BENJAMIN SUBERCASEAUX

BENJAMIN SUBERCASEAUX
 
QUINCE POEMAS DIRECTOS
 
   EDITORIAL NASCIMENTO
               MCMXXXVI
 
    Impreso en los talleres de
    La Editorial Nascimento
           - Ahumada 125 -
      Santiago de Chile 1936
 

I
 
VALPARAISO
(Andante apasionato a la manera antigua)
 
Desde Drake y Cavendish
te riega la savia marina,
Ciudad poco defendida,
ciudad mal protegida,
Ciudad que no has recibido
sangre de batallas
sino sangre de amor,
en brazos de hombres cansados
que sobre ti se han tendido
como vírgenes asustadas
por su propia ternura
 Y el volumen de tu amor.
 
Ciudad poco defendida,
ciudad mal protegida, 
entre cadenas y grúas,
entre carbón y trenes,
sobre Cielos claros y mares bobas
comercias con el mundo,
 feliz de contrabando, humo y luz.
¡Arrástrate por las aduanas
en piruetas deliciosas.
Estás henchida de destreza
que se cuela en tus muchachos
a lo largo de los muelles
como una difícil maniobra
en lo alto de una cofa.
ciudad poco defendida
de vientos, temblor e incendios,
naciste para ser destruida, 
ciudad mal protegida:
la vejez no es para ti.
Entrégate por milésima vez
a tu preñez voluptuosa,
eterna madre soltera
que incubas a tus hijos
entre los cerros y el mar. 
Cuando se te vayan adentro
con mucho de rancho en e1 alma,
ciudad poco defendida, 
mal protegida,
y que el mar te los devuelva
con mucho azul en sus cuerpos,
consuélate mirando
la espuma blanca de sus gorras
entre las tablas mal ajustadas
y el hollín de tu cocina.
Tú que vives en un Valle
que llaman el Paraíso;
tú que expones tu cuerpo abierto
con tal sinceridad 
que los hombres te reconocen 
amándote simplemente «el puerto»,
no permitas que la Ciudad
vaya a adentrarse en tu alma
como se adentró en tus carnes
la savia ardiente del extranjero.
Consérvate risueña, prostituta ingenua,
porque eres madre buena,
hermana, amigo y calor humano;
Sigue viviendo así, ciudad mía,
ciudad poco defendida,
ciudad mal protegida.

II
 
APUNTE NOCTURNO
 
La bahía, ancho anfiteatro de luces, como la sala inmensa de una
fiesta a la que nadie asistió.
Humo y lluvia.
En la oscuridad resignada de las cosas, se desliza una locomotora
dormida.  Se hizo presente tan solo un instante sobre los rieles
húmedos, entre los alambres llorosos de los postes…
En torno es el Puerto: Chatas carboneras y lomos paquidérmicos de
mercaderías que chorrean agua y carbón por sus lonas lastimosas.
El malecón...
Tres de la madrugada.
 
Ni siquiera un ebrio que perturbe la independencia del
silencio. Ausencia húmeda; sonoridad, del no ser.
Nuestra presencia enmudece el alma de las cosas…
  Ah, si pudiéramos saber cómo es el mundo cuando no
estamos allí!

III
 
APUNTES DIURNOS
 
Cerros
 
Por las callejuelas que suben, la curva del muslo trepida gloriosa.
Roja, verde y rosa, luce la ropa tendida empavesando la
vieja acera y el aire matinal.
 
 
A un hombre serio
 
Correctamente, burguesamente, te paseas por Pedro Montt.
No retrocedas mucho: llegarías al Viejo Puerto.
No vayas muy lejos: caerías en el Barón.
 
 
Embarcadero
 
Miran arriba los boteros desde sus botes.
Miran abajo los ociosos desde las gradas.
Yo miro a los ociosos y a los boteros y
la brisa inventa espumas, gaviotas y banderas.
 
 
Paisaje
 
Contra el mar, una vieja grúa corta en dos el paisaje de mi ventana:
chimenea de cocina y calaminas grises, calaminas rojas, calaminas
verdes. En un ángulo: SE VENDE.— ERRAZURIZ 1914…
Hay algo más, pero el humo del tren me impide verlo.
  
 
Magia
 
Barón, Almendral, Placeres, Cordillera, Playa Ancha y Torpederas, nombres 
maravillosos. Con ellos querría hacerme un barco que hendiera las olas 
blandamente con la proa de la palabra VALPARAISO.
 
