ÁNGELO NÉSTORE

Incendio
 
Como quien cambia de sitio los muebles de la casa,
buscando algo de sosiego,
así me dispongo a quemar los puentes
que sostienen todo lo que supe en masculino.
Con el corazón fui incendiario, aticé el fuego, te iluminé el camino,
me senté a esperar, pero no venías.
Y mientras el edificio gigante ardía yo solo era capaz de ver la luz
en el futuro incierto de las cenizas.
He honrado al padre hasta que se volvió mi íntimo enemigo
y de pequeño me senté siempre donde me correspondía,
los pies juntos, hacia ningún lado.
Ahora soy yo el padre que pone la mesa para los dos, aunque no estés,
quien friega a diario tus platos limpios, nunca usados.
Y como el incendiario que se dispone a quemar los puentes,
buscando algo de sosiego,
vuelvo a cambiar de sitio los muebles de la casa.
 
 
Los pelícanos mueren de hambre por ceguera
 
                                                                 A la pescadera Muriel
 
Los pelícanos mueren de hambre por ceguera.
A tal velocidad sumergen el pico en el agua
para alimentar a sus crías
que el ojo se va dañando hasta que se quedan ciegos y mueren.
En un supermercado
una mujer empuja con dificultad el carro de la compra,
se detiene ante el mostrador de la pescadería,
se coloca sus gafas progresivas.
Intuyo su afán de vida
cuando le dice a la pescadera
medio kilo de lubinas para las niñas
y veo en ella la velocidad del ave que abre las alas,
cae en picado
—los ojos sangrando—
y guarda en su bolsa una lubina.
Un pelícano con gafas progresivas,
una señora con un pescado entre los dientes
son todas las madres que no soy y que me observan,
que extraen conclusiones sottovoce,
que miran con cierta desazón
la aridez deforme de mi boca estéril.
 
 
Canción a una hija
 
Mi niña que no es mi niña vive como yo en las afueras,
su cuerpo aún buscando la caída.
Mi niña no tiene tiempo porque tiene hambre,
juega a construir castillos con los huesos que sobraron de la cena
y cuando se aburre cuenta el aire entre sus costillas.
Mi niña que no es mi niña tiene una niña dentro
que le pide a gritos otro nombre,
que le pide a gritos tenerle miedo
a los ruidos que agolpan la madrugada.
Mi niña que no es mi niña no conoce el frío de las tumbas
o si la sábana se enreda en medio de la noche,
solo busca a un padre en la geografía de los desiertos.
 

Si mi madre entendiera castellano y leyera mis poemas
 
 Si mi madre supiera que su hijo quiere ser madre
cogería el primer vuelo para España.
Encogería las piernas,
se amputaría los brazos,
se partiría la columna,
engulliría una a una sus muelas
y sus sesenta años.
Se haría cada vez más pequeña,
se inventaría un idioma,
balbucearía de nuevo
para ser mi hija.
 
 
De cuando me equivoqué de bar
 
Yo soy de esa clase de amigos
que siempre pide otra ronda en los bares.
No tengo hijos,
soy el hijo único de una dinastía de bastardos
que se llena el estómago y se autodestruye.
 
Mis amigos, sin embargo, son padres,
de esos que buscan una excusa para volver tarde a casa,
siempre me invitan a otra,
nunca quieren que me vaya.
 
Ellos me miran y cien veces
me cuentan cien veces lo difícil que es
la suerte que yo.
Ellos no ven las hormigas que trepan por mi pierna,
no las ven.
Beben tiempo con su boca de padres,
tragan tiempo con su saliva de padres
y yo me vuelvo cada vez más pequeño
y sus hijos cada vez más grandes.
Y con cuarenta, con cincuenta,
volveré al mismo bar de la esquina
y entonces los que hoy son niños se preguntarán por qué
tantas hormigas en mi boca,
por qué el amigo de sus padres se sigue creyendo joven.
Con cincuenta, con sesenta,
quién me llevará a casa,
quién guardará mis huesos bajo las sábanas.
Con sesenta, quizás, con setenta
quién contestará a mis preguntas,
quién me dirá lo difícil que es,
la suerte que yo
cuando un día me confunda y pida otra ronda
frente a la sola luz de mi nevera.
 
