CLAUDIA MASIN

 

La música
 
Se cuenta que hay rocas que entran en erupción
de repente. De la nada, dicen algunos,
o del corazón agreste y súbitamente tierno
que las hace temblar como si el odio
de vivir y no moverse fuera igual
que esa insólita dulzura, el reverso:
inofensivo volcán de las cosas olvidadas de sí
hacia el mundo que espera del silencio
una señal.
 
 
Rocas sedimentarias
 
El lento suspiro del pasado
al convertirse en materia,
súbitamente olvida las palabras
y su memoria pasa a ser puro espíritu,
es decir, una piedra.
 
 
Terremoto
 
El lugar desde el que despierta y crece la sorpresa
que la tierra se lleva de sí misma, el regocijo
de todo ser callado cuando su secreto
al fin se revela.
 
Geología
 
De pequeña
probablemente pensara que la geología
era la ciencia que enseñaba a vivir en la tierra.
Geo, tierra, logía, ciencia. Era razonable,
y desde entonces Yo voy a ser geóloga
cuando sea grande, informaba,
como quien dice voy a averiguar sola
lo que nadie me sabe contar,
voy a clasificar todos los géneros
de dolor que conozco como si fueran piedras.
-Tal vez en los manuales -me decía-
entre fallas y estalactitas aparezca en una foto
yo con mi disfraz de explorador
y en una nota al pie, esta descripción:
nena de piedra hallada en una cueva
muy al norte, casi escondida,
el cuerpo cubierto de palabras talladas,
por el tiempo transcurrido, incomprensibles.
 
(Geología, 2001, 2011)
 

Cría cuervos
 
Los niños, como los gatos, podemos ver en la oscuridad.
Vigías que saben que no pueden deslumbrarse
con su propio sueño, pasamos las horas
tejiendo una tela finísima alrededor
de nuestro miedo. Después, muchos años después,
solías decirme, llega el olvido y podemos dormir
sin sobresaltos. Yo aún no he olvidado.
Cada noche, nos intercambiamos historias
como joyas. Esta te queda bonita,
esta le sienta bien a tu piel, a tus ojos:
Había una niña que era tan pequeña
que cabía en la palma de una mano.
Si yo fuera esa niña -pienso- elegiría
vivir en tu mano. Podrías cerrarla
y dejarme sin nada, pero toda buena historia
necesita una tragedia, un vuelco inesperado.
No quiero que llegue el fin
de tu relato, que la noche se acabe. No sé qué hay
del otro lado. La vida es una imagen
que va desdibujándose, perdiendo los contornos
día a día. Crecer es el tránsito de la imagen precisa
a la distorsión. Quiero seguir siendo niña
para conservar la vista.
 
 
París, Texas
 
Me gustaría contarte lo que veo,
hablarte de los hoteles abandonados
apareciendo de la nada en el medio de la carretera,
como castillos solitarios cuyos puentes levadizos
fueron dinamitados hace tiempo. Me gustaría
contarte lo que veo pero es imposible
hallar un dolor que condescienda
a ser narrado. ¿Vale la pena entonces,
emprender tan largo viaje para ir de un extremo
a otro del silencio? También es imposible
callar por completo: sé que terminaré por llamarte,
como se llama a alguien cuando se está a oscuras,
sin el auxilio de la voz, un estremecimiento
semejante al de esas luciérnagas
que al chocar contra un parabrisas en la ruta
se deshacen esparciendo una nube pequeña
de polvo y luz, y esa -quizás- es su idea
de un encuentro.
 
 
El silencio
 
De niños respirábamos como las plantas pequeñas, 
y el aire más escaso, para nosotros, era suficiente.
Vivíamos igual que las piedras: trasladados por
corrientes o desprendimientos -fuerzas exteriores
sobre las que no se tiene poder ni conciencia- hacia
lugares nuevos. ¿Qué peligros y terrores habremos
conocido entonces, cuando las manos amadas nos
ponían en movimiento, hacia qué ríos furiosos,
a qué pendientes donde íbamos a perdernos
habremos sido arrojados, en qué avalanchas habrá
quedado parte de nuestra materia? ¿Y si todo lo que
quisiéramos decir ya estuviera escrito en esa piedra
que otros moldearon como el viento?
 
