ABIGAEL BOHÓRQUEZ

“Breve antología de Abigael Bohórquez”

 
Para esta breve reunión de poemas tomamos como referencia dos libros. El primero es la antología Las amarras terrestres. Antología poética (1957-1995), preparada por Dionisio Morales y editada en la UAM en 2001. El segundo poemario es Poesida, aparecido en 1996. La historia de este volumen es singular. En octubre de 1995, el poeta sonorense le entrega el manuscrito de Poesida a Mario Bojórquez, para que lo publique en su pequeña editorial “Los domésticos”, de Mexicali. El poeta de Navegación en Yoremito alcanzó a supervisar las características editoriales de su libro pero moriría un par de meses antes de que estuviera listo. En aquel tiempo, Mario Bojórquez escribió sobre el autor de Poesida: “La obra poética de Abigael Bohórquez ha marcado un hito en la poesía del noroeste de México; sus virtudes estilísticas, así como su compromiso con la álgida temática que aborda, son un ejemplo para las nuevas generaciones”.
                                                                           Alí Calderón


Fe de bautismo

1960

 
Llanto por la Muerte de un Perro
 
Hoy me llegó la carta de mi madre
y me dice, entre otras cosas: —besos y palabras—
que alguien mató a mi perro.
 
“Ladrándole a la muerte,
como antes a la luna y al silencio,
el perro abandonó la casa de su cuerpo,
—me cuenta—,
y se fue tras de su alma
con su paso extraviado y generoso
el miércoles pasado.
No supimos la causa de su sangre,
llegó chorreando angustia,
tambaleándose,
arrastrándose casi con su aullido,
como si desde su paisaje desgarrado
hubiera
querido despedirse de nosotros;
tristemente tendido quedó
—blanco y quebrado—,
a los pies de la que antes fue tu cama de fierro.
Lo hemos llorado mucho…”
 
Y, ¿por qué no?
yo también lo he llorado;
la muerte de mi perro sin palabras
me duele más que la del perro que habla,
y engaña, y ríe, y asesina.
Mi perro siendo perro no mordía.
Mi perro no envidiaba ni mordía.
No engañaba ni mordía.
Como los que no siendo perros descuartizan,
destazan,
muerden
en las magistraturas,
en las fábricas,
en los ingenios,
en las fundiciones,
al obrero,
al empleado,
el mecanógrafo,
a la costurera,
hombre, mujer,
adolescente o vieja.
 
Mi perro era corriente,
humilde ciudadano del ladrido-carrera,
mi perro no tenía argolla en el pescuezo,
ni listón ni sonaja,
pero era bullanguero, enamorado y fiero.
A los siete años tuve escarlatina,
y por aquello del llanto y el capricho
de estar pidiendo dinero a cada rato,
me trajeron al perro de muy lejos
en una caja de zapatos. Era
minúsculo y sencillo como el trigo;
luego fue creciendo admirado y displicente
al par que mis tobillos y mi sexo;
supo de mi primera lágrima:
la novia que partía,
la novia de las trenzas de racimo y de la voz de lirio;
supo de mi primer poema balbuceante
cuando murió la abuela;
al perro fue en su tiempo de ladridos
mi amigo más amigo.
 
“Ladrándole a la muerte,
como antes a la luna y al silencio,
el perro abandonó la casa de su cuerpo
—dice mi madre—
y se fue tras de su alma —los perros tienen alma:
una mojadita como un trino—
con su paso extraviado y generoso
el miércoles pasado…”
Ay, en esta triste tristeza en que me hundo,
la muerte de mi perro sin palabras
me duele más que la del perro
que habla,
y extorsiona,
y discrimina,
y burla;
mi perro era corriente,
pero dejaba un corazón por huella;
no tenía argolla ni sonaja,
pero sus ojos eran dos panderos;
no tenía listón en el pescuezo,
pero tenía un girasol por cola
y era la paz de sus orejas largas
dos lenguas
de diamantes.
 
 
Madre ya he crecido
 
Madre,
cuando después del golpe más profundo
y luego que tu entrega
fue una ronca palabra desolada
y fuiste henchida;
cuando subí hasta el centro de tu vida
y fui la inefable señal,
tu paso
se volvió cauteloso
porque iba en ti el misterio,
ay, tu voz se hizo lenta, encubierta,
como tus lágrimas,
y cuando fuiste como la brisa entre las cosas
porque temías despertarme.
Cuando yo fui en tu alcándara la ropa,
cuando me di en tus ojos
y fui en tu soltería violentada
aquel: ¿cómo será?,
cuando fuiste la celda y me embebía
lo mejor de tus húmedos temblores,
cuando en tu juventud escarnecida
fui la certeza, las ánforas colmadas:
tu andar aminoró blando, callado,
se volvió sigiloso como el pavor
y buscaste las cosas en silencio
porque temías despertarme.
Cuando fui disidencia
y gota a gota de tu entraña fuiste forjando mi esqueleto
caminaste con miedo por los cuartos
porque temías despertarme.
Y por mí, que venía,
se ensanchó tu cintura diminuta,
y el seno humedecido
por la espesa camelia de la leche
se enriqueció con el fervor nocturno de rezar.
Para mí que venía,
tu cuerpo maduró de amaneceres,
de esos amaneceres del insomnio
donde fue tu aguardar dolido culto.
Entonces
ya no pudiste ir por las alcobas
porque yo te cansaba desde adentro
y porque,
madre,
rodeada de tus faltas y tu exilio
eras el hálito inerme de la tierra;
adivinaste
la hondura maternal de la mañana
y el sentido del viento,
y hasta del suelo que pisabas, torpe y henchida,
levantaste la hierba para el nido,
porque dentro de ti te duplicabas
tan pequeña, tan sola;
te movías extraña entre las cosas,
y llorabas, pero en silencio, cautelosamente,
porque temías despertarme.
Luego menguó tu cuerpo,
vació la copa su escanciada imagen
y en tu grito
mordido y necesario me tuviste,
pero calladamente, porque temías despertarme;
ya que miraste mi fealdad minúscula,
habituaste a tus brazos con mi peso,
meciste en el impulso de besarme
la formamuerte de mi cuerpo amargo,
y en el vaivén del ritmo señalado
me miraste hacia adentro, estremecida,
y presentiste mi semblante breve,
mi destino poeta,
la dura suerte de sufrir temprano.
Ay, cuando me mecías
cómo cantaba Dios en tu garganta.
Madre, ya he crecido,
en las manos
padezco los estigmas de aquel pueblo,
en la mirada llevo
las normas de humildad que me legaste
y en mis labios tu voz
que tomó rosas de las rosas;
madre, ya he crecido,
no me pidas buscar los huecos de la infancia
para llenarlos de recuerdos,
no me pidas me borren la sien de la locura
con un pañuelo tuyo,
ya he crecido.
Sé que no tengo noches venideras ni esperanza posible,
sé que el poema es vuelo subterráneo
a la espera de luz que lo rescate;
ya he crecido,
pero sé que la herida sigue abriéndose
porque no empaño ya, madre, los espejos,
y nadie querrá ya decir mi nombre,
yo sé que busco las jóvenes cinturas,
los peces de mi signo penetrándose,
que a la azucena tengo encarcelada al doblar de la esquina,
que el sueño me da vueltas,
y que aguardo mi noche bajo el íntimo vidrio
de todas las estrellas;
yo sé que he de buscar el cielo roto
en que cansé tu vientre de raíces
para saber cómo éramos entonces;
tú que fuiste en mi ser estas dos cosas:
el ignorado padre de mi cuerpo
y la serena madre de mi muerte,
no me hagas recordar si ya presientes
mi semblante que esconde su agonía,
mi destino poeta,
mi dura suerte de morir temprano,
cuando se huyan las horas por las huellas del aire,
y se libere el fruto de su cáscara infame,
y el sol de todo un día se apague en las rendijas.
Ahora te peso más y más te canso,
ahora te duele más mi vida
y aún temes despertarme;
au, no termina tu dolor conmigo ni mi dolor contigo.
Han pasado veinte años.
Hoy que ya me conoces
y que sigo pensándote y doliéndote,
es la crudeza de vivir y el miedo de vivir
lo que muy hondo
como un río de bocas me taladra.
Porque yo quiero dormir el sueño blando
en que sumerge su mentón la noche
tras el diluvio cal de as estrellas,
porque yo quiero dormir en las orillas
donde el tumulto reza por un muerto,
para ya no dolerte más,
para que temas despertarme
cuando tu paso huya por los puentes,
y todos se den cuenta que me he muerto,
y no olvides mi nombre casi angustia:
Abigael… Abigael…
para que temas despertarme cuando sepas
que me he dormido para siempre
 
(1957)
 
*** 
 

Las amarras terrestres
1969
 
 
I. Canción de la Ciudad de México bajo la tormenta y de la lluvia sin Laura
 
“Tal vez me encontrarás en todas partes.
Adiós.”
 
Y
llueve.
Junto al bramido esbelto de los trenes
—tránsito diluvial—
viene y va la ciudad lavando su arpa.
Llueve;
oratoria rasgada,
pasmo abierto.
 
Diluida,
mana tu ausencia elementales ríos.
 
Marineros terráqueos, abren
cartas de navegar los automóviles.
Nada en junio el verano
y es un buzo patriarcal la estatua
de Cristóbal Colón.
Por las culebras de asfalto
—haraganas sin rostro y sin hartazgo—
trajinan almirantes apagados.
Fieles a los espermas de la lluvia
las gladiolas esperan su cornada.
Llueve.
Ojo de la pintura.
 
“Tal vez…”
Todo fue dicho, Laura.
Y también lluevo.
Hacia desembocados lagrimales me derramo
por la ciudad sin ti,
yo que al vértigo aunado
voy.
 
Por Reforma próceres olvidados mejor encaramados
enarbolan su incurable porfía
de estar ahí centinelas del tráfago mirando
cómo pasa la vida tan mojando.
Pasajero sin balsa
Cuauhtémoc arponea gachupines.
Picotea la luz la última abeja que mielea las dalias
y en el bosque marnóstero relinchan
los pluviales centauros
arremetiendo el sexo de La Diana.
 
Todo fue dicho, Laura.
Ancho desbordamiento fugitivo
el viento caza nubes, las desinfla,
y con él por los muelles despoblados
de la Ciudad de México,
carabela sin ti, se va buscándote
mi voz innumerable.
 
