Ahí
Como desenterrándolo,
busco aquel vacío donde empieza
a oler distinto,
y el aire
de páramo parece
(o cesa de existir súbitamente)
mientras entra
la enorme libertad
por la ventana.
No hay oficio ni sueño que lo atrape.
No hay lenguaje.
Tendré que manar, despreocupado,
como agua entre dos rocas
negras.
Hasta empozar ahí,
vórtice mudo,
donde me encuentro intacto ese color,
aquel blanco, último lodo
sin forma todavía.
Nunca amor
Vino, te llamaba,
o flor abierta, o piel de vellos finos
que eriza un viento suave.
Nunca amor
Me engañaron tus pájaros,
tus cielos de pronto enrojecidos,
tus navíos con banderas
agitadas
y amarillas
Me engañó tu voz, hoguera
ardiendo entre palmeras
Lujo, exuberancia, te llamaba,
o puerto tropical a mediodía
Mas te he visto de cerca
y eres tan solo una íngrima colina
abrasada de sol
Noche de condena
La lámpara custodia desde el techo.
Rotonda de la luz, mi cuarto quema.
El acecho es total, ¿pues quién escapa
a los ojos secretos de los muebles?
Bajo el lúcido foco del insomnio
se revelan inútiles las drogas:
en la mesa —hacinados y risibles—
tres montones de libros enmudecen.
Después están los ruidos perceptibles
del castillo en que yazgo como reo:
el roce minucioso de mi lápiz,
la madera crujiente, desgonzada,
los zumbidos del sueño inaccesible,
este cuerpo aherrojado que respira.
No hay salida posible, la mazmorra
tiene siempre mis mismas proporciones:
la sentencia es idéntica a la culpa.
Distingo muchedumbres allá afuera
pero, en plena conciencia arrinconado,
hasta el aire de encierro me vigila.
Causa perdida
A Abraham Pulido
Coloqué un vaso de agua en el asfalto.
Metí un cabello de mujer entre las hojas del periódico
de hoy.
Traje un ciempiés a caminar sobre el archivo.
Escribí la letra i sobre un papel timbrado.
Le puse a ayer el nombre de mi amiga en vez de jueves.
Dejé un durazno sobre el radiador de un automóvil.
Rompí el espejo para ver al sol multiplicarse.
Jugué con un grano de arroz en la oficina.
Regalé una cucharita a mi vecino.
Y no dio resultado el saboteo.
Línea quebrada
a M.
Hay una línea quebrada
entre este inútil poema
donde convoco a tu imagen
y la caricia que tiembla
sin letras sobre tu cara,
o entre el nombre forcejeado
para meterte en el verso
y el silencio que te deja
desnuda para mi gozo.
Porque escribiendo desdigo
lo que prorrumpe callando:
hay un sonido del acto
huyendo de la palabra.
Poema de la llegada
Cuando tú vienes
tú el vacío el nada el ya.
el que yo no sé su nombre
ni interesa
cuando tu vienes
me siento perder voz
me seco de palabras
sueno
simplemente
como tú
sin queja sin golpe
sin crujidos
sueno
como tú.
Cuando tú vienes
tengo prisa
por decir
por llamarte de algún modo
por nombrarme
a mí también
para al fin reconocerme
en tu presencia
me abalanzo precipito
sacudo la quietud
mancho lo limpio
todo es tan vacío tan gota
inaprehensible
tan exactamente nada
tan silencio.
Cuando tú vienes
abro ensancho acojo
me dilato
no sé decir
sino que abro
inútiles clausuras
Tú en el canto
tú el silbo el suave el que no pesas
vuelves hilos levísimos
mis nudos
me desatas.
Cuando tú vienes
nada dices
y me dices
Nada pides
Qué vas a ser tú el implacable
el exterminador, el Enemigo
Nada pides
eres
Sólo oigo como eres
sólo oigo como soy
y quiero
ser
así eso que escucho
me abandono.
Cuando tú vienes
hay una exacta coincidencia
te miro
en lo profundo
de aquello que deseo
qué mentira
qué imposible
qué estúpido
querer lo que no quieres
querer lo que no quiero
y entonces
ya no es sino la paz
la precisa ubicación
el ser
escueto.
Cuando tú vienes
Como desenterrándolo,
busco aquel vacío donde empieza
a oler distinto,
y el aire
de páramo parece
(o cesa de existir súbitamente)
mientras entra
la enorme libertad
por la ventana.
No hay oficio ni sueño que lo atrape.
No hay lenguaje.
Tendré que manar, despreocupado,
como agua entre dos rocas
negras.
Hasta empozar ahí,
vórtice mudo,
donde me encuentro intacto ese color,
aquel blanco, último lodo
sin forma todavía.
Nunca amor
Vino, te llamaba,
o flor abierta, o piel de vellos finos
que eriza un viento suave.
Nunca amor
Me engañaron tus pájaros,
tus cielos de pronto enrojecidos,
tus navíos con banderas
agitadas
y amarillas
Me engañó tu voz, hoguera
ardiendo entre palmeras
Lujo, exuberancia, te llamaba,
o puerto tropical a mediodía
Mas te he visto de cerca
y eres tan solo una íngrima colina
abrasada de sol
Noche de condena
La lámpara custodia desde el techo.
Rotonda de la luz, mi cuarto quema.
El acecho es total, ¿pues quién escapa
a los ojos secretos de los muebles?
Bajo el lúcido foco del insomnio
se revelan inútiles las drogas:
en la mesa —hacinados y risibles—
tres montones de libros enmudecen.
Después están los ruidos perceptibles
del castillo en que yazgo como reo:
el roce minucioso de mi lápiz,
la madera crujiente, desgonzada,
los zumbidos del sueño inaccesible,
este cuerpo aherrojado que respira.
No hay salida posible, la mazmorra
tiene siempre mis mismas proporciones:
la sentencia es idéntica a la culpa.
Distingo muchedumbres allá afuera
pero, en plena conciencia arrinconado,
hasta el aire de encierro me vigila.
Causa perdida
A Abraham Pulido
Coloqué un vaso de agua en el asfalto.
Metí un cabello de mujer entre las hojas del periódico
de hoy.
Traje un ciempiés a caminar sobre el archivo.
Escribí la letra i sobre un papel timbrado.
Le puse a ayer el nombre de mi amiga en vez de jueves.
Dejé un durazno sobre el radiador de un automóvil.
Rompí el espejo para ver al sol multiplicarse.
Jugué con un grano de arroz en la oficina.
Regalé una cucharita a mi vecino.
Y no dio resultado el saboteo.
Línea quebrada
a M.
Hay una línea quebrada
entre este inútil poema
donde convoco a tu imagen
y la caricia que tiembla
sin letras sobre tu cara,
o entre el nombre forcejeado
para meterte en el verso
y el silencio que te deja
desnuda para mi gozo.
Porque escribiendo desdigo
lo que prorrumpe callando:
hay un sonido del acto
huyendo de la palabra.
Poema de la llegada
Cuando tú vienes
tú el vacío el nada el ya.
el que yo no sé su nombre
ni interesa
cuando tu vienes
me siento perder voz
me seco de palabras
sueno
simplemente
como tú
sin queja sin golpe
sin crujidos
sueno
como tú.
Cuando tú vienes
tengo prisa
por decir
por llamarte de algún modo
por nombrarme
a mí también
para al fin reconocerme
en tu presencia
me abalanzo precipito
sacudo la quietud
mancho lo limpio
todo es tan vacío tan gota
inaprehensible
tan exactamente nada
tan silencio.
Cuando tú vienes
abro ensancho acojo
me dilato
no sé decir
sino que abro
inútiles clausuras
Tú en el canto
tú el silbo el suave el que no pesas
vuelves hilos levísimos
mis nudos
me desatas.
Cuando tú vienes
nada dices
y me dices
Nada pides
Qué vas a ser tú el implacable
el exterminador, el Enemigo
Nada pides
eres
Sólo oigo como eres
sólo oigo como soy
y quiero
ser
así eso que escucho
me abandono.
Cuando tú vienes
hay una exacta coincidencia
te miro
en lo profundo
de aquello que deseo
qué mentira
qué imposible
qué estúpido
querer lo que no quieres
querer lo que no quiero
y entonces
ya no es sino la paz
la precisa ubicación
el ser
escueto.
Cuando tú vienes
no has venido
estás ya desde siempre.
(Del mismo amor ardiendo,1979)
estás ya desde siempre.
(Del mismo amor ardiendo,1979)
No dejo de asombrarme de que seas
una costumbre de mi carne:
esta vaga ternura que no cede,
este clima del sexo, unas palabras
aún ahítas de tu forma de decirlas,
el sobresalto al pasar por ciertas calles,
un olor demorado de la almohada
y la lección más reciente de tus hábitos:
la atención que ahora le presto al rock
y la manera de leer, desayunando,
la Página de Arte del periódico.
Me resigno en silencio a esta agonía
que te prolonga en mí cada mañana.
No bastaba un adiós —puntual, preciso—,
era necesario también arrepentirse
de la obscenidad de la memoria cuya
vergüenza irónica suplica la absolución
de un nuevo cuerpo donde el olvido
se reaprenda.
Yo que supe de la vieja herida
Yo que supe de la vieja herida
cuya sangre embriaga: la saeta,
la terquedad silente del flechazo
traspasándome la llaga en la oficina
o al subir el autobús, o al suspirar
la modorra de la siesta: llaga virgen
donde el vino de la ingle se derrama,
y todo porque el fasto de tu vello
y el brillo de tus lentes y
tu aire atildado, distraído,
insinuaban erecciones imprevistas,
incómodos boleros del deseo,
yo que tuve, a través de este error, la
inteligencia de entender un poco al niño
ciego, al hijo de Ares y Afrodita que,
importuno, solicita —cuando nadie espera—
su visita tenaz, su ardua entrevista,
y me dejé resbalar hasta el infierno
donde no me aguardaba ya ninguna Eurídice,
pero fue igual porque gemí —long-play demente—
con la voz de Francesca en mis entrañas,
yerto como Dante junto a las confesiones
de mi propio deseo castigado,
y lo mismo sentí el gran huracán, el semen álgido,
tanta tromba sonora por mis sótanos
porque sin ningún Virgilio tutor te imaginaba
durmiendo solitario en lecho grande,
¡mi ciclón genital, irredimible!
