(fragmento)
Fresias de invernadero sobre su mesa, fresias de su infancia que por fin han perdido el resto de perfume que las animaba. Y hoy no quiere hablar más de Vera, no quiere extrañar más a Renata. Otra cosa habría de darle este cuarto, vuelto de pronto lugar de penitencia donde tendrá que cumplir, sola, el exorcismo que se propone. ¿Para qué? Desvía una narración, se dice que la dilata para contarla mejor; por fin la posterga porque no la puede contar. Quisiera que estos trozos de relato fueran como los cuentos de Vera, mejores que los cuentos de V era: imperturbables. Pero teme anotarlos porque sabe muy bien que le duele mucho contar esta historia.
(fragmento)
DESLINDAR. Si pudiera deslindar lo que busca cuando escribe de lo que busca cuando sueña de lo que busca cuando abraza. Siempre derrumbes: no tolera en el otro, como no tolera en sí misma, la falta de fervor. Los impulsos que la llevan fuera de sí son dudosos: escribe irritada, sueña herida o hiriente, ama con rencor. En los tres casos busca una fuerz.a que no mantiene cuando está sola: querría renovar siempre el placer y establecer, a la vez, una turbación continua, afirmar en lo otro -cuerp.o, página, visión nocturna- una pura imaginación. Desdeña el pequeño goce, la satisfacción del juego seguro, quiere romper. Pero francamente ¿ romper qué? Las líneas que escribe, que ayer fueron estallido, hoy son, de nuevo, refugio y prisión. Las cuatro paredes que ayer se derrumbaron hoy se han vuelto a recomponer alrededor de la espera y del recuerdo. Apenas sale. Sale, sí, todos los días, unos pocos minutos, para asegurarse una mínima subsistencia, para atender a su cuerpo del que empieza a ocuparse con desgano: buscarle cigarrillos, alcohol, algo de comer, comprarle un semanario de espectáculos a los que no lo llevará, hacerle limpiar la ropa, conseguirle remedios por si se le enferma, papel y tinta para cuando escriba. Aun así, económica y limitada, la salida cotidiana se le aparece llena de trabas. Sale de este cuarto e inmediatamente regresa: habrá dejado algo encendido, se ha olvidado del monedero, o de la bolsa, o de su breve lista de compras.
(fragmento)
Ha ocurrido, de veras, lo temible. El segundo día que pasó en casa de su amigo se acercó al bosque. No encontró agua, ni siquiera un lugar húmedo. Visto de cerca era un pobre pinar seco y exiguo, parecido a lo que ella creyó que era un bosque cuando, después de muchas llanuras, vio al final de un viaje cien metros cuadrados de pinos, plantados uno muy cerca del otro, en un vivero junto al mar. Al pie de los árboles había pedacitos de cáscara de huevo, caídos de algún nido, ella los recogió para no olvidar que había estado en un bosque, en lo que ella consideraba un bosque a pesar de que estuviera enclavado en un vivero. Aquí no hay nada, salvo los árboles; no hay cáscaras de huevo, no hay ruido de agua, apenas hay luz. Se permite la exploración, finalmente corta, poco antes de la hora de la comida.
(fragmento)
En esa época no tocaba a nadie. Cuando descubrió su sexo, poco más tarde, no entendió bien lo que le ocurría: no sabía si las manos que la acariciaban eran suyas o ajenas. La ceremonia solitaria que cumplía con regularidad era un acto placentero y vacío, a veces violento pero desprovisto de fantasías paralelas, cerrado a la imaginación que suele -le dicen- acompañar esos ejercicios. Ve su mano en su sexo, directamente o en el reflejo de un espejo, como vio sus dos manos que se tocaban bajo el agua del tanque australiano: el contacto la satisface, pero ella por fin está desligada, observa en detalle lo que no logra comprender del todo. Como no comprendió del todo cuando sus manos recorrieron por primera vez, curiosas y precisas, el cuerpo de un hombre, el cuerpo de una mujer. No recuerda su propio placer, aunque, sin duda lo experimentó; sí recuerda lo que le dijeron, tanto el hombre como la mujer, y en ocasiones muy distintas, de sus manos. Elogios: tenía manos inteligentes, que sabían. Dadivosas, agresivas, solitarias o inteligentes -ahora que las mira, y porque está completamente sola desde su conversación con Vera, se complace en esos calificativos que recuperan un pasado y las hacen existir-, parecen condenadas hoy (sobre todo la izquierda) a apoyarse en un papel, a sostener una lapicera, a trazar palabras. Como si de pronto su vida entera dependiera de estas manos con las que ya no puede acariciar y que hoy tienen que escribir para protegerla.
