Otras
veces me llamo Naomi Campbell
Naomi/ Noelia/ Noemí.
No es mí
No es lo yo
No es lo ese
No es mi nombre.
Negra/flaca/india/hocicona/travestida/maquillada/modelo/
Borracha.
Asesina
Se han caído las tripas al suelo,
¡Mal presagio da el animal!
¡Mal presagio da un corazón del hombre en el suelo!
Sólo queda, Sólo queda
Quemar cada huella de cada
dedo, adelantar por medio de la
llama trabajo de experto asesino.
En la arquitectura de las venas
eliminar los huesos de cada huacho
hecho en lo hondo
No es posible, no es rentable.
La orfandad no sabe de balas por la espalda,
sabe de ser asesino del tiempo
La joya sin sangre no brilla
La imagen se repite / repite / repite.
¡Hay algo de fiebre en mí!
Sigo el río de tu muerte
antiguo canal de semen apátrida
manadas de criaturas en este caudal van en ti,
migran estos como yo entre camas y celdas.
Ven, búscame más alto
El río corre hacia arriba en busca de tu cuerpo siempre.
En sudores aquí me tienes
Veo la luz de la joya,
la necesidad de catástrofe conserva los huesos
en un fuego por vez primera.
Esta noche el oro de la joya en cuello reluce
más, el cristo cuelga de una cadena que lamo
cuando corres alicanto.
La imagen se repite, incrementa.
Perros a garganta cortada encienden luz en la vereda abierta.
Entre velocidades de una yegua
metálica en un pasaje de población
nuestro alcohol se evapora en las manos.
La imagen se repite/repite/repite.
La joya sin sangre no brilla,
es mecha mechera macho.
No oculta la mano del hombre ni del hambre,
se escurre cartera abajo
buscando acabar con la repetición
en palacio de espejos versallesco y bellako
Los espejos repiten cuando soy la presa
/en la jaula de un canario
asediado por la llama roja de un policía.
Debo cerrar las puertas de las casas que arden en mi lengua.
El ojo que vigila carnes se extingue.
¡Hay algo de fiebre en mí!
No hay horas, el teléfono está negro, la pantalla está muerta,
en la muerte oscura de mi plástico me observo un poco
para ver mis trenzas.
Pienso en los mecanismos para medir mi tiempo
patrones o lugares que indiquen
mi tránsito de las esquinas repetidas en ti.
Me nombraron Keitmoss
¿Cómo es vestirse de miedo?
¿A que sabe el plástico Nike?
Hemos sido mordidas. Los perros nocturnos al verme saben que haré de ellos compañía. Seremos piel-perras-noche y la calle se nos partirá a patadas. Mi cámara que es ojo reprogramado para documentar, registra
en un plano cerrado, un ramo de flores entre las manos de un hombre. Detiene su paso y corre a dejar a través de la ventana las flores sobre el asiento de la cuca. Que es una animala inmensa y verde.
¿Qué andai haciendo?
–Nada
¿Cómo que nada?
–Nada. Esperando nomás.
¿Esperando qué?
–Nada
¿Esa perra gorda es tuya?
–No… es de la noche
¡JA!
¿Tus documentos?
–Tengo nombre sabí… teng…
Tus documentos cabrita. ¡Ahora! Grita el de las flores.
–Mi nombre es Keitmoss
Ese no es tu nombre chana ordinaria. ¡Mírate!
Hacen subir a la perra conmigo. Quieren desaparecernos como a los otros y los que vienen. Ambas tenemos la rabia y mientras no lleguemos al hospital, la rabia aumenta en la fiebre de la noche. Gritan. ¡La perra que baje ahora! Toma la perra preñada, mientras ella se resiste en un pelar de diente. El hombre con fuerza le repercute gritos que se traban por el mordisco que da la perra gorda. Ahora veo que él también tendrá rabia. La sacan, intento ver por entre las diminutas rejas y la ventana nublada por los vahos nuestros del encierro. Existen siluetas que se mueven. El bulto grueso y oscuro es amarrado por una línea tensa, firme que denota en su extremo un cierto brillo por alguna luz artificial, dramática, es la cámara que graba operativos, marchas, desfiles. Mueve un poco en espasmos unas extremidades cortas y graciosas en función de su anatomía preñada de cuerpos y grasas. Regurgita sonidos cortados por la baba que comienza a acabar para que llegue un ritmo de arcada. Ya no deseo documentar el acto, pienso que se emitirá el sonido de los perros cuando encuentran la brutalidad de las armas, sólo oigo los ecos de su cuerpo que se resiste al grito y la rabia se contiene en su sangre. Los huesos sólo producen un crujido propio que es un silencio, derrotando el garrote. La orina mancha los uniformes del líquido sonido de la masa que cuelga.
Una materia se desgarra. Se abre y cuatro pesos, caen exactamente uno tras del otro, un cúmulo de líquidos y masas varias retumban en el suelo. Dos expresiones de asco se escuchan y luego un seguro, dando paso a un gatillo, de ahí la bala que ensordece y cruza la sombra que contenía su rabia en el cuerpo.
Risas, siguen los pasos de los hombres, abren las puertas de la cuca. Comienza a reproducir una canción conocida muy alto. Es en inglés, nací en esa banda sonora, la sé de memoria. El hombre de las flores toma su celular, marca dígitos que perfectamente puedo identificar. Cuando contestan al otro lado baja el volumen, comienza a cantar él, su compañero se acerca al micrófono… Yeah, you drive me crazy, crazy, crazy for you baby. What can i
do? Honey!
(La Factory, 2016)
Naomi/ Noelia/ Noemí.
No es mí
No es lo yo
No es lo ese
No es mi nombre.
Negra/flaca/india/hocicona/travestida/maquillada/modelo/
Borracha.
Asesina
Se han caído las tripas al suelo,
¡Mal presagio da el animal!
¡Mal presagio da un corazón del hombre en el suelo!
Sólo queda, Sólo queda
Quemar cada huella de cada
dedo, adelantar por medio de la
llama trabajo de experto asesino.