 
Nacido y criado
 
Hay un amor al extravío en todas las personas extraviadas,
a la larga uno levanta su casa donde resulta que ha caído:
arena, agua, barro, tierra firme. ¿Pero y si resultara
posible la mudanza, si el movimiento
no fuera una explosión que de improviso
transporta las moléculas de un cuerpo
de un lugar a otro lugar, si el movimiento fuera
desprenderse como se desprende una gota de una rama,
si fuera algo así de lento, así
de irreversible?
 
 
Mi mundo privado
 
Yo ansié tener un cuerpo que practicara,
como un arte, la ignorancia de sí.
Que cayera rendido con la
levedad con que caen las hojas de los árboles.
Cuando fuera inevitable, nunca antes.
Pero de tu cuerpo no deseaba sino lo que
había en él de frágil,
de imperfecto: la cicatriz que te cruzaba el
pómulo, las pequeñas
arrugas en la frente.
La herida que te asemejaba a mí.
El camino es interminable, te decía,
da vueltas y vueltas
alrededor del mundo y en alguna de
esas vueltas los que estaban destinados
a perderse, se encuentran.
 
Se dice que a la vera de cierta ruta que
atraviesa el desierto, es posible hundir
una caña en la tierra reseca y en algún
momento brotará el petróleo como un géiser.
Anoche tuve un sueño en el que
viajábamos por días y días para encontrar el yacimiento,
a la manera de los cazadores de fortuna del oeste.
Al llegar era de noche, no había una sola estrella,
el pozo 36 estaba seco. Yo me dormía y te quedabas
al lado mío, cuidando mi sueño. No estabas allí a la
mañana siguiente.
 
En el sueño, alguien decía:  donde tengas tu tesoro
tendrás tu corazón. Y yo me preguntaba
qué pasaría si tu tesoro se perdiera, qué pasaría en un
juego de cajas chinas si al llegar a la última, la que
debería contener el objeto precioso, esa, como todas
las otras, estuviera vacía.
 
 
La vida soñada de los ángeles
 
Te decía: quisiera trabajar
como obrera en una fábrica, como las hilanderas de principios
de siglo, un pañuelo en la cabeza y las manos ásperas
rozando la tela suave. Eso quisiera. No, tal vez no se
trataba de eso, pero hubiera sido absurdo pensar que
podía desear algo distinto, un cielo abierto, pasearme
por la ciudad como una turista. El turismo siempre fue
un lujo para quien sueña con la vista del piso sucio
de una hilandería. Es difícil vivir en estos tiempos,
me decías, y las dos asentíamos como si esa frase
resumiera todas las verdades posibles.
No sobran las palabras entre dos chicas de provincia,
acostumbradas al silencio del camino.
En la casa prestada donde estábamos había vivido
antes una nena. Ahora estaba sola, en la cama de un hospital.
Un accidente. Quedó en coma, nos dijeron.
No se sabe qué va a ser de ella. Un día encontré
su cuaderno de notas, un diario de tapas rojas
donde contaba cosas de su vida.
Durante las noches pensaba en ella.
Su ausencia 41 comenzó a dolerme como si fuera
la ausencia de alguien querido. No entendías, yo
hubiera querido decirte que ella era de las nuestras,
que así estábamos nosotras, sin voz y sin compañía,
que había que recordar o imaginar su vida para que
no se diluyera como la tinta de esos papeles cuando,
un día, cayera la lluvia sobre sus cosas.
Que no hay abandono si hay algún lugar nuestro
que quede en pie sostenido por los otros.
Pero no dije nada, porque una chica acostumbrada a
hacer su bolso todas las veces que sea necesario también
debe aprender a borrar con sus pasos los pasos de los
que vinieron antes, para poder continuar viaje.
 
