EDILBERTO CARDONA BULNES

Poemas de Edilberto Cardona Bulnes de su libro “perdido”: 
Jonás, fin del mundo o líneas en una botella
 
Publicado por la Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA) en 1980, Jonás, fin del mundo o líneas en una botella, poemario del poeta hondureño Edilberto Cardona Bulnes, tuvo un tiraje de más o menos 5,000 ejemplares. De acuerdo con información no oficial, 4,000 de estos ejemplares fueron enviados a Honduras, pero al llegar al aeropuerto Toncontín, desaparecieron.

La nula existencia de ejemplares de este libro en las bibliotecas hondureñas llevó a la Editorial Ypres a investigar, hasta que llegaron a Sistema de Bibliotecas, Documentación e Información de la Universidad de Costa Rica, y finalmente en la Biblioteca Carlos Monge Alfaro, localizaron un ejemplar completo. La Editorial Ypres hizo una recopilación íntegra de los poemas tras encontrar el ejemplar original. Esta es una selección de algunos poemas que componen ese libro «perdido». La transcripción es textual, incluyendo algunos posibles errores tipográficos.

***

Pedruscos rojos, pedruscos blancos.
¿Me puedes ver, hermano?
Recordando pudiera hablar de un cinturón
de hierro, de un collar de piedra,
de una frontera de plomo, constriñéndome.
Literatería. Literaterismo de verseros.
Contigo, Muerte,
nos respiramos la palabra.
Quebramos el espejo de entre nosotros
y a oscuras, a ojos cerrados, te miras,
me miras, como me miro, como te miro.
cambiamos ojos.
¿Cuáles son los tuyos? ¿los míos?
Cuando estamos más lejos
es cuando vamos por la playa
de la mano, perdiéndonos en hierba,
en nieve, y hallándonos
en cualquier parte a toda hora,
y esto, volviéndonosles, intransmisible,
no se explica ni cantándolo.
Nuestro lo mío tuyo.
Sin reservas. Sin regateo.
No hay cuenta con los hombres.
No debemos nada. A nadie.
¿Qué me han de cobrar? ¡Bah! ¿Quiénes?
¿Saldo o total de qué? ¿Cuál es mi deuda?
 