En la arquitectura de las venas
eliminar los huesos de cada huacho
hecho en lo hondo
No es posible, no es rentable.
La orfandad no sabe de balas por la espalda,
sabe de ser asesino del tiempo
La joya sin sangre no brilla
La imagen se repite / repite / repite.
¡Hay algo de fiebre en mí!
Sigo el río de tu muerte
antiguo canal de semen apátrida
manadas de criaturas en este caudal van en ti,
migran estos como yo entre camas y celdas.
Ven, búscame más alto
El río corre hacia arriba en busca de tu cuerpo siempre.
En sudores aquí me tienes
Veo la luz de la joya,
la necesidad de catástrofe conserva los huesos
en un fuego por vez primera.
Esta noche el oro de la joya en cuello reluce
más, el cristo cuelga de una cadena que lamo
cuando corres alicanto.
La imagen se repite, incrementa.
Perros a garganta cortada encienden luz en la vereda abierta.
Entre velocidades de una yegua
metálica en un pasaje de población
nuestro alcohol se evapora en las manos.
La imagen se repite/repite/repite.
La joya sin sangre no brilla,
es mecha mechera macho.
No oculta la mano del hombre ni del hambre,
se escurre cartera abajo
buscando acabar con la repetición
en palacio de espejos versallesco y bellako
Los espejos repiten cuando soy la presa
/en la jaula de un canario
asediado por la llama roja de un policía.
Debo cerrar las puertas de las casas que arden en mi lengua.
El ojo que vigila carnes se extingue.
¡Hay algo de fiebre en mí!
No hay horas, el teléfono está negro, la pantalla está muerta,
en la muerte oscura de mi plástico me observo un poco
para ver mis trenzas.
Pienso en los mecanismos para medir mi tiempo
patrones o lugares que indiquen
mi tránsito de las esquinas repetidas en ti.
Me nombraron Keitmoss
¿Cómo es vestirse de miedo?
¿A que sabe el plástico Nike?
Hemos sido mordidas. Los perros nocturnos al verme saben que haré de ellos compañía. Seremos piel-perras-noche y la calle se nos partirá a patadas. Mi cámara que es ojo reprogramado para documentar, registra
en un plano cerrado, un ramo de flores entre las manos de un hombre. Detiene su paso y corre a dejar a través de la ventana las flores sobre el asiento de la cuca. Que es una animala inmensa y verde.
¿Qué andai haciendo?
–Nada
¿Cómo que nada?
–Nada. Esperando nomás.
¿Esperando qué?
–Nada
¿Esa perra gorda es tuya?
–No… es de la noche
¡JA!
¿Tus documentos?
–Tengo nombre sabí… teng…
Tus documentos cabrita. ¡Ahora! Grita el de las flores.
–Mi nombre es Keitmoss
Ese no es tu nombre chana ordinaria. ¡Mírate!
Hacen subir a la perra conmigo. Quieren desaparecernos como a los otros y los que vienen. Ambas tenemos la rabia y mientras no lleguemos al hospital, la rabia aumenta en la fiebre de la noche. Gritan. ¡La perra que baje ahora! Toma la perra preñada, mientras ella se resiste en un pelar de diente. El hombre con fuerza le repercute gritos que se traban por el mordisco que da la perra gorda. Ahora veo que él también tendrá rabia. La sacan, intento ver por entre las diminutas rejas y la ventana nublada por los vahos nuestros del encierro. Existen siluetas que se mueven. El bulto grueso y oscuro es amarrado por una línea tensa, firme que denota en su extremo un cierto brillo por alguna luz artificial, dramática, es la cámara que graba operativos, marchas, desfiles. Mueve un poco en espasmos unas extremidades cortas y graciosas en función de su anatomía preñada de cuerpos y grasas. Regurgita sonidos cortados por la baba que comienza a acabar para que llegue un ritmo de arcada. Ya no deseo documentar el acto, pienso que se emitirá el sonido de los perros cuando encuentran la brutalidad de las armas, sólo oigo los ecos de su cuerpo que se resiste al grito y la rabia se contiene en su sangre. Los huesos sólo producen un crujido propio que es un silencio, derrotando el garrote. La orina mancha los uniformes del líquido sonido de la masa que cuelga.
Una materia se desgarra. Se abre y cuatro pesos, caen exactamente uno tras del otro, un cúmulo de líquidos y masas varias retumban en el suelo. Dos expresiones de asco se escuchan y luego un seguro, dando paso a un gatillo, de ahí la bala que ensordece y cruza la sombra que contenía su rabia en el cuerpo.
Risas, siguen los pasos de los hombres, abren las puertas de la cuca. Comienza a reproducir una canción conocida muy alto. Es en inglés, nací en esa banda sonora, la sé de memoria. El hombre de las flores toma su celular, marca dígitos que perfectamente puedo identificar. Cuando contestan al otro lado baja el volumen, comienza a cantar él, su compañero se acerca al micrófono… Yeah, you drive me crazy, crazy, crazy for you baby. What can i
do? Honey!
(La Factory, 2016)
***
En sepia
A los diez años junto a Pancho el primo favorito, vimos llorar al vecino. Incendios se habían propagado por toda la región durante el verano, el fuego arrasaba con todo a su andar y nuestras casas feas comenzaron a correr peligro. El hombre de no más de 35 años no paraba de llorar, cuando nos acercamos, él tenía una liebre en sus manos que acariciaba suavemente para poder apaciguar el dolor del animal, había escapado del fuego y su piel ya estaba extinta, marcas rojas y negras marcaban su cuerpo, miraba a la liebre como a un niño. A los minutos llegó una cantidad inmensa de roedores muriendo de sed, uno a uno caía muertos y despellejados. El vecino no paró de llorar hasta que cada liebre dejó de respirar.
Corrió hacia su casa, al regresar noté su cuerpo delgado, atlético y moreno, camisa desabotonada y un Jeans cortado con hilachas, regresaba con una cámara negra rectangular de rollo, fotografió al primer animal, después nos hizo tomar a muchos otros en nuestras manos y nos fotografió repetidas veces, parecía que debía guardar el dolor ahí en la máquina. Fue la primera vez que me enamoré de un hombre mayor, fue la primera vez que vi la muerte, fue la primera vez que me tomaban una fotografía.
