Penitencia
Caigo
de cara en tu charco
Mis rezos son musgos flotantes
que miras extasiado desde el cielo
Retorno de rodillas a la urbe que me diste
Me vuelvo estaca, poste de luz, no puedo conmigo
y me das la cojera. No me mendigo a mí mismo
para encontrarte entre todos los cartones
Quizás si me invitas cerveza
hablemos de gloria y redención
Cuando esté borracho convénceme de lo que quieras.
Pisas mi espalda
Ya no
duermo en la
memoria del paraíso
tal vez de una calle
donde los niños agitan
su corazón como basura
Ya no lustro los silicios de la lluvia
Putrefactos los peces de la conciencia
no son una pared en la que rayes
garabatos y corazones anónimos
Y yo no soy un muchachito que por gloria
se subiría al auto de cualquiera.
Los posesos
... A Quercipinion
No es malicia
que luzcamos placentas al salir de la misa
mientras adúlteros y extasiados
lamemos los cirios del último sacrificio
Es delicia
que desde el fondo de la lápida
en la pared más oscura de la iglesia
abramos las piernas a los demonios
y clavemos entre ellas la cruz.
Salmo húmedo
Si yo te regalara esta lluvia y bendijera las vertientes que fluyen de ti,
sólo así la humedad me daría tu inocencia; la tormenta vararía en los
corales de mis brazos, si no te regalara. Si yo me volviera acaso un pez
en tus manos, un charco transparente que te moje sólo a ti, el sonido
del delfín no sería necesario: sólo la caricia de mi lengua te estremece.
Mi desnuda suplicante, que te vuelves olorosa como un limón partido
en cuatro, como una jaiba que encumbra su poder de oleajes, si te
partieras en mi boca como una grosella, cerraría los ojos; dormiría en
mi muerte; abriría tus ramajes, treparía hasta tu copa y bebería las
luciérnagas que habitan en tus dedos.
Salmo suicida
Lanza al aire tus esferas del escándalo. Se ríe de sí mismo cuando
explotan en la nada y se vuelven nueces o pájaros nocturnos.
Sus ojos ladran como un perro enfermo; sus manos son dos hechiceros
sobre el fuego; su voz no existe; su cuerpo repta como un galápago a la
espuma. Helo aquí, saltando hacia la hoguera: hierve su saliva como un
pez sobre el salar; cruje su diafragma con sonido de viento. El arlequín,
el arlequín está abierto. Aún sonríe, de cara al polvo, entre tus esferas
apagadas.
(Santos subrogantes
Valdivia,
1999)
***
Ahora vas a hablar...
Ahora vas a hablar. Ahora encenderás las luces de la casa.
Conminarás la luz con vuelo de polilla, y dirás háblame. Yo hablaré. Yo.
Polilla. Yo. Duración del vuelo, olor delicioso de un ala quemada.
Se llama ciudad. Yo me llamo ala. Te llamas ciudad. De limo. De líquido similar a la lágrima. Sí.
Yo. Hablaré con el agua que ojos depositan.
Hablaré con sangre de menstruación, de costra. Sí. Tú. Hablarás. No.
Yo no hablaré. Negaré lo que has dicho. Ala. Lágrima. Noche. Casa —de muchacho— tú, casa
de puta crucificada a la nieve, puto dormido en la abscisa de la balanza: un fiel (dinero),
fiel —es— (poder), un fiel (yo tengo) ¿Ves? La ternura es tener. Yo me llamo Tengo.
Tú te llamas Hambre. Tengo. Hambre. Una sed es lucha y un poema es beber. Muchachito
dominado por la masa y la duda.
Estos muchachitos son todos mi casa. Soy con ellos Beber
Pongo fin a la luz ¿Es la sombra ceguera? Lucha, revolución, proletarios de la belleza y las
fábricas de muerte. Fábrica. Muerte
Sanar es ceguera. Ahora vas a hablar. Pronunciarás Pedro por no decir fábrica. Nombre de
quién, las luces, las luces.
Horror. Electricidad. La ternura es lo ígneo comiéndose una casa.
Qué país no es casa. Vuelo de polilla dispuesta a estrellarse contra la ampolleta caliente. Vuelo.
Huir. Casa. Caliente.
Negaré lo que has dicho. Hablar. Ceguera. Tú te llamas Hablar.
(La palabra rabia, 2005)
en Doce en punto. Poesía chilena reciente
(1971-1982),
UNAM,
México,
2012,
Selec. de Daniel Saldaña París).
***
Génesis
Comencé como un doble. Negando y negado, al renacer tanto higo
y no madera de su árbol, la cerveza y no cebada de una espiga, una
sola, y el alma en almácigos con la voz de mi mortal, con el pie de mi
inmortal, con el agua por delante: una fuente en el mundo y dios todo
para mi sed. Comencé las ilíadas sin parte, ni linaje.
Así me despedían: blanco entre las sábanas colgadas al aire y
hambriento por la forma, la verdad de un leño ardiendo: un fénix
con su pico atragantado de cenizas. Yo el funesto de los ojos
arrugados como vientres. La mancha sin causa en la madera fosilizada:
tu huella, la mía, formando un mosaico. Un vitral que consagra
tu memoria a una imagen. La nave de un templo que guarda los deudos:
mi cirio goteando tu poco de muerte.
Padres
No venía al caso gritar, escribir, morir con el tinte
del amnios en nuestras caras: sí hallar a los hijos
que enredaron su planta en la misma hiedra
que nos hizo caer. Hablarles al oído: su sueño
tornándose un estado de gracia.
O que fueran las horas estos hijos de leche.
Les pedí que levantaran la hojarasca,
que me vieran las piedras: mi corazón allí,
el ramaje, la espesura. Ellos se levantaron,
sus ojos de arena. Ellos me dijeron
que mantenga la mirada. Y yo les mostré
nuestras barbas de padres.
Y ellos nacieron de nuevo,
pero de pie.
UNAM,
México,
2012,
Selec. de Daniel Saldaña París).
***
Génesis
Comencé como un doble. Negando y negado, al renacer tanto higo
y no madera de su árbol, la cerveza y no cebada de una espiga, una
sola, y el alma en almácigos con la voz de mi mortal, con el pie de mi
inmortal, con el agua por delante: una fuente en el mundo y dios todo
para mi sed. Comencé las ilíadas sin parte, ni linaje.
Así me despedían: blanco entre las sábanas colgadas al aire y
hambriento por la forma, la verdad de un leño ardiendo: un fénix
con su pico atragantado de cenizas. Yo el funesto de los ojos
arrugados como vientres. La mancha sin causa en la madera fosilizada:
tu huella, la mía, formando un mosaico. Un vitral que consagra
tu memoria a una imagen. La nave de un templo que guarda los deudos:
mi cirio goteando tu poco de muerte.
Padres
No venía al caso gritar, escribir, morir con el tinte
del amnios en nuestras caras: sí hallar a los hijos
que enredaron su planta en la misma hiedra
que nos hizo caer. Hablarles al oído: su sueño
tornándose un estado de gracia.
O que fueran las horas estos hijos de leche.
Les pedí que levantaran la hojarasca,
que me vieran las piedras: mi corazón allí,
el ramaje, la espesura. Ellos se levantaron,
sus ojos de arena. Ellos me dijeron
que mantenga la mirada. Y yo les mostré
nuestras barbas de padres.
Y ellos nacieron de nuevo,
pero de pie.
Hermanos
1
Caían verdes los niños. Yo era uno de ellos,
buscando el molino, la memoria de verse
como una espiga más sobre el viento. Otra piedra
que ponga su peso en la memoria: renaciendo
la voz y el miedo a los rastros. Las estrellas dispersas
en medio de la taza, vestidos de blanco, rezando a las frutas
para que abran su estigma como un poco de voz.
Caían verdes los niños. Y los padres trenzaron
la niebla del mediodía, rompiendo ese vidrio.
Nacieron de las flores, a la espera del vuelo
que los hizo siemprevivos, sin rayo, ni lluvia.
Y yo supe que la vida es un cerco de líquenes
y que las horas son hermanas que peinan sus muñecas.
Caían verdes los niños: mis manos de aserrín,
cayeron después y no alcanzaron a recogerlos.
Ofertorio
3
El camino hacia tu infierno está lleno de avellanas:
caminando me llevo a la boca algo de ellas.
¡Son mis pies los que dejan esta huella en el carbón!
Yo prefiero ser tu látigo, aunque no pondré mi rostro
en tu esponja de vinagre ni en tu paño de ramera.
¡He hurtado las monedas como todos los muchachos!
El sudor de mi mano tiene espumas de mar,
y mis dedos son finos como un hilo de seda.
¡Deja mortalizarme! Yo no quiero ser Midas,
no pretendo que mis dedos vuelvan oro cada cosa.
Córtame las plumas, que prefiero embriagarme:
dame un vaso y acompáñame. No pretendo ser Dédalo,
sino un ángel borracho que te beba como un hombre.
4
No pretendo esta miseria: yo no soy tu ciudad.
Ponte en cuatro, que aparezco; en setenta veces siete.
En tres ejes tu gloria se jura perfecta.
Tiene voz de niñita. Pero un niño como yo
va buscando sus heridas: aunque tú eres mi padre,
aunque yo soy el tuyo, no me seas vendado.
No me sean tus ojos quemados con carbones:
esta gloria no es un beso entre niño y niñita.
Camino con todos adonde las calles se repartan,
acaso como un delta, el mismo río que te nombra.
Así fueran los siglos un trigo para aves,
yo soy tu amortajado -¡Dime, tú, en qué vientre!-
tu piedra, como Biblia, transparente y único,
bajo un mar de medianoche. Pero no tu ciudad.
En tres ejes tu gloria se jura perfecta.
Tiene voz de niñita. Pero un niño como yo
va buscando sus heridas: aunque tú eres mi padre,
aunque yo soy el tuyo, no me seas vendado.
No me sean tus ojos quemados con carbones:
esta gloria no es un beso entre niño y niñita.
Camino con todos adonde las calles se repartan,
acaso como un delta, el mismo río que te nombra.
Así fueran los siglos un trigo para aves,
yo soy tu amortajado -¡Dime, tú, en qué vientre!-
tu piedra, como Biblia, transparente y único,
bajo un mar de medianoche. Pero no tu ciudad.
Andrómeda
Dijiste que hagamos otro padre sobre la tumba; que veamos los lirios
como cuando se humedecen las enaguas de tu madre alrededor de la
noche.
Pero tu madre se contenta con cerrar los ojos, amarrarnos a la roca
con sus cabellos de madre, lo mismo que amarrara un ahogado a
una burbuja.
Y por más que lo pidas, no vendrá ni un nautilo a apoderarse de
tu cabeza, ni me hará menos libre del semen de mis hermanos.
No verá esta rompiente, ni blancos los nudos de espuma en la
recogida.
Menos confundirá nuestras entrañas con algas: los ojos de mi padre
tras la impureza de la ola.
La llama
Tengo fiebre y tu mano me fue helada: era tuyo este signo de mi espanto.
Tengo muerte, y tu mano me fue canto, y me ciegas con tu ojo, y soy la
nada.
Tu signo es como vaso, y lleva un signo, más otro por ventura de tu
abrazo, sin fin, en la ceniza yo lo cazo; y el rostro -que es el mío- le
persigno.
Por más fría que estuviese tu mano, tu signo es mi retorno, y yo me
agacho, aunque ardiente en tu beso, lo reboto, y retrocedo al beso de
mi hermano: el signo de mi espanto era un muchacho, mirando cómo
humea su Dios roto.
La morada
1
No trates de hacer tu cama sobre el frío, que los gorriones dolerán:
yo tengo en mi casa unas jaulas con gorriones y se morirán todos
si es que tienes frío: y las jaulas torcerán sus barrotes sobre mi cara
si es que no te prevengo, si es que yo no te tapo con un trozo de pan.
Sobre un gorrión dormido en la estrella polar, yo no haré mi cama,
y no me haces caso. Tú no me sigues y caes sobre el viento,
y le mendigo a la noche un pedazo de cobija. Y te vuelves morado.
Le mendigo a los perros un trozo de piel para no ver tus dientes.
No trates de hacer tu cama sobre el frío ¡No estaré para lavarte!
No estaré para darte el vapor en la frente, leyéndote las aguas.
No estaré para contarte la saga de mis padres que un día partieron
a la aurora boreal -más allá de estos pastos- con zapatos de hielo.
Yo tengo en mi casa unas jaulas con gorriones y se morirán todos
si es que yo me olvido y no fundo los zapatos que tú te pusiste.
2
Yo tengo en mi casa una estrella de mar. Yo mismo la busqué:
puse aire en la alforja y fui a lo abisal a encontrar esa estrella,
porque la quería en tu barba, para que me vieras la albura
por debajo de la ola: yo quería también que tocaras la medusa
que me late acá adentro.Y si era dado de que a ti te gustara,
si es que te araba esa estrella y te la guardabas al fondo,
no tendríamos frío y cantaríamos la espuma igual que delfines.
Me dirías lo mucho que sabe una sal en los ojos: el mar,
ese ojo que espera tragarnos como yo. Tan igual. Otro ojo:
y espero tragarte. Y espero que sientas la estrella marina,
porque mi casa es la estrella, porque mi casa es el mar.
Y espero que haya un mar que te extienda hacia adentro.
3
Yo tengo en mi casa una página de libro: y tú lees y lees,
y como si fuera metáfora, veo que vas por el borde de una hoja,
como si fuera por el borde del tintero celeste, del mismo
que marca tus huellas y deja una estela de su propia saliva.
Digamos que tú te querías celeste, porque la tinta lo puede:
te quería en la impudicia, con la hombría de mi esposa.
Tu longitud de niño que se tienda en la tinta igual que en su cama,
y por más que chapotee, no vea reseca ni oleada su cal.
Pero no quieres leerte en mi casa, y te leo: asimismo te abro.
Imagino el jardín y las manzanas podridas por tanta llovizna.
A ti no te importa, porque vas colocando sobre ti las manzanas,
y las cuentas de a una mirando lo que hago. Y yo no hago más
que imaginarte -y te leo-; te lavo -y te leo-; y te quito el barro,
porque en mi casa no hubo barro más que yo y mi tinta.
Y lo sabes bien, y por eso vienes sobre un insecto y cuidas
que la tinta se espese. Y que yo me espese. Y me quede quieto.
4
Yo tengo en mi casa un puñado de hojas, y veo que el día
me las hace tierra. Yo veo que el día desnuda su esqueleto,
y las vuelve óxido. Y a ti no te importa porque vas desnudo:
tu nervadura articula el lenguaje del silencio. Y sabes que ella,
la muerte redonda, cabe en el clavo que afirma mi casa:
un pilar, una esquina, el cajón de un mueble. Y tú vas desnudo,
porque la muerte es el ropaje que no logra cubrirte,
así como mi casa me cierra los ojos y roza mi mejilla
con el mismo soplo con que apaga la vela. Yo tengo en mi casa
un puñado de hojas y vas con tus párpados y ya las barres.
Y todo el misterio es claro como un huevo, y la cáscara de calcio
te será nutritiva si la mueles con las palmas. Y todo el misterio
es tu voz de muchacho, tus cimientos de muchacho: esas manos
que saben tomar el insecto de la muerte y treparlo por los dedos
hasta que vuele a la bujía. Mi casa es la bujía. Y adentro te llamo.