—salvo en la almohada de la noche íngrima—
(ya ves en qué Orfeo pedestre me trocabas
a fuerza de negarte hasta en los sueños:
a la mañana siguiente la pasta de dientes y la ducha
colocaban a Francesca otra vez en la oficina
y el Hades olía a café, mero y trivial, de desayuno),
ahora sólo entreabro la puerta del poema:
entérate del poder que convocaste
para dilapidarlo sin orgullo,
échale una ojeada, desde aquí,
al adobado vino, al polvo enamorado
cuyas magnificencias te aguardaban
y hoy son apenas el neón enfermo de esta luz,
el roce minucioso de mi lápiz,
este papel mugriento donde atisbo
una sintaxis monótona de días
en los que iré a los cines (por supuesto, solo)
a ver cómo se besan los amantes.
Postales de Solentiname
1
Era el año pasado (un año inútil),
yo estaba en París,
en lo más alto
de un podrido edificio de Varenne,
escribiendo poemas a una vaga,
esdrújula tristeza,
llena de calles y trenes repetidos
Mientras tanto —pero yo no lo sabía—
estas hojas de plátano goteaban
bajo las lluvias de setiembre
y el lago enormísimo esperaba
con todos sus azules bautismales
y Ernesto estaba aquí (¿tocaré a Dios
como se roza una cabellera querida y despeinada?)
y los ecos precisos de mi búsqueda
eran el grito de angustia del pocoyo
y el murmullo de amor de la oropéndola.
2
De madrugada (ya para amanecer) el Lago
es sacra agua del caos
—blanco lunar donde la luz
del Génesis se expande—
Paisaje del Pre-Cámbrico (no reconozco
la costa familiar —guásimos, guayibos,
coyoles, poroporos— donde a veces
nos bañamos por la tarde)
Noche oscura del sentido (
también la conoce la naturaleza)
antes de la epifanía de los gallos
cuando Dios se despereza, majestuoso
en los cormoranes que se elevan
3
Cuando decimos los salmos, a las siete,
el aleluya eficaz, el verdadero
lo están cantando más allá
de nuestras voces (grave la de Ernesto,
suave la de Alejo, socarrona la de Lurio,
un susurro la de Elbis),
las alborotadas golondrinas
(que el olor de la lluvia pone ebrias),
los golpes del martillo de José,
esos gruñidos de Chancho junto a grifo,
los patos chapuceros gritando sobre el Lago
(y el mismo Lago, que a las siete, tiembla)
4
Sobre el Guayibo
el grito largo
de la oropéndola
No hay nadie en casa
Ella está sola
—yo tecleo esto
sobre mi máquina
5
El poema fue hoy esa media botellita de Ron Plata
bebida en la cocina por ocho amigos empeñados
en que cada uno recibiera
la misma exacta dosis de alegría
6
Mi reloj
el Lago
sus colores
7
La maleza no acaba entre las piñas
y tres nuevas nítidas ampollas
se quejan del machete
(y aún quedan tres surcos por delante),
pero en el agua de esta cantimplora
sé que Ulises
ha vuelto a Ítaca,
que Cristo ha salido del sepulcro
para esperarme en los frijoles
y las risas del almuerzo
8
A pesar de todo me acuerdo de Friburgo:
al alba se movían las hadas en el bosque,
era ancha en el cielo la piel del durazno
y exacta en el medio la brasa de Venus;
en la torre aleteaban palomas sonámbulas
y ebrios gorriones y cuervos gritando,
y la calle se abría en la niebla solemne,
olorosa aún a enero bajo cuarto menguante,
mientras yo te miraba entre graves abetos
que salían desnudos al lujo del día
9
Así como me visto de cotona, blue-jeans y botas de hule
y no tengo sino tres mudas de ropa,
así como hago mi oración sobre un petate
—frente a un Cristo delgado de cemento—
así como trabajo en un taller
y me baño desnudo en pleno lago,
hoy le impuse a mi poesía los trazos de este lápiz,
rechazando a propósito la máquina y la pluma
10
La vuelta a la ciudad
es sólo lluvia, luces frías
sobre asfalto mojado,
sol en polvo, techos íngrimos,
palomas dispersas (también sucias),
vitrinas atontando y apenas
ese trozo lejanísimo de cielo
donde Solentiname proclama
su presencia.
(Yo que supe de la vieja herida, 1985)
4
Lugar común desinfectado,
hoy resplandece lo humilde
de tan obvio:
sólo en silencio
descubro
que Suenas.
8
Me despierta Tu olor entre las sábanas.
Vengo junto a Ti, que te me expandes
en la carne agradecida, con ímpetu solar.
Digo Junto a ti. Vuelvo a decirlo.
Y para algunos, poquísimos amigos
es hoy este rubor confidencial:
nadie sabe
que, a Tu sombra, gusto vivo,
el ápice frutal de mi deseo sabe intacto,
anterior al paladar de su lenguaje,
como aquella manzana de Cézanne
exacta sobre el fondo. Sin gusano.
10
a Miguel Márquez
El sabor del agua después de gustar la picadura
holandesa de mi pipa.
El rojo asoleado del capó de un automóvil
donde canta la salud del siglo XX
La terca, muda, compacta verticalidad de la pared
-sacramento de la paciencia de las cosas
soportando, día tras día, el desorden de mi cuarto.
Los tristísimos ojos de Charles Baudelaire
-fotografiados ahí, sobre la mesa-
mendigos aún de la hermosura.
La silueta del gato visto anoche
jadeante y sigilosa como la luna de Edith Piaf.
La torpeza de aquel piano -tres apartamentos más abajo-
donde las manos de alguna pálida vecina
ensayaban a Chopin
(bendito seas, Señor, en esta tarde cargada de misiles,
porque resuenan fragantes todavía la tos almidonada
y el frac y el malabar y la lavanda musical de Federico).
Aquel epicúreo rectángulo de sombra bajo el porche.
El color de la trinitaria en el crepúsculo
recordándome otra tarde en Nicaragua
en que bebí morado líquido (un jugo casual de pitahaya).
La risa de Miguel, para saber que existe el Paraíso
en la franja tropical de la memoria.
Haría falta también nombrar el cuento múltiple
de lo que me hace más sabio a su contacto:
el 3er, movimiento de la 9a. de Beethoven,
el cósmico juguete que son los dedos de Thelonius
tocando -Round Midnight-, un solo lentísimo de Parker
-por ejemplo, -Lover Man- en la mañana
cuando el abrazo se demora, insiste, recomienza,
aquel poema de Ezra Pound, el que termina:
"...la aurora entra en el cuarto,
con pasitos menudos,
como una dorada Pavlova...",
ciertas páginas calientes de Lezama
en que huele a malecón, las olas rompen
e incluso el mar tiene un color de daikirí,
aquella última secuencia de la película de Chaplin
(la ex ciega y el mendigo se consuelan
de su imposible amor, con la mirada).
Enumeraría igualmente esos instantes
inocentes, su gloriosa mansedumbre
que no vistió, desde luego, a Salomón:
el momento más justo del acorde,
la simetría sedante del paisaje,
la esbeltez japonesa de la curva,
la gravidez sonora del volumen,
la santa promiscuidad de los colores:
me refiero a Tus poemas menudos dibujando
la infinita secuencia de la anécdota
que le cuenta a mi muerte Scherezada
en la penúltima, horrenda, bella noche.
19
a Alberto Barrera
No buscados, hoy amanecen
el pan sin el soporte de la mesa,
el agua regia sin el vaso,
el árbol sin las letras que lo escriben o pronuncian,
el pájaro puntual en la ciudad dormida.
La lluvia pisa la grama y resucita
vírgenes perfumes. La cal nueva
fulge en la pared del campanario
donde el domingo me convoca.
Ese trozo de musgo en el asfalto
me recuerda que el Mundo, subversivo,
derrota a la Historia finalmente. Y con él,
vence este día, cabal e impronunciado,
rendimiento en su fasto la basura
acumulada ayer sobre la acera.
Hay asueto en la entraña del silencio
y hasta las motocicletas braman hoy
en el vacío festivo, como un circo
de animales prehistóricos jugando
en la infancia silvestre del oído.
La calle de siempre es otra calle:
Así como me visto de cotona, blue-jeans y botas de hule
y no tengo sino tres mudas de ropa,
así como hago mi oración sobre un petate
—frente a un Cristo delgado de cemento—
así como trabajo en un taller
y me baño desnudo en pleno lago,
hoy le impuse a mi poesía los trazos de este lápiz,
rechazando a propósito la máquina y la pluma
10
La vuelta a la ciudad
es sólo lluvia, luces frías
sobre asfalto mojado,
sol en polvo, techos íngrimos,
palomas dispersas (también sucias),
vitrinas atontando y apenas
ese trozo lejanísimo de cielo
donde Solentiname proclama
su presencia.
(Yo que supe de la vieja herida, 1985)
4
Lugar común desinfectado,
hoy resplandece lo humilde
de tan obvio:
sólo en silencio
descubro
que Suenas.
8
Me despierta Tu olor entre las sábanas.
Vengo junto a Ti, que te me expandes
en la carne agradecida, con ímpetu solar.
Digo Junto a ti. Vuelvo a decirlo.
Y para algunos, poquísimos amigos
es hoy este rubor confidencial:
nadie sabe
que, a Tu sombra, gusto vivo,
el ápice frutal de mi deseo sabe intacto,
anterior al paladar de su lenguaje,
como aquella manzana de Cézanne
exacta sobre el fondo. Sin gusano.
10
a Miguel Márquez
El sabor del agua después de gustar la picadura
holandesa de mi pipa.
El rojo asoleado del capó de un automóvil
donde canta la salud del siglo XX
La terca, muda, compacta verticalidad de la pared
-sacramento de la paciencia de las cosas
soportando, día tras día, el desorden de mi cuarto.
Los tristísimos ojos de Charles Baudelaire
-fotografiados ahí, sobre la mesa-
mendigos aún de la hermosura.
La silueta del gato visto anoche
jadeante y sigilosa como la luna de Edith Piaf.
La torpeza de aquel piano -tres apartamentos más abajo-
donde las manos de alguna pálida vecina
ensayaban a Chopin
(bendito seas, Señor, en esta tarde cargada de misiles,
porque resuenan fragantes todavía la tos almidonada
y el frac y el malabar y la lavanda musical de Federico).
