Cante hondo
El amor envejece con el cuerpo.
Aunque en la desnudez perfecto es siempre.
(Es la carne. Es la espada.
Toda fiesta bravísima donde nos reencontramos
uno enfrente del otro
—con la bestia).
Sabemos lo que dura:
media tarde, un insomnio, seis años
una vida. ¿Cuánto podría durar hasta que no se agota?
(En el amor los hombres se montan a otros hombres
les hincan las espuelas, los jalan de la brida.
Y ya después, cansados, sudorosos, les dejan en los belfos un bote de cebada.)
Es por eso que quiero humedecer despacio la tierra de tu nuca
los lentos girasoles de tu pecho
tu vientre, tus rodillas, cualquier páramo en llamas donde habites.
Decir ahogadamente cuánto te amo
—mis brazos en tu cuello
horca de sal mis manos—
y por qué la razón de repetirlo.
(Uncidos los caballos con un yugo
a la par
sometidos y sedientos
no serán pieza fuerte del tablero
ni quien enfrente al hombre con el toro.)
Que no me falte el agua es lo que pido:
que no me coma viva la sed que me atraganta.
El amor dura el tiempo necesario
para decir tu nombre y me respondas.
La última consecuencia del olvido es el silencio.
La forma más antigua de estar solo.
Estocada
El amor es un toro que apresamos
con las manos desnudas
sudorosas
Una estocada al fondo desde el cóccix
pone fin a la vida
pero arrastra en la arena esa insana costumbre
El amor envejece con el cuerpo.
Aunque en la desnudez perfecto es siempre.
(Es la carne. Es la espada.
Toda fiesta bravísima donde nos reencontramos
uno enfrente del otro
—con la bestia).
Sabemos lo que dura:
media tarde, un insomnio, seis años
una vida. ¿Cuánto podría durar hasta que no se agota?
(En el amor los hombres se montan a otros hombres
les hincan las espuelas, los jalan de la brida.
Y ya después, cansados, sudorosos, les dejan en los belfos un bote de cebada.)
Es por eso que quiero humedecer despacio la tierra de tu nuca
los lentos girasoles de tu pecho
tu vientre, tus rodillas, cualquier páramo en llamas donde habites.
Decir ahogadamente cuánto te amo
—mis brazos en tu cuello
horca de sal mis manos—
y por qué la razón de repetirlo.
(Uncidos los caballos con un yugo
a la par
sometidos y sedientos
no serán pieza fuerte del tablero
ni quien enfrente al hombre con el toro.)
Que no me falte el agua es lo que pido:
que no me coma viva la sed que me atraganta.
El amor dura el tiempo necesario
para decir tu nombre y me respondas.
La última consecuencia del olvido es el silencio.
La forma más antigua de estar solo.
Estocada
El amor es un toro que apresamos
con las manos desnudas
sudorosas
Una estocada al fondo desde el cóccix
pone fin a la vida
pero arrastra en la arena esa insana costumbre
de recordar que nos sentimos
alguna vez amados
y muriendo.
Elocuencia del humo
Todo ese ropaje de polvo, ese velo de piel
ferroviaria oscurecida…
Allen Ginsberg
Los rieles, afianzados al suelo, se estremecen
con el presagio de una locomotora insumisa de ruedas
acercándose, con desmedido impulso
a la estación de origen.
Ya se escucha el piafar de sus caballos
con sus crines al viento.
Esos humos oscuros, tan remotos
trotaban por el aire; en las nubes añiles
(de reflejos metálicos porque, tal vez, las ruedas destellaban
el acero cromado, el manganeso
esa armazón de rayos primeriza, luego placa, al fin rotor
que probaba correr a ciento veinte kilómetros por hora
dejando en los durmientes un suave hollín por rastro y pesadilla)
unas coces violentas reseñaban la huida
de quién
por qué
hacia dónde…
Uncidos por una larga brida de cuero, herraje y clavos
los vagones se avientan con premura, se abrazan y jadean
se estorban, pisan, saltan sin que jinete alguno los controle
(no hay un caballerango que sostenga el cabestro
la montura está suelta, el ronzal cuelga a un lado de la locomotora;
no hay pie sobre la espuela, ni manos en la albarda).
Qué sería del jinete
en cuál vagón buscarle
y desde cuándo…
Los rieles se encabritan ante un muro de piedra que pregona
con un fuete de polvo, el final del camino.
Un relincho angustioso relampaguea en las nubes.
Es el humo que tose y asfixia a la caldera.
El humo en que se inmola
el tren de mis caricias
por mi cuerpo.
No recordaba —torpe— que a partir de mi infancia
juré prestar ese tren de vapor
a mis amigos.
con Steve Reich
(Cantara, en
El mundo era un prodigio.
UNAM,
colección El Ala del Tigre,
1998)
***
Credo
En la noche con la luz apagada
es más fácil mirar que creer en los ángeles.
Su lejanía (si existe) es de palabras:
lo que se dice a solas
lo que en la lengua duele.
Algunos son visibles todavía al final de la costa
—pero poco después desaparecen (la distancia
se vuelve una pupila);
tardos buques nocturnos
que dejan un silbido entre las manos:
mudanza de uno mismo de ausencia
el equipaje
por huesos flautas dulces
si alguien nos toca
ansioso.
—Si acaso sucediera, imagino
el naufragio del silencio.
Ángel gárgola hostiles dos tan cerca
somos cada palabra que decimos
porque este nuestro amor se cae de cera ardiente
donde Dios (solo Dios) pasa
despacio.
Hay otra anunciación tras los ojos del ángel
la última profecía de su ceguera:
la tierra es más redonda por los ojos redondos
con que la contemplamos y la hacemos girar con nuestros pasos.
No es por la luz del sol ni del infierno:
es un aceite impío azogue esperma que la voz estrangula.
Adónde están los solos a quienes una
—solo una— vez quisimos
ángeles de un instante de un ala
terriblemente quieta. Es la muerte el amor inalcanzable fuego
contraseña: el silencio es el rojo cuchillo de los besos.
Quiero no ser este animal que la humedad sostiene
entre sus alas. La ballena suicida por cuyo aceite peleen los marineros.
Sea el mar o ni siquiera la palabra que moja los rompientes.
Lejos quedan los solos: los hombres desplumados.
Muy lejos esas manos que buscan en un pozo
las plumas del amor en que flotaban.
(De otros amantes solos desnudos de zozobra
al fondo de mi cuerpo su casa nos espera).
Lejísimos los ojos de la vida
mirándonos
desde cualquier espuma.
El infierno también nace de un ojo y del aceite.
No iré allá. Solo tomo su llama.
Bajo un quinqué apagado veo lo que soy no añado no lamento
(pero ¿quién al mirarse no se quema?).
Busco a los marineros que siempre me asustaron:
los lobos están solos —son los solos.
Con ellos dejaremos este mundo de cicatrices largas
la rueda de la muerte y el dolor que da vueltas y naves y naufragios.
Nunca más seré un lobo del océano porque yo creo en los ángeles.
Entre la luz que pasa por la lluvia nos vemos
y nos basta.
Con su alma en media sombra
y la tierra girando muy despacio.
Un silencio más hondo que el cantar de los grillos
corre por nuestras venas:
mi sangre que en un árbol reencuentra sus raíces;
su voz que de madera invicta habla del árbol.
No todo lo que amamos se ha perdido si es que cantan los ángeles
con sordos resoplidos de ballena.
Toda la historia es falsa.
Solo es cierto mi amor.
Sanctus
para Eduardo Langagne
El ángel está hecho a imagen de los pájaros.
Se parece a mi madre —o mejor:
es mi abuela.
Ella es irrepetible.
Tal vez desde la muerte
no regresa, como vuelven los pájaros —ángeles terrenales
de tibia cera y nubes,
pero, quizá por eso, Dios inventó a los ángeles.
El ángel es exacto:
cuando la luz escurre, humedece su cuerpo.
Quien lo ama no está solo. Sonríe
a los otros ángeles.
Pero mi abuela ha muerto.
Zarabanda: retumba su tambor sobre tu tumba.
Es el desconocido, el
vulnerado.
Ángel ebrio de Dios, caído —un par de veces; el ángel
amoroso
cuyo vuelo guardó bajo la nuca —le decían
«contrahecho»
nomás por jorobarlo.
Por el mismo desierto de la vida, sin más agua en su boca
que sus manos, también se fue mi abuela
con el fardo de Dios
sobre su espalda.
Mírame ahora, mírame Tú con los ojos de animal de los ángeles.
Márcame para siempre entre los hombros.
Hunde mi cicatriz como señal de vuelo.
Morir es solamente tener un punto negro en la mirada.
Yo sé que moriré, pero no
ahora que estoy en vida de tocar las alas de los ángeles.
Mi vuelo ya no será inconcluso: estoy ebrio de Dios
para igualar los pasos de mi abuela.
Mírame, Dios, cómo me vuelvo un ángel:
semejanza e imagen de tus pájaros.
Desde casa, mis padres
me custodian.
Zarabanda: retumba su mirar sobre mis ojos.
Offertorium
Nadie más que la mano desarmada,
la tenue palma
y este dolor…
latido de muerte insomne.
Jaime Gil de Biedma
Estoy alerta mientras mi padre duerme la mitad de su cuerpo
entre las sábanas.
Déjenme que murmure el encaje de una oración que crece de esta
aguja en las horas de estos huesos callados que hacen su ruido
adentro para que no se escuchen por mi casa.
Tengo así como un aire que se escapa de mi ojo
que naufraga en su intento por drenar su mirada de otra mirada
triste que así se le recuerde.
Afuera de mi cráneo hay una veladora
que grita en llamaradas la salvación de un hombre.
Adentro millones de velitas apagadas
estorban a éstas mis manos frías que hurgan por si he dejado de
antes otro cirio allá afuera.
¡Qué oscuridad tan larga en tan poquito tiempo!
Hoy he visto que un parecido a vidrio llevamos en las manos.
Parecieran romperse
—frágiles escudillas para cargar la sangre—
pero solo se ensucian o se rayan.
Tiemblan las manos inconteniblemente
después de pronunciada la trombosis.
Callo ante esta palabra que vuelca nuestras vidas.
Después de oída en el oído profundo que el corazón conecta
con los huesos
ya no son más los huesos ni el oído
los que duelen.
(Entre los ojos queda una pequeña película de sal
donde los hijos somos los actores del miedo.)
Déjenme solo un rato con mi cuerpo.
Quiero sentirlo a plenitud ahora que duele.
El cansancio es un dolor mayor de lo que había temido.
Y la angustia es una invalidez que se aloja en mis manos.
Los dedos torpes para cargar un cuerpo que pareceque
muere pero lucha
teclean unas letras inmóviles ruidosas haciéndose a la idea de
una larga caricia.
(No quiero la caricia dilatada
sino el abrazo fuerte que en sus olas rompía
cualquier adiós posible.)
Con la especial tristeza de las cosas comunes
las que ambos —a la par— mantuvimos hundidas en la frente
digo que para amar es necesario haber
estado solo.
Lo sé tan bien ahora que por sentirme solo
puedo decirle «te amo»
tan solo
con el tacto.
Nunca fueron más torpes estos dedos
que ahora que recorren las últimas doce horas
de este día que comenzó de pronto
con la mitad del cuerpo
desvalido.
Mi padre está aferrado a su mitad
—aunque se duerme.
La otra mitad le corresponde a Dios
pero aún no despierta…
(Des(as)cendencia / Des(as)cendance.
Trad. al francés de Gabriel
Martín
y Jacky Santos Da Silva.
Écrits des Forges y
Mantis eds.,
1999)
***
Ebriedad de Dios
1
Uno vuelve, siempre, a los viejos sitios
donde amó la vida.
Armando Tejada Gómez
Esa tristeza lenta del recuerdo
se nos va desdoblando por la cara.
Y en lugar de los ojos
se humedecen dos profundas hogueras
en donde alguna vez frotamos nuestras manos
con las de un ser querido.
Entonces el amor era un barril de pólvora.
Una mecha muy corta nos unía.
Nuestra casa era un papel periódico
con un asombro nuevo en las noticias.
Pero llegó la lluvia y sus relámpagos.
Las hojas de la casa no fueron suficientes para
formar un barco
que nos sacara a flote.
Intenté resistir escribiendo en las hojas nuestra
casa quemada.
Naufragué por mis dedos.
Luego encontré en el vino las múltiples razones
para escapar de todo:
de mi madre y mis hijas, de ti
mi propia sombra.
Era increíble ver que en un vaso cupieran
la luz que yo buscaba y el fondo
inacabable
de lo que yo no quise.
Me alejé de la lumbre
para hallar en los hielos que enfriaban mis angustias un barrio conocido.
Allí, dueña de las paredes, las sábanas del vino me negaban los cláxones
el timbre del teléfono
el puño que golpeaba mi nombre por la puerta:
el contacto caliente con el piso.
Yo solo pedía tiempo, no a Dios.
Le pedí alguna calle, otra lepra en un vaso
otra memoria.
Me fui acabando entera
sin terminar el vaso —tan lleno— de mi vida.
Lenta, en verdad, la vida
a pesar del galope del inicio.
Apuro lo que bebo
y no se acaba
al contrario: es más lo que me culpa.
Cada uno se despide del mundo
como puede…
Yo pretendo el sigilo, para no avergonzarme
de no enfrentar los ojos de los tantos que me aman.
El vino es otra herida
inflamatoria
para que el hombre sepa de la muerte.
Sin embargo, cuando empiezo a morirme
Dios hace mucho ruido
y me despierta.
Y en lugar de ir a la cocina por un vaso
voy a la habitación de mis tres hijas, para mirar si duermen…
y besarlas, si puedo.
2
De niña me enseñaron que yo era una manzana
y el hombre era el cuchillo.
