Poemas de Edilberto Cardona
Bulnes de su libro “perdido”:
Jonás, fin del mundo o líneas en una botella
Publicado por la Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA) en 1980, Jonás, fin del mundo o líneas en una botella, poemario del poeta hondureño Edilberto Cardona Bulnes, tuvo un tiraje de más o menos 5,000 ejemplares. De acuerdo con información no oficial, 4,000 de estos ejemplares fueron enviados a Honduras, pero al llegar al aeropuerto Toncontín, desaparecieron.
Publicado por la Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA) en 1980, Jonás, fin del mundo o líneas en una botella, poemario del poeta hondureño Edilberto Cardona Bulnes, tuvo un tiraje de más o menos 5,000 ejemplares. De acuerdo con información no oficial, 4,000 de estos ejemplares fueron enviados a Honduras, pero al llegar al aeropuerto Toncontín, desaparecieron.
La nula existencia de ejemplares de este libro en las bibliotecas hondureñas llevó a la Editorial Ypres a investigar, hasta que llegaron a Sistema de Bibliotecas, Documentación e Información de la Universidad de Costa Rica, y finalmente en la Biblioteca Carlos Monge Alfaro, localizaron un ejemplar completo. La Editorial Ypres hizo una recopilación íntegra de los poemas tras encontrar el ejemplar original. Esta es una selección de algunos poemas que componen ese libro «perdido». La transcripción es textual, incluyendo algunos posibles errores tipográficos.
***
Pedruscos rojos,
pedruscos blancos.
¿Me puedes ver, hermano?
Recordando pudiera hablar de un cinturón
de hierro, de un collar de piedra,
de una frontera de plomo, constriñéndome.
Literatería. Literaterismo de verseros.
Contigo, Muerte,
nos respiramos la palabra.
Quebramos el espejo de entre nosotros
y a oscuras, a ojos cerrados, te miras,
me miras, como me miro, como te miro.
cambiamos ojos.
¿Cuáles son los tuyos? ¿los míos?
Cuando estamos más lejos
es cuando vamos por la playa
de la mano, perdiéndonos en hierba,
en nieve, y hallándonos
en cualquier parte a toda hora,
y esto, volviéndonosles, intransmisible,
no se explica ni cantándolo.
Nuestro lo mío tuyo.
Sin reservas. Sin regateo.
No hay cuenta con los hombres.
No debemos nada. A nadie.
¿Qué me han de cobrar? ¡Bah! ¿Quiénes?
¿Saldo o total de qué? ¿Cuál es mi deuda?
**
Clark Kent emerge de lo cotidiano buscando
su permanencia sobre la
diaria grandiosidad
del periódico, visualizarse en la acción
deportiva, en la fresca juventud, infantilidad
instintiva del deporte y en la serena adultez
de la letra, el juego juego solo
y el juego del signo, lo inabstraíble
del acto, de lo real manifestándose, juego
vivo, y la realidad en abstraída
realidad altísima, sólo claridad
comunicándose, juego vívido; lo deportivo
y lo periódico, deporte y periodismo,
periodismo-deporte, lo fugaz renovándose,
nuevo, ¡ya!, fijación del instante,
del relámpago. Irrumpe día a día
cuajándose, vitalizándose a través
de los que han hecho de su vida
un juego palpitante, alucinante, candente,
ágil, digno de héroes, de campeones, dioses,
acto que asombra, pasma, da sentido,
razón a la existencia, como paradigmas
de lo supremo, espectacular, indiscutible,
indisputable, irrecusable culminación
de lo máximo, lo único. Clark Kent, este
permanente periodista de la instantaneidad
contemporánea, de los entusiastas múltiples,
multitudinarios, de la aventura colectiva
sobre los verdes engramados claros,
animosa, estimulante, tonificante, alegre,
sana, fenomenal, del triunfo de la prontitud,
la rapidez, lo raudo, la agilidad,
la oportunidad, la audacia, la fuerza,
la inteligencia, el vigor, el amor, el coraje,
el civismo, el poder, cúspide inobjetable
de lo épico, lo actual, lo dinámico,
lo vital, lo genial; este periodista activo,
vivo, hábil, íntegro, convive, vive
con los mejores ejemplares humanos
y baja hasta nosotros diariamente
a mezclarse con nosotros por la amplitud
el desprendimiento ecuánime del periodismo
en su función testimonial, social, popular,
directriz, humana, sin más compromiso
que cubrir y cumplir con el deber
de informarnos ni más satisfacción para sí
que la misma del deber que se cumple
en favor de naturalizarnos ciudadanos del mundo,
habitantes, contemporáneos de la hora
del progreso, de la evolución, del ser histórico,
con los que hacen la historia
y son la historia, los prototipos del género,
de la acción, del drama.