Aquel epicúreo rectángulo de sombra bajo el porche.
El color de la trinitaria en el crepúsculo
recordándome otra tarde en Nicaragua
en que bebí morado líquido (un jugo casual de pitahaya).
La risa de Miguel, para saber que existe el Paraíso
en la franja tropical de la memoria.
Haría falta también nombrar el cuento múltiple
de lo que me hace más sabio a su contacto:
el 3er, movimiento de la 9a. de Beethoven,
el cósmico juguete que son los dedos de Thelonius
tocando -Round Midnight-, un solo lentísimo de Parker
-por ejemplo, -Lover Man- en la mañana
cuando el abrazo se demora, insiste, recomienza,
aquel poema de Ezra Pound, el que termina:
"...la aurora entra en el cuarto,
con pasitos menudos,
como una dorada Pavlova...",
ciertas páginas calientes de Lezama
en que huele a malecón, las olas rompen
e incluso el mar tiene un color de daikirí,
aquella última secuencia de la película de Chaplin
(la ex ciega y el mendigo se consuelan
de su imposible amor, con la mirada).
Enumeraría igualmente esos instantes
inocentes, su gloriosa mansedumbre
que no vistió, desde luego, a Salomón:
el momento más justo del acorde,
la simetría sedante del paisaje,
la esbeltez japonesa de la curva,
la gravidez sonora del volumen,
la santa promiscuidad de los colores:
me refiero a Tus poemas menudos dibujando
la infinita secuencia de la anécdota
que le cuenta a mi muerte Scherezada
en la penúltima, horrenda, bella noche.
19
a Alberto Barrera
No buscados, hoy amanecen
el pan sin el soporte de la mesa,
el agua regia sin el vaso,
el árbol sin las letras que lo escriben o pronuncian,
el pájaro puntual en la ciudad dormida.
La lluvia pisa la grama y resucita
vírgenes perfumes. La cal nueva
fulge en la pared del campanario
donde el domingo me convoca.
Ese trozo de musgo en el asfalto
me recuerda que el Mundo, subversivo,
derrota a la Historia finalmente. Y con él,
vence este día, cabal e impronunciado,
rendimiento en su fasto la basura
acumulada ayer sobre la acera.
Hay asueto en la entraña del silencio
y hasta las motocicletas braman hoy
en el vacío festivo, como un circo
de animales prehistóricos jugando
en la infancia silvestre del oído.
La calle de siempre es otra calle:
una estampa escrita por detrás
en la caligrafía primera de la luz.
No hay mariposas, pero en cambio
los ojos de aquel perro, bajo el porche,
agradecen, acuosos, el sol tibio.
Me miran ignorando su dulzura
en la extática plegaria del instinto.
¿Cómo cristalizó el mito de esta hora
en el ateísmo líquido del tiempo?
Alguien dibuja el día por nosotros.
Alguien me ama hoy, secretamente.
25
Así como a veces desearíamos
que Karl Marx y Arthur Rimbaud
se hubiesen conocido en una mesa
de algún Café de Londres,
mientras en el agua sorda del Támesis
-ahíta de grumos aceitosos
que flotan entre botellas y colillas
y ropa gris de gente ahogada-
espera el Barco Ebrio, ya sin anclas,
a que el fantasma que recorra Europa
suba también, para zarpar
(Karl, vestido con blue jeans marineros
se despide de Engels en el muelle
y Tahúr hace lo propio con Verlaine
-los sueños insolentes hasta ahora enfundados
en la gorra que usó él mismo en la Comuna);
así como, a estas alturas, quisiéramos
que Hegel, apeado del estrado de su cátedra,
hubiese visitado a Hölderlin un día
en su manicomio oculto de la torre
para escuchar cómo el demente
-sin reconocerlo tal vez en su delirio-
le habla de un viejo amigo de Tubinga
con quien, en mitad de una fiesta adolescente,
bailó una mañana, junto a un árbol
por ellos mismos levantado
(-Libertad-, lo llamarían)
tan fieros y felices como niños orinándose,
con el impudor de los puerros, frente al rey
(en la siesta monocorde del verano,
recordando novias suavísimas de Heidelberg,
los dos compañeros se confiesan:
la razón debe pedirle a la locura
su danza irreductible, la inocencia
con que el loco Hiperión, desde su torre,
enseña al profesor de la luz blanca,
la rosa de los vientos del Espíritu,
no termina en el Estado de los Césares,
se burla de las Prusias de los Káiseres);
así querría yo hoy que a William Blake
lo hubiesen dejado predicar un solo día
sobre el púlpito labrado de una iglesia
-la catedral de Westminster, por ejemplo-
en presencia de arzobispos y presbíteros
y de una multitud de feligreses
harta, como todas, de sermones.
Imagino el viento sagrado resonando,
por primera vez, junto a los mármoles,
mientras los cuerpos, desnudados por fin
como a la hora del agua o del amor,
se erizan con el paso del Dios vivo
y tiemblan ante el olor de Cristo el Tigre
devorando las ingles de las almas,
ahora tan intactas, tan ebrias y tan vírgenes
como la de aquel niño canoso viendo ángeles
a la hora en que arde Venus sobre Lambeth
y hasta las prostitutas de Soho profetizan.
(Poemas de quebrada de la virgen, 1985)
Siesta del ser
El vago olor del tedio, ya expandiéndose,
ensancha el aire grueso de la siesta
donde una acacia sola bisbisea.
(El humo del cigarro arde en los ojos
con un vapor de lágrimas sudadas:
el llanto de existir tiene un pretexto.)
Enorme se ve el polvo de las cosas
junto al cáncer silente de luz áspera.
Como el ojo de Dios, el sol penetra
hasta escarbarme blando en una cuna
donde yazgo por fin entre mis heces.
La vida: estiércol último y acuoso,
detritus virginal, bosta de fiebre
fecundando la flora del espíritu.
Ante el viento vibrante de chicharras
se desmorona el barro de las ingles
y mis huesos blanquean en el vientre
de una vasija fría, casi tumba,
que resguarda mi paz y la convierte
en simple escalofrío vertical.
Bajo el tácito río del verano
—presentido en lo hondo de mí mismo—
las vísceras enlodan y humedecen
la seca voluntad, la lucidez desértica,
la cal de la aridez: mi conciencia se
pudre en el abono, en el sepulcro
(de humus) que la aguarda.
Llueve afuera
Quién lo iba a decir:
que la luz sosegadora,
la que ordena este mundo
y lo rescata para siempre
de las aguas brumosas, primordiales,
consista en esta mínima
habitación de hotel
donde te miro intacto
sobre la superficie de las sábanas,
Moisés salvado entre los juncos
para mis ojos asombrados,
no sé si paternales o infantiles
pero insomnes:
reencontrarte
en la noche grumosa de septiembre
como un árbol lunar bajo el relente
—no te inundan las sombras, te resguardan—
respirando dormido, apenas cierto
por el neón que se enciende
y se apaga al final de la avenida
hasta ofrendar tu desnudez
a la resurrección del alba.
Este brandy nocturno
Este brandy nocturno me devuelve
a una humedad de piel, doble fragancia
de sudor y tabaco, énfasis negro
que el vello expande frente a mí
con sabor a corteza, la ebriedad
hospedada en mi cuerpo como entonces,
aquel bosque solar junto a la boca,
tu muslo aprisionado, licor hondo,
la pólvora de ingle que ahora bebo.
Fondo negro
Limpia y fría, la noche de diciembre
es la imagen perfecta de mi alma:
Caracas arde afuera, indiferente,
mientras yo soy un hueco
l i v i a n í s i m o
donde caen flotando los minutos.
En nada pienso ahora. Y nada añoro.
Ninguna obligación. Ninguna agenda.
Apenas esta ingrávida quietud
para llenar de música (Satie, acaso)
y lentos cigarros y silencio
y el negro sueño de la paz, vacío.
Anatema en la oficina
en la caligrafía primera de la luz.
No hay mariposas, pero en cambio
los ojos de aquel perro, bajo el porche,
agradecen, acuosos, el sol tibio.
Me miran ignorando su dulzura
en la extática plegaria del instinto.
¿Cómo cristalizó el mito de esta hora
en el ateísmo líquido del tiempo?
Alguien dibuja el día por nosotros.
Alguien me ama hoy, secretamente.
25
Así como a veces desearíamos
que Karl Marx y Arthur Rimbaud
se hubiesen conocido en una mesa
de algún Café de Londres,
mientras en el agua sorda del Támesis
-ahíta de grumos aceitosos
que flotan entre botellas y colillas
y ropa gris de gente ahogada-
espera el Barco Ebrio, ya sin anclas,
a que el fantasma que recorra Europa
suba también, para zarpar
(Karl, vestido con blue jeans marineros
se despide de Engels en el muelle
y Tahúr hace lo propio con Verlaine
-los sueños insolentes hasta ahora enfundados
en la gorra que usó él mismo en la Comuna);
así como, a estas alturas, quisiéramos
que Hegel, apeado del estrado de su cátedra,
hubiese visitado a Hölderlin un día
en su manicomio oculto de la torre
para escuchar cómo el demente
-sin reconocerlo tal vez en su delirio-
le habla de un viejo amigo de Tubinga
con quien, en mitad de una fiesta adolescente,
bailó una mañana, junto a un árbol
por ellos mismos levantado
(-Libertad-, lo llamarían)
tan fieros y felices como niños orinándose,
con el impudor de los puerros, frente al rey
(en la siesta monocorde del verano,
recordando novias suavísimas de Heidelberg,
los dos compañeros se confiesan:
la razón debe pedirle a la locura
su danza irreductible, la inocencia
con que el loco Hiperión, desde su torre,
enseña al profesor de la luz blanca,
la rosa de los vientos del Espíritu,
no termina en el Estado de los Césares,
se burla de las Prusias de los Káiseres);
así querría yo hoy que a William Blake
lo hubiesen dejado predicar un solo día
sobre el púlpito labrado de una iglesia
-la catedral de Westminster, por ejemplo-
en presencia de arzobispos y presbíteros
y de una multitud de feligreses
harta, como todas, de sermones.
Imagino el viento sagrado resonando,
por primera vez, junto a los mármoles,
mientras los cuerpos, desnudados por fin
como a la hora del agua o del amor,
se erizan con el paso del Dios vivo
y tiemblan ante el olor de Cristo el Tigre
devorando las ingles de las almas,
ahora tan intactas, tan ebrias y tan vírgenes
como la de aquel niño canoso viendo ángeles
a la hora en que arde Venus sobre Lambeth
y hasta las prostitutas de Soho profetizan.