Las mujeres teníamos que lograr que nos pelaran
se hundieran hasta el mango en nuestra carne
y le dieran salida a las semillas.
Ya en espiral
—con nuestra piel deforme, oscura por el tiempo—
el amor podía ser algún mordisco
un apretar los dientes
y ser mujer
callando…
Pero yo no callaba… me decía en los poemas.
A golpes —como aprendió su madre—
fue lección de mi madre: la cocina es el mundo
de la mujer que calla.
Entre especias, vinagres y embutidos
esa dulce manzana de mi vida se llenó de gusanos.
No callaba: mis hijas me costaron, cuando menos, un grito.
El amor, esa lata carísima
se quedó en la alacena.
Un día, por buscarle acomodo al aguardiente
lo tiré a la basura.
Sé lo que hacen los lazos en todas las mujeres
aunque sean familiares.
Al encender el horno (¡ay, Sylvia Plath, te envidio!)
al picar la cebolla
lo recuerdo…
Las profundas estrías de la garganta
son mi paso de Dios
a la intemperie.
Perdí mi casa
cuando llegó el alcohol como el mesías.
Después perdí a mis hijas, una a una.
Pero rezaba, así, como callando: «Señor, ésta es tu sangre…»
Tu madre se nos muere les digo a mis tres hijas
luego de cada sorbo.
Ellas tan solo lloran, muy quedito
como diciendo: ¿cuándo!
3
Jamás voy sola a misa;
me llevo los pecados de mi esposo
y su esposa, uno o dos
de mis hijas, alguno de mi hermano
todos los de mi madre…
hasta llenar el bolso que hace juego conmigo.
Y Dios, distante y sin moverse
parece consternado ante mis confesiones.
Rezo en latín —como hacen las mujeres pecadoras—
y en español castizo, un sacerdote (sin mirarme a los ojos)
me da por penitencia un par de aves marías
que lanzo, pronta, al vuelo.
En casa
sin bolso ni tacones
me sirvo alguna copa de aguardiente
y observo largo rato un crucifijo.
Y sé que a Dios tampoco le hace gracia
el que vivamos juntos.
4
He visto a Dios de frente. Recién bajó de su moto-patrulla
luego de haber multado a quienes conducían su existencia a una
velocidad que se cree peligrosa para el resto del mundo.
Usaba el uniforme gris oscuro de ciertos militares de alto rango
henchido de galones y esa imponente cruz al mérito en batalla.
Lo pude ver en Auschwitz, a cargo de una hilera de mujeres desnudas
voz y labios resecos, los cabellos al rape, unidas con grilletes.
Sus ojos, moribundos, bien podrían ser mis ojos:
una pobre creyente, tan sola y humillada ante ese Dios enorme
que la observa
(la iglesia es otro campo de exterminio).
Cuando apenas buscaba mis papeles acaso algún permiso
de poeta el recio militar se descalzó las botas, arrancó sus medallas
la enorme cruz del pecho, el uniforme
Se mostró así, desnudo, con el cabello al rape
como lo imaginaba cuando niña.
Bebió un poco de vino de mis ojos
y después subió al cielo.
También he visto al hombre.
Sus ojos, como alambres, custodian
segundo tras segundo, mi celda
de pellejo
5
Beber
es regresar a la neblina
al vientre apolillado de mi padre
al origen del mosto.
Allí mis lentos pies desnudos retumbaban muy grandes cada paso.
Todo un andar de viñedo a barrica, cava, aorta;
siempre menos mi piel
y más sus dedos.
Estuve atada a golpes con mi padre.
Sin que nadie supiera, él me nombraba suya; yo lo nombraba todo.
Qué de palabras se quedaron pendientes de una soga
lavadas y exprimidas.
Qué de pinzas hicieron de mis párpados
un húmedo y muy frágil tendedero.
Cortina tras ventana mi madre vigiló
que mi vocabulario excluyera palabras amorosas.
Todavía las pronuncio y el recuerdo
del jabón de lejía hace un poco de espuma por mi lengua.
Pero fui descubriendo que el jabón de lejía no hace espuma en
el vino. Ni hace espuma la muerte.
6
Fue por el vino que descubrí mi cuerpo:
un pan ázimo, duro.
Igual conocí el horno
y el posible suicidio.
El pan quedó quemado
pero yo estaba cruda.
Perseguí mis migajas como si fuera Gretel
y el bosque tan enorme
y yo con tanto frío.
Envejecí en palomas
afuera de los templos.
Cuántos panes tan lejos de mis manos para mis otras aves.
Entonces apareció mi madre en la cocina
con sus nuevas recetas
con esa lista inmensa de lo que me hacía daño
Un tantito de alcohol o levadura la enervaban.
Mi madre, siempre un tuétano al horno
sin suficiente jugo.
Nada más los limones
de los pequeños y agrios, permitía de aderezo.
Lo demás era gula; y la gula, pecado.
Precocimos el pan, hirvió el atole.
Entre tés y remedios conservamos un cuerpo saludable
¿para quién?
Cuando guardo silencio, una manzana entera
oprimo entre mis dientes.
¿Qué me dio de comer cuando pequeña
que hoy todo me hace daño?
11
Con un beso
desencantaste a la mujer de la manzana.
Del descarrilamiento del migajón
de espera y levadura, fugitivos del bosque
regresamos a casa.
A nadie hay que decirle que encerramos
a la bruja del cuento en un horno encendido.
Ni que el lobo, con disfraz de cordero
quedó crucificado en una iglesia.
Volvemos de la mano.
Tú: molino de vapor, caña de azúcar.
Spin entre el oxígeno e hidrógeno, me uniste y separaste
de la tierra. Ancho de fe, robusto de palabras
ah, qué tanto tu amor y mi consuelo.
Yo: agua tras un cristal o gota ardida
gas elevado para intentar la lluvia y los ciclones
iceberg, copo, rocío pero jamás torrente.
Ninguno de los dos amaba al árbol.
No más ogros del bosque
cuando yo quiera un príncipe.
No mamá con sus rezos (uy, el lobo!)
ni mi abuela y sus pócimas
de engatusar a un ave.
No más tu amor de hermano
nomás en un murmullo
Ya no tu amor de padre
como herencia.
Yo amo al hombre.
Calzo, por él, la vida
de mi talla.
Dejo huellas profundas
con muchos más reflejos que una copa de vidrio.
Alacrán donde mi voz pisaba
no más el antes ni el después.
Vivo el ahora
como si en esto de vivir
no hubiera espacio.
Soy la mujer de pan (Hansel y Gretel)
la levadura que levanta las nubes
porque llueve;
el horno en que cocino
briznas de astro.
Vuelvo a la vida.
Llora una copa de árbol
su vino tan acedo.
Llueve.
Y esa sed vuelve a mí
añeja y consumida
cuando mis ojos ven lo que olvidaran.
Y vuelvo el cuerpo a Dios
tan vulnerable.
12
Con Dios me basta
dije
hace menos de un lustro.
Me lo colgué en el pecho
y relucía.
En caso de apreturas
en el monte me daban casi treinta monedas.
Eran muchos billetes
por un dije
Ahora digo que no valía la plata
sino el lustre.
Mis manos
artríticas, rugosas
dan cuenta de mi vida.
Uno a uno, los dedos
han señalado el rumbo, a los culpables;
pidieron la palabra o la otorgaron;
confirman que crecieron
mis asombros.
La punta de los dedos ha de ser mi tesoro
para leer en Borges la ceguera.
Radares ante el mundo
todo lo limpio
y tiento.
Pero es toda la mano la que aferra
o la que impone el alto, la que indica un saludo
cede sitio a los hombres
o acaricia.
Con las manos en cáliz he recibido el vino
que luego fue a mi boca.
Y unidas, más que nunca, doy las gracias
por el fin de una lenta, larguísima jornada
si amanezco.
Azul es todo el cielo de las uvas.
Mano a mano
el viaje con mi sombra no concluye.
Es la mano de Dios, tendida, franca
la que comienza el mundo
que desando.
Igual es la vejez: tiempo del tiempo
viñedo de la alguna vez hoja
musgo de la llovizna.
¿Cuántos dedos me faltan para concluir la ruta?
Con el cuerpo de Dios no es suficiente.
Todavía son mis manos dos asombros.
Y cada dedo mío le pertenece.
Con su nombre me basta para saciar el hambre.
13
En la ebriedad de Dios nos resecamos.
Con su nombre a la mano
dije
escribo.
Ya no más esa letra mayúscula
ilegible
esa oración extensa dolorosa
de un vino azucarado en las arterias
y un quedarse a morar en el vinagre.
No más el goterón de piel y fósforo
que expande sobre la hoja sus incendios.
No la bala perdida. No el revólver.
Azul es el veneno de la tinta.
Rojísima la pólvora en la carne.
La vena cava.
Profundo viaje al centro de uno mismo
la escritura del ser
es una borrachera interminable.
Nunca más la navaja de Ockham sobre el rostro de Dios
para saber que existe.
14
Eva y Adán tomaron una vid para ocultarse.
Como el nombre de Dios nunca debe decirse en forma inversa
para no descrear lo que por él fue creado
Eva no ha podido ser ave
Adán no ha podido hacer nada.
Porque no está en las uvas el prohibido saber de la manzana
Lejos ya de mis padres adoptivos, huérfana
de lo que en mí no crea
late en mi pecho una esplendente vid de grandes hojas
madre, a su vez, de un vástago de dulce
aroma y pulpa.
Ese fruto sagrado del poema quizá no va a salvarme
pero exprime hasta la última gota de mis dedos.
Ha vuelto el agua a aligerar la sangre
a deshacer el polvo
y la ceniza.
Rojísima es la sangre de los vivos.
(Fragmentos de
Ebriedad de Dios,
Ediciones Monte Carmelo,
2000)
***
Uno es solo la imagen de una nube
a la que el viento mueve.
Sin saber hacia qué cielo va
cuál tormenta ha dejado
qué figura.
Uno cierra los ojos
—por si estaban abiertos—
y sabe que la luz no está allá afuera.
Que no es un animal visible en lo invisible;
el primero [según Lezama Lima].
Uno sabe
—bendito en su ignorancia—
que el aire es el camino que han trazado los pájaros.
No existe ave que vuele
***
nagekidori
Mi corazón es la ciudad más grande que conozco.
Radiqué en sus orillas en la infancia.
Nadie me delató su desarrollo
hasta hoy que el cielo no se abre ante mis párpados.
Hubo un pomar
también una serpiente
pero no la mujer a la cual desvestir
de una mordida.
Desde cualquier instante ella me miraría
con rosas apagadas en los ojos tan verdes
de aquel mi nunca sueño.
Si dijera: “Abandona toda esperanza de encontrarme
en esta selva oscura”
yo pudiera seguir los medios pasos
que ha dejado mi sangre entre las nubes.
Solo hay manzanos y serpientes adentro de los ojos.
Nadie podrá culparme por haberla buscado
en las mareas del cuerpo.
*
Empecemos por delinear la tierra en el blanco del ojo.
Grafito cuyas huellas inauguren raíces aunque luego
se dé nombre a los árboles. Humo que deja el paso
de las aves que migran debajo del arco iris y por fuera
del iris hasta formar su nido en la pupila.
Río de la mujer que alimente los frutos que tentarán
al hombre cuando sea dibujado.
Costado del infierno que podamos llamar el paraíso
si alguien lo recupera desde el sueño.
Empecemos por la línea que separe el bien del mal
dentro del árbol. Digamos un samán (incluso si
no existe) aunque se represente como ceiba: en verdad
el clavel es una rosa es una rosa es una rosa el mundo
no parece jardín hasta que los colores complementan el trazo.
Antes que edén el ojo era tan solo llamas: coágulo
cristalino. Nadie lo llama rosa pero es clavel de todos.
Empecemos por mencionar la luz como un reptil
abandona la sombra que le prodiga el árbol. Su delgado pincel
marca los nudos y la madera
incendia. Porque la sed es mucha
se distancia del fruto
de su vientre
y persigue el jardín que es presa fácil para su sangre fría.
¿Este era el sueño: una rosa un clavel
y la mano que no acaba de resolver si los pinta
o los deja en su verde común bajo los pétalos?
Empecemos por borrar tanta sombra del ojo
al menos siete días para quitar la tierra que formaría
una lágrima y anegaría el jardín ya terminado o a punto
de concluir porque es domingo. Pero anular
es trabajo para algún dios oculto, padre de la ceguera,
señor de los reversos y corticosteroides.
De humor acuoso altamente inflamable el acto
de volver al negro del principio no
lo contemplo aún
entre
mis
planes
*
diario silvestre
A ese para quien todo se ramifica y crece en el vacío y escribe a diario su
y muriendo.
Elocuencia del humo
Todo ese ropaje de polvo, ese velo de piel
ferroviaria oscurecida…
Allen Ginsberg
Los rieles, afianzados al suelo, se estremecen
con el presagio de una locomotora insumisa de ruedas
acercándose, con desmedido impulso
a la estación de origen.
Ya se escucha el piafar de sus caballos
con sus crines al viento.
Esos humos oscuros, tan remotos
trotaban por el aire; en las nubes añiles
(de reflejos metálicos porque, tal vez, las ruedas destellaban
el acero cromado, el manganeso
esa armazón de rayos primeriza, luego placa, al fin rotor
que probaba correr a ciento veinte kilómetros por hora
dejando en los durmientes un suave hollín por rastro y pesadilla)
unas coces violentas reseñaban la huida
de quién
por qué
hacia dónde…
Uncidos por una larga brida de cuero, herraje y clavos
los vagones se avientan con premura, se abrazan y jadean
se estorban, pisan, saltan sin que jinete alguno los controle
(no hay un caballerango que sostenga el cabestro
la montura está suelta, el ronzal cuelga a un lado de la locomotora;
no hay pie sobre la espuela, ni manos en la albarda).