**
 
Clark Kent emerge de lo cotidiano buscando
su permanencia sobre la diaria grandiosidad
del periódico, visualizarse en la acción
deportiva, en la fresca juventud, infantilidad
instintiva del deporte y en la serena adultez
de la letra, el juego juego solo
y el juego del signo, lo inabstraíble
del acto, de lo real manifestándose, juego
vivo, y la realidad en abstraída
realidad altísima, sólo claridad
comunicándose, juego vívido; lo deportivo
y lo periódico, deporte y periodismo,
periodismo-deporte, lo fugaz renovándose,
nuevo, ¡ya!, fijación del instante,
del relámpago. Irrumpe día a día
cuajándose, vitalizándose a través
de los que han hecho de su vida
un juego palpitante, alucinante, candente,
ágil, digno de héroes, de campeones, dioses,
acto que asombra, pasma, da sentido,
razón a la existencia, como paradigmas
de lo supremo, espectacular, indiscutible,
indisputable, irrecusable culminación
de lo máximo, lo único. Clark Kent, este
permanente periodista de la instantaneidad
contemporánea, de los entusiastas múltiples,
multitudinarios, de la aventura colectiva
sobre los verdes engramados claros,
animosa, estimulante, tonificante, alegre,
sana, fenomenal, del triunfo de la prontitud,
la rapidez, lo raudo, la agilidad,
la oportunidad, la audacia, la fuerza,
la inteligencia, el vigor, el amor, el coraje,
el civismo, el poder, cúspide inobjetable
de lo épico, lo actual, lo dinámico,
lo vital, lo genial; este periodista activo,
vivo, hábil, íntegro, convive, vive
con los mejores ejemplares humanos
y baja hasta nosotros diariamente
a mezclarse con nosotros por la amplitud
el desprendimiento ecuánime del periodismo
en su función testimonial, social, popular,
directriz, humana, sin más compromiso
que cubrir y cumplir con el deber
de informarnos ni más satisfacción para sí
que la misma del deber que se cumple
en favor de naturalizarnos ciudadanos del mundo,
habitantes, contemporáneos de la hora
del progreso, de la evolución, del ser histórico,
con los que hacen la historia
y son la historia, los prototipos del género,
de la acción, del drama.
Clark Kent, nuestro cabal intermediario
lealtísimo, el informado, el conocedor,
sabedor de lo grande, de todo, de lo que no
supiéramos si no fuere por él, él,
el pavlov de la información; él, el bergson
de la novedad última, el perseo, teseo
de lo absurdo, prometeo, jesucristo
de la verdad, él, el servet de la vida;
él, el arquímides de las cosas; él, el sócrates
del honor; él, el descartes de la opinión
pública, proteo del ser, pluto, creso, midas,
onasis de la idea, freud de la razón,
ezequiel de la luz, alejandro del idioma,
bolívar de la palabra, se nos deja
aproximar como si fuéramos iguales
permitiendo tutearlo, poder decirnos
cómo estás, cómo estuvo eso, cuéntanos
haznos conocer, ansiamos, necesitamos,
nos urge saber. Clark Kent es el que sabe
y el que está entre nosotros, los anónimos,
y ellos, los epónimos, y aun así
participa de nuestra inutilidad,
nulidad, de nuestra abnegación, de esta
innata, atávica, adánica timidez
de estúpidos, los más que estúpidos,
los extranjeros, los inválidos, estos
que no pudimos ni podremos estar
adentro, los inferiores, los ínfimos,
esos desgraciados pobres diablos
paupérrimos que no sabemos ni supimos
nada, aquellos execrables invasores
que no sabremos nada de nada… aquello.
Clark Kent nos salva, espartaco
de menesterosos ignorantes apátridas,
nos colma, nos significa, nos da el significado,
inventa ser uno de nosotros, miente ser
de nosotros el tímido, el encubierto,
y calcula, especula estafando
nuestra perfecta credulidad de imbéciles,
nuestra normal anormalidad desde
su juicio, desde él natural a nuestra
condición natural de idiotas, y cerca,
constriñe y avasalla, coloniza
bajo una falsa realidad que nos cae
pusilánime falsamente repitiéndonos.
 
Y venís, mariposas, por caminos irreales
a nos: (otros).
 