(El hijo de todos, 2006)
***
ACUDEN
A oscuras, niño de cloro, mujeres –el mismo salfumán
de
las
estrellas– bordados en adoquín. Su destino, el contenedor. Los
chicos con sarna en éxtasis definen: Tetragramaton, trinitaria –se les pinchan los ojos
con aguja –no pestañean–: van dentro, van dentro. Gorriones encerrados
en una pecera sucia: nada para nadie. La calle es así, un desfile: luz,
para qué esta luz, para qué este grifo, está seco –se gira, se escucha agh,
un condenado ahogándose en su horca. Agh. Su destino, el contenedor.
Estudiantes, paro, par de botellas. Oro. Miccionan oro, llenan el vidrio;
combustible. Verbo. Molotov del ángel: acto poético –revolución– locuacidad
del guanaco. Escupe –su belleza– plagas, un dedo sale de un dedo.
De él surge otro dedo. Le dice tú. Le dice eso. Dice esto no. Esto es un vidrio,
un beso sobre él, huella digital –interceptarla con polvito, luz ultravioleta.
Yo tengo una violeta –la chica escolar habla: cruza la avenida. Lucha y Letra.
Lucha –el chico–; el camposanto –letra. Dice: en mi ojo hay una violeta.
Agh. Agh, dice el gato muerto –ese chico lo humilla. Placer. Mugir. Pacer o decir.
Su destino –pacer– el contenedor –decir–. Su destino. Tapa. Inmundicia es la rosa.
De noche el camión eleva el polígono. La poesía al contenedor –rosa o raza–,
directa al apéndice –esa ballena –tapa– con ruedas, sirena, ara con ruedas
que dice pip, pip. He llegado aquí –pesadilla de chicos como gomas de mascar.
Le dice voy. Le dice allá. El cloro dice blanco, y no es eso: es esto.
*
Con un compás he llegado. Un rape o un pez gallo extendido en el compás.
Un signo redondo –una estrella de David inscrita en su centro. En su centro, no:
quien va a callar metiéndose un camaleón entero en su boca. El arte es así.
El hueco. Así. Uno lo imagina en el centro del pecho. Late el forado,
no una bolsa de agua caliente, esas de goma para calentar la cama. En la cama, yo
tuve un hijo, una letra, pero hizo schhht con su dedo, la casa de Platón,
el negativo de su boca. Ya no hay realidad, sino un montón de fotogramas.
La niña burguesa, el hámster en su rueda, vía láctea, ula hop, margarita en el barro.
Yo giro, y el cine de esto es ir. Tú giras, y el cine de esto es la luna,
no un plato de leche para beberla fría. Él gira, y el cine de esto es la noria,
el carrusel –es feto–, el agujero en la sien de un chico. Paf. El cine de esto
es morir, una avispa al cazarla y morir. Paf. Pero no. No es eso. Échate
arroz en el zapato y di yo me quedo. Péinate con raya y di: no me mueve
ni el cordón de mi madre siempre limpio. Siempre limpio. Las cajeras del
supermercado se pintan la línea de las cejas, la línea de los labios. Sus trazos son
cuerdas y dicen: yo no me voy de aquí; ándate tú, que estoy anudada.
Tengo trabajo. Suspira: uf, uf. Tengo trabajo dice el desaparecido –hay tierra encima
y no logro salir. Tengo trabajo y he llegado aquí: mi compás y un pez
extendido entre puntas. He llegado y la pesadilla es una sopa de letras
–una boca hace uf, y se enfría. Es un muerto –se enfría– y el vivo que suda un tic-tac.
**
chicos con sarna en éxtasis definen: Tetragramaton, trinitaria –se les pinchan los ojos
con aguja –no pestañean–: van dentro, van dentro. Gorriones encerrados
en una pecera sucia: nada para nadie. La calle es así, un desfile: luz,
para qué esta luz, para qué este grifo, está seco –se gira, se escucha agh,
un condenado ahogándose en su horca. Agh. Su destino, el contenedor.
Estudiantes, paro, par de botellas. Oro. Miccionan oro, llenan el vidrio;
combustible. Verbo. Molotov del ángel: acto poético –revolución– locuacidad
del guanaco. Escupe –su belleza– plagas, un dedo sale de un dedo.
De él surge otro dedo. Le dice tú. Le dice eso. Dice esto no. Esto es un vidrio,
un beso sobre él, huella digital –interceptarla con polvito, luz ultravioleta.
Yo tengo una violeta –la chica escolar habla: cruza la avenida. Lucha y Letra.
Lucha –el chico–; el camposanto –letra. Dice: en mi ojo hay una violeta.
Agh. Agh, dice el gato muerto –ese chico lo humilla. Placer. Mugir. Pacer o decir.
Su destino –pacer– el contenedor –decir–. Su destino. Tapa. Inmundicia es la rosa.
De noche el camión eleva el polígono. La poesía al contenedor –rosa o raza–,
directa al apéndice –esa ballena –tapa– con ruedas, sirena, ara con ruedas
que dice pip, pip. He llegado aquí –pesadilla de chicos como gomas de mascar.
Le dice voy. Le dice allá. El cloro dice blanco, y no es eso: es esto.
*
Con un compás he llegado. Un rape o un pez gallo extendido en el compás.
Un signo redondo –una estrella de David inscrita en su centro. En su centro, no:
quien va a callar metiéndose un camaleón entero en su boca. El arte es así.
El hueco. Así. Uno lo imagina en el centro del pecho. Late el forado,
no una bolsa de agua caliente, esas de goma para calentar la cama. En la cama, yo
tuve un hijo, una letra, pero hizo schhht con su dedo, la casa de Platón,
el negativo de su boca. Ya no hay realidad, sino un montón de fotogramas.
La niña burguesa, el hámster en su rueda, vía láctea, ula hop, margarita en el barro.
Yo giro, y el cine de esto es ir. Tú giras, y el cine de esto es la luna,
no un plato de leche para beberla fría. Él gira, y el cine de esto es la noria,
el carrusel –es feto–, el agujero en la sien de un chico. Paf. El cine de esto
es morir, una avispa al cazarla y morir. Paf. Pero no. No es eso. Échate
arroz en el zapato y di yo me quedo. Péinate con raya y di: no me mueve
ni el cordón de mi madre siempre limpio. Siempre limpio. Las cajeras del
supermercado se pintan la línea de las cejas, la línea de los labios. Sus trazos son
cuerdas y dicen: yo no me voy de aquí; ándate tú, que estoy anudada.
Tengo trabajo. Suspira: uf, uf. Tengo trabajo dice el desaparecido –hay tierra encima
y no logro salir. Tengo trabajo y he llegado aquí: mi compás y un pez
extendido entre puntas. He llegado y la pesadilla es una sopa de letras
–una boca hace uf, y se enfría. Es un muerto –se enfría– y el vivo que suda un tic-tac.
**
MATERIA
ESPECTRAL, la langosta y su merienda:
tallo de trigo el banquete del sol,
el ojo que lo observa –milenario ojo del crótalo–. Te debo la pérdida,
la ganancia, el barro nutritivo de la voz, el gameto, el sencillo huir del poema
por los sépalos de la buganvilla. Pero no nos ataba esto. Teníamos suficiente
óxido y moho, hollín de sartenes para pintarnos de sioux. La guerra de ser
siempre malo y tú bueno. Dos son dos: Cronos / Zeus: no chicos besándose
contra el vapor de los saunas. Gracias al miedo que he elegido y me quitas.
A ti te debo el salpullido, la calle pegajosa como lengua de camaleón.
Estoy aquí, entre las fauces de la venus atrapamoscas. Dientes, cada día. Dos
tapas de libro cerrándose contra el índice. ¿Manos de qué? Dedo de apóstol
haciendo agujero, tumba para respirar, no boca, espacio desprovisto de ángel.
Gracias a ti, la turba, la fuga, la insidia, el golpe bajo, golpe del terrón sobre
la taza de té. No se compara al devenir, vernos sin vernos, nada simple
que nos besa, atadura escrita con limón, llama del día que revela la sed,
y el ser, y el signo: espanto la canción, amoniaco la melodía, lejía la letra
que más sabe de ti. Gracias a ti, el Talmud, el Corán. Yo que no leo, vi
al analfabeto frente al vórtice, el espejo iluminando las pestañas de los ciegos.
el ojo que lo observa –milenario ojo del crótalo–. Te debo la pérdida,
la ganancia, el barro nutritivo de la voz, el gameto, el sencillo huir del poema
por los sépalos de la buganvilla. Pero no nos ataba esto. Teníamos suficiente
óxido y moho, hollín de sartenes para pintarnos de sioux. La guerra de ser
siempre malo y tú bueno. Dos son dos: Cronos / Zeus: no chicos besándose
contra el vapor de los saunas. Gracias al miedo que he elegido y me quitas.
A ti te debo el salpullido, la calle pegajosa como lengua de camaleón.
Estoy aquí, entre las fauces de la venus atrapamoscas. Dientes, cada día. Dos
tapas de libro cerrándose contra el índice. ¿Manos de qué? Dedo de apóstol
haciendo agujero, tumba para respirar, no boca, espacio desprovisto de ángel.
Gracias a ti, la turba, la fuga, la insidia, el golpe bajo, golpe del terrón sobre
la taza de té. No se compara al devenir, vernos sin vernos, nada simple
que nos besa, atadura escrita con limón, llama del día que revela la sed,
y el ser, y el signo: espanto la canción, amoniaco la melodía, lejía la letra
que más sabe de ti. Gracias a ti, el Talmud, el Corán. Yo que no leo, vi
al analfabeto frente al vórtice, el espejo iluminando las pestañas de los ciegos.
*
No se sabe qué está escrito y qué está imaginado. Te doy la urea, el sol que uno
orina en los buzones –es de noche. Levanto una ceja al tiempo
que bajo la otra, un paréntesis para nadie, lleno en rumor y no de él: una piscina
reflejando la luna –los garrapatas del bóxer son corcheas, pentagrama
su vientre de cachorro. No es ésa nuestra música, Manuel. Las avispas
roedoras de carne saben bien qué somos. Y de regreso, el frío es un regalo. Yo
te lo doy –dientes de hielo–. La rana congelada en un cubito resiste: el invierno es
un ojo abierto a su paso. Pero no muere; salta, el sonido del agua
como dijo Basho. Pero hay Levante. De regreso a la ciudad, la canícula, los
rostros –la guerra– merman, escinden: rotos en la imagen, sólo hablamos de esto.
Y está mal. Está mal. Pero traducimos así: ese eje de polígono
fue un tercero innominado, figura entre muerte y paleta de caramelo,
no explicable con lo escrito –lo imaginado no. Nos damos lo tercero
cuando hay alba, grafito ennegreciendo las uñas, purpurina en el cielo.
Se parten nueces al estirar las cervicales: el regalo no sirve, la columna se encorva
al telefonear al infinito. Y no. Y no. Los niños, no. Nadie en la ventana.
Piedras responden. Y el beso sabe a pómez; el agua a piedra. Bombas en
tu jeta de alevín: cerezas podridas, carbón, orugas, pañales sucios
con pólvora en mis branquias. Te doy el dilema, ¿lirio?, ¿lágrima? Nos vemos, Manuel,
con púas y no esto. El estío, ¿qué es él, sino una ruta al hastío? Un vilano es un ojo
y tú quieres soplar. La eclosión de parásitos rosados –su entrega
al mascarnos la voz. Ese es nuestro acuerdo, dos chicos que harán felices a las moscas.
**
TE DEJO LA TESITURA DE la calle, me refiero a su énfasis,
digo su filamento de calle dolida, como si fuera la mano
estirada de un ciego. Arqueología es el paso –la huella, numismática,
bifrontismo, el ventrílocuo –su verdadero diente–, ¿qué es?
–la pisada un sello, y es así: el aeroplano bimotor se abalanza
sobre la herida de Apolo –digo ésta, la herida del muchacho,
–su incompleta mirada– hablamos de mentiras y el avión se abalanza.
No la balanza, la carta de la justicia –el tarot, la rueda
rota del decir, porque las palmeras alineadas de la avenida son fósforos,
y tu bonanza es ésa: recordar los bosques, mugre de perros
donde crecen árboles, un enfermo terminal diciéndole al tronco:
luces imperecedero, es sabia y no es savia la ronda. Uno extiende
la mano y recibe el mismo hueso de uno. Uno extiende
la mano de hueso y recibe un ámbar –adentro del ámbar
un excremento de perro. Te dejo la tesitura de la calle, una partitura
de música. Digo: su ciencia de calle trazada, el dibujo
geométrico, varilla de castigo –el asesinado: matemática hostil:
cada punto del rostro corresponde a un féretro, el gemido es lumen,
–la selva que vi cabía en bolsas de esporas: el helecho. Un helecho
es el rostro –gime, con lluvia agria es lavado, lo menos, lo más
asesinado –un indio sin nombre– ética y entropía de la distorsión.
*
Cada tajo del cutis, mismo desierto de Nazca. Lo árido
es combativo con sed. No se hibrida el celacanto –la pescadería–, ni
menos como salamandra –el hipocampo es incógnita. El ornitorrinco
va de un poema a otro. Con salto, pasamos de la ciudad al recuerdo
sin abejas del bosque. No digo el cliché, selva, cemento,
fragmento, cuadro sin luz de Mondrian. Puntos de fuga. Ya hartos están
de Puerto Varas, Valencia. Pero cuando el ojo supura
se puede hablar de mirada. Te dejo la tesitura de la calle, su
línea de autobuses rojos y amarillos, la bandera del país,
la sinrazón –implosión, explosión. País. País. Llenos de arcángeles los
chicos de la discoteca, llenos de tronos –legiones, cuerpos celestes, abejas
o granos de sésamo. Es mentira lo uno. La revista de novedades
–un mercadillo hippie– barrios antiguos reformándose de a poco.
Los nuevos vecinos dicen, ¿qué? o, ¡hay estrellas! Es mentira lo uno.
Donde haya un cartel de 1920 habita lo desvaído. La huella es
filatelia, carta astral, bolo alimenticio. Arqueología de calle,
–tal vez teología– dios mismo dice: no hay dios sin diez. Hambre, Belleza
consignadas al hígado. Un obrero es obrero, las niñas góticas,
las niñas lavadas que comen violetas, los chicos inmigrantes
–rayando la pared con aerosol– vibran, hacen luz –son el sol.
Los chicos en monopatines, ¿a qué cielo volarán? Serán el cielo
cuando estiren los brazos y las migas de pan aferradas a sus bolsillos
articulen las galaxias que esperamos ver. La ética de contarlas.
digo su filamento de calle dolida, como si fuera la mano
estirada de un ciego. Arqueología es el paso –la huella, numismática,
bifrontismo, el ventrílocuo –su verdadero diente–, ¿qué es?
–la pisada un sello, y es así: el aeroplano bimotor se abalanza
sobre la herida de Apolo –digo ésta, la herida del muchacho,
–su incompleta mirada– hablamos de mentiras y el avión se abalanza.
