CAROL ANN DUFFY

Manhattan a la venta
 
Todo tuyo, indio, veinticuatro dólares de puras cuentas de vidrio
y tela de mal gusto. Una ganga. He aquí el
aguardiente y las armas de fuego. Alabado sea el Señor.
Ahora saca tu culo rojo de aquí.
 
Me pregunto si el suelo tiene algo que decir.
Me has embriagado, has sacado
del mundo la verdad lenta con mentiras rápidas.
Pero ahora escucho de nuevo y lo veo claro. Donde quiera
que hayas tocado la tierra, la tierra se duele.
 
Me pregunto si el espíritu del agua tiene algo
que decir. Que lo envenenarás. Que
no más puedes poseer los ríos y el césped como poseer
el aire. Canto con verdadero amor por la tierra;
canto crepuscular, la canción del ocaso, salmo de luz estelar.
 
Confía en tus sueños. Nada bueno saldrá de esto.
Mi corazón está en el suelo, como cuando mi amado
desfalleció en mis brazos y murió. He aprendido
las leyes solemnes de la alegría y la tristeza, en el espacio
entre la escarcha matutina y el destello nocturno de la luciérnaga.
 
Hombre que le teme a la muerte, ¿cuántas hectáreas necesitas
para extender tu sombra bajo el cielo infinito?
La última vez, este momento, ahora, un niño siente que su libertad
desaparece, como el salmón saliendo misteriosamente
al mar. La pérdida retiene el silencio de grandes piedras.
 
Viviré en el fantasma del saltamontes y del búfalo.
 
La tarde tirita y es triste.
Una pequeña sombra corre entre la maleza
y desaparece en los pinos que oscurecen.
 
(Selling Manhattan, 1987)
 
 
Sra. Tiresias
 
Lo único que sé es esto:
salió a caminar siendo hombre
y volvió a casa mujer.
 
Salió por la puerta trasera con su bordón
y el perro;
vistiendo sus pantalones de jardinería,
una camisa de cuello abierto
y un saco tejido al que yo misma le puse parches en los codos.
 
Silbaba.
 
Le gustaba escuchar
al primer cucú de la primera
luego escribir a The Times.
Generalmente yo lo escuchaba
días antes que él
pero nunca se lo hacía saber.
 
Esa mañana escuché uno
mientras él dormía;
de la misma forma que escuché,
alrededor de las seis p.m.,
una débil burla de trueno en el bosque
y sentí
un calor repentino
detrás de mis rodillas.
 
Se le hacía tarde para volver.
Yo me peinaba en el espejo
y llenaba la tina
cuando una cara
salió a la vista
junto a la mía.
 
Los ojos eran iguales.
Pero en el sorprendente escote de la camisa había senos.
Cuando pronunció mi nombre en su voz de mujer me desmayé.
 
*
 
La vida tiene que seguir.
 
Solté el rumor de que era gemelo
y esta era su hermana
que había venido a vivir
mientras él
trabajaba en el extranjero.
 
Y al principio traté de ser amable;
secando su cabello hasta que aprendiera a hacerlo por sí mismo,
prestándole ropa hasta que empezara a comprar la suya,
fraternalmente, abrazando su nueva y suave figura toda la noche.
 
Luego empezó su periodo.
 
Una semana en cama.
 
Dos doctores vinieron.
Tres analgésicos cuatro veces al día.
 
Y más tarde
una carta
a los poderosos
exigiendo doce semanas al año de ausencia laboral totalmente pagadas.
Todavía lo veo,
su pálida y egoísta cara mirando la luna
a través de la ventana del baño.
El maleficio, decía, el maleficio.
 
No me beses en público,
me reprimió al día siguiente,
no quiero que la gente tenga una impresión equivocada.
 
Se puso peor.
 
*
 
Después de la separación, lo veía
en su rutina,
entrando a restaurantes ostentosos
del brazo de hombres poderosos –
aunque sabía con certeza
que nada de eso
ocurriría
si pudiera salirse con la suya –
o en la televisión
diciéndole a las mujeres
como, él mismo en su condición de mujer,
sabía cómo nos sentíamos.
 
Su sonrisa de coquetería.
 
La única cosa que nunca acertó
fue la voz.
Un durazno aferrado que se escurre de su lata.
 
Yo rechinaba los dientes.
 