(Poemas de quebrada de la virgen, 1985)
Siesta del ser
El vago olor del tedio, ya expandiéndose,
ensancha el aire grueso de la siesta
donde una acacia sola bisbisea.
(El humo del cigarro arde en los ojos
con un vapor de lágrimas sudadas:
el llanto de existir tiene un pretexto.)
Enorme se ve el polvo de las cosas
junto al cáncer silente de luz áspera.
Como el ojo de Dios, el sol penetra
hasta escarbarme blando en una cuna
donde yazgo por fin entre mis heces.
La vida: estiércol último y acuoso,
detritus virginal, bosta de fiebre
fecundando la flora del espíritu.
Ante el viento vibrante de chicharras
se desmorona el barro de las ingles
y mis huesos blanquean en el vientre
de una vasija fría, casi tumba,
que resguarda mi paz y la convierte
en simple escalofrío vertical.
Bajo el tácito río del verano
—presentido en lo hondo de mí mismo—
las vísceras enlodan y humedecen
la seca voluntad, la lucidez desértica,
la cal de la aridez: mi conciencia se
pudre en el abono, en el sepulcro
(de humus) que la aguarda.
Llueve afuera
Quién lo iba a decir:
que la luz sosegadora,
la que ordena este mundo
y lo rescata para siempre
de las aguas brumosas, primordiales,
consista en esta mínima
habitación de hotel
donde te miro intacto
sobre la superficie de las sábanas,
Moisés salvado entre los juncos
para mis ojos asombrados,
no sé si paternales o infantiles
pero insomnes:
reencontrarte
en la noche grumosa de septiembre
como un árbol lunar bajo el relente
—no te inundan las sombras, te resguardan—
respirando dormido, apenas cierto
por el neón que se enciende
y se apaga al final de la avenida
hasta ofrendar tu desnudez
a la resurrección del alba.
Este brandy nocturno
Este brandy nocturno me devuelve
a una humedad de piel, doble fragancia
de sudor y tabaco, énfasis negro
que el vello expande frente a mí
con sabor a corteza, la ebriedad
hospedada en mi cuerpo como entonces,
aquel bosque solar junto a la boca,
tu muslo aprisionado, licor hondo,
la pólvora de ingle que ahora bebo.
Fondo negro
Limpia y fría, la noche de diciembre
es la imagen perfecta de mi alma:
Caracas arde afuera, indiferente,
mientras yo soy un hueco
l i v i a n í s i m o
donde caen flotando los minutos.
En nada pienso ahora. Y nada añoro.
Ninguna obligación. Ninguna agenda.
Apenas esta ingrávida quietud
para llenar de música (Satie, acaso)
y lentos cigarros y silencio
y el negro sueño de la paz, vacío.
Anatema en la oficina
Es hora de que yo, gregario y mínimo,
autografíe como todos la postal,
el lugar común de este desprecio
con el Ávila al fondo. La detesto.
Cada charco es un abrevadero de palomas.
En cada alcantarilla baila un niño.
A veces, una flor de bucare besa el suelo
donde una llanta trituró a un borracho.
La lluvia saca sus iguanas,
sus sapos verdinegros, sus batracios
a engordar con la basura.
El cielo dudoso de sus noches
estupidiza a las últimas estrellas
cuando faroles derribados por choferes
y letras de neón con faltas ortográficas
y semáforos bizcos que apedreó un mendigo
disfrazan la boscosa madrugada
en que los grillos burlan rascacielos
y los rabipelados roban casas de familia.
Detesto a sus mañanas y sus tardes
amontonadas sin más en las aceras,
terraplenes de acres enlodados
junto a pozas de azul y sol bramante
que perfora el insomnio de una grúa
demente en el calor: la avenida
fue inaugurada ayer y hoy envejece
entre nuevos asfaltos que la ignoran
porque miles de palas y uniformes
no pueden detenerse, es necesario
que todo se haga joven de improviso
licuada la memoria en el cemento,
el patio de la infancia subastado
a tractores sonámbulos que viajan
por el aire letal de nuestros sueños.
La detesto ritual, lujosamente:
a sus sótanos, sus torres, sus estatuas,
su río excremental, su nombre incluso.
Y mientras sueño con el mar que me la esconda
en un viaje de espumas imposibles,
me aguardan mis papeles de burócrata.
A veces me parece que estoy literalmente en el desierto. Solo cielo arriba y arena abajo. Sometido a las tentaciones (los espejismos), los falsos oasis que hacen ver la sed, el hambre y ese sol vertical (o esa noche compacta): ellos dejan ver, de pronto, la neta la vastedad del espacio por recorrer. No hay ninguna imagen, ningún lugar (ninguna topología concreta o simbólica) donde pueda en realidad abrigar la esperanza de detenerme. Solo la marcha es, en sí misma, sedentaria. Solo ella es mi hogar.
(Fragmento V)
Pudo ser, pues, en todos estos instantes deshilvanados del asombro: allí conocimos, en rapidísimos fulgores, dimensiones abiertas, puertas que dan a una llanura, comarcas de lo real que hablan de que acaso haya niveles desconocidos a los que accederá nuestra vida transformada, atmósferas más densas que las que nuestra cotidianidad respira, continentes inmensos que en la noche nos rozaron dejándonos una fiebre de innombrables colores. Lo que ocurre es que tal vez esos descubrimientos, esos hallazgos momentáneos, empolvados luego por la prisa y el ajetreo tenaz y esa amnesia que nos hace olvidar lo sustancial, dibujaban fuegos que no podremos nunca transmitir como eran. Al final solo hay ya un remedo, una palabra muerta, un gesto torpe, un despojo, un resto náufrago. Y a nosotros mismos nos parece que el mensaje, la clave inenarrable, aquellos telegramas del abismo, fueron una ilusión, un espejismo, un breve aturdimiento, y que la verdad es más opaca y trivial. Y demoramos en explicarnos estas cenizas de lo que fue conocimiento.
(El Dios de la intemperie, 1985)
I
Espero al poema
como aguardo el placer al inicio de la cópula,
lentísimo, fértil.
Espero al poema atisbando su llegada
en el ápice mismo donde cruje
y levanta las alas.
Espero al poema adviniéndome,
pulsándome desde el vacío mental,
demorándose bajo la red de mis nervios
inmóviles como la página blanca
que me arde en los labios.
Espero el poema, su olor difícil
en la pulpa del deseo,
su ráfaga entre las grietas de la atención,
su pausa virgen que la letra goza.
Espero al poema con los ojos de mi madre,
ávidos desde la muerte.
V
Yo aguardo al animal dormido.
Mientras los otros trabajan lo discierno
moviendo sus patas livianísimas
contra mis sienes ahuecadas.
Se alimenta del ocio que me atonta.
Sus ojos son relámpagos lejanos
ardiéndome en la punta de los dedos.
Su piel es mi voz centuplicada.
Y causa sangre su pezuña fría
helándome el esfuerzo. Lo vigilo.
Mientras los otros yacen o copulan
cebo la trampa del papel bajo la
lámpara neutra, distraída.
Estudio la forma de amansarlo con
un golpe de luz sobre mi frente,
una imagen capaz de sostener la
inocencia cabal de su estatura.
Remuevo símbolos sagrados
para atraerlos al centro de esta
hoja blanca de esperarlo. Mitos
sonoros fraseados por el ritmo
del lenguaje intentan acunarlo
levemente… Pero el animal
desaparece justo en el instante
de apuntarlo con la palabra artera
y su veneno. El olor perseguido se
anonada cuando flota ese pálpito
que extingue la escritura en su límite
preciso. La idea es ya una horma
para nadie. Mi voz retrocede en la
garganta. La trampa está rota para
siempre. En la distancia frágil de
la página el animal es rastro, sólo
fuga: cuaja entonces inútil el poema.
VII
El sol vacío de la mente
se explaya sobre la arena fría.
Es redondo el silencio
en torno al eje completamente inmóvil.
Un párpado abierto
deja ver las pupilas dilatadas,
el ojo blanco, ciego, innecesario.
Baila el tedio su monodia ingrávida.
La playa del sentir está desierta
bañada por el oleaje sucio
de imágenes opacas y convexas.
Rebota la palabra sin que nadie la atrape.
El cuerpo estorba el alma a fuerza de pedirle
un insinuarse sólo, un gesto vago,
una idea que fulja de repente
moviendo la sangre en las arterias.
El cerebro cuaja hielo entre sus pliegues
y en el rostro se ahonda una galaxia
de tristeza mineral. Rostro clavado.
Afuera el entusiasmo bate alas
contra el cristal esmerilado.
Pero el adentro es neutro y me respiran
la
vigilia parada, el resto de la espera.
XIII
Busco entre las palabras una
capaz por fin de contener
a esta simple tensión sin contenido.
Una palabra escondida en el azar
abriéndose aquí como la flor
que brota al filo del barranco
y luce, difícil, entre rocas.
Una palabra surgida del residuo,
de lo que deja callado la escritura
pero es su lágrima entrañada, su sudor.
Una palabra socavada a pulso
para arrancarle la materia prima,
ese gramo minúsculo extraído
de un fondo reacio a descubrirse,
a salir a la luz que lo disuelve.
Una palabra semejante al sueño
que te impulsa, oblicuo, a abandonarte
a tu carne interior, la solo vista
en las imágenes crudas de la mente.
Una palabra hallada por un náufrago
del decir, del nombrar, del expresar:
ojo limpio de pez, vértebra quieta
secos ya sobre la página, brillando
para pudrirse inútiles después
bajo el cielo cerrado del silencio.
XIV
El tedio es una gota, tras la lluvia,
aferrada a la verja, sostenida
por su propio equilibrio transparente.
Pudiera caer al piso y disolverse
pero prefiere temblar junto al vacío
para secarse, mansa, bajo el hierro
de donde pende íngrima en la noche.
El aburrimiento me concede el
temblor solitario de esa gota y
que no sople el viento y se mantenga
en perfecta acrobacia sobre el suelo.
El tedio nada pide, nada quiere,
sino colgar sin más en el abismo,
sabiéndose inasible pero al borde
de un metal oxidado: este poema.