No la balanza, la carta de la justicia –el tarot, la rueda
rota del decir, porque las palmeras alineadas de la avenida son fósforos,
y tu bonanza es ésa: recordar los bosques, mugre de perros
donde crecen árboles, un enfermo terminal diciéndole al tronco:
luces imperecedero, es sabia y no es savia la ronda. Uno extiende
la mano y recibe el mismo hueso de uno. Uno extiende
la mano de hueso y recibe un ámbar –adentro del ámbar
un excremento de perro. Te dejo la tesitura de la calle, una partitura
de música. Digo: su ciencia de calle trazada, el dibujo
geométrico, varilla de castigo –el asesinado: matemática hostil:
cada punto del rostro corresponde a un féretro, el gemido es lumen,
–la selva que vi cabía en bolsas de esporas: el helecho. Un helecho
es el rostro –gime, con lluvia agria es lavado, lo menos, lo más
asesinado –un indio sin nombre– ética y entropía de la distorsión.
el ojo que lo observa –milenario ojo del crótalo–. Te debo la pérdida,
la ganancia, el barro nutritivo de la voz, el gameto, el sencillo huir del poema
por los sépalos de la buganvilla. Pero no nos ataba esto. Teníamos suficiente
óxido y moho, hollín de sartenes para pintarnos de sioux. La guerra de ser
siempre malo y tú bueno. Dos son dos: Cronos / Zeus: no chicos besándose
contra el vapor de los saunas. Gracias al miedo que he elegido y me quitas.
A ti te debo el salpullido, la calle pegajosa como lengua de camaleón.
Estoy aquí, entre las fauces de la venus atrapamoscas. Dientes, cada día. Dos
tapas de libro cerrándose contra el índice. ¿Manos de qué? Dedo de apóstol
haciendo agujero, tumba para respirar, no boca, espacio desprovisto de ángel.
Gracias a ti, la turba, la fuga, la insidia, el golpe bajo, golpe del terrón sobre
la taza de té. No se compara al devenir, vernos sin vernos, nada simple
que nos besa, atadura escrita con limón, llama del día que revela la sed,
y el ser, y el signo: espanto la canción, amoniaco la melodía, lejía la letra
que más sabe de ti. Gracias a ti, el Talmud, el Corán. Yo que no leo, vi
al analfabeto frente al vórtice, el espejo iluminando las pestañas de los ciegos.
la ganancia, el barro nutritivo de la voz, el gameto, el sencillo huir del poema
por los sépalos de la buganvilla. Pero no nos ataba esto. Teníamos suficiente
óxido y moho, hollín de sartenes para pintarnos de sioux. La guerra de ser
siempre malo y tú bueno. Dos son dos: Cronos / Zeus: no chicos besándose
contra el vapor de los saunas. Gracias al miedo que he elegido y me quitas.
A ti te debo el salpullido, la calle pegajosa como lengua de camaleón.
Estoy aquí, entre las fauces de la venus atrapamoscas. Dientes, cada día. Dos
tapas de libro cerrándose contra el índice. ¿Manos de qué? Dedo de apóstol
haciendo agujero, tumba para respirar, no boca, espacio desprovisto de ángel.
Gracias a ti, la turba, la fuga, la insidia, el golpe bajo, golpe del terrón sobre
la taza de té. No se compara al devenir, vernos sin vernos, nada simple
que nos besa, atadura escrita con limón, llama del día que revela la sed,
y el ser, y el signo: espanto la canción, amoniaco la melodía, lejía la letra
que más sabe de ti. Gracias a ti, el Talmud, el Corán. Yo que no leo, vi
al analfabeto frente al vórtice, el espejo iluminando las pestañas de los ciegos.
*
No se sabe qué está escrito y qué está imaginado. Te doy la urea, el sol que uno
orina en los buzones –es de noche. Levanto una ceja al tiempo
que bajo la otra, un paréntesis para nadie, lleno en rumor y no de él: una piscina
reflejando la luna –los garrapatas del bóxer son corcheas, pentagrama
su vientre de cachorro. No es ésa nuestra música, Manuel. Las avispas
roedoras de carne saben bien qué somos. Y de regreso, el frío es un regalo. Yo
te lo doy –dientes de hielo–. La rana congelada en un cubito resiste: el invierno es
un ojo abierto a su paso. Pero no muere; salta, el sonido del agua
como dijo Basho. Pero hay Levante. De regreso a la ciudad, la canícula, los
rostros –la guerra– merman, escinden: rotos en la imagen, sólo hablamos de esto.
Y está mal. Está mal. Pero traducimos así: ese eje de polígono
fue un tercero innominado, figura entre muerte y paleta de caramelo,
no explicable con lo escrito –lo imaginado no. Nos damos lo tercero
cuando hay alba, grafito ennegreciendo las uñas, purpurina en el cielo.
Se parten nueces al estirar las cervicales: el regalo no sirve, la columna se encorva
al telefonear al infinito. Y no. Y no. Los niños, no. Nadie en la ventana.
Piedras responden. Y el beso sabe a pómez; el agua a piedra. Bombas en
tu jeta de alevín: cerezas podridas, carbón, orugas, pañales sucios
con pólvora en mis branquias. Te doy el dilema, ¿lirio?, ¿lágrima? Nos vemos, Manuel,
con púas y no esto. El estío, ¿qué es él, sino una ruta al hastío? Un vilano es un ojo
y tú quieres soplar. La eclosión de parásitos rosados –su entrega
al mascarnos la voz. Ese es nuestro acuerdo, dos chicos que harán felices a las moscas.
**
TE DEJO LA TESITURA DE la calle, me refiero a su énfasis,
digo su filamento de calle dolida, como si fuera la mano
estirada de un ciego. Arqueología es el paso –la huella, numismática,
bifrontismo, el ventrílocuo –su verdadero diente–, ¿qué es?
–la pisada un sello, y es así: el aeroplano bimotor se abalanza
sobre la herida de Apolo –digo ésta, la herida del muchacho,
–su incompleta mirada– hablamos de mentiras y el avión se abalanza.
No la balanza, la carta de la justicia –el tarot, la rueda
rota del decir, porque las palmeras alineadas de la avenida son fósforos,
y tu bonanza es ésa: recordar los bosques, mugre de perros
donde crecen árboles, un enfermo terminal diciéndole al tronco:
luces imperecedero, es sabia y no es savia la ronda. Uno extiende
la mano y recibe el mismo hueso de uno. Uno extiende
la mano de hueso y recibe un ámbar –adentro del ámbar
un excremento de perro. Te dejo la tesitura de la calle, una partitura
de música. Digo: su ciencia de calle trazada, el dibujo
geométrico, varilla de castigo –el asesinado: matemática hostil:
cada punto del rostro corresponde a un féretro, el gemido es lumen,
–la selva que vi cabía en bolsas de esporas: el helecho. Un helecho
es el rostro –gime, con lluvia agria es lavado, lo menos, lo más
asesinado –un indio sin nombre– ética y entropía de la distorsión.
*
Cada tajo del cutis, mismo desierto de Nazca. Lo árido
es combativo con sed. No se hibrida el celacanto –la pescadería–, ni
menos como salamandra –el hipocampo es incógnita. El ornitorrinco
va de un poema a otro. Con salto, pasamos de la ciudad al recuerdo
sin abejas del bosque. No digo el cliché, selva, cemento,
fragmento, cuadro sin luz de Mondrian. Puntos de fuga. Ya hartos están
de Puerto Varas, Valencia. Pero cuando el ojo supura
se puede hablar de mirada. Te dejo la tesitura de la calle, su
línea de autobuses rojos y amarillos, la bandera del país,
la sinrazón –implosión, explosión. País. País. Llenos de arcángeles los
chicos de la discoteca, llenos de tronos –legiones, cuerpos celestes, abejas
o granos de sésamo. Es mentira lo uno. La revista de novedades
–un mercadillo hippie– barrios antiguos reformándose de a poco.
Los nuevos vecinos dicen, ¿qué? o, ¡hay estrellas! Es mentira lo uno.
Donde haya un cartel de 1920 habita lo desvaído. La huella es
filatelia, carta astral, bolo alimenticio. Arqueología de calle,
–tal vez teología– dios mismo dice: no hay dios sin diez. Hambre, Belleza
consignadas al hígado. Un obrero es obrero, las niñas góticas,
las niñas lavadas que comen violetas, los chicos inmigrantes
–rayando la pared con aerosol– vibran, hacen luz –son el sol.
Los chicos en monopatines, ¿a qué cielo volarán? Serán el cielo
cuando estiren los brazos y las migas de pan aferradas a sus bolsillos
articulen las galaxias que esperamos ver. La ética de contarlas.
estirada de un ciego. Arqueología es el paso –la huella, numismática,
bifrontismo, el ventrílocuo –su verdadero diente–, ¿qué es?
–la pisada un sello, y es así: el aeroplano bimotor se abalanza
sobre la herida de Apolo –digo ésta, la herida del muchacho,
–su incompleta mirada– hablamos de mentiras y el avión se abalanza.
No la balanza, la carta de la justicia –el tarot, la rueda
rota del decir, porque las palmeras alineadas de la avenida son fósforos,
y tu bonanza es ésa: recordar los bosques, mugre de perros
donde crecen árboles, un enfermo terminal diciéndole al tronco:
luces imperecedero, es sabia y no es savia la ronda. Uno extiende
la mano y recibe el mismo hueso de uno. Uno extiende
la mano de hueso y recibe un ámbar –adentro del ámbar
un excremento de perro. Te dejo la tesitura de la calle, una partitura
de música. Digo: su ciencia de calle trazada, el dibujo
geométrico, varilla de castigo –el asesinado: matemática hostil:
cada punto del rostro corresponde a un féretro, el gemido es lumen,
–la selva que vi cabía en bolsas de esporas: el helecho. Un helecho
es el rostro –gime, con lluvia agria es lavado, lo menos, lo más
asesinado –un indio sin nombre– ética y entropía de la distorsión.
*
Cada tajo del cutis, mismo desierto de Nazca. Lo árido
es combativo con sed. No se hibrida el celacanto –la pescadería–, ni
menos como salamandra –el hipocampo es incógnita. El ornitorrinco
va de un poema a otro. Con salto, pasamos de la ciudad al recuerdo
sin abejas del bosque. No digo el cliché, selva, cemento,
fragmento, cuadro sin luz de Mondrian. Puntos de fuga. Ya hartos están
de Puerto Varas, Valencia. Pero cuando el ojo supura
se puede hablar de mirada. Te dejo la tesitura de la calle, su
línea de autobuses rojos y amarillos, la bandera del país,
la sinrazón –implosión, explosión. País. País. Llenos de arcángeles los
chicos de la discoteca, llenos de tronos –legiones, cuerpos celestes, abejas
o granos de sésamo. Es mentira lo uno. La revista de novedades
–un mercadillo hippie– barrios antiguos reformándose de a poco.
Los nuevos vecinos dicen, ¿qué? o, ¡hay estrellas! Es mentira lo uno.
Donde haya un cartel de 1920 habita lo desvaído. La huella es
filatelia, carta astral, bolo alimenticio. Arqueología de calle,
–tal vez teología– dios mismo dice: no hay dios sin diez. Hambre, Belleza
consignadas al hígado. Un obrero es obrero, las niñas góticas,
las niñas lavadas que comen violetas, los chicos inmigrantes
–rayando la pared con aerosol– vibran, hacen luz –son el sol.
Los chicos en monopatines, ¿a qué cielo volarán? Serán el cielo
cuando estiren los brazos y las migas de pan aferradas a sus bolsillos
articulen las galaxias que esperamos ver. La ética de contarlas.
**
UNA MENTIRA APARECE, ladrona de la manzana dorada, higos, hijos, más
imágenes: chicos recogen la superficie del agua –el bajo cero irrumpía–,
señoras rubias, un casco rubio, una bola de helado de vainilla el pelo, barren y
se barren o no, no dejan pistas en suelo, sombra no, boleta de autobús no, palo de
chupachups no, barrido todo, nombrado todo. Una mentira –corre tú, la cortina, luz
definiendo el aire –no al revés– problemas de traducción: bona nit, siga el nom de la nit.
La pauta de pólvora a través de persianas, píxeles blancos: afuera, una moto
pasa, aserra –si el ruido fuera animal sería cocodrilo– y qué ruido eres tú: soy ruido ñu,
soy ruido mosca, el ruido treile, el aguilucho con su larga I latina. Dylan Thomas, el gato,
tiene ruido Manuel, tiene ruido Pedro. Dice: tengo hambre con Miau. O Ñau.
Pero cuando zumba el evangelio, el chorro de tinta que echa la sepia, digo: esto,
televisión, realidad, periódico: subjetivo es lo otro –múltiplo–, cuando, Manuel (Miau),
pones hilo en el ojo de las cosas. O cuando, Pedro (Ñau), clavas la aguja y dices AY:
Léase Ay: frío, hay hielo en la superficie del ojo. Hay niños pijos; han quemado
a una mendiga y dicen: Ay, no sabía que iba a arder . Léase Ay: asesinato y arder.
Televisión. Periódicos. Qué son ante ellos un ramo de ortigas. El debate: las estrellas
sin nombre –o mentidas– propiedad del espectáculo. Piso Cueva Santa: natividad
del 2005. Una mentira aparece: nos equilibramos en la punta de un trozo de hombre.
Podrían ser los cercenados testículos de Dylan. Leemos a Marx, Manuel. ¿Qué
significa hoy día leer a Marx? Pienso en Chile: el Teatro de la Lupe cuando, piel, canta:
falsedad bien ensayada, estudiado simulacro.¡Lo dice Frederic Jameson! Risa: luego,
la crónica interminable de Enrique Falcón. Los pobres escriben en dos tipos de papel:
en barro y en sangre. Cómo tienes cara, pétreo y Pedro, de detenerte aquí.
señoras rubias, un casco rubio, una bola de helado de vainilla el pelo, barren y
se barren o no, no dejan pistas en suelo, sombra no, boleta de autobús no, palo de
chupachups no, barrido todo, nombrado todo. Una mentira –corre tú, la cortina, luz
definiendo el aire –no al revés– problemas de traducción: bona nit, siga el nom de la nit.
La pauta de pólvora a través de persianas, píxeles blancos: afuera, una moto
pasa, aserra –si el ruido fuera animal sería cocodrilo– y qué ruido eres tú: soy ruido ñu,
soy ruido mosca, el ruido treile, el aguilucho con su larga I latina. Dylan Thomas, el gato,
tiene ruido Manuel, tiene ruido Pedro. Dice: tengo hambre con Miau. O Ñau.
Pero cuando zumba el evangelio, el chorro de tinta que echa la sepia, digo: esto,
televisión, realidad, periódico: subjetivo es lo otro –múltiplo–, cuando, Manuel (Miau),
pones hilo en el ojo de las cosas. O cuando, Pedro (Ñau), clavas la aguja y dices AY:
Léase Ay: frío, hay hielo en la superficie del ojo. Hay niños pijos; han quemado
a una mendiga y dicen: Ay, no sabía que iba a arder . Léase Ay: asesinato y arder.
Televisión. Periódicos. Qué son ante ellos un ramo de ortigas. El debate: las estrellas
sin nombre –o mentidas– propiedad del espectáculo. Piso Cueva Santa: natividad
del 2005. Una mentira aparece: nos equilibramos en la punta de un trozo de hombre.
