I
En el hielo,
hacia el norte del tiempo,
trazaban sus cabriolas
los niños maravillosos.
Inquietos, expertos patinadores,
nunca repetían el mismo dibujo.
Pero cada dibujo, una vez terminado
debía separarse de los otros y ser alzado pulcramente
sobre verdes, aéreas grúas,
esquemáticas como golondrinas.
Ninguno escribió a su casa,
no llegaron boletines acerca de aquel viaje
que el demonio
pensó que podía detener
con barricadas doradas y púrpuras de papel de estaño,
llevando como rótulos el miedo y otros títulos augustos.
A grandes trancos ellos los sortearon
ágilmente,
volviendo la cabeza y lanzando gritos de alegría
cuyos ecos resonaron mucho después
que ellos hubieron desaparecido.
II
Mucha agua verde, rumorosa, indefinida,
hablaba de su ausencia, suscitaba
conjeturas en sus casas,
arrastraba hacia las costas recuerdos fantasmales
pana y césped,
canciones inconclusas,
no resueltos problemas de aritmética,
huellas de los pulgares en las páginas
dobladas de los libros.
El dolor de las madres
debe estar traspasado
por un suave lenguaje de pájaros, que antes del amanecer
la nieve deja en la casa, puertas adentro,
a cambio de la ropa blanca en los armarios de la abuela;
bullicio, gritos en todas direcciones
que atravesaban las ventanas, huertos festoneados
por algo más silvestre que los capullos florecidos.
Oh; dolor de las madres
cruelmente alimentado por recuerdos de juegos infantiles
y el refrescante sabor de las manzanas,
por tormentas sorpresivas, por apremiantes llamados
que llegaban hasta el fondo de la huerta: ¡
Vuelve! ¡Vuelve!
antes que se ponga demasiado oscuro y lluevan piedras
casi tan grandes como huevos de oca.
Quietud. Distancia...
Remolino de polvo,
una diminuta figura erguida
que se inclina y hace reverencias, que baila una pavana
solemne y alegre y caprichosa sobre la vajilla de familia
y la hace añicos.
Ahora ha empezado
a zumbar, a susurrar
los nombres de los perdidos jugadores de beisbol...
Las primeras monedas oscuras de humedad caen sobre
el diamante ...
Oh, Madre de los chicos de la Montaña Azul,
acércate a la verja y llama: ¡Vuelve! ¡Vuelve!
Los blancos camiones de la leche se apresuran
por las calles sombrías, mojadas de rocío.
No queda mucho tiempo.
III
Antes que amaneciera los vi cruzar el vestíbulo,
serios y agobiados por el peso de los libros escolares,
como si los despertadores, a horas prematuras,
los arrancaran del sueño, preparando su fuga...
Vi las marcas trazadas por sus lápices, aquí y allá,
y los ángulos azules más precisos que los movimientos
de la gimnasia rítmica.
En el tiempo de los fuegos fatuos,
la ordenada, disciplinada fila de escolares va hacia el Río
de los Girasoles,
para inspeccionar la Flora en las márgenes
de ese río donde negros en camisas blancas recibían el
bautismo primaveral.
¡Ja, ja!, gritaban...
Los he visto
con ojos no menos azules y atentos
afrontar
problemas de geometría cuyos Q.E.D. es un prodigio
que nos deja atónitos.
IV
El dolor de las madres
está cruelmente traspasado
por jirones de luz ártica, semejantes al plumaje de un halcón,
que se filtran en las oscuras ramas de los pinos, y
detienen el amanecer.
El cielo más que nunca
se aclara entre jirones de azul y de bruma
y de ramas oscuras...
Oh Madonna,
envejecida por dolores indecibles pero vestida como nunca
de suntuosa seda color cereza.
Oh blanca y musical hechicera,
a ti ahora suplico
vestido como está el dolor de nieve, que nieve.
Testa Dell`Effebo
Flora le dio su esplendor; l
as aguas rumorosas, al bañarlo,
dejaron en su flanco caracoles marinos
que, al despertarse el efebo, fueron cayendo uno tras otro.
Era dorado en aquel verano
cuando su movimiento, apenas perceptible,
parecido al reposo de una estatua,
mostraba el dorado fulgor de un hombro delicado.
Una nube de pájaros despertó en él:
su mocedad apenas despuntaba,
y pájaros y nubes ascendieron
hasta estallar en fuego, con ruido de cristales.
Al marchitarse se convirtió en un loco de ojos sosegados.
Y el fuego destruyó aquella ciudad
donde fue modelada
la esbelta efigie en cobre del efebo.
El llamado del zorro
Corrí, gritó el zorro, en círculos
cada vez más estrechos,
por el valle desesperado,
bordeando la colina frenética,
y hasta que mi cola, ardiente llama,
cuelgue de la puerta del cazador,
continuaré este retorno fatal
a lugares que antes me fueron vedados.