Qué sería del jinete
en cuál vagón buscarle
y desde cuándo…
Los rieles se encabritan ante un muro de piedra que pregona
con un fuete de polvo, el final del camino.
Un relincho angustioso relampaguea en las nubes.
Es el humo que tose y asfixia a la caldera.
El humo en que se inmola
el tren de mis caricias
por mi cuerpo.
No recordaba —torpe— que a partir de mi infancia
juré prestar ese tren de vapor
a mis amigos.
con Steve Reich
(Cantara, en
colección El Ala del Tigre,
1998)
***
Credo
En la noche con la luz apagada
es más fácil mirar que creer en los ángeles.
Su lejanía (si existe) es de palabras:
lo que se dice a solas
lo que en la lengua duele.
Algunos son visibles todavía al final de la costa
—pero poco después desaparecen (la distancia
se vuelve una pupila);
tardos buques nocturnos
que dejan un silbido entre las manos:
mudanza de uno mismo de ausencia
el equipaje
por huesos flautas dulces
si alguien nos toca
ansioso.
—Si acaso sucediera, imagino
el naufragio del silencio.
Ángel gárgola hostiles dos tan cerca
somos cada palabra que decimos
porque este nuestro amor se cae de cera ardiente
donde Dios (solo Dios) pasa
despacio.
Hay otra anunciación tras los ojos del ángel
la última profecía de su ceguera:
la tierra es más redonda por los ojos redondos
con que la contemplamos y la hacemos girar con nuestros pasos.
No es por la luz del sol ni del infierno:
es un aceite impío azogue esperma que la voz estrangula.
Adónde están los solos a quienes una
—solo una— vez quisimos
ángeles de un instante de un ala
terriblemente quieta. Es la muerte el amor inalcanzable fuego
contraseña: el silencio es el rojo cuchillo de los besos.
Quiero no ser este animal que la humedad sostiene
entre sus alas. La ballena suicida por cuyo aceite peleen los marineros.
Sea el mar o ni siquiera la palabra que moja los rompientes.
Lejos quedan los solos: los hombres desplumados.
Muy lejos esas manos que buscan en un pozo
las plumas del amor en que flotaban.
(De otros amantes solos desnudos de zozobra
al fondo de mi cuerpo su casa nos espera).
Lejísimos los ojos de la vida
mirándonos
desde cualquier espuma.
El infierno también nace de un ojo y del aceite.
No iré allá. Solo tomo su llama.
Bajo un quinqué apagado veo lo que soy no añado no lamento
(pero ¿quién al mirarse no se quema?).
Busco a los marineros que siempre me asustaron:
los lobos están solos —son los solos.
Con ellos dejaremos este mundo de cicatrices largas
la rueda de la muerte y el dolor que da vueltas y naves y naufragios.
Nunca más seré un lobo del océano porque yo creo en los ángeles.
Entre la luz que pasa por la lluvia nos vemos
y nos basta.
Con su alma en media sombra
y la tierra girando muy despacio.
Un silencio más hondo que el cantar de los grillos
corre por nuestras venas:
mi sangre que en un árbol reencuentra sus raíces;
su voz que de madera invicta habla del árbol.
No todo lo que amamos se ha perdido si es que cantan los ángeles
con sordos resoplidos de ballena.
Toda la historia es falsa.
Solo es cierto mi amor.
Sanctus
para Eduardo Langagne
El ángel está hecho a imagen de los pájaros.
Se parece a mi madre —o mejor:
es mi abuela.
Ella es irrepetible.
Tal vez desde la muerte
no regresa, como vuelven los pájaros —ángeles terrenales
de tibia cera y nubes,
pero, quizá por eso, Dios inventó a los ángeles.
El ángel es exacto:
cuando la luz escurre, humedece su cuerpo.
Quien lo ama no está solo. Sonríe
a los otros ángeles.
Pero mi abuela ha muerto.
Zarabanda: retumba su tambor sobre tu tumba.
Es el desconocido, el
vulnerado.
Ángel ebrio de Dios, caído —un par de veces; el ángel
amoroso
cuyo vuelo guardó bajo la nuca —le decían
«contrahecho»
nomás por jorobarlo.
Por el mismo desierto de la vida, sin más agua en su boca
que sus manos, también se fue mi abuela
con el fardo de Dios
sobre su espalda.
Mírame ahora, mírame Tú con los ojos de animal de los ángeles.
Márcame para siempre entre los hombros.
Hunde mi cicatriz como señal de vuelo.
Morir es solamente tener un punto negro en la mirada.
Yo sé que moriré, pero no
ahora que estoy en vida de tocar las alas de los ángeles.
Mi vuelo ya no será inconcluso: estoy ebrio de Dios
para igualar los pasos de mi abuela.
Mírame, Dios, cómo me vuelvo un ángel:
semejanza e imagen de tus pájaros.
Desde casa, mis padres
me custodian.
Zarabanda: retumba su mirar sobre mis ojos.
Offertorium
Nadie más que la mano desarmada,
la tenue palma
y este dolor…
latido de muerte insomne.
Jaime Gil de Biedma
Estoy alerta mientras mi padre duerme la mitad de su cuerpo
entre las sábanas.
Déjenme que murmure el encaje de una oración que crece de esta
aguja en las horas de estos huesos callados que hacen su ruido
adentro para que no se escuchen por mi casa.
Tengo así como un aire que se escapa de mi ojo
que naufraga en su intento por drenar su mirada de otra mirada
triste que así se le recuerde.
Afuera de mi cráneo hay una veladora
que grita en llamaradas la salvación de un hombre.
Adentro millones de velitas apagadas
estorban a éstas mis manos frías que hurgan por si he dejado de
antes otro cirio allá afuera.
¡Qué oscuridad tan larga en tan poquito tiempo!
Hoy he visto que un parecido a vidrio llevamos en las manos.
Parecieran romperse
—frágiles escudillas para cargar la sangre—
pero solo se ensucian o se rayan.
Tiemblan las manos inconteniblemente
después de pronunciada la trombosis.
Callo ante esta palabra que vuelca nuestras vidas.
Después de oída en el oído profundo que el corazón conecta
con los huesos
ya no son más los huesos ni el oído
los que duelen.
(Entre los ojos queda una pequeña película de sal
donde los hijos somos los actores del miedo.)
Déjenme solo un rato con mi cuerpo.
Quiero sentirlo a plenitud ahora que duele.
El cansancio es un dolor mayor de lo que había temido.
Y la angustia es una invalidez que se aloja en mis manos.
Los dedos torpes para cargar un cuerpo que pareceque
muere pero lucha
teclean unas letras inmóviles ruidosas haciéndose a la idea de
una larga caricia.
(No quiero la caricia dilatada
sino el abrazo fuerte que en sus olas rompía
cualquier adiós posible.)
Con la especial tristeza de las cosas comunes
las que ambos —a la par— mantuvimos hundidas en la frente
digo que para amar es necesario haber
estado solo.
Lo sé tan bien ahora que por sentirme solo
puedo decirle «te amo»
tan solo
con el tacto.
Nunca fueron más torpes estos dedos
que ahora que recorren las últimas doce horas
de este día que comenzó de pronto
con la mitad del cuerpo
desvalido.
Mi padre está aferrado a su mitad
—aunque se duerme.
La otra mitad le corresponde a Dios
pero aún no despierta…
(Des(as)cendencia / Des(as)cendance.
y Jacky Santos Da Silva.
Écrits des Forges y
Mantis eds.,
1999)
***
Ebriedad de Dios
1
Uno vuelve, siempre, a los viejos sitios
donde amó la vida.
Armando Tejada Gómez
Esa tristeza lenta del recuerdo
se nos va desdoblando por la cara.
Y en lugar de los ojos
se humedecen dos profundas hogueras
en donde alguna vez frotamos nuestras manos
con las de un ser querido.
Entonces el amor era un barril de pólvora.
Una mecha muy corta nos unía.
Nuestra casa era un papel periódico
con un asombro nuevo en las noticias.
Pero llegó la lluvia y sus relámpagos.
Las hojas de la casa no fueron suficientes para
formar un barco
que nos sacara a flote.
Intenté resistir escribiendo en las hojas nuestra
casa quemada.
Naufragué por mis dedos.
Luego encontré en el vino las múltiples razones
para escapar de todo:
de mi madre y mis hijas, de ti
mi propia sombra.
Era increíble ver que en un vaso cupieran
la luz que yo buscaba y el fondo
inacabable
de lo que yo no quise.
Me alejé de la lumbre
para hallar en los hielos que enfriaban mis angustias un barrio conocido.
Allí, dueña de las paredes, las sábanas del vino me negaban los cláxones
el timbre del teléfono
el puño que golpeaba mi nombre por la puerta:
el contacto caliente con el piso.
Yo solo pedía tiempo, no a Dios.
Le pedí alguna calle, otra lepra en un vaso
otra memoria.
Me fui acabando entera
sin terminar el vaso —tan lleno— de mi vida.
Lenta, en verdad, la vida
a pesar del galope del inicio.
Apuro lo que bebo
y no se acaba
al contrario: es más lo que me culpa.
Cada uno se despide del mundo
como puede…
Yo pretendo el sigilo, para no avergonzarme
de no enfrentar los ojos de los tantos que me aman.
El vino es otra herida
inflamatoria
para que el hombre sepa de la muerte.
Sin embargo, cuando empiezo a morirme
Dios hace mucho ruido
y me despierta.
Y en lugar de ir a la cocina por un vaso
voy a la habitación de mis tres hijas, para mirar si duermen…
y besarlas, si puedo.
2
De niña me enseñaron que yo era una manzana
y el hombre era el cuchillo.
Las mujeres teníamos que lograr que nos pelaran
se hundieran hasta el mango en nuestra carne
y le dieran salida a las semillas.
Ya en espiral
—con nuestra piel deforme, oscura por el tiempo—
el amor podía ser algún mordisco
un apretar los dientes
y ser mujer
callando…
Pero yo no callaba… me decía en los poemas.
A golpes —como aprendió su madre—
fue lección de mi madre: la cocina es el mundo
de la mujer que calla.
Entre especias, vinagres y embutidos
esa dulce manzana de mi vida se llenó de gusanos.
No callaba: mis hijas me costaron, cuando menos, un grito.
El amor, esa lata carísima
se quedó en la alacena.
Un día, por buscarle acomodo al aguardiente
lo tiré a la basura.
Sé lo que hacen los lazos en todas las mujeres
aunque sean familiares.
Al encender el horno (¡ay, Sylvia Plath, te envidio!)
al picar la cebolla
lo recuerdo…
Las profundas estrías de la garganta
son mi paso de Dios
a la intemperie.
Perdí mi casa
cuando llegó el alcohol como el mesías.
Después perdí a mis hijas, una a una.
Pero rezaba, así, como callando: «Señor, ésta es tu sangre…»
Tu madre se nos muere les digo a mis tres hijas
luego de cada sorbo.
Ellas tan solo lloran, muy quedito
como diciendo: ¿cuándo!
3
Jamás voy sola a misa;
me llevo los pecados de mi esposo
y su esposa, uno o dos
de mis hijas, alguno de mi hermano
todos los de mi madre…
hasta llenar el bolso que hace juego conmigo.
Y Dios, distante y sin moverse
parece consternado ante mis confesiones.
Rezo en latín —como hacen las mujeres pecadoras—
y en español castizo, un sacerdote (sin mirarme a los ojos)
me da por penitencia un par de aves marías
que lanzo, pronta, al vuelo.
En casa
sin bolso ni tacones
me sirvo alguna copa de aguardiente
y observo largo rato un crucifijo.
Y sé que a Dios tampoco le hace gracia
el que vivamos juntos.
4
He visto a Dios de frente. Recién bajó de su moto-patrulla
luego de haber multado a quienes conducían su existencia a una
velocidad que se cree peligrosa para el resto del mundo.
Usaba el uniforme gris oscuro de ciertos militares de alto rango
henchido de galones y esa imponente cruz al mérito en batalla.
Lo pude ver en Auschwitz, a cargo de una hilera de mujeres desnudas
voz y labios resecos, los cabellos al rape, unidas con grilletes.
Sus ojos, moribundos, bien podrían ser mis ojos:
una pobre creyente, tan sola y humillada ante ese Dios enorme
que la observa
(la iglesia es otro campo de exterminio).
Cuando apenas buscaba mis papeles acaso algún permiso
de poeta el recio militar se descalzó las botas, arrancó sus medallas
la enorme cruz del pecho, el uniforme
Se mostró así, desnudo, con el cabello al rape
como lo imaginaba cuando niña.
Bebió un poco de vino de mis ojos
y después subió al cielo.
También he visto al hombre.
Sus ojos, como alambres, custodian
segundo tras segundo, mi celda
de pellejo
5
Beber
es regresar a la neblina
al vientre apolillado de mi padre
al origen del mosto.
Allí mis lentos pies desnudos retumbaban muy grandes cada paso.
Todo un andar de viñedo a barrica, cava, aorta;
siempre menos mi piel
y más sus dedos.
Estuve atada a golpes con mi padre.
Sin que nadie supiera, él me nombraba suya; yo lo nombraba todo.
Qué de palabras se quedaron pendientes de una soga
lavadas y exprimidas.
Qué de pinzas hicieron de mis párpados
un húmedo y muy frágil tendedero.
Cortina tras ventana mi madre vigiló
que mi vocabulario excluyera palabras amorosas.
Todavía las pronuncio y el recuerdo
del jabón de lejía hace un poco de espuma por mi lengua.
Pero fui descubriendo que el jabón de lejía no hace espuma en
el vino. Ni hace espuma la muerte.
6
Fue por el vino que descubrí mi cuerpo:
un pan ázimo, duro.
Igual conocí el horno
y el posible suicidio.