 
Lustrabotas
 
Hay gritos enronquecidos y carreras desnudas;
¡Trialée. . . ! 
la calle es un mercado que los vendió a la vida;
Trialée. . . ! 
hay amargura de anilina en la voz del policía;
¡Trialée… !
y un trapito felpudo en el ansia de dormir.
 

IV
 
No quepo en mí de tristeza y de velas latinas:
barcos que surcan aguas mediterráneas,
veleros albos y transportes sucios,
en la claridad del mundo
y de las ocasiones perdidas.
Chapotean las patas inocentes de los negros
sobre la esponja de las playas lejanas 
y sus manos lacias cargan de maní
los barcos impasibles como mulas.
Y se desflocan los días,
y las noches se pueblan de recuerdos,
y yo me estoy aquí con el alma angustiada
por todo lo que pude ser y que no fui, 
teniendo entre mis manos el mundo y sabiendo
el nombre de cada puerto, de cada golfo,
de cada astillero donde podría
tapar la vía de agua de mis alegrías.
 
V
 
Y son ellos, así, directamente,
los que llamamos hombres.
 
Caras toscas o finas,
labios delgados o gruesos;
torsos siempre cubiertos de una piel suave
que constituye, de por sí, el desnudo;
voces claras o enronquecidas,
miradas lejanas, precisas o estúpidas
que miran sin mirar,
como podría mirar un bíceps.
 
Y detrás de cada andar,
felino, balanceado o aplastante,
una historia propia de muy diverso interés,
poblada de circunstancias secundarias
que se escurren como aceite.
En el fondo, una misma historia lamentable
que no sabemos nunca,
pero que sospechamos siempre.
Digámosela al oído
y veremos que les sorprenderá,
como sólo puede sorprender un secreto muy oculto.
Entonces, llorarán de fraternidad y ternura ardientes,
pero luego huirán en la noche de su fabula, 
de puro temor de verse comprometidos
en una misma historia monótona,
que podría contar cada uno si tuviera más valor
o si el instinto sabio no estuviera allí
para custodiar la Belleza
y el ropaje de su discreción indispensable.

VI
 
PUREZA
 
En ti, creatura, se saciaron
los eternos símbolos de la Creación:
 
No faltó la piel suave ni el ojo brillante, 
Ni la soltura del torso
recargado de atractivos inconscientes
que se escapan sin pagar.
 
Y en torno, los deseos, abrumados de sueño,
empecinados, como yeso embrutecido
de salvajes escultores que moldean
hasta las miradas tristes de tu carne ardiente.
 
Y te vas por la noche del mundo,
con mucho sollozo contenido en el muslo,
mucho cansancio en tus brazos fuertes,
un deseo infinito de renuncia
en el alba de tu cuerpo.


VII
 
MARINA
 
Tengo el corazón roído
de blancos paisajes que despiertan
entre sirenas de barcos  
y patos dormidos.
 
Tengo mis ansias suspensas
como hipos de lechugas
que van al agua y vuelven dentro,
por el negro boquerón de la cocina.
 
Tengo todo mi ser bien abierto
a la pubertad del mar: olor de aceite
y vaivén de cuna,
y tus ojos claros que me iluminan, inciertos,  
como reflejos de espuma.

VIII
 
ELLA
 
Para esta mujer se conjuraron las savias ornamentales,
como decía “Querubín». (1)
Sabía el precio de la belleza esencial 
gustada a la sombra de las peores renuncias. 
La desearan o no, ella lo quiso;
entonces, como un grito apremiante de alarma
la invadió la sirena del deseo
por las piernas, el vientre, la mirada,
y, temblando, se dejó arrastrar por las aceras,
los muelles, las viejas tinas de baño
esmaltadas de jabón y de lujuria. 
Soñó con casitas blancas,
cortinitas blancas,
tasitas blancas.
Digo que soñó, en un resabio literario
de viejos hogares constituidos.
En realidad, fue un paisaje de Atenas
decorado con blancos pelotones de nubes tibias;
Ella, nueva Victoria de Samotracia 
despojada de sus velos por el viento de la orgía, 
de pie, entre los Propileos de sus muslos firmes,
en la abundancia excesiva de recompensas
que le pulían hasta la última arista de su pasión.
 
Al despertar, la niña del hotel barría el corredor.
 
(1) J.A. Rimbaud.
 

IX
 
EL
 
Confiadamente,
más allá de la Política, la Moral
y sus necesidades impostergables,
¡El ama la vida!
 