(La vista, 2002)
 

La helada
 
Quien fue dañado lleva consigo ese daño,
como si su tarea fuera propagarlo, hacerlo impactar
sobre aquel que se acerque demasiado. Somos
inocentes ante esto, como es inocente una helada
cuando devasta la cosecha: estaba en ella su frío,
su necesidad de caer, había esperado
-formándose lentamente en el cielo,
en el centro de un silencio que no podemos concebir-
su tiempo de brillar, de desplegarse. ¿Cómo soportarías
vivir con semejante peso sin ansiar la descarga,
aunque en ese rapto destroces la tierra,
las casas, las vidas que se sostienen, apacibles,
en el trabajo de mantener el mundo a salvo,
durante largas estaciones en las que el tiempo se divide
entre los meses de siembra y los de zafra? Pido por esa fuerza
que resiste la catástrofe y rehace lo que fue lastimado todas las veces
que sea necesario, y también por el daño que no puede evitarse,
porque lo que nos damos los unos a los otros,
aún el terror o la tristeza,
viene del mismo deseo: curar y ser curados.
 

La gracia             
 
A veces, muy raramente, un encuentro nos conmueve
de una forma que no puede ser atenuada por el pensamiento 
o el lenguaje. Es que trae una memoria
de lo que fue íntimamente conocido y deseado, pero ha sido
desplazado a un lugar inalcanzable, de donde no sabría volver
a menos que una persona -entre todas- lo llamara. Somos
criaturas tímidas que no han hallado, en respuesta
a su curiosidad, a su pasión por las cosas, más que daño
o rechazo. Como animales que han luchado demasiado por su vida,
no sabemos qué hacer con la alegría, y si llega,
seguimos huyendo para salvarnos. Si lográramos vencer el terror,
si nos quedáramos, podríamos recuperar algo
perdido hace tiempo. La dicha más plena es una dicha física
y debería producirse sólo una vez,
antes de que conozcamos las palabras. Su regreso es siempre
un instante de gracia que nos devuelve el amor con el que un día
la materialidad del mundo nos ha tocado.
 
(La plenitud, 2010)
 

Tomboy
 
Yo no sé cómo se hace para andar por el mundo
como si solo hubiera una posibilidad para cada cual, una manera
de estar vivos inoculada en las venas durante la niñez,
un remedio que va liberándose lentamente en la sangre a lo largo
de los años igual que un veneno que se convierte en un antídoto
contra cualquier desobediencia que pudiera
despertarse en el cuerpo. Pero el cuerpo no es
una materia sumisa, una boca que traga limpiamente
aquello con que se la alimenta. Es un entramado
de pequeños filamentos, como imagino que son los hilos
de luz de las estrellas. Lo que nunca podría
ser tocado: eso es el cuerpo. Lo que siempre queda afuera
de la ley cuando la ley es maciza
y violenta, una piedra descomunal que cae desde lo alto de una cima
y arrasa lo que encuentra. ¿Cómo pueden entonces
andar tan cómodos y felices en su cuerpo, cómo hacen
para tener la certeza, la seguridad de que son eso: esa sangre,
esos órganos, ese sexo, esa especie? ¿Nunca quisieron
ser un lagarto prendido cada día del calor del sol
hasta quemarse el cuero, un hombre viejo, una enredadera
apretándose contra el tronco de un árbol para tener de dónde
sostenerse, un chico corriendo hasta que el corazón
se le sale del pecho de pura energía brutal,
de puro deseo? Nos fuerzan
a ser aquello a lo que nos parecemos. ¿Nunca
se te ocurrió cómo sería si en lugar de manos tuvieras garras
o raíces o aletas, cómo sería
si la única manera de vivir fuera en silencio
o soltando murmullos o gritos
de placer o de dolor o de miedo, si no hubiera palabras
y el alma de cada cosa viva se midiera
por la intensidad de la que es capaz una vez
que queda suelta?
 