Llueven varas de cánticos,
luceros denegridos,
pulsos entre cardúmenes,
calvicies malheridas.
En la Alameda Central todas las formas
del olvido y del agua
están presentes;
desde sus malecones imprevistos
puedo medir la soledad atlántica.
Muda está la paloma y escanciada,
apenas si la huida de las locas mercantes
que la amaron
queda bajo el turbión entrecogido.
Pegasos dipsofóbicos
alzan el vuelo y Bellas Artes queda
hipopotámica
irremolcable ya bajo la lluvia.
Telégrafos fatiga sus alarmas,
hacen olas sus sótanos tribales,
y Donceles mira pasar damnificadas togas,
birretes, estatutos, decretos, desacuerdos,
lábaros desteñidos en la negra corriente.
He salido a buscarte, pese a todo
Laura.
Aquí tampoco.
 
La Torre es como un mástil del diluvio.
Llueve.
Lo más cristal de Dios.
Todo fue dicho sin embargo, Laura.
Qué arboladura rota.
Qué nave enloquecida.
Qué soledad sin timonel ni velas.
Qué anzuelo derrotado.
Qué orfandad sin tu fuerza, Laura.
 
Llueve incansablemente.
El Correo Mayor
está a punto de zarpar. Lo abraza
un resquemor distante de gaviotas,
y el silbato lejano de las fábricas
lo hace temblar de velas y de peces,
de cartas hacia el golfo y de carteros
con timones de ráfagas navales.
Por San Juan de Letrán
se quiebra toda brújula;
apenas si del polvo de todo itinerario
queda un disperso párpado lloviendo
y el ancho cauce desuncido
caen y se van y vuelven
los paseadores inconclusos.
El color de marea desde los camarotes
de Cinco de Febrero;
bajeles estudiantes
de bozo impreguntable balbucean
una mala palabra transoceánica
por la sirena taquimecanógrafa
que les dejó en los muslos —salteadores
asaltantes atracadores tibios reinos nocturnos—
la entrega y la renuncia,
el tacto y el dolor de machos jóvenes,
el sí y el no espumoso en la tormenta;
inabordables buques de alquiler
confiesan su impericia marinera,
Poseidón de impermeable
pita en Cinco de Mayo.
Neptuno y Anfitrite con macanas de limo
comandan el oleaje en Peralvillo;
las Nereidas les mientan diluidos
remolinos de injuria en los hoteles,
y en la tarde nadante,
travesía sin ti,
anclo en el Zócalo.
Tláloc se hiere de dulzura.
Los ajolotes palaciegos
andan como en su casa.
 
No, no estás aquí tampoco,
pese a todo.
 
En la bogada ruta sin vigía
la Colonia Guerrero navega a la deriva
y sube y baja, entra y sale,
se oculta y se descubre
el Puente de Nonoalco en el oleaje.
Y tú no estás, amada,
no estás en todas partes,
sin embargo.
 
Latifundio trepado,
libertinaje-orgía-tíaricatejana-mofa-escarnio
del arrabal
boca abierta babeando anfibio celo
Santiago Tlatelolco
rescata los cronómetros a prueba de
siempre no
a prueba de agua.
Pontón sin beneficio y sin oficio,
Relaciones afirma su calado en el dique orpobioso
y la lluvia intimida la briba cortesana.
Sin escalas
hay tritones que van hasta La Villa
en cepos argonautas
desarrugando la piratería
y la ciudad entera
tira a un lado la ropa y chapotea
junto a los empapados aviadores
del Peñón de los Baños.
Dios ha quebrado su galón de nardos
en las proas de México;
la virgen pesca en la Colonia Roma
hidrofóbicas almas;
un reguero de arcángeles en brama
Chapultepec contiene;
el Castillo piloto
queda sobre cubierta sin barquero,
pero no hay un paraguas para El Ángel
—Prometeo del alba—
sufriendo su Columna.
 
Laura
¿Dónde?
 
Inúndase la noche.
Ahogada por la cólera del agua
se alcanza a ver la mano de una estatua.
Carlos Cuarto y Bolívar,
cabalgan hipocampos encallados.
Naufraga Catedral. Un alzadero
de sotanas copia negras ranas sagradas.
Es un abrevadero trasatlántico
la Calzada de Tlalpan.
En las dársenas chlacas,
las manos de la lluvia
recobran un jardín de altos racimos,
pájaros, escamas, tallos, corolas de agua
tenazmente infinita
y Xochimilco, playa sin esperanzas,
desentume portaflores atónitos.
Ano nadan las vírgenes de Mixquic
sus traseros mojados;
ante la furia sin memoria
Milpa Alta transparente su desnudez purísima;
por todos los caminos se apresuran
búfalos desiguales.
En la nocturnidad enloquecida
el Monumento de la Revolución embarca
los últimos espejos.
Llueve bíblicamente;
Teotihuacán se mofa del atuendo
despilfarrado bajo la llovizna
del monumento a la perrada arrasa.
 
Laura.
¡¡Nunca!!
 
La lluvia cesa.
Medusa vecindera
exprime sus culebras proletarias.
Tepito y La Merced
dan pie con lodo.
Y no se puede creer que ese rebaño de la Avenida Juárez
sea el mismo de ayer,
parado allí,
sonriendo siempre,
cabra errante,
espía de su raza humedecida,
preparando su cámara.
 
Estrafalario pregonero, subo
las esquinas de México, gritando:
¡Laura!
¿Bajo qué acantilado detuviste
tu imprevisto velamen,
dónde se alzan tus islotes herméticos,
cuál turba está sudando ahora tus encajes,
cuál enemigo te habita
y en cuál sitio?
“Tal vez me encontrarás en todas partes.
Adiós.”
 
Sigue lloviendo sobre mi corazón
algo sin Laura.
 

Canciones de soledad para no estar tan solo
 
II
 
Y digo entonces
para no estar tan solo,
que ésta es mi voz,
no otra;
la que se duerme en ti:
soledad en mi casa
de terrestre ceniza y flor remota;
y desde ti me nombro
puerta quemada, ojo
que el amor se ha comido,
topacio de la oscura violencia,
mordedura del hombre donde, acaso,
estuvo alguna vez el paraíso.
Y digo entonces que no es
mi voz;
que es otra: ésta;
porque pensar en ti
es un poco pensar en todo
lo que ha precedido,
en todo lo que vendrá después
y en lo que no será nunca
y estoy triste
por todo esto demasiado tarde
o demasiado temprano;
y digo que estaré esperando,
aún sin esperanzas,
de regreso de todo,
hasta de ti,
aunque ni a ti te importe
y no escuches.
 
Salí a reconocerme por la ciudad
y me encontré de pronto, convocado,
vuelto a punta de pies hasta mi origen,
—puedes vestirte ya—,
náufrago de mi niñez;
—muerte, desentúmete un poco—
y acabo de dejarte,
y te has ido de nuevo,
y digo entonces
que no es ésta mi voz,
que es otra,
la que tú te llevaste,
la que tienes
y heme ahora, aquí,
preguntando para qué soy,
para qué sirvo,
para qué la poesía,
qué cumplo,
preguntando:
cómo es mi voz, dónde,
dónde tú, en cuál lugar,
dónde el amor, con quién,
qué caso tiene el amor
y nadie…
nadie…
y desnudo y pequeño y regresado
me abro
a llorar
 
*
 
Memoria en la Alta Milpa
1975
 
 
Negra Noche
 
Aguardo a que la noche
se tienda sobre este forastero que soy;
que el viento exista porfiadamente;
que el ruido se desclave
de los innumerables remiendos;
que la sal vuelva al agua en sudor
de los amantes adrede
y mi madre se duerma harta de trabajar
veinticuatro horas en el corazón de la pobreza;
espero a que la noche
pague su alto precio de soledad,
que la pródiga crianza salga al sueño
y los perros estén ahora más acá de sí mismos
y no haya a quién volver la mirada;
doy tiempo a que no venga nadie
y a que nosotros, los perversantemente sufridos,
poetas del mal amor,
no nos importe mucho estar cercados,
desahuciados, a medio vivir,
y a que sigamos siendo los pospuestos,
los baldados,
los quietecitos, los enclenques herederos;
a que haya en mi corazón un día largo de
[impugnaciones;
y a que tenga que reconocer que aquí sí pasa algo
que no es la felicidad.
 
Espío a que no vengas
y a que las calles no desembarquen ya
sus habituales pertinencias;
a que debes estar triste por no encontrar
dónde enterrarme;
y a que estoy pobre, pobre como los asnos
que todos los días a las once de la mañana
rebuznan, como nada que pueda alegrarme;
y a que este jueves de mi novecientos setenta
cumplo los treinta y tres años que no he terminado
de nacer;
espero a que se parta en dos la medianoche,
a que el gorrión suspenda su menudo cadáver,
el gallo se alce de hombros,
el polvo vuelvo al polvo su inefable materia,
y a que sea verdad que no tenga cómo disimular
tanta desesperanza.
 
Aguardo a que la noche
su tienda sobre este forastero que soy,
para decirte
que me acabo, aun cuando sea en vano,
y envejezco
de no poder hacer más que la vida,
amarga a boca llena.
Me acabo de existir a mediambre,
a mediagua,
a mediapenas.
Me acabo acorralado,
descontentísimo,
enojado de mi palabra,
de mis ojos daltónicos,
de mi fracaso categórico como hombre para sembrar,
de que sólo me queda
otra lista de cárceles qué visitar,
de que, escribiéndote,
no atino más que el llanto.
 
Ah, Poesía,
si no fuera el racionado de soñar,
el varias veces arrendado,
el violentado de no saber
de cuál lado acostarse para que no amanezca,
el despojado de quién irá a cerrar sus ojos
a la hora de la hora,
el que no tiene puños para obligar al mundo a que lo
salve,
el tonto hasta en la manera de estar de sobra
y sin remedio,
aquel niño precoz,
aquel adolescente escarnecido,
aquel joven de la difícil facilidad,
aquella mano tendida para ganar ingratitudes,
el en algún tiempo tenaz,
el perdónalo todo y casi todo,
el sirve para todo y para nada,
el desencantado de los espejos,
el gravemente melancólico,
el afanoso dos veces incurable de creer
que la ternura servía para algo,
el alquilado de su lealtad,
el creyente de Judas,
el arrebatado hasta de su camisa para el que tiene frío,
el ruidoso de silencios,
el que solía volverle el niño desde el pecho,
el reclavado a los recuerdos,
el que gritaba que cambiara el mundo y lo apaleaban,
el que, desde la infancia, retenía al dolor
como al más fiel inquilino de su casa,
el que sobre su vida temblaban
las oscuras constancias del amor,
el que no sabía cómo alguna vez
pudo ocurrirnos la pureza,
el de la esperanza que comía panes desesperados,
el de la inocencia de no haber sido un inocente,
el que debió haberse sentado cien veces
a la mesa de la última cena,
el que mandar estar, permanecer
en este orden de esplendorosos y rapaces excrementos,
el del rabioso seguir viviendo
pese a que ya no hay tiempo,
el de la saliva que no se gasta para los amorosos viajeros,
el del hombre triste muy cerca de los ojos,
el buscador de las abejas para creer en los que venden
miel,
el de las sandalias fastidiadas de tanto andar
harturas de injusticia,
el que ahora se acaba también de punta a punta
de la tristeza.
Aguardo a que la noche se tienda
sobre este forastero que soy
y me quedo tranquilo dentro del vaso.
Es ahí donde vivo,
donde olvido,
y no hay en cien leguas a la redonda
un poeta,
escribiéndole al vino,
como yo.
 