Entonces, con su corazón casi deshecho,
el solitario, apasionado grito
del zorro fugitivo, se oyó con nitidez
como una campana en la noche indiferente,
por el valle desesperado,
bordeando la colina frenética,
llamando a la jauría para que siguiera
a la presa que todavía se les escapa.
Los ojos
Lo último en apagarse son los ojos.
Subsisten mucho después que el rostro, dentro de ese tejido
que lo sostiene,
haya desaparecido lamentablemente.
La lengua dice adiós cuando los ojos revelan un silencio
prolongado,
porque son los últimos avizores en abandonar su anhelo,
los que subsisten cuando los ahogados han sido arrastrados
hacia la playa,
mientras los faros alumbran con insistencia y le niegan
la despedida...
Los ojos no tienen fe en ese idioma demasiado accesible.
Para ellos ninguna circunstancia es bastante simple,
ninguna palabra la justifica.
La existencia en el tiempo, no sólo la propia sino la ancestral, encierra todos los instantes en cuatro paredes de espejos.
Cerrados, aguardan. Abiertos, también aguardan.
Entre ellos hay una relación,
pero han olvidado el vínculo que los relaciona.
La juventud es su pájaro inquieto,
sombras más transparentes que la luz, a veces los atraviesan,
porque las aguas no son más cambiantes bajo los cielos,
ni las piedras bajo los torrentes.
Los ojos pueden ser imperturbables con esa mirada ateniense
que responde con calma al terror, o pueden ser vivaces
ante alguien puramente enamorado. Casi siempre se aferran
a la imagen de quien partió hace poco, o hace mucho,
o que sólo esperaba...
Los ojos no son afortunados.
Al parecer tienden desesperadamente a persistir.
Hacen sumas que no llegan a ningún resultado.
Es difícil decir si en ellos la oscuridad es peor que la luz,
si descubren algo peor o mejor que lo que ignoran,
pero son lo último en apagarse,
y cuando se apagan miran siempre hacia lo alto.
Tenue como la sombra de una hoja
Como la sombra tenue de una hoja, languidece.
Y tú languideces al tocarlo.
Y la tarde languidece con vosotros,
y es fresca y mortecina.
Muro que se levanta a través de un espacio inexistente
y que tiene el espesor de una sombra:
sus párpados se cierran sobre el mercurio de tus ojos,
que lo dejan perplejo.
Y entonces suavemente pronuncias su nombre,
como si su nombre sobre tu lengua
pudiera alzar un muro contra el remolino
de sombras en que languidece.
A veces, esta recíproca frontera
parece no existir.
Pero entonces, ¿por qué la respiración se agita
y el cuerpo, como de plata, se retuerce?,
¿y por qué el susurro de un nombre
como inquiriendo ¿es cierto?
permanece sin respuesta hasta que el
sueño su férrea mano suelte y te libere?
El asedio
Levanto con mi sangre una columna tambaleante
para llevarla erguida por la calle inclinada.
Líquida es la materia: si hondo fuese el declive,
con rapidez la sangre correría.
No ignoro, viajero temerario,
con cuánto riesgo brotan estas fuentes.
Señor, te ruego protejas en la materna oscuridad
estos manantiales que un solo rayo de sol puede secar.
Una espuma instantánea circunda el mundo entero:
imagen borboteante en arroyo carmesí.
Cuando el cristal se rompa sólo quedará intacta
la esencia intemporal, pero no el sueño.
A veces siento que esa isla que soy yo
como plateado mercurio se desliza y escapa,
hace girar en mí frenéticos espejos.
En noches como ésas voy en busca de alguien
desconocido, pero que al verlo reconozco en seguida:
su contacto oportuno o milagroso
atenúa mi pánico y detiene mi huida.
Antes de que amanezca volveré acompañado
por esta misma calle, hacia un lugar alto y rocoso.
Cabinas carmesíes, mis venas ahora llevan
turbulentos y simples pasajeros del amor.
Todo no está perdido, dicen. Todo no está perdido.
Pero con la maravillosa clarividencia de los ciegos,
sus dedos evitan tocar esos muros endebles
que me protegen del asedio de todo lo que no soy yo.
La ciudad suave
I
Hacia el este, apenas un murmullo,
la ciudad cambia con el suave crepúsculo;
espirales de brillo delicado,
sus luces palidecen, languidecen espaciadas,
como si el corrosivo crepúsculo empezara a disolverlas...
Y los lánguidos paseantes que respiran el aire de la tarde,
sus suaves pechos agitándose como helechos bajo el agua,
respondiendo a una impalpable, delicada presión,
cambian también con la ciudad.