¡Misterio frágil y profundo
de los que aman la vida!
 
Desfilaban los carretones del amanecer
y corrían los camiones de la tarde
con hombres parados dentro de sus camisas
henchidas como velas.
 
El miraba, miraba.
 
Morían los suyos en un rápido trote de mulas,
y la ciudad avergonzada, los empujaba arriba.
 
El miraba, miraba.
 
Atracaban los remolcadores cansados
con su racimo caliente de obreros.
 
Y El, miraba, miraba.
 
Las ocasiones parecían resbalar sobre su piel;
sus ojos no filtraban un solo rayo de luz
bajo el pelo hirsuto; 
a indiferencia se descolgaba suavemente
por la musculatura hastiada de sus hombros:
le bastaban la fuerza y el deseo, a lo largo del muelle,
apoyado contra un poste, bajo la fiebre del sol.
 
A veces, sin pensarlo ni quererlo,
se le realizaba la vida en una pieza de hotel,
 al caer la tarde.
Allí su cabellera tiesa y brillante
se abría como paraguas en el abandono del lecho,
y su cuerpo suave se entregaba, soñoliento,
vibrando en un deseo moreno y callado.
Luego, se desmoronaba el día sin peligros,
impunemente, con un cigarrillo en los labios
y un ansia de anochecer.

X
 
Tengo una tremenda experiencia
de vuestras conciencias, hombres buenos,
hombres malos, 
hombres siempre incapaces y tímidos;
hombres crueles que sufren
Y hacen sufrir
en la soledad de su pobreza
y de los amores fallidos.
 
 A mí no me contáis historias,
hombres de las ciudades,
 hombres de los campos,
 niños eternos que gobernáis el mundo
con sangre de traición
y llanto amargo. Os conozco.
Ni vuestras madres os conocieron mejor.
Sé de vuestras torpes ambiciones,
de vuestra pereza angustiada,
de vuestros ardores y temores
siempre unidos al mito absurdo
de una especie de amor.
 
¿Quién pudiera despojaros
de vuestra importancia triste?
¿Cómo quebrantar la leyenda
de vuestra propia estimación.
—Estoy solo, perseguido
y poco seguro de ser Dios…
seguid, pues, creyendo
en religiones y negocios,
feroces pudores e inquietudes falsas;
 
seguid besando y matando
y cantando vuestro pobre sexo esclavo
en la mentira y la calumnia
de la vida que no volvió.
Os conozco. Una piedad dormida
se agita en el nido de mi ternura;
me he puesto a la vera del camino,
y velado de lágrimas, os he dejado pasar,
respetando vuestra falsa historia 
y la fábula de mis idilios y esperanzas:
Tengo una tremenda experiencia
de vuestras conciencias!
 
XI
 
ARTE POETICA
 
«¡Oh, profunda poesía,
tú, mi vida y mi pasión.»
Aquí tienes, buen amigo,
un modelo de elección.
 
Le siguen otros como claros clarines
que atruenan el aire con su canción;
princesas tristes con «no me olvides»
jacintos, tulipas, y rima en «on».
 
No se detenga en ellos, amigo,
mire que se van y la tinta
 del alero llora sobre la rosa 
del mar; mire, amigo,
la hélice de cristal se sumerge ya
en el avión del viento. No me deje;
la hora cruel del caballo marino
patea el barco de mi ilusión;
la niña quiere que usted se quede,
no se me vaya, por favor.
 
Este es un modelo «sui generis"
de niños que juegan al pin pin
sarabín.
 
No los confundas con los que dicen:
«Los pelos de mis piernas, alambres profundos,
perforan la madera del apio en flor.» 
 
Témele, también, a esas vacas perdidas
que cantan, furiosas, la dicha de amar
con un crepitar de alas enloquecidas
y un raro afán de salir a aventar.
 
Témele a sus frutos enormes
y a sus heridas abiertas,
a sus carnes desgarradas
y a la pulpa de su amor.
 
Pero no le temas a la vida,
ni a cosa alguna que te haga vibrar;
canta confiado, sin mirarte por dentro,
que los versos sobran y los hombres, no.
 

XII
 
EL NIÑO
 
     Aparece: criatura voraz, e inquietudes inmundas. Egoísta, fisiológico, repugnante.
     La madre está feliz; el padre, avergonzado, torpemente satisfecho: ridículo, 
sobre todo.
 