Contracanto
 
Te extraño a toda hora.
Cuando llegas, te extraño más aún.
Porque vienes sin ti,
sin aquello que eras.
Lo que amo.
 
 
Crónica de Emmanuel
 
emmanuel,
cuando tú tengas treinta o cincuenta años de edad
y busques en tu memoria al que, en su piel de perro,
tuvo para tus sobresaltos el amor;
cuando ya hayas crecido
y te puedas permitir el llegar y ver tu corazón,
mira que si en tu vida
quedó algo de este pedazo crepuscular
de hombre triste que soy,
encuéntrale todo lo hermoso que entonces no entendiste
y ten, si puedes, una lágrima para él,
porque cuando venga otra vez el aire espeso de junio
y me haya ido
y tú regreses a ser el perfecto salterio,
el niño que se partió por la mitad
para entrar en la vida,
algo de mí andará en las cosas que te hiedren,
allá en el fondo del tiempaire,
sin mí, sin vernos,
y pensarás:
aquel viejo hombre.
 
emmanuel,
cuando ya esplendas fruto
y haya, tal vez en ese tiempo tuyo que reconocer
qué fue el poema,
y tengas una dulce canción que a nadie importe,
o una vara de medir,
o estas palabras de mala sombra,
o una categórica mudez,
o te halles de pie a la llegada de la nueva revolución
y seas uno de los que no lo puedan creer,
o aquel que esperaba otra cosa y no fue así,
o al engañado hasta por nadie y por él mismo,
o el que también a mi también a mi también
y esperes la otra nueva revolución
seguro de que será mejor,
o el que llegue a pisar por primera vez
estrellas que ahora no sabemos.
El que viaje a la luna como viajar ahora a Noland
y tu padre no exista,
el que descubra la verdadera vida eterna
o el que, de pronto,
cuando los barcos sean en desuso
y el mar una vieja postal,
haga posible otra vez el mar;
caerá del sueño aquello que tú fuiste
y entonces llegaré,
como raído imperio,
a traerte la melancólica edad donde hicimos flagelo,
rotura,
olvido,
oficio de olvidar;
guarda para que puedas alguna vez
mostrársela a los tuyos
esta húmeda labranza de poesía,
estas cosas del amor
como anís,
rosa,
paloma,
libertad,
y piensa que todo pudo haber sido de otro modo
si el mundo…
si los hombres…
si la vida…
si es que…
si la…
si…
 
 
Finale
 
Pero voy a partir,
aprendiz amantísimo
que ha sido carne cerca y desunida,
potrillo dulcemente conseguido,
niño sureal de corazón torado,
pero voy a partir,
acércate de nuevo,
búscame y estremécete,
desnúdate y traspásame,
gime y hazme gemir,
no me des tregua,
asuélame,
para bien, para mal, para cualquier suerte,
di palabras que no entienda, pero que necesito,
y en un estruendo líquido y profundo:
qué gana de morirnos en plenitud de buenos camaradas
que se han hecho el amor
como quien dijo: hágase la alegría,
y se hizo.
 
Milpa Alta, diciembre de 1970.
 
*


Digo lo que amo
1976
 
Primera Ceremonia
 
primaverizo yaces,
deleital y ternúrico,
y nadie es como tú, cervatillo matutinal,
silvestrecido y leve.
aparentas dormir
y una sonrisa esplende en tus pupilas;
quedo sin mí.
Tú veranideces
cuando mis manos desdoblan su pobreza
y tocan tus cabellos dóciles, como el agua
y me tiendo a tu lado.
Desnudo te descubres; desnudo estoy allí;
suspenso, trémulo,
desamparado como la noche del misérrimo;
ayuno y mórbido:
qué puedo hacer, enceguecido y mudo,
atado de estupor,
¿maravillado?
mantienes tu mirada fresca y feroz,
sedienta de antemano;
resplandeciendo en la devoradora oscuridad: tu sexo,
húmedo, cálidamente eléctrico, madero victorioso,
con el recuerdo herido todavía
de la primera masturbación y el receloso orgasmo, 
y tus labios suntuosos
temblando un hálito que ya no necesita
el niño que eras,
y tu cuello miro que pulsa las cuerdas
del corazón, no sé si el tuyo, el mío,
y ninguna palabra pronunciamos,
ninguno a mi favor;
no hay gracia para mí.
Deja que diga no tu pecho núbil,
duro lugar de la salud,
marejada que nadie detendrá,
retén su amor, su odio;
tu modo de ser tú casi me lame,
calor de perro, ojos de ganso, hermano de caballos;
me viene encima tu sazón,
la rotación novicia de tu ombligo,
tu almíbar de estar hecho
veloz, inmóvil, lento, prensil, inapresable;
tiendo una mano: existes;
tus muslos, golpe a golpe, se separan,
se encuentran, se encajan, se unifican,
se hace una brecha ardiente en el revuelo
de la sábana;
no hay piedad para mí.
Tus dientes caen, degüellan,
rindo el sentido.
Tómame,
deshónrate, sométeme, contrístate, obedéceme,
enloquece, avergüénzate, desúnete, arrodíllate,
violéntame, vuelve otra vez, apártate, regresa,
miserable, amor mío, lagarto, imbécil, maravilla,
precipítate, aúlla.
De pronto, tú, el relámpago,
abierto, florecido, restallante,
arriba, abajo, encima, ¿dónde?
hiendes la oscuridad,
y adentro:
 
llueves.
 
 
Cargo
 
Dédesme hora un beso, fermosura;
erguídese broñido
con que me falaguedes;
aquijemos:
si dijeren digan, de ver vala,
que dormí
favorido
de so el niño garrido.
 
y voz,
¿qué habedes,
qué me queréis?
 
vosotros lo seredes!!!
 
 
Descaración previa
 
Si me callara;
si me pusiera serio;
si dejara
que el sacrosanto pudor
recatara esta dulce merced;
si me fuera quedando como de aquí al olvido;
si decayera mi semblante y me apesadumbrara,
y sosegadamente contenido
no revelara la inesperada gracia;
si lo ocultara;
si me fuera de bruces sobre mí mismo
y me diera contra mi nombre
y fuera la desmemoria de la flor;
si anocheciera,
y ninguna palabra mía diera fe del prodigio,
por tan callado el trance de morir;
si me opusiera a declarar;
si me cerrara a negar
que nada, nada es cierto, sino yo,
dulcemente yo, puntual con mi esqueleto,
y si aceptara este resplandeciente temor
a confesar:
¿qué soy, quién soy entonces,
qué he sido sino el de siempre, el mismo,
aquel que sólo ha dicho la verdad
y nada más que la más crudelísima
verdad?
el que este día ha amanecido
fúlgido de vejez,
maravillado de regresar,
el que, ahora,
simple y sencillamente, se levanta,
compone el pecho desvencijado
y declara,
con un temblor de voz en lo que queda de palabra,
diecinueve de enero, dos puntos,
sólo era que
te amo.
 

Reconstrucción del Lecho
 
en esta cama fueron
las
tentaciones.
yo tenté.
tú tentaste.
ustedes, ¿¡¡¡qué!!!?
 
 
Enchufe
 
pajarito atrapado
entre las trompas
de falo
pío
pío
¡pío!
 
 
Reincidencia
 
dejó sus cabras el zagal y vino.
qué resplandor de vástago sonoro,
qué sabia oscuridad sus ojos mansos,
qué ligera y morena su estatura,
qué galanura enhiesta y turbadora,
qué esbelta desnudez túrgida y sola,
qué tamboril de niño sus pisadas.
 
dejó sus cabras el zagal y vino…
ah libertad amada dije
éste es mi cuerpo, laberinto, avena,
maduro grano que arderá en tus dientes,
esquila, choza, baladora oveja,
tecórbito y aceite, paja y lumbre;
baja a llamarme, a reprenderme, a herirme,
a serenar turbadas hendiduras;
baja, pupila de avellana, baja
rústico centelleo, ráfaga de rocío,
colibrí de ardimientos,
soy también tu ganado, ven, congrégame,
descíñete, descúbreme
asido a tu cintura, dulce ramo,
caramillo de azahares en mi boca.
 
y ante mis ojos,
como un tañido de frescura,
triunfal y apasionado desconcierto
emergió de sus piernas trascendiendo
hacia todos mis dedos como galgos,
liebre espejeante, mórbida espesura,
la suntuosa epidermis respirando,
temblando, endureciéndose
en la gallarda péndola,
el orgulloso, endurecido bronce,
de su intocada parte de varón;
estallido, mordisco, ávida lengua, indómito pistilo,
dulzorosa penetración, pródigo arquero, novilúnido
semen,
plenamar de su espasmo,
de su primer licor, abeja de oro,
se me quedó en el pecho, pecho a tierra,
un gemido de manso entre los árboles.
Luego estuvimos mucho tiempo mudos,
vencedores vencidos,
acribillados, cómplices, sobre las pajas ásperas,
él junto a mí, sonando todavía
y yo, mi cara sobre sus genitales de salvaje pureza.
Recordé que no se olvida.
Que no se dijo nada más.
 
Dejó sus cabras el zagal y vino.
Qué blanco, qué copioso y dulce
vino.
 
*
 

Podrido fuego
1985
 
Los Dulces Nombres
(Fragmento)
 
I
 
Eternamente no vendrás.
Caerán constelaciones.
Se hundirán montes, siglos, tempestades
y no vendrás. Y yo estaré mirando
lo que nos une todavía: el mar.
José Albi
 
No bastó que el silencio confirmara
sus nervaduras mocedades.
Ni bastó que la luz enjazminase
sus pendulares
atributos.
Ni que hacia mí sus pasos condujeran
rastros de algún incencio.
Ni la invasión toral de su hermosura
en las avasalladas soledades.
Ni su pelo feraz ya levemente mío.
Ni sus ojos tabaco
de eficaces instantes.
Ni el reclamo
de lo que en su cuadril ruiseñoreaba.
Faltaba el mar, sus cómplices azogues,
sus empujes vitales,
el júbilo hamacal de sus vaivenes;
y el mar, bramal y salitrado
doncel entre la luz, llegó lamiendo
aquella flor de carne entre mis manos.
Yo estaba sobre la ácida blancura,
junto a la desnudez total, súbdito y amo
de aquel cuerdo de almendras y de limo.
Oh, niño de la siesta, oh tierno, oh mío.
 