Podrían ser los cercenados testículos de Dylan. Leemos a Marx, Manuel. ¿Qué
significa hoy día leer a Marx? Pienso en Chile: el Teatro de la Lupe cuando, piel, canta:
falsedad bien ensayada, estudiado simulacro.¡Lo dice Frederic Jameson! Risa: luego,
la crónica interminable de Enrique Falcón. Los pobres escriben en dos tipos de papel:
en barro y en sangre. Cómo tienes cara, pétreo y Pedro, de detenerte aquí.
*
Cómo tienes cara de ver en luz, fluorescencia de muerto. El extrarradio de ciudad
–no el Radio de madame Curie– también visible con ojos cerrados.
Radioactividad del grillo –nueve años, pelo corteza de castaña– lo adivinabas tornasol
por su sola velocidad. Pero otra cosa sangra: otra edad pretende ocupar el espacio
anodino. ¿Hay ventana? Militamos –¡oh, agujero imperceptible!– la voz: voz, qué
dices tú de esto: A) Un sobrino, 16 años, asimetría –juego virtual–: decoración
de lo real. Beneficio: ala de drosófila por una sola imagen: espectáculo. Espéculo:
espejo rancio del decir, no puedes tu plusvalía, 16 años el sobrino: inmaculado el
gorrión entre bytes, sin lenguaje, velocidad –llenar el vaso, sí. Punto B), historia:
duelen muertos –vergüenza: ¿sin enterrar?– qué haces tú, con tu tatuaje, inflando
tu cuerpo de aserrín. Calle: autobús a Manises amarillo, Avenida del Cid –no aludimos
la Alameda santiaguina, lejos Chile –poetas y juegos de pantomima –egos
y geas de qué– fundadores de qué: Pedrito y el lobo. ¡Viene el Lobo! ¡Viene!.
¿Hay razón en devorar uñas o chupar el pistilo? Qué dices de esto, mundo (o nexo):
un desaparecido ya ni habla por la costra. Poema, qué dices: carta del loco. Lis
a medio salir (alga o algo, tirado en arena: es ciudad: no hay arena: ventana de
Manuel, política local, discursos –Fénix o loicas–, alimento de sujetos; Revolución
de hélice y no otra. Una mentira aparece, mientras doblamos, dobleces –somos de
propiedad pirata, doblones– regios de azoteas, extractores de vapor, antenas
captando la pulga, sujetos al vagabundo, ver: mirada menos mirada, igual
paso suyo, dirección hacia nada –un higo– sujetos al devenir, ciegos, zafios.
¿Se define el hartazgo?, ¿qué es lo traslúcido? Hijo muerto, hijo pobre –ahora sudas,
calle de Manises, y nada significa. Este texto –su lógica– para una gota de
barro, bilis: ojo de perro dañado, menos. El ahogado es cara y menos siempre es menos.
**
VES LA CIUDAD: yo vi –la ciudad– un bulbo abierto por la espada de un ángel –viste la ciudad
revuelta en su caldo– es mi Arte mi Caldo –viste la aspereza cutánea de sus calles –el ladrido allí
restableciendo la movilidad –ventanas blancas que se abren –falsas niñas que se asoman –hombres allí
desapareciendo en el aire, la canícula densa abanicada contra el muro. Yo también soy muro. ¿Y
usted, allí
podría asegurar: mi extensión es la misma? Resulta que la muerte es idéntica al plano.
Una ciudad vendida, transada, mercantilizada –¿Con qué?– con oropel –con beso –ciudad
labrada en espuma, repujada en cuero, marroquineros celestes apartando el calor, artesanos del verbo
que un arte prescinde: yo soy arte: yo también: mira, en mi dedo pongo algo de aceite:
mira: en mi dedo pongo un trozo de pan: ¿fue un sol? Lo fue. ¿No se trata de la lágrima
de un sujeto contra el sol? Es lágrima, pero aérea. Lágrima de ciudad al momento de nacer.
Nace un arte –¿Nace Usted?– dígame las palabras que el suplicio promete: consumir: transar
las palabras con que el sujeto se adhiere al vértigo. El bulbo abierto es un perro abierto.
La desolación de ver es la desolación del perro. Lindo tu ojo, dijo el ojo a su cuerpo. Ves la ciudad
pero ya no la ves. Yo soy la espesura y la nervadura ferroviaria. Yo soy la espesura: el pulmón, ¿qué es?
Extendido mi pulmón como un mapa en el plano, ¿el alarife ya sobra? Yo fui el alarife.
Aprendiz del oficio –¡Vaya oficio de mártires! El arte: una manzana consignada al vacío: Tú y tu vacío,
regresen a su geometría. Mis lineamientos conducen a una idea de muerte: está bien: está bien:
yo y mis lineamientos conducimos a ti: está bien: está bien: ahora redima, Usted, la palabra.
Ya olvidé cuál es –redima, Usted, la casa que somos. Ves la ciudad: yo vi –la ciudad– un ángel abierto
por la boca de un poema: no fue él: fue un perro: pero un perro es mi ojo: pero un perro es la boca
de la calle en vilo: ¿en hilo?: o su eco. Un Arte, la filigrana, donde el Poder aparece: le mando a Usted
que construya una torre. A esa torre bautice. Póngale País: pero Usted tenga en cuenta
que se llama Muerte, de la misma manera que la higuera ensombrece, y en su tronco tajean
el nombre de Dios. Ventanas blancas se abren. Gatos etíopes se asoman por los visillos
y atrapan la polilla llamada Ciudad. Yo me llamo Ciudad. ¿Y tú? ¿Y tú? Transada, mercantilizada
con la redondez de un hibisco, un jazmín en la cabellera de un ángel viejo –el calor, la falta
de historia allí –palabras circulares: muchacho, me hablas como si no estuvieras: no hay quién ni dónde.
restableciendo la movilidad –ventanas blancas que se abren –falsas niñas que se asoman –hombres allí
desapareciendo en el aire, la canícula densa abanicada contra el muro. Yo también soy muro. ¿Y
usted, allí
podría asegurar: mi extensión es la misma? Resulta que la muerte es idéntica al plano.
Una ciudad vendida, transada, mercantilizada –¿Con qué?– con oropel –con beso –ciudad
labrada en espuma, repujada en cuero, marroquineros celestes apartando el calor, artesanos del verbo
que un arte prescinde: yo soy arte: yo también: mira, en mi dedo pongo algo de aceite:
mira: en mi dedo pongo un trozo de pan: ¿fue un sol? Lo fue. ¿No se trata de la lágrima
de un sujeto contra el sol? Es lágrima, pero aérea. Lágrima de ciudad al momento de nacer.
Nace un arte –¿Nace Usted?– dígame las palabras que el suplicio promete: consumir: transar
las palabras con que el sujeto se adhiere al vértigo. El bulbo abierto es un perro abierto.
La desolación de ver es la desolación del perro. Lindo tu ojo, dijo el ojo a su cuerpo. Ves la ciudad
pero ya no la ves. Yo soy la espesura y la nervadura ferroviaria. Yo soy la espesura: el pulmón, ¿qué es?
Extendido mi pulmón como un mapa en el plano, ¿el alarife ya sobra? Yo fui el alarife.
Aprendiz del oficio –¡Vaya oficio de mártires! El arte: una manzana consignada al vacío: Tú y tu vacío,
regresen a su geometría. Mis lineamientos conducen a una idea de muerte: está bien: está bien:
yo y mis lineamientos conducimos a ti: está bien: está bien: ahora redima, Usted, la palabra.
Ya olvidé cuál es –redima, Usted, la casa que somos. Ves la ciudad: yo vi –la ciudad– un ángel abierto
por la boca de un poema: no fue él: fue un perro: pero un perro es mi ojo: pero un perro es la boca
de la calle en vilo: ¿en hilo?: o su eco. Un Arte, la filigrana, donde el Poder aparece: le mando a Usted
que construya una torre. A esa torre bautice. Póngale País: pero Usted tenga en cuenta
que se llama Muerte, de la misma manera que la higuera ensombrece, y en su tronco tajean
el nombre de Dios. Ventanas blancas se abren. Gatos etíopes se asoman por los visillos
y atrapan la polilla llamada Ciudad. Yo me llamo Ciudad. ¿Y tú? ¿Y tú? Transada, mercantilizada
con la redondez de un hibisco, un jazmín en la cabellera de un ángel viejo –el calor, la falta
de historia allí –palabras circulares: muchacho, me hablas como si no estuvieras: no hay quién ni dónde.
**
YO TE DIRÉ LA VERDAD: no me dirás la verdad, porque el salmón es verdad, su color es
el brazo abierto de Rembrandt, me refiero a su muerto diseccionado en la morgue:
ay, doctor Morgue, ¿no fue Ud. quien diseccionó la cantárida? Su trabajo, ¿explica
la significación de la música?, ¿el movimiento de la chépica en el cementerio? O mejor:
¿explica la tradición milenaria –de China– de escribir ideogramas con la pata de un grillo?
Yo te diré la verdad, pero antes tu mentira: que esplenda, que esplenda: dame tu mentira.
Si me das una gota, quizás la verdad de la gota sea chépica: sea el cementerio
este libro esperado. O esta revolución: escribir siempre igual: mirar al muerto
con sus ojos de muerto: al final de ellos, la vibración de la luz: tal vez la verdad
sea atar esa luz a la idea del Arte: la idea del Arte, susceptible de ciudad: siempre ella:
su poder: su cuerno: le dice: unicornio, unicornio mío: haré de ti una esfinge.
Yo no quiero la esfinge. Yo quiero el rápido rasguño del gato: la fina pata del grillo
con que los calígrafos chinos describen la luna. Yo te diré la verdad: había un país
que se llamaba discurso. A ese país yo viajé. Yo dejé mi país en los límites de Otro.
Adivina el poder de la fusión: no lo sé. Yo tampoco lo sé. Porque el cementerio explica
las cosas más simples: lápida: tumba: tienen la concisión del punto –que es mosca–
tienen la concisión de la línea –el horizonte– haz una idea del Arte: los ojos del hijo
brotados de la inanición: no mueren hijos de hambre: nacen hijos de ella: yo lo maté
pero el que murió fui yo: el hijo tomó a ese grillo en su mano: ándate: huye: llévame ya:
dime la verdad –la profundidad de un ojo– sea el libro esperado. Un verbo capaz
de explicar su sinuosidad: ¿no se llama serpiente?: el vuelo de un coleóptero
estrellándose contra la ampolleta. Estaba tu Padre en la definición de Patria. Estabas tú:
no estaba yo: yo no miraba de reojo: yo miraba sin ojo: yo miraba con voz.
Yo te diré la verdad. Luego, cree lo que quieras: el salmón es verdad: el río: la corriente
arreciando. Ahí. La roca, ahí: el agua ahí: la verdad de la orilla se llama tierra.
ay, doctor Morgue, ¿no fue Ud. quien diseccionó la cantárida? Su trabajo, ¿explica
la significación de la música?, ¿el movimiento de la chépica en el cementerio? O mejor:
¿explica la tradición milenaria –de China– de escribir ideogramas con la pata de un grillo?
Yo te diré la verdad, pero antes tu mentira: que esplenda, que esplenda: dame tu mentira.
Si me das una gota, quizás la verdad de la gota sea chépica: sea el cementerio
este libro esperado. O esta revolución: escribir siempre igual: mirar al muerto
con sus ojos de muerto: al final de ellos, la vibración de la luz: tal vez la verdad
sea atar esa luz a la idea del Arte: la idea del Arte, susceptible de ciudad: siempre ella:
su poder: su cuerno: le dice: unicornio, unicornio mío: haré de ti una esfinge.
Yo no quiero la esfinge. Yo quiero el rápido rasguño del gato: la fina pata del grillo
con que los calígrafos chinos describen la luna. Yo te diré la verdad: había un país
que se llamaba discurso. A ese país yo viajé. Yo dejé mi país en los límites de Otro.
Adivina el poder de la fusión: no lo sé. Yo tampoco lo sé. Porque el cementerio explica
las cosas más simples: lápida: tumba: tienen la concisión del punto –que es mosca–
tienen la concisión de la línea –el horizonte– haz una idea del Arte: los ojos del hijo
brotados de la inanición: no mueren hijos de hambre: nacen hijos de ella: yo lo maté
pero el que murió fui yo: el hijo tomó a ese grillo en su mano: ándate: huye: llévame ya:
dime la verdad –la profundidad de un ojo– sea el libro esperado. Un verbo capaz
de explicar su sinuosidad: ¿no se llama serpiente?: el vuelo de un coleóptero
estrellándose contra la ampolleta. Estaba tu Padre en la definición de Patria. Estabas tú:
no estaba yo: yo no miraba de reojo: yo miraba sin ojo: yo miraba con voz.
Yo te diré la verdad. Luego, cree lo que quieras: el salmón es verdad: el río: la corriente
arreciando. Ahí. La roca, ahí: el agua ahí: la verdad de la orilla se llama tierra.
(Transversal,
Ediciones El billar de Lucrecia,
México,
2007)
***
8
Escribimos con hastío. Dejamos de explorar. Las manzanas
fueron redondas –o previsibles– en el frutero. Las chirimoyas
fueron cabezas: pensaron el amanecer. Las nueces,
pequeños cerebros, ¿reflexionaron algo? El desvarío
nos atraganta con algodón, yodo oscuro en la boca.
Taxidermistas
hacen brindis. Formalina. Amoniaco. Una lágrima
que olvida el ángel sobre un hilo. Y nos hastiamos
en la mención del lugar. Manises. Valencia. España.
La historia es la misma: no hay lugar, conflicto;
la revolución: la característica de una lavadora automática.
Los oprimidos son los testículos bajo el jockstrap.
Los hambrientos tienen la nevera llena. Los obreros
sienten empatía por los grupos neonazis. Los inmigrantes
deshojan sus dedos en la noche primaveral. Somos
más simples que flores. En la formulación de la pregunta
aparece una errata. Y es cómodo. Y es incómodo. Da risa
la respuesta. Sudo kerosene, zumo blanco de cebollas.
La libertad pinza el pezón de la memoria. Escribimos. No
lo hacemos más. Juramos que no. Pero el frío congela
la palabra hielo. La rabia desova, un salmón bajo el río.
Es terrible hablar. Escribir siguiendo el ritmo del murciélago.
Las moscas, alfileres volantes, si nos descuidamos
nos atravesarán. Y dirán ellas que es lluvia. Dirán ellas:
¡No hay equilibrio! Zumbarán y el matamoscas
se parecerá a nuestra mano. Pero no. Los crustáceos
nacidos de cuerpos pudriéndose al sol no parecerán
que ganan algo. Los murciélagos serán felices con mirar
–sus ojos de bruja– dos fósforos encendidos, pavesas
al quemar una nalga. Depredadores de moscas
los murciélagos escribirán. Revoloteo sobre el anochecer,
hoja en blanco de la luz –se cuela por la ventana
y atrae a los insectos. Y es cómodo. Y es incómodo
descubrirlo. La verdad, una aguja, instrumento de tatuaje.
Los comunistas han perdido la fe. La izquierda se rompe,
el caramelo de la crema catalana, la cuchara que penetra.
La izquierda, bigotes amarillos por lamer el postre.
