Estaban muy cansados
pero yo no sabía. Cansados en el siglo
de las bombas y los barcos cargadores,
de un continente al otro, los pobres
siguiendo con la vista tras un ojo de buey
el hielo, la planicie
del mar que suspendía el futuro
haciéndolo flotar sobre su lomo azul
y desbordante.
Estaban tan cansados en el siglo
del plástico, comiéndose la vida en una lata
queriendo convencerse
de que era igual el trigo a una galleta
empaquetada, con trigos dibujados
esbeltos como el cuerpo
de un atleta alemán.
Pero ellos fueron moros y andaluces,
herencia sefardí
condenada al yugo y al litigio
perpetuo por la tierra, gente
de espaldas encorvadas y de cabezas gachas
y yo no lo sabía.
Pensaba que llevaban brújulas en los ojos
una espiga dorada entre los dientes,
no creía que ese don de construir
fuera un esfuerzo, creía que les era natural
igual que a las flores el color
de los pétalos, las plumas a las aves.
Como sus padres
también los dos alzaron
su vuelo migratorio
y se limpiaron el corazón al disponerse
a descansar en la paz de su nido,
ellos que solo se acostaban al caer
rendidos frente a algo a lo que nunca
habrían llamado una batalla,
porque no fueron el héroe y su heroína
y jamás lo serán.
Siempre en su cuarto propio
aislados de ese mundo que los iba tragando
lentamente
en cada gota de temor que golpeaba sus cabezas
como una tortura de película
de la guerra fría
el golpeteo a la serenidad, el cansancio en sus caras
el amor y el cansancio, como rejas
de hierro y alegrías
del hogar
en un mismo jardín.
La luz y la sangre son siempre jóvenes
Me llama.
Toca con suave puño la puerta de un final.
Dice lo que se arroja al pulso de los ríos del futuro
y me dice futuro preñándolo de rayos luminosos,
su voz se torna espesa como los caramelos
dulce como la savia inexistente de las plantas galácticas.
Yo perdí esa palabra como si se me hubiera
caído de la lengua, innecesaria. Pero ella no lo cree.
Para ella en el futuro
está la perfección que algunos
alcanzan fácilmente. Es decir, para ella
los otros y el futuro son el desplazamiento donde se deposita
una felicidad robada. Esa que conocimos o pensamos
que podría ser nuestra
(la que, lógicamente, no conocimos nunca).
Sin embargo hubo otras sorpresivas
como cuando las gatas, China
y Rusia, maullaban por la noche
alrededor del cuerpo dormido de mi amada: yo sabía
que el mundo se caería abducido
al pozo de sus sueños inquietantes. Y la besé
con el corazón raído por el miedo, la besé
indefensa y valiente, como las flores.
(La mala vida, 2007)
El canto del chamán
1
veces son los ojos de lo suave
los que ganan la riña, o el interior
transparente de la carne del cactus
su fuerza verdadera. Vulnerables
y valientes los pétalos también, porque fragilidad
no siempre es miedo, dice el pájaro. Esa es tu parte
tuya y ser nada.
2
El pájaro habla de Kirón
¿Y qué, después
de tanto traqueteo vacilante, de caer
sobre el ripio y levantarse?
En el cuerpo
hay una sola herida que se agranda
un clavo que al hundirse nos libera. No aspires
al espíritu sagrado, dice el pájaro,
(Espacios naturales, 2009)
Me invitaste a comer ni bien volví.
Yo estaba muy nerviosa
¿qué contarte después de tanto andar? ¿dónde
empezar ese relato tan extenso
y hacer que eso te importe?
Me entusiasmaba conocer tu nueva casa
y ver la cara de tus hijos.
Era un día de lluvia
y cenamos un plato japonés que me llevó a pensar
en los desplazamientos, que son tan relativos.
Japón, esa isla lejana, estaba más cerca para mí
que vos y sin embargo
esa extrañeza me terminó gustando. Entonces te narré
una anécdota antigua: una vez
me había perdido en la montaña cuando ya anochecía.
Sentí un miedo tremendo como si la montaña
fuera un animal que al caer el sol
abriría su boca y me devoraría. Pero de pronto,
encontré la salida y descendí
por un camino simple. Tus hijos me miraron
como se mira a un tío que trae las noticias de otro mundo,
aunque no era otro mundo, y aquel terror
no tenía punto de comparación
con el que sentí alguna vez, hace mucho, al creer que te perdía.
(La vuelta, 2013)
Pearl
Cuando suena Move over tomo sol
en la terraza, bajo mi espalda hierve
la membrana plateada impermeable
y el verano y el aceite Johnson
me calcinan la piel.
Cuando suena Move over me pregunto
cuántas cosas podré hacer en esta vida
y concluyo que todas.