 
Si pudiera hablar de ti

Si pudiera hablar de ti como hablo de mí
te dedicaría un libro entero de poemas hermosos.
Hablaría de tu pelo negro usando las metáforas más cursis:
tu pelo negro que el tiempo quema,
tu primera cana que es plata entre obsidiana,
etcétera.
Debería existir un partido para hombres solteros
que a los treinta solo quieren escribir poemas cursis
para sus hijas de vidrio,
ocuparíamos todas las plazas,
proclamaríamos una huelga general de vientres,
todos los padres,
todas las madres muertas de vida
como yo.
 
 
¿E io chi sono?
 
Por la mañana abandono mi sexo.
Al atardecer vuelvo
cuando me desnudo para entrar en la ducha.
 
Mi madre siempre dice que tengo los hombros de mi padre.
Con el vaho en el espejo el contorno es más ancho, más
generoso.
Dibujo una línea recta con los dedos, con la mano la deshago.
 
En los ojos guardo la tristeza de las muñecas
que jugaron a ser hijas
y que mis padres acabaron regalando.
El agua fría me trae a mi cuerpo,
escondo el pene entre las piernas.
 
Mamá, ¿a quién me parezco?
 

Tanatorio
 
No es una mujer limpiando una lápida,
sino una madre bañando a su hijo.
                                      Javier Fernández
 
Cuando exhibís su vestido nuevo, recién lavado,
cuando habláis de su primera palabra, su primer diente,
o dudáis si es mejor darle el pecho o leche en polvo
yo os cogería a todos de la mano,
os llevaría en silencio al velatorio de mi cama,
donde mi hija juega eternamente a hacerse la muerta.
Os mostraría el color de sus ojos fingidos,
su cara hinchada de sueño acumulado,
los dedos arrugados, el pelo limpio,
tras bañarla cada noche con esmero.
Miradme. Yo también soy un buen padre.
 
 
Museo
 
Tantos años de historia dividida en dos:
las mujeres siempre abajo,
partiendo el pescado con sus manos rotas, llenas de espinas,
obedeciendo a los mismos jefes, dictadores, reyezuelos,
hombres de corazones negros,
hijos de los mismos padres,
con estómagos salvajes, insaciables.
Y me da rabia imaginar a una niña
que corre feliz por los pasillos de un museo.
En su cuello se tensan los hilos de un lienzo ancestral
sobre el que los hombres exhiben sus retratos
con los colores vivos de la historia.
Y me da rabia imaginar
el olor a pescado en sus manos
cuando, de regreso a casa, me lavo la cara
y me acuesto cómodamente en mi cama imperial.
 
 
Carta a un padre
 
Me enseñaste que para vivir debería:
deglutir, apretar los dientes, morderme la lengua.
Dejaste la camisa tendida, la camisa tendida, papá.
Para ti todo era attrezzo, la corbata planchada,
mi nudo en la garganta.
La caricia. Esta mano de niño era una caricia:
ayer la palma abierta en la mejilla,
hoy el destierro dentro de las uñas.
Para curarse basta con leer el prospecto:
por si las náuseas, por si el temblor,
por si el ojo cerrado.
Cuando lo tocas, un crisantemo tiene la textura
de la carne humana.
Eso ya no importa.
 
Ahora me pongo tus camisas.
Ahora todo el peso de las pinzas
sobre mis hombros.
 
(Actos impuros,
Ediciones Hiperión,
2017.
XXXII Premio de Poesía Hiperión 2017)
 
***
 

Ave y Eva
 
Me resisto a la idea de ser
aquel niño que vivió en mi boca: recuerdo caer al suelo,
hacerme mil pedazos.
La habitación, limpia solo para mí;
la habitación
y este trozo de carne,
estirpe nómada ante el espejo.
Me miro en el cristal
y hay un animal huyendo del fuego,
una jauría con principio de hombre
o un desastre con nombre de niño.
Por eso busqué en el incendio la excusa y en el aire el pretexto,
por eso me arranco la barba
con la mano que antes me besabas.
No hubo salvación para este pájaro,
juro que hice lo posible para domesticar la espera.
Ahora dejo que la tierra tape los huecos de la piel.
Digo casi no soy
mientras celebro los dos bultos de mi pecho.
Escribo la palabra ave, leo la palabra Eva.
 
Bajo este cielo ya no hay lengua que me nombre.
 