(La nada vigilante, 1994)
Mística del árbol
Los árboles son sacramento de la paz.
Ellos me enseñan el arte difícil del sosiego,
firme en su aplomo vertical
frente al viento y al látigo incontable de la lluvia.
Su tranquilidad está transida de silencio
pues las hojas, como labios, solo invitan
a contemplar otra flora escondida e interior
que no se puede describir con las palabras.
Ellas hablan al alma, no al oído.
El tallo, paciente, se revela siempre ascensional
por efecto de la atracción religiosa de la luz
que lo ha elevado, a través de los años,
hacia el cielo; este parece pesar sobre sus ramas
para darnos la exacta sensación
de estar ante un frondoso
receptáculo sagrado. La calma del árbol ilumina.
No es casual que, bajo su sombra, Buda
haya recibido el rayo austero
de la verdad situada tras el tráfago
de las cosas goteando idéntico dolor:
la última quietud, incontaminable,
cuyo signo en la tierra son los árboles,
serenísimos rastros a seguir
del santo ocio de Dios al contemplarlos
como perfecto reposo de sus ojos.
El árbol es siempre vespertino
aun si lo alumbra una matutina esplendidez:
su esbelta, ensimismada arquitectura
solo encuentra marco preciso
en el crepúsculo, cuando la paz,
ya madurada, expande copas
donde pernoctan los pájaros, callando.
El excluido
No se lo encuentra de veras en el templo.
Su morada, si así puede llamarse al desamparo,
es precisamente el gran afuera, el periférico
sitio donde vive aquél siempre excluido,
el no invitado, quien no pernocta
—digo bien: pasa la noche—
lejos de la hogareña luz bajo la cual
transcurre el reposo ensimismante
que no nos deja salir hacia ese absoluto,
peligroso descampado en cuyo centro
aguarda él, desconocido, delincuente quizá,
tal vez un enemigo, pero de cualquier manera
extranjero, ignorable por los rigurosos códigos
que nos prohíben saludar a un extraño
y mucho más brindarle la acogida
de convidarlo a nuestra casa.
El excluido, en lo oscuro, te interroga
sólo con su aguardar eterno. ¿No escuchas
aquellos insistentes pasos revelándote
la apátrida vigilia de su insomnio?
Pero encontrarlo significa salir,
sobre todo salir, padecer la incomodidad
de la salida al afuera sin refugio,
dejar la lámpara, el sillón, la mesa puesta,
y emprender el noctámbulo esfuerzo
para descubrirlo en la prisión culpable,
y en la pobreza toda, y en la herejía
acusadora de tu léxico mental,
y en la viudez de lo cierto, y simplemente
en el cáncer, la lepra, la agonía:
situado allí donde el paisaje se presenta inhóspito
por distinto a los que ya conoces,
a los que acaban devolviendo tu mirada
como un espejo contumaz.
Es él. El que no invitaste. Ahora lo sabes.
Lo descubriste al fin, llorando anoche.
Sólo te falta venir junto a esas llagas,
ese hambrear harapiento, esa incertidumbre,
ese delito, esa implacable interpelación
del diferente hasta el centro mismo de tu casa
y celebrar la cena —sí, celebrarla— al compartir
con él, Único y múltiple, Otro central y repartido,
el pan terriblemente suave; dejando la
conciencia de que pudiste hacerlo en la
oscuridad cerrada, tras la puerta.
Escucho a John Coltrane
Lo único que la razón –la razón
no encarnada ni encarnante–
no podía concebir: (…) el cuerpo resurrecto.
José Ángel Valente
Escucho a John Coltrane pensando
que cierto jazz limita con la muerte
y lo que ella oraculiza.
Sus acordes, ontológicos, jadean el sentido
del cuerpo que lo oye viviéndose rítmica
dulzura urgente, melodía visceral, disonancia
en vértigo, lúcido fraseo coagulado,
dinámica espiral donde lo armónico
asciende bajo la forma de orgiástica estructura.
El sentido del cuerpo: metafísica ecuación
cuya incógnita el jazz sabe resolver
a
través de su propia álgebra caliente,
superior matemática del elemental sonido
numerado en cadencias que lo elevan
a una complejidad enigmática
ante todo física, sensible: descifrar
este sonoro enigma estético soluciona
el de mi carne: porosa masa orgánica
devolviéndose, por él, a su duración atónita,
a sus latidos esenciales, al paroxismo que
anhela ocultamente y a la terquedad de
su dicha encarada al sufrimiento,
la que suena, redentora, en ese tono
álgido, purísimo del saxo, soplado
por un aire capaz de inventar celebraciones.
El sentido del cuerpo: el jazz lo sabe
porque frasea el idioma corporal.
Cadenciándolo, cifra tal sentido, lo atesora
en sus abstracciones auditivas, las cuales
—esto es milagro sutil, prodigio lato—
no por ser abstractas dejan de ser carne,
dialecto sensorial de su materia y para ella.
Esta noche, escuchando a John,
el más profundo para qué del cuerpo
se me confiesa, íntegro, durante la afilada hora
adonde entro a la búsqueda de tantos sudorosos
acordes gozándome y también agonizándome,
hallando en mi intensa vibración corpórea,
eco preciso de esos difíciles acordes,
aquel deseo que ha olvidado ya cómo se llama
pero cuyo objeto desovilla la compleja exactitud
del saxo: deseo recibido por la muerte
como la carnal demanda a transmitir
a esa adivina sin máscara, desnuda:
su nombre es cuerpo resurrecto
y contiene la promesa de un día no
existirse momentáneo sino a la misma
altura eterna del espíritu.
Este es el sentido que el jazz identifica
abstrayéndolo de mis entrañas al vivir
dentro de ellas el deseo y la promesa.
Mandala
Deseo parecerme a un jardín rectangular
hecho solo de piedras y guijarros,
intacto en su seca desnudez.
El silencio mineral es siempre sólido,
compacto frente a cualquier alteración sonora
y por eso metáfora visible
del completo callar que está buscándome
aun en las palabras del poema.
La piedra, lo sabemos, centraliza
un símbolo antiquísimo. Pero
si hoy quiero asemejarme a la estructura
de su inmovilidad total se debe
a que me hallo en la vorágine de mi propio movimiento,
atraído hacia la multiplicación
de los deseos y no focalizado
por la simplicidad sedante de uno solo
a cuyo objeto lo ciña una permanente duración.
La piedra permanece durando para siempre.
El brillo implacable del sol sobre este duro
grosor de materia acumulada,
me recuerda que ansío para mí
un idéntico fulgor dejándome,
rotundo, a la intemperie,
en luminosa aridez desprotegida
por la sombra falaz, encubridora.
El jardín geometriza la quietud.
Ella brota de él como evidencia
repartida en cada forma elemental
del suelo, en los rocosos, simétricos dibujos
que resuelven la totalidad de aquel rectángulo.
superior matemática del elemental sonido
numerado en cadencias que lo elevan
a una complejidad enigmática
ante todo física, sensible: descifrar
este sonoro enigma estético soluciona
el de mi carne: porosa masa orgánica
devolviéndose, por él, a su duración atónita,
a sus latidos esenciales, al paroxismo que
anhela ocultamente y a la terquedad de
su dicha encarada al sufrimiento,
la que suena, redentora, en ese tono
álgido, purísimo del saxo, soplado
por un aire capaz de inventar celebraciones.
El sentido del cuerpo: el jazz lo sabe
porque frasea el idioma corporal.
Cadenciándolo, cifra tal sentido, lo atesora
en sus abstracciones auditivas, las cuales
—esto es milagro sutil, prodigio lato—
no por ser abstractas dejan de ser carne,
dialecto sensorial de su materia y para ella.
Esta noche, escuchando a John,
el más profundo para qué del cuerpo
se me confiesa, íntegro, durante la afilada hora
adonde entro a la búsqueda de tantos sudorosos
acordes gozándome y también agonizándome,
hallando en mi intensa vibración corpórea,
eco preciso de esos difíciles acordes,
aquel deseo que ha olvidado ya cómo se llama
pero cuyo objeto desovilla la compleja exactitud
del saxo: deseo recibido por la muerte
como la carnal demanda a transmitir
a esa adivina sin máscara, desnuda:
su nombre es cuerpo resurrecto
y contiene la promesa de un día no
existirse momentáneo sino a la misma
altura eterna del espíritu.
Este es el sentido que el jazz identifica
abstrayéndolo de mis entrañas al vivir
dentro de ellas el deseo y la promesa.
Mandala
Deseo parecerme a un jardín rectangular
hecho solo de piedras y guijarros,
intacto en su seca desnudez.
El silencio mineral es siempre sólido,
compacto frente a cualquier alteración sonora
y por eso metáfora visible
del completo callar que está buscándome
aun en las palabras del poema.
La piedra, lo sabemos, centraliza
un símbolo antiquísimo. Pero
si hoy quiero asemejarme a la estructura
de su inmovilidad total se debe
a que me hallo en la vorágine de mi propio movimiento,
atraído hacia la multiplicación
de los deseos y no focalizado
por la simplicidad sedante de uno solo
a cuyo objeto lo ciña una permanente duración.
La piedra permanece durando para siempre.
El brillo implacable del sol sobre este duro
grosor de materia acumulada,
me recuerda que ansío para mí
un idéntico fulgor dejándome,
rotundo, a la intemperie,
en luminosa aridez desprotegida
por la sombra falaz, encubridora.
El jardín geometriza la quietud.
Ella brota de él como evidencia
repartida en cada forma elemental
del suelo, en los rocosos, simétricos dibujos
que resuelven la totalidad de aquel rectángulo.
Mi paz debe ser a su imagen,
asegurada dentro del exacto marco
construido por una matemática mental:
espacio donde confluyan lo interior y lo exterior
conformando una armonía tangible.
A este orden de piedras que imagino
le falta únicamente esto: soledad,
no cerrada, ni excluyente,
sino hospitalaria ante el paseante súbito
—amigo o eventual desconocido—
quien entra un rato, contempla,
se apacigua y sale luego,
pasajera presencia momentánea
acogida y despedida por la piedra
con la misma unicidad imperturbable.
(El esplendor y la espera, 2000)
La desnudez del loco
A Jean-Marc Tauszik
(…) El Señor Dios llamó al hombre —¿Dónde estás?