*
 
Y esta es mi amante, dije,
la única vez que nos vimos,
en un baile resplandeciente
bajo las luces,
entre cristales tintineantes,
y observé la forma en que él contemplaba
sus ojos violetas,
el brillo de su piel,
la lenta caricia de su mano en mi nuca;
y lo vi imaginarse
su mordida,
su mordida en la fruta de mis labios,
y escuchar
mi húmedo y rojo grito en la noche
mientras sacudía su mano
diciendo, Cómo les va;
y me fijé entonces en sus manos, las de él y las de ella,
el choque de sus anillos destellantes y sus uñas pintadas.
 
(The World's Wife, 1999)
 
 
A millas de distancia
 
Te deseo y no estás aquí. Me detengo
en este jardín, espirando el color que tiene el pensamiento
antes de ser lenguaje al aire quieto. Incluso tu nombre
es un fantasma pálido y, aunque lo exhalo una
y otra vez, no se queda conmigo. Esta noche
te invento, te imagino, tus movimientos más claros
que las palabras que te hago decir que dijiste antes.
 
Donde quiera que estés ahora, en mis pensamientos capturas mi atención
con una mirada, permaneciendo aquí mientras la luz vespertina
se disuelve en la tierra. La forma de tu boca no es la correcta,
pero aún así sonríe. Te acerco a mí, a millas de distancia,
inventando el amor, hasta que el ruido de las aves nocturnas
interrumpe y convierte lo que había de venir, lo que era seguro,
en recuerdo. Las estrellas nos filman para nadie.
 
(Selling Manhattan, 1987)
 
 
Originalmente
 
Vinimos de nuestro propio país en un cuarto rojo
el cual cruzó los campos, mientras nuestra madre cantaba
el nombre de nuestro padre al ritmo del girar de las ruedas.
Mis hermanos lloraron, uno de ellos sollozaba, Casa,
Casa, mientras las millas se retraían a la ciudad,
la calle, la casa, los cuartos vacíos
donde ya no vivíamos. Miré fijamente a
los ojos de un juguete ciego, sosteniendo su pata.
 
Toda infancia es una emigración. Algunas son lentas,
dejándote parada, resignada, en una avenida
donde nadie que conozcas vive. Otras son súbitas.
Tu acento es incorrecto. Las esquinas, que parecen familiares,
te llevan a propiedades inimaginadas y de muros empedrados, niños grandes
comen gusanos y gritan palabras que no entiendes.
La ansiedad de mis padres se agitaba como un diente flojo
en mi cabeza. Quiero nuestro propio país, dije.
 
Pero luego olvidas, o no recuerdas, o cambias,
y, al ver que tu hermano se tragó un caracol, sientes solo
un resquicio de vergüenza. Recuerdo mi lengua
mudando de piel como una serpiente, mi voz
en el salón de clases que sonaba igual que el resto. ¿Pienso que solo
perdí un río, la cultura, el habla, el sentido del primer espacio
y el lugar correcto? Ahora, ¿De dónde vienes?,
preguntan los extraños. ¿Originalmente? Y yo vacilo.
 
(The Other Country, 1990)
 
Trad. Alfonso Aispuro.
 
***
 

Valentín
 
No una rosa roja o un corazón de satín.
 
Te doy una cebolla.
Es una luna envuelta en papel café.
Promete luz
como el cuidadoso desnudar del amor.
 
Ten aquí.
Te cegará con lágrimas
como un amante.
Hará de tu reflejo
una tambaleante foto de aflicción.
 
Intento ser sincera.
 
No una simpática tarjeta o un beso-grama.
 
Te doy una cebolla.
Su fiero beso permanecerá en tus labios,
posesivo y fiel
cómo somos nosotros,
por tanto tiempo como lo seamos.
 
Tómala
Sus círculos platinados se abrevan en una sortija de matrimonio,
si tú quieres.
 
Letal.
Su aroma se aferrará a tus dedos,
se aferrará a tu cuchillo.
 
(Mean Time, 1993)
 
 
Sra. Lázaro
 
He penado. He llorado por una noche y un día
sobre mi pérdida, arrancado las ropas con que me casé
de mis pechos, aullado, gritado, arañado
las piedras del entierro hasta que mis manos sangraron, arqueando
con su nombre una y otra vez, muerto, muerto.
 
De vuelta a casa. Limpiado el lugar. Dormido en un catre individual,
viuda, un guante vacío, blanco fémur
en el polvo, mitad. Guardados trajes oscuros
en negras bolsas, arrastrando los zapatos de un hombre muerto,
atando el doble nudo de una corbata alrededor de mi cuello desnudo,
 
demacrada monja en el espejo, tocándose. Aprendí
los Viacrucis, el icono de mi rostro
en cada oscuro marco; pero todos estos meses
él se alejaba de mí, decreciendo
al encogido tamaño de una instantánea, yéndose,
 
yéndose. Hasta que su nombre ya no fue un cierto conjuro
para su rostro. El último cabello de su cabeza
flotó fuera de un libro. Su aroma salió de la casa.
Fue leído el testamento. Observen, él se desvanecía
hacía el pequeño cero que sujeta el oro de mi anillo.
 
