
Algunos fragmentos de Todas
las noches escribo algo
El
padre y el sobrino
El
doctor Mariano Grondona es mi padre y Mario Pergolini es mi sobrino. Este lazo
de parentesco no es biológico; es más fuerte; es de instinto y doctrina. Nació
en la televisión y cursó entre soledades y ventosidades, entre heces y orinas.
La televisión me generó y me nutrió, no sin estrambotismo, pero así me destinó
la era; he vivido mil eras, pero ahora yo mismo soy esta. Con un padre
biológico muerto en mi adolescencia y sin haber tenido yo sobrinos, ¿cómo no
habría de ser yo necesariamente impiadoso e ingrato y dirigir mi reverencia
hacia esa unidad tan natural y entrañable que me donan Mariano Grondona y Mario
Pergolini, mis justos adoptivos familiares en el espíritu?
Una
señora vecina y amiga me dijo inicialmente, entre admirativa y alarmada, acerca
de Mario y otros análogos: “Mírenlos. Se nota que necesitan mucho afecto. Es
tremendo. Se cagan en todo”. Con mi mucho afecto ya contaban, pero el “cagarse
en todo” me inquietó, me contrajo y me tensó. ¿Acaso se convertirían en
elementos radicalizados? ¿Acaso el “cagarse en todo” se había vuelto lucrativo?
¿Se cagarían asimismo en el dinero, en la propiedad privada, en el orden
público, en la Constitución nacional, en la seguridad del Estado, en la
justicia, en la probidad, en el bien común, en el estado de derecho, en el
señorío, en las familias argentinas y hasta en la prohibición del incesto? ¡No,
no perdamos la esperanza de que no!
Marito
funda y refleja el lenguaje rústico oral, de pueblo; se aplebeya y vindica
vulgaridad. Por tanto, influye en mí cuando me refiero a mi padre espiritual
Grondona, a este mi viejo. Como Dios, Grondona está en todas partes; lloro
sobre el papel por este mi viejo astuto y congregante. Los ancestros, lo
“nuestro” y el “nosotros”, la gente, la calle, la pendejada, la familia: son
entidades; pertenecen, en su origen, a lo que se llama metafísica. Con Grondona
y Marito la metafísica ha entrado consumadamente en la televisión argentina. El
doctor Mariano Grondona y Mario Pergolini: ¡OH DECHADOS!
(Fragmento
de "Mariano Grondona y Mario Pergolini son familia", en Revista La
Letra, 1993)
Ser
anti antiperonista
Lo
nuestro no era un peronismo de militancia partidaria, en absoluto. Nunca fuimos
a ofrecer nuestros servicios como intelectuales a ninguna Unidad Básica. Nunca
ocupamos ningún cargo oficial tampoco. Era como una especie de inclinación
afectiva, en cierto modo, y de acuerdo con ciertas políticas instrumentadas por
el peronismo que se concretaban en los hechos, ¿no? Tal vez, más que
peronistas, una expresión que yo he hecho: éramos anti-antiperonistas. Es
decir, vivíamos rodeados de antiperonistas, por cuestión de clase. Incluso
empezando por la familia; mi padre y mi madre eran antiperonistas furiosos. Y
con matices de racismo, incluso. Y después, otro entorno, más allá de ese
círculo inmediato, los intelectuales, digamos. Bueno: los Viñas eran antiperonistas.
Nos despertaba mucha simpatía Eva Perón. Así que ese fue nuestro
anti-antiperonismo.
(Fragmento
de "Filosofía en la intimidad", entrevista colectiva en El
Ojo Mocho, 1996)
Contorno
íntimo
Con
mi cuento “La narración de la historia” aparecido en la revista Centro en
diciembre de 1959 hubo más de un escándalo. Era un cuento con tópico y hechos
homosexuales. Primero un escándalo doméstico, por ejemplo que Germán
Rozenmacher, en la época compañero de estudios, me dijera que él y un grupo de
amigos encontraban aceptable mi cuento, excepto el que dos tipos se besaran en
la boca. Segundo, el escándalo judicial, el proceso, la condena por
“publicaciones obscenas”, el secuestro y prohibición de Centro. El
cuento me valió asimismo el editorial “Confusión y extravío” del diario La
Nación del 17/5/1960, que decía que mi cuento, no por estar escrito
podía considerarse dentro de la literatura, ya que caía más bien en el campo de
lo patológico. Me alcanzaba uno de los tantos ecos de la altísima moralidad y
del sano poder de policía doctrinaria desde los que habla La Nación.
Yo quedé debidamente, ya que no excesivamente, reprimido.
*
A la
revista Contorno llegué por intermedio de Juan José Sebreli.
Mi participación escrita fue muy escasa: un cuento con tópico también
homosexual y una crítica a El juez de H. A. Murena, y mi
participación programática fue nula o del todo periférica. Contorno para
mí fue una experiencia íntima; he aquí la experiencia: el hallazgo de nuevas
relaciones humanas. Con Sebreli éramos compinches tunantes de tiempo atrás. Y
David Viñas, con su, en mi caso, entrega masiva, adherente, me brindó, creo que
el primero de mi vida, respeto, en una época en que yo me sentía respetable y
en que tal vez no lo era. He aquí otra experiencia, una de mí mismo: yo era
indiscriminadamente ignorante, rabioso, callejero, y aspiraba, sin mucha buena
suerte, a la desolación, a la promiscuidad, al clandestinaje, a la fortísima
desenvoltura de la perversidad. Era naturalmente patético, lo que me ponía más
rabioso todavía. Y con Oscar Masotta descubrí la pura amistad. No nos
preocupábamos tanto del contenido de nuestra obra futura, sino del éxito
literario y de nuestra futura manera de ser. Sebreli, Masotta y yo formábamos
un grupo aparte. Éramos tres primitivos indefinidos, vivíamos en círculos
viciosos, y con la ambición de ser firmemente agraviantes y depredadores.
Teníamos 22 años. Oscar Masotta decía: “Si no podemos producir obras que sean
‘hitos fundamentales’, entonces como última salida para ser famosos escribamos
una novela pornográfica y sanseacabó”. Y también: “Debemos fijarnos un plazo.
Este será nuestro proyecto cultural: a los cuarenta años ya tenemos que haber
llegado a ser inteligentísimos, bellísimos, cancherísimos y crudelísimos”. Yo
agregaba: “Y putísimos”, Oscar reía.
(De
la entrevista de Jorge Quiroga en la revista El juguete rabioso,
1985).
Graciasss/www.pagina12.com.ar/todas-las-noches-escribo-algo-los-escritos-reunidos-de-carlo/
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