El pan quedó quemado
pero yo estaba cruda.
Perseguí mis migajas como si fuera Gretel
y el bosque tan enorme
y yo con tanto frío.
Envejecí en palomas
afuera de los templos.
Cuántos panes tan lejos de mis manos para mis otras aves.
Entonces apareció mi madre en la cocina
con sus nuevas recetas
con esa lista inmensa de lo que me hacía daño
Un tantito de alcohol o levadura la enervaban.
Mi madre, siempre un tuétano al horno
sin suficiente jugo.
Nada más los limones
de los pequeños y agrios, permitía de aderezo.
Lo demás era gula; y la gula, pecado.
Precocimos el pan, hirvió el atole.
Entre tés y remedios conservamos un cuerpo saludable
¿para quién?
Cuando guardo silencio, una manzana entera
oprimo entre mis dientes.
¿Qué me dio de comer cuando pequeña
que hoy todo me hace daño?
11
Con un beso
desencantaste a la mujer de la manzana.
Del descarrilamiento del migajón
de espera y levadura, fugitivos del bosque
regresamos a casa.
A nadie hay que decirle que encerramos
a la bruja del cuento en un horno encendido.
Ni que el lobo, con disfraz de cordero
quedó crucificado en una iglesia.
Volvemos de la mano.
Tú: molino de vapor, caña de azúcar.
Spin entre el oxígeno e hidrógeno, me uniste y separaste
de la tierra. Ancho de fe, robusto de palabras
ah, qué tanto tu amor y mi consuelo.
Yo: agua tras un cristal o gota ardida
gas elevado para intentar la lluvia y los ciclones
iceberg, copo, rocío pero jamás torrente.
Ninguno de los dos amaba al árbol.
No más ogros del bosque
cuando yo quiera un príncipe.
No mamá con sus rezos (uy, el lobo!)
ni mi abuela y sus pócimas
de engatusar a un ave.
No más tu amor de hermano
nomás en un murmullo
Ya no tu amor de padre
como herencia.
Yo amo al hombre.
Calzo, por él, la vida
de mi talla.
Dejo huellas profundas
con muchos más reflejos que una copa de vidrio.
Alacrán donde mi voz pisaba
no más el antes ni el después.
Vivo el ahora
como si en esto de vivir
no hubiera espacio.
Soy la mujer de pan (Hansel y Gretel)
la levadura que levanta las nubes
porque llueve;
el horno en que cocino
briznas de astro.
Vuelvo a la vida.
Llora una copa de árbol
su vino tan acedo.
Llueve.
Y esa sed vuelve a mí
añeja y consumida
cuando mis ojos ven lo que olvidaran.
Y vuelvo el cuerpo a Dios
tan vulnerable.
12
Con Dios me basta
dije
hace menos de un lustro.
Me lo colgué en el pecho
y relucía.
En caso de apreturas
en el monte me daban casi treinta monedas.
Eran muchos billetes
por un dije
Ahora digo que no valía la plata
sino el lustre.
Mis manos
artríticas, rugosas
dan cuenta de mi vida.
Uno a uno, los dedos
han señalado el rumbo, a los culpables;
pidieron la palabra o la otorgaron;
confirman que crecieron
mis asombros.
La punta de los dedos ha de ser mi tesoro
para leer en Borges la ceguera.
Radares ante el mundo
todo lo limpio
y tiento.
Pero es toda la mano la que aferra
o la que impone el alto, la que indica un saludo
cede sitio a los hombres
o acaricia.
Con las manos en cáliz he recibido el vino
que luego fue a mi boca.
Y unidas, más que nunca, doy las gracias
por el fin de una lenta, larguísima jornada
si amanezco.
Azul es todo el cielo de las uvas.
Mano a mano
el viaje con mi sombra no concluye.
Es la mano de Dios, tendida, franca
la que comienza el mundo
que desando.
Igual es la vejez: tiempo del tiempo
viñedo de la alguna vez hoja
musgo de la llovizna.
¿Cuántos dedos me faltan para concluir la ruta?
Con el cuerpo de Dios no es suficiente.
Todavía son mis manos dos asombros.
Y cada dedo mío le pertenece.
Con su nombre me basta para saciar el hambre.
13
En la ebriedad de Dios nos resecamos.
Con su nombre a la mano
dije
escribo.
Ya no más esa letra mayúscula
ilegible
esa oración extensa dolorosa
de un vino azucarado en las arterias
y un quedarse a morar en el vinagre.
No más el goterón de piel y fósforo
que expande sobre la hoja sus incendios.
No la bala perdida. No el revólver.
Azul es el veneno de la tinta.
Rojísima la pólvora en la carne.
La vena cava.
Profundo viaje al centro de uno mismo
la escritura del ser
es una borrachera interminable.
Nunca más la navaja de Ockham sobre el rostro de Dios
para saber que existe.
14
Eva y Adán tomaron una vid para ocultarse.
Como el nombre de Dios nunca debe decirse en forma inversa
para no descrear lo que por él fue creado
Eva no ha podido ser ave
Adán no ha podido hacer nada.
Porque no está en las uvas el prohibido saber de la manzana
Lejos ya de mis padres adoptivos, huérfana
de lo que en mí no crea
late en mi pecho una esplendente vid de grandes hojas
madre, a su vez, de un vástago de dulce
aroma y pulpa.
Ese fruto sagrado del poema quizá no va a salvarme
pero exprime hasta la última gota de mis dedos.
Ha vuelto el agua a aligerar la sangre
a deshacer el polvo
y la ceniza.
Rojísima es la sangre de los vivos.
(Fragmentos de
Ebriedad de Dios,
2000)
***
Uno es solo la imagen de una nube
Sin saber hacia qué cielo va
cuál tormenta ha dejado
qué figura.
Uno cierra los ojos
—por si estaban abiertos—
y sabe que la luz no está allá afuera.
Que no es un animal visible en lo invisible;
el primero [según Lezama Lima].
Uno sabe
—bendito en su ignorancia—
que el aire es el camino que han trazado los pájaros.
No existe ave que vuele
con un ala.
Ni aire
que le abra paso.
Uno dice saber todos los días
lo que el tiempo ha dejado en los troncos del árbol.
Mira un círculo y cree que es superior a las raíces porque (quizá)
es perfecto.
Uno se asoma al nido y le parece pobre el mobiliario.
En cambio, uno tiene en su casa lámparas de cristal, sillones de
caoba cortinajes y alfombras del oriente.
Pero el árbol, tocado por el aire, también es una nube
cuya sombra cada minuto cambia.
El árbol niega el tiempo en sus hojas y pájaros.
No se deja apresar con sus anillos.
Las anclas de cristal y sedería
hacen que uno carezca de las plumas
con que vuelan los árboles.
Entonces solos, lentos y vulnerables
exhalamos las nubes
—vahos de la tierra—
que nos dicen adiós.
Y arrepentidos, vulnerables y solos
una locomotora (la nuestra, la de siempre) nos deja
—vaya culpa—
con las ventanas rotas.
Si las jaurías del viento detrás de uno
casi quiebran la tierra
el horizonte
—la línea de los ojos—
refuerza su ventana:
la transparencia también es una nube
la sombra
entre dos árboles.
Uno es raíz de muchos. Lo sabe uno.
No deja de ser piedra.
Polvo después (como antes), uno cabalga en las hormigas rojas
que habrán de conducirlo hasta su muerte.
No hay otro fin que el agua.
Uno vuelve a la nube cuando es nadie (entonces llora).
Cuando uno ya es ninguno
la luz está en los otros.
a Javier Narváez
Ni aire
que le abra paso.
Uno dice saber todos los días
lo que el tiempo ha dejado en los troncos del árbol.
Mira un círculo y cree que es superior a las raíces porque (quizá)
es perfecto.
Uno se asoma al nido y le parece pobre el mobiliario.
En cambio, uno tiene en su casa lámparas de cristal, sillones de
caoba cortinajes y alfombras del oriente.
Pero el árbol, tocado por el aire, también es una nube
cuya sombra cada minuto cambia.
El árbol niega el tiempo en sus hojas y pájaros.
No se deja apresar con sus anillos.
Las anclas de cristal y sedería
hacen que uno carezca de las plumas
con que vuelan los árboles.
Entonces solos, lentos y vulnerables
exhalamos las nubes
—vahos de la tierra—
que nos dicen adiós.
Y arrepentidos, vulnerables y solos
una locomotora (la nuestra, la de siempre) nos deja
—vaya culpa—
con las ventanas rotas.
Si las jaurías del viento detrás de uno
casi quiebran la tierra
el horizonte
—la línea de los ojos—
refuerza su ventana:
la transparencia también es una nube
la sombra
entre dos árboles.
Uno es raíz de muchos. Lo sabe uno.
No deja de ser piedra.
Polvo después (como antes), uno cabalga en las hormigas rojas
que habrán de conducirlo hasta su muerte.
No hay otro fin que el agua.
Uno vuelve a la nube cuando es nadie (entonces llora).
Cuando uno ya es ninguno
la luz está en los otros.
a Javier Narváez
*
Si olvidamos la luz, siempre regresa.
Apenas se abre un ojo, su creencia se extiende y lo ilumina. Ni la muerte que recubre
Así como la luz es un cuestionamiento
el dolor es un ojo que nos ve desplazarnos o desplegar raíces. Posee, de la misma
El dolor de la luz se ha forjado en el fuego de todas las preguntas
Así llego al dolor: ¿por qué tu enfermedad me ha convertido en roca, pero una roca
Y sin embargo
(como todo se mueve)
me pongo de rodillas
(lo más quieto que puedo)
y busco algo de Dios en tu mirada.
Si tu fin está cerca (la parte de tu muerte)
pido al dios del dragón que me permita realizar entre mis huesos
fláccidos
una antorcha
para arder el veneno
que te apaga
suplico al dios de la rosa alguna espina (que yo puse)
para rehacer con ella mi costado
ruego al dios de la roca hacer un zapapico con mis ojos
para llenar el mundo de agujeros (la parte de tu muerte) por donde
entre la luz de la esperanza (que me doy).
Si todo fuera inútil
(por el dolor inútil)
pido al dios de los hombres que me otorgue una muerte
(la parte de tu muerte que me doy)
tan cierta como lo sea tu muerte
(la parte de tu muerte que yo puse)
para estar los dos
juntos
(ya muy quietos):
el uno iluminado por el otro
compartiendo una piedra
inmarcesible.
(Luz de los otros,
Universidad Juárez Autónoma
de Tabasco,
colección Carlos Pellicer,
2002)
N. A.: Las itálicas forman parte, a modo de sampleo, de la “Conversación”, con Jaime Gil de Biedma.
En las certezas de la vida
en su espacio íntimo
podemos ser
y estar
solos.
Pero el dolor
¿escapa con la luz
cuando al cerrar los ojos muere desamparada
la imagen que tenemos sobre el mundo?
Aquí estuvo la luz
hace millones de años, parece que nos dice el párpado obturado del dragón
en su espacio íntimo
podemos ser
y estar
solos.
Pero el dolor
¿escapa con la luz
cuando al cerrar los ojos muere desamparada
la imagen que tenemos sobre el mundo?
Aquí estuvo la luz
hace millones de años, parece que nos dice el párpado obturado del dragón
de Komodo, el pétalo
marchito de la rosa o la veta con hongos de la piedra
caliza. Su
desaparición no fue inmediata. Primero fue una niebla la que
amuebló las huellas de los seres que se movían despacio por el agua.
Después el
fango que escurrió de sus cuerpos al ir quedando inmóviles.
Al final era polvo
lo que sobresalía de sus tumbas. Así nació el olvido.
Si olvidamos la luz, siempre regresa.
Apenas se abre un ojo, su creencia se extiende y lo ilumina. Ni la muerte que recubre
los párpados con el
azul del agua puede negar que existe. Ni los hongos que enne
grecen la voz en el
esófago. La luz es la memoria que se olvidó un instante y se volvió
infinita.
Pero siempre regresa, desde la negación del pensamiento, a la naturaleza, a la
carne, al instinto. Inclusive la roca, que una vez se movió (al inquietar sus
pasos),
quedó clavada en tierra para siempre por el astil de luz de sus
preguntas.
Así como la luz es un cuestionamiento
el dolor es un ojo que nos ve desplazarnos o desplegar raíces. Posee, de la misma
manera, su neblina y su
mosto. Es de la arcilla pálida que le sobró a la piedra, al polen
y a la
escama. Carece, por lo tanto, de toda cualidad de la salivación de los dragones
y
puede ser pinchada por la rosa del llanto sin encontrar consuelo. El dolor se
acomoda
en los hombres en su costilla falsa. Pero nada es más cierto que el
dolor que produce en
los pulmones o la incapacidad del canto en su garganta. Es
el parto de sangre para la
última rosa. El réspede que lo une a lo ancestral, a
lo más primitivo de las piedras.
La calcificación de la luz hace de nuestro
cráneo el hogar prodigioso para los caracoles
que pueden ser los ojos. Siempre
cambian de concha, pero nunca de luz.
El dolor de la luz se ha forjado en el fuego de todas las preguntas
entre todos los hombres. No
hay ningún inocente. Tampoco responsables. La vida es
ese andar oblicuo del
cangrejo (también un ermitaño) que busca alguna cuenca para
formar su casa. En
su inmortalidad imaginaria parece desdecir lo que ha vivido: cada
paso que
borra es el paso que ha andado. Igual hace la piedra (de modo sigiloso).
Podemos suponer que la roca es un cangrejo muerto que ha tapado el olvido con
su
polvo, que confundió la cuenca con la tumba. Pero sería inexacto. La roca,
mientras
más ignorante, más se mueve. El animal más sabio se convertirá en
piedra. Sin más por
descubrir. Sin nada que lo inquiete. Ni siquiera la luz,
pues su divinidad es indolora
(los hongos necesitan de lo oscuro, de la humedad
del pecho, por donde corre el llanto
de lo que no se dijo).