Recuerdo que subía del suntuoso verano
la rama intensa del calor.
Oh, Mórbido.
Oh huracánido.
Y ardió a besos el mar
entrambasaguas,
entrambazarpas,
entrambaspiernas descifrantes del fuego
y los saqueos de insaciables discordias,
como barcos tundidos que el mar hunde o levanta,
como leños que anega y transfigura
perseverantemente.
 
Plenario fue el amor. Enardecido
el goce diluvial, la punzadura
del cuerpo bienherido, servidumbre.
Y sentimos el mar y sus reclamos
mío también diciendo
entre las ondas vulneradas.
 
Ahora,
lenguante el mar, bramal y salitrado,
profundamente canta en la memoria,
canta, mientras la vida,
con revuelta marea
rejunta entre sus aguas las aguas de este olvido.
Todo tiene su precio.
Y he pagado
con vejez o con lágrimas
aquel amor perdido.
 
 
VII
 
Y aquí me tienes, mar, de nuevo,
aquí me tienes,
oh, submarino corazón,
oh, genésica alegre sementera,
piafante luz y mano empueblecida.
Dulcemente mi piel engaviotiza,
púlsame lento, mar, ay, como un arpa,
acúname,
mastúrbame,
empavéseme.
Quiero ser otra vez las intemperies
y las rudimentarias sumisiones.
Reconocerme
bajo el sol bramador ay, desnudarme
con su fulgir de oro.
 
Como ningún otro, deseo ver de nuevo
las húmedas aldeas de la orilla,
y las redes chorreando peces suplicatorios
y la lluvia de luz y los estuarios,
el azul derramando de su copa;
el prestigio naval y las barcazas
inmóviles, saciadas, y lejanas de las dunas lentejuelas.
 
Seré pastor de arcángeles barqueros
y comunal recolector de aromas;
iré cantando mi vejez primera
con esta boca salitrada y pobre
sobre el aguacaudal.
Juntaré en una vara mis palabras
y prendiéndoles fuego,
arderán hacia a ti como una llama florecida
los serpenteos del poema;
juvenéceme,
mírame como soy,
invítame a cruzar esta frontera,
yo soy lo que arde, mar, soy el que aguarda,
y aun estoy,
con los brazos
extendidos.
 
 
IX
 
Eléctricas distancias eternizan
nombres y soledades:
Dulcamar, Altazor, Aldebarán, Eleusis,
y aquí sigo esperándote.
Te he venido a esperar y, si hoy no vienes,
cualquier día te guardo,
antesdeahora;
frente al mar te memoro,
quienquiera que tú seas,
cualquier nombre que invente en esta playa,
cualquiera de los que asuma y sufra y desentienda.
Yo miento luego existo,
pero confío en que algún rastro llegará a ser el tuyo,
tu dulce nombre azul, irrealizado
o la falta de todo.
 
Frente al mar yo te sueño, joven náutico;
todo el alcohol del mundo está cantando
en la humedad más alta de la noche marina.
Frente al mar yo te pienso;
acodado en el aire contemplo tu recuerdo,
tu dulce desamor,
la ceniza en el tacto,
tu flor de pastoreos,
la brecha en mi ternura,
yo por siempre ya más en ti te nombro:
Noaimasquearena, Persio,
Alexis, Marzo, Alcándaro, Abernámar;
que nadie más se acerque,
aquél que olvide tendrá doble recuerdo,
Babel, Abraxas, Eufranor, Flaminio,
¿dónde pedir auxilio sino en ti que no existes,
Júbilo, Escarnio, Galápago, Entresueño?
Aunque
si fueras
¿cuál serías entonces,
vida mía?
 
 
X
 
Pero ahora te soy y te me entregas
libremente, azulmente,
desenfadadamente,
y te nombras como alguien de otro día,
anterior y magnífico,
y te me doy en nombre de su ausencia,
y en nombre del amor desconcedido
que en otro tiempo así perdí y recobro.
 
Te empaloman mis malas intenciones
del más perfecto y trémulo deseo,
abarco hambriento, allanto, irrefrenable
tus contornos suntuosos y garantes,
tus muslos vellecidos y morenos,
tus nalgas opulentas y triunfales,
muerdo y beso y escancio tus ijares,
bebo de tu tenaz envergadura
y eres en ti tú todos los que fueron antes que tú
raigambre de mi vida,
alertinaje
sobre este corazón que soy, que sigo
prolongando,
exhumando,
reviviendo,
hasta el día sin ti que se detenga
a darse,
a alarse,
a desnudarse,
a irse.
 
Centauro del rocío:
los mares de la alfalfa te nautican,
el mirasol te amarillece y anda,
el chayote recrea tus amorosos atributos,
y el airemar encomia tus aromas,
a caballo y a sal empavecida.
De día, el sol te agrava,
te emparienta,
te nombra carretero del estío,
estás y sueles comenzar el alba,
tortolar y estatuario,
y me condenas
a creer en la luz, que, de tus ojos
espejea y devuelve sus azogues
al paisaje de mar que te contiene,
y de noche la noche nos congracia
y nos da la señal
y amanecemos.
 
Jinete
de sonrisa que hace temblar las cosas y las hojas,
aquí me quedaré
o marcharé desde de ti descabalgado;
y el lecho que ha cumplido
sus consignas de bélicos aceites,
te pide nuevamente, te reclama
tu cuerpo miel de niño enrracimado,
tus manos de quehacer estremecido
y ese timbre violento de tu risa.
 
Amor,
a partir de este día te declaro
en estado de sitio.
Para mí solamente tus poderes,
tu dulce nombre igual y repetido
a través de otros nombres diferentes,
fuente de toda gracia,
carne filosofal, piedra de toque;
dondecuando tú quieras
desinvento
mi soledad
y hacemos primavera.
 
 
XI
 
Pero te vas, no vuelves y apareces
en otro nombre ígneo,
ignidiscente,
ignífico,
en otro nombre dulce que de pronto
tampoco tengo.
 
Desértica,
dulcanácar,
salilunar,
florángela,
pastoreazul,
plenifrutal,
fulgidasol,
acontrañil,
blanca y sola
la playa.
 
Contradigo que existas
o que me ames,
o que te llames:
Dosvalar,
Riesgo,
Tubermoh,
Nalume,
Osimes,
Hanco,
Urano,
cuando en verdad, quien fueras te diría:
te inventaré la vida,
espígate y camina carne adentro.
 
Es el Séptimo Día.
 
Desembarca.
 
*
 

B.A. y G. Frecuentan los hoteles
1988
 
9
 
Donde la furtivez solapa
y hotelea
un sinnúmero de élitros y lenguas;
donde nombres de anónimos quereres
quedan escritos sobre las paredes;
y quejumbres,
lamidas y morderes, redes,
mamaduras y fajes
dejan tan solo un corazón pintado
con dos nombres,
un dardo y una fecha,
allá en Guadalajara,
donde también nosotros dibujamos
un corazón, dos nombres, una fecha,
mi nombre Abigael me protegía,
el tuyo era
perversita menesterosa G.
en la pared abyecta.
 
Había uno: aquí estuvo la lágrimas
y otro: aquí cogió tu abuela;
luego un rayo de sol, exactamente
donde existió un espejo,
se astilló contra el muro
en el que vana gloria se leía:
aquí no ha estado nadie como yo la pelos,
y amaneció la muerte
de abrir y desamores agotada.
Pero ahí quedarán murales,
trasnochados,
amanecidos,
crudos,
nuestros nombres opresos
de un desvencijado william tel ero cuore
oh tel hotel sepulcro inagotable.
No faltará quién diga estos también
y pintarán el suyo
con la ilusa inocencia
de perdurar o de seguir pintando
en el próximo ohtel y el otro, el otro,
calentaduras, axilas, entreabrires,
y un nuevo corazón:
Arriba el culo.
 
 
26
 
Este cuarto tiene cama de piedra,
buró de piedra,
silla de piedra,
tocador de piedra;
que sea para bien,
mientras el convidado
no se vuelva también de espaldas
y se ponga.
 
*         
 

Navegación en Yoremito
1993
 
Aquí se dice de cómo según algunos hombres han 
compaña amorosa con otros hombres
 
De amor echele in oxo, fablel’e y allegueme;
non cabules, —me dixo— non faguete fornicio;
darete lecho, dixe, ganarás tu pitanza.
La noche apenas ala, de cras en cras cuerveaba
sus mozos allegándose a buscar la mesnada.
Vente a dormir en mí, será poca tu estada,
desque te vi me dixe, do no te tocan, llaman,
do te tocan, provecha, cualsequier se vendimia.
Y “ando” —que es de salvajes—: anduvo, anduvo, anduvo;
non podía a tod’ora estar ahí arrellanado.
El mes era de mayo, ansí su devaneo,
la calor fermosillo fermoseaba   su estampa.
Más arde y más se quema cualquier que te más ame
—le dixe—, folgaremos como’l fuego y la rama.
Entonces preguntome —entendet la palabra—:
¿cuánto dais? y le dixe: cuanto amor te badaje,
que el que ha los dineros siempre es de sy comprante,
muestra la miembresía, non enseñas non vendes.
Ay, vivo desdentonces empeñando la tynta
y muchos nocharniegos afanes hame dados
bien cumplidas las nalgas de aquestas culiandanzas.
La cuerva noche arrea ovejas descarriadas.
Yo pastoreo amores
con aparejamiento.
 
 
Del ardor que me contesce desques llegadala 
presencia del mi amado
 
“Descubre tu presencia
y mátame tu vista y hermosura
mira que la dolencia
es dolencia de amor que no se cura
sino con la presencia y la figura”
San Juan de la Cruz
Hete aquí que ta anuncias
transcurriendo de amor un no sé qué
de bálsamos henchido;
un ruiseñor de ráfagas trigales
ungüenta tus corolas;
un címbalo de nardos elocuentan
tu piel que se hace lunas con el tacto;
en ti cunde jardín de chuparroso;
están brotando ámbares tus ojos,
dicen el agua,
escriben la paloma,
nacen los vuelos párvulos del álamo.
Hete aquí que ya vienes;
no hay otra alternativa que tus labios,
tus manos sabias que doró la huerta,
tu destreza apetita,
tu pecho
que no he podido hartarme de besallo,
y el bello tronco lampo en que se ahonda
la más felice noria del ombligo,
y el monte más copioso, coronado
de torres centinell pintiparada.
Hete aquí que ya subes del camino,
hete aquí que ya eres,
que has llegado.
 