Después él se fue. Después él fue leyenda, lenguaje;
mi brazo en el brazo del maestro de escuela – el estremecimiento
de la fuerza de un hombre bajo la manga de su abrigo –
a lo largo de la línea de setos. Pero fui fiel
por cuanto duró. Hasta que él fue memoria.
 
Así que pude pararme aquella tarde en el campo
con un mantón de fino aire, sanada, capaz
de ver el borde de la luna ocurrirle al cielo
y una liebre salto desde un seto; luego notar
los hombres de la villa corriendo hacia mí, gritando,
 
tras de ellos mujeres y niños, perros que ladran,
y supe. Supe por la taimada luz
en el rostro del herrero, los ojos estridentes
de la cantinera, las súbitas manos transportándome
en la  multitud que partía ante mí.
 
Él vivía. Vi el horror en su rostro.
Escuché la loca canción de su madre. Respiré
su hedor; mi consorte en su putrefacta mortaja,
húmedo y desaliñado debido a la floja mordida de la tumba,
croando su cornudo nombre, desheredado, fuera de su tiempo.
 
(The World's Wife, 1999)
 
 

 
Sin ser invitado, el pensamiento de ti se quedó hasta muy tarde
en mi cabeza.
así que fui a la cama, soñando fuertemente contigo, fuertemente,
desperté con tu nombre
como lágrimas, suaves, saladas, en mis labios, el sonido de sus
brillantes sílabas como un amuleto, como un conjuro.
 
Enamorarse
es un glamoroso infierno: el agazapado, sediento corazón
como un tigre, listo para matar; las fieras lengüeteadas de la llama
bajo la piel.
adentro en mi vida, más largo que la vida, te paseaste.
 
Me escondí en mis días ordinarios, en los altos pastos de la rutina,
en mis habitaciones de camuflaje. Te extendiste en mi azoro,
devolviéndome la mirada desde la cara de cualquiera, desde
la forma de una nube,
desde la lánguida, terrestre luna que me admira.
 
mientras abro la puerta de la recámara. Las cortinas se revuelven.
Ahí estas en la cama, como un regalo, como un sueño tangible.
 
(Rapture, 2005)
 
 
Salomé
 
Lo he hecho antes
(y sin duda lo haré de nuevo
tarde o temprano)
desperté con una cabeza en la almohada junto a mí – ¿de quién¿
¿qué importaba?
Apuesto, claro, cabello oscuro, más bien mate;
la barba rojiza varios tonos más clara;
con profundas líneas alrededor de los ojos,
de dolor, supongo, quizás risa;
y una hermosa boca carmesí que obviamente sabía
cómo halagar…
la cual besé…
Más fría que el peltre.
Extraño. ¿Cuál era su nombre? ¿Peter?
¿Simón? ¿Andrew? ¿John? Supe que me sentiría mejor
para el té, pan tostado, sin mantequilla,
así que llamé a la mucama.
Y, en efecto, su inocente repique
de tazas y platos,
su aclarar el embrollo,
su patrón regional
fueron exacto lo que necesitaba –
con resaca y varada como estaba de la noche en el maltrato.
¡Nunca más!
Necesitaba limpiar mi acto,
alistarme.
Cortar la botella y los cigarrillos y el sexo.
Si. Y en cuanto a lo último,
era tiempo de botar al tipo,
ser cazador o presa,
quien había llegado como un cordero al matadero
a la cama de Salome.
En el espejo, vi mis ojos relucir.
Aventé las pegajosas sábanas rojas,
y ahí, como dije – y la vida no es una perra –
estaba su cabeza en una bandeja.
 
(The World's Wife, 1999)
 
 
Recordamos tu infancia bien
 
Nadie te lastimó. Nadie apagó la luz y discutió
con alguien más toda la noche. El hombre malo en el páramo
era sólo una película que viste. Nadie cerró la puerta.
 
Tus preguntas fueron enteramente respondidas. No. Aquello no ocurrió.
No podías cantar de cualquier manera, poco te importaba. El momento
es un borrón, una historieta que ser ríe a morir de sí misma en el fuego
del carbón. Suposición de cualquiera.
 
Nadie te forzó. Querías marcharte aquel día. Rogaste. Escogiste
el vestido. Aquí están las fotografías, mírate. Míranos a todos,
sonriendo y despidiéndonos, más jóvenes. Todo eso está en tu cabeza.
 