Así llego al dolor: ¿por qué tu enfermedad me ha convertido en roca, pero una roca
oscura, con ceniza del
cielo?, ¿el amor no nos basta para sellar el pecho al dragón que
es inmune a
los otros dragones o al polvo que reseca el estambre con el que nos
tejimos?
¿Debe morir la flor sin darse cuenta? ¿Era extensiva la maldición genésica a
todos los reptiles? El hombre no renace del humus de sus muertos. El hombre no
camina. Se arrastra por la tierra. Hasta quedar exhausto, como roca… sin su
sabiduría.
Convidado a la luz de un fuego primitivo que siempre le resulta
doloroso, que
incendia su garganta aunque guarde silencio. Y derrite sus huesos
y su sangre. Y lo
que prolifera son los hongos de una mala experiencia de la
infancia, el rencor, la
impotencia, los duendes que crecieron a costa de una
risa que se nos va apagando, de
los ojos que casi se nos cierran, del ogro al
que le queda chico nuestro cuerpo y el amor
que pudiera atravesarlo. No hay
astiles. No hay luz. Lo que fue en el silencio cubre
otra vez al mundo.
Dejo la flor de la esperanza en estas páginas que yo mismo enveneno antes de darles
Dejo la flor de la esperanza en estas páginas que yo mismo enveneno antes de darles
vuelta (en nombre de la
rosa).
Debo cerrar el libro
marchito de mis ojos.
Y sin embargo
(como todo se mueve)
me pongo de rodillas
(lo más quieto que puedo)
y busco algo de Dios en tu mirada.
Si tu fin está cerca (la parte de tu muerte)
pido al dios del dragón que me permita realizar entre mis huesos
fláccidos
una antorcha
para arder el veneno
que te apaga
suplico al dios de la rosa alguna espina (que yo puse)
para rehacer con ella mi costado
ruego al dios de la roca hacer un zapapico con mis ojos
para llenar el mundo de agujeros (la parte de tu muerte) por donde
entre la luz de la esperanza (que me doy).
Si todo fuera inútil
(por el dolor inútil)
pido al dios de los hombres que me otorgue una muerte
(la parte de tu muerte que me doy)
tan cierta como lo sea tu muerte
(la parte de tu muerte que yo puse)
para estar los dos
juntos
(ya muy quietos):
el uno iluminado por el otro
compartiendo una piedra
inmarcesible.
(Luz de los otros,
Universidad Juárez Autónoma
de Tabasco,
colección Carlos Pellicer,
2002)
N. A.: Las itálicas forman parte, a modo de sampleo, de la “Conversación”, con Jaime Gil de Biedma.
***
nagekidori
Mi corazón es la ciudad más grande que conozco.
Radiqué en sus orillas en la infancia.
Nadie me delató su desarrollo
hasta hoy que el cielo no se abre ante mis párpados.
Hubo un pomar
también una serpiente
pero no la mujer a la cual desvestir
de una mordida.
Desde cualquier instante ella me miraría
con rosas apagadas en los ojos tan verdes
de aquel mi nunca sueño.
Si dijera: “Abandona toda esperanza de encontrarme
en esta selva oscura”
yo pudiera seguir los medios pasos
que ha dejado mi sangre entre las nubes.
Solo hay manzanos y serpientes adentro de los ojos.
Nadie podrá culparme por haberla buscado
en las mareas del cuerpo.
*
Empecemos por delinear la tierra en el blanco del ojo.
se dé nombre a los árboles. Humo que deja el paso
de las aves que migran debajo del arco iris y por fuera
del iris hasta formar su nido en la pupila.
Río de la mujer que alimente los frutos que tentarán
al hombre cuando sea dibujado.
Costado del infierno que podamos llamar el paraíso
si alguien lo recupera desde el sueño.
Empecemos por la línea que separe el bien del mal
dentro del árbol. Digamos un samán (incluso si
no existe) aunque se represente como ceiba: en verdad
el clavel es una rosa es una rosa es una rosa el mundo
no parece jardín hasta que los colores complementan el trazo.
Antes que edén el ojo era tan solo llamas: coágulo
cristalino. Nadie lo llama rosa pero es clavel de todos.
Empecemos por mencionar la luz como un reptil
abandona la sombra que le prodiga el árbol. Su delgado pincel
marca los nudos y la madera
incendia. Porque la sed es mucha
se distancia del fruto
de su vientre
y persigue el jardín que es presa fácil para su sangre fría.
¿Este era el sueño: una rosa un clavel
y la mano que no acaba de resolver si los pinta
o los deja en su verde común bajo los pétalos?
Empecemos por borrar tanta sombra del ojo
al menos siete días para quitar la tierra que formaría
una lágrima y anegaría el jardín ya terminado o a punto
de concluir porque es domingo. Pero anular
es trabajo para algún dios oculto, padre de la ceguera,
señor de los reversos y corticosteroides.
De humor acuoso altamente inflamable el acto
de volver al negro del principio no
lo contemplo aún
entre
mis
planes
*
diario silvestre
A ese para quien todo se ramifica y crece en el vacío y escribe a diario su
atmósfera de flores. Aire que le respira, polen que lo sustenta y hace girar
el sol. Pétalo de lo ya no querido. Espina que se anota por si llega a olvidarse.
A ese que disecciona el tallo de su virilidad con lo más delicado de este mundo:
lo que no es y florece al darle trazo al día. Noche abierta en un lienzo, en papel
oriental, en el arroz invento de una página en blanco. A ese hay que decirle que
basta la raíz para creer en el árbol. En tanto verdegris de tantas hojas ha encon
trado su oficio de poeta.
La rosa es una rosa es el azor que separa a otras aves de otros cielos: muro pleno
de hiedra, levigación del cuerpo entre la tinta. Reptil que nos rodea con sus pala
bras. Si existe el paraíso es por pintar un árbol y no por la manzana ni quien la
haya mordido. A ese le agradezco, por un golpe de dados de su imaginería,
conocer el pecado.
a José Antonio Castillo
*
clavel de todos
Hace mucho silencio que el vidrio
de mis labios no se quiebra.
Este clavel ya no me deja el agua
de la palabra rosa.
Ha muerto mi madrastra
(quien ungiera de alcohol lo que escribimos).
Sus ojos arrogantes ya sin gritar porqué se clavan en las manos
y ese pecho que tiene de infarto a la familia
los últimos cinco años.
Me llevó varios duelos antes de sepultarla
y con tal compasión (ella dijo insolencia) que soy más pobre en
rosas. La piedra de sus puños aún resuena en mi sangre
con cada coz palada de ceniza que dejó por herencia
a quienes no la amaron.
Este clavel nos une para que deshojemos
el llanto de su envidia
y pueda seguir río que escuchamos de cerca
pero ya no nos hunde.
*
ejercicio de luz
Esta luz de piedad inagotable que de muy lejos viene
para también buscarnos
en las sombras del agua dejó una flor de hielo que se asfixia
con la ilusión de un astro. Ya
con eso parece estar tranquilo
el hombre no olvidado por el hombre quien regresa
a su origen memorioso
solo con disparar contra una rabia ajena
moribunda que no cierra la boca.
La misma luz que muestra arrodillada un rasguño en el aire
secreto en las orlas que ni el viento supone
viajan a sus costillas transparentes
da polen a la flor.
De tal olvido nace la serpiente de pólvora
que se enrosca en tus manos cuando frotas las horas
de la vida contra el humo infinito de lo que no tuviste.
En sus pétalos liba una esperanza
con alas pequeñísimas y vuelo presuroso
hacia ningún destino ya trazado
pero que reconoce la extraña misma luz que surge de la vela
oscureciéndose.
*
*
clavel de todos
Hace mucho silencio que el vidrio
de mis labios no se quiebra.
Este clavel ya no me deja el agua
de la palabra rosa.
Ha muerto mi madrastra
(quien ungiera de alcohol lo que escribimos).
Sus ojos arrogantes ya sin gritar porqué se clavan en las manos
y ese pecho que tiene de infarto a la familia
los últimos cinco años.
Me llevó varios duelos antes de sepultarla
y con tal compasión (ella dijo insolencia) que soy más pobre en
rosas. La piedra de sus puños aún resuena en mi sangre
con cada coz palada de ceniza que dejó por herencia
a quienes no la amaron.
Este clavel nos une para que deshojemos
el llanto de su envidia
y pueda seguir río que escuchamos de cerca
pero ya no nos hunde.
*
ejercicio de luz
Esta luz de piedad inagotable que de muy lejos viene
para también buscarnos
en las sombras del agua dejó una flor de hielo que se asfixia
con la ilusión de un astro. Ya
con eso parece estar tranquilo
el hombre no olvidado por el hombre quien regresa
a su origen memorioso
solo con disparar contra una rabia ajena
moribunda que no cierra la boca.
La misma luz que muestra arrodillada un rasguño en el aire
secreto en las orlas que ni el viento supone
viajan a sus costillas transparentes
da polen a la flor.
De tal olvido nace la serpiente de pólvora
que se enrosca en tus manos cuando frotas las horas
de la vida contra el humo infinito de lo que no tuviste.
En sus pétalos liba una esperanza
con alas pequeñísimas y vuelo presuroso
hacia ningún destino ya trazado
pero que reconoce la extraña misma luz que surge de la vela
oscureciéndose.
*
[ vier letzte lieder]
Frühling
Unos meses mi sangre fue tu sangre
mi voz
se acompasó a tu vida y los ojos
se volvieron hermanos incestuosos.
Se llenaron de verde mis pestañas (y mis sienes de blanco)
y mi cuerpo mordías de un amor entredicho que no era tanto amor
pero yo lo soñaba donde las cicatrices.
Te deseaba de amor y amoraba el deseo al mismo tiempo.
Y el tiempo tuvo frutos de tres y piel extraña.
Cuando en lugar de un beso fue un rasguño e
n vez de algún te quiero hubo una ofensa
y mis brazos (y abrazos) no bastaron para cesar tu errancia
en las arterias de otra ciudad o de tu misma casa
—mi corazón no cabe en un Volkswagen—
no hubo lugar en mí que no se tropezara con lo que tú habías dicho.
La honestidad también es dolorosa.
Es un rasguño más
pero más
hondo.
Es una mordedura con cuchillos.
La caladora que nunca aprendí a usar
(era un pendejo).
Ahora vuelvo los ojos (once pasos atrás —como castigo)
y añoro las pequeñas ternuras que todo niño anhela;
ese rostro (quizá no tan perfecto)
que no busque un espejo (el íncubo que lo hace ser más libre
por contraste)
sino esa toalla limpia que yo tengo en las manos.
Sin embargo mi amor no es un deseo.
No es una primavera tan efímera.
No fue una madrugada.
Tengo una cicatriz que miro a diario. Que no dejo sanar
para saberte cerca
(lo ves: también estoy enfermo
de una sangre amorosa y contagiante).
Se diría la memoria de un suicidio.
Pero, lo sabes bien, ya no tengo memoria.
September
No llegamos a España ni a septiembre.
No juntos, por lo menos.
Viene el recomenzar la vida desde sus pasos últimos.
Sigue dejar la vista sobre las catedrales que me enseñaste a ver
con los ojos sin Dios que son tan tuyos.
Me quedaré con ganas de algún beso.
De un poema.
Un aplauso.
Cantaré en mis adentros ese “Tú” de Torroja
que a veces fuimos tú.
No daré explicaciones a tu madre
(ya podrá adivinarlo).
Septiembre es otro mes y nadie lo cuestiona.
La ausencia, el cáliz que se aparta de España (y de Vallejo).
El amor, esos golpes «como el odio de Dios»
que no estaba en tus ojos.
Y que yo siempre quise, esperando
a un heraldo (aunque negro) entre las catedrales.
Pero yo soy un ciego
y tú no vas
a misa.
Beim schlafengehen
Del sueño de unos meses
quedan cuatro canciones, un rasguño
un amigo y una esperanza que yo no sé explicarme.
Jessye Norman no fue lo que esperabas.
Yo no entendí a Mike Oldfield
ni tú a Górecki o Glass.
Íbamos a dormir
(cada cual por su lado
pero juntos)
y en esto del amor la música nos dijo
lo que no compartíamos.
Ahora queda el silencio de estas cuatro canciones.
Es mi último regalo: te gusta el alemán
y yo te gusto.
También fue un gran regalo despedirme de ti
sabiendo que me quieres
y que ambos compartimos El pájaro de fuego de
Stravinsky.
Que me gustas, te quiero y Strauss irá contigo
para que no lo calles.
Im abendrot
(extrañaré tus chistes)
Este cedro violáceo del crepúsculo
es el rasguño que Dios puso por ti (en la mano del día)
para doler que hay alguien que aplaude cuando canto.
Custodio funerario del corazón
que no tendrá tu cuerpo;
hoja que aquí termina de caer
como se cae la vida.
Yo me quedo sin nada.
Ni mitad del amor, ni mitad del deseo. T
ienes toda la suerte de los solos.
Sigue mi amor por ti
intacto
como las catedrales e iglesias
que visites.
Dios, desde su propia casa
habrá de bendecirte
por mí
sin un rasguño.
A espaldas de Dios
ω
Du reste, toute parole étant idée, le temps dun langage universel
viendra!
viendra! Cette langue sera de lâme pour lâme, resumant tout,
parfums, sons, couleurs...
parfums, sons, couleurs...
Rimbaud
(Carta a Paul Demeny, 15 de mayo de 1871)
parfums, sons, couleurs...
Rimbaud
(Carta a Paul Demeny, 15 de mayo de 1871)
La lingua ch’io parlai fu tutta spenta
innanzi che al’ovra inconsummabile
fosse la gente di Nembròt attenta:
Ché nullo effetto mai razionabile,
per lo piacer uman che rinnovella
seguendo il cielo, sempre fu durabile.