El caramelo se quiebra. Caramelo. Acuarela: pintar la risa.
El amoniaco es la lágrima de un ángel enfermo,
tinta de escritura que no sirve para nada –sólo pule el oro,
la plata, empastes de muelas. Caries con verdadera bondad.
9
Pensará el eco que fui tras él. Que dije eco, eco, como buscando
un letrero falso detrás del sonido, una madriguera de osos
escondida en la pregunta, animal espiando detrás de la usura.
Quisiste, rey de sables –todo desnudo sobre la carta del pez–
cortarme, dividirme, volcar tu aliento –hielo en polvo.
Y no dejaré. No dejaré: la pregunta rota en púas,
violencia del pinchar, sobre el hijo, hoja rota con alfileres,
dientes de perro deseoso de carne, carne de tierra,
escritura caída desde el lomo de la mosca, mosca larga
bordando la cicatriz, cicatriz de agua contra la piedra,
contra el ojo. Padre labrado en la mirada del bicho,
ráfaga de signos –pretenden herir– anular el valor
herida mía contra la sutura, sutura de cuerpo desligándose,
huida más allá del portal. Quisiste de mí: figura y fraguada,
coger miel, el verbo, crujir el nombre una vez
expuesto a la llama: de ese modo endurece. Quisiste eso,
doblarme como una lengua, comerme para comerte.
Yo no supe bracear. No preferí la asfixia. Las algas fueron
longitud de tráquea. La quisiste vidrio, arrojar una piedra.
Quisiste la triza, cortar la vena del libro.
Trocearla. Hacerla gusano. Pero resistí. Estabas lejos.
La tierra me quería, los troncos de los árboles,
las ganas de aferrarme con las muelas a ellos –taparme la cara
con hojas, lianas, nidos de pájaros. Resistí a tu maldición:
quiero más sin tener más. No es avaricia,
es dar paso sobre niebla, esconderse pero mirando.
Porque me quisiste mal, te antepongo mi escudo, mi escritura rota,
el crujido del blanco, grado cero de arder o nevar.
10
Ibas a bautizar todo desde el ano. Saldría la flor violeta
de la pregunta, directamente desde el agujero –sus dientes–
y sobre muertos y vivos –su palidez como pista–
nos preguntaría: quién eres tú, cómo eres tú. Podríamos
pasar la semana. Calle igual. Bautizada con el aliento
de otra boca, la del desagüe, callejón contra mirada, apenas
un solar viejo, semi-grafittiado, nombrado por la ruta
de los micifús. No se contextualiza ni se entiende un temblor
como éste, no hay historia en la arcada donde hubo
antes vértigo, pero del bueno: ver unos narcisos amarilleando
el cemento de la demolición, triza donde ha hecho nido
tierra y humedad. Otro día le llamaremos milagro.
Otro día le llamaremos. Recordar el pavor,
el fantasma de la polución, sus formas reconocibles:
el ciclón –el verano, no tan hermoso como el de Oz–
despeinando la verdad. Algo así: un maniquí olvidado
frente al contenedor de basura; o medio, porque la otra
mitad se rebanó sin motivo aparente: algo parecido
simulas ser. Te ríes en Manises pero vas cortado;
pareces de piel, pero eres de escayola. Mejor dicho:
como el reloj de Dalí, tan blando: ése es el corte, aquello
que te falta, que paseas como la flor, la ruta empapada
por lo que bautizas o no, la lluvia de preguntas
ofrecida por tu ano como una sola gema. La libertad de mirar
la perfección del corte, el tallado, el rubí en boca de los perros.
11
Uno escoge el dolor. Lo amaestra –es cachorro:
siéntate. Levántate. Gira sobre el suelo, la tumba si quieres,
ladra aquí, gime allá. El ventilador se atasca por la basura.
Pelusas enredadas en su mecanismo –ellas nos cubrían
no como miseria: era protección– algo así ocurre
con la chica que llora –maldice el teléfono– el muchacho negro
cargando una bolsa, objetos perdidos: rastrea un lecho
a la vera del Sahara. La nube de tormenta: soy como tú.
El relámpago dice soy como tú. Tienes que sacarlo,
un caracol carnívoro, ¿no es tu cordura? La zona de la interrogación
invadida por serpientes, la rabia, labios que te chupan,
asco rodeado de hilos de bordar, una soga, la pureza de una soga,
trenzarla con juncos, palos secos desprendidos de ramas,
no para colgarte; para jugar sí. La mecánica del diazepam
no es dolor ni lo quiero. La probabilidad de acertar
con un golpe es tan poco. Pero vivir favorece. El cachorro
da vueltas persiguiendo su cola. Siéntate. Levántate.
Multiplícate por sombra, aire negro de morder.
Estamos ante su presencia. El miedo articula un sonido de oxígeno,
feroces ganas de aspirarlo. El aire como hermano malo
del aire que sirve. Estamos a punto. La invisibilidad me toma
–su dedo en el esfínter– intenta quitar la piedra, rabia
dotada de miel. Pones miel al interior. La ciudad
se abre. Es amapola. Roja ofrece su negro. Miedo tal
para pétalo cual. Blandura de morir, no. La vista
se repite y tampoco. Me lo he hecho en los pantalones.
Estoy muerto de miedo. Me lo he hecho. La ciudad
se permuta por otra, material parecido a una goma elástica
con la que compondrás una honda, la pequeña uve
de tu dedo medio y el índice. Uno escoge el dolor. Obsidiana
que no fue semilla. La pones en la goma, dedos tensos.
Apuntas, disparas. El sonido de la rabia. Ruta de ir o dividir
12
La sanación simplemente. El higo de la soledad echando néctar
sobre la boca que agoniza. La sanación, el nervio
de quien suda de noche. Va a aparecer. Va a aparecer. Vigilas
la sombra –la oscuridad fuera del ojo–, lo impenetrable
del observador, lo que lleva a huir siempre, hocico –agudo–
de cachorro. Que gime. Que busca la parte blanda de la colcha.
Un miedo leve –masticar hierba. Sacar de su cáliz
una flor morada, chuparla por debajo. Néctar
que te sana, cuando se te aparece la letra. Viene
la letra-padre con el viejo sonido de las cerraduras.
Y el espacio clava, púas transparentes de ortigas.
La letra-padre, rumor de zapatillas de levantar.
El talco forma nubes cuando el viento se cuela.
Las polillas, una forma de adiós. La naftalina
es una gema comestible. Tu dolor astilla de a poco
las tejas de alerce. Sientes el hacha partiendo leña.
Pero no estás ahí ni en algún sitio de acogida.
La sanación te sorprende, su forma grotesca: escuchas
pasos a las 5 de la mañana, hasta
que se pierden.
Tus oídos de perro dan
alarma, la sirena de un barco
que ha chocado contra un iceberg. Son las 5.
La noche se congela. Queda la música suspendida
en un aire sin posible. Luz cortada para siempre:
el contador de electricidad como si se hubiera tragado
un nido de avispas. La sanación rompe la tela.
Enseña una máscara de teatro noh, rictus de muerto
pero en la sola superficie: simular el desmayo
cuando asoma la visión. Y en la mirada hay un muro,
el negativo de una mano dibujada en él,
como si alguien hubiera tosido rociando saliva
contra la palma abierta. El sol que seca esa figura.
(Antología Sur-Sud. Siete Poetas Chilenos,
Plagio Ediciones,
2008)
***
Mi padre
Mi padre: negación y negación; contra-padre, ciudad, aceptación
–lejana– del lirio, su gónada
y recuerdos rajados: la nuez en la cabeza –de san Antonio de
Padua– la cabeza roída: yo rezaba, y de súbito
un pozo más y más fondo; y las palabras, un pozo; y los
hermanos, un pozo: todo un eco la salida,
todo un eco –política de gotas de ácido– la quemadura, la vereda,
no más barro, espesor significado en ti
o sobre ti. Ciudadano, nunca he dicho sujeto: tu corazón o mi
sílaba. Tu pericardio, el baptisterio,
los prestamistas, limpios: no pureza, no oxígeno –es lo albo su
mancha– el aceite en sus manos.
Mi padre y su asfixia: su maldad, su arruga de padre: política
–de carneros– la cívica, los pastores y yo,
los burgueses y yo, los explotados y yo: la ética del chico y su
lengua trozada: no un cardo, fue
una estrella en mi herida. Un emisario. Fue el tísico: el adolescente
y su honda: quédate escondido,
rojo hijo de perra: si te pillo, volarán con tu hoz los ángeles.
La pesadilla más basta: su mutación en bien.
La vacuna, un demonio: ya ha sido besado. Mírate ahí: mi patria
es mi padre. Comerá tu ciudad.
Estética y ruptura: el ombligo del mundo. Chile es conjetura.
Europa es conjetura. Nunca regreso
pero tampoco hay partida. Más Tú es la muerte. Negro abrigo
de mi padre: pulsión cinematográfica
por grabarlo todo. Va y lo abre –anochece– los niños se llenan
de mariposas amargas. Mira esas gaviotas,
negras de alquitrán. Son culpa de Él. Mira esos hombres, los
pececillos de esos hombres
–espermios de oro, casquetes de bala desde el interés, el
capital, desde la florcita de plástico
y su perfume: mostaza– son culpa de Él. La desnudez de esa
bestia, mi poco de mal.
Repetirse en imágenes, las tijeras de mi hermana: no hay belleza
tan sucia: edición, contra-edición,
de celuloide, mitosis celular: fagocitosis. El fascista mamando
la ubre extranjera. Más Tú es la muerte.
*
Más Tú es la muerte, en la ciudad de los solos. En la captación
de público de los centros comerciales.
Ya perdí la certeza. Ya no digo: escojo. Porque primero: he
amado. Segundo: alguna vez he mirado el espejo.
Tercero: alguna vez no fui yo ni fui tú. ¿Qué fue de nosotros?
Un sujeto indeterminado. Un contra-sujeto fiel
al espacio coloidal –allí la lucha fluctúa. Cuarto: he vuelto –a
ser otro Yo– y me han comido los tordos.
Y mi padre soy yo. Pero tú despedazas el pan –las palomas, tus
letras: por eso, las azoteas se pudren–
y quien viene a comer no es más sombra que nosotros. Quien
viene a dejar su lagrimón de mezcalina
no es más chico que tú –dibujó, a los siete, un arcángel de cera
en la pared tras su cama: es, hoy, otro arcángel–
y la metadona de sol, ¿una lluvia más? Caiga mi padre por el
peso de mi amor y no por el de mi espada.
Sea inútil el canto, no así regular –lo desafinado concluya en
este tipo de belleza: digo, el temple del caído; digo,
la cicatriz y su causa: el galgo persiguiendo un conejillo de
indias– inútil reproche, quien está escribiendo.
Tú y yo, desde el centro. Tornado ya, el lenguaje no mella.
Menos se traga a sí mismo. Mi padre mira
por el sacrificio y se ríe. Un gusano es gusano. No el mismo dedo, sino
falange del dedo. Mi padre soy yo
en la ciudad de los solos: el paraíso formado con el lego de
un crío. Bebe sangre y te agrandarás.
Come un hongo y encogerás. Las letras del alfabeto, multiplicidad de
elecciones: si presiono aquí,
arderá hacia adelante. Si libero una peste ganaré una ficha. Saca
tu mechero de plata, muchacho. Éste es mi cigarro
y éste es tu mirar. Saca tu mechero, Bertolt Brecht: recuerda:
en los cataclismos que llegarán yo espero
no apagar mi cigarro a causa de mi amargura. Un sujeto
indeterminado: lo han comido los tordos.
Mi sangre, mestiza: no más roja que otra. El inmigrante y su
jaula. La zoo-lógica del miedo. Tú tienes el hábito:
Coges, arrugadas, facturas –como hojas, ¿el otoño es repudio?–
barcos de papel adentro de un zapato.
Más Tú es la muerte, a la hora de vivir el poder, la contradicción.
Siempre digo más. Tú siempre, menos.
La retórica cambia: llenamos con aire la jeringa de un príncipe.
Así negocia mi padre: echando a tierra su vínculo.
que ha chocado contra un iceberg. Son las 5.
La noche se congela. Queda la música suspendida
en un aire sin posible. Luz cortada para siempre:
el contador de electricidad como si se hubiera tragado
un nido de avispas. La sanación rompe la tela.
Enseña una máscara de teatro noh, rictus de muerto
pero en la sola superficie: simular el desmayo
cuando asoma la visión. Y en la mirada hay un muro,
el negativo de una mano dibujada en él,
como si alguien hubiera tosido rociando saliva
contra la palma abierta. El sol que seca esa figura.
(Antología Sur-Sud. Siete Poetas Chilenos,
Plagio Ediciones,
2008)
***
Mi padre
Mi padre: negación y negación; contra-padre, ciudad, aceptación
–lejana– del lirio, su gónada
y recuerdos rajados: la nuez en la cabeza –de san Antonio de
Padua– la cabeza roída: yo rezaba, y de súbito
un pozo más y más fondo; y las palabras, un pozo; y los
hermanos, un pozo: todo un eco la salida,
todo un eco –política de gotas de ácido– la quemadura, la vereda,
no más barro, espesor significado en ti
o sobre ti. Ciudadano, nunca he dicho sujeto: tu corazón o mi
sílaba. Tu pericardio, el baptisterio,
los prestamistas, limpios: no pureza, no oxígeno –es lo albo su
mancha– el aceite en sus manos.
Mi padre y su asfixia: su maldad, su arruga de padre: política
–de carneros– la cívica, los pastores y yo,
los burgueses y yo, los explotados y yo: la ética del chico y su
lengua trozada: no un cardo, fue
una estrella en mi herida. Un emisario. Fue el tísico: el adolescente
y su honda: quédate escondido,
rojo hijo de perra: si te pillo, volarán con tu hoz los ángeles.
La pesadilla más basta: su mutación en bien.
La vacuna, un demonio: ya ha sido besado. Mírate ahí: mi patria
es mi padre. Comerá tu ciudad.
Estética y ruptura: el ombligo del mundo. Chile es conjetura.
Europa es conjetura. Nunca regreso
pero tampoco hay partida. Más Tú es la muerte. Negro abrigo
de mi padre: pulsión cinematográfica
por grabarlo todo. Va y lo abre –anochece– los niños se llenan
de mariposas amargas. Mira esas gaviotas,
negras de alquitrán. Son culpa de Él. Mira esos hombres, los
pececillos de esos hombres
–espermios de oro, casquetes de bala desde el interés, el
capital, desde la florcita de plástico
y su perfume: mostaza– son culpa de Él. La desnudez de esa
bestia, mi poco de mal.
Repetirse en imágenes, las tijeras de mi hermana: no hay belleza
tan sucia: edición, contra-edición,
de celuloide, mitosis celular: fagocitosis. El fascista mamando
la ubre extranjera. Más Tú es la muerte.
*
Más Tú es la muerte, en la ciudad de los solos. En la captación
de público de los centros comerciales.
Ya perdí la certeza. Ya no digo: escojo. Porque primero: he
amado. Segundo: alguna vez he mirado el espejo.
Tercero: alguna vez no fui yo ni fui tú. ¿Qué fue de nosotros?
