ELISABETH MULDER

El viejo trío
 
Colombina, Pierrot, Arlequín. El viejo trío
que aparece del todo transformado.
En una clara noche de este estío
yo lo he visto pasar, modernizado.
 
Colombina, elegante y esquelética,
mostrando una silueta parisina.
Pierrot sin blanquear su faz patética
porque hoy quien se pinta es Colombina.
 
Arlequín, siempre a la caza de conquista,
mira a Colomba y tararea el allegro
sincopado de un canto de revista
mientras marca un compás de baile negro.
 
A Pierrot ya no vence la ansiedad
de contarle a la luna su tragedia
y se atiene a la cruda realidad:
con serenatas poco se remedia.
 
Ya no tañe la vieja mandolina
ni versifica su pasión cruenta.
Se ha dado al cabaret y a la morfina
como el héroe de un tango de Spaventa.
 
Arlequín se ha tornado indiferente
y ha adoptado una «pose» bastante exótica;
pero quiere a Colomba ciegamente...
Por su tipo perfecto de neurótica.
 
Y con aburrimiento soberano
entró el trío, silencioso,
en un «dancing» americano
que anunciaba un letrero luminoso.
 
(La hora emocionada, 1931)
 
 
Rebeldía
 
Señor, ya no más hiel; quiero un momento
ser yo quien el atroz látigo empuñe.
Hastiado de lo injusto del tormento
el león que hay en mí protesta y gruñe.
 
Señor, ni sumisión ni mansedumbre
quiero; no soporto lo inicuo de mi yugo.
Soy rayo, río, volcán, soy muchedumbre,
no tolero cadenas ni verdugo.
 
Señor, ya no más hiel, que mi garganta
la inhumana ponzoña más no aguanta.
Mi corazón, congestionado, estalla...
 
Y una roja visión me va exaltando...
¡Si he de morir, Señor, que sea matando,
como muere el soldado en la batalla!
 
(Sinfonía en rojo, 1929)
 
 
... ¿Y no más?
 
¿Es posible?
¿Esto sólo
y no más?
¿Este lodo
amasado
con oro,
este lloro
apagado,
esto, todo,
y no más?
 
¿Esta angustia,
este miedo,
esta vida
ya mustia,
ya herida
de penas
apenas
nacida
al acaso;
este ritmo,
este modo,
este paso,
esto, todo,
y no más?
 
¿Esto sólo
que ahora es
por siempre
jamás?
¡Imposible,
imposible!
¡Después
ha de haber más!
 
(Paisajes y meditaciones, 1933)
 
(Peces en la tierra. Antología de mujeres poetas en torno
a la Generación del 27,
Fundación José Manuel Lara,
ed. de Pepa Merlo,
Sevilla,
2010)
 
***
 

Contraste
 
Tienes una irreal palidez eucarística;
blancura cual la tuya, creo que jamás vi:
tienes albor de nieve, de palomita mística;
azucenas y nardos han encarnado en ti.
Eres como un manojo de lirios ideales;
eres una magnolia de color estelar;
eres blanco vellón de corderos pascuales,
eres níveo alabastro, eres rayo lunar.
Pero aquesta sinfonía
toda en blanco, hastiaría,
llena de monotonía,
si un contraste seductor
no truncase su armonía.
Tú posees ese contraste
que le anima, que le alegra;
tienes tu alma, vida mía,
¡y es tan negra, negra, negra!
 
 
Nueva crisis
 
De nuevo esta angustia,
de nuevo esta pena
(que ha hecho amarga y mustia,
mi vida serena).
 
Un fuego me abrasa
implacablemente
(la crisis no pasa
ya tan prontamente).
 
Desprecio lo humano
por lo que es divino
(me atrae el arcano
del fin del camino).
 
De nuevo este anhelo
investigador
(y este desconsuelo
y este hondo dolor).
 
¡Vicio de soñar,
mi mágica droga!
(Lo mismo que amar
fascina y ahoga).
 
El velo de Isis
quiero levantar
(y una de estas crisis
me habrá de matar).
 
 
Dame de tu boca...
 
Dame de tu boca la fresca fragancia;
dame de tus labios la fina arrogancia,
el mohín ambiguo y el dulce sabor.
¡Tu boca que pinta moderna elegancia
de un tenue rosado de rosa de Francia
que sabe a placeres, a besos y a amor!
 