 
Navegación en Yoremito
 
Incendio aguaesmeralda
el día funda
eucalipto pleamares
en el río.
De la heredad campestre sale a flote
el forestal velamen de los sauces.
Fuego sembrado en la humedad almáciga,
el sabor de la luz y el agua ardiente
maduran sol de espléndidas tilapias
en la milpa lumbrera del estanque.
Andar y navegar terrestremente
oleajes de la hoguera repesado
y, mástiles al viento las higueras
los linajes del mar fundan en tierra.
Todo sucede así:
un río cormorán y un sol tumbado,
cosechar el delfín, arder el higo,
uvas de sol y yerbas de la espuma,
sonido del membrillo, olores muelle
al acuífero fuego y aires dulces
en el silvestrecer de la colmena
y en el rústico arpón de la oriflama.
Muy sol está la mar de sed continua,
muy agua está la luz penefarola
en el ir y venir de tu cadera;
rema pues, maristerro,
nave de luz que soy rema
y apágame;
malherido me has y a pie,
pastorgaleote;
por vos es mi placer hortelamente:
a remar me a remar, entanamientes,
yo empezaré mi boca
solmarina.
 

Al éster, estando según algunas dicen como quiere
 
El éster, mi mancebo,
alto de carnetrigo, miembros ópimos,
cabeza agraz, purísima noticia,
pelo duro y sentado y colorado,
esbeltura de espigos amorosos,
ojos claros de gato tras el vino,
nariz breve, enfrenada, respingosa,
boca en estadogozo embebecida,
la maña y fuerza mucha y lujurioso,
con el ávido oficio amenazante.
Pescuezo como quiero, fructuoso,
convidando a llegar a dulce trato,
pecho para estar a lamer,
ombligo oasis,
brazos remeros de diestra mancería,
pies generosos,
pernón loco de ascensos exprimillos,
y mi temor del áspero enemigo
las espaldas mordiendo
con que el común deseo y alegrías
de entrares y salires de volunta;
oy’s ese liro, tútuli,
tan presto como aquesta venturanza,
óyeme lo que digo, corrimiento
de ver mi vida entre las cosas tuyas
más mortífera siempre; y entretientes,
aprenderé seguido.
El éster, mi zagal,
escucha siempre a los Yonics, Traileros, Caminantes,
Invasores de Nuevo Lión,
y lee vaqueros de Marcial Lafuente Estefanía;
presume esa barba partida yoremita que su madre 
doña eva
fermosa le parió,
y yo escribo esta gana de estar a solas hasta la tumba
con él,
mientras se baba jando el zíper de su Lee
y se encabrona porque canta la Piaf y no Cornilius
Reyñus
en el primer telón
de la catástrofe.
 
***
 

Poesida
1994
 
Desazón
 
Cuando ya hube roído pan familiar
untado de abstinencia,
y hube bebido agua de fosa séptica
donde orinan las bestias;
y robado a hurtadillas
tortilla y sal y huesos
de las cenadurías;
y caminado a pie calles y calles,
sin nómina,
levantando colillas de cigarros,
y hubime detenido en los destazaderos,
ladrando como perro sin dueño,
suelo al cielo, mirando a los abastecidos.
 
Cuando ya hube sentido,
en pleno vientre el hueco
requebrajado y yermo
del hontanar vacío,
y metido la mano a los bolsillos locos
y, aun así, levantada la frágil ayunanza
del alma en claro,
me conformo claro, me he dicho:
Dios asiste, y espero.
 
Cuando ya hube saboreado
sexo y carne y entraña,
y vendido mi cuerpo en los subastaderos,
cuando hube paladeado
boca, lengua y pistilo,
y comprado el amor entre vendimiadores,
cuando hube devorado,
ave y pez y rizoma
y cuadrúpedo y hoja
y sentado a la mesa alba y sofisticada
y dormido en recámara amurallada de oro,
y gustado y tactado y haber visto y oído,
me conformo, me he dicho:
Dios asiste. Y camino.
 
Cuando ya hube salido
de cárceles, burdeles, montepíos, deliquios,
confesionarios, trueques, bonanzas, altibajos,
elíxires, destierros, desprestigios, miseria,
extorsiones, poesía, encumbramientos, gracia,
me conformo, me he dicho:
Dios asiste. Y acato.
 
Por eso, ahora lejos
de lo que fue mi casa,
mi solar por treinta años,
mi heredad amantísima,
mis palomas, mis libros,
mis árboles, mi niño,
mis perras, mis volcanes,
mis quehaceres, la chofi,
sólo escribo a pesares:
Dios me asiste.
Y confío.
 
Y de repente, el Sida.
¿Por qué este mal de muerte en esta playa vieja
ya de sí moridero y desamores,
en esta costra antigua
a diario levantada y revivida,
en esta pobre hombruna
de suyo empobrecida y extenuada
por la raza baldía? Sida.
Qué palabra tan honda
que encoje el corazón
y nos lo aprieta.
 
Afuera, al sol,
juguetean los niños,
agrio viento,
con un barco menudo
en mar revuelto.
 
 
Duelo
 
Vengo a estarme de luto por aquellos
que han muerto a desabasto,
por los rútilos o famélicos,
procurando saciar su corazón o su hambre,
cayeron en la trampa
eran flores de arena, papirolas,
artificios de bubble gum, almas de azogue,
veletas de discotheque, aleteos, dispendio,
pero eran también un alma, una palabra,
un esqueleto de pan y sal,
con rincones amables
como el tuyo o el mío, compañero,
un pensamiento hermoso o ruin,
más cosa como nosotros,
hechos un haz de sangre todavía
entre el verdor y el agua de la vida.
Vengo a estarme de luto
por aquellos
que recibieron prematuramente
su funeral de escándalo,
su ración, su camastro, su obituario velado,
pero más por aquellos
que, desde que nacieron,
son confinados, etiquetados, muertos
en sus propios rediles,
herrados, engrillados a un escritorio oculto,
a un cubículo negro.
Ah, caravana de las carcajadas,
carne desamparada de la arcaica matanza,
paredón de la pública befa,
arrimaditos, amontonaditos
en el muro del asco.
Vengo a estarme de luto
porque puedo.
Porque si no lo digo
yo
poeta de mi hora y de mi tiempo
se me vendría abajo el alma, de vergüenza
por haberme callado.
Qué natalicio nuevo de la ausencia,
qué grave el sol
apenitas ayer abeja de oro,
qué viento de crueldad este domingo,
qué pena.
Pero está bien;
en este mundo todo está bien;
el hambre, la sequía, las moscas,
el appartheid, la guerra santa, el Sida,
mientras no se nos toque a Él;
Ese no cuenta,
simplemente está Allá,
loco de risa,
próspero de la muerte,
a gusto.
 
Todo extraído, exactamente, de:
Graciasss/circulodepoesia.com/breve-antologia-de-abigael-bohorquez/
 
*****
 

“El día de hoy quiero compartirles mis poemas favoritos de Digo lo que amo, poemario de Abigael Bohórquez (Caborca, Sonora; 1936 – Hermosillo, Sonora; 1995). Desde que leí su poesía por primera vez, me sorprendió su ritmo, su estética barroca y al mismo tiempo insolente. Sean estos poemas un atisbo en el mundo poético tan especial de Bohórquez, en sus confesiones, su impulso político, su imperativo por decir lo que se ama. Ojalá los disfruten.”
                                                                            Andrea Muriel
 
Descaración previa
 
si me callara;
si me pusiera serio;
si dejara
que el sacrosanto pudor
recatara esta dulce merced;
si me fuera quedando como de aquí al olvido;
si decayera mi semblante y me apesadumbrara,
y sosegadamente contenido
no revelara la inesperada gracia;
si lo ocultara;
si me fuera de bruces sobre mí mismo
y me diera contra mi nombre
y fuera la desmemoria de la flor;
si anocheciera,
y ninguna palabra mía diera fe del prodigio,
por tan callado el trance de morir;
si me opusiera a declarar;
si me cerrara a negar
que nada, nada es cierto, sino yo,
dulcemente yo, puntual con mi esqueleto,
y si aceptara este resplandeciente temor
a confesar:
¿qué soy, quién soy entonces,
qué he sido sino el de siempre, el mismo,
aquel que sólo ha dicho la verdad
y nada más que la más crudelísima
verdad?
el que este día ha amanecido
fúlgido de vejez,
maravillado de regresar,
el que, ahora,
simple y sencillamente, se levante,
 
compone el pecho desvencijado
y declara,
con un temblor de voz en lo que queda de palabra,
diecinueve de enero, dos puntos,
sólo era que
te amo.
 
 
Cuerpo del deleite
 
si de nuevo pudiera
como si nada o nade hubiese de amar más;
si me fuera otorgado un solo instante,
ahora que no estás, sino un espacio helado;
si se me concediera:
yo volvería a ti, sí, volvería,
suplicando
tus dedos finos
como el primer día de las espigas,
rogándote beber
tu dulce y dura flor,
pidiéndote
aquel que fue contigo tu soldado de plomo,
tu primera mujer,
tu barco de papel,
la chava,
ah, sí que volvería a tus jugos profundos
que fueron en mis labios la canción;
a tu alegría ociosa
de la que todavía haces ausencia;
a tu esbelta hermosura
que no me pertenece sino la cruz sin nadie;
a tus ojos navales
donde partí y no estoy;
yo volvería a ti,
junto a tu sombra,
sombra de ti, perdido.
 
pero no tengo, no, ya nunca,
tus palabras de mocedad,
tu breve piel trigueña
donde me puse a arar y me sembré
como una almendra atroz,
puesta en ti,
condenada a nacer y manar de tu costado;
pero no tengo, no, ya nunca,
riesgo mío,
la turbadora cercanía de tu mirada,
no tengo ya tu cuerpo, su labranza,
su cuenco de rocío, su quejumbre,
su equilibrado ruiseñor, su oleaje,
su tersura de orquídea entre mis labios,
no, ya nunca, nunca más.
yo llevé a tu cintura la turbia compañía,
yo acerqué a tu cadera
un acedo calor de lenocinio;
yo puse mis colmillos de solapado roedor
a morder tu amistad;
yo fui el mono borracho, tu asesino,
el corsario de tu pureza,
tu verdugo, todo, todo,
 
y volvería a hacerlo.
sólo
por volver
a mirarte.
 
