ELIZABETH BISHOP

El iceberg imaginario
 
Mejor el iceberg que la barca,
aunque significara el final de nuestro viaje,
aunque permaneciera inmóvil como una roca de nube
y todo el mar fuera mármol en movimiento.
Mejor el iceberg que la barca,
mejor ser amos de esta palpitante llanura de nieve
aunque las velas se postren sobre el mar
como nieve que yace sobre el agua sin disolverse.
Oh solemne campo flotante,
¿te das cuenta?: un iceberg reposa en ti
y podría apacentarse en tus nieves cuando despierte.
Por este escenario daría sus ojos un marinero.
La nave es ignorada. El iceberg se yergue
y vuelve a sumergirse; sus pináculos cristalinos
corrigen elípticas por el cielo.
En este escenario, aun quien frecuenta las tablas
es de una torpe retórica. El telón, tan ligero,
podría ser levantado por las más finas cuerdas
que con sus etéreos torzales ofrece la nieve.
Con sus agudezas, los blancos picos
provocan al sol. Su peso atreve el iceberg
por el cambiante teatro, de pie, vigilante.
Este iceberg labra sus facetas desde adentro.
Como las joyas de una tumba,
perpetuamente se conserva: adorno
de sí mismo tan sólo —o tal vez de esas nieves
tan sorprendentes sobre el mar tendidas.
Adiós, adiós, decimos. La nave zarpa hacia el sitio
donde olas a más olas y a más olas se rinden
y las nubes se deslizan por un cielo más cálido.
Los icebergs exhortan al alma a que los vea
(ya que se nutren ambos de los menos visibles elementos)
corpóreos, limpios, erguidos, indivisibles.
 

Paisaje marino
 
Este paisaje celestial, con garzas blancas que ascienden como ángeles
volando tan alto como quieren y hacia ambos lados tan lejos como quieren
en hileras y más hileras de inmaculados reflejos;
esta región entera, desde la más alta de las garzas
hasta la ingrávida isla de mangles, aquí abajo,
con sus brillantes hojas verdes nítidamente orladas de excrementos
de pájaros, como estampa iluminada sobre plata, y los arcos
tan sugestivamente góticos de las raíces del manglar
y los hermosos prados verde habichuela
donde a veces un pez salta como una flor silvestre
en un ornamental rocío de rocío;
este cartón de Rafael, para alguna papal tapicería,
se parece al paraíso.
Pero el faro esquelético que allí se alza,
de clerical vestido blanco y negro, siempre alerta,
piensa que él sabe la verdad de las cosas.
Piensa que el infierno hierve a sus pies acerados,
que por ello son tan cálidos los bajos de las aguas;
sabe que el paraíso es diferente.
El cielo no es como volar o nadar,
tiene algo que ver con la negrura, y una fiera mirada,
y cuando se ensombrezca, recordará el faro
algo bastante rudo que decir sobre el tema.
 
 
Algunos sueños que ellos olvidaron
 
Los pájaros muertos cayeron sin que nadie
los hubiera visto volar o pudiera
imaginar desde dónde. Eran negros,
sus ojos estaban cerrados, y nadie
supo qué clase de pájaros eran. Pero todos
se apoderaron de ellos y miraron
hacia arriba, por el reciente y largamente
infundibilizado cielo.
También cayeron gotas oscuras. Se recogieron
en los canales del tejado, se congregaron
en los cielorrasos sobre los hechos de todos ellos;
toda la noche, gotiformas misteriosas,
colgaron sobre sus cabezas, se esparcieron
después entre sus dedos distraídos, rápidas
como el rocío hojas afuera.
Y ellos, ¿dónde habían visto
bayas silvestres tan perfectamente negras como éstas
y que brillaran igual al alba? Señuelos
de centro negro, en altas ramas, o debajo
de las hojas. Venenosas, pensaron
y las olvidaron o —¡recuerda!— comieron
de los sobrecargados árboles. ¿Qué flores
se encogen como semillas, como éstas o la aguileña?
Pero hacia las ocho o las nueve, los sueños
de todos ellos son inescrutables.
 