Dame de tu boca la fiebre extenuante
que pone en tus labios un rictus galante
de audaces pasiones o amable indolencia.
¡Tu boca de extraña sonrisa inquietante
que tiene en su gesto bello e incitante
todas las locuras de la Decadencia!
 
Dame de tu boca el beso que mana
la miel de la dulce caricia pagana,
cáliz de la eterna voluptuosidad.
¡Boca de sinuosa perfección insana,
en cuya ardorosa llama cortesana
sonríe el demonio de la liviandad!
 
Dame de tu boca las frases divinas
que como un arrullo de aves cantarinas
fueron armonía en mi corazón.
¡Calla las palabras torpes y asesinas
que entre dos perversas miradas felinas
hicieron pedazos mi bella ilusión!
 
Dame de tu boca la dulce mentira
donde, confiada, mi musa se inspira,
bebiendo en tus labios un brujo licor.
¡Boca a cuyo antojo mi existencia gira
y en cuya belleza palpita y suspira
un hondo misterio de amor y dolor!
 

La diablesa
 
Maravilla de carne, terrible mujer llama,
sabia sacerdotisa de la mala pasión,
tu mirada verdosa un veneno derrama
que enciende de lujuria perversa el corazón.
 
Emanan los claveles de tus labios sangrientos
un perfume diabólico, embrujado y sensual;
son tus labios ansiosos dos vampiros sedientos
que succionan la vida con fruición infernal.
 
Es el tuyo un reinado absoluto y despótico.
Tu poder es la ciencia de ese mirar hipnótico
de tus ojos que tienen una mágica luz.
 
A tus pies, fascinado, se rinde el Universo,
y hay que hacer al encuentro de tu cuerpo perverso,
como ante el ángel malo, la señal de la cruz.
 
(Embrujamiento, 1927)
 
*

Rima antigua, rima moderna
 
Canta, fontana, tu rima eterna,
que es siempre antigua, siempre moderna,
y tiene fuerza de exaltación.
Canta, fontana, tu vieja rima
que es siempre nueva. ¡Que ella redima
de mezquindades el corazón!
 
Canta, fontana, tu rima fútil,
tu rima bella, tu rima inútil,
que hace derroche de fantasía
y es un tesoro de altos placeres,
de intensos goces, de hondos quereres
resplandecientes de poesía.
 
Teje la tela maravillosa
de los alados sueños de rosa
que apenas nadie si sueña ya.
¡Prende la antorcha de la quimera,
que de sus llamas huye la fiera
de la grisácea mediocridad!
 
Canta tu rima; canta, fontana,
tu canción sacra, porque es tu hosanna,
himno triunfante de tu lirismo.
Y siempre antigua, siempre moderna,
que bese, amante, tu rima eterna
los tristes yermos del prosaísmo.
 
 
Cascada pequeña
 
Cascada pequeña
sedeña
madeja tan blanca, tan fría;
cascada pequeña,
risueña
sarta de rutilante pedrería.
 
Crespa cabellera,
ramaje de plata,
collar que desata
sus perlas acuosas
como blancas rosas
de la primavera.
 
Puñado de encaje
que sacude el aire;
nieve que al desgaire
blanquea el paisaje.
 
Vestido de novia
que orea la brisa
que a besarlo sube;
fulgor de sonrisa,
girón de una nube.
 
Manojo de lirios
de las oraciones;
angélicos cirios
de las comuniones.
 
Rocío de azucenas,
luz que se despeña
de estrella remota.
Así, gota a gota
(lágrimas serenas,
lluvia marfileña,
blancor de virtud),
te desbordas tú,
cascada pequeña.
 
 
La amiga del poeta
 
¡Amiga del poeta! Te creó su fantasía
haciéndote una amada palpitante y sensual.
Y te entregó el milagro de su ardiente poesía,
de su jardín de versos el más rojo rosal.
 
Por ti, amantes sonaron las cuerdas de su lira
y el cantar del poeta se juntó a tu canción
en un dúo amoroso que solloza o suspira
con un trémulo leve de infinita pasión.
 
Tú vives y palpitas dentro su pensamiento
como una sombra vaga, subyugante y divina.
Te vio su fantasía realizando el portento
de darte forma grácil, fragante y femenina.
 
Fontana fascinante, que crece y se agiganta
en el numen febril de un poeta visionario.
¡Canta, musa hechicera y obsesionante, canta,
desgranando las cuentas del lírico rosario!
 
