CARLOS CORREAS

Algunos fragmentos de Todas las noches escribo algo

 
El padre y el sobrino
 
El doctor Mariano Grondona es mi padre y Mario Pergolini es mi sobrino. Este lazo de parentesco no es biológico; es más fuerte; es de instinto y doctrina. Nació en la televisión y cursó entre soledades y ventosidades, entre heces y orinas. La televisión me generó y me nutrió, no sin estrambotismo, pero así me destinó la era; he vivido mil eras, pero ahora yo mismo soy esta. Con un padre biológico muerto en mi adolescencia y sin haber tenido yo sobrinos, ¿cómo no habría de ser yo necesariamente impiadoso e ingrato y dirigir mi reverencia hacia esa unidad tan natural y entrañable que me donan Mariano Grondona y Mario Pergolini, mis justos adoptivos familiares en el espíritu?
 
Una señora vecina y amiga me dijo inicialmente, entre admirativa y alarmada, acerca de Mario y otros análogos: “Mírenlos. Se nota que necesitan mucho afecto. Es tremendo. Se cagan en todo”. Con mi mucho afecto ya contaban, pero el “cagarse en todo” me inquietó, me contrajo y me tensó. ¿Acaso se convertirían en elementos radicalizados? ¿Acaso el “cagarse en todo” se había vuelto lucrativo? ¿Se cagarían asimismo en el dinero, en la propiedad privada, en el orden público, en la Constitución nacional, en la seguridad del Estado, en la justicia, en la probidad, en el bien común, en el estado de derecho, en el señorío, en las familias argentinas y hasta en la prohibición del incesto? ¡No, no perdamos la esperanza de que no!
 
Marito funda y refleja el lenguaje rústico oral, de pueblo; se aplebeya y vindica vulgaridad. Por tanto, influye en mí cuando me refiero a mi padre espiritual Grondona, a este mi viejo. Como Dios, Grondona está en todas partes; lloro sobre el papel por este mi viejo astuto y congregante. Los ancestros, lo “nuestro” y el “nosotros”, la gente, la calle, la pendejada, la familia: son entidades; pertenecen, en su origen, a lo que se llama metafísica. Con Grondona y Marito la metafísica ha entrado consumadamente en la televisión argentina. El doctor Mariano Grondona y Mario Pergolini: ¡OH DECHADOS!
 
(Fragmento de "Mariano Grondona y Mario Pergolini son familia", en Revista La Letra, 1993) 
 

Ser anti antiperonista
 
Lo nuestro no era un peronismo de militancia partidaria, en absoluto. Nunca fuimos a ofrecer nuestros servicios como intelectuales a ninguna Unidad Básica. Nunca ocupamos ningún cargo oficial tampoco. Era como una especie de inclinación afectiva, en cierto modo, y de acuerdo con ciertas políticas instrumentadas por el peronismo que se concretaban en los hechos, ¿no? Tal vez, más que peronistas, una expresión que yo he hecho: éramos anti-antiperonistas. Es decir, vivíamos rodeados de antiperonistas, por cuestión de clase. Incluso empezando por la familia; mi padre y mi madre eran antiperonistas furiosos. Y con matices de racismo, incluso. Y después, otro entorno, más allá de ese círculo inmediato, los intelectuales, digamos. Bueno: los Viñas eran antiperonistas. Nos despertaba mucha simpatía Eva Perón. Así que ese fue nuestro anti-antiperonismo.
 
(Fragmento de "Filosofía en la intimidad", entrevista colectiva en El Ojo Mocho, 1996)
 

Contorno íntimo
 
Con mi cuento “La narración de la historia” aparecido en la revista Centro en diciembre de 1959 hubo más de un escándalo. Era un cuento con tópico y hechos homosexuales. Primero un escándalo doméstico, por ejemplo que Germán Rozenmacher, en la época compañero de estudios, me dijera que él y un grupo de amigos encontraban aceptable mi cuento, excepto el que dos tipos se besaran en la boca. Segundo, el escándalo judicial, el proceso, la condena por “publicaciones obscenas”, el secuestro y prohibición de Centro. El cuento me valió asimismo el editorial “Confusión y extravío” del diario La Nación del 17/5/1960, que decía que mi cuento, no por estar escrito podía considerarse dentro de la literatura, ya que caía más bien en el campo de lo patológico. Me alcanzaba uno de los tantos ecos de la altísima moralidad y del sano poder de policía doctrinaria desde los que habla La Nación. Yo quedé debidamente, ya que no excesivamente, reprimido.
 
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A la revista Contorno llegué por intermedio de Juan José Sebreli. Mi participación escrita fue muy escasa: un cuento con tópico también homosexual y una crítica a El juez de H. A. Murena, y mi participación programática fue nula o del todo periférica. Contorno para mí fue una experiencia íntima; he aquí la experiencia: el hallazgo de nuevas relaciones humanas. Con Sebreli éramos compinches tunantes de tiempo atrás. Y David Viñas, con su, en mi caso, entrega masiva, adherente, me brindó, creo que el primero de mi vida, respeto, en una época en que yo me sentía respetable y en que tal vez no lo era. He aquí otra experiencia, una de mí mismo: yo era indiscriminadamente ignorante, rabioso, callejero, y aspiraba, sin mucha buena suerte, a la desolación, a la promiscuidad, al clandestinaje, a la fortísima desenvoltura de la perversidad. Era naturalmente patético, lo que me ponía más rabioso todavía. Y con Oscar Masotta descubrí la pura amistad. No nos preocupábamos tanto del contenido de nuestra obra futura, sino del éxito literario y de nuestra futura manera de ser. Sebreli, Masotta y yo formábamos un grupo aparte. Éramos tres primitivos indefinidos, vivíamos en círculos viciosos, y con la ambición de ser firmemente agraviantes y depredadores. Teníamos 22 años. Oscar Masotta decía: “Si no podemos producir obras que sean ‘hitos fundamentales’, entonces como última salida para ser famosos escribamos una novela pornográfica y sanseacabó”. Y también: “Debemos fijarnos un plazo. Este será nuestro proyecto cultural: a los cuarenta años ya tenemos que haber llegado a ser inteligentísimos, bellísimos, cancherísimos y crudelísimos”. Yo agregaba: “Y putísimos”, Oscar reía. 
 
(De la entrevista de Jorge Quiroga en la revista El juguete rabioso, 1985).
 
Graciasss/www.pagina12.com.ar/todas-las-noches-escribo-algo-los-escritos-reunidos-de-carlo/

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