Lo que recuerdas son impresiones; nosotros tenemos los hechos.
Tomamos las decisiones.
La policía secreta de tu infancia era más vieja y sabia que tú,
más grande que tú. Llama de nuevo al sonido de sus voces.
Boom. Boom. Boom.
 
Nadie te envió lejos. Esas fueron vacaciones extra, con gente
que parecía gustarte. Eran firmes, no había nada que temer.
No había nadie a quien culpar salvo a ti misma si esto acababa en
lágrimas.
 
¿Qué importa ahora? No, no, nadie dejó las marcas del patín de pecado
en tu alma ni te dejó ampliamente abierta para el Infierno. Fuiste amada.
Siempre. Hicimos lo que era mejor. Recordamos tu infancia bien.
 
(Mean Time, 1993)
 
Trad. Gustavo Osorio de Ita
 
***


Zángano
 
Arriba por escaleras de aire
hacia la beatitud del no es, alta,
viva joya, ella, ámbar tibio;
ser el que ha de allá morir.
 
 
Villancico de las abejas
 
Silenciosamente, en la víspera
la vuelta de una llave
a medianoche, el jardín encerrado
en hielo, escarcha de plata–
excepto el enjambre invernal
de las abejas.
Sin poder volar, temblando
se cuelgan alrededor de la reina;
cada una una ofrenda de calor;
ella no se congelará
dentro del enjambre invernal
de las abejas.
Por Navidad de regalo
una jarra sola y de oro;
déjenme probar esta dulzura,
pero guarden miel
para que coma el enjambre invernal
de las abejas.
Vengan conmigo, la víspera,
a ver la colmena silenciosa
bajo el temblor de estrellas
y cree entonces
y bendice el enjambre invernal
de las abejas.
 
(The Bees, 2011)
 
Trad. Pablo Soler Frost
 
***


Libre albedrío
 
El país en su corazón balbuceaba un lenguaje
que ella no podía explicar. Cuando consiguió el dinero
les pagó para que se llevaran algo de ella.
Sin importar lo que fuera no le permitió tener un hombre.
No era nada y aun así se descubrió llorando por nada.
Por encima de la razón su cuerpo estaba en duelo,
      aunque la mente
la aconsejaba como un doctor que ya lo había oído todo.
Cuando las palabras insistían eran acalladas con un cigarro.
Los sueños eran una pesadilla. Cosas en las que no quería
pensar insistían en ser pensadas.
Estaban en su sangre, flotando como desechos;
conforme se le iba el sueño eran arrojadas a su cara.
Una vez, de niña, cortó un gusano por la mitad,
observando cómo se retorcía bajo el cuchillo.
La parte que separó no se moría a pesar
del corte, se quedó dentro de ella toda su vida.

Trad. Marina Fe
 

Éxtasis
 
Pues tú me piensas todo el día, así yo también pienso en ti.
Las aves cantan bajo el abrigo de un árbol.
Por encima de la plegaria de la lluvia, el azul sin límites,
no el paraíso, se extiende inmensurable hacia ninguna parte.
¿Cómo es que nuestras vidas pueden alejarse
de nuestro ser, en tanto quedamos atrapadas en el tiempo,
haciendo fila para morir? Al parecer nada cambiará
la pauta de nuestros días, ni alterará la rima
asonante que hacemos entre pérdida y dicha.
Entonces llega el amor, como una bandada súbita de pájaros
de la tierra al cielo después de la lluvia. Tu beso,
evocado, desgrana, como perlas, esta cadena de palabras.
Vastos cielos nos unen, juntando el aquí con el allá.
Deseo y pasión en el aire pensativo.
 
Trad. Eva Cruz
 
 
Encontrar las palabras
 
Encontré las palabras en el fondo de un cajón,
envueltas en paño negro, como tres anillos
tomados de la mano de una mujer muerta, oro
frío, opaco. Las había sostenido antes,
                                                                        hace años,
luego las guardé y olvidé lo que sea que hubiera
podido decir si las usara. Llevé la primera a mis labios,
la segunda, la tercera, como un sacramento,
como una promesa, como un beso,
                                                            y mi aliento
entibió las palabras, las que precisaba para decir esto, palabras
      cortas
y pocas. Las froté hasta que relucieron en mi palma
—yo te amo, yo te amo, yo te amo—
como si fueran nuevas.
 