Pino radiata
Se tatuó en mí el designio de mi pueblo. La profecía del robo y la usurpación llegaría un día desde un norte que ardía en deseos por oro, el deseo llegó desde un mar de filos, metal y pólvoras, se tatúa en mí la violencia de los días en un bosque, donde veo las estrellas que escriben lentamente la música de mi escape.
Así extraño los olores fúnebres de tus veranos. Extraño que no estés y siga yo escribiendo tu nombre que es igual al mío. Escribí un corazón con la letra F para hablarnos y arder, así pronto todo se quema como aquella vez en el inicio.
(La edad de los árboles, 2018)
***
En sepia
A los diez años junto a Pancho el primo favorito, vimos llorar al vecino. Incendios se habían propagado por toda la región durante el verano, el fuego arrasaba con todo a su andar y nuestras casas feas comenzaron a correr peligro. El hombre de no más de 35 años no paraba de llorar, cuando nos acercamos, él tenía una liebre en sus manos que acariciaba suavemente para poder apaciguar el dolor del animal, había escapado del fuego y su piel ya estaba extinta, marcas rojas y negras marcaban su cuerpo, miraba a la liebre como a un niño. A los minutos llegó una cantidad inmensa de roedores muriendo de sed, uno a uno caía muertos y despellejados. El vecino no paró de llorar hasta que cada liebre dejó de respirar.
Corrió hacia su casa, al regresar noté su cuerpo delgado, atlético y moreno, camisa desabotonada y un Jeans cortado con hilachas, regresaba con una cámara negra rectangular de rollo, fotografió al primer animal, después nos hizo tomar a muchos otros en nuestras manos y nos fotografió repetidas veces, parecía que debía guardar el dolor ahí en la máquina. Fue la primera vez que me enamoré de un hombre mayor, fue la primera vez que vi la muerte, fue la primera vez que me tomaban una fotografía.
Pino radiata
Se tatuó en mí el designio de mi pueblo. La profecía del robo y la usurpación llegaría un día desde un norte que ardía en deseos por oro, el deseo llegó desde un mar de filos, metal y pólvoras, se tatúa en mí la violencia de los días en un bosque, donde veo las estrellas que escriben lentamente la música de mi escape.
Así extraño los olores fúnebres de tus veranos. Extraño que no estés y siga yo escribiendo tu nombre que es igual al mío. Escribí un corazón con la letra F para hablarnos y arder, así pronto todo se quema como aquella vez en el inicio.
(La edad de los árboles, 2018)
***
Cazadora de perlas con cuchillo entre los dientes
Desde barrancos de nácar
trina el alba su altura.
Ávida de sangre, caza cuellos emplumados frente al mar.
Lanza su hambre en apnea nipona,
es una Ama que recoge perlas en costas del Pacífico.
Con edad de colonias,
Alzó una torre de idiomas nuevos por siglos,
para anidar estirpes con promesas de amanecer
en la sangre del enemigo.
La rabia de Abya yala, siempre indómita
incendiando su corazón.
Sima abajo, serpientes de espuma
bordan el canto de gato marino,
arroja su reflejo al pacto con la ola.
Insular flota entre algas y nace flor de hueso limpio.
En su colmillo castas nocturnas
son jeringas inyectando estrellas travestidas,
viendo el final de los pueblos.
Como ella, enferma estoy de la historia y sus pasillos,
húmeda de fugas soy ave que sumerge
en sal austral su herencia.
Molusca adosada a huellas de risa en la niebla,
huele sangre arbórea en zona de sacrificio.
Ella, mi amante, mi madre, mi hermana,
inmortal, sale del agua vestida de lágrimas.
Cual oruga arrastra la toxina de su belleza.
Purrun y augurio
Entró el ave jadeante al círculo,
anunció el viento de su manto mi trance,
la tierra toda vuelta en paraíso de cristo.
Cortejos de choique tronaron catástrofe,
nuestra sangre sin bautismo mancharía los cielos.
Antes de cercos / púas / caballos / espadas y rifles
el saqueo comunicó en sueños sus incendios.
Anunció el viento en huevos vacíos de treiles
el caos de tres barcos buscando siglos de oro.
Recuerdo caer en las plumas de tu frente,
armar órbitas de deseo seduciendo árbol plantado
en el centro de la noche.
En el eco de cueros y pifilka morí.
La memoria de nuestros besos
resucitó la tormenta que invoqué
para que llenes mis piernas de futuros reinos.
Por paso de relámpago, nací de nuevo lacrimógena.
Con cepos en pies, vestidas de luna y maquinaria.
Drogadas en siglo de luces,
partimos a brotar con raíz quebrada
en discos sin amor.
Pregunto a este viento que me baila coqueto
¿Qué se siente una tirana desértica
en baile de lenguas ardientes hacia abajo?
Huayno apretado, Dembow, Techno
Zampoñas, Ballenato y Cumbia.
Giro de gallinas y rodeo mortal,
entorpecido por huaso duro en arrebato corralero.
Anunció el viento en mi trance,
la tierra toda vuelta en paraíso de cristo.
Pasos culebreando volcánica garganta,
ebria de canción.
Anunció el viento una liebre hambrienta de fiesta,
pelaje acicalado de equinoccios y lluvias.
Anunció el viento en mi trance tu carne partida,
y en el baile de los caídos preparé
una yegua encendida de tiempo y linajes desaparecidos.
Sale el ave jadeante del círculo,
danza augurio de besos en textura de flama.
Sale el ave jadeante del círculo
sobre cielo boca arriba, apareando canto de ríos en ascenso.
(Corónica, inédito)
***
RAPTO
A LA SANGRE
ÓPERA VAMPÍRICA MAPUCHE
Para Y.H. y el recuerdo
de un concierto de olas, bajo las estrellas Niebla.