**
 

Hay que cazar la hora.
Cuando Dante la cace escribirá La Comedia.
Un minuto más, un minuto menos, no podría.
Hablará con los muertos de él como antes
Homero con sus dioses. La poesía es un diálogo
consigo mismo, aún en momentos cuando
parece ser con otro semejante. Diálogo de uno
ante algo, ante alguien —en esencia— fuera
de forma, de la forma. Nunca entre hombres.
En poesía no hay ilusiones ópticas,
ni auditivas, ni de ninguna otra especie.
Si tal fuere, sí, pues equivaldría
a la conversación que el hombre
—como en una sala de espejos—
sostuviera con sus imágenes (anamorfosis)
equívocamente reales.
Real el surrealismo.
Para conocerse mejor hay que conocer a los demás.
No hay mundo si no hay un hombre en él
y no hay hombre si en él no hay un mundo.
Para verse, ver;
para ver, verse.
Aquí el encanto fatal del iris de Narciso.
En un mundo en que no existiera
lo que la costumbre considera
únicamente como espejo,
el hombre se vería,
volvería a verse en los otros,
o en los no otros.
Aquí el fatal desencanto del iris de Narciso.
El ojo hace el espejo de él.
Del ojo —espejo vivo— al espejo muerto
—la copia—.
Siempre se ha tenido espejo,
aunque estuviere encubierto.
El hombre es el espejo del hombre.
La viva imagen, consciente,
fuera del espejo.
El espejo hacia atrás.
Y hacia adentro.
El espejo es la muerte de la imagen.
Si no hubiera cómo ni en qué
poder verse —y ver para mirar,
distinguir para diferenciar—
el hombre se ignoraría
en su precario instinto de conservación
a tal modo de enojarse, sí esto le cupiere
contra el estorbo
en que casualmente tropezare,
y le diría: —si esto le cupiere también—
bruto, imbécil, estúpido,
y le daría una patada,
pues el estorbo no sería esto que es
sino otro, imbécil, que me molesta.
He aquí lo que hubiera sido hombre.
¿Qué?
¿Qué digo yo sin no ser acto de decirme,
sin moverme en el ansia, en el sueño,
en la memoria?
¿No se es ni se tiene más que el acto solo?
¿Qué puedo decir que soy
sin moverme en el saber, en el sentir
que soy? ¿Y qué es lo que ha sido
sin el hombre? ¿Ha habido nombre
aquí, allá, ayer, ahora?
Si así fuese hubiera sucesión,
y si hubiere sucesión habrá permanencia,
si habría permanencia hay universalidad.
Sucesión no es repetición
como repetición no es igualdad fuera de sí,
si no en sí, sino en sí
por esto de lo móvil del hombre
a lo inmóvil del ser,
no al ser inmóvil, no de ser
y conquistar, re-conquistar
desde el ser del estarla permanencia universal del ser.
Pudiera, incluso, hablarse de permanencia
muerta, no absoluta, que en esta
el hombre volvería a desaparecer, y con él,
el espejo del mundo en él, su espejo,
y este modo de decirse que es otro espejo,
otro modo de decirse,
de señalarse esta permanencia
y universalidad que Poesía,
vértice de tinieblas,
foso de relumbres,
lengua única del hombre
hasta ser único modo de decir-Nos,
de señalarnos universal y permanentemente
este modo de ser, ella misma, y en ella,
zarza de Yavé, prediciéndonos desde la Noche,
diciéndonos en la tarde cazada en el esposo muerto,
nos firma, a-firma y con-firma.
Ser sin imagen.
Fuera de ella, caos, confusión,
bruma de Babel, la torre trunca.
¿Si no en ella en dónde entonces, ya asunta,
la colmada asunción de él,
por él, con él y para él?
¿En dónde si no en ella el ser del tiempo,
el tiempo del ser, de ser del ser, de ser,
y ser tiempo en esencia
y permanente esencia única de verdad?
No la belleza su sentido.
Su pulso sí, su impulso. 
La belleza no es plasma de Poesía,
su asunto: la esencia.
La belleza es iris de la luz. No la luz.
Gusto del fruto. No sabor.
Uno en esencia.
Y lo que aquel dijo —dice— de él
por aquellos, o dice de aquellos,
por nosotros, por él, no lo entenderíamos
si no fuera única lengua,
ni nos atañería si no hubiera
tal permanencia y tal universalidad
de uno por lo que somos uno de tiempo
y tiempo siempre en esencia de verdad,
alba de iniciación,
sangre de crepúsculo.

***
 

Poemas sueltos de Edilberto Cardona Bulnes
 
La Catedral

De arcilla. Greda y grave, cal, arena.
Y piedra, piedra, piedra, agua, yeso.
Y de espalda tirante hasta el cerezo,
hasta el tinto clavel, subió la pena.
Ascendió porque sí, dócil, morena,
y al falso del andamio, vino el hueso,
a tributar su novilunio espeso
ya fuera de los días y la almena.
Así llegó el milagro que la dora,
sin confesar quién la llevó al encuentro
del amado, total, que la enamora.
Y el que la alzó, oscuro, de su centro,
si se quiere ignorar, o se le ignora,
allí quedó, crucificado, dentro.


Carta para Mina

Mina querida, 
Mina de los perros y de los pájaros,
de los libros, la música y la virgen:
Como quiero escribirte una prosa ligera...
ligera  sí, como una brisa que va de un lado a otro
sin saber si se posa en los geranios ácidos
o en los azahares amargos,
o en la hierba escondida donde las garzas
abandonan la espuma que se traen de las nubes.
Una prosa delgada y fuerte como la ternura,
que te abrigue sin sofocarte
y te anime sin someterte.
Mina querida
de los perros que gozan de tus ojos enormes
como de dos soles glaucos,
como de dos lagos plácidos
en que desean bañarse y correr
por las playas de palmeras oscuras
y pasar la línea azul del iris
del último horizonte.
Mina querida
de los pájaros que la miran pasar
como una alondra más, nostálgica de los tilos celestes.
Mina querida
de los libros y la música,
de ellos que la sienten como una enfermera
de esperanzas curándoles las heridas,
como la madre que vela por ellos y los arropa
en las madrugadas del helado abandono,
peligroso, inseguro;
de la música que sabe de sus sinalefas de paz,
de sus ligaduras de justicia
del punto y coma de su perdón.
Mina querida
de la virgen que la toma,
casi por asumirla,
como una de las últimas florcillas
ocultas de la tierra dolorosa
entre las altas montañas de la duda y del odio
y negros torrentes de la sangre y las lágrimas.
Mina,
yo descanso también a la orilla del agua
como uno de esos hermanitos chiquitos
que te quieren,
y te doy esto ya,
que no sé qué es,
si prosa o no, es tuyo,
sino, no te lo entrego nunca.