Estoy despierta, pero el mundo duerme
su antigua siesta mientras Move over suena
y en el zaguán de un edificio tomado
mi amante palestino
me da un beso. Su lengua asoma
femínea y delicada
entre los pelos negros de la barba
cuando suena Move over.
Pero una chica como yo – y él no lo sabe-
hubiera muerto por besar a Jannis Joplin
entrando a la cabina de un estudio
con manos anilladas y vibrando
a capella Summertime.
Los platillos redoblan las campanas
porque ella sigue ardiendo o porque nunca
lo estuvo más que cantándome Move over
en mis auriculares.
La música es un río que esta tarde
desemboca en su boca que es el cuadro de Munch
y los golpes de bata alejan como un viaje de Roiphnol
cualquier pasado, con excepción del suyo.
Y al sonar de Move over, Janis Joplin
tiene los ojos de mi amiga Carolina, ocultos bajo lentes
redondos y dorados y el pelo revuelto y abundante.
Ella me mira con el verde de esos iris que atraviesan los vidrios
me mira con la fuerza concentrada de ese verde
muriendo en su esplendor
como el amor
mientras suena Move over.
Stop!
Tranquilidad, ordenan los muchachos
y sacan un revolver que dispara
una bala perdida a las estrellas.
No tengan miedo, no, no pasa nada
repite el copiloto y a las piernas
me arroja el frío de su arma
ya vacía. Nosotras dos salimos de bailar
hicimos dedo
y caímos en el auto de estos dos policías
que nos conducen a su antojo
por la ruta. No sabemos a dónde
nos llevan, mientras suena
en la radio del Ford la promesa
que no será cumplida.
We’ll be together again – musicaliza el dúo
de moda del verano – I’ve been waiting
for a long time.
(Canciones de amor, 2015)
Maga
Yo sé leer la arena
el grano que discute con la nada
en tu cabeza, el símbolo
que intentás descifrar por la mañana
al volver de tus sueños.
Y sobre el margen
derecho del papel leo la letra,
el género contando sus jinetes
de fuego por seis noches
sin luna
hasta hacerse la luz.
Yo extraje del silencio una amatista,
el violeta perlado de la música
que guardan las palabras
y el eslabón
perdido del poema salió de mi galera
y desató la imagen, la metáfora.
No hubo nunca más
un sello original, una semilla
fue un sembradío mezclado desde entonces,
un toque de varita para que el rayo sea
y sean también el aire, el hueso humano,
el perro, el oleaje, las hormigas.
No preguntes porqué, yo digo
y se produce.
El Loco
(0 = cero)
Ay, el dibujo
del romántico que lleva en una mano
su rosa de los vientos, cuidadoso
de no clavarse espinas
de no ser contagiado por su fugacidad.
Suyo es tan solo un mastín saltador
y un equipaje.
Más de una vez cambiaría la cordura
su fortuna, el oro incalculable
arrebatado al río, por ese hato
que carga El Andariego
del I Ching, ligero sobre el hombro.
Es Loco porque puede
o porque quiere
da lo mismo, es un cero
a la izquierda de la angustia
de ser
el negativo de la historia.
Parece despreciar toda materia
que no esté hecha para la libertad
por eso es que prefiere andar descalzo
con sus plantas pisar el pedregullo
a una cárcel
de cuero en el camino.
No tropieza, no cae, no se abisma.
Tan insensato él, como el poema
acontecido en la ofrenda de una mente
que del vacío saca su resplandor.
La emperatriz
Yo soy la tierra,
las líneas repetidas del segundo hexagrama
la redondez compacta, el circulo de hormigas
el reptar de lombrices apretadas circundando mi ombligo.
Lo excipiente abona mis entrañas,
el resto del amor, lo que secreta el goce cuando llega a su fin
y el corazón se vuelve a su propio destino solitario.
Nada me saca el don de concebir y si estoy seca
voy a crear el llanto
nutrido de las sales del océano, las lagrimas: mis hijas.
Nada hay detrás de mí, pero al futuro
le antepongo un escudo que defiende con hierro a la iniciada.
Capaz de rapiñar, declarar guerras, matar para cuidarla
o proteger esta matriz que crece
debajo de mi vestido azul, como la noche. Esta matriz
que es molde
de la especie, de la raza imponiéndose a la raza.
Adentro mío, dios
hierve como una bruja en una olla, porque yo soy la tierra
y estoy para quemar su frío, el nombre hueco
la madera hecha cruz, el poder de su cielo disgregado.
Soy la concentración.
Estoy para que adentro
de mí se originen volcanes, la erupción insensata. Y soy también
mi propia rajadura, por donde caigo, hermafrodita
y llena, para gestarme.
Es mi poder de magma: el invencible.