Opera naturale è chiauom favella;
ma così o così, natura lascia
poi fare a voi secondo che viabbella.
Dante
α
Al llegar a hombre
Dios se puso de espaldas a sí mismo.
La tierra de sus manos era la única tierra
sin embargo existían otros mundos de un
recuerdo deshabitado aún.
Este hombre estaba solo entre las solas cosas.
Se deshacía
en crear sus nuevas piedras y árboles
y no encontraba sombra que dejara a la luz echar raíces.
No había amor en sus labios
el corazón del ojo andaba ciego
y sorda la nostalgia le frenaba el instinto
de amanecer un día siendo piel en la vida de otros hombres.
Tarda muerte el olvido volaba entre los pájaros.
Urdimbre de vocablos con un trino por inmediata brújula
vértebras impalpables en las lamias que engendrarían
dragones y sirenas
si existiese un larvario en el amate.
Pero escribir del reino de la vida no formaría la vida
sin un grano de sal pulverulenta
sobre la hoja vacía. Sin
las arboladuras celestes de las olas
que desgastan la voz
contra los riscos del silencio
y el hambre
(tardo olvido la muerte).
En ese primer día de la marea
Dios recogió del barro la figura
que antes hizo en el sueño
y la puso en su trono para no estar ausente.
Así bajó a la tierra
que desbordó sus manos.
β
Abetos. Focas. Nieve.
En qué lugar estaba Dios
que todo yacía blanco y silencioso
igual que él estuviera entre las nubes que había
dejado lejos.
Lo llamaban Atlántida las olas
pero el hombre no podía articular esa palabra
sin que sintiera el frío más secreto
de los peces. Una espina
en sus venas. Musgo que parecía gatear
bajo los arrecifes de sus dientes.
Qué lugar tan sin dios
y con este hombre a cuestas de su paso.
γ
Acto de fe lo llama este hombre:
cuando quiso decir el nombre de los mares
todo cubrió de verde
levantaron el vuelo las palmeras
y anidó entre las rocas el recuerdo de lo que había en la Atlántida.
Humareda de fe que se levanta de la misericordia
del inicio del agua y del retorno al vna.
Aquí no es más la angustia la que rueda
porque te miro -los ojos ya lavados-
y te arropo con un silencio limpio
antes de acomodarte
entre mis sueños.
ν
Por la espalda de Dios nacen los niños.
Al costado del hombre, las mujeres.
Su boca es la del pez.
Sus ojos, aves.
Sin embargo la música le llega de los sueños
que tocan los amantes cuando comparten cama.
ξ
Este plato donde todos los días
comulgamos la sopa
-su grito más entero y mineral-
se hizo con una arcilla milenaria
(tenazas de crustáceos)
que camina en los dedos
al tocarnos.
Es el amor (la ternura caliente)
lo que desborda el plato.
ο
a Emilio Alanís Covarrubias
El silencio se instala en la más tierna cáscara
de un niño.
Ni los responsos pueden borrarle la sonrisa
que se quedó en el rostro
para pasar la vida
porque se echó a volar
tras un cometa.
Ahora el niño y sus padres envuelven una lágrima
en los suaves pañales de Lisboa
mientras con voz de leche
Dios escribe un poema
en las bardas
del cielo.
π
Ni el salmón está triste
ni el pescador contento.
La muerte, mientras tanto
navega
silenciosa
por otras manos secas.
El mar no se ha enterado de los dramas del mundo.
Los niños que seremos
miran caer el agua
de un poema.
Y Dios se va a buscar al hombre amado
mientras se cierra el cielo.
ρ
Dios no deja de pensar en estos hombres
que se hacen uno al otro
mientras se aman.
Y no se siente Dios.
Nada fue hecho por él que no se le parezca.
Es
tan solo
un espejo ya
quebrad
o.
σ
El hombre también es otro dios
adolorido
por todo lo no creado.
τ
Dios descubre su nombre ante los ciegos.
Antes que reverenciarlo
lo construyen
de un silencio de greda.
Cabe Dios en la flor
que pueden leer las manos si lo siembran
con su misma caricia.
Pero no dicen flor ante los hombres que la miran
porque pudieran derribarla.
υ
Cuando Dios se cree Dios
es menos hombre.
φ
Hizo
efímero
al hombre
en un instante
eterno.
Al herirse el costado anidaron dos rosas
en sus ojos
y acompañó a su sangre
un aleteo de buitres que intentaron asirlas
entre gritos.
Dios vive de nacer entre los hombres
si al observar su llaga ven las flores más rojas
y espantan a las aves
a costa de su vida.
Luego vendrán los hombres que traen un buitre al hombro
y no creen en las flores porque no hay sol en lo alto.
¾La noche los alumbre con sus sombras.
Al igual que las flores, el hombre
proporciona su perfume
cuando muere.
χ
para Antonio Porchia
Más llanto que llover
es observar los ojos de este Dios inundado
de los muchos recuerdos
que no sabe.
Su dolor va adelante: hace sombra a los otros
que lo han amado exiguos con sus cuerpos
arropados en la oración nocturna
los hábitos de la ira
la tormenta.
Llevan su dios al diablo del pecado
para crucificarlo muchas veces.
Para el hombre, la cruz
la forma el ser bienquisto
que lo abraza.
Dios lo atestigua
y ríe.
ψ
Para mostrar su existencia, Dios
se hizo hombre.
Y descubrió en el hombre su vocación
de luz.
Siempre apagó su fuego cuando otro aceite ardía
entre la soledad, los sueños, la nostalgia.
Hoy desanda los pasos que asombraron la nieve de la Atlántida.
Van sus puños vacíos para guardar
lo que contuvo en ellos:
el fósforo
naciente
de su voz
en la tierra.
Solo a Dios le fue dado conservar tal pureza.
ω
Vuelve a su trono el hombre
a la diestra del sueño que lo hace renacer
cada mañana.
Se ha olvidado de Dios
y de la tierra nueva que descubriera un día en la espalda
del otro que dijera llamarse como él mismo.
Y por si falta
hiciera
toma un poco de la mínima luz que agoniza en sus ojos
y la siembra en sus labios.
Por si el amor florece también en las alturas.
Al igual que las flores, el hombre
proporciona su perfume
cuando muere.
El cielo más líquido,
Mantis eds.,
colección Liminar,
2006.
Segunda edición,
Español-portugués,
Selo Sebastiao Grifo,
UANL y Mantis editores,
2008).
***
Excavación del aire
Allá lejos —Là-bas— hubo una piedra hundida
donde el aire pareció detenerse.
Un trozo de basalto —vestigio de cuando los volcanes
eran los dictadores del reino mineral y las plantas
(todas desconocidas) peleaban con el humo
por la tierra—
parecía milagroso entre la lava ardiendo.
Piedra mayor que el polvo diamante de lo intacto
se mojaba de musgo; al aire
ardía.
Con sus huellas verdosas resbalaba un camino
de ceniza y de fuego:
escritura de calcio rupestre y cuneiforme
en los huesos del aire
la voz —de primigenia hechura—
se solidificaba.
Y qué decía —Là-bas—
que allá lejos
en el mundo ficticio de los tiranosaurios
las migalas intentaron asirla
con sus dientes.
Cómo la tradujeron los nuevos celacantos
si allá lejos —Là-bas—
en las profundidades
ningún megalodonte vio el signo
del basalto.
No decía nada que pudiera explicarse
sobre el mundo:
el hombre no había nacido aún
de la espina del pez
del huevo
de la piedra.
Era tan solo el aire
presagiando las alas que vendrían a surcarle
quien lo buscaba al fondo del basalto.
Era un aire —Là-bas—
que viajaba lentísimo: inmóvil
pero adherido al polvo que iba adquiriendo el humo
al convertirse
en roca.
Y no era piedra
porque entonces (y más si era basalto)
contuvo la ceniza —pez óleo volcánico—
de lo que sería
el agua.
Así toda placa tectónica que removió la tierra
fue bautizada al fuego
bajo el nombre del aire.
Tuvimos de esperar que Dios hiciera el agua
para creer en los peces.
Ciudad de mar interno
a mis padres y hermanos
Yo fundé esta ciudad a los quince años:
qué lentos, tibios ojos conquistaron la piedra
levantaron un muro, fundieron la argamasa
con el pecho caliente de quien llegaba
a ciegas, tropezando su cuerpo
con la vida.
Concebí esta ciudad contra mi vientre, como una madre
indómita y soltera.
Nodriza de estas calles
quién pudiera decir que no son mías
si han secado mi pecho con la sed portentosa
de los recién nacidos
si por sentirme madre recuperé mi nombre
las estrellas robadas al insomnio
de cuando rompía el mar en mis cabellos.
Llegué apenas un niño
pero reconociendo el mineral en piedra que cuajaba:
adamita, geoda, piel de víbora y ónix
mercurio y flor del diablo.
Nada salía de mí
sino el polvo antiquísimo que todo lo destruye.
El silencio: aquel ruido interior que tanto duele
hizo en mi paladar su madriguera.
Pero el mar pernoctaba solamente porque se oía en las gárgolas.
Animal de baldío, descendía de mis cejas a los labios.
En la abierta aridez del horizonte
la piedra que encontré era una flor volcánica.
Contra las telarañas del hastío su fulgor parecía
arrebatar los ojos a mi cara.
Entonces me di cuenta que morir es quedar uno
inmóvil
mirando lo que ya no se mueve.
Bajo la lluvia ajena de esos años
¿quién abría su paraguas
quién me ofreció un sombrero?
La ciudad, sobre todo, que cerraba sus árboles
para que ni una gota mojara mis mejillas.
Pero me pongo triste
y no tengo intención de mencionar la lluvia:
son las cosas sin nombre las que dañan.
Ahora soy de cantera: soy la cantera
que cubre con sus trinos
un doble campanario.
Fundamos la ciudad —dijo mi madre
sobre nuestros abuelos.
Y porque la nostalgia es un mar que regresa
de las otras ciudades sumergidas
salí a nombrar el mundo y fui nombrado
pájaro aguacero infinito
era el mar, no mi memoria.
Y nadie me esperaba: nadie más
que yo mismo.
Mi madre remarcaba con su amor —inocente—
los troncos de la cerca.
¿Cuál árbol genealógico quedó de las astillas
con que ella nos miraba hacer la casa?
Todavía no sabíamos del viento, las tormentas
la tribu de jejenes que habrían de ambicionar
nuestros relictos.
Atrás venía mi padre: soportando la artesa
las hogazas; las migas
del trayecto
nuestros pasos.
El mar era el instinto de una raza
la sangre que nos latía en las sienes.
Y la que no mirábamos (la ciudad, por ejemplo)
había que pronunciarla para que fuera cierta.
En esta fortaleza no ha habido vencedor ni derrotado.
Cuando llegué, llegamos: mi sombra, mi reflejo
las tantas veladoras que traen un muerto ardiente.
Sahumábamos la noche con un coro de espuma:
el rosario inconcluso de amar
el nuevo exilio.
No vayan a decir que no me pertenece, porque entonces
los cuervos de mi vista devorarán sus ojos
y ladrarán mis galgos a tanta piedra suelta
y una mantis enorme invocará el veneno
de todas las migalas que anidan en mi boca
y entonces —solo entonces—
regresaré mis pasos
al océano natal
de donde vine.
Hace un mundo de tiempo que esta ciudad es mía:
la he mirado crecer, como a los árboles
hacerse de ladrillos
de gotas que deambulan
de los rojos tejados
hasta la filigrana de algún cancel de hierro.
Mis
ojos adquirieron su forma de planetas
al mirarla: girasoles
que siguieron sus pasos en el día;
y en la noche, dormidos, la aguardaban
porque habría de llegar
de una tibia maceta en mi memoria
aquella rosa
náutica.
También nací en febrero.
El amor se me vino como una enredadera
y conocí los rumbos del colibrí en verano, sus
al mirarla: girasoles
que siguieron sus pasos en el día;
y en la noche, dormidos, la aguardaban
porque habría de llegar
de una tibia maceta en mi memoria
aquella rosa
náutica.
También nací en febrero.
El amor se me vino como una enredadera
y conocí los rumbos del colibrí en verano, sus
breves picotazos a un cuerpo
milagroso.
Esta
ciudad abierta como una rosa virgen
me dejaba contar mis aleteos, el olor a membrillo
de la noche, la luna de narciso.
Habito lo que observo sin moverme
en el quieto vaivén de los jazmines.
Por mis ojos algún escarabajo sale y vuela:
atisba por los pozos de la tarde
por si la luna asoma.
Una vez que la encuentra, retorna a mis pupilas
con esos resplandores que presagia el insomnio.
No duermo si la noche —impredecible niña—
derrama su rocío sobre mis manos
por si puebla de grillos y luciérnagas el patio de mi casa.
Nada es desconocido por mis labios
porque cuento la vida
con la voz asfaltada, repleta de motores.
En cambio, cuando la vida cuenta
me dice
¾esto es lo cierto.
Con tantas oraciones que me caían del alma
vertí amor y ciudad (piedra con piedra)
por casi cinco siglos.
Habito esta ciudad desde mis ojos.
No existe agua tan sucia que la esconda
o que no la refleje.
A veces piedra viva
y en otras rosa en llamas
dejo escapar el humo por sus hombres.
«Mi corazón es la ciudad más grande que conozco»
me oí decir un día. Pero el amor
la piedra en el camino
tuvo que ser labrada y sostenida
para que ella, otra vez, me sostuviera.
Las piedras de mi casa no sirvieron
para afilar cuchillos. Me hicieron rajaduras, moronas
talco rojo.
Qué tiempo tan lejano: la soledad
se fue como una mosca
al entreabrir la puerta. No quedó ni un zumbido
para oxidar los muebles
para habitar la piedra
de voz
pulverizada.