Final del éxodo
            
Mi padre dejó de estar aquí un treinta y uno de marzo.
Se fue en la madrugada y se internó en la tarde.
A las últimas paletadas de tarde quedó un bulto
de nubes que lo tragó la noche.
Le vestí yo. Y mi hermano. Juntos lo pusimos en la caja. Mi madre,
buscó con Cristo una medalla, en cruz, para el pecho, y un velo
para el rostro, en su baúl, y una sábana blanca
que trajo un hondo olor secreto a sacro bosque.
Prendí la cruz en su camisa mía y le enlacé las manos como
lo hacía, dedo a dedo, sin pesares. No hubo menester de cerrarle
los ojos. Ni la boca. La cabeza la dejó, de lado, y el corazón,
oblato… así como si rozara una orilla blanquísima.
Yo no quería abrir la casa. Salí, dejándola cerrada
a telefonear a mis hermanas. Volví con Ángel. Mandé abrir la fosa.
Hice el altar. Ángel se fue a terminar unos encargos, y, por primera vez,
los tres: mi madre, él, yo, a puertas cerradas, cada quien quedó solo.
Yo hubiera deseado no tener que abrir. Me refugié
en mi corazón, en lo remoto blanco. Y no sé.
Pero tuve que abrir bajo o sobre mi corazón,
ante dios, desde él. Mi madre y yo rezamos solos.
A las tres doblaron. Mamá se sobó la frente, y dijo: “Vaya, pues,
que le vaya bien. Que dios lo bendiga”. Yo le palpé las manos. A las
cuatro fue la Misa. Y el coro del colegio lo subió a una iglesia de música.
Y sin ver aquí seguía yo oyendo en la luz ante el obispo acá a San Mateo.
Llegamos al cementerio. Vi descender la caja, caer la tierra a lo profundo.
Alfredo, un estudiante, como Tobit, agarró la pala, Moncho, y otros hombres,
y las manos sudando fueron como verano victorioso.
Niños aparecieron sembrando flores sobre la tumba alta.
El diez de abril quemé sus últimas cositas: —había ya quemado
su frazadita verde— su camita de ocote, su colchoncito,
su sabanita, su almohada, sus zapatos viejos, sus tres camisas,
su pantalón café, su pailita amarilla, su tacita acua, y su jarrito rojo.
Dos hermanos y yo le dimos fuego. Mi hermana se entró con Juana.
Bertha y yo nos quedamos viendo los últimos carbones.
Y lloramos. No había viento.
Las cenizas quedaron en el patio.
El lunes once di parte de su muerte. —"¿Nombre?”—Rafael.
1890. de Gregoria Cardona y de Lorenzo Andrada.
“¿Profesión?” —Zapatero. —“¿Escolaridad?” —Secundaria.
—"¿Deja bienes?”—… (El me enseñó a servir, a leer, a pensar…
Me dijo ya para morir: “Ya me voy. Me voy al cementerio.
Dios es el creador de todo el universo y de todos los hombres.
He tenido la fortuna de tenerte, que Dios te proteja”. Y viendo a José,
refiriéndose a mí, agregó: “Es tu hermano. Es tu hermano”.
Le pregunté que cómo se sentía, y respondió que bien.
Sólo dos veces lo vi en vida abandonar la cabeza.
Eran las vísperas. Ah, cómo deseaba volver a oírlo conversar,
referir leyendas, historias de caminos, una historia.
Jamás habló mal de nadie y jamás habló mal.
Unos meses antes que le leía no sé a quién y a Char, le dije
por ver si estaba atento “¿Te gustan?” —“Sí, mucho,
los dos son buenos”…No sé si era a Rimbaud.
—“¿Deja bienes?”
… pero Char es tan denso.”)
—Ninguno. (Eso. Esto. Este poema es suyo.
Pero esto no es nada.) Nada.