Un sujeto indeterminado. Un contra-sujeto fiel
al espacio coloidal –allí la lucha fluctúa. Cuarto: he vuelto –a
ser otro Yo– y me han comido los tordos.
Y mi padre soy yo. Pero tú despedazas el pan –las palomas, tus
letras: por eso, las azoteas se pudren–
y quien viene a comer no es más sombra que nosotros. Quien
viene a dejar su lagrimón de mezcalina
no es más chico que tú –dibujó, a los siete, un arcángel de cera
en la pared tras su cama: es, hoy, otro arcángel–
y la metadona de sol, ¿una lluvia más? Caiga mi padre por el
peso de mi amor y no por el de mi espada.
Sea inútil el canto, no así regular –lo desafinado concluya en
este tipo de belleza: digo, el temple del caído; digo,
la cicatriz y su causa: el galgo persiguiendo un conejillo de
indias– inútil reproche, quien está escribiendo.
Tú y yo, desde el centro. Tornado ya, el lenguaje no mella.
Menos se traga a sí mismo. Mi padre mira
por el sacrificio y se ríe. Un gusano es gusano. No el mismo dedo, sino
falange del dedo. Mi padre soy yo
en la ciudad de los solos: el paraíso formado con el lego de
un crío. Bebe sangre y te agrandarás.
Come un hongo y encogerás. Las letras del alfabeto, multiplicidad de
elecciones: si presiono aquí,
arderá hacia adelante. Si libero una peste ganaré una ficha. Saca
tu mechero de plata, muchacho. Éste es mi cigarro
y éste es tu mirar. Saca tu mechero, Bertolt Brecht: recuerda:
en los cataclismos que llegarán yo espero
no apagar mi cigarro a causa de mi amargura. Un sujeto
indeterminado: lo han comido los tordos.
Mi sangre, mestiza: no más roja que otra. El inmigrante y su
jaula. La zoo-lógica del miedo. Tú tienes el hábito:
Coges, arrugadas, facturas –como hojas, ¿el otoño es repudio?–
barcos de papel adentro de un zapato.
Más Tú es la muerte, a la hora de vivir el poder, la contradicción.
Siempre digo más. Tú siempre, menos.
La retórica cambia: llenamos con aire la jeringa de un príncipe.
Así negocia mi padre: echando a tierra su vínculo.
**
Materiales
1
El frío te roba la cara. Te sienta en un plato con hielo.
de esa forma –embalsamado– las agujas te marcan. Eres
estalactita –o casi no. Alfiler nacido de roca. Te tiran
granos de miel, arroz dulce –de puro gélido– y subes, silbas
por la onomástica –la ciudad–: el esputo, la pelambrera, la
resaca de la nube –se te da íntegra, a la inversa, toda
congelada– agrisando el vidrio con moho; llaves
no te entran, la bondad de las estufas: el calor de afuera
no convence. Hay blanco. El frío te roba. Te lija. Te hace
resbalar por la escalera: flor soplada para empalidecer el texto,
nieve que sube y no al revés. Una vela de hielo, tu esternón
humeando.
Lo que se consume es más, tos teñida de azul: afuera te quitan
la cara de un corte: lengua, gillette. Te pegan el rostro de un perro.
De una perra vieja –la enterraron bajo el cirro. No caía lluvia.
No habían gotas, nada líquido. Sí escombros. Clavos dulces.
Esquirlas de una bomba fría, arcángel con sonido de un copo
al tocar la hojalata. Te tragas el puñal –mejor amigo– el tallo
fino de la mosqueta: el capullo afuera no significa nada
más: la asfixia. La fobia. La afasia. El frío te roba: es el sonido
de la cuchilla, su reflejo, el mismo del hielo al hacer la incisión.
Un perro apaleado en la calle gime –tu cara se le descose– la nieve
se hace púrpura, caramelo sobre un helado. Comer o no.
2
Es verdad: hay frío. Rocas de sal. Coraza
de cangrejo, otra roca –espera comerse ese hueco de pozo.
Cruje el desierto, su metro cuadrado, la orilla, la espuma,
cuencas de gaviota –devoradas por quimeras, gotas de vapor.
Y el dolor, mirar: sílex, yesca, llamarada, desconcharse
una piel sin caerse del todo, cerros haciendo visible el lugar
de una muerte –tácita– pero sin deteriorarse, momias,
cruz de manos
parecidas a sed. La lágrima, síntesis de un pequeño salar.
Los flamencos, de esa agua venenosa, filtran algo y les nutre.
Y tú, que cuando hablas te agrietas el pecho, oyes la rotura
de una quijada cayéndose –se entierra en sedimento, rumor de
escarabajo.
Entiendes de piedras (estás hecho de ellas). Un jirón de piel
sostiene lo ínfimo, agujero negro de bala, soga donde la pirita
ha sido alfabeto. Es verdad. No hay frío. Ni agua. Una libélula
voló directa al nervio. Dunas lamen dunas. No puntos
sino enormes granos de arena. El desierto limita con el mapa.
No barcos. El calor hace ulular las imágenes. El espejismo
es el espejo de los muertos. Y tú, que vives, sólo ves el rojo
galápago, sal en retirada, ventisquero, quemadura
que es aire.
3
La membrana es membranza. Amnios –barro, oscuridad que flota–
diciéndote: mete el dedo aquí. Tumor de líquido, la mirada, la calle
se te enquista, bufando. Otro hijo dentro tuyo, feto en feto,
niño sin vísceras preñado de su hermano. Dame agua, que el agua
retrasa su efecto: no sacia: no riega: no se evapora. No deja un sello
en el charco agrietado. No beben los animales. Pajaritos
son tragados al bañarse. Hola, remolino. Adiós, jilguero. Marc Chagall
preñó una burra con un niño. Vio su casa a punto de parir.
El agua gesta una gota, y la gota es un ojo; y un ojo, la misma
pregunta del agua cuando la gota está llena de lo que refracta: el
mundo.
Casas de color salmón. Casas con tejas de alerce. Casas en llamas.
Niños muertos de hambre. Devoran a su hermano: ¿hay más?
La membrana es membranza. Vaina de haba partida a lo largo.
El viento pone musgo en los postigos. La mosca ahogada en
el bebedero
dice: me ahogué en el mismo líquido. Soy líquido. Uno parte el agua
con el remo, rama de ciruelo más negra –la ventisca. No uñas
raspando el plástico, la boca, cristal de pecera. Beso.
Una flor que se abre, bulbo herido porque le saldrá un rizoma.
El rizoma es puñal salido del cuerpo y no al revés. Puñal de agua,
su inmanencia sucia. Ácidos y aceites el abanico cromático.
Bienaventuranza
del hermano que lo ve: república invisible de una nube.
El acto
de comerse a su gemelo. La burra que lo gesta es el pastizal.
4
Tus dientes se vuelan. El viento te quita los pelos, las células
que permiten trinitarias. Se van los átomos de oxígeno
como si fuera el aliento. Un Titán es respiro, porte de caramelo,
estrella o mandarina, pero negra, tragándose
con velocidad de muerte lo visto y no. No quedan nombres
en las hojas arrancadas. No están amarillas. Los árboles deletrean
el huracán. Belfos, resoplido de potro. La noche. Sus dientes
se vuelan. Son pétalos. Se deshoja un lilium: se descubre un cráneo.
Las cortinas agitadas: las madres hablan con la neumonía:
niñas muertas sobre las capas de polvo transformadas en tos,
flema de ángel, luciérnaga de tísicos confundida con eco
de quien estornuda, sudor de cuerpos elevado por el roce
de un aire sin aire. El sudor de quien muere es lluvia. Arrecia
en la axila de quien resuelve un crucigrama. Los perros intentan
coger el ramaje levitado por el remolino. Un ciclón de hombres,
letras esdrújulas –anónimo o gramática–, ciclón como el ojo
de quien tiene una mancuerna, balanza dura sin centro ni brazos.
Tus dientes se vuelan. Alguien los coge y dispone en los fieles.
La balanza no se inmuta. Pata de palo no. Extremidades de carne no.
El aire pronuncia su propio nombre. Y no dura más él
que el eco de quien clava la silla; casa clavada a la piel de los muertos.
Te encadenas a las rejas de metal, y esperas óxido: tus cabellos
no comparables con ráfagas. La mano transparente que te pesa.
**
Materiales
1
El frío te roba la cara. Te sienta en un plato con hielo.
de esa forma –embalsamado– las agujas te marcan. Eres
estalactita –o casi no. Alfiler nacido de roca. Te tiran
granos de miel, arroz dulce –de puro gélido– y subes, silbas
por la onomástica –la ciudad–: el esputo, la pelambrera, la
resaca de la nube –se te da íntegra, a la inversa, toda
congelada– agrisando el vidrio con moho; llaves
no te entran, la bondad de las estufas: el calor de afuera
no convence. Hay blanco. El frío te roba. Te lija. Te hace
resbalar por la escalera: flor soplada para empalidecer el texto,
nieve que sube y no al revés. Una vela de hielo, tu esternón
humeando.
Lo que se consume es más, tos teñida de azul: afuera te quitan
la cara de un corte: lengua, gillette. Te pegan el rostro de un perro.
De una perra vieja –la enterraron bajo el cirro. No caía lluvia.
No habían gotas, nada líquido. Sí escombros. Clavos dulces.
Esquirlas de una bomba fría, arcángel con sonido de un copo
al tocar la hojalata. Te tragas el puñal –mejor amigo– el tallo
fino de la mosqueta: el capullo afuera no significa nada
más: la asfixia. La fobia. La afasia. El frío te roba: es el sonido
de la cuchilla, su reflejo, el mismo del hielo al hacer la incisión.
Un perro apaleado en la calle gime –tu cara se le descose– la nieve
se hace púrpura, caramelo sobre un helado. Comer o no.
2
Es verdad: hay frío. Rocas de sal. Coraza
de cangrejo, otra roca –espera comerse ese hueco de pozo.
Cruje el desierto, su metro cuadrado, la orilla, la espuma,
cuencas de gaviota –devoradas por quimeras, gotas de vapor.
Y el dolor, mirar: sílex, yesca, llamarada, desconcharse
una piel sin caerse del todo, cerros haciendo visible el lugar
de una muerte –tácita– pero sin deteriorarse, momias,
cruz de manos
parecidas a sed. La lágrima, síntesis de un pequeño salar.
Los flamencos, de esa agua venenosa, filtran algo y les nutre.
Y tú, que cuando hablas te agrietas el pecho, oyes la rotura
de una quijada cayéndose –se entierra en sedimento, rumor de
escarabajo.
Entiendes de piedras (estás hecho de ellas). Un jirón de piel
sostiene lo ínfimo, agujero negro de bala, soga donde la pirita
ha sido alfabeto. Es verdad. No hay frío. Ni agua. Una libélula
voló directa al nervio. Dunas lamen dunas. No puntos
sino enormes granos de arena. El desierto limita con el mapa.
No barcos. El calor hace ulular las imágenes. El espejismo
es el espejo de los muertos. Y tú, que vives, sólo ves el rojo
galápago, sal en retirada, ventisquero, quemadura
que es aire.
3
La membrana es membranza. Amnios –barro, oscuridad que flota–
diciéndote: mete el dedo aquí. Tumor de líquido, la mirada, la calle
se te enquista, bufando. Otro hijo dentro tuyo, feto en feto,
niño sin vísceras preñado de su hermano. Dame agua, que el agua
retrasa su efecto: no sacia: no riega: no se evapora. No deja un sello
en el charco agrietado. No beben los animales. Pajaritos
son tragados al bañarse. Hola, remolino. Adiós, jilguero. Marc Chagall
preñó una burra con un niño. Vio su casa a punto de parir.
El agua gesta una gota, y la gota es un ojo; y un ojo, la misma
pregunta del agua cuando la gota está llena de lo que refracta: el
mundo.
Casas de color salmón. Casas con tejas de alerce. Casas en llamas.
Niños muertos de hambre. Devoran a su hermano: ¿hay más?
La membrana es membranza. Vaina de haba partida a lo largo.
El viento pone musgo en los postigos. La mosca ahogada en
el bebedero
dice: me ahogué en el mismo líquido. Soy líquido. Uno parte el agua
con el remo, rama de ciruelo más negra –la ventisca. No uñas
raspando el plástico, la boca, cristal de pecera. Beso.
Una flor que se abre, bulbo herido porque le saldrá un rizoma.
El rizoma es puñal salido del cuerpo y no al revés. Puñal de agua,
su inmanencia sucia. Ácidos y aceites el abanico cromático.
Bienaventuranza
del hermano que lo ve: república invisible de una nube.
El acto
de comerse a su gemelo. La burra que lo gesta es el pastizal.
4
Tus dientes se vuelan. El viento te quita los pelos, las células
que permiten trinitarias. Se van los átomos de oxígeno
como si fuera el aliento. Un Titán es respiro, porte de caramelo,
estrella o mandarina, pero negra, tragándose
con velocidad de muerte lo visto y no. No quedan nombres
en las hojas arrancadas. No están amarillas. Los árboles deletrean
el huracán. Belfos, resoplido de potro. La noche. Sus dientes
se vuelan. Son pétalos. Se deshoja un lilium: se descubre un cráneo.
Las cortinas agitadas: las madres hablan con la neumonía:
niñas muertas sobre las capas de polvo transformadas en tos,
flema de ángel, luciérnaga de tísicos confundida con eco
de quien estornuda, sudor de cuerpos elevado por el roce
de un aire sin aire. El sudor de quien muere es lluvia. Arrecia
en la axila de quien resuelve un crucigrama. Los perros intentan
coger el ramaje levitado por el remolino. Un ciclón de hombres,
letras esdrújulas –anónimo o gramática–, ciclón como el ojo
de quien tiene una mancuerna, balanza dura sin centro ni brazos.
Tus dientes se vuelan. Alguien los coge y dispone en los fieles.
La balanza no se inmuta. Pata de palo no. Extremidades de carne no.
El aire pronuncia su propio nombre. Y no dura más él
que el eco de quien clava la silla; casa clavada a la piel de los muertos.
Te encadenas a las rejas de metal, y esperas óxido: tus cabellos
no comparables con ráfagas. La mano transparente que te pesa.
Pesadillas
2
Vendría el hombre y su filo. Las muchachas lloran: arena contra
el párpado.
El dinero tiene larvas, dientes duros de hematite: el azufre, boca;
no cuerpo: pisada no hay. Ni qué. No es tuyo ese moho. Un lagarto
rasca:
su uña hace cuenca, voz, sacrificio de una que se parte: rebota en sal.
Palabra sacrificio –letras góticas de hiel– quitada a dentelladas.
Rocío negro
de la sangre cuando hay polvo. Piedra definida en faro. Acción similar
a la estrella, el cactus del cielo –punzar la mirada– agave, miniatura
de hidra,
Ikebana de la muerte. Licor nocivo, la duda. El dolor de quien busca
a otra –almendra machacada– bajo arcilla. Arcilla otra, ciudad. Paño
del cielo. Donde hay cielo habría sangre. Nombre donde no. Letras
con tamaño de falange, canino para afilar un hacha, coral de médula, rubí
la muerte siendo tuya, matada de marras. Rostro de mitómano. Mentira
el barro, petróleo, en mixtura. La palabra, lengua que lo toca, amargo
día a día: musgo. Su terciopelo como montura de mosca, porque
te han hecho comer un trozo de espejo. Te rajaron con un hijo.