Yo engendro los berridos y la materia que se multiplica
porque soy primavera
la exultante de todo florecer
y me opongo al vacío, a su árbol despojado
al desierto arrasado de excrecencias. Si la esterilidad
gana esta guerra, si gana esa semilla híbrida, el no espacio,
lo que sigue es retorno.
Porque en mi vientre
albergo lo que sea, lo que quede, para otra vez crear
un movimiento de gusanos milenarios ovando entre los huesos
el aserrín de las generaciones, el olor hediondo de lo inmenso
convertido en pasado y desazón.
Yo soy la tierra y soy
los ojos ciegos húmedos
los ojos apretados contra el suelo, la puja
del cuerpo acuclillado a la orilla del río. Miren los peces
salir de entre mis piernas, nadar bajo el agua cristalina
y rozarse unos a otros para reproducir solo un destino, un futuro de espejos
que estallarían si
otra vez un big bang, pero inverso y centrifugo,
me tragara de pronto, atropellada
por sus siete jinetes de ceniza.
No lo dudo: después
suave como una brisa volvería a ser brote de jarilla en la arena
micromundo escondido, proteína
que alimenta a las raíces invisibles.
No se queden tranquilos.
Sientan mi aliento verde abriéndose al oxigeno,
tiene la fuerza total de las catástrofes.
La papisa
No soy
esa que puede sentir y comprender
su propio corazón, el ritmo alterno
entre el silencio
de su tiempo y su sonido.
La división en mí, en el ventrículo
izquierdo y el derecho, tan seccionados
como los hemisferios.
No podría el iris
preso entre los párpados,
limitado hacia el Este y el Oeste
mirar la estampa entera.
Realidad como prisma
o como sueño, una figura
rota el universo.
Es con el número
dos que la materia empieza
a atomizarse, a ser comida
por la boca de la tierra.
Si voy
hacia el pasado, veo
la ilusión con que fluía el río
pensándose uno solo, como el cielo.
Pero se bifurcaba igual que yo,
su mansedumbre
cubriendo el fondo bravo.
‘¿Quién concibe
ser una y convivir con esa astilla
fugada del instante
que dolerá después?
Esta que soy
se pregunta y la respuesta
no es más que su destello.
A diferencia de Ganesh,
el elefante de las cuatro palmas
que espanta
como moscas los problemas, yo
los traigo.
De mí no esperes
certezas si me ves.
El diablo (la prohibición)
Los opuestos
en mí porque no soy
sino la prohibición de serlo todo.
Inconciliable al ojo
ver de un cuerpo dos caras a la vez.
Ser en mí, pero por otros ser
en carne fusionados, en la membrana
ardiente que no es mía. O sí.
Todo me pertenece.
Me pertenece el verbo amén, om
sus formas impensables
en la lengua, sino en el corazón.
Lo escrito
y lo no escrito
la tinta de los poros en la sábana
donde durmieron dos. O más. Los infinitos
dedos del placer, su luz
entrando en la materia o en el hueco
que deja la materia, su nada crepitando
sobre el juego
de la boca o del pezón que se eriza
sin dios y sin patrón. Yo,
la risa después de la esmeralda
que estalla en el orgasmo, yo
esquirlas de su gema
mezcladas con el aire higienizado
que respiran los pulcros.
Pervierto, por pura diversión
la santidad del alma y la convierto
en suciedad de alcoba, porque el goce,
el goce desbocado de los cerdos ungidos
con el barro y la escoria, el goce
sobrehumano, el posthumano,
el goce
es todo mío.
El ciclo del agua
A Olga Orozco
De pronto estaba todo
como en el tarot las copas que dibujan
un arco protector suspendido en el cielo,
su bendita abundancia
colmando el corazón de los enamorados. Pequeños
y anhelantes de futuro
miran la maravilla desplegarse
desde una punta a la otra de la tierra.
Las diez bocas abiertas a recibir los dones, las semillas
con las que harán germinar lo duradero.
La vida, pura vida, multiplicada en los seres y las cosas.
Pero ese es el arcano del final, el número que empieza
a corroer lo pleno como sucede también en el verano
después del equinoccio. A ese día, el más largo
del año, sigue otro con su merma solar
su minuto nostálgico
diluido y pasado por alto en la ilusión
del florecer sin tregua. Besos y fiebre,
el sabor exuberante de las frutas,
la esperanza de todos los comienzos.
Contra él y el vigor
de esos cuerpos erguidos como el trigo en el campo
el invierno que acecha arranca cada día
un instante a la luz, la hiede lentamente
sin que nadie en el mundo se dé cuenta. Los durmientes
cierran sus ojos un segundo antes y los abren
uno después que el día que pasó,
detrás de la ventana la curva de los rayos disminuye
y la sombra
se alarga imperceptible adentro de su casa.