 
Reincidencia
 
dejó sus cabras el zagal y vino.
qué resplandor de vástago sonoro,
qué sabia oscuridad sus ojos mansos,
qué ligera y morena su estatura,
qué galanura enhiesta y turbadora,
qué esbelta desnudez túrgida y sola,
qué tamboril de niño sus pisadas.
 
dejó sus cabras el zagal y vino…
ah libertad amada dije
éste es mi cuerpo, laberinto, avena,
maduro grano que arderá en tus dientes,
esquila, choza, baladora oveja,
tecórbito y aceite, paja y lumbre;
baja a llamarme, a reprenderme, a herirme,
a serenar turbadas hendiduras;
baja, pupila de avellana, baja
rústico centelleo, ráfaga de rocío,
colibrí de ardimientos,
soy también tu ganado, ven, congrégame,
descíñete, descúbreme
asido a tu cintura, dulce ramo,
caramillo de azahares en mi boca.
 
y ante mis ojos,
como un tañido de frescura,
triunfal y apasionado desconcierto
emergió de sus piernas trascendiendo
hacia todos mis dedos como galgos,
liebre espejeante, mórbida espesura,
la suntuosa epidermis respirando,
temblando, endureciéndose
en la gallarda péndola,
el orgulloso, endurecido bronce,
de su intocada parte de varón;
estallido, mordisco, ávida lengua, indómito pistilo,
dulzorosa penetración, pródigo arquero, novilúnido
semen,
plenamar de su espasmo,
de su primer licor, abeja de oro,
se me quedó en el pecho, pecho a tierra,
un gemido de manso entre los árboles.
Luego estuvimos mucho tiempo mudos,
vencedores vencidos,
acribillados, cómplices, sobre las pajas ásperas,
él junto a mí, sonando todavía
y yo, mi cara sobre sus genitales de salvaje pureza.
Recordé que se olvida.
Que no se dijo nada más.
 
Dejó sus cabras el zagal y vino.
Qué blanco, qué copioso y dul
ce
vino.
 
 
Primera ceremonia
 
primaverizo yaces,
deleital y ternúrico,
y nadie es como tú, cervatillo matutinal,
silvestrecido y leve.
aparentas dormir
y una sonrisa esplende tus pupilas;
quedo sin mí.
tu veranideces,
cuando mis manos desdoblan su pobreza
y tocan tus cabellos dóciles, como el agua
y me tiendo a tu lado.
desnudo te descubres; desnudo estoy allí;
suspenso, trémulo,
desamparado como la noche del misérrimo,
ayuno y mórbido:
qué puedo hacer, enceguecido y mudo,
atado de estupor,
maravillado?
mantienes tu mirada fresca y feroz,
sedienta de antemano;
resplandeciente en la devoradora oscuridad:
tu sexo,
húmedo, cálidamente eléctrico, madero victorioso,
con el recuerdo herido todavía
de la primera masturbación y el receloso orgasmo,
y tus labios suntuosos
temblando un hálito que ya no necesita
el niño aquel que era,
y tu cuello miro que pulsa las cuerdas
del corazón, no sé si el tuyo, el mío,
y ninguna palabra pronunciamos,
ninguna a mi favor;
no hay gracia para mí.
 
deja que diga no tu pecho núbil,
duro lugar de la salud,
marejada que nadie detendrá,
retén su amor, su odio;
tu modo de ser tú casi me lame,
calor de perro, ojos de ganso, hermano de caballos;
me viene encima tu sazón,
la rotación novicia de tu ombligo,
tu almíbar de estar hecho
veloz, inmóvil, lento, prensil, inapresable;
tiendo una mano: existes:
tus muslos, golpe a golpe, se separan,
se encuentran, se encajan, se unifican,
se hace una brecha ardiente en el revuelo
de la sábana;
no hay piedad para mí.
tus dientes caen, degüellan,
rindo el sentido.
tómame.
deshónrate, sométeme, contrístate, obedéceme,
enloquece, avergüénzate, desúnete, arrodíllate,
violéntame, vuelve otra vez, apártate, regresa,
miserable, amor mío, lagarto, imbécil, maravilla,
precipítate, aúlla.
 
de pronto, tú, el relámpago,
abierto, florecido, restallante,
arriba, abajo, encima, ¿dónde?,
hiendes la oscuridad
y adentro:
 
llueves.
 
 
Saudade
 
                            A Dionicio Morales
 
I
 
Pensar que duermes y que, solamente
por no morir de ti, de tu cintura,
mi corazón: velero en andadura,
remontaría el aire, dulcemente.
 
Saber que duermes y que me condenas
a rotura de ti, a desprendimiento;
mi corazón a tierra, tú en el viento
y toda lengua muda y me encadenas.
 
Tú tan desnudo ahora y no te toco.
Tan dolorido yo y no te acongojas.
Te me robas y en vano te convoco.
 
Quédate así, amor mío. Si guardeces
noche para la noche a que me arrojas
de ti anocheceré, tú que amaneces.
 
II
 
De ti anocheceré, tú que amaneces
grave de luz, ardiente mañanura,
junco de lumbre, tersa de galanura,
bienhadado del Sur donde floreces.
 
Sea mi vida pues, la descordura;
de lo que fui sólo seré tu ausencia,
tu primer anatema, la apetencia
donde tuvo tu cuerpo su atadura.
 
De ti anocheceré. Y, envejeciendo,
despoblado de ti, desatendido,
laborioso de muerte, oscureciendo,
 
seré desolamiento trascendido.
De ti anocheceré y, anocheciendo,
seré escombro de amor desconcedido.
 
III
 
Seré escombro de amor desconcedido;
me cumplo a oscuras, no me doy consuelo,
y determino este montón de duelo
cuando te pienso en muerte convenido.
 
Qué habré de ser sin tu presencia impía?:
Descorazonadura, vaciedumbre…
Bebí cáliz de acíbar, servidumbre
de soledad uncí. Y, ay, todavía
 
qué despiedad acrece mi faena,
qué dondequiera soledad desboco,
qué cosa estoy tan triste y me doy pena.
 
Y me acerco a tus cosas y las toco,
todo está nadie, amor, tierna colmena,
y me voy apagando poco a poco.
 
(Digo lo que amo,
Federación Editorial Mexicana
(Colección Palabra Viva, 29)
México, D. F.,
1976;
UACM,
México
2015,
80 páginas)
 
Abigael Bohórquez (Caborca, Sonora; 1936 – Hermosillo, Sonora; 1995). Poeta, dramaturgo y promotor cultural. Entre sus libros destacan Memoria en la Alta Milpa (1975), Digo lo que amo (1976) y Poesida (1996).                                                                                 
Todo extraído, exactamente, de:


Exordio
 
POESÍA, desembárcame,
échame a tierra y léñame;
como a candil de sangre, enciéndeme,
que se sepa Tu Voz.
POESÍA, horádame,
ancla en mí, balsamízame,
sumérgeme en la luz líquida y lenta
de este trago de vino;
rescátame, tremólame,
tengo hambre de tu lanza en mi costado.
La Transfiguración, POESÍA.
Inúndame,
haz de mis huesos el temblor;
no tardes, tempestad,
golpea,
abre compuertas sin descanso al vértigo,
amor de mi niñez, POESÍA,
pertúrbame, combáteme,
mira mi corazón, préndele fuego,
deste derrumbe amante amasa el trino,
no hay tiempo que perder,
el sitio es éste, el corazón, oh, sed;
desuéllame, POESÍA,
asesta el golpe de debe abrir el surtidor,
quebrántame;
y en esta carne admonitoria,
carne de dar, devuélveme el niño aquel,
el niño aquel escarnecido y dulce
que lamía tus manos.
Oh, POESÍA, condúceme,
desgástame, desquíciame,
procede,
de donde estés, ordena,
y ponme a caminar.
 
 
Aprehensión
 
es preciso volvernos a tiempo
hacia los que no nos ignoran;
ser prudentes, pacientes, cristianamente
alcohólicos, acostólicos y remonos.
los enemigos no tienen conducta
ni sentido;
se hacen ver donde menos
se les quisiera ver.
pero todo fue algo más:
yo acerqué mis labios a tu frente,
a tus mejillas redentoras
a tus labios, no sé;
y la beata, el adúltero, el sacrílego,
el cura, el homicida, el drogadicto,
la incestuosa y el sátiro,
el centurión,
la distinguida cogelona,
la sociedad de padres de familia
y adoradores del santísimo,
los fetógrafos,
los puros elegidos,
no sé qué hacían
emboscados,
ahí,
en el monte de los olivos.
 
 
Envío
 
RENÁN:
la vida siga así, sencillamente;
tenerse amor, sembrar, transparentarse
en tierra y a sudor y perpetuarse
agua encendida y cálida simiente;
dejar que el sol encumbre lentamente
sus oficios de octubre; comprobarse
que se es de verdad y continuarse
de sí mismo a sí mismo, ardientemente.
Dejar que mis palabras, rezumando
la voz gozosa, la acuciante estrella,
queden en estos versos, cintilando;
que aspa de luz, ilimitada y bella.
honda y florida miel, dulcemanando,
va LA POESÍA en prenda. Y voy por ella.
 
 
Los dulces nombres I
 
No bastó que el silencio confirmara
sus nervuradas mocedades.
Ni bastó que la luz enjazminase
sus pendulares
atributos.
Ni que hacia mí sus pasos condujeran
rastros de algún incendio.
Ni la invasión total de su hermosura
en las avasalladas soledades.
Ni su pelo feraz ya levemente mío.
Ni sus ojos tabaco
de eficaces instantes.
                                Ni el reclamo
de lo que en su cuadril ruiseñoreaba.
Faltaba el mar, sus cómplices azogues,
sus empujes vitales,
el júbilo hamacal de sus vaivenes;
y el mar, bramal y salitrado,
doncel entre la luz, llegó lamiendo
aquella flor de carne entre mis manos.
Yo estaba sobre la ácida blancura,
junto a la desnudez total, súbdito y amo
de aquel cuerpo de almendras y de limo.
Oh, niño de la siesta, oh tierno, oh mío.
Recuerdo que subía del suntuoso verano
la rama intensa del calor.
                     Oh, Mórbido.
Oh huracánido.
Y ardió a besos el mar
entrambasaguas,
entrambazarpas,
entrambaspiernas descrifrantes del fuego
y los saqueos de insaciables discordias,
como barcos tundidos que el mar hunde o levanta,
como leños que anega y transfigura
perseverantemente.
Plenario fue el amor. Enardecido
el goce diluvial, la punzadura
del cuerpo bienherido, servidumbre.
Y sentimos el mar y sus reclamos
mío también diciendo
entre las ondas vulneradas.
Ahora,
lenguante el mar, bramal y salitrado,
profundamente canta en la memoria,
canta, mientras la vida,
con revuelta marea
rejunta entre sus aguas las aguas de este olvido.
Todo tiene su precio.
Y he pagado
con vejez o con lágrimas
aquel amor perdido.
 