(North & South, 1946)
 
Trad. Ulalume González de León
 

La bahía
 
[En mi cumpleaños]
 
¡Qué transparente es el agua con la marea baja!
Blancas costillas de marga desgastada asoman y relucen;
los barcos están secos, y los pilotes secos como fósforos.
Más absorbente que absorbida, el agua
de la bahía no humedece nada,
tiene el color del fuego con la hornalla al mínimo.
Una la puede oler evaporarse; si fuese Baudelaire,
una podría escuchar cómo va transformándose en música de marimba.
La pequeña draga ocre en las obras del final del muelle
ya hace sonar los claves de manera perfecta en débiles acentos secos.
Los pájaros que sobrevuelan, inmensos. Me parece que
los pelícanos chocan de manera
innecesariamente abrupta contra este vapor tan peculiar,
como picas, saliendo a superficie
muy raras veces con algo que amerite la atención
y yéndose, con gracia, a los codazos.
Blancos y negros, pájaros guerreros planean
sobre corrientes impalpables
y abren sus colas en las curvas como tijeras
o las tensionan como espoletas hasta el temblor.
Botes desaliñados continúan entrando
con su aire servicial de perros de caza,
erizados con anzuelos y garfios
y una ornamentación de esponjas como pompones.
Hay un cerco de alambre a lo largo del muelle
donde, reluciendo como pequeñas rejas de arado,
las colas gris azul de tiburones cuelgan hasta secarse
para el negocio del Restaurant Chino.
Algunos de los blancos botecitos siguen amontonados
el uno contra el otro, o yacen de costado en cúmulos,
aún no rescatados (si es que alguien alguna vez lo hará)
de la última tormenta,
como cartas rasgadas al abrirlas, que nunca respondimos.
La bahía está contaminada con antiguas correspondencias.
Click. Click. La draga sigue,
y saca una mandíbula llena de marga.
Toda la desprolija actividad continúa,
horrible pero alegre.
 
(A cold spring, 1955) 
 
Trad. Nahuel Lardies
 
***
 
Sextina
 
Cae la lluvia otoñal sobre la casa.
Bajo la tenue luz, la anciana abuela
se sienta en la cocina con la niña
y, acurrucada al lado de la estufa,
lee los chistes en el almanaque
y ríe y charla para ocultar sus lágrimas.
Piensa que sus equinocciales lágrimas
y la lluvia en el techo de la casa
fueron predichas por el almanaque,
y sólo lo intuyó la anciana abuela.
La pava canta encima de la estufa.
Corta el pan y después dice a la niña
ya es la hora del té, pero la niña
mira en la pava las pequeñas lágrimas
que bailan como locas en la estufa
como la lluvia arriba de la casa.
Cuando empieza a poner orden, la abuela
cuelga de nuevo el pícaro almanaque
mira en la pava las pequeñas lágrimas
que bailan como locas en la estufa
como la lluvia arriba de la casa.
Cuando empieza a poner orden, la abuela
cuelga de nuevo el pícaro almanaque
del piolín. Como un ave, el almanaque
se cierne a medio abrir sobre la niña,
y se cierne también sobre la abuela
y su taza de té llena de lágrimas.
Tiembla y dice que piensa que la casa
se enfrió, y acomoda más leña en la estufa.
Tenía que pasar, dice la estufa.
Sé lo que sé, le dice el almanaque.
Con crayones, la niña hace una casa
y un caminito. Luego hace la niña
un hombre con botones como lágrimas
y se lo muestra muy alegre a la abuela.
Sé lo que sé, le dice el almanaque.
Con crayones, la niña hace una casa
y un caminito. Luego hace la niña
un hombre con botones como lágrimas
y se lo muestra muy alegre a la abuela.
Pero, en secreto, mientras que la abuela
se ocupa de las cosas de la estufa
las diminutas lunas, como lágrimas,
caen del interior del almanaque
al cantero de flores que la niña
con cuidado trazó frente a la casa
Planten lágrimas, dice el almanaque.
La abuela canta enfrente de la estufa
y la niña dibuja otra insondable casa.
La abuela canta enfrente de la estufa
y la niña dibuja otra insondable casa.
 