Clark Kent, nuestro cabal intermediario
lealtísimo, el informado, el conocedor,
sabedor de lo grande, de todo, de lo que no
supiéramos si no fuere por él, él,
el pavlov de la información; él, el bergson
de la novedad última, el perseo, teseo
de lo absurdo, prometeo, jesucristo
de la verdad, él, el servet de la vida;
él, el arquímides de las cosas; él, el sócrates
del honor; él, el descartes de la opinión
pública, proteo del ser, pluto, creso, midas,
onasis de la idea, freud de la razón,
ezequiel de la luz, alejandro del idioma,
bolívar de la palabra, se nos deja
aproximar como si fuéramos iguales
permitiendo tutearlo, poder decirnos
cómo estás, cómo estuvo eso, cuéntanos
haznos conocer, ansiamos, necesitamos,
nos urge saber. Clark Kent es el que sabe
y el que está entre nosotros, los anónimos,
y ellos, los epónimos, y aun así
participa de nuestra inutilidad,
nulidad, de nuestra abnegación, de esta
innata, atávica, adánica timidez
de estúpidos, los más que estúpidos,
los extranjeros, los inválidos, estos
que no pudimos ni podremos estar
adentro, los inferiores, los ínfimos,
esos desgraciados pobres diablos
paupérrimos que no sabemos ni supimos
nada, aquellos execrables invasores
que no sabremos nada de nada… aquello.
Clark Kent nos salva, espartaco
de menesterosos ignorantes apátridas,
nos colma, nos significa, nos da el significado,
inventa ser uno de nosotros, miente ser
de nosotros el tímido, el encubierto,
y calcula, especula estafando
nuestra perfecta credulidad de imbéciles,
nuestra normal anormalidad desde
su juicio, desde él natural a nuestra
condición natural de idiotas, y cerca,
constriñe y avasalla, coloniza
bajo una falsa realidad que nos cae
pusilánime falsamente repitiéndonos.
Y venís, mariposas, por caminos irreales
a nos: (otros).
**
Hay que cazar la hora.
Cuando Dante la cace
escribirá La Comedia.
Un minuto más, un minuto menos, no podría.
Hablará con los muertos de él como antes
Homero con sus dioses. La poesía es un diálogo
consigo mismo, aún en momentos cuando
parece ser con otro semejante. Diálogo de uno
ante algo, ante alguien —en esencia— fuera
de forma, de la forma. Nunca entre hombres.
En poesía no hay ilusiones ópticas,
ni auditivas, ni de ninguna otra especie.
Si tal fuere, sí, pues equivaldría
a la conversación que el hombre
—como en una sala de espejos—
sostuviera con sus imágenes (anamorfosis)
equívocamente reales.
Real el surrealismo.
Para conocerse mejor hay que conocer a los demás.
No hay mundo si no hay un hombre en él
y no hay hombre si en él no hay un mundo.
Para verse, ver;
para ver, verse.
Aquí el encanto fatal del iris de Narciso.
En un mundo en que no existiera
lo que la costumbre considera
únicamente como espejo,
el hombre se vería,
volvería a verse en los otros,
o en los no otros.
Aquí el fatal desencanto del iris de Narciso.
El ojo hace el espejo de él.
Del ojo —espejo vivo— al espejo muerto
—la copia—.
Siempre se ha tenido espejo,
aunque estuviere encubierto.
El hombre es el espejo del hombre.
La viva imagen, consciente,
fuera del espejo.
El espejo hacia atrás.
Y hacia adentro.
El espejo es la muerte de la imagen.