Él contestó: —Te oí en el jardín, me entró miedo
Porque estaba desnudo (…) Y el Señor Dios le replicó:
—Y ¿quién te ha dicho que estabas desnudo?
(Gen 3, 9-11)
1
La hora de bañarse era a las doce.
Bajo la ducha todos, uno a uno.
Las paredes: amarillentas, desteñidas.
El sol del mediodía en las ventanas.
Atrás dejábamos el patio, los árboles inmóviles
y el rotundo imperio de la luz de agosto.
Nos desvestíamos con prisa (El enfermero
conminaba a hacerlo de ese modo).
Juntos y desnudos ante los cuatro grifos
de los que brotaba la ancestral terapia
aplicable en estos casos: agua fría.
Llegábamos en grupos hasta el baño,
desamparada fraternidad de cuerpos,
goteantes carnes, en la mitad del mundo
—porque estar allí era una cósmica intemperie,
la orfandad meridiana y absoluta:
verse a sí mismo, desnudo ante los otros,
desnudos también ellos, devolviéndonos
a la solar ingrimitud de ser un cuerpo
parado allí frente a los ojos
del escrutinio ajeno, sin la sombra
bienhechora y cobijante del pudor:
sólo desnudo como el Adán culpable
con la conciencia súbita de estarlo e
n la desolación panóptica del día,
justo en el eje de las doce en punto.
Sí, el sol en las ventanas también era
un ojo coherente y vertical:
la mirada de Dios, omnividente,
de la que deseábamos huir, sólo escapar
para no sentir la vergüenza de ser vistos s
iempre desnudos, con el sudor manante.
Y el agua de la ducha va cayendo
sobre la desnudez flagrante y compartida
y no aminora el ardor de ese Ojo vivo,
clavado en la pulpa de ser hombre,
ese sol sin párpados brillando
asegurada dentro del exacto marco
construido por una matemática mental:
espacio donde confluyan lo interior y lo exterior
conformando una armonía tangible.
A este orden de piedras que imagino
le falta únicamente esto: soledad,
no cerrada, ni excluyente,
sino hospitalaria ante el paseante súbito
—amigo o eventual desconocido—
quien entra un rato, contempla,
se apacigua y sale luego,
pasajera presencia momentánea
acogida y despedida por la piedra
con la misma unicidad imperturbable.
(El esplendor y la espera, 2000)
La desnudez del loco
A Jean-Marc Tauszik
(…) El Señor Dios llamó al hombre —¿Dónde estás?
Él contestó: —Te oí en el jardín, me entró miedo
Porque estaba desnudo (…) Y el Señor Dios le replicó:
—Y ¿quién te ha dicho que estabas desnudo?
(Gen 3, 9-11)
1
La hora de bañarse era a las doce.
Bajo la ducha todos, uno a uno.
Las paredes: amarillentas, desteñidas.
El sol del mediodía en las ventanas.
Atrás dejábamos el patio, los árboles inmóviles
y el rotundo imperio de la luz de agosto.
Nos desvestíamos con prisa (El enfermero
conminaba a hacerlo de ese modo).
Juntos y desnudos ante los cuatro grifos
de los que brotaba la ancestral terapia
aplicable en estos casos: agua fría.
Llegábamos en grupos hasta el baño,
desamparada fraternidad de cuerpos,
goteantes carnes, en la mitad del mundo
—porque estar allí era una cósmica intemperie,
la orfandad meridiana y absoluta:
verse a sí mismo, desnudo ante los otros,
desnudos también ellos, devolviéndonos
a la solar ingrimitud de ser un cuerpo
parado allí frente a los ojos
del escrutinio ajeno, sin la sombra
bienhechora y cobijante del pudor:
sólo desnudo como el Adán culpable
con la conciencia súbita de estarlo e
n la desolación panóptica del día,
justo en el eje de las doce en punto.
Sí, el sol en las ventanas también era
un ojo coherente y vertical:
la mirada de Dios, omnividente,
de la que deseábamos huir, sólo escapar
para no sentir la vergüenza de ser vistos s
iempre desnudos, con el sudor manante.
Y el agua de la ducha va cayendo
sobre la desnudez flagrante y compartida
y no aminora el ardor de ese Ojo vivo,
clavado en la pulpa de ser hombre,
ese sol sin párpados brillando
sobre
la piel empapada por el chorro
de un gran incendio líquido.
Nuestros pies
chapotean en los pozos que las grietas
del piso hacen aflorar en torno a ellos
y un asco en flor asciende hasta la boca:
náusea del agua corrompida que pisamos,
de esos viscosos charcos, de la humedad
pringosa, de olor a orina, de las losas sucias,
asco de tanto desamparo genital
en el centro nítido del cuerpo
mientras el paranoico estupor del mundo
permanece acribillado de ojos y más ojos
dentro de la totalidad de la canícula.
Íbamos por fin saliendo, uno tras otro.
Cabeceaban los árboles. Agosto
refulgía, preciso, en la luz densa
que gravitaba alrededor del patio.
El almuerzo aguardaba (la comida
era tomada con las manos: los cubiertos
podían significar intentos de suicidio).
Y esa ración de cárcel en los dedos
venía a ser otra manera, avergonzada,
de ser siempre observados
—ahora ridículos, asiendo
un puñado de arroz con la torpeza
del que no se habitúa a comerlo de ese modo o—,
en
cada bocado masticando el pánico
desnudo de Adán a mediodía
que en el baño fue certeza sensorial, clarividencia.
2
Pero él no quería bañarse a la hora en que todos debíamos hacerlo. Deseaba estar bajo la ducha de acuerdo a un horario personal, imprevisible: por la mañana o por la tarde, no a las doce. ¿Cuáles motivos conducían a ese raro deseo que implicaba automáticamente indisciplina, una heterodoxia de hábitos violentando el código impuesto, normativo? Quizá era la necesidad, la urgencia de escapar, a tiempo y a destiempo, de aquel Ojo calcinante ante el cual todos estábamos desnudos, de refrescar con el ímpetu del agua esa fiebre atroz que exponía nuestra íngrima vergüenza a
la mirada de los otros, del Otro único y múltiple oteándonos allí, en caliente, escudriñándonos, examinándonos. Acaso era el llamado a sentirse permanentemente higiénico, limpio de cualquier contaminación corporal en la cual se proyectara la puntual acechanza de la culpa, la de ser —y no sólo la de estar sucio. Tal vez quería bañarse a solas, alejado de la promiscua convergencia que nos reunía a los demás alrededor del chorro, de aquel hacinamiento donde toda la privada, la íntima percepción que tiene el cuerpo de sí mismo era abolida y sacrificada al mero hecho animal de estar no ya juntos sino yuxtapuestos como en la horda y el rebaño. ¿O ese anhelo de baño no sujeto a reglamentos consistía en el ansia de instaurar un espacio individual, oxigenadamente libre —estar desnudo en el medio del agua guarda también un sentido de libertad física, plena—
dentro del cual la convención, lo estatuido y la costumbre se amoldaran a los dictados vivaces del cuerpo, y no éstos a ellos, penetrando, así, en una autonomía, en una independencia insólitas?
de un gran incendio líquido.
Nuestros pies
chapotean en los pozos que las grietas
del piso hacen aflorar en torno a ellos
y un asco en flor asciende hasta la boca:
náusea del agua corrompida que pisamos,
de esos viscosos charcos, de la humedad
pringosa, de olor a orina, de las losas sucias,
asco de tanto desamparo genital
en el centro nítido del cuerpo
mientras el paranoico estupor del mundo
permanece acribillado de ojos y más ojos
dentro de la totalidad de la canícula.
Íbamos por fin saliendo, uno tras otro.
Cabeceaban los árboles. Agosto
refulgía, preciso, en la luz densa
que gravitaba alrededor del patio.
El almuerzo aguardaba (la comida
era tomada con las manos: los cubiertos
podían significar intentos de suicidio).
Y esa ración de cárcel en los dedos
venía a ser otra manera, avergonzada,
de ser siempre observados
—ahora ridículos, asiendo
un puñado de arroz con la torpeza
del que no se habitúa a comerlo de ese modo o—,
desnudo de Adán a mediodía
que en el baño fue certeza sensorial, clarividencia.
2
Pero él no quería bañarse a la hora en que todos debíamos hacerlo. Deseaba estar bajo la ducha de acuerdo a un horario personal, imprevisible: por la mañana o por la tarde, no a las doce. ¿Cuáles motivos conducían a ese raro deseo que implicaba automáticamente indisciplina, una heterodoxia de hábitos violentando el código impuesto, normativo? Quizá era la necesidad, la urgencia de escapar, a tiempo y a destiempo, de aquel Ojo calcinante ante el cual todos estábamos desnudos, de refrescar con el ímpetu del agua esa fiebre atroz que exponía nuestra íngrima vergüenza a
la mirada de los otros, del Otro único y múltiple oteándonos allí, en caliente, escudriñándonos, examinándonos. Acaso era el llamado a sentirse permanentemente higiénico, limpio de cualquier contaminación corporal en la cual se proyectara la puntual acechanza de la culpa, la de ser —y no sólo la de estar sucio. Tal vez quería bañarse a solas, alejado de la promiscua convergencia que nos reunía a los demás alrededor del chorro, de aquel hacinamiento donde toda la privada, la íntima percepción que tiene el cuerpo de sí mismo era abolida y sacrificada al mero hecho animal de estar no ya juntos sino yuxtapuestos como en la horda y el rebaño. ¿O ese anhelo de baño no sujeto a reglamentos consistía en el ansia de instaurar un espacio individual, oxigenadamente libre —estar desnudo en el medio del agua guarda también un sentido de libertad física, plena—
dentro del cual la convención, lo estatuido y la costumbre se amoldaran a los dictados vivaces del cuerpo, y no éstos a ellos, penetrando, así, en una autonomía, en una independencia insólitas?