Trad. Eva Cruz
 

Scherezada
 
Callada era lo mismo que muerta;
mejor decir.
Dentro de una botella, un genio.
Abracadabra.
Las palabras eran hilo de plata
hilvanando la noche.
El primer cuento que dije
condujo hasta la luz.
Lo real en blanco y negro.
La ficción a color.
Dentro de un dragón, una joya.
Abracadabra.
Una alfombra mágica voló
llevando a una joven.
La mano de una Reina se cerró
sobre una perla.
La imaginación era el mundo;
lo astuto, parlotear.
Dentro de una mula, una princesa.
Abracadabra.
Una espada de oro arrojada
hacia una nube.
Una mujer muerta despojada
de su mortaja.
Una fábula dicha en voz alta
inspiró otra más.
Dentro de una virgen, una amante.
Abracadabra.
Una banda de cuarenta ladrones,
barbados e intrépidos.
La lámpara frotada por un joven
trocada en oro
Los labios que hablan no se enfrían;
a barbullar y farfullar.
Dentro de un panal, una fortuna.
Abracadabra.
Lo perdido se guardó
dentro de un relato.
Los cuentos increíbles
absolutamente reales.
Dentro de un matrimonio, una cárcel;
mejor desaparecer.
Dentro de un espejo, un ogro;
mejor desterrarse.
Mil y un cuentos;
risas y llanto.
Sólo fallan los que callan.
Abracadabra.
                                                
Trad. Eva Cruz
 
 
Caperucita roja
 
Al terminar mi niñez, los campos de juego sustituyeron
las casas, las fábricas, los lotes,
mantenidos como amantes de abatidos hombres casados,
la silenciosa línea férrea, caravana de ermitaños,
hasta que por fin viniste a la orilla del bosque.
Fue allí donde por primera vez puse los ojos en el lobo.
Él estaba en un claro, leía su verso en voz alta
con arrastrado tono lobuno, un libro de bolsillo en la pata peluda,
rojo vino escurría en la mandíbula barbada. ¡Qué orejas tan grandes
tenía! ¡Qué ojos tan grandes! ¡Qué dientes!
En la pausa, me aseguré de que me viera,
dieciséis años nunca han sido dulces, bebé, niña abandonada,
      y me invitó un trago,
mi primer trago. Podrías preguntar por qué. Aquí está
      el por qué. La poesía.
El lobo, yo sabía, me llevaría a lo profundo del bosque,
lejos de la casa, a un oscuro lugar enmarañado y espinoso,
iluminado por los ojos de los búhos. Seguí con sigilo sus huellas,
mis medias rotas se deshicieron, jirones rotos de mi blazer
quedaron en ramitas y ramas, pistas de un asesinato. Perdí ambos
      zapatos
pero llegué ahí, a la guarida del lobo, ¡ten cuidado!
      La lección uno esa noche,
con el aliento del lobo en mi oído, fue el poema de amor.
Me aferré hasta la madrugada al polvoso pelaje, ¿qué
pequeña niña no ama cariñosamente a un lobo?
Me deslicé, entonces, de entre sus tupidas patas gruesas
y fui en busca de un ave viva —blanca paloma—
que voló, derecho, de mis manos a su boca abierta.
Una mordida y la mató. Qué lindo desayuno en la cama, él dijo,
relamiéndose. Tan pronto como se durmió, me arrastré
      hasta el fondo
de la madriguera donde todo un muro era rojo carmesí, oro,
      radiante de libros.
Palabras, palabras verdaderamente vivas en la lengua,
      en la cabeza,
tibias, palpitantes, frenéticas, aladas; música y sangre.
Pero yo era entonces joven —me tomó diez años
en los bosques descubrir que los hongos
tapan la boca de un cadáver enterrado, que los pájaros
son pensamientos dichos por los árboles, que un lobo encanecido
aúlla la misma vieja canción a la luna, año tras año,
estación tras estación, la misma rima, la misma razón. Empuñé
      un hacha
y golpeé un sauce para ver cómo lloraba. Empuñé un hacha para
ver cómo saltaba un salmón. Empuñé un hacha para el lobo
mientras él dormía, un golpe cortante, del escroto a la garganta
y vi el brillante blanco virgen de los huesos de mi abuela.
Y llené su barriga con piedras. Y lo cosí.
Salí del bosque con mis flores, cantando, completamente sola.
                                                                 
Trad. Víctor Manuel Mendiola
 
(El Poema como una Plegaria / The Poem Like a Prayer. Antología.
Selección Eva Cruz y Marina Fe. Trad. Eva Cruz, Marina Fe y
Víctor Manuel Mendiola. México)
 
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Graciasss/stylozano.com/2020/09/23/carol-ann-duffy/


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