¿Cómo cortocircuitamos el
control?
Apuntes de un encuentro con William Burroughs
Pensé que debía ser un engaño.
El nombre y la dirección de William S. Burroughs estaban justo ahí,
en el medio de una revista llamada FILE [Archivo].
Ahí estaban, en la sección “lista de solicitudes del banco de imágenes”,
en la parte de las Páginas amarillas reservada al arte postal. Cualquier
artista podía solicitar una imagen de otro artista que vivía a millas de
distancia. Y ahora, justo enfrente de mí, solicitando “Ideas y Camuflaje en
1984″, estaba la dirección de la casa de Burroughs en Londres. Yo no
dudaba de que vivía en los Estados Unidos; sin mencionar que estábamos
en el año 1972, y 1984 parecía todavía muy lejano. Con la certeza de que
se trataba de una broma, escribí a esa dirección diciéndole dónde podía
meterse su camuflaje y ordenándole a Allen Ginsberg, a él y a cualquiera
de los otros beats que DEJARAN de actuar como si me conocieran tan
solo para obtener credibilidad contemporánea.
Algunas semanas después llegó a mi buzón una vieja postal de
Marruecos; cayó sobre el suelo empedrado debajo de un hacha y un
martillo que estaban recortados, como protección, al interior de la
rojísima puerta de entrada de la Ho Ho Funhouse, la casa comunal de
Hull que en aquella época compartía con mi colectivo de arte
performático y no convencional, que también era una banda. ¡En el dorso
había un saludo firmado por William S. Burroughs contándome que
había disfrutado de mi reciente carta y que le encantaría que nos
encontráramos la próxima vez que yo estuviera en Londres! “Tan solo
llámame y pagaré por el taxi hacia aquí desde donde sea que estés”,
escribió, añadiendo su número telefónico.
Apuntes de un encuentro con William Burroughs
Pensé que debía ser un engaño.
El nombre y la dirección de William S. Burroughs estaban justo ahí,
en el medio de una revista llamada FILE [Archivo].
Ahí estaban, en la sección “lista de solicitudes del banco de imágenes”,
en la parte de las Páginas amarillas reservada al arte postal. Cualquier
artista podía solicitar una imagen de otro artista que vivía a millas de
distancia. Y ahora, justo enfrente de mí, solicitando “Ideas y Camuflaje en
1984″, estaba la dirección de la casa de Burroughs en Londres. Yo no
dudaba de que vivía en los Estados Unidos; sin mencionar que estábamos
en el año 1972, y 1984 parecía todavía muy lejano. Con la certeza de que
se trataba de una broma, escribí a esa dirección diciéndole dónde podía
meterse su camuflaje y ordenándole a Allen Ginsberg, a él y a cualquiera
de los otros beats que DEJARAN de actuar como si me conocieran tan
solo para obtener credibilidad contemporánea.
Algunas semanas después llegó a mi buzón una vieja postal de
Marruecos; cayó sobre el suelo empedrado debajo de un hacha y un
martillo que estaban recortados, como protección, al interior de la
rojísima puerta de entrada de la Ho Ho Funhouse, la casa comunal de
Hull que en aquella época compartía con mi colectivo de arte
performático y no convencional, que también era una banda. ¡En el dorso
había un saludo firmado por William S. Burroughs contándome que
había disfrutado de mi reciente carta y que le encantaría que nos
encontráramos la próxima vez que yo estuviera en Londres! “Tan solo
llámame y pagaré por el taxi hacia aquí desde donde sea que estés”,
escribió, añadiendo su número telefónico.
¡Guau! ¡Me contestó!
Esto era mucho más que emocionante.
El almuerzo desnudo había cambiado mi vida, The Third Mind [La tercera
estaba por publicarse. Su técnica de escritura de cut-up, que había
desarrollado junto al artista y escritor Brion Gysin, era una enorme
influencia para mi música en aquel momento. La idea de fragmentar la
tediosa narrativa cotidiana para crear significados nuevos e inesperados,
incluso proféticos, me resultaba fascinante.
La primera vez que lo conocí, Burroughs estaba viviendo en la calle
Duke, en St. James, Londres. No tenía idea de qué esperar. ¿Sería el viejo
cascarrabias Bull Lee de las sagas de Kerouac, gracias a las cuales me
enteré de él por primera vez, o el personaje biográfico apenas disimulado
de Yonqui, William Lee? Estaba entusiasmado por descubrir a la persona
REAL.
Luego de hacer dedo desde Hull, en el este de Yorkshire, durante toda
una noche miserablemente lluviosa e inclemente, me había quedado en lo
de mi amigo, el artista Robin Klassnik, durmiendo en el suelo de su
estudio en el número 10 de la calle Martello, en Hackney, al este de
Londres. Robin me despertó con una taza de café instantáneo tibio,
colmada de azúcar.
–Conoces a personas bastante irritantes, Gen –dijo Robin mientras yo
trataba de no hacer muecas ante su nauseabundo preparado.
–¿A qué te refieres? –pregunté adormilado.
–Algún estúpido idiota estuvo llamando toda la mañana diciendo que era
William Burroughs y preguntando por ti. Así que le dije que se fuera a la
mierda y que no llamara más –anunció Robin orgullosamente.
–¡Ay, mierda! ¿Qué hora es? –pregunté.
–Las once de la mañana. Te dejé dormir; te veías cansado.
–Robin, ese no era un estúpido idiota fingiendo ser William Burroughs
dije, restregándome la cara y mirándolo luego fijamente con una alegre
incredulidad–. Ese realmente era William Burroughs. Espero que aún me
reciba después de tu diatriba.
En Yorkshire, yo vivía en una comuna y robaba toda la comida que
podía, y la complementaba con galletas rotas que lograban rescatar de la
desgracia a una taza de té aguada. Recolectaba frutas y vegetales
magullados de la calle luego de la hora de cierre del mercado local de
agricultores, y me llevaba a casa carne donada por el templo masón de la
zona. Las señoras de la cocina solían dejar pescado, carne y pollo –que
sobraban de los fastuosos banquetes masónicos– en la puerta para
nuestros “pobres gatos”, pero nosotros, humanos desposeídos, estábamos
primero.
No acostumbraba a viajar en taxi, pero pagaba William. Imaginé que
Estaba bastante cómodo económicamente.
Después de todo, era un escritor famoso.
He aprendido, desde entonces, que no importa cuántas personas
sepan tu nombre, eso no tiene nada que ver con tener una abultada
cuenta bancaria. Di varias vueltas a la manzana, con mucha ansiedad,
porque había llegado temprano y pensé que se enojaría si llegaba
demasiado tarde o demasiado temprano. Me figuraba en mi cabeza a un
tipo hiperinteligente y nada concesivo, que estaría esperando en silencio
que lo impresionara. Temblaba como si estuviera por dar un examen.
Mientras subía nervioso las escaleras angostas y escuchaba el suave eco
de mis botas Doc Martens en la oscuridad, me convencía cada vez más de
que se daría cuenta enseguida cuán tonta era yo y me echaría de allí,
humillado como el ser inferior que era.
Llamé a su puerta.
(NO BINARIX. Memorias, 2023)
Trad. Juan Salzano
Graciasss/www.tiempoar.com.ar/ta_article/no-binarix-memorias-transgenero-de-genesis-p-orridge/
Graciasss/www.mondosonoro.com/noticias-actualidad-musical/no-binarix-genesis-p-orridge-memorias/
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