     Dolor, dolor. Cada soplo es una herida.
     Placer, placer, mira cómo te capta con angustia, como si la vida debiera 
extinguirse con la luz del atardecer.
    Niño: colecciona tus placeres; amontónalos en tus pequeñas manos.
     (Juegos mecánicos. Mecánica del juego. Siempre el ataúd vecino a la cuna. 
Sopas y leches demasiado dulces.)
 
    La lluvia gime en los vidrios.
    Los padres van y Vienen con entera libertad, como si el hijo hubiera nacido 
ciego o imbécil.
    Rayos de infinita transparencia se concentran, sin embargo, en el
zafiro de sus pupilas: la verdad.
 
     ¡Oh! infancia absurda, clarividente y lúgubre: tienes mucho de la agonía!
—Ha nacido un hombre?  
—No, un ser.
Pero hay algo que acaba de morir.

XIII
 
EL ADOLESCENTE
 
Brazos demasiados largos; mangas demasiado cortas.
Ángel y bestia. Pero esta vez al margen de toda literatura.
  - ¿Ángel y bestia?
  - No: la divinidad, ideal palpitante del ser pagano.
 
    Carreras Inexplicables; pudores feroces; palabras groseras;
sabores hipotéticos de la carne, gustados en la soledad
 de los campos, de las playas lejanas y de las piezas sin sol.
      Un imposible en su corazón. ¿Vergüenza? ¿Qué otra cosa
podría sentir ante la brutalidad del amor?
 
Las mañanas conservan su frescura, a pesar del cansancio de la mirada
y la debilidad del cuerpo.
    Tardes endemoniadas.
Crepúsculos tristes, pero tan dulces. abandonos espléndidos sobre el
pecho adorado, ausente o inexistente.
    ¿Ha descubierto aquello? No; simple tortura, más ardiente,
menos desesperada.
    ¿Ha nacido un hombre?
    No: la ternura. Pero hay algo que comienza a sufrir.
 
XIV
 
EL HOMBRE
 
Luchas exteriores. Tregua consigo mismo. Las casas,
las calles, las Ciudades, desprovistas de misterio.
     ¿Olvido del pasado? Lo hace sonreír, torpemente,
como a la familia.
¿se le ha perdido la tumba de su infancia?
Cree en la fuerza del método y traiciona «su causa». 
¿Y los sueños del adolescente pálido?
Muertos. Hay que vivir la vida.
¿La carne?
¡Oh! . . .  una costumbre.
¿El trabajo?
Un medio para adquirir lo que ya no desea.
 
    ¡Ah! hombre, hombre. ¿Quién te ha dado el derecho de
llamarte así?
 
    Pero llega un día, desde más lejos que la vida, en que ya
le es imposible reconocer su corazón, su ciudad, su calle.
    El mundo le parece absurdo, porque hay alguien sobre
la tierra que es su calle, su ciudad, su corazón: un mundo
desconocido.
     ¡Oh! cuántos instantes divinos, demasiado frágiles para
subsistir.
   Ilusión y recuerdo: luces deslumbrantes.
   Presente, una lluvia monótona se escurre sobre ti.
 
¿Ha nacido un hombre?
Sí. Pero hay algo que no logra vivir.

XV
 
AMOR
 
Un día, semejante a los otros…
Se respira en el aire algo de lasitud y de vacío cotidiano.
 
¡Oh, esta primavera que tarda!, y que tal vez se escurre ya,
afuera, en el tiempo… 
es la divina a alegría que me huye.
 
la vi venir, sin embargo, ciega y trémula, el día en
que te conocí: una mirada en los ojos, un silencio
en nuestras almas, y en mi corazón deslumbrado la
canción nueva, aunque ya sospechada. La había
oído cantar quedamente, tan bajo, que dudaba…
hasta el día en que te conocí.
 
Y aquello me hacía tanto bien..., aunque no osa a llorar
en tu presencia. No tenía ninguna esperanza, puesto
que ya sabía…
 
Y morí de mi claridad el mismo día en que tantos ciegos
renacían a la luz.

INDICE
 
Valparaíso 15
Apunte nocturno 21
Apuntes 25
pureza 39
Marina 43
Ella 47
El 51
Arte poética 63
El niño 69
El adolescente 73
El hombre 77
Amor 81
 
Graciasss/www.memoriachilena.gob.cl/archivos2/pdf
Graciasss/www.scielo.cl/article_plus.
Graciasss/www.memoriachilena.gob.cl/602/article


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