Amante imaginaria, fantástica y quimérica,
rompe todas las trabas, salta todos los vetos,
y que el caudal oculto de tu almita esotérica
se desborde en canciones, se desborde en sonetos.
 
El poeta también canta; junta a la de él tu voz,
amiga del poeta, y aprende su lirismo
que es látigo certero, incansable y feroz,
castigador excelso del negro prosaísmo.
 
Divina inspiradora de sueños y de versos;
en los míseros días, en los días adversos
musa consoladora, radiante y amorosa.
Amiga del poeta, por quien vive su lira
que te ensalza, te canta, te idolatra y te admira
como a una Mimí ardiente, dulce y tuberculosa.
 

La fuente enferma
 
La fuente está muda y ciega.
El chorro de sus aguas parlanchinas
se calló de repente;
unas manos cortaron
la corriente parlera,
cegaron la salida
por donde estallaba el gozo
de su sarta de perlas,
y una señal pintaron en el bronce
que quería decir:
¡es una fuente enferma!
Cuando ofendidas manos
cortaron la corriente envenenada
que un gran peligro para el pueblo era,
los últimos raudales de aquella agua
tiñéronse de púrpura violenta.
¿Porque el sol en su ocaso la besaba
en tierna despedida?
¿Porque un rojizo rayo ensangrentado
se hundió en la linfa enferma?
¡No, no! ¡Qué enrojecía
de pena y de vergüenza!
La fuente está muda y ciega
y el chorro de sus aguas parlanchinas
sus baladas de ensueño ya no cuentan.
Pero viene el espíritu del agua
a sollozar donde antes estuviera,
y cuando el aire gime
y azota la tormenta
se oye una triste voz
que así se queja,
igual que un alma en pena:
 
«La culpa no fue mía;
yo entregaba
mi sangre alegremente;
yo daba el regocijo y la salud
de esta potente sangre que brillaba
como chorro de luz.
Y de repente, un día, unos microbios
envenenaron mi corriente buena.
Yo no tengo la culpa de haber contaminado
unas fiebres perversas.
Yo no quise matar a los que iban
a refrescar sus labios
en mis venas.
Era una fuente honrada;
solo daba
frescura y lozanía,
y temblaba de gozo
cuando alguien
el ardor de su boca apaciguaba
en mi corriente pura.
Yo no quise matar
los pobres niños
que la muerte bebiéronse en mis linfas.
Era una fuente honrada,
que brindaba
cantando la salud y la alegría.
Los malditos microbios
que vinieron —no sé de dónde—
a emponzoñar la albura
de mis arterias limpias,
hicieron de verdugo, cierto, cierto,
¿pero fue culpa mía?
La desgracia cebose en mi contento
y el trágico dolor cortó mi risa.
Ahora todos reniegan de la fuente
que mató con sus aguas cristalinas.
Yo no tengo la culpa; fue el destino:
de fecunda trocome en homicida.
Si fue fatalidad, ¿por qué maldicen
a la fontana enferma
que tan solo la vida quiso dar?
¡Que maldigan al Sino, que es quien manda
a cada cual su acíbar y su menta!
Fue una desgracia que torció mi ruta,
pues yo era sana y buena
y de repente
me convertí en maligna y en enferma.
Fue solo una desgracia... una desgracia...
¡lo que ocurre a cualquiera!»
 
Oyendo así al espíritu del agua,
pienso que soy como la fuente enferma,
pues si causé algún mal, me lo reprochan,
y del bien que sembré ¡nadie se acuerda!
 
(La canción cristalina, 1928)
 
*

     EM, retrato de Rosario de Velasco, amiga de la escritora

La máscara
 
Mi rostro, mi sonrisa,
mi calma, las palabras
moderadas que digo,
¡no soy yo, no soy yo!
Las horas de mis días,
impávidas y diáfanas,
¡no soy yo, no soy yo!
La mano que cansina
cae al largo del cuerpo;
la testa que se dobla
con falsa humillación;
el acento sin fibra,
¡no soy yo, no soy yo!
El gesto que se inicia
displicente y cansado,
la mirada impasible,
sin alma y sin fulgor,
la voz que suple al grito,
¡no soy yo, no soy yo!
Mis versos, que yo escribo
con nervios y con sangre;
mis versos, que yo siento,
mis versos, que yo vivo,
mis versos, que me arañan
espíritu y razón
como zarpas agudas,
y en la mente me estallan
y como lava hirviente
caen en mi corazón;
mis versos, carne oculta,
latido multiforme,
médula, fibra máter
de mi vida interior,
mis versos... ¡solo en ellos,
solo en ellos soy yo!
 