Basado en el film Tomboy, de Céline Sciamma, 2011
 
 
Nazareno Cruz y el lobo

Alguna vez, sentados alrededor de un fuego, nos hemos contado
las historias que amábamos. Las que fueron repetidas
tantas veces que hemos terminado
por creerlas. No son verdaderas ni falsas, y en última instancia
no importaría: todos estamos hechos de historias
inventadas. Si no las tuviéramos, el cuerpo se nos difuminaría
hasta borrarse, liviano e insignificante
como las cenizas deshaciéndose en el aire. Las personas,
a diferencia de los árboles o los animales, tenemos
que juntarnos para poder ser reales, reunidos parecemos
más que sombras, parecemos ciertos, parece que duraremos
mucho más que el lapso pequeñísimo que de verdad duramos. ¿Cómo
seres tan frágiles y necesitados podemos ser capaces
de causar tanto daño? Quizás se trate de eso justamente:
la necesidad de dejar marca, de hincar las garras en el mundo
y dejarlo lastimado para que algo quede y no desaparezcamos
como si nunca hubiéramos estado. Yo he sido tantas veces
el lobo que arranca el corazón de la presa y se lo lleva
entre las fauces, he despertado un dolor insoportable
donde antes había calma
y ni el aullido del animal desollado ha podido
detener en mí la furia de la caza, la sangre que se revuelve,
regocijada, ante el sufrimiento ajeno. ¿Y qué pasó
con lo que más amaba? También fue alcanzado
por mi dentellada. Porque
¿cómo se cuida de esa ferocidad a quien se ama?
¿de qué manera se evita que la violencia lo alcance,
si la violencia es un rayo que una vez suelto andará por el mundo
buscando el blanco, y no elegirá: será elegido por un cuerpo
cualquiera, el imán que lo atraiga sin conciencia de estar
atrayendo hacia sí el fuego y la desgracia? Ah, si ese lobo
que somos se saciara alguna vez, si la codicia tuviera
un término, un lugar de llegada, si pudiéramos juntarnos
con la manada y descansar de la rabia, del hambre
que no cesa, del tormento de tener colmillos y garras,
si hubiera una esperanza, una sola, de dejar
de lastimar y lastimarnos, yo la dejaría a tus pies,
para que hicieras con ella, mi esperanza,
lo que quisieras: la tomaras en tus manos,
la rechazaras, la dejaras crecer
o marchitarse. La maldición de quien no puede amar
es que está solo, y quien está solo hace
lo que hacen los lobos: ataca y destroza lo que puede,
por miedo a ser atacado y destrozado. ¿Y quién
puede amar, quién no está solo, si hemos sido criados
como predadores, si no sabemos más que defender
el territorio? Tiene que haber un modo, hay que inventar
una historia que nos salve. La historia
que asegure que, a la hora del terror, siempre alguien
vendrá a rescatarnos y no nos dejará
lamer la sangre envenenada de la herida, la que enferma
de odio y empuja a la venganza. Tiene que haber un modo
de curarnos. Un modo de que no nos desgarremos por torpeza
y descuido cada vez que intentemos acercarnos
los unos a los otros para darnos
algo distinto a lo que hemos recibido, algo
que no puede destruir ni ser destruido:
qué tremendamente hermoso
sería si pudiéramos
desprendernos de este cuerpo malherido
que siente al mundo y a los demás como rivales
en una tarea agotadora, interminable: tener
un pecho que respire, una boca que trague, es decir,
sobrevivir para nadie, para nada.
 
Basado en el film homónimo de Leonardo Favio, 1975.