Al enfermero le disgusto esa conducta al margen de
las reglas. Blandiendo con la mano derecha el rejo que utilizaba para rubricar
gestualmente su autoridad entre nosotros, una mañana sacó al muchacho —
desnudo, por supuesto— de su baño personal y lo condujo al calabozo (porque
había en ese caserón un calabozo) y lo encerró allí durante horas. Siempre me
he preguntado lo que ese compañero sentiría en esa habitación hedionda, sin un
mueble, en medio de los muros húmedos, sentado o acostado sobre el cemento
helado, mirando la desleída claridad que se apelmazaba sin gracia en los
cristales de un alto tragaluz, único contacto posible con el sol que, afuera,
festejaba al patio, y con el viento matutino, y con el cielo absurdamente
remoto a esa hora del día. Estaba
desnudo el prisionero. Otra desnudez, distinta a la buscada para lavar el
propio cuerpo en el agua lustral, bajo la ducha, le era ahora ofrecida dentro
de aquel calabozo: la de estar sin abrigo en la gélida humedad, y la de estar excluido,
siendo un réprobo.
3
Un joven lo iba siguiendo, cubierto tan sólo con una
sábana. Le echaron mano, pero él, soltando la
sábana, se escapó desnudo.
Mc 14, 50-52
Nosotros, desnudos, en el baño
—el baño era el resumen convergente
de toda nuestra vida en esa casa—
y el muchacho desnudo en su prisión
éramos y aún somos aquel hombre
que Marcos infiltra, subrepticio,
en el Getsemaní de entonces y de ahora.
¿Quién era aquel joven que seguía a Jesús
con la carne lunar cubierta apenas
por el único ropaje de una sábana
en esa noche de sudor de sangre,
de inescuchada súplica, de la traición del beso,
de antorchas y grupos, túnicas y espadas,
rumor de paso entre la maleza,
amontonadas sombras al acecho,
humillación y arresto y, al final,
los tercos gallos del amanecer?
¿Qué pasión inaudita puede conducir a alguien
a salir hacia el oprobio y la amenaza,
bajo la indiferencia universal de las estrellas
con sólo una íngrima sábana por ropa?
¿No había fiebre en la mente de ese joven?
¿No obedecía su presencia allí, y su atavío,
a una conciencia distinta a la ordinaria,
a una visión de Jesús que no cabía
con el tácito régimen oficial: lo acostumbrado?
Marcos señala, con exactitud, que lo seguía.
Seguía, pues, a Jesús como un discípulo,
como lo hacían algunos en su patria,
como hay que hacerlo ahora, un día tras otro.
Un discípulo era, iluminado
por un ardor mental que lo llevaba
a exponerse al peligro, a trastocar
los hábitos —incluso el de vestirse como todos—,
a autoexiliarse del lugar común
del que la razón colectiva se alimenta
para entregarse —únicamente con su sábana—
al subterráneo, rebelde axioma del Proscrito,
a la réproba lógica del envés, la cara oculta
de lo real visto y vivido a la inversa, a contrapelo.
Eso significaba, para él, ser un discípulo.
Y eso significa todavía.
se escapó desnudo
Sólo desnudo podía huir
de la muchedumbre ávida de sangre, l
a soldadesca insomne, la confusión
de voces y de gritos, los empujones, los insultos,
huir de la hora societaria de la ley
buscando al Transgresor, al Reo de siempre.
Su desnudez fue momentánea libertad
para escapar de la gregaria trama
que necesitaba a su víctima expiatoria,
al señalado eterno con la culpa
de no ser como todos: el distinto.
Pero no huía, no, de la Pasión. E
staba todo él —su presencia en el relato
lo confirma— inscrito en la tragedia
que la noche del jueves diseñaba
para cualquier discípulo del Réprobo:
lo imagino andando ahora desnudo
primero al ras de las ortigas que en el monte
le laceraban la piel, luego en las calles
ante el unánime asombro de vecinos, transeúntes,
maldiciendo acaso su impudicia, preguntándose
de dónde vendría sin ropas a esas horas.
Su desnudez era observada, escudriñada
con curiosidad objetante, minuciosa.
3
Un joven lo iba siguiendo, cubierto tan sólo con una
sábana. Le echaron mano, pero él, soltando la
sábana, se escapó desnudo.
Mc 14, 50-52
Nosotros, desnudos, en el baño
—el baño era el resumen convergente
de toda nuestra vida en esa casa—
y el muchacho desnudo en su prisión
éramos y aún somos aquel hombre
que Marcos infiltra, subrepticio,
en el Getsemaní de entonces y de ahora.
¿Quién era aquel joven que seguía a Jesús
con la carne lunar cubierta apenas
por el único ropaje de una sábana
en esa noche de sudor de sangre,
de inescuchada súplica, de la traición del beso,
de antorchas y grupos, túnicas y espadas,
rumor de paso entre la maleza,
amontonadas sombras al acecho,
humillación y arresto y, al final,
los tercos gallos del amanecer?
¿Qué pasión inaudita puede conducir a alguien
a salir hacia el oprobio y la amenaza,
bajo la indiferencia universal de las estrellas
con sólo una íngrima sábana por ropa?
¿No había fiebre en la mente de ese joven?
¿No obedecía su presencia allí, y su atavío,
a una conciencia distinta a la ordinaria,
a una visión de Jesús que no cabía
con el tácito régimen oficial: lo acostumbrado?
Marcos señala, con exactitud, que lo seguía.
Seguía, pues, a Jesús como un discípulo,
como lo hacían algunos en su patria,
como hay que hacerlo ahora, un día tras otro.
Un discípulo era, iluminado
por un ardor mental que lo llevaba
a exponerse al peligro, a trastocar
los hábitos —incluso el de vestirse como todos—,
a autoexiliarse del lugar común
del que la razón colectiva se alimenta
para entregarse —únicamente con su sábana—
al subterráneo, rebelde axioma del Proscrito,
a la réproba lógica del envés, la cara oculta
de lo real visto y vivido a la inversa, a contrapelo.
Eso significaba, para él, ser un discípulo.
Y eso significa todavía.
se escapó desnudo
Sólo desnudo podía huir
de la muchedumbre ávida de sangre, l
a soldadesca insomne, la confusión
de voces y de gritos, los empujones, los insultos,
huir de la hora societaria de la ley
buscando al Transgresor, al Reo de siempre.
Su desnudez fue momentánea libertad
para escapar de la gregaria trama
que necesitaba a su víctima expiatoria,
al señalado eterno con la culpa
de no ser como todos: el distinto.
Pero no huía, no, de la Pasión. E
staba todo él —su presencia en el relato
lo confirma— inscrito en la tragedia
que la noche del jueves diseñaba
para cualquier discípulo del Réprobo:
lo imagino andando ahora desnudo
primero al ras de las ortigas que en el monte
le laceraban la piel, luego en las calles
ante el unánime asombro de vecinos, transeúntes,
maldiciendo acaso su impudicia, preguntándose
de dónde vendría sin ropas a esas horas.
Su desnudez era observada, escudriñada
con curiosidad objetante, minuciosa.
¿Qué
sintió, desnudo, al llegar a su cuarto
y pensar en la casa de Caifás, llena de gente?
Quizá escuchó él también el canto de los gallos
en la vergüenza núbil de la aurora.
Nosotros todos éramos y somos
aquel evangélico muchacho:
las doce del día bajo la regadera
y la mañana en el calabozo
configuran una única noche detenida,
un mismo Getsemaní agónico.
Éramos y somos, como él,
aquellos afiebrados buscadores
de lo que no se nos ha perdido,
los perpetuos perplejos ante lo real,
que para los demás es únicamente sólito
—una simple magnitud de la costumbre—,
los que, merced a un privilegio padeciente,
ven al mundo al revés, al colectivo
desde una periferia contumaz, al hombre
con el virgen sobresalto del asombro,
al universo entero girando en el pavor
del primer ser humano frente al fuego
o la exclamación de una llanura oceánica
(vivimos de atávicos terrores que los otros
se escamotean a sí mismos, para estar
a salvo de la estupefacción del firmamento
sobre el inmóvil Jardín de los Olivos).
No, nunca fue fácil vivir para nosotros.
Llenos de nuestro metafísico estupor,
nuestra disonancia ante la Ley,
nuestra subversión vocacional,
nuestra manera tangencial, oblicua,
de ser miembros de la especie,
nuestro seguimiento metafórico
—cubiertos por una única sábana precaria
en las alucinaciones, el delirio,
la depresión, las fobias, la manía—
de Aquél de quien se habló de esta manera:
está loco de atar, ¿por qué lo escuchan? (Jn 10, 20)
y más cruelmente todavía:
sus parientes fueron a echarle mano,
porque se decía que no estaba
en sus cabales (Mc 3,21)
—La locura como metáfora e imagen
del seguimiento de Jesús:
pues la sabiduría de este mundo
es locura para Dios (1 Cor 3,19)
Un modo inconsciente de seguirlo
que puede convertirse en voluntario
si uno toma conciencia de la gracia
que ha sido recibir la enfermedad
como invitación a vivir de otra manera,
con temor y temblor ante el milagro de
existir todos los días, bajo el cielo.
Y desnudos. Estamos desnudos como el joven,
en el baño o en mitad del calabozo escapados,
desnudos del uso compartido de la razón
social que exige víctimas y clava, desnudo,
en el madero al que por ser diferente carga
y pensar en la casa de Caifás, llena de gente?
Quizá escuchó él también el canto de los gallos
en la vergüenza núbil de la aurora.
Nosotros todos éramos y somos
aquel evangélico muchacho:
las doce del día bajo la regadera
y la mañana en el calabozo
configuran una única noche detenida,
un mismo Getsemaní agónico.
Éramos y somos, como él,
aquellos afiebrados buscadores
de lo que no se nos ha perdido,
los perpetuos perplejos ante lo real,
que para los demás es únicamente sólito
—una simple magnitud de la costumbre—,
los que, merced a un privilegio padeciente,
ven al mundo al revés, al colectivo
desde una periferia contumaz, al hombre
con el virgen sobresalto del asombro,
al universo entero girando en el pavor
del primer ser humano frente al fuego
o la exclamación de una llanura oceánica
(vivimos de atávicos terrores que los otros
se escamotean a sí mismos, para estar
a salvo de la estupefacción del firmamento
sobre el inmóvil Jardín de los Olivos).
No, nunca fue fácil vivir para nosotros.