El vientre
te lo mordió un topo. Un perro se meó encima de ti: maná. Zodiaco
bordado en los ángeles; el afrecho de los cerdos hecho de oro molido
se derramó sobre ti –son balas besándote–; como hachas dulces y
coyotes;
como quien busca migas, imitación de palomas. De ese modo te vieron:
cegada por las águilas que devoran la serpiente. Palomas del desierto
contra la azotea de la catedral. Pero tú sólo ingresas en la nave
del salitre.
Los pilares son huesos. Los vitrales, una nieve salada del todo.
Te metieron entre las nalgas una lata de cerveza. Bebieron los hombres.
El desierto
es un pañuelo. Te llora la llaga de Jesús: ha bebido. Yo he bebido.
Ese corte;
mezcal –bilis y hez su calavera. Vendría el reloj macho con su tic.
El filo
sagrado del vacío. La luna sangrando su agujero. La letra invisible
del rajar.
4
Lijarme el diente con la piedra –eso tengo que hacer–
sacar una tripa, llenarla con aire –desde la ola matutina,
mi abdomen de espuma– inflarla, elevar ese globo de piel,
el zeppelín de la muerte –así lo he bautizado–, la rapsodia de Ra,
volutas de metano, aureola en llamas, pulmón atrapamoscas;
resorte de níquel en la quijada del cráneo. Así hablaba este yo
–de nadie es sujeto–, repetido en pantalla. Te repites: un hombre
y su cerveza. Te repites: la invisibilidad. ¿Qué es? Un falo
contra una flor de lis: una espina contra el cielo, sangre
de quien come pólvora, inmolado entre gente. Pólvora: sol.
Pólvora: el rico y su espora de radio, el oro en su prótesis,
gancho con que un diente se afirma en otro. Otro más: pesticidas
más bellos que un grajo. Repetir: una píldora de viento –alada–,
como tú, toda lumbre. Píldora: radioescuchas, nariz de pan.
Pan y vino que se agria –criadero de moho, bacilos, streptococos,
cilios de hombre –se meten allí donde el No, ¿qué es No?.
Cero y uno de la nada; cero y uno el decir; verbo huir. Verbo matar.
Verbo invisible; grafema de la acumulación: muérete tú
que nací primero. Primero: asola tu tripa con ácido. Llena tu tripa.
Afila el hacha con colmillo. Métete en la boca del narval:
saca brillo a tu hueso. Ándate por el filo, letra L que sangra,
niño haciendo un agujero en tierra. Labios de niño. Ojo hueco
de quien toca su abdomen y escribe con uña el soneto de huir.
Animal escaso de la historia, borrado con goma de hablar.
(Animal Escaso,
Ediciones Idea,
Santa Cruz de Tenerife,
2010)
***
detrás de los caballos
Lo extremo es dádiva, peso del calor, lagarto transparente,
su lengua de harapo –muy dentro, muy dentro– enrollándose
en poco, al gestar pulso, pausa, la obertura. Míralo:
su bilis, su lis, flor dorada: menstruación, raja de fuego.
Una perra y su vulva, cono del Fujillama:
salen peces payaso. Se ríen ja-ja; me parto ja-ja. Rápidamente
se introducen en la anémona. Manuel, Manuel: compremos rosas;
los cactus crecidos en el excremento de Lola
subirán. Serán fauces. Compremos rosas, rojas por fuera,
amarillas al interior, guardianas de un huevo.
Se enredarán. Serán costra. Los jazmines.
Buganvilias púrpuras del duelo. Líbrennos del hedor:
tu abuelo moribundo. Esto somos, lagartos disecados al poniente,
su arder, su concepto. Levanto una escama
del traje de camaleón. Verás la llaga de Jesús.
Su influencia, esa ampolla: usamos lejía
para limpiar la terraza. Te enseño mi yambo: esta escama me encierra
en su jaula de grillo. Cri-cri, susurro, restregando mis patas
de atrás y la coda. Simula la coda, pero dar es durar.
Lo extremo, el ágil salpullido, conciencia de vacas
como libros –muescas– ocas abiertas en la vía, moscas
que la gente lee, levantando cejas, frunciendo el labio:
mueca blanca de ángel. La palidez, la vulva
de mi perra, su menarquía, cuando identifica y ladra
al peatón incitándolo: hazle hijos, peatón, humanos
mitad perros. Ese es nuestro mote: Papi y Papá.
La estrella del cielo –su matemática, su nutrición–
vulva de Lola, pétalos barridos para atar.
Esta culpa vuelve como otra planta de riego, algo que cura
sin sanar del todo, sólo lo justo: cuerpo devorado
por adición de verbo. Las cucarachas, nuestro valor.
Las bichas hacen nido en el baño (sobrevivirán
al veneno que le echemos). Barata y no rata.
No te quiero dar asco. Vienes con tu lienzo
–que es tu saber–, me envuelves. No es sudario
la leche de los eyaculadores aferrada al jazmín.
@
Tu abuelo está a punto. Los míos –ya muertos–
dicen míranos… (Y el azúcar rancia de sus venas
vuelve alcohol las estrellas más lejanas). Mi abuelo sobre un naranjo:
el árbol florece. Corta ramas pequeñas. Nos dice: úsenlas
para retirar la cutícula. No enconará. Lo intentamos, en sueños.
Los muertos atraviesan la pared de casa,
arrecian sobre goteras, la humedad. Nuestras uñas
se llenan de antiguos: ¿lo ven? Les cuidamos.
Tu abuelo agoniza. En el hospital la cánula
se le enrolla al cuello. Nuestra distancia llena
de tubos parecidos. Tu padre prueba un coágulo.
Tu padre, como un viejo monje, se lleva un trozo de abuelo a la boca.
Con maldad –o bondad lejana, saco de arena
que vuelca sobre un amigo– llora. No es trozo.
No es un trozo. Tu padre prueba un fantasma. De la tripa del abuelo
sale un espectro, ojos amarillos, dos limones
similares a gemas (causa de risa). Va tu padre,
ajusta el gotero, enrolla al fantasma, se lo come.
Ven, me hecho con uno, dice, y llora. El resto
es inicio. Es resto no escampa. Tu madre, peace en peace.
Manuel, compremos rosas, que el abuelo
no aguanta. Un merengue pudriéndose al sol,
abundancia de los eyaculadores tras el sitio.
La vulva de mi perra. El zodiaco. Mis hermanos, pulsos
eléctricos, zigzagueantes, canto de golondrinas, esa rapidez.
Palpitaciones captadas por mis pestañas. Una se me desenrolla,
sube hasta mi cabeza, ausculta las ondas. Entonces las uñas
se agrandan. La del dedo gordo del pie se hincha,
una pantalla estupenda. Aparecen mis hermanos.
Golondrinas, golondrinas, cómo están, les digo. Ellos silban
fiuuuuuuu, ellos silban fiaaaaaaaa. Mi padre come
un trozo de sangre –otro fantasma– pero nacido
de puertas interdimensionales abiertas con sus cejas.
No seas así. No describas a tu viejo, borra esa
palabra del mío. La palabra se borra. Tu padre come
una mosca de algodón y mi padre come una mosca de seda.
Nuestras madres fuman compartiendo el cigarrillo
bajo una rosa de aceite. Nos gritan: “vayan,
detrás de los caballos. No pierdan de pista a los caballos.
Sobre nuestros pies, excrementos fragantes. Abonen las rosas,
los ojos del abuelo. Queremos camas bien hechas”.
**
Fue el amanecer. Fue resto –no mendrugo– de algo que es día. Besugo,
que pulsas tu escoria –es
tecla–: nacer. Fue esto: yo me ayudo, pero rías
o no, o si no te fías, asbesto es tu médula, tu nombre y su nudo. Madrugo, y
la gloria no llega, no guía, ruta accesoria. Y supones crecer. Merecer
alcaloide, gotita de veneno, el vial de oro, una espina de cloro que me
hará acidez. Hez y poma, hez y poema, cuando sufro y azufre es el olor.
Pavor. Amor. Aroma. Visión de celuloide: diré a mi amigo Benny que
toque su piano. ¿Lo ves? Broma. Lo ha tocado. Broma. Ángel de la nota
es un ángel volado. ¿Al revés? Valor, violar marina, te cayó en el ojo
jugo de mandarina. Emblema de morir. Hay dolor, muertos que se
suben a la silla y comen arvejas. Vino la vieja y sembró semillas al interior
de las bocas de esos pobres caballeros. Lo verdadero es calma, lo cruel
también. Si tienes hiel, si tienes piel, y un cencerro de colgar en vacas,
dale al muerto otra silla, se la pones y se la sacas, le abres la tarasca y se
la llenas de gavillas. Eso es faltar. Es delatar porque el tema es huir. Lo
asumo, pechugo, que te hinchas, palomo: me asomo a ese vuelo y ese
cielo está alto. Salto y penetro en el finestro, perdón, se decía finestra.
Diestro beso, siniestra niñita es tu sombra quemada. Vino la alondra y
quedó embarazada. Vino un palomo y le dio pechuga. Madrugas de
noche y te acuestas de día. Algarabía y derroche, dijo el príncipe en ascuas.
Una aguja de cloro le cosió las palabras. Vino un loro esquelético: su
huevo atlético del que nació una calavera. Acelera, acelera, dijo el príncipe
en llamas. Fue el amanecer, el resto, el mendrugo. Si dices esto yo
mismo te ayudo; pero una bota es mi paso, una bota me oprime. Dime,
Segismundo, en qué mundo botas. Asumo derrota: Benny de Abba hace
gracias de piano –por quererlo estoy sano– pero el logro es un loro, a
mi lado su sitio. Te dice acertijos, ¿o se dicen gusanos? Y como aciertes
–tu ano es un rostro inerte–, te alaba: “haz errado: crucifijo, crucifijo”.
**
2
Vendría el hombre y su filo. Las muchachas lloran: arena contra
el párpado.
El dinero tiene larvas, dientes duros de hematite: el azufre, boca;
no cuerpo: pisada no hay. Ni qué. No es tuyo ese moho. Un lagarto
rasca:
su uña hace cuenca, voz, sacrificio de una que se parte: rebota en sal.
Palabra sacrificio –letras góticas de hiel– quitada a dentelladas.
Rocío negro
de la sangre cuando hay polvo. Piedra definida en faro. Acción similar
a la estrella, el cactus del cielo –punzar la mirada– agave, miniatura
de hidra,
Ikebana de la muerte. Licor nocivo, la duda. El dolor de quien busca
a otra –almendra machacada– bajo arcilla. Arcilla otra, ciudad. Paño
del cielo. Donde hay cielo habría sangre. Nombre donde no. Letras
con tamaño de falange, canino para afilar un hacha, coral de médula, rubí
la muerte siendo tuya, matada de marras. Rostro de mitómano. Mentira
el barro, petróleo, en mixtura. La palabra, lengua que lo toca, amargo
día a día: musgo. Su terciopelo como montura de mosca, porque
te han hecho comer un trozo de espejo. Te rajaron con un hijo.
El vientre
te lo mordió un topo. Un perro se meó encima de ti: maná. Zodiaco
bordado en los ángeles; el afrecho de los cerdos hecho de oro molido
se derramó sobre ti –son balas besándote–; como hachas dulces y
coyotes;
como quien busca migas, imitación de palomas. De ese modo te vieron:
cegada por las águilas que devoran la serpiente. Palomas del desierto
contra la azotea de la catedral. Pero tú sólo ingresas en la nave
del salitre.
Los pilares son huesos. Los vitrales, una nieve salada del todo.
Te metieron entre las nalgas una lata de cerveza. Bebieron los hombres.
El desierto
es un pañuelo. Te llora la llaga de Jesús: ha bebido. Yo he bebido.
Ese corte;
mezcal –bilis y hez su calavera. Vendría el reloj macho con su tic.
El filo
sagrado del vacío. La luna sangrando su agujero. La letra invisible
del rajar.
4
Lijarme el diente con la piedra –eso tengo que hacer–
sacar una tripa, llenarla con aire –desde la ola matutina,
mi abdomen de espuma– inflarla, elevar ese globo de piel,
el zeppelín de la muerte –así lo he bautizado–, la rapsodia de Ra,
volutas de metano, aureola en llamas, pulmón atrapamoscas;
resorte de níquel en la quijada del cráneo. Así hablaba este yo
–de nadie es sujeto–, repetido en pantalla. Te repites: un hombre
y su cerveza. Te repites: la invisibilidad. ¿Qué es? Un falo
contra una flor de lis: una espina contra el cielo, sangre
de quien come pólvora, inmolado entre gente. Pólvora: sol.
Pólvora: el rico y su espora de radio, el oro en su prótesis,
gancho con que un diente se afirma en otro. Otro más: pesticidas
más bellos que un grajo. Repetir: una píldora de viento –alada–,
como tú, toda lumbre. Píldora: radioescuchas, nariz de pan.
Pan y vino que se agria –criadero de moho, bacilos, streptococos,
cilios de hombre –se meten allí donde el No, ¿qué es No?.
Cero y uno de la nada; cero y uno el decir; verbo huir. Verbo matar.
Verbo invisible; grafema de la acumulación: muérete tú
que nací primero. Primero: asola tu tripa con ácido. Llena tu tripa.
Afila el hacha con colmillo. Métete en la boca del narval:
saca brillo a tu hueso. Ándate por el filo, letra L que sangra,
niño haciendo un agujero en tierra. Labios de niño. Ojo hueco
de quien toca su abdomen y escribe con uña el soneto de huir.
Animal escaso de la historia, borrado con goma de hablar.
(Animal Escaso,
Ediciones Idea,
Santa Cruz de Tenerife,
2010)
***
detrás de los caballos
Lo extremo es dádiva, peso del calor, lagarto transparente,
su lengua de harapo –muy dentro, muy dentro– enrollándose
en poco, al gestar pulso, pausa, la obertura. Míralo:
su bilis, su lis, flor dorada: menstruación, raja de fuego.
Una perra y su vulva, cono del Fujillama:
salen peces payaso. Se ríen ja-ja; me parto ja-ja. Rápidamente
se introducen en la anémona. Manuel, Manuel: compremos rosas;
los cactus crecidos en el excremento de Lola
subirán. Serán fauces. Compremos rosas, rojas por fuera,
amarillas al interior, guardianas de un huevo.
Se enredarán. Serán costra. Los jazmines.
Buganvilias púrpuras del duelo. Líbrennos del hedor:
tu abuelo moribundo. Esto somos, lagartos disecados al poniente,
su arder, su concepto. Levanto una escama
del traje de camaleón. Verás la llaga de Jesús.
Su influencia, esa ampolla: usamos lejía
para limpiar la terraza. Te enseño mi yambo: esta escama me encierra
en su jaula de grillo. Cri-cri, susurro, restregando mis patas
de atrás y la coda. Simula la coda, pero dar es durar.
Lo extremo, el ágil salpullido, conciencia de vacas
como libros –muescas– ocas abiertas en la vía, moscas
que la gente lee, levantando cejas, frunciendo el labio:
mueca blanca de ángel. La palidez, la vulva
de mi perra, su menarquía, cuando identifica y ladra
al peatón incitándolo: hazle hijos, peatón, humanos
mitad perros. Ese es nuestro mote: Papi y Papá.