Escena
EXT. PLAYA – AMANECER
Rayen del Kütral; cantante de ópera y vampira solitaria de cuatrocientos años, está de pie sobre una roca en la costa del Pacífico. Como todos los días, antes de que el amanecer llegue al litoral que habita, eleva su garganta al cielo. Anclada sobre la dureza de las piedras, deja que las olas y su rumor sean un coro que acompaña su historia.
ÓPERA VAMPÍRICA MAPUCHE
Para Y.H. y el recuerdo
de un concierto de olas, bajo las estrellas Niebla.
Escena
EXT. PLAYA – AMANECER
Rayen del Kütral; cantante de ópera y vampira solitaria de cuatrocientos años, está de pie sobre una roca en la costa del Pacífico. Como todos los días, antes de que el amanecer llegue al litoral que habita, eleva su garganta al cielo. Anclada sobre la dureza de las piedras, deja que las olas y su rumor sean un coro que acompaña su historia.
Todos ellos llegaron aquí con la ira de una sombra
“En cuanto a Colón mismo, el primer día que hizo contacto con el Nuevo Mundo, afirmó: «Yo, plaziendo a Nuestro Señor, llevaré de aquí al tiempo de mi partida seis [nativos] a Vuestras Altezas para que deprendan fablar». El secuestro de este primer grupo en Guanahani, el 14 de octubre de 1492, fue seguido por el rapto de cinco hombres, siete mujeres y tres jóvenes en Cuba, el 12 de noviembre del mismo año, y de cuatro hombres en La Española, el 15 de enero de 1493.”
Zoológicos humanos.
Llegó con la fuerza de la noche
1
Animal fabuloso fui.
Divina cría de la tierra
meciendo en su teta rota
el dolor del viaje.
De tiempo la medida del dolor.
Todo inició a filo de espada
en la sangre del primer caído.
Fuiste tú mi querido, alba que se apaga.
Entre muertos y árboles soñé el futuro de tus
ojos derribados en plena lucha.
En el borde del ataque a siglos de distancia,
te invoqué en mi llaga venidera,
por deseo de vientos circulando.
2
Una sombra bajó en las barcas
junto a esos hombres.
Trajeron consigo el hambre.
Y nadie fue testigo de su gracia, más que yo.
Cuando fue pecado nuestra belleza
para la sombra fue deseo.
Ella notó en mi cuello el sabor del paraíso.
3
En un siglo de colonias.
Huyendo sobre un caballo ardiente, perdí tu amor.
Atrás voces gritaban en antigua lengua
el despojo.
Fui herida por el corte de un santo reino español.
En mi seno abierto nació leche desolada.
Espadas y traiciones hundían estirpes
en lagos de ñachi tibio. Quise morir.
En dramático rescate
la sombra trincó el aliento del hombre armado
que quemó mis campos pretéritos.
Me dio a elegir la eternidad o morir con mi gente.
Escogí perdurar de triste resplandor.
Cercenó mi garganta,
de su mano bebí arcas de voces apiladas.
A laringe cortada intenté vivir paria
en lengua de invasores.
4
Mi piel mudó de luna su color,
pómulos se hicieron Alpes
en caricia de espanto indígena.
Despedí la luz del día,
atormentada de hambre corrí monte adentro.
Buscando la sangre de picaflores y guiñas,
durante siglos Piuchén me gritaron.
No llevaba espada, sólo el filo de mi boca rabiosa.
Llanto intermedio
Sentada en las rocas de la historia
observé el mundo caer
y esperé a que nacieras en otros ojos.
Preñé de efemérides mi vientre
un hijo que nunca pude regalar
a patrones déspotas.
Guerras sucedieron, pirámides aztecas abrieron paso al silencio.
Pensé en contagiar de lunas las naciones en declive.
Pero ¿qué sería de matrias sin sol que guíe
el rastro de nuestra herencia?
Rayén del Kütral
Flor de fuego,
antigua como américa desnuda de nombre
vigilé el furor cansado del hurto originario.
Sí me habían robado todo y tu boca
yo robaría la noche.
Hui diaspórica a nuevas eras,
y en la ida olvidé mi lengua.
En el canto este pájaro cargaba su propia jaula.
Diaspórica
1
Siguiendo estelas de las primeras barcas,
en documento falso, perdí mi nombre de nacida.
Apetencia de visiones brotaron
en el risco de mi ojo.
No pude soñar jamás nunca
nuevamente la tierra de mis pies.
2
crucé para verte de nuevo
Mares occisos nacieron por garganta sola,
en navíos de lepra esparcida en islas de Polinesia.
A la sombra de Europa fui,
escribí para que ella me encontrara.
Buscaba esa madre de la noche que hizo
mi eterna juventud.
3
Me hicieron fumar kimonos de sedas orientales.
Y mi sangre ungida en guerras de opio
olvidó olas del pacífico en antiguo Londres.
Ciudades crecieron más que ríos;
Támesis en mi costado,
Sena lleva una lágrima,
Toltén en el recuerdo.
Llena de sombra poseí
el canto de una estrella
que dijo ser mi abuela.
Rayen me decía. Rayen me decía.
Prendí el resto de mi nombre
para iluminar la historia.
Memoria del canto
Eterna en el tedio de los vivos.
Crucé el tiempo escuchando
lenguas de Abya Yala perecer.
Sofocada en cuellos desnucados,
dejé huellas de sangre sobre la nieve.
En mansedumbre de servicios,
fui polvo que se limpia
en la cocina de Viena.
Detrás de una puerta escuchó un hombre
mi balada austral, mientras barría el silencio de mis pasos.
Tomó mi brazo para dejar de servir
a ellos y servir de nuevo a la noche,
habitar incierta piel sin reino olvidada de Wallmapu.
Enamorada del huir,
una aria manchó mi vestido.
Entre pelucas y luces coreé desganada
y de nórdicas alturas, deserté hasta campos elíseos.
CORO
La nombraron reina de la noche.
El paso de siglos,
eran el parpadeo de una estrella.
Preciosa canción de sangre
1
El bosque de Bolougne
eran melgas de antropología,
rostros plantados
por simple lujuria del saqueo.
