel
distinguido. Luego buscaba mozos hermosos y placenteros. Saludaba
siempre en árabe dialectal. Era otro español de Tánger que buscaba
ese inconfundible sabor de la libertad moral. Me embriagaba de sol
y piscina, a lo lejos el mar. Karim me visitaba: llegó el hermano…
Sabía la ternura lasciva y que no se peca por un sorbo de whisky.
Hay tanto sol pasado, dorado, y tanta bella juventud morena
en torno al Gran Café de París, que apenas me atrevo a mirar,
ni tan siquiera en las verdes y oreadas avenidas de un tiempo que
se fue. Yo fui feliz, muy feliz en Tánger, aunque a veces no me diera
cuenta: Bowles, Williams, Chukri… Sé que nada volverá pues nada
puede volver. Recuerdo al mocito cobrizo que, besando, decía:
«Quiero hablar en tu boca». Los camparis junto a la dulce piscina
y la sensación de que nunca moriré del todo, porque fui feliz allí…
 
(Lujurias y apocalipsis, 2022)
 
 
Síndrome Tadzio
 
                                                             Ai peccatore comi me
 
Un hotel suntuoso, antiguo,
con títulos condales en una
ciudad provinciana, noble,
a la que fuiste a perorar
de un notable poeta antiguo…
Sí, todo era viejo y estaba
lleno de viejas y viejos muy dignos.
De mañana, vi entrar a un matrimonio
(sueco, pensé) rígido y con ansias
de sur, maduro, preparados.
A su lado, un muchacho alto
y rubiáceo, como una rara
aparición en medio de la senectud.
Solo vi magia, brinquitos como
alas, boca tal fruta, manos
como arpegios de violín, el culo
apretado tan exacto como los
pantalones. Confiésalo, todo perdió
interés, si alguno leve tuvo.
Los días que estuviste allí
(tediosos en términos generales)
no pudieron ser otra cosa que seguir,
perseguir, espiar, imaginar desnudo
a ese joven alto y rubio al que
(por tu cuenta) apodaste Manfred.
¡Qué extraños el mundo y la vida!
En una juventud doblemente lejana,
vi, sentí, paladeé y viví
todo cuanto el orbe puede tener
de codiciable; todas las bellezas, el
placer, la bondad, la lujuria, la dulzura…
Nunca crucé una palabra con Manfred.
Creo que me sonrió en el comedor
una noche. Los ángeles hicieron sonar
campanas. Nada y todo. La vida, inexplicable.
 
(Lujurias y apocalipsis, 2022)
 
Graciasss/amediavoz.com/villena
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