Si no hubiera cómo ni en qué
poder verse —y ver para mirar,
distinguir para diferenciar—
el hombre se ignoraría
en su precario instinto de conservación
a tal modo de enojarse, sí esto le cupiere
contra el estorbo
en que casualmente tropezare,
y le diría: —si esto le cupiere también—
bruto, imbécil, estúpido,
y le daría una patada,
pues el estorbo no sería esto que es
sino otro, imbécil, que me molesta.
He aquí lo que hubiera sido hombre.
¿Qué?
¿Qué digo yo sin no ser acto de decirme,
sin moverme en el ansia, en el sueño,
en la memoria?
¿No se es ni se tiene más que el acto solo?
¿Qué puedo decir que soy
sin moverme en el saber, en el sentir
que soy? ¿Y qué es lo que ha sido
sin el hombre? ¿Ha habido nombre
aquí, allá, ayer, ahora?
Si así fuese hubiera sucesión,
y si hubiere sucesión habrá permanencia,
si habría permanencia hay universalidad.
Sucesión no es repetición
como repetición no es igualdad fuera de sí,
si no en sí, sino en sí
por esto de lo móvil del hombre
a lo inmóvil del ser,
no al ser inmóvil, no de ser
y conquistar, re-conquistar
desde el ser del estarla permanencia universal del ser.
Pudiera, incluso, hablarse de permanencia
muerta, no absoluta, que en esta
el hombre volvería a desaparecer, y con él,
el espejo del mundo en él, su espejo,
y este modo de decirse que es otro espejo,
otro modo de decirse,
de señalarse esta permanencia
y universalidad que Poesía,
vértice de tinieblas,
foso de relumbres,
lengua única del hombre
hasta ser único modo de decir-Nos,
de señalarnos universal y permanentemente
este modo de ser, ella misma, y en ella,
zarza de Yavé, prediciéndonos desde la Noche,
diciéndonos en la tarde cazada en el esposo muerto,
nos firma, a-firma y con-firma.
Ser sin imagen.
Fuera de ella, caos, confusión,
bruma de Babel, la torre trunca.
¿Si no en ella en dónde entonces, ya asunta,
la colmada asunción de él,
por él, con él y para él?
¿En dónde si no en ella el ser del tiempo,
el tiempo del ser, de ser del ser, de ser,
y ser tiempo en esencia
y permanente esencia única de verdad?
No la belleza su sentido.
Su pulso sí, su impulso.
Recordando pudiera hablar de un cinturón
de hierro, de un collar de piedra,
de una frontera de plomo, constriñéndome.
Literatería. Literaterismo de verseros.
Contigo, Muerte,
nos respiramos la palabra.
Quebramos el espejo de entre nosotros
y a oscuras, a ojos cerrados, te miras,
me miras, como me miro, como te miro.
cambiamos ojos.
¿Cuáles son los tuyos? ¿los míos?
Cuando estamos más lejos
es cuando vamos por la playa
de la mano, perdiéndonos en hierba,
en nieve, y hallándonos
en cualquier parte a toda hora,
y esto, volviéndonosles, intransmisible,
no se explica ni cantándolo.
Nuestro lo mío tuyo.
Sin reservas. Sin regateo.
No hay cuenta con los hombres.
No debemos nada. A nadie.
¿Qué me han de cobrar? ¡Bah! ¿Quiénes?
¿Saldo o total de qué? ¿Cuál es mi deuda?