 
Los dulces nombres II
 
Para hacer este canto me bastó el mar. No siente.
Pero está. No lo sabe. Es.
Yo soy, yo siento, estoy, lo sé.
Sin ti.
Puede el mar empezar cada segundo su menester.
Pero tú -mientras cuelga del día, óptimo,
senecto cazador-
pasas, esplendes como el mar y no escuchas.
Eres. Pero sí sabes. Y nada más el mar...
No sientes.
Donde tú estás
simplemente no estás.
Eres aquí en el viento y viento eres.
Digo tu nombre que no sé.
Por salvarme de ti salgo a correr las islas,
y, de pronto, tu aroma, tan lejano,
va conmigo.
Está, sin ti, mi corazón vacío,
y me hundo, me hundo, y a donde voy no sé,
porque no eres.
 
 
Los dulces nombres III
 
Nada tuyo, ni mío, ni de nadie.
Morir no tiene mérito.
A echar las redes pues,
que hay alguien más que tú.
Díganme,  ¿dónde?
Oh, pura nada, arena, arena.
Y el mar irremediablemente me basta. Está.
No siente.
 
 
Cuerpo del deleite
 
si de nuevo pudiera
como si nada o nada hubiese de amar más;
se me fuera otorgado un solo instante,
ahora que no estás, sino un espacio helado;
si se me concediera:
yo volvería a ti, sí, volvería,
suplicando,
tus dedos finos
como el primer día de las espigas,
rogándote beber
tu dulce y dura flor,
pidiéndote
aquel que fue contigo tu soldado de plomo,
tu primera mujer,
tu barco de papel,
la chava,
ah, sí que volvería a tus jugos profundos
que fueron en mis labios la canción;
a tu alegría ociosa
de la que todavía haces ausencia;
a tu esbelta hermosura
que no me pertenece sino la cruz sin nadie;
a tus ojos navales
donde partí y no estoy;
yo volvería a ti,
junto a tu sombra,
sombra de ti, perdido.
pero no tengo, no, ya nunca,
tus palabras de mocedad,
tu breve piel trigueña
donde me puse a arar y me sembré
como una almendra atroz,
puesta en ti,
condenada a nacer y manar de tu costado;
pero no tengo, no, ya nunca,
riesgo mío,
la turbadora cercanía de tu mirada,
no tengo ya tu cuerpo, su labranza,
su cuenco de rocío, se quejumbre,
su equilibrado ruiseñor, su oleaje,
su tersura de orquídea entre mis labios,
no, ya nunca, nunca más.
yo llevé a tu cintura la turbia compañía,
yo acerqué a tu cadera
un acedo calor de lenocinio;
yo puse mis colmillos de solapado roedor
a morder tu amistad;
yo fui el mono borracho, tu asesino,
el corsario de tu pureza,
tu verdugo, todo, todo,
y volvería a hacerlo,
sólo
por volver
a mirarte.
 
 
Podrido fuego
 
Entre escombros y cáscaras oscuras
y en olvidados aposentos,
se deslágriman ya
mis desgraciados amorosos amigos:
Chucho  Arellano,
Paula de Allende,
Margarita Paz Paredes,
Raúl Garduño,
Efraín Huerta,
Miguel Guardia,
muertos
inolvidablemente,
yertas sus bocas que pronunciaron tantas bocas queridas,
vacías sus miradas que la muerte inexorablemente ahora
deshila y descompone,
varados sus calcáneos,
desgranándose su jornada caduca,
rendidos sus astrágalos
--cómplices todavía de la tierra que caminaron harto--,
pasturanza nocturna hoy sus caderas de amor
para los húmedos enjambres,
islas de carne ciega para las bocas pavorosas
sus continentes congelados,
abrojo cruel de tanto amor vivido sus húmeros talados,
yermo de abdicación su sangre,
ay, todavía ayer enamorada miel y ahora
carcoma del estío;
así por cada muerto:
cuando el jornal de luz fue macerado
y un rastrojo de duelos alzó al viento
sus silvestres pavesas consumadas,
cuando el mosto cayó a sus laboreos
y el fermento empezó sus herbeceres,
cuando el arpa ocupó sus varaderos
y el calado helminto sus desamparos,
cuando el sosiego fue depositario
de sus cargas de amor y de andaduras,
cuando el ojo y el ojo intermediarios
de la perfecta lágrima secaron sus tibias mataduras,
y marcharon uno tras otro a su redil de olvidos,
cuando a solas quedaron al relente,
sus años a la sombra,
presos en libertad aprisionada,
y ya nos fue imposible despertarlos:
ay, Jesús,
Margarita,
Paula,

Raúl,
Efraín,
Miguel,
sólo alcancé a decir,
amores tan amor de amor vacíos.
 
Ay, amigos segados,
sus tiernas calaveras solares no responden,
sus pubis silenciosos tiemblan ahora
bajo el diente sombrío de las hormigas,
y en sus pechos raídos,
de los que un día brotara la Poesía,
corazón adentro
se oxidan las luciérnagas.
 
Ay, poetas, que todavía ayer
por el hueco insaciable del paladar
pasaron roncos vasos de alcohol y húmedos besos,
ay, compañeros, que todavía ayer
reían, amaban, fornicaban ufanísimamente,
y ahora… devastadas impapachables mariposas
de hueso,
ay, sombrosos,
contaminados de desastre en la oquedad terrestre,
ay, tiernos descarnales,
nada es ya aquí verdad sólo ese deterioro,
podrido fuego
donde se van cumpliendo
a imagen y despecho de la ausencia
sus deshojados fémures,
en donde van pagando tributo sus cuencas desempleadas,
sus ilíacos hábiles,
recién apetecidos por la muerte
y sus nombres heridos de memorias
sobre el humus atónito.
 
Ay, Jesús hombrelengua, almacigado,
ya sin la llama que te dio existencia,
limpia la madrugada te enrracimas,
te embriagas largamente, te enMarcelas,
y lloras y te conmueves como niño
que al fin vuelve a su madre,
muy triste sí pero también qué alegre
la tu muerte feliz de abrirte en rama.
 
Y Paula aérea en el ritual cumplido,
la mano alada hasta alondrar el fuego,
persevera en la noche
su distante muchacha otra vez niña,
otra vez y otra vez ron y ceniza,
escalando, aturdida,
los crematorios sin retorno.
 
Y Margarita,
que padeció matraces, asepsias,
versos, bromuros, transfiguraciones,
cautiverios lumbrales, paraísos,
presagios, desbondades, profecías,
despojos, rebeliones, certidumbres,
desencantos, iluminaciones,
droga, hospitales, desentendimientos,
que creó a su semejanza la alegría
para el exhausto corazón del hombre,
que jugó a terminar
y que la rosa
ya no está donde estuvo
alucinada.
 
Y Efraín y Miguel,
excesosos de sinquehacer,
noctérrimos,
fosforeciendo sus andrajos dionisíacos,
dejándose crecer la postrera barba
cocodrilástima,
trasnochadores de la última noche que no pasé contigo,
cuando entendieron
y yo no quiero entender
su doble soledad sin compañía,
niño miguel
uno sesenta y dos sobre el nivel del mal:
el día no se hizo para él;
niño efraín:
desalbado mastín:
Cuás.
 
Y una vez más entro despacio y entro
y despacio y despacio y negramente
vuelvo a nombrar:
Jesús,
Paula,
Margarita,
Raúl,
Efraín,
Miguel que hasta ayer se nombraban
y que ahora,
dulcemente amarillos,
son llamados:
neblina,
polvo,
carne exterminada,
aire oxidado,
transparencia,
pedo,
ruina,
cielo caído,
irrecuerdo
y herrumbre
y cautiverio,
pero que yo, con los ojos del verso,
del sollozo,
del corazón lluviosamente triste,
los contemplo nacerse a diario,
resucitar la muerte desde el verbo
que un día les enviara la Poesía;
y ahora ay, muerte son
y la Poesía,
por eso vivirán,
mientras quizá
ahora mismo
el trompetario suena,
está sonando por alguien
de nosotros.
 
Sin datos a que libro/s pertenece/n
 
Graciasss/letras.mysite.com/mboh
 
*****
 

NAVEGACIÓN EN YOREMITO
 
Premio de Poesía Clemencia Isaura, 1993
 
1a. edición, la tinta del alcatraz, 
Col. la hoja murmurante,
número 105, Toluca, 1995
3a. edición, luna Dance y Ediciones 
la Cábula, Sonora, 2001
 
canción de la alegría que me viene al memorar al
mi dulce amado Pescando
 
Acuérdome agora, ramita de agua,
que de amorosos bienes abundante,
en el húmido otoño Amor pescaba
en el represo de su asentamiento
do garambullos sombran la querencia,
dándole buen lugar a su hermosura.
¿Es esto sueño
o ciertamente avanza
de aqueste apartamiento lo soñado?
Allí era yo que oteaba el adoquiera
cuidando al mi vaquero que pescaba.
Ni uno sólo trinar en la umbrosía
de mezquites bullendo el escondriño;
al reverbero: el ascua de los álamos;
la llanura transida de insolancia
tendía sus astillas de salitre.
Fue cuando alzó serpeante
de aquel pescado
del agua al aire suculento giro;
mostraba rostro alegre
y de su boca los voraces dientes
que de su amor sentí, que me comía.
Regueritos de ardor en la gustanza,
aún traigo las señales del anzuelo.
 
 
canción a la memoria del aquel día en el que mi cuerpo
temblar y arder se sentía
 
Al mediodía,
el agua,
luz adentro,
se tiende aguas abajo
de la orilla;
el sol baja al espejo de la hondura
y el agua lo devuelve
espejecido.
 
La golondrina cae
y no cae
su azoro;
el viento
se ha ido porquesí;
bien vale el árbol su sitio sin el viento,
el viento sabe
—soledadnoeslopeordespuésdetodosualegría—:
pero estás tú,
a la luz;
el viento duerme
un su antiguo cordaje sestecido;
pero estás tú,
y el agua recaptura
su poderío azul,
niño,
amor mío.
 
 
romancillo del céfiro que más que yo besaba la
tanta luz del cuerpo del mi amado
 
Que todo es aire cinzontli
en el albor del mi amado;
el manso rucio ensillado
paladea la mañana;
cesado el trote, florece
del ardiente sol la esfera,
y Amor alivia en las ondas
los tormentos apagados,
sus miembros apaciguados
después de apurar la llama;
lo que hay de la cincha al suelo
el caballo no ha pacido
por ver del chaval fulgente
aquellas lumbres mojadas;
yo me soy maravillado,
gran placer en mí he turgido
y ábrome de par en par
muy de presto acomodado
para corear, al fulgor
de su cuerpo reavivado,
el balar de la intemperie,

el tortolear de la siesta;

Amor se tiende en la espuma
y ahí en presencia del bruto
los dos al fuego volvemos,
los entrandos encendidos
en el calor de mi espalda
que asaz en mojar llamea
la grave carga del agua.
Arriba, al potro montada
va la luz en tres, quebrada
sobre la flama del día.
 
 
de la franqueza de la natura humana que non
está instructa de reclamar intromisiones
 
Dédesme agora un beso, fermosura.
Erguídese broñido
con qué me falaguédeis
y aguijemos.
 