Despedida

Dejar la paz construida con las penas,
lo poquito de un sueño medio hecho, 
el velo roto púrpura, y el techo
caído del laurel con azucenas.
Supo todo del vértigo, y apenas
una lágrima basta para el pecho,
y en el rico albañal que baja estrecho
lo que fuera mi amor se va en arenas.
Que esta casa se vino y era mía
se negaron de un golpe las ventanas
anulando los pájaros del día.
Me voy. No hay más. Mis manos van abiertas.
Aquí siempre mi amor en cosas vanas.
Detrás lloran los arcos de mis puertas...
 
poemas-sueltos-de-edilberto-cardona
 
***
 
Gracias al poeta José González, quien a su vez agradece a Rolando Kattán la cortesía y hallazgo, co
nocemos la mítica de Los interiores, con la que  obtuvo el Premio Café Marfil, en Elche, 1973. 

*

Jonás, de Edilberto Cardona Bulnes
 
Edilberto Cardona Bulnes y la torre trunca 
 
A quien haya leído fragmentos de la obra de Edilberto Cardona Bulnes no le parecerá imposible la historia de un Samuel Beckett enviándole una tarjeta postal desde París a su Comayagua, después que leyera Los Interiores, editado en España en 1973 al obtener el Premio Café Marfil. La duda y el mito es su primer monumento. Al desaparecimiento de Jonás, publicado en Costa Rica en 1980 por EDUCA, y que ha sido motivo de tanta chismografía seudoliteraria, se suma el insólito egoísmo de personas que presumen de ser afortunados poseedores de sendas versiones completas y que no emprenden el trabajo de edición y difusión de esta obra excepcional. Así que, después de la extenuante búsqueda de este complejo monumento estético, poético y filosófico, mimalapalabra lo ha conseguido, y en esta vigesimotercera entrega nos complace haberles arrebatado el fuego a esos seres intrascendentes para dárselo a ustedes los lectores. Lo que sigue es una muestra de este libro mítico, para que después de su lectura coincidan con nosotros en que Edilberto Cardona Bulnes es lo más cercano que tenemos en Honduras a la idea de "poeta iluminado".
 
"Jonás… es un poema mural. El único, en el país, al cual se le podría adjudicar tal categoría". La Palabra iluminada, Helen Umaña.
 
Datos mínimos del poeta
 
Edilberto Cardona Bulnes nació en Comayagua en 1935 y murió en 1991. Obtuvo en 1973 el Premio Café Marfil de España con el poemario Los Interiores. Jonás se publicó en 1980 en EDUCA, Costa Rica, y –según el mito- sus cuatro mil ejemplares desaparecieron a su llegada a Tegucigalpa.
 
Jonás (1980)
 
29-IX hablar del mundo y de un otro como el otro mundo. Y del lenguaje como el más completo medio de comunicación humana. Y de una, de otra, o de ti; Muerte, como la otra vida. Y de un blanco relámpago desnudo de dos blancos desnudos como dos piedras juntas en la punta de una torre libres del río lejos una en otra ya como un chorro de lluvia que era dos en la ventana de noche sin ver en el cristal lo que se vio por el otro; o un barco que salió de dos nubes y se fue sin verse más sobre la tarde, o dos raíces fuera de la tierra, sin historia, una a otra, encarnadas bebiéndose sin medio ni distancia para gritarse o decirnos amor, manzana, paraíso, entroncadas en uno en lo que es de uno