**
Clark Kent emerge de lo cotidiano buscando
del periódico, visualizarse en la acción
deportiva, en la fresca juventud, infantilidad
instintiva del deporte y en la serena adultez
de la letra, el juego juego solo
y el juego del signo, lo inabstraíble
del acto, de lo real manifestándose, juego
vivo, y la realidad en abstraída
realidad altísima, sólo claridad
comunicándose, juego vívido; lo deportivo
y lo periódico, deporte y periodismo,
periodismo-deporte, lo fugaz renovándose,
nuevo, ¡ya!, fijación del instante,
del relámpago. Irrumpe día a día
cuajándose, vitalizándose a través
de los que han hecho de su vida
un juego palpitante, alucinante, candente,
ágil, digno de héroes, de campeones, dioses,
acto que asombra, pasma, da sentido,
razón a la existencia, como paradigmas
de lo supremo, espectacular, indiscutible,
indisputable, irrecusable culminación
de lo máximo, lo único. Clark Kent, este
permanente periodista de la instantaneidad
contemporánea, de los entusiastas múltiples,
multitudinarios, de la aventura colectiva
sobre los verdes engramados claros,
animosa, estimulante, tonificante, alegre,
sana, fenomenal, del triunfo de la prontitud,
la rapidez, lo raudo, la agilidad,
la oportunidad, la audacia, la fuerza,
la inteligencia, el vigor, el amor, el coraje,
el civismo, el poder, cúspide inobjetable
de lo épico, lo actual, lo dinámico,
lo vital, lo genial; este periodista activo,
vivo, hábil, íntegro, convive, vive
con los mejores ejemplares humanos
y baja hasta nosotros diariamente
a mezclarse con nosotros por la amplitud
el desprendimiento ecuánime del periodismo
en su función testimonial, social, popular,
directriz, humana, sin más compromiso
que cubrir y cumplir con el deber
de informarnos ni más satisfacción para sí
que la misma del deber que se cumple
en favor de naturalizarnos ciudadanos del mundo,
habitantes, contemporáneos de la hora
del progreso, de la evolución, del ser histórico,
con los que hacen la historia
y son la historia, los prototipos del género,
de la acción, del drama.
Clark Kent, nuestro cabal intermediario
lealtísimo, el informado, el conocedor,
sabedor de lo grande, de todo, de lo que no
supiéramos si no fuere por él, él,
el pavlov de la información; él, el bergson
de la novedad última, el perseo, teseo
de lo absurdo, prometeo, jesucristo
de la verdad, él, el servet de la vida;
él, el arquímides de las cosas; él, el sócrates
del honor; él, el descartes de la opinión
pública, proteo del ser, pluto, creso, midas,
onasis de la idea, freud de la razón,
ezequiel de la luz, alejandro del idioma,
bolívar de la palabra, se nos deja
aproximar como si fuéramos iguales
permitiendo tutearlo, poder decirnos
cómo estás, cómo estuvo eso, cuéntanos
haznos conocer, ansiamos, necesitamos,
nos urge saber. Clark Kent es el que sabe
y el que está entre nosotros, los anónimos,
y ellos, los epónimos, y aun así
participa de nuestra inutilidad,
nulidad, de nuestra abnegación, de esta
innata, atávica, adánica timidez
de estúpidos, los más que estúpidos,
los extranjeros, los inválidos, estos
que no pudimos ni podremos estar
adentro, los inferiores, los ínfimos,
esos desgraciados pobres diablos
paupérrimos que no sabemos ni supimos
nada, aquellos execrables invasores
que no sabremos nada de nada… aquello.
Clark Kent nos salva, espartaco
de menesterosos ignorantes apátridas,
nos colma, nos significa, nos da el significado,
inventa ser uno de nosotros, miente ser
de nosotros el tímido, el encubierto,
y calcula, especula estafando
nuestra perfecta credulidad de imbéciles,
nuestra normal anormalidad desde
su juicio, desde él natural a nuestra
condición natural de idiotas, y cerca,
constriñe y avasalla, coloniza
bajo una falsa realidad que nos cae
pusilánime falsamente repitiéndonos.
Y venís, mariposas, por caminos irreales
a nos: (otros).
**
Hay que cazar la hora.
Un minuto más, un minuto menos, no podría.
Hablará con los muertos de él como antes
Homero con sus dioses. La poesía es un diálogo
consigo mismo, aún en momentos cuando
parece ser con otro semejante. Diálogo de uno
ante algo, ante alguien —en esencia— fuera
de forma, de la forma. Nunca entre hombres.
En poesía no hay ilusiones ópticas,
ni auditivas, ni de ninguna otra especie.
Si tal fuere, sí, pues equivaldría
a la conversación que el hombre
—como en una sala de espejos—
sostuviera con sus imágenes (anamorfosis)
equívocamente reales.
Real el surrealismo.
Para conocerse mejor hay que conocer a los demás.
No hay mundo si no hay un hombre en él
y no hay hombre si en él no hay un mundo.