Las paredes eran más que la tierra: los límites del aire.
Del adobe encarnado, la piel amurallada
protegía un centinela en posición de rezo:
¿qué mantis religiosa vino a comer de mí después
de amarme tanto?
¿cuántos betas (igual que un cabo amarra el aparejo)
con sus rojas espinas fortifican mi sangre y mis tejidos?
¿cómo romper el cerco al bogavante
sin que algún cachalote se suicide en mis ojos?
Esto es, sin más, la vida: la parte del planeta
donde los peces nadan, los insectos fornican
y los grandes crustáceos forman otra ciudad
lejos del hombre.
Pero qué hay de la vida en la ciudad
del hombre
si no un montón de moscas y algunas ratoneras.
La ciudad era un gato que maullaba.
Allí quedó el zapato que había de regresarme:
azul, sin agujetas
sin un rastro de chicle que pudiera pegarle
a lo vivido.
Aprendí de los gatos a no ser fiel al hombre.
Una escolta de pájaros anidó en mis costillas.
Alguien fue en mi silencio larga cuerda.
Anclado al papalote de esta ciudad
al aire
¿qué voy a asir de mí
qué de la vida
de lo que no conozco?
Yo tuve una encomienda:
vigilar a los gatos de mi vida.
Pero los quise libres, alejados del techo y de los muros
encendiendo la noche
en sus maullidos.
El humo —desde entonces— también conquistó el viento:
primero en las hogueras, después en los carruajes
las fábricas
los hombres…
Yo también soy del humo un vástago viajero.
Estoy en los durmientes, porque en el sueño tuve
convalecencia y fuga: nada más animal que el humo
que el hollín, la ceniza…
rescoldos de ciudad en ciudad
inmolada.
Anduve por los bosques de mi mano.
Mi amor era un serrucho que todo lo partía.
Cuando los ríos de savia colmaron mi antebrazo
intuí que ya era tarde
para morir a solas.
Así que levanté otra enredadera
una cerca de trigo, algunos pastizales.
Y esta ciudad que miro —buey echado— tuvo para beber
lo que yo tuve
de agua.
A pesar de los sapos que manejan las charcas a su antojo
esta ciudad es casi transparente.
Nada más de beberla, los hombres resucitan.
Cuando tenía quince años, el río de entre las piedras
me fue desconocido.
Hoy resuenan las lajas de la lluvia y corro
con mis manos en cáliz
contenidas
por un poco de arena.
A la ciudad envuelvo en cuatro alfaidas
—mis mareas cardinales—
para que, al fin, retorne
hasta mi fuente
por grietas y acueductos.
Mis manos cicatrizan los callos del inicio
de ese tocar la piedra y desgajarla
humedecer los muros de una mirada
triste.
No ha nacido la muerte
que me impida escudriñar el agua
en su entrepierna
el levísimo incienso
que viene con los pájaros.
Mi lengua, una llave ambiciosa, ¿en dónde se perdía
que no me recobrará su cuerpo de jacinto?
Amor: eso es el miedo, el desconcierto
en sílabas.
Ser pobre es estar solo
sin otra alma en el alma en donde guarecernos.
Oír caer la lluvia. No mojarnos.
Toda el agua es terrible cuando la sed es nula…
pero la tierra es tanta que en la muerte nos sobra.
La ciudad no comienza ni termina con uno.
Llegué sobre mis pies: no sé de otra manera
de caminar despacio.
Sin embargo al marcharme seré un intruso
anónimo
que se trague la tierra.
La luz en las paredes ocupará la sombra que no se echó
a morir sobre sus versos.
Esta ciudad ya no tiene memoria.
El amor se le evade
como se fuga el humo de la carne quemada.
La ciudad es de todos
los que no naufragamos.
El mar imaginario está en la piel del hombre.
El mar está en los ojos: lo que miro regresa
se va tras las gaviotas.
Las crestas de lo visto se mojan con la lluvia blanquísima
celeste
que rompe entre las nubes.
Entonces Dios existe.
Entonces alguien llora: esta vez de alegría
porque sigue creciendo
lo que mira…
porque sigue mirando
lo que crece…
La ciudad es el hombre
al que uno siempre vuelve
de uno
mismo.
(Voluntad de la luz.
Conaculta y Verdehalago,
colección La Centena,
2006.)
***
Declaración de principios
Este juicio comienza
una serie de ensayos
con la felicidad
como una luz
insuficiente
para cubrir las sombras
pero dispone del don
de reducir
en su recogimiento
los desvelos del hijo.
No me importa si la poesía
resulta transparente
o es oscura
mientras sirva de espejo.
A fin de cuentas
las sombras son el tiempo
que recubren mi gozo
sin mellarlo.
Al fin y al cabo
no son estas palabras
las que observo
sino lo que tú escribes
en el fondo del libro.
El ser que va a escribir
Se muere lentamente. En plena oscuridad.
Y brilla un poco el cuerpo
antes de despojarse de la orina. Se muere sin sentido
al elevar los ojos y vernos a su lado. Madre y padre
en el miedo de no encontrarse
a solas. De haber perdido aquella única fe
que levantaron juntos debajo de la casa. Los escombros
de Dios. Las esquinas barridas de la infancia
y en plena decadencia los marcos de las puertas. Ventanas
hasta el piso para mirar si Dios seguía enterrado.
Se nos muere un riñón
de un infarto cardiaco: sustituye
la bilis al corazón y deja su amarillenta faz
como el ámbar que cubre a los mosquitos. Con una gota
basta para reproducir al pterodáctilo emergente.
Una gota con forma de canica
como las del recuerdo del trabajo en la fábrica: tréboles
y bombochas (Chava Flores
de fondo). Para sobrevivir, Pichicuás
pinta su raya igual que los cimientos
en plena devoción del ágata en la boca. Encharca
dura como raíz de lo que fue
maleza, luego jungla y terminó
extinguiendo la fe de Cupertino en los dragones. Con esa luz
la piedra y luego el fuego. Un grito
que se niega a morir
delante de las hijas. Que guarda
en sus alvéolos todo el humo del miedo
y aparece de noche. Y parece dormido, sin
embargo se muere. Comparte sus cenizas
de forma anticipada en un escalofrío. Un tono medular
parasimpático, como si fuera un chiste. Las gracias
que fueron de los nietos y sienten todavía
recorriendo su espalda al darnos
un abrazo. El ser que va
a morir (coral en los pulmones) ya no puede
hacer nada con esa luz vidriosa
que descubren sus labios. Los años de violencia
amor mal educado
van desapareciendo de sus costras. Sus dedos
son más duros bajo esta nueva luz. Un bisturí pequeño
abre sus pensamientos: madre y padre
lo ven. Baja un poco
la vista y busca atravesar una cortina de ámbar
llegar hasta el jardín de los brazos que se extienden afuera
y despedirse. No lo logra. Le estorban nuevas alas. No consigue
tocar otra mano en la suya. Le ha fallado el sentido
que mantuvo en secreto. Y esa falta de
tacto con la que dice el médico: “ha llegado la hora”
nos confunde con él. Se cimbra el piso.
Hay un temblor de Dios mientras se hace el silencio
desde una bocanada (chiras pelas) que detiene
el reloj, nuestra coraza.
Acta del juicio
No somos las mujeres
que intentamos, ni seremos
los hombres que quisimos.
Este vocabulario es inservible
mientras no reformemos el artículo a la ley
más allá de una letra en nosotres.
Sin embargo
en ese sin embargo que alguien nos
arrebata, hay un poco de vida.
Detrás nuestro, quizás:
un tal vez en la espalda
que vuelve a lo que fuimos.
Y allí, a un golpe
de salvarnos, siempre habrá otro
fiscal que nos regrese el juicio.
Presuntos implicados
Algo se me fue contigo…
Manuel Alejandro
Algo se nos va
perdiendo con la literatura: alguna
libertad de ser románticos, ilusos, cursis, por el temor a parecer
menos intelectuales (quizá desencantados) en un siglo que apuesta
por la deshumanización y la homogeneidad
aunque la disfracemos de sarcasmo y frescura. Se le llama poesía
a casi cualquier cosa fuera del corazón, mientras
no duela, no incomode las vísceras, pero sí las pupilas
de quien afuera lee, quien aplauda las ausencias de un pálpito
que ensucie la humanidad en uso. Borrón en el papel
sin que nos manche el músculo o el hueso. Ese “yo”
ahora maldito, bastardo, insuficiente
para hablarle de usted y respetuosamente a lo que no comprendo
y aparto de mi vista para no avejentarme de ese “nos”
ya tan lejos de “mí” que parece otra cosa. Pero ellos
lo sabrán: a “yo” no le interesa lo que no arde.
“Yo” no es algo que al otro me preocupe.
Me preocupas más “tú”. Si tú te vas
se muere lo que pienso, aunque no escriba.
Robert Frost nos conmina a cambiar las ideas por lenguaje
pero no es tan sencillo. Ya vi que los pronombres
alteran nuestro ritmo. Imagina si ocurre
la síncopa del alma. Yo tendría un aneurisma
en el verbo vivir. No podría conjugarlo
si no implica estar juntos.
Por eso pienso en “tú”.
Si el corazón dictara los etcéteras
no agobiaría la espera con su temblor de sueño.
Ese cuerpo que abandona su gis en la figura
echada en los supuestos, como si todos
los presuntos implicados fueran Dios, pensaría:
el sexo del poema es infinito
pero el género es todos.
Y luego (porque existo) me duele más tu madre
que se nos fue
unos años después de nuestra boda.
Y no hay verso en el cual logre
dudar si es que hubo incendio. No hay
poema que pueda cicatrizar la herida de tus ojos
ni ese cielo nocturno de algunas desveladas.
La jurado lo sabe. También ella se ha ido
aunque el juicio final sea una escalera
que baja al corazón de todos (por lo tanto, ninguno).
El dolor no me sacia ni me llena.
La poesía no embellece si hace falta
en la palabra madre o la silabación
del hijo (¿qué pronombre?).
La palabra nunca
nos transparentará como una
lágrima: su reflejo
inexacto
da cuenta de las pérdidas
cuando los que se van
somos otros
no ese tú
que nos hizo
del ojo al corazón
en su ceguera.
Si hubiera un dios en la poesía
si no se hubiera ido de los poemas
serías el unigénito
aunque te condenaran
nada más
por ser
tú
el exilio de todos.
Pero si hubiera un dios en la poesía
estaría en ese gis, cual residuo del fuego
que da forma a la ausencia.
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Hay poemas que no quieren
ser peces y se quedan
flotando
en la línea divisoria de la prosa
más sucia. Peces
cuyas branquias son
versos y se empeñan
en obtener
pulmones.
Hay poemas que se sienten
gigantescos cetáceos
y en el plancton comparten
la lengua que a todos los devora.
Hay poemas que muerden
el anzuelo de las viejas
vanguardias y terminan
enganchados al hilo
de la vida
tan efímero
y débil
que se
rompe
al leer
los.
Medios de contención
[prejuicios de por medio]
Hay poetas para quienes la luz
(ese rastro de Dios en las palabras)
representa lo viejo, como si por estar
a la sombra de tópicos
comunes (con sus microcultivos, metástasis, lanzallamas, transtierros)
escaparan de aquella
transparencia del lenguaje. De sus múltiples
gasas se despojan y ríen. Y su público ríe. Y todos
tan felices con aquel nuevo traje
se alejan de la luz, o eso parece
pero son transparentes incluso
en su ceguera. Tal retórica blanca
del vacío o la desolación
la festeja como precocidad el despistado
aunque Deniz lo asentara circa en los años setenta
y uno, una década atrás, naciendo apenas a unos versos
tan miopes y sin visión central
considera la luz como un prodigio (adrede
consigno el gatuperio).
Hay poetas a los que nadie les dio un beso de niños
o que fueron besados
demasiado. El hambre o el exceso
de ese verso ruidoso los hace censurar
a quienes ven distinto, a quienes
abrazaron de tal forma la luz que olvidarían
sus miedos. Esa luz que se filtra en las venas
al pensar en voz baja, para
sí, no importando si hay cámaras delante
o hace una sombra de árbol, de padre
protector ante sus otros hijos.
El más débil
escribe sus poemas debajo de esa luz, aunque luego
la apaguen sus propios compañeros: no
caigas en esa tentación de iluminar con velas
lo que es mejor a oscuras, lo conminan. Como si fuera un beso
oscuro lo prefiere quien se ríe estrepitosamente
de llevar el disfraz de su mentor y amigo. Cuyo traje de zombi
arrastra por su casa sin levantar ni polvo.
Y luego ya no ríe
porque a sus descendientes los aviva
otro sol. Esa luz
que, aunque no la prefieran
está encima de todos.
(Contra) Dicción,
UANL,
2022,
Premio Iberoamericano de Poesía
Minerva Margarita Villarreal 2021.
Graciasss/circulodepoesia.com/foja-de-poesia-no-238-luis-armenta-malpica/
Graciasss/www.laotrarevista.com/luis-armenta-poemas.pdf
Graciasss/www.otroparamo.com/web/articulo.
Graciasss/www.revistaelgolem.com/poemas-de-luis-armenta-malpica/
me dejaba contar mis aleteos, el olor a membrillo
de la noche, la luna de narciso.
Habito lo que observo sin moverme
en el quieto vaivén de los jazmines.
Por mis ojos algún escarabajo sale y vuela:
atisba por los pozos de la tarde
por si la luna asoma.
Una vez que la encuentra, retorna a mis pupilas
con esos resplandores que presagia el insomnio.
No duermo si la noche —impredecible niña—
derrama su rocío sobre mis manos
por si puebla de grillos y luciérnagas el patio de mi casa.