Vi los últimos de su estirpe
ante la mirada de un zoológico perverso.
Quise extirpar en mi don sangriento
esa agonía.
En la Tierra Del Fuego
fueron obtenidos y de a poco
quedaron sus restos en soplo
de Europa curiosa.
2
Marchitos de idioma,
un collar kaweskar colgó del cuello
de un hijo de dioses australes.
Un makun había en otro lugar del jardín.
Y en ese cuerpo estaban tus ojos de nuevo.
No me reconociste en jaulas
que hicieron parir la dignidad.
Los salvajes, les dijeron
el futuro murmuré.
3
Germinó triste calor de ira
Renací en una canción cómplice en la figura de la muerte.
Cantaría a las estrellas abriendo mi signo
Y mis pasados constantes.
Yo era el tiempo.
Se hizo ceremonia mi deseo
y canté en el gemido más alto que los Andes.
Un coro de áspides lamió mis orejas.
Sin confusión pude oír las profecías.
Una pitia de Abya Yala
alucina en fiebre,
ardida de apariciones.
Un canto me devolvió la gracia,
tus ojos perdidos en París me trajeron la rabia.
Soñé el tiempo en mi garganta
dónde leído el destino
apareados eran los hilos de dioses.
4
Descubrí la noche de mi flor
En la boca nació la otra yo,
arrastrada a la cólera silenciosa
definida por trinares vengativos.
EXT. BOSQUE DE BOLOGNE. NOCHE
Rayen del Kütral canta con voz quebrada, una opereta para la muerte que se aproxima a los prisioneros de los jardines humanos. Hasta caer agotada su voz se rompe, luego entre rabia y sed corre a vaciar las venas de transeúntes parisinos.
Opereta fuera del jardín
Canto a lo que no tuve,
a las aves extintas y afluentes perdidos,
al maíz quemado en campos imperiales.
Opereta de espanto
Una flor que vive de noche
escuchó los árboles de nuevo
Algún hombre confundió mi cuerpo con
diosa inca, árabe y china.
Y me adiestré en ser intocable.
Rayen Quitral me llamaban
divina india vestida de pálida estrella
confundidos quedaban en mi canto desnudo.
Canté durante siglos que fueron minutos
en mi boca inmortal.
Nosferatu de nuevo mundo, dijo alguien.
Y al instante de ser descubierta escapé con mi secreto.
Perdida en el tiempo
dormí bajo un teatro italiano
hasta iniciada una guerra nueva
que partió el mundo en dos.
Vestida de noche hui del viejo mundo.
Volví al futuro,
Abya yala indómita ardiendo mi corazón.
1982 América el nombre de mi hija
1
Al regreso he sido todas y ninguna.
Diversos nombres y aficiones.
Nana en éxodo de fundos ardientes
a la parada de un bus en la capital.
Conocí a mi única hija en una dictadura.
Rostro de un castrato y tus ojos ahí de nuevo.
En neón de un baño, la vi beber de los hombres su deseo.
Cerca del rastro de una luz estroboscópica
reconocí en el aroma de su sangre que se iba en vihda.
En la tormenta de un cáncer rosa pregunté
¿De dónde vienes? ¿Cuál es tu nombre?
Américo Curivil, pero me dicen Cookie.
Y supe que seguían sobreviviendo
en documentos de nación ajena.
En el abaniqueo de un romance
probé su cuello Farinelli.
Por milagro se hizo un cuerpo igual al mío.
Mujer fue abierta en nota estelar
Cruzada de sed por la otra.
Le di vida nueva
y a nadie podría morder
o condenaría su cuerpo al peso de la historia.
2
Mi piel brotó morena nuevamente.
¿Qué sería de mí si llorara desnuda
bajo un rayo de sol otra vez?
Ardo en la paciencia de la noche.
Abierta en el sonido de tu beso
la soledad de la diva
decora el perfil de las montañas con tu rostro.
Cuando la primavera cante en ti de nuevo
recuerda la palabra que inventaste
para no tener vergüenza
Di el nombre de nuestra tierra
y de los que habitan un huevo en un nido antiguo
Le hablo a tu memoria
solicito al eco que despiertes
en un tiempo que nunca inicia y nunca acaba.
Le hablo a tus pies. Despierta en mí,
donde anida ese recuerdo tan leve,
roca que se hace arena.
Soy tu madre, tu espía, amante,
dejo un ramo de lágrimas en el borde de una ola
para cuando escuches este canto.
FIN
Rapto a la sangre,
Ed. Imaginistas,
Rev. Imagi Vol 03,
Edición: 1ª,
2023
Graciasss/imaginistas.cl/rapto-a-la-sangre-por-kutral-vargas-huaiquimilla/
***
Soy la hiedra venenosa, nadie me puede tocar
Existen plantas cuya exuberante expresividad provoca en la piel una erupción ardiente y punzante, causada por un fluido viscoso e incoloro que se libera inadvertidamente desde sus poros de planta. En ocasiones las reconocemos porque, a diferencia de las plantas inofensivas que poseen bordes suaves y líneas armoniosas, las hiedras venenosas portan una apariencia irregular y desafiante. Sus bordes dentados, al tomar contacto con unx otrx, dejan marca de su transgresión –y de su poética–.
El ardor, como huella de la incomodidad, inunda nuestra experiencia inflamada. Muchas veces, las compresas frías y otros ungüentos son insuficientes para calmar estas molestias. En otras, nos resistimos a que se nos pase del todo y nos aferramos a esa sensación. Aquí, la memoria de lxs pinchadxs, mordidxs y enrojecidxs se vuelve una condición deseada y permanente, en la cual la piel es una frontera liminal y la herida es la mayor potencia de quienes somos retados a sobrevivir.
Esta muestra advierte la compleja y desafiante relación fronteriza con la imposición normativa, en la que el territorio, al igual que el cuerpo, evoca la herida colonial de dominación, exclusión y supresión. La instauración de un control discursivo, tanto binario como moral, impacta en otras formas de ecología y ancestralidad.