16-IX Pues bien, en aquel tiempo, una vez, y de esto hace bastante, iba en un carruaje. Oscuro. De qué color, no sé, tal vez de arena, de insomnio, de camino. No sabía quién era, ni lo suponía. Únicos viajeros nos confiábamos al cochero invisible. Chirriaban las ruedas sobre la nieve, y en la oscurana de agua al fin se vio que lo estampado era la carne viva de tatuajes.
17-IX Érase una noche ocre como para callarse de no ser el ruido del coche oiríamos las estrellas que nos vienen como gajos corintos, como racimos trasudando escarlatas. Llegamos a una parte, sola: Página Blanca, y pensamos oír: no ver demasiado lo blanco: ciega. A su tiempo cada quien deja su libro mediando silenciosos solitarios. Uno baja después para no subir más. Al bajar, ¿nos confundimos, confundimos los libros? El carruaje ha seguido, metiéndose en el bosque, en una bruma púrpura. El día sigue a la noche en des-cubrir la ciudad.

18-X La diferencia de los hijos de la tribu de Leví está aquí en la verdad de su corazón. Que esta poesía i-rreal de Jorge Trakl nos pese más que el realismo de “El Canto General” es del vero cristal de mis ojos de Amnón de la noche imposible. Vos, noche virgen, tenés el peso oscuro, y vos, verdad a oscuras, peso de siglos.

18-X Manos llenas de gasa de Muerte estas de Celan luchando por huir del velo de la palabra, -no tu secreto fiel, Penélope-. Sagrado tuyo, Yocasta. Ay, que eres ciego rasgándolo. Inservible tu deslumbrado rojo. Fuera, inútil, a arder vacío, quedar para siempre en Colono perdido.
21-X Tú ansías expresar las cosas. Déjalas. Se expresan. Que se expresen. -Si nos expresaren-. Deja que la palabra se diga. Sea la pintura la que haya de buscar la manta, el cuadro, el color. No al revés. Nazca con él. Bien sentimos que en nuestra boca la palabra agoniza. Bien sabemos que en nuestra mano la palabra muere para re-vivir en el poema, en poesía cuando Poesía la halla. No encuentra. Es encontrada. La re-encontrada. A lo mejor se encuentren, entonces, y siempre lo uno no es sin lo otro así como la flor no es por hallarla, sino por hallarse. La energía crea a la materia como la función al órgano. “Haya luz”; (Génesis-1), y hubo luz.

2-III Aquí se está en un saco, cosido, con un gallo, un gato y un mono, en el mar, y dentro de la ballena. Todo está en descocer el gallo –el saco-, deshacerse del saco –del gallo-, del gato y del mono. Y entrar de lleno hasta el píloro, quizás al cardias, más no, arriba no. Prohibido. Sagrado. La salida es por el culo.

20-VIII Tú sabes, Muerte, que si leo, es el perdido libro de Jaser cuando se detiene el plenilunio. Mi poesía es todo lo que no es desde antes muy antes del primer cautiverio. Que si alguien nos acompaña en este río de sombra, ah, Caronte, es mi perro, gemelo del perro de Tobías en el único parto de la hembra de Cancerbero.

27-V El carnicero apareció ya con el alba degollada. Hubiera sido un claro día. Pero el carnicero está aquí, con el cuchillo, blandiéndolo, y la sangre, ay, manando de la garganta.

29-11 Y sucede que Judit vuelve, y está aquí, ante Holofernes, ebrio, denso púrpura quitándose los espaldares de oro, el pectoral de plata, el férreo casco azul, las perneras de bronce, tendiéndose en la invalidez del cuello, el descuido del pecho, la confianza del vientre, dejándose a la impotencia de la periferia y franqueándonos por el centro. Soledad. El amparo del arma, afuera. Yacente. Judit, desvistiéndose. Huele la selva virgen de la noche, bullen las cataratas de la noche, llamean las antorchas en la gruta de la medianoche. Desnuda: suntuosa, vestida, de sortijas, sonríes. Centelleo de alfanjes circulares, constrictores, succionantes. Labios ibis en vuelos rozándose las alas encerrando lo hondo del encuentro. Pupilas dilatándose, contrayéndose, suspendiendo, adormilando la paloma del viaje. Aluzas, Ciegas. Se y se cierra para gustar, saborear, devorar, engullir lo que no posee. Troya arrastra el caballo de palo, el oscuro trofeo equino, y en el animal obscuro Edipo vuelvo y entro en demanda de Tebas, del hogar, de mi cuna, del reino de mi madre. Edipo busca por adentro. Judit busca por afuera. La madre se ha cortado al romperse el cordón y Holofernes, por degüello, te escapas de un salto mortal. Lloro de troyanas. Desbande de asirios. En tierra dos ejércitos, dos detritos, dos bultos, vencidos, en la blanda arena azul de un agrio abandono lunar, amaneciendo. El sucio barrendero deja las calles limpias.