Para verse, ver;
para ver, verse.
Aquí el encanto fatal del iris de Narciso.
En un mundo en que no existiera
lo que la costumbre considera
únicamente como espejo,
el hombre se vería,
volvería a verse en los otros,
o en los no otros.
Aquí el fatal desencanto del iris de Narciso.
El ojo hace el espejo de él.
Del ojo —espejo vivo— al espejo muerto
—la copia—.
Siempre se ha tenido espejo,
aunque estuviere encubierto.
El hombre es el espejo del hombre.
La viva imagen, consciente,
fuera del espejo.
El espejo hacia atrás.
Y hacia adentro.
El espejo es la muerte de la imagen.
Si no hubiera cómo ni en qué
poder verse —y ver para mirar,
distinguir para diferenciar—
el hombre se ignoraría
en su precario instinto de conservación
a tal modo de enojarse, sí esto le cupiere
contra el estorbo
en que casualmente tropezare,
y le diría: —si esto le cupiere también—
bruto, imbécil, estúpido,
y le daría una patada,
pues el estorbo no sería esto que es
sino otro, imbécil, que me molesta.
He aquí lo que hubiera sido hombre.
¿Qué?
¿Qué digo yo sin no ser acto de decirme,
sin moverme en el ansia, en el sueño,
en la memoria?
¿No se es ni se tiene más que el acto solo?
¿Qué puedo decir que soy
sin moverme en el saber, en el sentir
que soy? ¿Y qué es lo que ha sido
sin el hombre? ¿Ha habido nombre
aquí, allá, ayer, ahora?
Si así fuese hubiera sucesión,
y si hubiere sucesión habrá permanencia,
si habría permanencia hay universalidad.
Sucesión no es repetición
como repetición no es igualdad fuera de sí,
si no en sí, sino en sí
por esto de lo móvil del hombre
a lo inmóvil del ser,
no al ser inmóvil, no de ser
y conquistar, re-conquistar
desde el ser del estarla permanencia universal del ser.
Pudiera, incluso, hablarse de permanencia
muerta, no absoluta, que en esta
el hombre volvería a desaparecer, y con él,
el espejo del mundo en él, su espejo,
y este modo de decirse que es otro espejo,
otro modo de decirse,
de señalarse esta permanencia
y universalidad que Poesía,
vértice de tinieblas,
foso de relumbres,
lengua única del hombre
hasta ser único modo de decir-Nos,
de señalarnos universal y permanentemente
este modo de ser, ella misma, y en ella,
zarza de Yavé, prediciéndonos desde la Noche,
diciéndonos en la tarde cazada en el esposo muerto,
nos firma, a-firma y con-firma.
Ser sin imagen.
Fuera de ella, caos, confusión,
bruma de Babel, la torre trunca.
¿Si no en ella en dónde entonces, ya asunta,
la colmada asunción de él,
por él, con él y para él?
¿En dónde si no en ella el ser del tiempo,
el tiempo del ser, de ser del ser, de ser,
y ser tiempo en esencia
y permanente esencia única de verdad?
No la belleza su sentido.
Su pulso sí, su impulso.
La
belleza no es plasma de Poesía,
su asunto: la esencia.
La belleza es iris de la luz. No la luz.
Gusto del fruto. No sabor.
Uno en esencia.
Y lo que aquel dijo —dice— de él
por aquellos, o dice de aquellos,
por nosotros, por él, no lo entenderíamos
si no fuera única lengua,
ni nos atañería si no hubiera
tal permanencia y tal universalidad
de uno por lo que somos uno de tiempo
y tiempo siempre en esencia de verdad,
alba de iniciación,
sangre de crepúsculo.
La belleza es iris de la luz. No la luz.
Gusto del fruto. No sabor.
Uno en esencia.
Y lo que aquel dijo —dice— de él
por aquellos, o dice de aquellos,
por nosotros, por él, no lo entenderíamos
si no fuera única lengua,
ni nos atañería si no hubiera
tal permanencia y tal universalidad
de uno por lo que somos uno de tiempo
y tiempo siempre en esencia de verdad,
alba de iniciación,
sangre de crepúsculo.
Poemas sueltos de Edilberto
Cardona Bulnes
La Catedral
La Catedral
De arcilla. Greda y grave, cal, arena.