Lxs cuerpxs sexualizadxs, racializadxs, desistentes, disfuncionales expuestos acá, proponen un ejercicio radical de apropiación y fuga. La exposición se divide en tres ejes curatoriales: cuerpx como pacto, cuerpx en memoria y cuerpx contra el estado. Tres formas de eludir la noción de representación, la imagen de una corporalidad discursiva, el abandono como refugio de la memoria, y el cuerpx en resistencia permanente.
(Sin dato/s a que libro/s pertenecen)
Voto por nuestros nombres
Soñé viajando en un tren a toda velocidad, llevaba conmigo una fotografía en las manos. En la imagen estamos mi madre y yo en la navidad de 1990. De improviso por un pasillo aparece ella, al verla me escondo detrás de un asiento. Me lleno de valentía y me acerco, le digo soy yo. Ella no me reconoce, le insisto, que soy yo. Se retira y quedo viendo el reflejo en las ventanas, sobre el paisaje borroso observo el rostro de mi madre en mi cuerpo.
En la última primavera ochentera en octubre de 1989 mi madre, me nombró Francisco. Nacimos ambas ese día en una isla pequeña en medio del sur y al poco tiempo nos separamos. Ese nombre que me dio también nombró la distancia. Escribí aquel nombre Francisco, sinónimo de la distancia en los cuadernos, en mesas de colegio, garitas, baños públicos. Escribí ese nombre en la pizarra, en exámenes médicos, en la esquina que perdí, en la ciudad que me albergó, en los campos de la infancia, en libros que imaginé.
Intentando encontrar refugio en un nombre que no calzaba con mi interior, se cruzó un poema. La lamngen María Isabel Lara Millapán en su poema Nombre dice; “Cuando nos cambiaron los nombres. Teníamos nombres de aves, de animales y de piedras, nombres de árboles y de flores del territorio donde nacimos, teníamos nombres de agua, de barro y de nieve. Los mismos nombres de los abuelos se quedaban heredados en sus hijos y en sus nietos. Vamos a preguntar por el nombre que nos pertenece”. Al reconectar con la memoria mapuche en esta época de estallidos y fiesta, pienso las demás memorias abiertas en los despojos del tiempo. Imagino que cuando nos quitaron los nombres, nuestros cuerpos fueron sometidos a fundar otros signos en la piel y vestiduras. Nos dieron formas, movimientos, trabajos, ocupaciones.
Nos relegaron a ser nanas, panaderos y campesinos, algunos ocultaron la lengua y otros fueron olvidando la fluidez del agua o el secreto del viento, fuimos integrándonos a la historia que el blanco escribió o fotografió bajo el lente antropológico. Frente a ese lente resistimos vistiendo con prestancia retazos de memoria zurcidos con dolor, con el garbo de los lonkos vestidos con atavíos occidentales por estrategia y sobrevivencia, revelamos en la anatomía de una guerra cultural, cada espacio de nuestra piel la visión de una naturaleza histórica y políticamente construida.
En el viaje de este nombre como un canal de vestiduras, rostros y disfraces que nos hablan de usurpación manejada como estética para representar chilenidad. Los mapuches nos vestimos de occidente y los chilenos y usurpadores se pusieron nuestras prendas y nuestra tierra. Su disfraz y deseo produjo imágenes icónicamente nefastas como Cecilia Bolocco que en plena dictadura fue una miss universo utilizando el traje típico del país representado. Ella lo hizo ungida en platería mapuche que en su esplendor oculta el racismo e intento de sometimiento de toda una nación. Esto venía desde una práctica de disfraz previa, Pinochet quién solía camuflar su cuerpo con piezas mapuche y quién en Villarica en 1979 declaró negar lo indígena como parte del plan político de la dictadura, diciendo “Hoy ya no existen mapuches, porque somos todos chilenos” Justamente es el año donde el decreto 2.568 separaría familias y linajes de comunidades hasta la actualidad. En su discurso él intentó desaparecer un pueblo y enterrarlo en lo que era Chile con todos los cuerpos que ya se ocultaban en los espacios más recónditos del territorio y su historia.
Esconder el cuerpo o desaparecerlo también vinculó a otro proceso de identidad contemporánea, el mapuche de urbe que desaparece bajo el destello mismo de la luz. Así, una madre sigue buscando las últimas vestiduras y el nombre de su hijo en cada espacio de Puerto Montt. En septiembre de 2005 desapareció un joven mapuche a manos de la policía. Su nombre era José Huenante, nunca se encontró su cuerpo hasta el día de hoy. Es considerado el primer detenido desaparecido en democracia. Su Rut 19.437.429–1 y su identidad anónima pasó a ser pública, en las calles de una ciudad fría a punto de celebrar en septiembre su idea de nación. Uno se pregunta, ¿si no hubiese sido mapuche, moreno, pobre, su destino hubiese sido otro? Son conjeturas creadas en la rabia de pensar que todos corremos ese riesgo. Y ese peligro se convierte en la repetición de una luz vigilante de naciones que han creado instrumentos para nombrarnos y registrarnos, uno de ellos es el carnet de identidad.
En ese espacio rectangular observamos como la imagen y la conformación del rostro se suman a la infinidad de identidades del mar moribundo y oscuro que suele ser Chile. Caminando bajo la tenue luz de la esperanza por encontrar ese nombre que nos pertenece, de la infinita lucha de diversos grupos por existir dignamente fue vigente en diciembre de 2019 la ley de identidad de género, la cual permite a nosotras les trans hacer uso de este derecho, para cambiar el nombre y el sexo registral, con ello reparar mínimamente vidas y reescribir nuestra memoria, reconstruir nuestra matria. Una matria que se ve alterada hoy por el miedo a un fascismo que se desborda, en una nación donde las que seguimos vivas un día más, caminamos sin saber todos los nombres de las compañeras que desaparecen en la calle, en los parques, en las plazas, en los gritos.