13-IV Hay que cazar la hora. Cuando Dante la cace escribirá La Comedia. Un minuto más, un minuto menos, no podría. Hablará con los muertos de él como antes Homero con sus dioses. La poesía es un diálogo consigo mismo, aún en momentos cuando parece ser con otro semejante. Diálogo de uno ante algo, ante alguien –en esencia- fuera de forma, de la forma. Nunca entre hombres. En poesía no hay ilusiones ópticas, ni auditivas, ni de ninguna otra especie. Si tal fuere, sí, pues equivaldría a la conversación que el hombre -como en una sala de espejos- sostuviera con sus imágenes (anamorfosis) equívocamente reales. Real el surrealismo. Para conocerse mejor hay que conocer a los demás. No hay mundo si no hay un hombre en él y no hay hombre si en él no hay un mundo. Para verse, ver; para ver, verse. Aquí el encanto fatal del iris de Narciso. En un mundo en que no existiera lo que la costumbre considera únicamente como espejo, el hombre se vería, volvería a verse en los otros, o en los no otros. Aquí el fatal desencanto del iris de Narciso. El ojo hace el espejo de él. Del ojo –espejo vivo- al espejo muerto -la copia-. Siempre se ha tenido espejo, aunque estuviere encubierto. El hombre es el espejo del hombre. La viva imagen, consciente, fuera del espejo. El espejo es hacia atrás. Y hacia adentro. El espejo es la muerte de la imagen. Si no hubiera cómo ni en qué poder verse – y vera para mirar, distinguir para diferenciar- el hombre se ignoraría en su precario instinto de conservación a tal modo de enojarse, si esto le cupiere, contra el estorbo en que casualmente tropezare, y le diría: -si esto le cupiere también- bruto, imbécil, estúpido, y le daría una patada, pues el estorbo no sería esto que es sino otro, imbécil, que me molesta. He aquí lo que hubiera sido hombre. ¿Qué? ¿Qué digo yo sin no ser acto de decirme, sin moverme en el ansia, en el sueño, en la memoria? ¿No se es ni se tiene más que el acto solo? ¿Qué puedo decir que soy sin moverme en el saber, en el sentir que soy? ¿Y qué es lo que sido sin el hombre? ¿Ha habido hombre aquí, allá, ayer, ahora? Si así fuese hubiera sucesión, y si hubiere sucesión habrá permanencia, si habría permanencia hay universalidad. Sucesión no es repetición como repetición no es igualdad fuera de sí, si no en sí, sino en sí por esto de lo móvil del hombre a lo inmóvil del ser, no al ser inmóvil, no de ser, y conquistar, re-conquistar desde el ser del estar la permanencia universal del ser. Ser sin imagen. Fuera de ella, caos, confusión, bruma de Babel, la torre trunca. ¿Si no en ella en dónde entonces, ya asunta, la colmada asunción de él, por él, con él y para él? ¿En dónde si no en ella el ser del tiempo, el tiempo del ser, de ser del ser, de ser, y ser tiempo en esencia y permanente esencia única de verdad?