(Questions of Travel, 1965)
 
Trad. Eugenia Santana Goitia
 
***
 
Llegada a Santos

Acá hay una costa; acá hay un puerto;
acá, después de una delgada línea de horizontes, hay una escenografía:
conformadas de un modo poco práctico y, quién sabe, autocompasivas
estas montañas tristes y duras bajo su frívolo verdor,
con una pequeña iglesia en una de sus cimas. Y almacenes,
algunos de ellos pintados con un rosa pálido, o azul,
y algunas palmeras altas, inciertas. Oh, turista,
¿es así como este país va a responderte a vos
y a tus pretenciosas exigencias de un mundo distinto,
y una vida mejor, y una completa comprensión
de ambos por fin, e inmediatamente,
después de dieciocho días en suspensión?
Terminá tu desayuno. Está viniendo la lancha,
una barcaza extraña y vieja, flameando un trapo brillante y raro.
Así que esa es la bandera. Nunca la había visto antes.
De alguna manera nunca pensé que habría una bandera,
pero había una, por supuesto. Y monedas, supongo,
y papel moneda; que están ahí para ser descubiertos.
Y ahora cuidadosamente bajamos de frente por la escalera,
yo y una compañera de viaje llamada Miss Breen,
descendiendo en medio de veintiséis cargueros
esperando a ser cargados con granos de café verde.
Por favor, chico, tené más cuidado con el gancho del bote!
Mirá! Uh! Se enganchó en la pollera de Miss Breen!
Miss Breen tiene unos setenta años,
una policía retirada, mide un metro ochenta,
con hermosos y brillantes ojos azules y una amable expresión.
Su hogar, cuando está en su casa, es en Glens Falls,
Nueva York. Listo. Estamos acomodados.
Los oficiales de la aduana hablarán inglés, esperamos,
y nos dejarán pasar nuestro whisky y nuestros cigarrillos.
Los puertos son necesarios, como el jabón y las estampillas,
pero casi nunca parece preocuparles la impresión que causan,
o, como ahora, único intento, total no importan realmente,
los colores indefinidos del jabón, o de las estampillas del correo
consumiéndose el primero, y deslizándose estas últimas
al enviar las cartas que escribimos en el barco,
ya sea porque la plasticola acá es de inferior calidad
o por el calor. Dejamos Santos de inmediato;
vamos hacia el interior.
 
Enero, 1952.
 
(Questions of Travel, 1965)
 
Trad. Laura Crespi
 
*** 
 
Un arte
 
El arte de perder no es un arte difícil;
tantas cosas parecen colmadas de un propósito
de pérdida que cuando se pierden no es muy trágico.
Pierdan a diario algo. Acepten la molestia
de extraviar el llavero, la pérdida de tiempo.
El arte de perder no es un arte difícil.
Practiquen perder, luego, más cosas y más rápido:
lugares, nombres, dónde era que estaban yendo.
Ninguna de estas cosas es demasiado trágica.
Perdí el reloj materno. Y miren, se me ha ido
la última, o penúltima, casa que tanto amaba.
El arte de perder no es un arte difícil.
Dos hermosas ciudades, perdí. Y algunos reinos
que poseía, dos ríos y un continente.
Y aunque, sí, los extraño, no fue una cosa trágica.
Incluso tras perderte (la voz mordaz, un gesto
que amo) no habré dicho una mentira. Es obvio
que el arte de perder no es cosa muy difícil,
aunque parezca a veces (¡anoten!) algo trágico.
 
(Geography III, 1976)
 
Trad. Ezequiel Zaidenwerg
 
***
 

El armadillo
 
                                                            Para Robert Lowell
 
Éste es el tiempo del año
en el cual casi todas las noches
aparecen los ilegales, frágiles globos de fuego.
Ascendiendo la altura de la montaña,
 
mientras van elevándose hacia el santo,
honrado todavía en estas zonas,
las lamparitas de papel resplandecen llenándose de luz
que va y viene, igual que los corazones.
 
Una vez en lo alto, contra el cielo, es difícil
distinguirlos de las estrellas
o, para ser precisa, de los planetas, los únicos que brillan en color:
Venus en descenso, o Marte,
 
o uno pálido y verde. Con el viento
flamean y vacilan, se tambalean y sacuden.
Pero navegan cuando hay calma, entre
las aspas de cometa de la Cruz del Sur,
retroceden y menguan con solemnidad,
nos abandonan gradualmente
o, en la corriente de aire de la cima,
giran de pronto peligrosamente.
 