Y piedra, piedra, piedra, agua, yeso.
Y de espalda tirante hasta el cerezo,
hasta el tinto clavel, subió la pena.
Ascendió porque sí, dócil, morena,
y al falso del andamio, vino el hueso,
a tributar su novilunio espeso
ya fuera de los días y la almena.
Así llegó el milagro que la dora,
sin confesar quién la llevó al encuentro
del amado, total, que la enamora.
Y el que la alzó, oscuro, de su centro,
si se quiere ignorar, o se le ignora,
allí quedó, crucificado, dentro.
Carta para Mina
Mina querida,
Mina de los perros y de los pájaros,
de los libros, la música y la virgen:
Como quiero escribirte una prosa ligera...
ligera sí, como una brisa que va de un lado a otro
sin saber si se posa en los geranios ácidos
o en los azahares amargos,
o en la hierba escondida donde las garzas
abandonan la espuma que se traen de las nubes.
Una prosa delgada y fuerte como la ternura,
que te abrigue sin sofocarte
y te anime sin someterte.
Mina querida
de los perros que gozan de tus ojos enormes
como de dos soles glaucos,
como de dos lagos plácidos
en que desean bañarse y correr
por las playas de palmeras oscuras
y pasar la línea azul del iris
del último horizonte.
Mina querida
de los pájaros que la miran pasar
como una alondra más, nostálgica de los tilos celestes.
Mina querida
de los libros y la música,
de ellos que la sienten como una enfermera
de esperanzas curándoles las heridas,
como la madre que vela por ellos y los arropa
en las madrugadas del helado abandono,
peligroso, inseguro;
de la música que sabe de sus sinalefas de paz,
de sus ligaduras de justicia
del punto y coma de su perdón.
Mina querida
de la virgen que la toma,
casi por asumirla,
como una de las últimas florcillas
ocultas de la tierra dolorosa
entre las altas montañas de la duda y del odio
y negros torrentes de la sangre y las lágrimas.
Mina,
yo descanso también a la orilla del agua
como uno de esos hermanitos chiquitos
que te quieren,
y te doy esto ya,
que no sé qué es,
si prosa o no, es tuyo,
sino, no te lo entrego nunca.
Final del éxodo
Mi padre dejó de estar aquí un treinta y uno de marzo.
Se fue en la madrugada y se internó en la tarde.
A las últimas paletadas de tarde quedó un bulto
de nubes que lo tragó la noche.
Le vestí yo. Y mi hermano. Juntos lo pusimos en la caja. Mi madre,
buscó con Cristo una medalla, en cruz, para el pecho, y un velo
para el rostro, en su baúl, y una sábana blanca
que trajo un hondo olor secreto a sacro bosque.
Prendí la cruz en su camisa mía y le enlacé las manos como
lo hacía, dedo a dedo, sin pesares. No hubo menester de cerrarle
los ojos. Ni la boca. La cabeza la dejó, de lado, y el corazón,
oblato… así como si rozara una orilla blanquísima.
Yo no quería abrir la casa. Salí, dejándola cerrada
a telefonear a mis hermanas. Volví con Ángel. Mandé abrir la fosa.
Hice el altar. Ángel se fue a terminar unos encargos, y, por primera vez,
los tres: mi madre, él, yo, a puertas cerradas, cada quien quedó solo.
Yo hubiera deseado no tener que abrir. Me refugié
en mi corazón, en lo remoto blanco. Y no sé.
Pero tuve que abrir bajo o sobre mi corazón,
ante dios, desde él. Mi madre y yo rezamos solos.
A las tres doblaron. Mamá se sobó la frente, y dijo: “Vaya, pues,
que le vaya bien. Que dios lo bendiga”. Yo le palpé las manos. A las
cuatro fue la Misa. Y el coro del colegio lo subió a una iglesia de música.
Y sin ver aquí seguía yo oyendo en la luz ante el obispo acá a San Mateo.
Llegamos al cementerio. Vi descender la caja, caer la tierra a lo profundo.
Alfredo, un estudiante, como Tobit, agarró la pala, Moncho, y otros hombres,
y las manos sudando fueron como verano victorioso.