(Lo intacto, 2017)
 

El monstruo de la Laguna Negra
 
Nos parecemos: fuera del redil
todo es la misma sombra, se termina
el arco de luz que te protege. Si vas
a salir de lo común,
mejor que seas
un monstruo poderoso, una criatura
dispuesta a dar pelea. Prometéme:
no vamos a convertirnos en la familia
que tuvimos. No vamos a confundir el amor
con una ciénaga donde se mezclan
el odio por la vida, el dolor, el miedo a separarse
porque afuera hay más peligros que adentro.
Adentro está la muerte, lo sabemos, hay que huir
como hemos huido siempre vos
y yo por separado, esta vez hay que irse
tan increíblemente lejos que no haya
regreso posible, neguémonos
a esa partida a medias, a ese estar y no estar,
a seguir alimentándonos con lo que nos envenena.
Yo llevo tus escamas en el cuello como el recuerdo
de lo que pudo ser, de mi pasado,
el nuestro, dos lagartos anfibios, estamos
muertos para el mundo si sabemos escondernos.
Sino el mundo encontrará la manera
de matarnos. Así ha sido siempre:
somos bestias con un caparazón durísimo
y un sentido de la vista tan potente que podríamos
descubrir lo que a cientos de metros se agazapa,
diminuto y certero. Somos capaces
de perder una parte del cuerpo
y restituirla lentamente,
fibras y células y músculos nuevos en lugar
de los enfermos. Pero nos creemos la presa,
estamos listos para el látigo
y el encierro. Vámonos de una vez a esos, tus reinos,
que en lo salvaje crezca libre y fuerte lo que aquí
nos hace débiles. Te espero
desde que intenté decir la primera palabra
y fracasé, desde que supe que no sabría hablar
el idioma que me dieron, que no quería
palabras tan llenas de culpa
y de tristeza. Las bestias
se adoran en silencio como dioses
que nadie más venera,
dioses que no aprendieron a castigar, que creen
en las enfermedades que se curan, en las fuerzas
que vuelven después
de una larga convalecencia, en la alegría
de soltar el cuerpo, una plomada
cayendo en el agua con un ruido sordo,
hundiéndose hacia la maravilla que hay allá,
en las aguas tornasoladas, profundísimas,
donde hasta el animal más tímido y arisco
puede mantenerse vivo si no cae
en las redes que le tienden para que vuelva a la tierra
a boquear al sol hasta volverse
una criatura normal que está dispuesta
a abandonar lo que más quiere por un poco de aire,
una supervivencia
en la que solo la punzada en las agallas
le recuerde a veces
que hubo un tiempo sin dolor, un tiempo
plácido, el tiempo de las mareas,
sin fin y sin comienzo, el de las criaturas raras,
las que no entran en ninguna clasificación:
feas, sucias, malas, libres
de la belleza normal, de la belleza mortífera
extranjeras.
 
 
Bye bye Blondie
 
Yo no estoy curada. Me dieron
en la boca la medicina que podía
calmar la ira, la tendencia a gritar, a revolverse
cuando la aguja se hunde
y saca sangre del pozo de la vena,
como si fuera barro
y hubiera que limpiar el cuerpo,
sus impurezas, porque una mujer, cualquier mujer
ensucia lo que toca si no es sometida
a intensos rituales de desinfección, de brutal
pero necesaria limpieza. Yo no estoy
curada pero me dejo
hacer, brillo como una santa, la misma fe
en cosas imposibles, la misma
pasión con un nombre
diferente. No me será quitada
la rabia, ni muerta
esta perra dejará de echar espuma
por la boca ni de lanzar la dentellada
si la quieren
poner a dormir para que no sufra
ni cause sufrimiento. Vos y yo teníamos
un secreto. Estábamos vivas
aunque nos hiciéramos las muertas,
en medio del bombardeo un par de cuerpos
que sobrevivían con una única
estrategia: quedarse quietas,
no dejar que el pecho se agite
con cada respiración, desaparecer
del mundo de los vivos hasta que los vivos
nos dejaran en paz. La batalla es cruenta
y dura todos los años que tuvimos
y tendremos. Cuando parece terminar,
empieza. Y de nuevo a cubrirnos las espaldas
la una a la otra. No te vayas, no te canses
de pelear, un ejército de dos aunque parezca
modesto, inofensivo, puede hacer temblar
la tierra. No es que vayamos a cambiar las cosas:
la victoria es que las cosas
no nos cambien a nosotras. Y no es poco,
no es poco seguir buscándonos
en la noche como insectos que se apiñan
alrededor de la luz. Si vamos a quemarnos al menos
elijamos el fuego, encendámoslo nosotras
con las manos llagadas que tenemos y que la llaga
duela si tiene que doler, pero que sea
en nuestros términos, locas,
raras, mujeres que olvidaron
contra toda evidencia
cómo deben morir las mujeres:
dejándose matar
y agradeciéndolo.
 