Anoche cayó otro grande.
Como un huevo de fuego se rompió
contra el acantilado de enfrente de la casa.
La llama se precipitaba. Veíamos volar la pareja
 
de búhos que tenía el nido, hacia arriba,
arriba, sus círculos en blanco y negro
manchados por debajo de brillante rosa, hasta que
sus chillidos no se oyeron, fuera del alcance de la vista.
 
El viejo nido de los búhos debe de haber ardido.
Completamente solo, precipitadamente,
un brillante armadillo dejaba la escena,
moteado de rosa, con la cabeza baja, y con la cola baja,
 
y después una cría de conejo salió saltando,
con orejas cortas, sorprendiéndonos.
¡Tan suave! –un puñado intangible de ceniza
con los ojos fijos y encendidos.
 
¡Demasiado bonito, como la imitación de un sueño!
¡Oh, el fuego cayendo y el penetrante grito
y el pánico, y un débil puño de malla
crispada e ignorante contra el cielo!
 
 
El alce
 
                                                            Para Grace Bulmer Bowers
 
Desde estrechas provincias
de pan, pescado y té,
hogar de prolongadas mareas,
donde el mar abandona la bahía
dos veces cada día y se lleva
en sus largos paseos los arenques,
 
donde, si el río
entra o se retrae
en un ocre muro de espuma,
es según si encuentra
que la bahía viene,
o bien que la bahía no está en casa;
 
donde, rojo de limo,
a veces se pone el sol
frente a un mar rojo
y a veces resalta como venas en los llanos
de lavanda el fértil limo
de encendidos riachuelos.
 
Por rojos caminos de grava,
bajas hileras de arces,
pasan granjas de madera
y cuidadas iglesias de madera,
blanqueadas, listas como conchas;
pasan plateados abedules dobles,
 
A través del final de la tarde,
un autobús viaja hacia el oeste,
relampagueando rosa el parabrisas,
con destellos rosáceos el metal,
ardiente el abollado flanco
de golpeado esmalte azul.
 
Va hondonadas abajo, cuesta arriba,
y espera con paciencia
mientras un viajero solitario
besa y abraza
a siete parientes
y un perro pastor lo supervisa.
 
Adiós a los olmos,
a la granja y al perro.
El autobús arranca.
La luz crece más intensa,
la niebla, cambiante, salada, tenue,
se va cerrando.
 
Sus cristales redondos y fríos
se forman, se deslizan y se depositan
en las blancas plumas de las gallinas,
en las grises coles barnizadas,
en las dobles rosas centifolias
y en los altramuces como apóstoles.
 
Los guisantes silvestres se han adherido
con su hilo blanco y húmeda
a las blanqueadas cercas;
los abejorros se deslizan
dentro del cáliz de las dedaleras,
y comienza el crepúsculo.
 
Una parada en Bass River.
Y después, las Economies,
Lower, Middle, Upper,
Five Islands, Five Houses,
donde una mujer sacude un mantel
después de la cena.
 
Un parpadeo pálido. Ha desaparecido.
El pantano de Tantramar
y el olor de las hierbas salobre.
Tiembla un puente de hierro,
y una tabla suelta repiquetea
pero no cede.
 
A la izquierda, una luz roja
nada a través de la sombra:
la linterna de puerto de algún barco.
Aparecen dos botas de agua,
iluminadas, solemnes.
Un perro da un ladrido.
 
Una mujer sube
con dos bolsas del mercado,
pecosa y enérgica, de edad.
“Una gran noche. Sí, señor,
todo el trayecto a Boston.”
Nos observa con cordialidad.
 
A la luz de la luna entramos
en los bosques de News Brunswick,
peludos, ásperos, arañados,
la luz de la luna y la neblina
se prenden en ellos como la lana de cordero
en los arbustos de los pastos.
 
Los viajeros están recostados de espaldas.
Ronquidos. Algún largo suspiro.
Una divagación somnolienta
comienza en la noche,
una amble y audible,
lenta alucinación…
 
Entre ruidos, crujidos,
una vieja conversación.
-No nos concierne,
pero es reconocible en algún lado,
en la parte de atrás del autobús:
voces de abuelos
 
ininterrumpidamente
hablando, en la Eternidad:
nombres que se mencionan,
cuestiones aclaradas finalmente,
lo que él dijo, lo que ella dijo,
quién tenía pensión.
 