(Adán o nada,
Bandaàparte Editores,
2017)
 

Insepulto
 
Mi madre compró un nicho en Italia y me dijo:
aquí descansaremos los dos con tu padre.
Y, de repente, imagino su cráneo apoyado sobre mi cráneo,
refugiados en la madera del árbol que nos vio nacer, y le sonrío.
Su esperanza me roza como una caricia
para que un día deje España y vuelva,
la suya es una promesa de amor eterno.
Pienso en mi madre, en mi padre y en mí,
convertidos en polvo,
una familia sin descendencia, mediterránea,
unida en la muerte como nunca lo estuvo en vida.
 
Algún día el conserje barrerá las flores podridas,
nos dejará desabrigados frente al mundo,
mirará el nicho e intuirá nuestro amor en la foto 
familiar con fondo blanco
entre tanto hueso desnudo,
igual de seco, igual de blanco.
Si lo pienso un nicho es la utopía perfecta:
sin hombres o mujeres,
todos extranjeros.
Guardamos un mundo ideal dentro,
en nuestros huesos, pero tan lejano.
La tumba es el modelo de familia definitivo.
Deberíamos meter todos la cabeza en un nicho
hasta que deje de dolernos el mundo.
 
 
masc x masc
 
Cada vez que leo la palabra violencia,
en secreto enseño los dientes.
 
Cada vez que escucho la palabra miedo,
asoma un hilo de baba desde mi boca.
 
Cada vez que escribo la palabra dolor,
me crujo los dedos.
 
Cuando me dices que eres pasivo,
me pongo cachondo.
 
Jadeo como lo bestia que soy. 
 
 
Los mestizos
 
         Al hombre que me dijo en Facebook que podía
         hacer las maletas tras la irrupción de la extrema
          derecha en el gobierno autonómico.
 
Los peces blancos viven lejos de la orilla.
Prefieren nadar mar adentro
donde, en la oscuridad, se juntan en bancos,
como muros,
y donde luego mueren agolpados en fosas,
el uno sobre el otro.
En ese abismo toda luz es enemiga.
 
Los peces mestizos, sin embargo, preferimos las orillas:
donde el mar acoge una lengua de tierra que no conoce
y con ternura la baña y la ablanda
para que alguien, tú o yo, pueda dejar caliente su huella.
 
Hermosas y terribles son las orillas.
Un día te acogen en el dorso de su mano,
otro, te dejan indefenso para que alguien
te atraviese feroz el cuerpo,
te sostenga en la mano,
hinque su diente en un pez vivo.
 

Sección de caballeros
 
Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
                      Ángel González
 
Yo soy hombre porque tú me nombras.
Si tuviera un cuchillo, sin embargo,
partiría mi cuerpo en dos como un pescado
y cogería tu mano para llevarte
a los lugares más fríos y más íntimos de mi interior.
¿Te sorprendería
ese corazón helado y hueco
que imagina el calor de tus manos?
¿Ese cuerpo de hombre muerto,
aún por construir?
 
 
Cíborg
 
No me busques en la mitología.
No me busques en la historia.
No me busques en la ciencia.
No me busques en la religión.
Lo que ocurre a mi alrededor está escrito,
pero no me nombra.
Me dejo ser
carne que se abandona a ser carne
y nada más.
Por eso he decidido dejar atrás el brillo de esta barba,
salir del género para que no me toques.
En mi lámpara de noche encuentro
toda la luz que necesito.
Cuelgo mis fotos del revés,
para que tuerzas un poco la mirada.
Y mientras buscas en mis ojos
la tristeza,
yo ardo.
 
 
Catequesis
 
Mira, por ejemplo, la boca del niño
que sorbe el néctar de una sandía
y te ofrece su sonrisa mellada.
 
Observa el jugo que gotea
sobre el cuello de su camisa blanca,
cómo se estiran sus comisuras
ante el sabor dulce y oculto de la fruta.
 
Y fíjate, entonces, que no le salpica la culpa todavía
aunque note en la piel el roce
húmedo y pringoso de la mancha.
 
Así pasa su vida sin nombrarla
hasta que un día, inadvertidamente,
su pubis dona una pequeña ofrenda
y llega alguien que se inclina para mirarle a los ojos,
que le habla de la vergüenza y de su especie,
que le señala el sabor amargo de ser hombre.
 
 
Poema contra mí mismo
 
Hoy escribo contra mis manos, contra mis brazos,
que buscan siempre palabras hacia fuera
y son el hambre
y son la guerra
y todo es silencio.
 
Escribo hoy desde mi clase media,
desde mi cama, acomodado.
Estoy pensando en mis venas, solas,
ocultándose y ocultando.
 