(El cuerpo, 2020)
 

El huevo de la serpiente
 
No se puede dejar de ver lo que viste.
El huevo de la serpiente: lo que viste
se expande
como la tinta de un tatuaje bajo la piel, un número
en el brazo que pasa a ser tu nombre
desde entonces: así
se identifica a un prisionero. Uno, dos,
tres, un millón, un cuerpo más
entre los cuerpos, no se puede
dejar de ver lo que viste. Y en lo que viste
está lo que vendrá. El niño
que hunde un cuchillo en el vientre
suave del animal todavía vivo. El tajo
que lo abre entero. Los órganos,
la sangre, el corazón pequeño, su latido
rapidísimo, azuzado por el mordisco
del terror, el chillido
de la bestia que no tiene
palabras para explicar un sufrimiento
incomprensible. Eso viste. El molde
de las cosas que pasarán es ese: la expresión de placer
del niño que aprende
a ejercer la crueldad como aprendió a hablar,
a caminar, a leer de corrido. Ejercitando
una y otra vez lo que ya ha sido
probado sobre él mismo. Esa imagen es más real,
es más compacta que una piedra. En esa piedra está escrito
el libro que leerás toda tu vida: una familia
entera comiendo de la basura, buscando
alimento entre los desperdicios
como quien busca oro, la misma
esperanza terca
y fallida. Una mujer que pasa, los ve,
se indigna. Dice se roban la basura,
mi basura
mi basura. El hombre, la mujer,
los niños que se avergüenzan, se disipan
como un nubarrón en un cielo de verano, pasajeros,
y se van y se llevan el hambre
y la fealdad consigo. El chico adolescente
al que patean, cuando ya lo tienen
vencido y en el piso, sus propios vecinos: son muchos,
lo conocen, era uno de ellos
hasta ayer. En este día es
el apestado, el paria al que se debe exterminar
para que el virus que lleva encima no
los contamine. Está escrita en la piedra
la piedra que va a ser arrojada sobre el vidrio
de la casa tomada: vuelvan a su país, escóndanse
en sus madrigueras, en sus nidos, no suelten su cría
en nuestras calles.
en sus madrigueras, en sus nidos, no suelten su cría
en nuestras calles. La temporada de caza
que se abre todos los días, apenas sale el sol:
hay que encontrar alguien más débil, más raro,
más indefenso que uno mismo. Hay que afinar
la puntería, la matanza
para proteger al amo que nos cuida. Qué sería
de nosotros sin el amo, si su infinita
generosidad dejara de otorgarnos
el favor de la vida. No se puede
dejar de ver lo que viste: la alegría,
el alivio de estar entre los que sobreviven, no me ha tocado
esta vez, estoy salvado y mientras sepa
diferenciarme bien de los desgraciados, la desgracia
no podrá meterse conmigo.
esta vez, estoy salvado y mientras sepa
diferenciarme bien de los desgraciados, la desgracia
no podrá meterse conmigo. Está escrito, también, que no sirve
escribir: es apenas
contar cómo crece en tu interior, en tus vísceras,
en su huevo de paredes
translúcidas, la serpiente que apenas asome
a la vida, se enroscará en tu cuello para arrancarte
las palabras una a una junto con el aire
que te anima, a menos
que en lugar de escribir sobre la asfixia
y el veneno, te decidas
a abrirte el vientre y ver: el reptil está ahí,
ese es su nido. Hay que matarlo.
No permitas que quede con vida
para que su veneno -tu veneno- te corra por la sangre
como un río sucio y peligroso que te obliga
a embrutecerte para arrancarle a otro
el hálito vital, el antídoto.
Que se quede sin aire, sin alimento,
que ya no pueda nutrirse
y crecer y reproducirse y se cierre
por fin el círculo de fuego del dolor
que se padece y que se inflige.
 