Llenos de nuestro metafísico estupor,
nuestra disonancia ante la Ley,
nuestra subversión vocacional,
nuestra manera tangencial, oblicua,
de ser miembros de la especie,
nuestro seguimiento metafórico
—cubiertos por una única sábana precaria
en las alucinaciones, el delirio,
la depresión, las fobias, la manía—
de Aquél de quien se habló de esta manera:
está loco de atar, ¿por qué lo escuchan? (Jn 10, 20)
y más cruelmente todavía:
sus parientes fueron a echarle mano,
porque se decía que no estaba
en sus cabales (Mc 3,21)
—La locura como metáfora e imagen
del seguimiento de Jesús:
pues la sabiduría de este mundo
es locura para Dios (1 Cor 3,19)
Un modo inconsciente de seguirlo
que puede convertirse en voluntario
si uno toma conciencia de la gracia
que ha sido recibir la enfermedad
como invitación a vivir de otra manera,
con temor y temblor ante el milagro de
existir todos los días, bajo el cielo.
Y desnudos. Estamos desnudos como el joven,
en el baño o en mitad del calabozo escapados,
desnudos del uso compartido de la razón
social que exige víctimas y clava, desnudo,
en el madero al que por ser diferente carga
todas
las culpas de los que son iguales
al rasero común, a la horma idéntica.
La locura es aquella desnudez
a través de la cual nos escapamos
de la cotidianidad de esa razón
legislativa que fabrica, marginándolos,
a los parias, los manchados, los impuros
—fue el loco Rey Lear quien, por serlo,
pudo sentenciar ante un Edgar confidente
desde la desolada majestad de su delirio
Nadie es culpable, nadie,
digo que nadie: yo seré su fiador
La locura como inocencia absolutoria
que desviste a los hombres de sus culpas.
4
Pero esa desnudez libérrima conoce
la paradoja de ser también la otra,
la propia desnudez ya percibida
como maldición al ser examinada
por los ojos de los otros,
por la pupila del Otro
frente a la cual nos desprotege
ese mismo estar desnudos, observados
por la visión ajena que se llaga
en la conciencia de sí, hasta su médula.
Y el desnudo al que ya no le importaba
el cómodo ropaje de la sujeción
busca ahora, desesperadamente,
ser vestido por la aprobación de esa mirada
que lo escarba, esclavizándolo.
Las dos desnudeces se entrelazan
dentro del cuerpo único del loco.
Y me pregunto si acaso la salud,
la sola curación posible y deseable
que aportan ni aprontan sanatorios
con sus multitudinarios baños de agua fría
y calabozos para el deseo disidente
(¿Pensé, estando allí, en Auschwitz, en Dachau?)
consiste en romper la trama inextricable
que confunde la una con la otra:
la libertad desnuda de Adán en el Jardín
y esa misma desnudez ya avergonzada.
(La desnudez del loco, 2004)
Patria
Alguna vez amamos, o dijimos amar,
la terquedad sombría de tu fuerza.
La voz del padre enronquecía
al evocar calabozos, muchedumbres,
hombres desnudos vadeando el pantano,
llanto de mujer, un hijo
y más arriba (¿dónde arriba?)
el trapo contumaz de una bandera.
Supimos, lenta y vagamente,
que lo imposible te buscaba
extraviándote los pies
-aquellos pies de Hilda obsesionaron
a mis ojos de niño: su corteza
terrosa, vegetal, desconcertada
sobre la pulitura del granito.
Tal vez una tarde, entre los campos,
la música te deletreó de pronto
al lado de algún bosque, una colina,
un lago triste que se te parece:
la misma terquedad al revelarte
ávida no precisamente de nosotros
(los efímeros, los quizá, los transeúntes)
sino de tu pátina absurda de grandeza
-esos sueños opulentos de la historia
que son más bien su horror, su pesadilla.
Ahora que te conoces vil, prostibularia,
porque tanta voluntad ecuestre
se apeó bajo el sol a regatear
y el héroe mercadeó con su bronce
y el oro solemne del sarcófago
adornó dentaduras, fijó réditos,
y no hay toga ni charretera ni sotana
que te oculten cuadrúpeda, obsequiosa
por treinta monedas ancestrales,
yo me atrevo a cubrir tu desnudez.
No es verdad que te vendiste. Tú anhelabas
dilapidarte brusca, totalmente:
un lujoso imposible.
Lo sabías,
siempre lo has sabido y como siempre
aras en el mar. Te concibieron
con voluntad precisa de fracaso.
Cómo afirmar, pasito, que hoy te quedas
en la dificultad de sonreírte
levantando los hombros, desganado,
y diciéndote con sorna, con ternura,
mañana sí tal vez. Quizá mañana...
(Patria y otros poemas,
Editorial Equinoccio,
2008)
Armando Rojas Guardia (Caracas, 8 de septiembre de 1949-Ib., 9 de julio de 2020). Fue una de las voces fundamentales de la lírica venezolana contemporánea. Poeta y ensayista, es autor, entre otros, de los libros de poesía: Del mismo amor ardiendo (1979); Yo supe de la vieja herida (1985); Poemas de Quebrada de la Virgen (1985); Hacia la noche viva (1989); Antología poética (Monte Ávila Editores, 1993); y La nada vigilante (1994); El esplendor y la espera (2000); Patria y otros poemas (2008); Mapa del desalojo (2014). En ensayo publicó: El Dios de la intemperie (1985); El calidoscopio de Hermes (1989); El deseo y el infinito (Diarios 2015-2017) (2017); El violín de Einstein (2018); Pequeña Serenata amorosa (2019). En 1981, fundó el grupo Tráfico. Se ha comentado de su obra que "...se trata de un canto que celebra las íntimas nupcias entre la calle y Dios, entre el ruido del mundo y el silencio místico"...
Graciasss/aullidolit.com/dos-fragmentos-dios-intemperie-y-otros-cinco-poemas/
Graciasss/www.festivaldepoesiademedellin.org/ultimas_ediciones/59_60/rojas
Graciasss/cenal.gob.ve/Armando-Rojas-Guardia-Antologia-poetica.pdf
al rasero común, a la horma idéntica.
La locura es aquella desnudez
a través de la cual nos escapamos
de la cotidianidad de esa razón
legislativa que fabrica, marginándolos,
a los parias, los manchados, los impuros
—fue el loco Rey Lear quien, por serlo,
pudo sentenciar ante un Edgar confidente
desde la desolada majestad de su delirio
Nadie es culpable, nadie,
digo que nadie: yo seré su fiador
La locura como inocencia absolutoria
que desviste a los hombres de sus culpas.
4
Pero esa desnudez libérrima conoce
la paradoja de ser también la otra,
la propia desnudez ya percibida
como maldición al ser examinada
por los ojos de los otros,
por la pupila del Otro
frente a la cual nos desprotege
ese mismo estar desnudos, observados
por la visión ajena que se llaga
en la conciencia de sí, hasta su médula.
Y el desnudo al que ya no le importaba
el cómodo ropaje de la sujeción
busca ahora, desesperadamente,
ser vestido por la aprobación de esa mirada
que lo escarba, esclavizándolo.
Las dos desnudeces se entrelazan
dentro del cuerpo único del loco.
Y me pregunto si acaso la salud,
la sola curación posible y deseable
que aportan ni aprontan sanatorios
con sus multitudinarios baños de agua fría
y calabozos para el deseo disidente
(¿Pensé, estando allí, en Auschwitz, en Dachau?)
consiste en romper la trama inextricable
que confunde la una con la otra:
la libertad desnuda de Adán en el Jardín
y esa misma desnudez ya avergonzada.
(La desnudez del loco, 2004)
Patria
Alguna vez amamos, o dijimos amar,
la terquedad sombría de tu fuerza.
La voz del padre enronquecía
al evocar calabozos, muchedumbres,
hombres desnudos vadeando el pantano,
llanto de mujer, un hijo
y más arriba (¿dónde arriba?)
el trapo contumaz de una bandera.
Supimos, lenta y vagamente,
que lo imposible te buscaba
extraviándote los pies
-aquellos pies de Hilda obsesionaron
a mis ojos de niño: su corteza
terrosa, vegetal, desconcertada
sobre la pulitura del granito.
Tal vez una tarde, entre los campos,
la música te deletreó de pronto
al lado de algún bosque, una colina,
un lago triste que se te parece:
la misma terquedad al revelarte
ávida no precisamente de nosotros
(los efímeros, los quizá, los transeúntes)
sino de tu pátina absurda de grandeza
-esos sueños opulentos de la historia
que son más bien su horror, su pesadilla.
Ahora que te conoces vil, prostibularia,
porque tanta voluntad ecuestre
se apeó bajo el sol a regatear
y el héroe mercadeó con su bronce
y el oro solemne del sarcófago
adornó dentaduras, fijó réditos,
y no hay toga ni charretera ni sotana
que te oculten cuadrúpeda, obsequiosa
por treinta monedas ancestrales,
yo me atrevo a cubrir tu desnudez.
No es verdad que te vendiste. Tú anhelabas
dilapidarte brusca, totalmente:
un lujoso imposible.
Lo sabías,
siempre lo has sabido y como siempre
aras en el mar. Te concibieron
con voluntad precisa de fracaso.
Cómo afirmar, pasito, que hoy te quedas
en la dificultad de sonreírte
levantando los hombros, desganado,
y diciéndote con sorna, con ternura,
mañana sí tal vez. Quizá mañana...
(Patria y otros poemas,
2008)
Armando Rojas Guardia (Caracas, 8 de septiembre de 1949-Ib., 9 de julio de 2020). Fue una de las voces fundamentales de la lírica venezolana contemporánea. Poeta y ensayista, es autor, entre otros, de los libros de poesía: Del mismo amor ardiendo (1979); Yo supe de la vieja herida (1985); Poemas de Quebrada de la Virgen (1985); Hacia la noche viva (1989); Antología poética (Monte Ávila Editores, 1993); y La nada vigilante (1994); El esplendor y la espera (2000); Patria y otros poemas (2008); Mapa del desalojo (2014). En ensayo publicó: El Dios de la intemperie (1985); El calidoscopio de Hermes (1989); El deseo y el infinito (Diarios 2015-2017) (2017); El violín de Einstein (2018); Pequeña Serenata amorosa (2019). En 1981, fundó el grupo Tráfico. Se ha comentado de su obra que "...se trata de un canto que celebra las íntimas nupcias entre la calle y Dios, entre el ruido del mundo y el silencio místico"...
Graciasss/aullidolit.com/dos-fragmentos-dios-intemperie-y-otros-cinco-poemas/
Graciasss/www.festivaldepoesiademedellin.org/ultimas_ediciones/59_60/rojas
Graciasss/cenal.gob.ve/Armando-Rojas-Guardia-Antologia-poetica.pdf
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