Sus insinuantes anhelos, pétalos de la ternura en ellos,
no atreviéndose del todo, sino apenas, delicadamente,
después retrocediendo,
retrocediendo a donde su estrella femenina retrocede,
el planeta que los acompaña,
siempre fiel y suave...
II
Y si hay algo que no es suave,
como un grito cuya intensidad no puede sofocar la boca suave,
Dios, suavemente lo detiene.
Invisible, se inclina, y con Su aliento adormece
el rostro consternado que lo implora.
Una palabra suave como morfina es la palabra que Dios
pronuncia:
Su blanda mano sobre la boca del sufriente
antes que pueda reunir fuerzas para lanzar un grito.
Es casi como si nadie hubiera pensado en sollozar jamás.
Y arriba, más arriba de todo, sí,
la suave cúpula celeste,
seda sobre blanda, blanda seda,
gasas colgantes sobre gasas.
Los misterios del alto cielo,
del alto, del suavísimo cielo,
más suaves son que todo.
Una corona
para Alexandra Molostvova
Está bien recordar, celebrar y recordar,
mientras entramos por la cúpula sombría
de San Felipe
llevando sus rosas con nosotros;
está bien recordar que cinco hombres altos y solemnes,
vestidos de gris, en traje de calle,
prorrumpieron en cánticos,
y la reverencia de los cirios...
Está bien recordar aquellos hombres altos y solemnes,
que usaban trajes de calle,
sus rostros impávidos pero solemnes como una despedida,
alabándola mientras llevábamos sus rosas,
y el frío cuando entramos,
y después el calor, y la reverencia de los cirios…
Está bien recordar, celebrar y recordar
el sortilegio de su nombre, Alexandra,
su reiterada solemnidad,
el nombre Alexandra,
como si una campana de hierro doblara y doblara,
el soberbio nombre Alexandra,
y nuevamente, Alexandra...
Está bien recordar el frío bajo la cúpula
y después la entrada de las rosas, el calor,
y la reverencia de los cirios, y aquellos hombres altos y
solemnes,
vestidos de gris, en traje de calle,
cantando su nombre, Alexandra,
el sortilegio de su nombre, Alexandra...
Pero también es bueno olvidar,
hermanita María,
darle paz y olvidar,
colocar en sus manos esta corona y una blanca cruz
silenciosa
de Rusia
mientras nos despedimos
y murmuramos: "Duerme, Alexandra...".
El reino del tallo de habas
Los locos entran a un cuarto
intrépidamente, ya sabemos,
con ojos como rosas que estallan en el aire.
Llegan desde un ámbito que nos está vedado.
Alguien pequeño y amistoso siempre los acompaña,
va y viene de su espantoso mundo al nuestro
y trata de explicarlo, aunque en verdad sólo sonríe,
blanca gaviota planeando sobre un naufragio.
Sentados en sillones de mimbre, entre geranios,
no nos ven, tampoco ven a los otros visitantes del domingo,
porque son Juanitos que trepan al reino del tallo de habas,
un lugar de martillos y habas gigantescas
comparado con el cual parece oscuro
el transparente solarium donde subimos a saludarlos.
Las noticias comunes, tranquilizadoras que les damos,
empapadas de la jovial idiotez del mediodía,
no pueden competir con lo que ellos tienen que contamos,
lo que han vislumbrado por las grietas del horno del ogro.
Y nosotros retrocedemos,
Esa persona de blanco nos dice: "No les hagan caso,
hoy están perturbados".
Pulso
Las lágrimas derramadas,
que favorecen nuestra condición,
el bien intencionado consejo:
¡Espera, espera!
La opacidad que trepa
sobre el ojo,
la ardiente boca, arco de privación,
que se ha vuelto seca, salada,
la arraigada lengua que copia
la libertad de la alondra,
la fatigada neurosis
que aún no cesa,
y yo y tú,
y todos los hombres semejantes a zorros,
y todos los hombres atrapados,
y sólo por un instante,
de vez en cuando,
el encuentro vehemente
en el portal roto,
el farol súbitamente arrebatado
de una mano a la otra,
el aliento entrecortado,
el contacto, la chispa,
el impulso
que permite a la tierra
dar un salto, como un pez,
desde su acechante red de sombras.
Los ángeles de la fructificación
Allí, en el centro,
sólidamente plantados, sobrellevando pasivamente una
inspección final,
aguardaban desnudos los cinco ángeles de la fructificación.
Sus vientres gredosos,
que contienen torrentes y florecillas azules, y diminutas,
cambiantes nubes agrupadas,
invisibles campanillas e hilos demasiado sutiles para ser
medidos,
y receptáculos y cavidades propicias al placer sexual,
giraban y giraban con soltura y diestra precisión.
Un extraño silencio acompañaba a esos momentos
preliminares,
pues los labios entumecidos no soplan trompetas.
