EMMA BARRANDÉGUY

El apaciguamiento de las cosas
 
Todo está en calma.
Doy una última mirada al cuarto:
si muriera esta noche
mínimas serían las dificultades que siguieran.
No hay nadie ya despierto
y he concluido la última anotación
de lo que haré mañana.
Todo está encarpetado,
no hay ningún ángulo que sobresalga.
Casi no hay objetos redondos.
Los piolines en su sitio
y los suicidas sonriendo tras los vidrios.
Este poema es lo único que da
la clave de la madeja:
"Los monstruos, bien peinados, por dentro".
 
(Las puertas, 1964)
 
 
Foto
 
Esa soy yo:
una mujer gastada y melancólica
con la mirada
que arranca de una infancia razonable
y una cabeza peinada
como corresponde
a una señora de tantos años.
Procuro que las canas
tengan su orden natural
que tranquiliza a los que miran,
aunque yo casi estoy segura,
después de todo,
que moriré sin haber sentado cabeza.
 
 
Compartida
 
Miro subir la luna llena
en el cielo malva de este otoño porteño
y siento que en la ciudad
los atardeceres tienen asimismo su belleza,
y abril trae las uvas del oeste
tan sensuales que es necesario morderlas,
romper su carne
como cuando pelamos los morrones asados
y el jugo nos cae por los dedos.
Estos frutos
y el andar por las calles
perdida entre las gentes
sin que la comarca traiga
sus voces repetidas,
me permiten mirar con delicia las tardes
y compadecerme de las oficinas
donde muere la piel de las mujeres
y se embellecen
las corbatas de los hombres,
a medida que pasan los años.
Aquí o allá
la vida es ese fulgor
que se abre entre las nubes
y la persistencia pausada y aleve
de un dolor en el hombro derecho,
en todos los hombros.

(Refracciones, 1986)
 

Los jubilados
 
Interminables filas bajo el sol o la lluvia,
con las ropas gastadas
y los tobillos gruesos,
sin cigarrillos ni bufandas costosas,
pantalones que caen sobre viejos zapatos,
las manos en los bolsillos
y la charla que da paso a sus quejas
contra los hijos, las nueras, los gobiernos,
las cajas, los precios, los alquileres, los colectivos,
los empleados, los jóvenes, las vestimentas
de este tiempo
y también contra el tiempo
y el gendarme de adelante
que con cuarenta años cobra
no sé cuántos millones.
Celosos, mezquinos, intercambiando remedios,
toses, medias lunas,
noticias de fútbol, de la violencia,
caramelos, escupidas.
Mirando como a un extraño
al viejo deportista que se mantiene erguido
o a la vieja alegre con un pañuelo de seda
al cuello.
Codiciando niñas
o comidas sabrosas.
Recordando antiguos cuentos de oficinas,
películas, la pelea de Firpo.
Narices rojas, ojos turbios,
anteojos pasados de moda,
pelambres, gorras, sombreros,
mechones desteñidos en las sienes.
Contando las monedas que les quedan
y el cajero
disimulando que los odia
porque le meten los recibos bajo el vidrio,
le piden cambio
y no acaban, no acaban, Dios mío
de venir a cobrar todos los meses.

 
Ama de casa
 
La reina de esta soledad minuciosa
deja su perfume
en las habitaciones.
Me peino porque hay que peinarse, dice.
Y sus manos,
una y mil veces,
con paciencia y rutina seculares,
arreglan sus cabellos
noche a noche.
De allí sale la fuerza que la habita
y que lentamente la abandona.
Contempla este páramo luminoso
de su casa,
los helechos, las paredes,
los bancos asientos del patio,
los cielorrasos amigos de la lluvia
y piensa en su vida
como otra casa que se desmorona.
Cierra las ventanas,
corre las cortinas,
se pregunta por la validez de los objetos,
besa a Matty, su gata favorita
y siempre una lágrima acompaña
la certeza de todas sus ruinas.
 

Ceremonias de verano
 
Toman mate en la galería abierta
las dos ancianas
y la persona que las cuida
y a veces las acompañan los que vienen de Buenos Aires
y desean el sol,
el sueño
y huyen de los mosquitos
con profusos artilugios
y unturas.
 
Enero nos trae la albahaca
y el apio, el pan dulce y los helados.
 