Nada es desconocido por mis labios
porque cuento la vida
con la voz asfaltada, repleta de motores.
En cambio, cuando la vida cuenta
me dice
¾esto es lo cierto.
Con tantas oraciones que me caían del alma
vertí amor y ciudad (piedra con piedra)
por casi cinco siglos.
Habito esta ciudad desde mis ojos.
No existe agua tan sucia que la esconda
o que no la refleje.
A veces piedra viva
y en otras rosa en llamas
dejo escapar el humo por sus hombres.
«Mi corazón es la ciudad más grande que conozco»
me oí decir un día. Pero el amor
la piedra en el camino
tuvo que ser labrada y sostenida
para que ella, otra vez, me sostuviera.
Las piedras de mi casa no sirvieron
para afilar cuchillos. Me hicieron rajaduras, moronas
talco rojo.
Qué tiempo tan lejano: la soledad
se fue como una mosca
al entreabrir la puerta. No quedó ni un zumbido
para oxidar los muebles
para habitar la piedra
de voz
pulverizada.
Las paredes eran más que la tierra: los límites del aire.
Del adobe encarnado, la piel amurallada
protegía un centinela en posición de rezo:
¿qué mantis religiosa vino a comer de mí después
de amarme tanto?
¿cuántos betas (igual que un cabo amarra el aparejo)
con sus rojas espinas fortifican mi sangre y mis tejidos?
¿cómo romper el cerco al bogavante
sin que algún cachalote se suicide en mis ojos?
Esto es, sin más, la vida: la parte del planeta
donde los peces nadan, los insectos fornican
y los grandes crustáceos forman otra ciudad
lejos del hombre.
Pero qué hay de la vida en la ciudad
del hombre
si no un montón de moscas y algunas ratoneras.
La ciudad era un gato que maullaba.
Allí quedó el zapato que había de regresarme:
azul, sin agujetas
sin un rastro de chicle que pudiera pegarle
a lo vivido.
Aprendí de los gatos a no ser fiel al hombre.
Una escolta de pájaros anidó en mis costillas.
Alguien fue en mi silencio larga cuerda.
Anclado al papalote de esta ciudad
al aire
¿qué voy a asir de mí
qué de la vida
de lo que no conozco?
Yo tuve una encomienda:
vigilar a los gatos de mi vida.
Pero los quise libres, alejados del techo y de los muros
encendiendo la noche
en sus maullidos.
El humo —desde entonces— también conquistó el viento:
primero en las hogueras, después en los carruajes
las fábricas
los hombres…
Yo también soy del humo un vástago viajero.
Estoy en los durmientes, porque en el sueño tuve
convalecencia y fuga: nada más animal que el humo
que el hollín, la ceniza…
rescoldos de ciudad en ciudad
inmolada.
Anduve por los bosques de mi mano.
Mi amor era un serrucho que todo lo partía.
Cuando los ríos de savia colmaron mi antebrazo
intuí que ya era tarde
para morir a solas.
Así que levanté otra enredadera
una cerca de trigo, algunos pastizales.
Y esta ciudad que miro —buey echado— tuvo para beber
lo que yo tuve
de agua.
A pesar de los sapos que manejan las charcas a su antojo
esta ciudad es casi transparente.
Nada más de beberla, los hombres resucitan.
Cuando tenía quince años, el río de entre las piedras
me fue desconocido.
Hoy resuenan las lajas de la lluvia y corro
con mis manos en cáliz
contenidas
por un poco de arena.
A la ciudad envuelvo en cuatro alfaidas
—mis mareas cardinales—
para que, al fin, retorne
hasta mi fuente
por grietas y acueductos.
Mis manos cicatrizan los callos del inicio
de ese tocar la piedra y desgajarla
humedecer los muros de una mirada
triste.
No ha nacido la muerte
que me impida escudriñar el agua
en su entrepierna
el levísimo incienso
que viene con los pájaros.
Mi lengua, una llave ambiciosa, ¿en dónde se perdía
que no me recobrará su cuerpo de jacinto?
Amor: eso es el miedo, el desconcierto
en sílabas.
Ser pobre es estar solo
sin otra alma en el alma en donde guarecernos.
Oír caer la lluvia. No mojarnos.
Toda el agua es terrible cuando la sed es nula…
pero la tierra es tanta que en la muerte nos sobra.
La ciudad no comienza ni termina con uno.
Llegué sobre mis pies: no sé de otra manera
de caminar despacio.
Sin embargo al marcharme seré un intruso
anónimo
que se trague la tierra.
La luz en las paredes ocupará la sombra que no se echó
a morir sobre sus versos.
Esta ciudad ya no tiene memoria.
El amor se le evade
como se fuga el humo de la carne quemada.
La ciudad es de todos
los que no naufragamos.
El mar imaginario está en la piel del hombre.
El mar está en los ojos: lo que miro regresa
se va tras las gaviotas.
Las crestas de lo visto se mojan con la lluvia blanquísima
celeste
que rompe entre las nubes.
Entonces Dios existe.
Entonces alguien llora: esta vez de alegría
porque sigue creciendo
lo que mira…
porque sigue mirando
lo que crece…
La ciudad es el hombre
al que uno siempre vuelve
de uno
mismo.
(Voluntad de la luz.
Conaculta y Verdehalago,
colección La Centena,
2006.)
***
Declaración de principios
Este juicio comienza
una serie de ensayos
con la felicidad
como una luz
insuficiente
para cubrir las sombras
pero dispone del don
de reducir
en su recogimiento
los desvelos del hijo.
No me importa si la poesía
resulta transparente
o es oscura
mientras sirva de espejo.
A fin de cuentas
las sombras son el tiempo
que recubren mi gozo
sin mellarlo.
Al fin y al cabo
no son estas palabras
las que observo
sino lo que tú escribes
en el fondo del libro.
El ser que va a escribir
Se muere lentamente. En plena oscuridad.
Y brilla un poco el cuerpo
antes de despojarse de la orina. Se muere sin sentido
al elevar los ojos y vernos a su lado. Madre y padre
en el miedo de no encontrarse
a solas. De haber perdido aquella única fe
que levantaron juntos debajo de la casa. Los escombros
de Dios. Las esquinas barridas de la infancia
y en plena decadencia los marcos de las puertas. Ventanas
hasta el piso para mirar si Dios seguía enterrado.
Se nos muere un riñón
de un infarto cardiaco: sustituye
la bilis al corazón y deja su amarillenta faz
como el ámbar que cubre a los mosquitos. Con una gota
basta para reproducir al pterodáctilo emergente.
Una gota con forma de canica
como las del recuerdo del trabajo en la fábrica: tréboles
y bombochas (Chava Flores
de fondo). Para sobrevivir, Pichicuás
pinta su raya igual que los cimientos
en plena devoción del ágata en la boca. Encharca
dura como raíz de lo que fue
maleza, luego jungla y terminó
extinguiendo la fe de Cupertino en los dragones. Con esa luz
la piedra y luego el fuego. Un grito
que se niega a morir
delante de las hijas. Que guarda
en sus alvéolos todo el humo del miedo
y aparece de noche. Y parece dormido, sin
embargo se muere. Comparte sus cenizas
de forma anticipada en un escalofrío. Un tono medular
parasimpático, como si fuera un chiste. Las gracias
que fueron de los nietos y sienten todavía
recorriendo su espalda al darnos
un abrazo. El ser que va
a morir (coral en los pulmones) ya no puede
hacer nada con esa luz vidriosa
que descubren sus labios. Los años de violencia
amor mal educado
van desapareciendo de sus costras. Sus dedos
son más duros bajo esta nueva luz. Un bisturí pequeño
abre sus pensamientos: madre y padre
lo ven. Baja un poco
la vista y busca atravesar una cortina de ámbar
llegar hasta el jardín de los brazos que se extienden afuera
y despedirse. No lo logra. Le estorban nuevas alas. No consigue
tocar otra mano en la suya. Le ha fallado el sentido
que mantuvo en secreto. Y esa falta de
tacto con la que dice el médico: “ha llegado la hora”
nos confunde con él. Se cimbra el piso.
Hay un temblor de Dios mientras se hace el silencio
desde una bocanada (chiras pelas) que detiene
el reloj, nuestra coraza.
Acta del juicio
No somos las mujeres
que intentamos, ni seremos
los hombres que quisimos.
Este vocabulario es inservible
mientras no reformemos el artículo a la ley
más allá de una letra en nosotres.
Sin embargo
en ese sin embargo que alguien nos
arrebata, hay un poco de vida.
Detrás nuestro, quizás:
un tal vez en la espalda
que vuelve a lo que fuimos.
Y allí, a un golpe
de salvarnos, siempre habrá otro
fiscal que nos regrese el juicio.
Presuntos implicados
Algo se me fue contigo…
Manuel Alejandro
Algo se nos va
perdiendo con la literatura: alguna
libertad de ser románticos, ilusos, cursis, por el temor a parecer
menos intelectuales (quizá desencantados) en un siglo que apuesta
por la deshumanización y la homogeneidad
aunque la disfracemos de sarcasmo y frescura. Se le llama poesía
a casi cualquier cosa fuera del corazón, mientras
no duela, no incomode las vísceras, pero sí las pupilas
de quien afuera lee, quien aplauda las ausencias de un pálpito
que ensucie la humanidad en uso. Borrón en el papel
sin que nos manche el músculo o el hueso. Ese “yo”
ahora maldito, bastardo, insuficiente
para hablarle de usted y respetuosamente a lo que no comprendo
y aparto de mi vista para no avejentarme de ese “nos”
ya tan lejos de “mí” que parece otra cosa. Pero ellos
lo sabrán: a “yo” no le interesa lo que no arde.
“Yo” no es algo que al otro me preocupe.
Me preocupas más “tú”. Si tú te vas
se muere lo que pienso, aunque no escriba.
Robert Frost nos conmina a cambiar las ideas por lenguaje
pero no es tan sencillo. Ya vi que los pronombres
alteran nuestro ritmo. Imagina si ocurre
la síncopa del alma. Yo tendría un aneurisma
en el verbo vivir. No podría conjugarlo
si no implica estar juntos.
Por eso pienso en “tú”.
Si el corazón dictara los etcéteras
no agobiaría la espera con su temblor de sueño.
Ese cuerpo que abandona su gis en la figura
echada en los supuestos, como si todos
los presuntos implicados fueran Dios, pensaría:
el sexo del poema es infinito
pero el género es todos.
Y luego (porque existo) me duele más tu madre
que se nos fue
unos años después de nuestra boda.
Y no hay verso en el cual logre
dudar si es que hubo incendio. No hay
poema que pueda cicatrizar la herida de tus ojos
ni ese cielo nocturno de algunas desveladas.
La jurado lo sabe. También ella se ha ido
aunque el juicio final sea una escalera
que baja al corazón de todos (por lo tanto, ninguno).
El dolor no me sacia ni me llena.
La poesía no embellece si hace falta
en la palabra madre o la silabación
del hijo (¿qué pronombre?).
La palabra nunca
nos transparentará como una
lágrima: su reflejo
inexacto
da cuenta de las pérdidas
cuando los que se van
somos otros
no ese tú
que nos hizo
del ojo al corazón
en su ceguera.
Si hubiera un dios en la poesía
si no se hubiera ido de los poemas
serías el unigénito
aunque te condenaran
nada más
por ser
tú
el exilio de todos.
Pero si hubiera un dios en la poesía
estaría en ese gis, cual residuo del fuego
que da forma a la ausencia.
Marcador: 0 - 0
Hay poemas que no quieren
ser peces y se quedan
flotando
en la línea divisoria de la prosa
más sucia. Peces
cuyas branquias son
versos y se empeñan
en obtener
pulmones.
Hay poemas que se sienten
gigantescos cetáceos
y en el plancton comparten
la lengua que a todos los devora.
Hay poemas que muerden
el anzuelo de las viejas
vanguardias y terminan
enganchados al hilo
de la vida
tan efímero
y débil
que se
rompe
al leer
los.
Medios de contención
[prejuicios de por medio]
Hay poetas para quienes la luz
(ese rastro de Dios en las palabras)
representa lo viejo, como si por estar
a la sombra de tópicos
comunes (con sus microcultivos, metástasis, lanzallamas, transtierros)
escaparan de aquella
transparencia del lenguaje. De sus múltiples
gasas se despojan y ríen. Y su público ríe. Y todos
tan felices con aquel nuevo traje
se alejan de la luz, o eso parece
pero son transparentes incluso
en su ceguera. Tal retórica blanca
del vacío o la desolación
la festeja como precocidad el despistado
aunque Deniz lo asentara circa en los años setenta
y uno, una década atrás, naciendo apenas a unos versos
tan miopes y sin visión central
considera la luz como un prodigio (adrede
consigno el gatuperio).
Hay poetas a los que nadie les dio un beso de niños
o que fueron besados
demasiado. El hambre o el exceso
de ese verso ruidoso los hace censurar
a quienes ven distinto, a quienes
abrazaron de tal forma la luz que olvidarían
sus miedos. Esa luz que se filtra en las venas
al pensar en voz baja, para
sí, no importando si hay cámaras delante
o hace una sombra de árbol, de padre
protector ante sus otros hijos.
El más débil
escribe sus poemas debajo de esa luz, aunque luego
la apaguen sus propios compañeros: no
caigas en esa tentación de iluminar con velas
lo que es mejor a oscuras, lo conminan. Como si fuera un beso
oscuro lo prefiere quien se ríe estrepitosamente
de llevar el disfraz de su mentor y amigo. Cuyo traje de zombi
arrastra por su casa sin levantar ni polvo.
Y luego ya no ríe
porque a sus descendientes los aviva
otro sol. Esa luz
que, aunque no la prefieran
está encima de todos.
(Contra) Dicción,
2022,
Premio Iberoamericano de Poesía
Minerva Margarita Villarreal 2021.
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