Hoy no escucho la bomba alejarse,
hoy la veo mientras se aleja.
 
Recuerdo que un tiempo usaba
la palabra cuerpo
como variación de territorio
y allí hacía la guerra.
 
Ahora me toco a mí mismo,
me miro a mí mismo,
me toco a mí mismo,
me miro a mí mismo.
 
He decidido tirar piedras contra mi herencia
porque yo soy el enemigo
y escribo mi dolor para aceptarlo.
 

Tu cuerpo o el mío
 
¿Recuerdas cuando nos sosteníamos
en la palabra sin conjurarla?
Es como cuando el viento dobla la rama
y no la parte.
¿Recuerdas cuando dibujábamos
nuestros sexos en la tierra
y del tronco hacíamos una hoguera
y la llamábamos lenguaje?
 
Ya no hablamos del árbol
clavándonos las aristas
ni del fuego que nos quemaba la yema de los dedos.
Ahora que solo nos quedan cicatrices en la lengua,
besamos estas cenizas
para curarnos las heridas.
 
Me dices que enterremos nuestras diferencias,
pero cavar un foso es asomarse
siempre a un precipicio.
 
 
De por qué me pongo tus camisas usadas
 
La ropa que tú has usado
me define más que las flores aterciopeladas de mis camisas.
Cojo una de las tuyas de la boca de la lavadora, antes de encenderla,
y la guardo en la penumbra del armario
donde sé que jamás la encontrarás.
 
Rescato tu camisa del peligro
de no tenerte cerca, y me introduzco en ella
para estar por casa,
como si la ausencia se aliviara con la misma tela
que antes sostuvo tu cuerpo.
 
El polvo que habita la casa
es en su mayoría escamas humanas,
y yo quiero que la muerte me sorprenda
dentro de muchos años,
después de haber llenado las esquinas oscuras
de nuestros muebles con tu vida.
En el fondo de los armarios se acumula lo animal
y lo eterno.
El olor salvaje que llamamos hoy amor.
 
(Hágase mi voluntad,
Pre-Textos,
2020.
XX Premio de Poesía Emilio Prados 2019)
 
***
 

Mi cuerpo, este magma 
 
Mi cuerpo, este magma 
de folículos y colores y esmaltes 
y formas combinadas.
Mi cuerpo, este alarido
en el que habitan hongos y bacterias
y arañas diminutas,
que se aferran a la vida
con más ímpetu que yo.
Este cuerpo mío,
que se expande y se malgasta
y se defiende inútilmente 
de la muerte.
Que se curva y se retuerce
y se inflama y se calienta,
y que suda y es amargo como
el cuerpo de mi padre.
Este cuerpo que es herencia,
tan poco fortuito: nariz italiana,
vientre hondo, labios carnosos,
¿por qué no se ha ordenado como el tuyo, madre?
Debería haber algo maleable en lo más profundo,
algo tierno, salvaje, vaporoso,
una dulce zona franca para este deseo,
como cuando mi boca tenía la forma de tu pecho
y no te odiaba.
Porque te he odiado tanto,
he odiado tu piel, tu olor, tus manos,
el timbre de tu voz, tu forma de andar,
tus besos, tus besos, tus besos,
te he odiado tanto, madre,
siempre quise parecerme a ti.
 
 
Es frágil la piel
 
Es frágil la piel de un gajo de mandarina, 
es casi invisible
y, sin embargo,
cómo se encastra en los dientes.
 
 
Deseo de ser perro
 
Deseo de ser perro, deseo apremiante 
de aliviar la sed
ofreciendo mi cuello vulnerable,
aceptando el riesgo de la muerte a ciegas 
solo a cambio de agua:
porque qué fácil sería matar un perro sediento,
qué fácil sería asestar un golpe seco en el cogote
mientras sorbe y, sin embargo,
deseo enseñar mi vientre
sin miedo a la violencia,
deseo aferrarme a las cosas que perecen,
saberme manoseado por el tacto ajeno,
desear que un manto de pelo recubra mi cuerpo,
acicalarme, lamerlo para preservar el brillo,
mirar el mundo siempre por primera vez,
amar en multitud, 
un cuerpo sobre el otro para vencer el frío,
morir solo, a escondidas, pero haber vivido.
 
(Deseo de ser árbol, 2022,
V Premio Espasa es Poesía,
2022)

 


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