Bajo el asedio de un miedo implantado por el poder y sus grandes armas, me da miedo desaparecer y que mi familia no sepa mi nuevo nombre, con el que me permití nacer. He subvertido aguas de las leyes chilenas para encontrar mi nombre, me he nombrado Kütral como el fuego, una chispa que encienda, pero también reconstruya. Heredé el peso de la historia y el rostro de mi madre, una mujer huilliche que a pura intuición hizo creer que era necesario que nuestros cuerpos existieran.
Desde hace años generé un oculto abismo con mi familia y ellos no saben que bajo la química del estradiol y la espironolactona mi rostro es mi castigo y herencia donde te veo a ti reflejada, y he tenido miedo de que esa imagen se vuelva de nuevo la distancia. Hoy te cuento que mi transición ha sido llena de euforia y disforia, que los caminos se han cruzado en mis miembros y que frente al ardor político yo he elegido mi posición, ir a votar un domingo donde quiero dejar claro que vamos a sobrevivir a pesar de todo el odio que se nos tiene, porque si bien no es la respuesta a nuestro pesar, es un paso para poder caminar juntas.
Cuando nací nos separamos y hoy sólo la reencuentro en un bosque de palabras que he creado para nosotros. Desde niña jamás di cuentas a nadie porque me criaron indomable, como la yegua de mi abuelo, pero en la premura de montar el tiempo tenemos atisbos del futuro y la sospecha. No tengo temor al abandono de la familia, porque la soledad es mi aliada, sin embargo, pienso en las demás chicas que anhelan un abrazo y sólo encuentran el vacío. Hoy las abrazo en mi nombre que es calor.
Y yo quiero que esas otras se nombren en las calles, en las casas que se merecen, las camas donde puedan dormir, las esquinas del libro que quieran leer, en el cosmetiquero que diga que han pasado por ahí, en las listas de los hospitales donde sean tratadas dignamente y sean llamadas Liliths, Camilas, Sorayas, Cristinas, Amelias, Estheres y muchas más. Porque por el poder de la palabra vuelvo a vivir cada vez que me nombro y se les nombra, cuando me presento no soy sólo yo, soy una larga fila de antepasados de la sangre y la memoria. Nazco para cantarme en libertad, porque cuando me nombro algo arde, por eso me he nombrado Kütral para quemar mi antiguo yo y con la ceniza pintarme los ojos, salir a la calle a darte la mano y votar por tu nombre y los de otres en el futuro.
(Sin dato/s a que libro/s pertenece/n)
Portada: Kutral por Fabiola Pontigo
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Soy la hiedra venenosa, nadie me puede tocar
Existen plantas cuya exuberante expresividad provoca en la piel una erupción ardiente y punzante, causada por un fluido viscoso e incoloro que se libera inadvertidamente desde sus poros de planta. En ocasiones las reconocemos porque, a diferencia de las plantas inofensivas que poseen bordes suaves y líneas armoniosas, las hiedras venenosas portan una apariencia irregular y desafiante. Sus bordes dentados, al tomar contacto con unx otrx, dejan marca de su transgresión –y de su poética–.
El ardor, como huella de la incomodidad, inunda nuestra experiencia inflamada. Muchas veces, las compresas frías y otros ungüentos son insuficientes para calmar estas molestias. En otras, nos resistimos a que se nos pase del todo y nos aferramos a esa sensación. Aquí, la memoria de lxs pinchadxs, mordidxs y enrojecidxs se vuelve una condición deseada y permanente, en la cual la piel es una frontera liminal y la herida es la mayor potencia de quienes somos retados a sobrevivir.
Esta muestra advierte la compleja y desafiante relación fronteriza con la imposición normativa, en la que el territorio, al igual que el cuerpo, evoca la herida colonial de dominación, exclusión y supresión. La instauración de un control discursivo, tanto binario como moral, impacta en otras formas de ecología y ancestralidad.
Lxs cuerpxs sexualizadxs, racializadxs, desistentes, disfuncionales expuestos acá, proponen un ejercicio radical de apropiación y fuga. La exposición se divide en tres ejes curatoriales: cuerpx como pacto, cuerpx en memoria y cuerpx contra el estado. Tres formas de eludir la noción de representación, la imagen de una corporalidad discursiva, el abandono como refugio de la memoria, y el cuerpx en resistencia permanente.
(Sin dato/s a que libro/s pertenecen)
Voto por nuestros nombres
Soñé viajando en un tren a toda velocidad, llevaba conmigo una fotografía en las manos. En la imagen estamos mi madre y yo en la navidad de 1990. De improviso por un pasillo aparece ella, al verla me escondo detrás de un asiento. Me lleno de valentía y me acerco, le digo soy yo. Ella no me reconoce, le insisto, que soy yo. Se retira y quedo viendo el reflejo en las ventanas, sobre el paisaje borroso observo el rostro de mi madre en mi cuerpo.
En la última primavera ochentera en octubre de 1989 mi madre, me nombró Francisco. Nacimos ambas ese día en una isla pequeña en medio del sur y al poco tiempo nos separamos. Ese nombre que me dio también nombró la distancia. Escribí aquel nombre Francisco, sinónimo de la distancia en los cuadernos, en mesas de colegio, garitas, baños públicos. Escribí ese nombre en la pizarra, en exámenes médicos, en la esquina que perdí, en la ciudad que me albergó, en los campos de la infancia, en libros que imaginé.
Intentando encontrar refugio en un nombre que no calzaba con mi interior, se cruzó un poema. La lamngen María Isabel Lara Millapán en su poema Nombre dice; “Cuando nos cambiaron los nombres. Teníamos nombres de aves, de animales y de piedras, nombres de árboles y de flores del territorio donde nacimos, teníamos nombres de agua, de barro y de nieve. Los mismos nombres de los abuelos se quedaban heredados en sus hijos y en sus nietos. Vamos a preguntar por el nombre que nos pertenece”. Al reconectar con la memoria mapuche en esta época de estallidos y fiesta, pienso las demás memorias abiertas en los despojos del tiempo. Imagino que cuando nos quitaron los nombres, nuestros cuerpos fueron sometidos a fundar otros signos en la piel y vestiduras. Nos dieron formas, movimientos, trabajos, ocupaciones.