(En breve cárcel, 1981)
Fresias de invernadero sobre su mesa, fresias de su infancia que por fin han perdido el resto de perfume que las animaba. Y hoy no quiere hablar más de Vera, no quiere extrañar más a Renata. Otra cosa habría de darle este cuarto, vuelto de pronto lugar de penitencia donde tendrá que cumplir, sola, el exorcismo que se propone. ¿Para qué? Desvía una narración, se dice que la dilata para contarla mejor; por fin la posterga porque no la puede contar. Quisiera que estos trozos de relato fueran como los cuentos de Vera, mejores que los cuentos de V era: imperturbables. Pero teme anotarlos porque sabe muy bien que le duele mucho contar esta historia.
(fragmento)
DESLINDAR. Si pudiera deslindar lo que busca cuando escribe de lo que busca cuando sueña de lo que busca cuando abraza. Siempre derrumbes: no tolera en el otro, como no tolera en sí misma, la falta de fervor. Los impulsos que la llevan fuera de sí son dudosos: escribe irritada, sueña herida o hiriente, ama con rencor. En los tres casos busca una fuerz.a que no mantiene cuando está sola: querría renovar siempre el placer y establecer, a la vez, una turbación continua, afirmar en lo otro -cuerp.o, página, visión nocturna- una pura imaginación. Desdeña el pequeño goce, la satisfacción del juego seguro, quiere romper. Pero francamente ¿ romper qué? Las líneas que escribe, que ayer fueron estallido, hoy son, de nuevo, refugio y prisión. Las cuatro paredes que ayer se derrumbaron hoy se han vuelto a recomponer alrededor de la espera y del recuerdo. Apenas sale. Sale, sí, todos los días, unos pocos minutos, para asegurarse una mínima subsistencia, para atender a su cuerpo del que empieza a ocuparse con desgano: buscarle cigarrillos, alcohol, algo de comer, comprarle un semanario de espectáculos a los que no lo llevará, hacerle limpiar la ropa, conseguirle remedios por si se le enferma, papel y tinta para cuando escriba. Aun así, económica y limitada, la salida cotidiana se le aparece llena de trabas. Sale de este cuarto e inmediatamente regresa: habrá dejado algo encendido, se ha olvidado del monedero, o de la bolsa, o de su breve lista de compras.
(fragmento)
Ha ocurrido, de veras, lo temible. El segundo día que pasó en casa de su amigo se acercó al bosque. No encontró agua, ni siquiera un lugar húmedo. Visto de cerca era un pobre pinar seco y exiguo, parecido a lo que ella creyó que era un bosque cuando, después de muchas llanuras, vio al final de un viaje cien metros cuadrados de pinos, plantados uno muy cerca del otro, en un vivero junto al mar. Al pie de los árboles había pedacitos de cáscara de huevo, caídos de algún nido, ella los recogió para no olvidar que había estado en un bosque, en lo que ella consideraba un bosque a pesar de que estuviera enclavado en un vivero. Aquí no hay nada, salvo los árboles; no hay cáscaras de huevo, no hay ruido de agua, apenas hay luz. Se permite la exploración, finalmente corta, poco antes de la hora de la comida.
(fragmento)
En esa época no tocaba a nadie. Cuando descubrió su sexo, poco más tarde, no entendió bien lo que le ocurría: no sabía si las manos que la acariciaban eran suyas o ajenas. La ceremonia solitaria que cumplía con regularidad era un acto placentero y vacío, a veces violento pero desprovisto de fantasías paralelas, cerrado a la imaginación que suele -le dicen- acompañar esos ejercicios. Ve su mano en su sexo, directamente o en el reflejo de un espejo, como vio sus dos manos que se tocaban bajo el agua del tanque australiano: el contacto la satisface, pero ella por fin está desligada, observa en detalle lo que no logra comprender del todo. Como no comprendió del todo cuando sus manos recorrieron por primera vez, curiosas y precisas, el cuerpo de un hombre, el cuerpo de una mujer. No recuerda su propio placer, aunque, sin duda lo experimentó; sí recuerda lo que le dijeron, tanto el hombre como la mujer, y en ocasiones muy distintas, de sus manos. Elogios: tenía manos inteligentes, que sabían. Dadivosas, agresivas, solitarias o inteligentes -ahora que las mira, y porque está completamente sola desde su conversación con Vera, se complace en esos calificativos que recuperan un pasado y las hacen existir-, parecen condenadas hoy (sobre todo la izquierda) a apoyarse en un papel, a sostener una lapicera, a trazar palabras. Como si de pronto su vida entera dependiera de estas manos con las que ya no puede acariciar y que hoy tienen que escribir para protegerla.