 
El surco
 
Yo soy el surco. La simiente
la da el amor, la da el dolor.
Hay mil vidas en estado latente
en mi extraño y obscuro interior.
 
Llantos son lluvias: las recojo.
Dolor es sol: que yo lo beba.
¿Qué flor daré, qué lirio rojo
de las entrañas de mi gleba?
 
¿Qué orquídea negra o qué dorada
espiga se halla conmigo?
¿Qué vida fatal y sagrada
de orquídea, o de lirio o de trigo?
 
Yo soy el surco. Dejaré
que germine toda simiente
en el arcano de mi fe
y el laberinto de mi mente.
 
El surco soy; fecundaré.
Mi savia daré a la siembra.
Mi propia carne le daré,
igual que un ser que se desmiembra.
 
Y al arrancarme la cosecha
me sentiré una creadora
y aun sonreiré, si por la brecha
toda mi vida se evapora...
 
 
El verso desnudo
 
Lo escribí con sangre: tómalo sangriento.
Lo escribí con llanto: toma su lamento.
Lo escribí angustiada: toma su inquietud;
Tal como ha nacido lo recibes tú.
 
Lo escribí con cantos: te lo doy así.
Lo escribí con fuego: toma este rubí.
Lo escribí con rabia: te ofrezco esta ira;
sin apaciguarla te la muestro: mira.
 
Lo escribí queriendo: tómalo amoroso.
Lo urdí aborreciendo: tenlo rencoroso.
Lo escribí gozando: tómalo riente.
Lo escribí penando: tómalo doliente.
 
Te lo ofrezco ingenuo, te lo doy desnudo,
con su sentimiento primitivo y rudo.
¡Nada de cendales! Aún no se vistió;
todavía mi pluma no lo corrigió.
Te lo doy con toda su ruda emoción,
recién arrancado de mi corazón.


El cauce
 
El cauce soy; el inmutable
cauce, duro y fijo,
por donde pasa la caricia inestable
de la inquieta corriente que dirijo.
 
Yo no me muevo, pero ella
corre y salta por mí;
soy sombra, y ella la estrella
o el fulgor de zafiro o de rubí,
 
o el haz de sol
o el destello de aurora:
el cálido arrebol
que me enciende o me dora.
 
Yo soy la vena henchida,
el recipiente pleno
de una fuerza de vida;
soy el sagrado seno
 
donde germina una
misteriosa semilla;
soy el vientre y la cuna,
el ánfora y la arquilla.
 
Cara al cielo, me canso
de soñar y soñar
mientras que mi remanso
se precipita al mar.
 
Quiero que vaya así:
libre y triunfador,
conducido por mí
al placer o al dolor.
 
Soy el cauce, la calma,
la inmóvil existencia,
pero el río es mi alma,
mi turbulenta esencia
 
y mi incierto matiz:
de mi truncada vida
es la fuerte raíz
que busca una salida.
 
Frasco colmado,
si rebosa el licor de mis ideales
inundo valle y prado
y cármenes y eriales.
 
Mi existencia no aborda
los caminos zahareños,
¡mas se sale de madre y se desborda
la impetuosa corriente de mis sueños!
 
 
Renovación
 
Tú que vas por la Tierra, peregrino,
ama el encanto de la renovación;
no seas como la roca, no seas como el pino
que apenas saben de transformación,
 
que nada saben del cambiar eterno
que todo ignoran del variar constante.
¡Feliz aquel que puede ser infierno
y otro día un paraíso fascinante!
 
Sé cual la mariposa: Sé gusano
y luego sé crisálida; y luego
policromado insecto en el verano,
con las olas de noche, o de perla o de fuego.
 
Cambia, desdícete, transfórmate y varía.
Que se encuentre en tu espíritu el negro y el azur.
De los climas del norte ten la melancolía
y todo el colorido luminoso del sur.
 
Detesta el molde único, la norma y la rutina;
aborrece el sayal del estilo y la escuela.
Por todos los senderos diferentes camina;
sé reptil, y de pronto, como un águila vuela.
 
Peregrino, renuévate. ¿Qué delicia mayor
que ser río y estrella, ser espina y ser flor?
 