Niños aparecieron sembrando flores sobre la tumba alta.
El diez de abril quemé sus últimas cositas: —había ya quemado
su frazadita verde— su camita de ocote, su colchoncito,
su sabanita, su almohada, sus zapatos viejos, sus tres camisas,
su pantalón café, su pailita amarilla, su tacita acua, y su jarrito rojo.
Dos hermanos y yo le dimos fuego. Mi hermana se entró con Juana.
Bertha y yo nos quedamos viendo los últimos carbones.
Y lloramos. No había viento.
Las cenizas quedaron en el patio.
El lunes once di parte de su muerte. —"¿Nombre?”—Rafael.
1890. de Gregoria Cardona y de Lorenzo Andrada.
“¿Profesión?” —Zapatero. —“¿Escolaridad?” —Secundaria.
—"¿Deja bienes?”—… (El me enseñó a servir, a leer, a pensar…
Me dijo ya para morir: “Ya me voy. Me voy al cementerio.
Dios es el creador de todo el universo y de todos los hombres.
He tenido la fortuna de tenerte, que Dios te proteja”. Y viendo a José,
refiriéndose a mí, agregó: “Es tu hermano. Es tu hermano”.
Le pregunté que cómo se sentía, y respondió que bien.
Sólo dos veces lo vi en vida abandonar la cabeza.
Eran las vísperas. Ah, cómo deseaba volver a oírlo conversar,
referir leyendas, historias de caminos, una historia.
Jamás habló mal de nadie y jamás habló mal.
Unos meses antes que le leía no sé a quién y a Char, le dije
por ver si estaba atento “¿Te gustan?” —“Sí, mucho,
los dos son buenos”…No sé si era a Rimbaud.
—“¿Deja bienes?”
… pero Char es tan denso.”)
—Ninguno. (Eso. Esto. Este poema es suyo.
Pero esto no es nada.) Nada.
Despedida
Dejar la paz construida con las penas,
lo poquito de un sueño medio hecho,
el velo roto púrpura, y el techo
caído del laurel con azucenas.
Supo todo del vértigo, y apenas
una lágrima basta para el pecho,
y en el rico albañal que baja estrecho
lo que fuera mi amor se va en arenas.
Que esta casa se vino y era mía
se negaron de un golpe las ventanas
anulando los pájaros del día.
Me voy. No hay más. Mis manos van abiertas.
Aquí siempre mi amor en cosas vanas.
Detrás lloran los arcos de mis puertas...
poemas-sueltos-de-edilberto-cardona
***
Gracias
al poeta José González, quien a su vez agradece a Rolando Kattán la cortesía y
hallazgo, co
nocemos la mítica de
Los interiores, con la que obtuvo el Premio Café Marfil, en
Elche, 1973.
*
Jonás,
de Edilberto Cardona Bulnes
Edilberto Cardona Bulnes y la torre trunca
A quien haya leído fragmentos de la obra de Edilberto Cardona Bulnes no le parecerá imposible la historia de un Samuel Beckett enviándole una tarjeta postal desde París a su Comayagua, después que leyera Los Interiores, editado en España en 1973 al obtener el Premio Café Marfil. La duda y el mito es su primer monumento. Al desaparecimiento de Jonás, publicado en Costa Rica en 1980 por EDUCA, y que ha sido motivo de tanta chismografía seudoliteraria, se suma el insólito egoísmo de personas que presumen de ser afortunados poseedores de sendas versiones completas y que no emprenden el trabajo de edición y difusión de esta obra excepcional. Así que, después de la extenuante búsqueda de este complejo monumento estético, poético y filosófico, mimalapalabra lo ha conseguido, y en esta vigesimotercera entrega nos complace haberles arrebatado el fuego a esos seres intrascendentes para dárselo a ustedes los lectores. Lo que sigue es una muestra de este libro mítico, para que después de su lectura coincidan con nosotros en que Edilberto Cardona Bulnes es lo más cercano que tenemos en Honduras a la idea de "poeta iluminado".
"Jonás… es un poema mural. El único, en el país, al cual se le podría adjudicar tal categoría". La Palabra iluminada, Helen Umaña.