Muertes, muertes y enfermedades;
el año en el que él volvió a casarse;
el año en que ocurrió (alguna cosa).
Ella murió al dar a luz.
Aquel era el hijo perdido
cuando se hundió la goleta.
 
Él se dio a la bebida. Sí,
ella se dio a la mala vida.
Fue cuando Amos comenzó a rezar
hasta en el almacén y
finalmente la familia
tuvo que recluirlo.
 
“Sí…” esa peculiar afirmación. “Sí…”.
Una aguda, retenida respiración,
medio gemido, medio aceptación,
que significa “Así es la vida.
Lo sabemos (y también la muerte)”.
 
Hablaban como hablaban
en su antigua cama de plumas,
tranquilamente, más y más,
con una débil luz en el pasillo
mientras la perra, abajo en la cocina,
se liaba en su mantita.
 
Ahora, todo ahora está en orden,
incluso para caer adormecidos
como en todas aquellas otras noches.
-De pronto el conductor
hace parar de golpe el autocar
y apaga los faros.
 
Un alce ha salido
del bosque impenetrable
y se planta ahí, amenazador,
en medio de la carretera.
Se acerca: olfatea
el caliente capó del autocar.
 
Imponente, sin cuernos,
alto como una iglesia,
hogareño, tal como es una casa
(o seguro como las casas).
Una voz de hombre afirma:
“Sin intención alguna de hacer daño…”.
 
Algunos pasajeros
exclaman en voz baja,
pueriles, con dulzura:
“Son grandes criaturas, ciertamente”.
“Terriblemente simple”.
“¡Y mira! ¡Es una hembra!”.
 
Tomándose su tiempo,
ella observa el autobús de punta a punta,
magnífica, como de otro mundo.
¿Por qué, por qué sentimos
(y todos la sentimos) esta dulce
sensación de alegría?
 
“Curiosas criaturas”
dice nuestro tranquilo conductor,
arrastrando su r’s*.
“Fíjense en esto”.
Después, pone la marcha.
Por un momento, todavía
 
mirando atrás,
se puede ver el alce
a la luz de la luna en el asfalto;
y después hay un débil
olor a alce, un acre
olor a gasolina.
 
 
Un arte
 
No es difícil dominar el arte de perder;
muchas cosas parecen llenas del propósito de ser perdidas
que su pérdida no es ningún desastre.
 
Perder alguna cosa cada día. Aceptar aturdirse por la pérdida
de las llaves de la puerta, de la hora malgastada.
No es difícil dominar el arte de perder.
 
Después practicar perder más lejos y más rápido
los lugares y los nombres y dónde pretendías
viajar. Nada de todo eso te traerá desastre alguno.
 
He perdido el reloj de mi madre y ¡mira¡ voy por la última
-quizá por la penúltima- de tres casas amadas.
No es difícil dominar el arte de perder.
 
He perdido dos ciudades, las dos preciosas. Y, más vastos,
poseí algunos reinos, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no fue ningún desastre.
 
Incluso habiéndote perdido a ti (tu voz bromeando, un gesto
que amo) no habré mentido. Por supuesto,
no es difícil dominar el arte de perder, por más que a veces
pueda parecernos (¡escríbelo¡) un desastre.
 
 
Sandpiper
 
El bramido a su lado lo da por supuesto,
y que con regular frecuencia el mundo está obligado a estremecerse.
Corre, corre hacia el sur, nervioso y torpe
en una situación de pánico controlado, un estudioso de Blake.
 
La playa bisbisea como la manteca. A su izquierda, una lámina
de agua interrumpida va y viene
y barniza sus oscuros y frágiles pies.
Corre, corre recto a través de eso, mirándose los dedos.
 
Mirando, más bien, los espacios de arena que hay entre ellos,
donde (un detalle nada despreciable) drena el Atlántico
rápidamente hacia atrás y hacia abajo. A medida que corre,
mira con atención hacia los granos arrastrados.
 
El mundo es una niebla. Y después el mundo
es menudo y vasto y claro. La marea
es más alta o es más baja. No podría matizar entre las dos.
Su pico está enfocado: está preocupado,
 
Buscando alguna cosa, alguna cosa, alguna cosa.
¡Está obsesionado, pobre pájaro!
Los millones de granos de arena son blancos, negros, bronceados y grises
Mezclados con granos de cuarzo rosa y amatista.
 
