LUIS CREMADES

II
 
Hay un humo que vela y tañe un arpa.
Heme aquí, único auditorio,
 
cubierto de verdín en una balaustrada
submarina.
                               Estoy herido.
 
Y es como perder la memoria en una estación
sin paisaje donde ya nunca representar
el miedo, el orador, la nave
que decís que he sido. Escogeré a tientas
un puñal sacado de las sombras.
 
(El animal favorito, 1991)
 
 
Paraíso
 
No existe paraíso,
pero si hubiera uno
-como un sueño que no recuerdo,
un privado en el corazón-
 
sería la luz vieja
de cuando el mundo
fue una sombra de ángeles,
diablos, un hogar detenido.
 
En silencio tendría
tu nombre, solitario,
desposeído. Estar
contigo: fantasía
de un cielo que
llevamos dentro.
 
(Los límites de un cuerpo, 1999)
 
 
Puerto de las Nieves
 
Al otro lado de la isla
el Puerto de las Nieves son tres calles
donde se pasan tardes de excursión y tapeo.
Un espigón en obras cierra
el nuevo puerto deportivo.
Del anterior hoy queda una pequeña
playa de cantos donde se divisa
el dedo de Dios: un roque junto al mar
que ha ido tallando el viento,
el mismo viento raso que dibuja
móviles sorprendentes sobre la superficie
del agua, arrebatándole collares de espuma;
logra una dirección y una cadencia.
"Son formas caprichosas
-pensé-azar del viento
sobre la piel del mar."
Pero el viento dispone un centro liso,
un espejo de plata,
y alrededor, las ondas, remolinos, la espuma,
el proceso de cambio. "¿Por qué se mueve el mar?"
 
Tomé asiento-sintiendo el cuerpo
que sentaba y precisamente
por eso casi sin sentirlo.
Detrás de mí dos barcas varadas en la playa.
Olvidé la mirada en el espejo del agua,
en el centro de un círculo de plata
móvil, flexible, fugitivo:
una forma sin cuerpo, una conciencia.
En las vueltas de aquel mar me dejé
fluyendo con el agua
y las ondas que le hace el viento
-alrededor de un centro, un espejo plateado
y en ese estar que mira me olvidé.
 
Poco después, de vuelta al continente,
camino al aeropuerto, la autopista
nos lleva junto a un mar
más oscuro en esta hora en que amanece.
Es momento -a pesar del sueño- de despedirse.
Me acuerdo del trabajo, viajes al interior,
del calor de la gente que nos ha acogido.
Me acuerdo de una playa
en Puerto de las Nieves y del viento
que dibujaba el dedo de Dios y también formas
sin cuerpo sobre el agua. Me detengo
en el recuerdo cuando nubes
de un cielo encapotado se abren
filtrando un foco claro de la luz
que en el mar se refleja como espejo dorado.
La imagen del sol crea el centro de un mar oscuro,
en una coincidencia
de adentro con el orden del silencio.
 
(Los límites de un cuerpo, 1999)
 
Cremades y Molina Foix

Nombre
 
Éste es el tiempo de tu nombre.
No de buscar la pasión sino de dejarse
poseer por la existencia de un nombre
que designa un animal emocionante.
Tu nombre dicho dulcemente en la oscuridad.
Marca de carne y tiempo que se invoca
fuera del tiempo.
                                                  Contengo
las lágrimas para escuchar tu nombre
con todos sus olores.
 
Una vez confundimos esperanza
y porvenir, y fuimos sus esclavos.
Si hay camino al otro lado
del presente, allí descansamos.
 
(Los límites de un cuerpo, 1999)
 
 
Siete mares como siete lenguas
 
Siete mares como siete lenguas verdes
o siete palabras dichas antes de morir,
son setenta veces siete las veces
que debemos perdonar, siete hélices
en el cuerpo de las letras, siete voces
en el cuerpo de los que hablan
por el pecho y por las manos,
siete cielos que puedo sentir sobre los hombros,
siete iglesias que alcanzan a verse en el horizonte,
siete árboles abiertos al cielo y a la luz,
meciéndose en las tormentas,
retando al fuego, siete pájaros
en sus ramas jugando al escondite
con su lenguaje de amor
en el fraternal enredo de buscarse
y esquivarse. Siete mares como siete
máquinas de azar, como siete tómbolas
donde pedir ficha al destino
y renunciar a los sueños.
Me dejaron siete versos largos
y ninguno puedo pronunciar.
 
(Los poetas viejos, 2005)
 

Historia en brazos de un amante
 
No recuerdo el nombre,
tenía veintisiete años,
el pelo negro y una rara
belleza dulce y viril
en sus labios grandes
y los ojos verdes.
 
Ni recuerdo cómo
fue que nos conocimos
y me invitó a su casa,
una azotea que da
a la Red de San Luis,
donde compartía piso
con una pareja cursi
en la obligación
de parecer felices
a la manera en que enseña
la publicidad.
 
Recuerdo su historia
dicha al calor del cuerpo.
Hacía apenas pocos meses
que disfrutaba con otros hombres…
 
«Hace mucho que salgo de noche
—me decía— y había visto maricones,
sabía quién era gay y quién travesti.
Y más bien molestaban. Hasta que una vez
un amigo nos devolvía a casa con su coche;
dejó a cada uno en su portal
y cuando estuvimos solos
me invitó a una última
copa en su piso. Al llegar
me sirvió un whisky. ‘Vete
desnudando’, dijo, ‘mientras
me ducho’. Y sin pensarlo
me dejé llevar. Fue
tan intenso, inesperado
que aún creo que se me puede pasar.
Y cada noche, de madrugada,
con los ojos rojos, de vuelta
a casa, me arrodillo bajo la luz
del ascensor y suplico:
‘Que no se me pase, Señor,
que no se me pase jamás
la pasión de esta forma de gozar’.»
 
(Polvo eres, 2012)
 
 
Cazador enamorado
 
No había más poema
que la fuente del poema
(de donde salía cada noche
convertido en cazador)
 
Elegía dónde observar
los animales que esperaba,
y aprendí a buscarlos
entre los árboles y las cuevas.
 
Aprendí a imitar sus formas
y costumbres, a soñar
con ellos y bailar su danza,
a seducirlos antes de envolverlos
en una red mágica que tenía
la forma flexible de los sueños.
 
(Encuentros bajo la tormenta, inédito)
 
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