Si dijeren digan —de vero vala—
que dormí
favorido
de so el niño garrido.
 
y, vustedes: ¿qué habéis?,
¿qué me queréis?
 
¡Vosotros lo seredes!!!
 
 
ruego Para que esta hoguera mía sea otra vez la juventud
 
Señora Madre mía de Guadalupe,
ocurre que quisiera seguir siendo feliz
porque’stoy propicio, por él, para vivir;
su amor tiene la fuerza fina,
tersa la boca,
chiquita como la de aquella
que se fue río abajo
y se llamaba Panchita,
rosicreída de bonita;
y en él quemo mis manos choras,
viejas de tanto amar.
Señora Madre mía de Guadalupe,
en el tigreo de sus ojos
suena la luz
y me abundo de cacería
correteando
sus colmillos maduros;
no sé hasta dónde me llevará
o me vaya tras él,
aunque su adiós su olvido se avecine,
pero estoy de regreso desde ayer que lo tuve
envuelto en llamas, y yo inocente,
porque me dá alegría
ver esta rama seca, cielito lindo,
con una flor.
 
(Navegación en yoremito,
Mantis Editores,
2012,
Jalisco.
Tiraje: 1000 ejemplares
Cuidaron la edición Luis Armenta Malpica,
Elías Carlo y Mónica luna)

Graciasss/www.mantiseditores.com
 
*****
 

LAS CANCIONES POR ALEXIS
 
—sobre la égloga segunda de Virgilio
 
I
 
En el fondo del día,
la luz,
ancla su adverbio de lugar.
Aquí en mi corazón,
has caído de pie, amor,
desde la miel
en estado de sitio.
Y en medio de la luz,
ahogado a la hora altísima
de un sol fácilmente violeta,
mordiéndome
todo lo que se llama fiebre
para decir tu nombre, me desnudo
y dejo que me baje por la sangre
todo lo que quisiera para asirte,
desnudo, aquí,
a la hora nona,
jadeando entre mi sal y el acto.
Pero estás, ahora,
no sé dónde,
lejano.
El día como yo, desnudo,
gime y se masturba;
busco desde mis manos tu blancura,
tu cálida prolongación,
tu arquitectura
tantas veces amarga y dulce y lejos;
busco y sufro tu lengua inconquistada,
la rescato del mundo
en que quién sabe dónde estés ahora,
y tiemblo y me derramo.
El día, fácilmente,
apaga su pillaje y su estatura.
Es entonces cuando acaricio mi soledad,
la penetro, indagándote,
preguntando,
cómo serás en realidad.
 
II
 
                                       Entonces apareces. 
                         Llegas.
Y la palabra gira
adentro,
desde donde
dolía y me dolía,
zumba,
zarpa,
se retuerce,
atraca.
                          Me miras.
Las sílabas
desamarran su resplandor;
la lengua ahonda
toda cabalgadura,
sube el sonido,
escala,
rema nervaduras y pulpa;
la palabra no arriba:
pende.
                   De tus ojos
                   sólo me llega lo que va
                   de paso.
Y callo.
Mejor.
 
III
 
Te miro
desde donde no sabes.
Duermes.
Más acá de tu sueño,
aquí,
desde adentro de mí,
viajo diciéndote
todo lo que no puedo,
porque me trago estas ganas de ti
que sé y que nunca,
este afán lento de encontrar dónde
 
dejar caer la búsqueda.
Duermes.
Te espío.
Mis ojos sueñan puentes,
queman puentes,
quedan en la otra orilla,
te andan a pie,
y entonces,
tus muslos arman frutos,
sostiene —duro amor—
con el pistilo
tu flor urgente el cabecear del aire;
el verano
viene desde tu sueño que no duermes,
que has alertado,
que haces sonar,
que afloras y levantas,
espiga en el temblor de la columna.
Despiertas.
Huyo.
Sueño entonces
que desamarro tallos desde el viento,
en lo alto del zureo,
y es en vano,
todo es en vano, amor,
todo es en vano.
 
IV
 
Pero hablas.
Hablas y ES El POEMA.
Tu palabra desciende,
fluye,
alberga, ocupa el vértigo,
puntual en las recámaras del aire;
callo.
Pero tú hablas
la lengua misma del poema.
Cielo
dinámico.
El viento
en trance de girasol.
Sube tu voz a relevar
las tibias aristas del sonido
y hay un dulce espesor
de soles ebrios
colgando desde el aire.
Pero tú hablas.
Entonces sé que vienes
de un lejano vestíbulo,
de un largo cuerpo de pan,
de una perfecta víctima;
de más allá de un patio
donde Dios se oxidaba
y la alondra hacía lividez
alrededor de la vigilia.
Me entero de tus ojos.
Se abren
desde una grieta del desorden;
de confusos, remotos resplandores,
dictan historias de vírgenes saqueadas,
de pájaros vacíos;
hacen señales hacia la memoria
de un derrumbe de arcángeles,
y de un jinete abierto rumbo al canto.
Me haces saber tu boca
y vivo tu libertad,
tu hondísima cosecha,
tu verdadero prendimiento.
Pero hablas.
Entonces ya no busco.
Te capturo para mi desnudez.
Ahora sé tus manos.
El día da de coces,
acomete las tórtolas,
descalabra el paisaje,
fustiga las espigas
al último relincho,
y anochece.
Entonces sé tu corazón.
Pero tú el mío.
 
V
 
No duermes. Lo descubro.
Creo escuchar tus muslos
ocupando los tallos del insomnio;
(la noche baja un tonelaje de astros
sobre el cuerpo llovido de la higuera)
creo mirar tu voz a contracárcel
acechando los barcos del verano;
(viaja por el silencio
la llanura imprevista de los perros;
sobre el pueblo amarillo de los tréboles,
la luna va por el desván del sueño)
creo oírte mirar la florescencia
de la alarma que ocupo.
No duermes. lo descubro.
La oscuridad marchita
toda gravitación.
Entonces,
en lo negro te busco.
Tus manos
abren todo descubrimiento.
Las oprimo.
Voy por la palidez,
y por la desazón,
y por la brisa.
Creo escuchar tus ojos
en el fondo de la violencia.
Sé que escuchas mi piel
de pequeños gemidos
y de bruscos asaltos.
Te sorprendo.
Palpo tibio tu vuelo intermitente;
tu maniatada lumbre sube y canta;
tu cuerpo
se somete.
(Algo se mueve en otra parte,
algo amargo y dolido y agorero.)
La pupila del crimen
NO
se
abre.
Queda emplazada.
Alguna siempre vez,
vez de ninguna vez
o vez de nunca
iré;
lo sabes bien.
La muerte enciende desde los tranvías
su primera advertencia.
Queda oscilando en la pleamar nocturna
mi corazón.
La madrugada
alza su afán de pájaros.
Suena Dios.
Del fondo de los gallos,
van sacando una mano las guitarras,
manos que alzan compuertas al azufre
del alba. Nos miramos,
iré.
Lo sabes bien.
 
VI
 
He llegado.
Agonizas…
(la tierra limpia
de ladridos se tiende a remojarse.)
 
Empiezas a morir. Entro. (Construyo
la caricia en tu piel con mis espadas,
muerdo y me precipito y me demudo;
todavía persiste algo remoto
que baja y desemboca:
—Amor, has muerto—
y un beso frío, pleno, desarmado,
se levanta del hueco y del estrago.)
Lluevo sobre tu muerte.
Te sepulto.
La caricia retira sus andamios,
dicta su veredicto mi sombrero,
y no sé si es que es cuerpo el que se marcha,
o la cama sin cuerpos la que viaja.
 
VII
 
Honda,
honda la soledad como una noria,
helada como el pánico,
raja, profunda,
profundamente más mi noche bárbara.
—Alada edad la mía, con sed y sol al lado,
pero qué soledad salada y sola
y solo edad de sal y sol sediento—.
Ahora te recuerdo,
solo tú, solo yo,
solos estábamos,
solo solos al sol y a la salmuera,
solo un sol sin edad, de sal y solo,
solo la brisa solamente alada,
al lado de mi edad solo con alas.
Ahora lo recuerdo,
ahora al verme aquí, hueco y sin nadie.
Te llamabas…
No sé.
No lo sabías.
Yo venía del mundo:
ciudad de soledades,
y a tu salud de tierra
traje mi nunca nadie de estudiante
—pero qué soledad salada y sola—:
traje sin nadie el traje
una mañana
—alada edad la mía con sed y sol al lado—.
Te llamabas sin nombre
—y solo edad de sal y sol sediento—.
Te llamabas recuerdo.
Y no estoy solo.
Solo que ahora estoy llorando.
Solo.
 
(Las amarras terrestres,
Pájaro Cascabel,
Col. Estuario,
Primera edición:
México,
1969)
 
Abigael Bohórquez, nació en Caborca, Sonora, en 1936, y falleció en Hermosillo, Sonora, en 1995. Estudió arte dramático en la Ciudad de México. Fue secretario del Departamento de Difusión del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y jefe del Departamento de literatura del Organismo de Promoción Internacional de Cultura de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Dirigió diversos grupos de teatro experimental en Sonora y fue profesor de teatro en la universidad de Sonora. Autor de una obra que abarca poesía, dramaturgia y ensayo. Algunos de sus libros de poesía son: Acta de confirmación (1966), Canción de amor y muerte por Rubén Jaramillo y otros poemas civiles (1967), Las amarras terrestres (1969), Memoria en la Milpa Alta (1976), Desierto Mayor (1980), Poesía en limpio, 1979-1989 (1981), Navegación en Yoremito (1993, 2001), Poesida (1996, 2000) y Heredad. Antología provisional (1956-1978) (2005). Poesía en prenda, antología preparada por Claudia Barreda Gaxiola, ha sido publicada en varias ediciones bilingües: Poésie en gage, español-francés, con traducción de Françoise Roy (2010); Pledged Poetry, en edición español-inglés, con traducción de Beatriz Hausner (2011), y está en preparación una edición en español-portugués, con traducción de Paulo Ferraz.

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