(Éste era un lugar donde la violencia no dejaba rastros
y ningún desastre podía interrumpir el horario.)
El preocupado teniente se hallaba en un punto marcado
con una X.
El preocupado teniente opinó:
"Lo malo del progreso tecnológico es que ahora
ha escapado al dominio de los hombres".
Observó con mudo interés, con profunda congoja,
mientras los desaprensivos inspectores
confiando en la percepción de sus dedos
palpaban las calientes y elásticas nalgas y los pechos
cuyas tetillas destilaban una azucarada gota de humedad,
y el bajo vientre que expresará la vida
una vez que el examen haya terminado.
Meneó la cabeza cuando los desaprensivos hombres
aprobaron a cada uno de los ángeles estampando su
visto bueno en la base de la columna dorsal.
y los instalaron en la inmóvil cinta transportadora que
los aguardaba.
La entrada del Azul,
disfrazada a la perfección, fue preparada silenciosamente,
y los ángeles comenzaron su trayectoria, su marcha hacia
el nacimiento
sobre el arco iris que se acercaba a la tierra.
Mientras el Azul aparecía
en la quietud del éter
cada uno de ellos contribuía
a ese esplendor individual.
Soltaron los pájaros de su vasto ombligo:
torrentes de golondrinas, pájaros de la primavera,
amarillos como manteca,
y cada uno de los ángeles, serenamente untó sus henchidas
mejillas
con una sonrisa infantil,
y abrió sus regordetas palmas rosadas sobre un rosado
papel de seda,
con flecos, recortado como encaje,
para que gorras y delantales (con libros de francés
elemental en los bolsillos)
y caramelos color canela endulzaran las puntas de sus
lenguas movedizas.
Sólo una cosa pudo despertar sospecha,
el que estaba en último plano
resplandecía más que los otros, y mientras ronroneaban
como monstruosos; inocentes gatitos,
el Azul, como una serpiente, silbaba y dejaba caer su
espuma azul.
Y todavía, ostensiblemente,
el descenso fue triunfal.
Las trompetas anunciaron la proximidad de la reunión
nupcial.
La nevada cordillera de los Andes se vislumbraba muy
cerca,
los apasionados Himalayas arquearon sus vientres hacia
arriba
deseosos de hundirse en la refrescante aniquilación del
cielo.
Eclipsados todavía por las centelleantes exhalaciones,
los ángeles de la fructificación han empezado
a encontrarse con el falo tumescente del sol.
Y las vastas ruedas de la tierra cantaron: ¡Aleluya!
Insinuaciones
No creo que deba mostrarme en público
más abajo de los hombros.
Hasta el nacimiento del cuello estoy vendado.
Ninguna herida seria he recibido todavía,
aunque espero recibirlas.
Un resplandor oblicuo me recuerda las lanzas de hierro.
Mi barriga se estremece, el bajo vientre se contrae.
Una venda aplicada de antemano no sirve para nada.
Durante la noche, mientras la paralizada víctima duerme,
misteriosamente la herida se produce sin que la venda
haya sido traspasada.
Y entonces deben admitir: ¡oh sí!, tenía razón,
al parecer, sus ansiedades no carecían de fundamento.
Moviendo los ojos por encima de la pálida sábana, trata
de hablar:
sus ojos, apesadumbrados, son dos rimas gastadas,
dos estribillos lamentables sobre un tema épico...
Tiendo la mano para tomar el anotador blanco:
¡Volverán!
¡Volverán y no estaré preparado!
¡Oh sí!, yo sé que junto al velador encendido quedarán
calcinadas
las píldoras curalotodo, semejantes a pedazos de un
conejo de porcelana
en la botella que lleva un rótulo puesto por el médico:
imperecedero.
mientras escuchaba, a través del estetoscopio, el estruendo
de la muerte
en mis venas...
Sola, después de medianoche, en una casa barroca,
una poetisa de edad madura, soltera,
y pasada de moda hace veinte años,
enloquecía entre los restos del cacareo romántico.
Llevando su conocida caparazón a cuestas, la botella
y el anotador,
bajó las escaleras y se sentó a esperar ansiosamente
como una solterona, el llamado de un visitante que no llega.
Su soledad habría sido menor
si ella no hubiese colocado la botella de vino un escalón
más abajo
antes de morir...
Debajo de la alta y eterna oscuridad sonora
la ramera Du Barry,
la hombruna mujer de Arc,
el cura en llamas, el ardido Savonarola,
toda la cohorte herética vociferante exclamó
o murmuró detrás de la máscara de hierro del silencio:
¡Espera! ¡Espera!
El azul es un pedazo de papel muy delicado.
(En el invierno de las ciudades,
Trad. Juan José Hernández y
Portada: Tennessee Williams en 1948.
W. Eugene Smith, Colección de imágenes
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