Las viejas pantallas de los años 30
con figuras de actrices de cine,
con las que se avivaba el fuego
o el calor se achicaba.
 
Besos extintos
se renuevan en labios de paso
y hay que aprender el lenguaje del verano
con los hermosos hombros desnudos
y las peludas piernas de los hombres,
ya algo gruesas.
 
Bienvenido enero,
comienzo de otro año
que quizás me desplace definitivamente.
 
Amo tus días severos de calor
donde conversan las hortensias
sus secretos
y la Santa Rita estalla su fucsia
en flores.
 
Verano existe y nosotras
tras antiguos rastros
en manos que nos tocan.

(Camino hecho, 1991)
 

El cuerpo

¿Por qué no es posible el amor?,
me preguntas.
Somos viejos, respondo.
Y que pases tu mano
por mi pierna,
me da cierta vergüenza.
Tontería, dice el amigo
y cediendo
me tiendo a su lado como cuando era joven
y lo ignoraba.
Pienso en todos los viejos
que desde un banco al sol
miran transcurrir las muchachas.
En mi padre y sus esquelas victorianas
a las niñas de los mandados.
Pienso en mi madre pulcra
cubriendo sus desnudos en un último gesto.
Pienso que los viejos son como todos
y apetecen sin pausa
si no han sido saciados.
El cuerpo gira ante sus ojos
con el gusto de lo prohibido,
como siempre.
Se los instala en la sabiduría
y no la tienen;
codician como jóvenes,
tienen pequeñas ternuras
como mi amigo,
tienen lascivas preferencias
que no les cuentan a los otros,
tienen derecho al amor
aun a costa del ridículo.
Y si pasan tomados de la mano
o se encierran en su mundo
con las persianas bajas,
tendríamos que mirarlos sin asombro
como a lentos vagabundos
o discretos amantes que renuevan caricias.
 
 
Planta
 
A través de decenios, de patios,
trasplantes, mudanzas, basuras,
desdenes, colillas y helechos
vuelve a florecer el lirio atigrado
de noviembre,
traído por tus manos
a los canteros de mi adolescencia.
Miro sin asombro el milagro.
Envejezco,
rabiosa de vida, como el lirio.
 
 
Ocho de septiembre
 
Viniste a mí en la madrugada,
te rendiste a mi lado sobre las sábanas.
Tu pudor, tu inocencia, tu miedo
rehuían el calor de mis brazos.
Pero acaso anhelabas
sentirte besar así el cuello o las manos.
Pusiste tu cabeza en mi hombro
y charlamos y dormimos
incómodas y felices
por una entrega que no era sino amistosa,
por una necesidad fraterna que se cumplía.
Por la mañana,
levanté las persianas
y oí tu ruego de que no me marchara.
Quizás la difícil confidencia
se ablandaba en tu boca,
pero el día ya no me pertenecía.
Y así fue que dejé tu casa
y ninguna palabra mía penetró ya en tus oídos
ni brilló en tus ojos desconsolados.
A veces pienso que tuviste miedo,
pero cuando te vi pintarte los párpados
supe que te había perdido para siempre.
 
(Poesías completas, 2009)
 

Desconozco tu mano 
 
Desconozco tu mano que se agita
hacia una orilla donde no me encuentro.
 
Veo el asombro con que te interrogas
buscando las señales de la dicha.
 
Y conozco el sabor de tus palabras:
"Nada hay desesperado ni furioso".
 
Sólo un dejarse acompañar que acepta
que haya mareas que nos solicitan.
 
Y saber que ni al filo de la rama
nos ha de desprender la misma brisa.
 
 
Verbos y preposiciones
 
Hasta el hueco del cuello y la clavícula,
hasta sentir las manos por las sienes,
hasta el color de las calcomanías
repatriarse.
Hasta acceder al gesto que nos llama
sin anhelo, fatiga ni malicia,
hacia el minuto que no habita nadie,
encaminarse.
 
(Pescar por fin tu corazón inquieto, 2019)
 
Graciasss/eternacadencia.com.ar/blog/tres-poemas-de-emma-barrandeguy
Graciasss/www.lacanciondelpais.com.ar/que-los-versos-te-acompanen
Graciasss/elpoemadelmomento.blogspot.com/5-poemas-de-emma-barrandeguy


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