(En breve cárcel, 1981)
(fragmento)
Plumetí, broderie, tafeta, falla, gro, sarga, piqué, paño lenci, casimir, fil a fil, brin, organza, organdí, voile, moletón, moleskin, piel de tiburón, cretona, bombasí, tobralco, terciopelo, soutache, cloqué, guipure, lanilla, raso, gasa, algodón mercerizado, bramante, linón, entredós, seda cruda, seda artificial, surah, poplin dos y dos, dril, loneta, batista, nansú, jersey, reps, lustrina, ñandutí.
La Exposición. La San Miguel de Elías Romero. La Saida. Los turcos de la calle Cabildo. Los saldos. Canesú, rangland, manga japonesa, canotier, talle princesa, traje trotteur, pollera plissée, pollera tableada, pollera plato, pollera tubo, un tablón, una bocamanga, un pespunte, un añadido, una pinza, una presilla, un hilván, las hombreras, ribetear, enhebrar, una pestaña, vainilla, punto yerba, un festón. La sisa, la hechura.
Recuerdo estas palabras de mi infancia, en tardes en que hacía los deberes y escuchaba hablar a mi madre y a mi tía que cosían en el cuarto contiguo. Reproduzco este desorden costurero en su memoria.
(Varia imaginación, 2003)
Desde chica, y aun cuando fuera, como solían decir,
mañera para comer, me gustaba leer libros de cocina. Me divertía imaginar las mezclas, los cambios de color y de textura, las transformaciones a través del calor y del frío; acaso fue en parte por eso que años más tarde ingresé en la carrera de química. Sobre todo me divertían esas variaciones cuando se trataba de ingredientes de cuya existencia solo sabía por los libros porque se comían rara vez en mi casa: hinojo, pongamos por caso, o salsifí, o nabo.
Degustaba estas cosas en la letra impresa, no en mi plato de comida, donde un nabo no habría sido legumbre prometedora sino, simplemente, un nabo.
Desprovistos de toda realidad, los ingredientes aparecían en los libros de cocina nimbados por un aura atractiva y algo louche. Recuerdo que el primer libro que hojeé, de chica, fue un recetario del frigorífico La Negra de Buenos Aires, libro de tapas oscuras que ostentaba una mujer negra de perfil en la portada, caricatural hasta lo ofensivo, con un pañuelo rojo con pintas blancas que le sujetaba el pelo enmotado, labios gruesos y rojos y los dientes relumbrantes.
Mi lectura era, mirándolo bien, un acto levemente transgresivo: mi padre era gerente de otro frigorífico, rival de La Negra, que se llamaba, sin mucha imaginación, La Blanca. Pero La Blanca no publicaba recetario y La Negra sí. El libro reunía algunas recetas con nombres franceses que yo ya había oído en mi casa, producto sin duda de la cocina de mi abuela materna, así esas carnes “à la Villeroy” o “à la Crapaudine”. Pero también ofrecía recetas algo macabras, como esos pajaritos que debían estar “bien limpios” antes de pasar a reforzar un plato de polenta; o esos caracoles que durante tres días había que mantener “vivos en un cajoncito con afrecho, completamente cubiertos y el cajón tapado con alambre para que no se escapen” para luego echarlos “vivos en una cazuela” y “se ponen a cocer”. Los diminutivos pajarito y cajoncito, última morada, este último, de los gasterópodos antes de ser ingeridos, me parecían particularmente patéticos.
Mi gusto por los libros de cocina, mis lecturas de recetas, a menudo mientras almuerzo algún sándwich anodino, recetas que nunca pondré en práctica, continúan hasta hoy. De vez en cuando doy un paseo por las ajadas páginas de un muy frecuentado Escoffier –aunque no creo haber intentado ninguna de las complicadas recetas de este “rey de cocineros y cocinero de reyes”– y me divierto con alguna observación imperiosa. Así, al final de la receta de cómo hervir chauchas, la nota al pie, misteriosa y tajante: “Evitar a todo precio añadir perejil a las chauchas con manteca”. Recuerdo que una vez le pregunté a una amiga francesa el porqué de esta misteriosa interdicción. Me contestó que no sabía, pero (acaso por orgullo nacional) enseguida agregó que, pensándolo bien, le parecía “tout à fait juste”.
(Citas de lectura, 2017)
Graciasss/eternacadencia.com.ar/blog/homenaje-por-sylvia-molloy
Graciasss/escaramuza.com.uy/fragmento-citas-de-lectura-de-sylvia-molloy
Graciasss/www.metaliteratura.com.ar/nota2025
Graciasss/artezeta.com.ar/sylvia-molloy-entrevista/
Comentarios
Publicar un comentario