La estrella del cielo –su matemática, su nutrición–
vulva de Lola, pétalos barridos para atar.
Esta culpa vuelve como otra planta de riego, algo que cura
sin sanar del todo, sólo lo justo: cuerpo devorado
por adición de verbo. Las cucarachas, nuestro valor.
Las bichas hacen nido en el baño (sobrevivirán
al veneno que le echemos). Barata y no rata.
No te quiero dar asco. Vienes con tu lienzo
–que es tu saber–, me envuelves. No es sudario
la leche de los eyaculadores aferrada al jazmín.
@
Tu abuelo está a punto. Los míos –ya muertos–
dicen míranos… (Y el azúcar rancia de sus venas
vuelve alcohol las estrellas más lejanas). Mi abuelo sobre un naranjo:
el árbol florece. Corta ramas pequeñas. Nos dice: úsenlas
para retirar la cutícula. No enconará. Lo intentamos, en sueños.
Los muertos atraviesan la pared de casa,
arrecian sobre goteras, la humedad. Nuestras uñas
se llenan de antiguos: ¿lo ven? Les cuidamos.
Tu abuelo agoniza. En el hospital la cánula
se le enrolla al cuello. Nuestra distancia llena
de tubos parecidos. Tu padre prueba un coágulo.
Tu padre, como un viejo monje, se lleva un trozo de abuelo a la boca.
Con maldad –o bondad lejana, saco de arena
que vuelca sobre un amigo– llora. No es trozo.
No es un trozo. Tu padre prueba un fantasma. De la tripa del abuelo
sale un espectro, ojos amarillos, dos limones
similares a gemas (causa de risa). Va tu padre,
ajusta el gotero, enrolla al fantasma, se lo come.
Ven, me hecho con uno, dice, y llora. El resto
es inicio. Es resto no escampa. Tu madre, peace en peace.
Manuel, compremos rosas, que el abuelo
no aguanta. Un merengue pudriéndose al sol,
abundancia de los eyaculadores tras el sitio.
La vulva de mi perra. El zodiaco. Mis hermanos, pulsos
eléctricos, zigzagueantes, canto de golondrinas, esa rapidez.
Palpitaciones captadas por mis pestañas. Una se me desenrolla,
sube hasta mi cabeza, ausculta las ondas. Entonces las uñas
se agrandan. La del dedo gordo del pie se hincha,
una pantalla estupenda. Aparecen mis hermanos.
Golondrinas, golondrinas, cómo están, les digo. Ellos silban
fiuuuuuuu, ellos silban fiaaaaaaaa. Mi padre come
un trozo de sangre –otro fantasma– pero nacido
de puertas interdimensionales abiertas con sus cejas.
No seas así. No describas a tu viejo, borra esa
palabra del mío. La palabra se borra. Tu padre come
una mosca de algodón y mi padre come una mosca de seda.
Nuestras madres fuman compartiendo el cigarrillo
bajo una rosa de aceite. Nos gritan: “vayan,
detrás de los caballos. No pierdan de pista a los caballos.
Sobre nuestros pies, excrementos fragantes. Abonen las rosas,
los ojos del abuelo. Queremos camas bien hechas”.
**
Fue el amanecer. Fue resto –no mendrugo– de algo que es día. Besugo,
o no, o si no te fías, asbesto es tu médula, tu nombre y su nudo. Madrugo, y
la gloria no llega, no guía, ruta accesoria. Y supones crecer. Merecer
alcaloide, gotita de veneno, el vial de oro, una espina de cloro que me
hará acidez. Hez y poma, hez y poema, cuando sufro y azufre es el olor.
Pavor. Amor. Aroma. Visión de celuloide: diré a mi amigo Benny que
toque su piano. ¿Lo ves? Broma. Lo ha tocado. Broma. Ángel de la nota
es un ángel volado. ¿Al revés? Valor, violar marina, te cayó en el ojo
jugo de mandarina. Emblema de morir. Hay dolor, muertos que se
suben a la silla y comen arvejas. Vino la vieja y sembró semillas al interior
de las bocas de esos pobres caballeros. Lo verdadero es calma, lo cruel
también. Si tienes hiel, si tienes piel, y un cencerro de colgar en vacas,
dale al muerto otra silla, se la pones y se la sacas, le abres la tarasca y se
la llenas de gavillas. Eso es faltar. Es delatar porque el tema es huir. Lo
asumo, pechugo, que te hinchas, palomo: me asomo a ese vuelo y ese
cielo está alto. Salto y penetro en el finestro, perdón, se decía finestra.
Diestro beso, siniestra niñita es tu sombra quemada. Vino la alondra y
quedó embarazada. Vino un palomo y le dio pechuga. Madrugas de
noche y te acuestas de día. Algarabía y derroche, dijo el príncipe en ascuas.
Una aguja de cloro le cosió las palabras. Vino un loro esquelético: su
huevo atlético del que nació una calavera. Acelera, acelera, dijo el príncipe
en llamas. Fue el amanecer, el resto, el mendrugo. Si dices esto yo
mismo te ayudo; pero una bota es mi paso, una bota me oprime. Dime,
Segismundo, en qué mundo botas. Asumo derrota: Benny de Abba hace
gracias de piano –por quererlo estoy sano– pero el logro es un loro, a
mi lado su sitio. Te dice acertijos, ¿o se dicen gusanos? Y como aciertes
–tu ano es un rostro inerte–, te alaba: “haz errado: crucifijo, crucifijo”.
**
Lo hecho
No me mires así, no lo he hecho yo. No te he puesto a huevo
para tirarte a la cara un huesito de níspero. No importa lo que pienses
más allá de esas medusas, esas algas volantes que llenan el cuarto,
esas aguadas de humo. Un vidente, captándolas, diría oh yes,
¿es posible?, ¿es posible? Se trata de ectoplasma, ese chico está a punto
de definir lo álgido. Tráeme una tijera
perteneciente a un rabino, un hilo rojo, un dólar de plata.
El resto será suerte, que no cruce por la calle ningún micifuz,
la vecina en busca de una radiografía torácica. No me mires así.
Resulta volátil mi conminación. La hipnosis no ata.
Así estas cucharas dobladas con los ojos, la tostadora de pan,
migajas carbonizadas privilegio del vaticinio. Señorío del éxtasis,
esto serás tú. Un montón de hormigas. Corcheas rotas.
Un olor de sésamo. Lo que huele, en casa, es a uñas yertas,
a cáscaras de sodio desprendidas de un cutis. No lo he hecho yo,
no me mires así. Yo me rasco la espalda con un destornillador,
leo El capital, azuzo con un mondadientes a la mosca de la mierda,
su determinación intrínseca. Qué ingenuo eres, aún llevas el precio.
Llevas pegadas esporas de níscalo. Sacúdete esos pelos de gato.
Me darán alergia. Me darán ganas de encender la aspiradora,
crear un agujero, por truco o trato, y dirás “¡aleluya! Se trata de lo mío.
Eso mismo quería, ser succionado”. Diferente desaparecer
a ser atraído hacia el centro del centro con un solo chupón.
oh yes, es clarísimo. Creamos sin querer una dimensión errónea.
No me mires así, yo también soy torpe. Se trata de ectoplasma,
¿es posible?, ¿es posible? Es tono mayor. No estornudes
esta noche, esas amebas me asustan, hacen ruidos raros
se prenden como fósforo y dejan un punto.
**
6. Eso de que te lo claven. Y el hirsuto
Glande cobre vida. No moral la rosa, su recoveco: su petición
–Si es tan amable– de claridad. Lo genuino. Yo estoy
Arriba de la pelota. Me dañaste, pelotazo,
¡Fire in the hole!: cara impresa en el látex. No redimir.
Soldadito de plomo al interior de una sardina.
No con rabia. No vudú sobre el fetiche:
El trato sutil de las moscas.
El profeta escondido en el hocico que se pudre:
Dentera, caja bucal parecida a un xilófono. Si te pulso
Es marcaje. Lo podrido y su espora, su hongo volador,
Dardos invisibles de la grammostola. Cogote de yegua
o guitarrón, no igual que charrasca.
Realidad de un videogame. Lo genuino. La emoción y su
idiolecto. La mansalva de la definición. El púrpura. Lo horroroso.
Qué es el ensañamiento, cuando en los patios, en los
vanos de las puertas, la cerámica se complejiza –efecto mosaico
y sudoración– la tierna suma del laberinto. La lectura o distribución
del daño: lluvias en Madeira derritiendo la isla; la
publicación reciente de un libro: terremoto en Chile, lo
aciago del cieno; mancuerna de 17 kilos; vena hinchada de
un bíceps. La esperanza de transformarse en árbol. Eso de
que te lo. Eso de que te lo.
6.1. Claven. Claven y claros.
La diatriba (libelo o libido). ¿Que aterrice?,
Toma, aquí hay una pómez. Un tomate
Italiano –girando la manivela
De la cortadora de espaguetis. No semanarios
Manchados con harina, dibujos trazados con el dedo
En el vidrio invernal, la epidermis
De hielo sobre el capó de un automóvil.
Eso de que te escupan: te desvirgas. Las vírgenes
Asolan lo posible, paños manchados de sangre:
La perra de compañía intentando tragarse
Una pelota de caucho. ¡Fire in the hole!: marcas de dientes.
Realidad de un videogame. Tu prudencia, tu saña pedagógica,
tu inconsistencia renal, tus cálculos aritméticos, anteojeras o
parabrisas. Para brisas y viento estoy yo con mi mácula –clítoris
como el cacho de un rape voraz– mi soldado de plomo al
interior de su bacante. Es hirsuto. No es hirsuto. Eso de
que lo claven. Glande ocupando el lugar del sol. Ese arrebol.
Ese caracol. Mi gurú y su tercer ojo, instrumento musical.
Ponerle cuerdas a un hacha. Baile de poetas, el sonido métalico
cuando se toca con los dedos la punta de un bisturí bien
sujeto con los dientes. Eso de que te lo. Eso de que te lo.
Vibración: tiling. Vibración: tilong.
(La pobre prosa humana,
Amargord Ediciones,
2012)
Graciassss/www.letras.mysite.com/pm
Graciasss/web.uchile.cl/publicaciones/cyber/15/
Graciasss/revistadossier.udp.cl/dossier/la-rabia-sera-arder/
Graciasss/www.letras.mysite.com/archivopedromontealegre.
Graciasss/lacomparecenciainfinita.blogspot.com/pedro-montealegre-seleccion-de-poesia.
Graciasss/revistadossier.udp.cl/dossier/la-rabia-sera-arder/
No me mires así, no lo he hecho yo. No te he puesto a huevo
para tirarte a la cara un huesito de níspero. No importa lo que pienses
más allá de esas medusas, esas algas volantes que llenan el cuarto,
esas aguadas de humo. Un vidente, captándolas, diría oh yes,
¿es posible?, ¿es posible? Se trata de ectoplasma, ese chico está a punto
de definir lo álgido. Tráeme una tijera
perteneciente a un rabino, un hilo rojo, un dólar de plata.
El resto será suerte, que no cruce por la calle ningún micifuz,
la vecina en busca de una radiografía torácica. No me mires así.
Resulta volátil mi conminación. La hipnosis no ata.
Así estas cucharas dobladas con los ojos, la tostadora de pan,
migajas carbonizadas privilegio del vaticinio. Señorío del éxtasis,
esto serás tú. Un montón de hormigas. Corcheas rotas.
Un olor de sésamo. Lo que huele, en casa, es a uñas yertas,
a cáscaras de sodio desprendidas de un cutis. No lo he hecho yo,
no me mires así. Yo me rasco la espalda con un destornillador,
leo El capital, azuzo con un mondadientes a la mosca de la mierda,
su determinación intrínseca. Qué ingenuo eres, aún llevas el precio.
Llevas pegadas esporas de níscalo. Sacúdete esos pelos de gato.
Me darán alergia. Me darán ganas de encender la aspiradora,
crear un agujero, por truco o trato, y dirás “¡aleluya! Se trata de lo mío.
Eso mismo quería, ser succionado”. Diferente desaparecer
a ser atraído hacia el centro del centro con un solo chupón.
oh yes, es clarísimo. Creamos sin querer una dimensión errónea.
No me mires así, yo también soy torpe. Se trata de ectoplasma,
¿es posible?, ¿es posible? Es tono mayor. No estornudes
esta noche, esas amebas me asustan, hacen ruidos raros
se prenden como fósforo y dejan un punto.
**
6. Eso de que te lo claven. Y el hirsuto
Glande cobre vida. No moral la rosa, su recoveco: su petición
–Si es tan amable– de claridad. Lo genuino. Yo estoy
Arriba de la pelota. Me dañaste, pelotazo,
¡Fire in the hole!: cara impresa en el látex. No redimir.
Soldadito de plomo al interior de una sardina.
No con rabia. No vudú sobre el fetiche:
El trato sutil de las moscas.
El profeta escondido en el hocico que se pudre:
Dentera, caja bucal parecida a un xilófono. Si te pulso
Es marcaje. Lo podrido y su espora, su hongo volador,
Dardos invisibles de la grammostola. Cogote de yegua
o guitarrón, no igual que charrasca.
Realidad de un videogame. Lo genuino. La emoción y su
idiolecto. La mansalva de la definición. El púrpura. Lo horroroso.
Qué es el ensañamiento, cuando en los patios, en los
vanos de las puertas, la cerámica se complejiza –efecto mosaico
y sudoración– la tierna suma del laberinto. La lectura o distribución
del daño: lluvias en Madeira derritiendo la isla; la
publicación reciente de un libro: terremoto en Chile, lo
aciago del cieno; mancuerna de 17 kilos; vena hinchada de
un bíceps. La esperanza de transformarse en árbol. Eso de
que te lo. Eso de que te lo.
6.1. Claven. Claven y claros.
La diatriba (libelo o libido). ¿Que aterrice?,
Toma, aquí hay una pómez. Un tomate
Italiano –girando la manivela
De la cortadora de espaguetis. No semanarios
Manchados con harina, dibujos trazados con el dedo
En el vidrio invernal, la epidermis
De hielo sobre el capó de un automóvil.
Eso de que te escupan: te desvirgas. Las vírgenes
Asolan lo posible, paños manchados de sangre:
La perra de compañía intentando tragarse
Una pelota de caucho. ¡Fire in the hole!: marcas de dientes.
Realidad de un videogame. Tu prudencia, tu saña pedagógica,
tu inconsistencia renal, tus cálculos aritméticos, anteojeras o
parabrisas. Para brisas y viento estoy yo con mi mácula –clítoris
como el cacho de un rape voraz– mi soldado de plomo al
interior de su bacante. Es hirsuto. No es hirsuto. Eso de
que lo claven. Glande ocupando el lugar del sol. Ese arrebol.
Ese caracol. Mi gurú y su tercer ojo, instrumento musical.
Ponerle cuerdas a un hacha. Baile de poetas, el sonido métalico
cuando se toca con los dedos la punta de un bisturí bien
sujeto con los dientes. Eso de que te lo. Eso de que te lo.
Vibración: tiling. Vibración: tilong.
(La pobre prosa humana,
Amargord Ediciones,
2012)
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