 
La bala
 
         Les pregunté a los gendarmes: por qué, y me dijeron: la próxima te
         reventamos la cabeza.
 
Ariel Sulca, 8 años, de la murga “Los auténticos reyes del ritmo”
de la Villa 1-11-14 de Buenos Aires. Dos balazos de goma,
                  una cicatriz redonda justo encima de la ceja derecha.
 
Algunos seres que viven de la muerte
y la miseria de otros
han sido puestos
en el mundo para eso, igual que los pájaros​​ 
que revolotean sobre los cadáveres
o las bacterias que arrebatan la sangre
y hacen que explote
como una flor salvaje, la enfermedad
que ya no va a curarse. Algunos seres
que viven de la muerte y la miseria de otros
están infectados por el odio, podría decirse
que no han elegido su mal,
les fue inoculado a lo largo de los años,
igual que la sagacidad para elegir la víctima,
cuidadosamente, entre los más frágiles,
los que ya fueron tan golpeados que vacilan, trastabillan
y caen fácilmente. A esos los detestan, porque andan
a la luz igual que andan los sanos,
los patrones, y a veces
hasta se ríen o cantan, hasta bailan
bajo el sol de la siesta. No hay nada
que alimente más el odio
que una alegría visible, manifiesta,
una alegría que desborde como los ríos
desbordan en el verano, llevándose
todo por delante. No hay nada
más ofensivo para el odio
que la celebración de los que no tienen nada.
¿Cómo pueden celebrar, de qué se ríen, por qué bailan
cuando debieran esconderse, tragarse todo el aire
amargo y viciado que les corresponde,
tomar con las dos manos y en silencio
el caudal de mugre y de veneno
que les ha sido destinado, el alimento necesario
para que crezcan débiles, mansos, asustados?
¿Cómo pueden salir a cantar
y a bailar por las noches los chicos que nacieron en esos nidos
caídos del árbol, en ese revoltijo de maderas y chapas
que a tantos les causa rechazo
y espanto? ¿por qué no se esconden
como topos en sus casas subterráneas y dejan
el mundo a los demás, a los que han sido
bendecidos y aceptados, a los que tienen derecho
a reírse, a hablar alto, a tener sus fiestas en paz?
Un hilo de pólvora es el único lazo
que los predadores saben crear entre los que sufren
y los demás. Un hilo de pólvora en la cabeza,
las piernas, los brazos de los chicos que bailan
como si no existiera el odio que los quiere
eliminar, como si no existiera
la complicidad de los que no dicen nada
porque en el fondo no creen
que microbios como ellos merezcan una forma cualquiera
de felicidad. No deja, no dejará de sonar esta música,
ni uno solo de los que fueron heridos dejará
de bailar: lo único
más poderoso que la violencia es la alegría
de quien recibió la bala que lo viene persiguiendo
desde siempre, y aunque murió por un rato volvió al mundo
de los vivos y acá va a seguir,
porque hay quien muere dos veces
pero antes dos veces vive, así
de intensa es su rabia y su deseo, así de intensa es
que no cabe, no puede caber,
en un destino solo, en una sola vida.
 
(Antifascista: Poesía contra la crueldad, 2025)
 
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