Nos relegaron a ser nanas, panaderos y campesinos, algunos ocultaron la lengua y otros fueron olvidando la fluidez del agua o el secreto del viento, fuimos integrándonos a la historia que el blanco escribió o fotografió bajo el lente antropológico. Frente a ese lente resistimos vistiendo con prestancia retazos de memoria zurcidos con dolor, con el garbo de los lonkos vestidos con atavíos occidentales por estrategia y sobrevivencia, revelamos en la anatomía de una guerra cultural, cada espacio de nuestra piel la visión de una naturaleza histórica y políticamente construida.
En el viaje de este nombre como un canal de vestiduras, rostros y disfraces que nos hablan de usurpación manejada como estética para representar chilenidad. Los mapuches nos vestimos de occidente y los chilenos y usurpadores se pusieron nuestras prendas y nuestra tierra. Su disfraz y deseo produjo imágenes icónicamente nefastas como Cecilia Bolocco que en plena dictadura fue una miss universo utilizando el traje típico del país representado. Ella lo hizo ungida en platería mapuche que en su esplendor oculta el racismo e intento de sometimiento de toda una nación. Esto venía desde una práctica de disfraz previa, Pinochet quién solía camuflar su cuerpo con piezas mapuche y quién en Villarica en 1979 declaró negar lo indígena como parte del plan político de la dictadura, diciendo “Hoy ya no existen mapuches, porque somos todos chilenos” Justamente es el año donde el decreto 2.568 separaría familias y linajes de comunidades hasta la actualidad. En su discurso él intentó desaparecer un pueblo y enterrarlo en lo que era Chile con todos los cuerpos que ya se ocultaban en los espacios más recónditos del territorio y su historia.
Esconder el cuerpo o desaparecerlo también vinculó a otro proceso de identidad contemporánea, el mapuche de urbe que desaparece bajo el destello mismo de la luz. Así, una madre sigue buscando las últimas vestiduras y el nombre de su hijo en cada espacio de Puerto Montt. En septiembre de 2005 desapareció un joven mapuche a manos de la policía. Su nombre era José Huenante, nunca se encontró su cuerpo hasta el día de hoy. Es considerado el primer detenido desaparecido en democracia. Su Rut 19.437.429–1 y su identidad anónima pasó a ser pública, en las calles de una ciudad fría a punto de celebrar en septiembre su idea de nación. Uno se pregunta, ¿si no hubiese sido mapuche, moreno, pobre, su destino hubiese sido otro? Son conjeturas creadas en la rabia de pensar que todos corremos ese riesgo. Y ese peligro se convierte en la repetición de una luz vigilante de naciones que han creado instrumentos para nombrarnos y registrarnos, uno de ellos es el carnet de identidad.
En ese espacio rectangular observamos como la imagen y la conformación del rostro se suman a la infinidad de identidades del mar moribundo y oscuro que suele ser Chile. Caminando bajo la tenue luz de la esperanza por encontrar ese nombre que nos pertenece, de la infinita lucha de diversos grupos por existir dignamente fue vigente en diciembre de 2019 la ley de identidad de género, la cual permite a nosotras les trans hacer uso de este derecho, para cambiar el nombre y el sexo registral, con ello reparar mínimamente vidas y reescribir nuestra memoria, reconstruir nuestra matria. Una matria que se ve alterada hoy por el miedo a un fascismo que se desborda, en una nación donde las que seguimos vivas un día más, caminamos sin saber todos los nombres de las compañeras que desaparecen en la calle, en los parques, en las plazas, en los gritos.
Bajo el asedio de un miedo implantado por el poder y sus grandes armas, me da miedo desaparecer y que mi familia no sepa mi nuevo nombre, con el que me permití nacer. He subvertido aguas de las leyes chilenas para encontrar mi nombre, me he nombrado Kütral como el fuego, una chispa que encienda, pero también reconstruya. Heredé el peso de la historia y el rostro de mi madre, una mujer huilliche que a pura intuición hizo creer que era necesario que nuestros cuerpos existieran.
Desde hace años generé un oculto abismo con mi familia y ellos no saben que bajo la química del estradiol y la espironolactona mi rostro es mi castigo y herencia donde te veo a ti reflejada, y he tenido miedo de que esa imagen se vuelva de nuevo la distancia. Hoy te cuento que mi transición ha sido llena de euforia y disforia, que los caminos se han cruzado en mis miembros y que frente al ardor político yo he elegido mi posición, ir a votar un domingo donde quiero dejar claro que vamos a sobrevivir a pesar de todo el odio que se nos tiene, porque si bien no es la respuesta a nuestro pesar, es un paso para poder caminar juntas.
Cuando nací nos separamos y hoy sólo la reencuentro en un bosque de palabras que he creado para nosotros. Desde niña jamás di cuentas a nadie porque me criaron indomable, como la yegua de mi abuelo, pero en la premura de montar el tiempo tenemos atisbos del futuro y la sospecha. No tengo temor al abandono de la familia, porque la soledad es mi aliada, sin embargo, pienso en las demás chicas que anhelan un abrazo y sólo encuentran el vacío. Hoy las abrazo en mi nombre que es calor.
Y yo quiero que esas otras se nombren en las calles, en las casas que se merecen, las camas donde puedan dormir, las esquinas del libro que quieran leer, en el cosmetiquero que diga que han pasado por ahí, en las listas de los hospitales donde sean tratadas dignamente y sean llamadas Liliths, Camilas, Sorayas, Cristinas, Amelias, Estheres y muchas más. Porque por el poder de la palabra vuelvo a vivir cada vez que me nombro y se les nombra, cuando me presento no soy sólo yo, soy una larga fila de antepasados de la sangre y la memoria. Nazco para cantarme en libertad, porque cuando me nombro algo arde, por eso me he nombrado Kütral para quemar mi antiguo yo y con la ceniza pintarme los ojos, salir a la calle a darte la mano y votar por tu nombre y los de otres en el futuro.
(Sin dato/s a que libro/s pertenece/n)
Portada: Kutral por Fabiola Pontigo
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