Mientras tanto el verano
engañoso persiste en esos dos
cuyos brazos se abren celebrando la dicha dorada de las copas
pero hay un vacilar
un parpadeo
que los hace intuir el cambio: ya no sienten
el calor de su amparo, la epifanía tierna
que nada se guardaba para sí.
Perdida la ilusión
porosa de fundirse en la piel no del otro
sino en la de los dulces, los hijos, los tocados
por la vara justiciera del amor. O acaso están ahora
las copas invertidas
dejando caer su vino, derramando
la promesa de curar el corazón herido de la amada
de extraerle la espina que los padres
le han clavado en la cuna, de borrar de su mente
aquel mal sueño
que se repite en sus noches cada tanto.
Ya nunca podrán ser
eso que fueron, en lo que hubieran
querido perpetuarse, no serán ese arco que atraviesa
la atmósfera como un ave sagrada
de plumas suavecísimas y canto de delfines. No bailarán
entonces sobre el agua
porque las copas están vacías. Lustrosas y vacías
son diez huecos trofeos conseguidos
en cada pulseada
inútil. Se llevarán con ellos
el orgullo de haber
visto la grieta en la entereza ajena, de haber descuartizado
el aura poderosa comprobándola humana. Y de pronto
es el uno, el solitario
el que asoma entre las cartas su boca bajo el cielo.
Esa boca
que un día o una noche, nunca se sabe cuándo,
se beberá otra vez, encandilada
los chispazos fugaces de La estrella.
(La suerte, 2021)
Las madres errantes
Mis vecinas buscan a sus hijos al salir del colegio
y en los jueguitos del amenity
mientras hablan de cosas que ignoro, son las madres
que veo cada tarde detrás de mi ventana
(después de un tiempo, algunas
terminan pareciéndose).
Cuando mi tía murió, mi prima
me llamó por teléfono. No me dejó llorar
dijo: “Así está bien, sufría”.
Hay quienes se suicidan
a poco de perderlas o mueren como Barthes
en un accidente tonto, inexplicable.
Cuando era chica pensaba
que no podría sobrevivir a su muerte
y todavía no lo sé. No creo
en las convenciones, pero ese día
su día
la visito y le llevo un regalo, a veces dos.
Una primeriza me explicó que el amor
a su hijo era enamoramiento, metejón
que no se le pasaba.
Yo separé a mi gato de su madre
cuando tenía dos meses.
Ella lo olvidó y al verlo años después
mostró su garras y sus dientes
por defender un plato de comida.
Cuando vuelvo de un viaje
mi gato maúlla
como quejándose de mi ausencia.
Mi perro fue su madre y yo lo soy
de mis plantas cuando las riego.
Todos los días las mujeres dan
hijos en adopción y durante meses
supieron lo que irían a hacer.
Algunas meten la cabeza en el horno
y se desligan definitivamente.
Están las que se quedan y amenazan
con morir de un síncope.
Cartonean, ganan concursos de belleza,
roban carteras en el subte, hacen mènage à trois
son arrojadas a los basurales o al costado de las vías de un tren.
Hay madres que están solas y desean. Hay otras que desean.
Los astrólogos hablan de la energía de la luna. Pero la luna es blanca
y es perfecta. En la tierra las madres tienen imperfecciones.
Y yerran, como un buscapié
con la ilusión de un centro.
Burbuja, pistilo hermafrodita, todas
ansiando el trono
que como el aire rojo de una noche de amor
permanece vacío.
El amor
No sabés qué es afuera, qué es adentro,
no podés distinguir ese perímetro
que miden las palabras, su propiedad
privada que convierte
barriada en amenaza, naturaleza viva
y coincidente en hora y en espacio,
en un peligro.
No, tu piel está en las cosas
que chupás como si fueran
la pulpa dulce de la pasionaria,
asemejada siempre a tu deseo,
amalgamada,
por intuición camaleónica.
Fundida, concebida en el reflejo
en la fraternidad que arraiga
inmemorial. ¿De dónde
venís hija, extraterrestre?
¿de una muerte redimida y olvidada
en un recodo mudo, sin lenguaje?
¿Sabés del engranaje que une sombras
y luces y mañanas y crepúsculos?
Porque tus ojos sabios son maestros
me miran con la misma
ternura que a quienes nunca viste y pasan
por la puerta, o como a Gaspeadita,
nuestra gata. En trance, vos y ella
en plena galería de la casa
bajo el sol de otoño, hondas las dos
en el instante que se va, atravesando el túnel
que comunica el tiempo con los tiempos
raíz enlazadora
de las haciendas que parecían separadas: nidos,
montañas, especies, campos, mares.
Nosotras, antes de ser a veces
y solo a veces, una.
Tus manos tejen una trama que no deja
a nadie ser paria de la historia,
carne del desamparo. Salud, mi amor,
larga vida a esa luz
que en el dolor de vaya a saber qué
se va olvidando.
(El cielo de Tushita, 2022)
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