14-X Vivimos de amor y con amor, de la fe nos mantenemos, de la esperanza que nos sostenemos verdaderamente pobres de solemnidad de las cosas de la tierra. (El mundo es otra cosa.) Vivimos de caridad sin comprarnos nada regalándonos todo. Vivimos de la caridad, de por vida suya, de la caridad de vida de por vida. Nada nos sobra. Nada nos hace falta. Nuestra abundancia colma los veranos para los otoños y los inviernos pálidos. No conocemos otro cielo más que éste que a lo mejor es el único, el mismo que da sobre esta parda ciudad la comba ala de su pájaro azul reclinando de tarde en tarde la bella cabeza sobre nuestra cabeza alzada en alto, en vilo, rozándose. Entre nos hablamos de tus ojos, de tus manos mías, de mi frente tuya, de tus zapatos y mi camisa, de las sábanas con nombre tuyo y mío, en monograma; de las dificultades para mantener siempre limpia la casa con tanto polvo afuera, silenciosa con tanta bulla de carros, fresca ante tanto calor y seca entre tanta humedad. De lo caro de los víveres, la subida de precios, los impuestos, el alto costo de la vida. De los poco amigos que tenemos pero buenos como el pan y escasos como los buenos libros, y hasta de lo desconocido. De los mismos gratos recuerdos que sólo a nosotros hacen gozar porque somos nosotros mismos; de lo que hicimos este año y de lo que haremos en el próximo; del sueño que tuvimos y resultó verdad. De los niños que se pierden en la plaza, de los jóvenes que se embriagaron antes de que comenzara la fiesta y no se dieron cuenta, y de aquella que se volvió triste bajo la lluvia; del baile que no hubo porque no había luz, y de la vieja lámpara que hicimos funcionar en la tiniebla hasta que nos halló el alba, en nuevo día, solos uno en el otro, los dos en nubes en verdadero música bailando enamorados. Del juego que iba a haber y era mentira. De la muchacha que encontraron muerta y no se supo quién era. Del joven que con varios amigos tuvo un accidente fatal pero sobreponiéndose los llevó a la clínica, llamó a los padres y se fue a su casa a darse cuenta con su madre que iba muerto.

21-X En absoluto no es necesario para nada el poeta en el mundo. Nunca. Desde la vida de su poesía nunca se da solo, sólo en su poesía para entrarnos a la poesía, a la vida poética, a la vida de la poesía, a la otra vida, a la poesía del hombre, de la vida y del mundo, y darnos de todo a lo sumo sólo la imagen sola para hallar en ella nosotros solos la medida sólo de nuestra sola imagen, la medida del silencio, del silencio a la palabra, del espejo al espejismo, de la realidad, de la realidad a la ficción, de la verdad a la mentira, de la muerte, de la muerte a la vida, la proporción de que la ficción es a la muerte lo que la muerte es a la nada, o la identidad de que la verdad es al amor lo que la realidad es a la vida, y en esta dimensión poder saber hasta dónde son en ficción amados los bellos ídolos del amor o en verdad amado el dios vivo de Amor, y hasta dónde somos y estamos de verdad en el tiempo de la vida o en la vida del tiempo y en el ser de la vida o en la vida del ser y ser vivo tiempo del ser, o si estamos y no sabemos en la ficción del ser como ciegos peces de una imposible antártica inexistente para un principio desde el principio muertos en el fondo, o en el boomerang de nadie perdido para nadie, o en el salvaje hielo de una navaja de afeitar no tanto porque se nos empuje una muerte distinta, brutal, salvaje, que al fin y al cabo se habría de conocer, sino que por ella se nos presenta como humano algo no humanoide, humanesco, algo que no llega desgraciadamente ni siquiera a la más triste sombra de un árbol hecho piedra. Es nada. Casa del ser: casa de Dios. Nada. Puras palabras. No más acto de ser del ser. Esta flor. Esta hierba. Nada. Sangre de Abel y sombra. Nada. Palabras. Cuajos de luz. Simples palabras; pura palabra, pura. No sé dónde qué en lo más recóndito de este pañuelo blanco.

22-V Yo no hube, no habría querido esto. Hubiera querido, no sé, otra cosa. Hasta habría, quise huir de la Voz. Yo no he querido esto. Quería otra cosa, otra orilla de luz. Qué importa lo que yo haya querido. La voz me subía por acá, y hoy, con los labios quemados, no querría más, no quisiera menos. Y qué importa lo que quiera o quisiere, lo que hubiera o habré querido. Aquí, desencantado, des-encantado todo, no puedo ser feliz. Sin espejo ni marco esta alegría: no seré feliz. Gozo este infierno. Vivo. Alegría sin marca en esta ardiente arena. No querré nada en este hirviente polvo. Ya este infierno es mi paraíso. No quiero nada.

   

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