Datos mínimos del poeta
Edilberto Cardona Bulnes nació en Comayagua en 1935 y murió en 1991. Obtuvo en 1973 el Premio Café Marfil de España con el poemario Los Interiores. Jonás se publicó en 1980 en EDUCA, Costa Rica, y –según el mito- sus cuatro mil ejemplares desaparecieron a su llegada a Tegucigalpa.
Edilberto Cardona Bulnes y la torre trunca
A quien haya leído fragmentos de la obra de Edilberto Cardona Bulnes no le parecerá imposible la historia de un Samuel Beckett enviándole una tarjeta postal desde París a su Comayagua, después que leyera Los Interiores, editado en España en 1973 al obtener el Premio Café Marfil. La duda y el mito es su primer monumento. Al desaparecimiento de Jonás, publicado en Costa Rica en 1980 por EDUCA, y que ha sido motivo de tanta chismografía seudoliteraria, se suma el insólito egoísmo de personas que presumen de ser afortunados poseedores de sendas versiones completas y que no emprenden el trabajo de edición y difusión de esta obra excepcional. Así que, después de la extenuante búsqueda de este complejo monumento estético, poético y filosófico, mimalapalabra lo ha conseguido, y en esta vigesimotercera entrega nos complace haberles arrebatado el fuego a esos seres intrascendentes para dárselo a ustedes los lectores. Lo que sigue es una muestra de este libro mítico, para que después de su lectura coincidan con nosotros en que Edilberto Cardona Bulnes es lo más cercano que tenemos en Honduras a la idea de "poeta iluminado".
"Jonás… es un poema mural. El único, en el país, al cual se le podría adjudicar tal categoría". La Palabra iluminada, Helen Umaña.
Datos mínimos del poeta
Edilberto Cardona Bulnes nació en Comayagua en 1935 y murió en 1991. Obtuvo en 1973 el Premio Café Marfil de España con el poemario Los Interiores. Jonás se publicó en 1980 en EDUCA, Costa Rica, y –según el mito- sus cuatro mil ejemplares desaparecieron a su llegada a Tegucigalpa.
Jonás (1980)
29-IX hablar del mundo y de un otro como el otro mundo. Y del lenguaje como el más completo medio de comunicación humana. Y de una, de otra, o de ti; Muerte, como la otra vida. Y de un blanco relámpago desnudo de dos blancos desnudos como dos piedras juntas en la punta de una torre libres del río lejos una en otra ya como un chorro de lluvia que era dos en la ventana de noche sin ver en el cristal lo que se vio por el otro; o un barco que salió de dos nubes y se fue sin verse más sobre la tarde, o dos raíces fuera de la tierra, sin historia, una a otra, encarnadas bebiéndose sin medio ni distancia para gritarse o decirnos amor, manzana, paraíso, entroncadas en uno en lo que es de uno
29-IX hablar del mundo y de un otro como el otro mundo. Y del lenguaje como el más completo medio de comunicación humana. Y de una, de otra, o de ti; Muerte, como la otra vida. Y de un blanco relámpago desnudo de dos blancos desnudos como dos piedras juntas en la punta de una torre libres del río lejos una en otra ya como un chorro de lluvia que era dos en la ventana de noche sin ver en el cristal lo que se vio por el otro; o un barco que salió de dos nubes y se fue sin verse más sobre la tarde, o dos raíces fuera de la tierra, sin historia, una a otra, encarnadas bebiéndose sin medio ni distancia para gritarse o decirnos amor, manzana, paraíso, entroncadas en uno en lo que es de uno
jonas-de-edilberto-cardona-bulnes
***
Graciasss/sinalefa.blogspot.com/2011/07/poemas-sueltos-de-edilberto-cardona
Graciasss/lababelsubterranea.wordpress.com/cardona-bulnes-el-poeta-que-intereso-a-un-premio-nobel/
Graciasss/casiliteral.com/silaba-viva/edilberto-cardona-bulnes-poeta-olvidado/
Graciasss/contracorriente.red/2024/08/24/poemas-de-su-libro-perdido-jonas-/
Graciasss/mimalapalabrahn.blogspot.com/jons-de-edilberto-cardona-bulnes
Comentarios
Publicar un comentario