(Obra Poética, 2008)
 
Trad. Joan Margarit y D. Sam Abrams 
 
***

              Elizabeth Bishop y Alice Methfessel

Un sueño de verano
 
Al maltrecho embarcadero 
pocos barcos llegaban. 
La población se componía de 
dos gigantes, un idiota, una enana, 
 
un cordial tendero 
dormido detrás del mostrador 
y nuestra amable propietaria: 
la enana era su modista. 
 
Al idiota se le podía distraer 
recogiendo moras, 
aunque más tarde las tirara. 
La modista, encorvada, sonreía. 
 
Junto al mar, tendida 
y azul igual que una caballa, 
nuestra casa de huéspedes se veía manchada 
como si hubiera llorado. 
 
Prodigiosos geranios 
colmaban las ventanas del frente, 
los pisos relucían 
con linóleos combinados. 
 
Cada noche esperábamos oír 
al búho cornudo. 
El empapelado de la pared se iluminaba 
con la llama cornuda del quinqué. 
 
El gigante tartamudo 
hijo de la propietaria, 
refunfuñaba en las escaleras
sobre una antigua gramática. 
 
Él era taciturno 
pero ella era alegre. 
El dormitorio estaba frío 
y cerca el edredón. 
 
Nos despertó en la oscuridad 
el sonido sonámbulo del arroyo 
acercándose al mar, 
con un sueño aún audible. 
 
 
El pez
 
Atrapé un enorme pez, 
y lo sostuve en el costado de la barca,
la mitad fuera del agua, con mi anzuelo
enganchado en la comisura de su boca. 
No luchó.
No lo habría hecho de cualquier modo.
Todo él era un peso resoplando,
abatido y honorable
y modesto. Su parda piel 
colgaba en tiras por todas partes
como un empapelado antiguo,
y su diseño en marrón más oscuro
parecía un empapelado:
formas de rosas plenamente florecidas
manchadas y perdidas en el tiempo. 
Estaba salpicado de percebes,
e infestado
de pequeños blancos piojos de mar,
y debajo, colgándole, dos o tres
tiras de alga verde.
Al inhalar sus branquias 
el terrible oxígeno 
—las aterradoras branquias,
Frescas y crispadas de sangre,
capaces de cortar tan gravemente—
pensé en la blanca carne áspera
compactada como plumas,
las espinas grandes y las pequeñas,
los dramáticos rojos y negros
de sus brillantes vísceras.
y la rosada vejiga natatoria
como una enorme peonía.
Lo miré a los ojos 
bastante más grandes que los míos,
pero menos profundos y amarillentos,
los iris forrados y embutidos
en papel de estaño deslustrado
vistos a través de las lentes 
de la vieja rayada gelatina.
Se movieron un poco, pero no
me devolvieron la mirada:
era más bien como una inclinación
de un objeto hacia la luz.
Admiré su rostro taciturno,
el mecanismo de su quijada,
y entonces vi
que de su labio inferior
—si pudiera llamarse labio—
triste, mojado, como un arma,
colgaban cinco trozos viejos de sedal,
o cuatro y un alambre
con el emerillón aún amarrado,
los cinco anzuelos grandes 
bien afianzados a la boca.
Un sedal verde, raído en el extremo
donde lo había roto, dos sedales más pesados
y un fino hilo negro
aún rizado por el esfuerzo y el chasquido
cuando se rompió y escapó.
Como medallas con cintas
deshilachadas y vacilantes,
una barba de cinco pelos de sabiduría,
colgaban de su quijada dolorida.
Lo miré y lo miré
y la victoria colmó
la pequeña barca de alquiler,
desde un charco de sentina
donde el aceite formaba un arcoíris
alrededor del motor herrumbroso,
hasta el oxidado naranja del balde,
las bancadas agrietadas por el sol,
los escálamos en sus toletes,
las regalas...  ¡hasta que todo
fue arcoíris, arcoíris, arcoíris!
Y dejé escapar al pez.
 
(Poesía, OC, 2016)
 
Trad. Jeannette L. Clariond
 
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