 
La calle de la amargura
 
Calle de la Amargura,
funesta vía
de la desesperanza,
de la agonía.
Negro camino,
trágica ruta
sembrada de zarzales
y de cicuta.
Va el peregrino
extenuado y sangrando
por el sendero;
marcha el triste cargado
con el madero
de su destino.
Ni una flor,
ni una nota de poesía
y de color
en la ruta de polvo, de pedregal.
Ni una fuente que rime
su sinfonía
ni un pájaro que trine
su madrigal.
Yermo, desierto, páramo,
dolor eterno,
torturante paisaje,
visión de infierno.
Calle de la Amargura,
funesta vía
de la desesperanza,
de la agonía.
Eres sombra agorera
que nos arredra
y mano traicionera
que oprime el pecho...
¡Yo te conozco toda,
piedra por piedra,
porque te he recorrido
trecho por trecho!
 
(Sinfonía en rojo, 1929)
 

*
 
María del dulce nombre
 
María del Dulce Nombre,
tu nombre como un rocío
cae en mi alma. ¡Que alfombre
de rosas el yermo mío!
 
¡Oh, divina proveedora
de fragancias y de mieles!
¡Linda maga bienhechora,
de ojos diáfanos y fieles!
 
Maravillosa María,
si acaso te llamo un día
mi premura no te asombre:
 
habrá en mí tanta amargura
que anhelaré tu dulzura,
María del Dulce Nombre.
 
 
Una vara de nardos
 
Una vara de nardos
eres tú;
así es tu palidez
y tu fragancia.
En plena juventud
eres tú
una vara de nardos.
Así es tu languidez
y tu elegancia.
Una vara de nardos;
una pequeña palma
cimbreante,
ondulante.
Una vara de nardos...
¡Pero tienes el alma
como deben tenerla los leopardos!
 
 
Ceguera
 
Señor, yo no pensaba que viviría así.
Señor, yo deseaba estar cerca de ti.
Perdóname, Señor, por haberme apartado
del camino de luz que me habías trazado
en días en que mi alma blanca y celeste era.
¡Yo nunca sospeché vivir de esta manera!
Creí que siempre iría, sumisa a tu palabra,
por el solo camino que tu alba mano labra.
Por la ruta que tiene aún tu huella divina,
¡por la única senda que tu luz ilumina!
Mas un día Dulzura y Humildad se perdieron
y Soberbia y Orgullo en su lugar nacieron;
sus profundas raíces echaron en mi vida,
y aquí estoy yo, Señor, por su fuerza vencida.
El ser a quien Tú amabas porque era dulce y suave,
se rebeló de pronto y voló como un ave.
Por ser como antes era, ¿qué es lo que no daría?
Perdóname, Señor, ¡no supe lo que hacía!
Es mejor doblegarse a tu mandato santo;
mejor que rebeldía es sufrimiento y llanto.
Yo no pensé al gritar: «¡No, mi alma no se humilla!»
que a quien te abofeteó diste la otra mejilla,
Tú, la Esencia Divina, misterioso destello
de lo más elevado, lo más puro y más bello.
Señor, yo no quería apartarme de ti
pero en un laberinto de orgullo me perdí.
Me cegó la soberbia, la altivez traicionera,
¡pero yo no quería vivir de esta manera!
Y vuelvo a ti mi vida, y vuelvo a ti mis ojos,
con el alma transida, con el alma de hinojos,
con el alma marchita como una roja rosa
triste y martirizada, exhausta y pesarosa.
Perdóname, si ciega de tu luz me he apartado,
y ayúdame, Señor, a volver a tu lado.
¡Te juro que no más he de perder la vista
por mi fe de cristiana y por mi alma de artista!
 
 
Renacer
 
¡Ah, qué gusto poder nacer de nuevo
a la luz sonriente de esta mañana clara!
¡Qué gusto destruir la simiente que llevo
de afán inquieto y de existencia rara
 
y fundirme lo mismo que la nieve
de una cumbre muy alta,
y bajar hasta el llano, alegre y leve,
transformada en la linfa que lo esmalta!
 
¡Qué gusto no ser ya raíz escueta,
dura y saviosa;
sino ser un botón de primavera
en promesa de rosa;
ser un germen cualquiera
—esperanza incipiente de una hora—
en la virginidad de alguna aurora!
 
¡Qué gusto ser un punto de partida,
comienzo, iniciación, principio, célula;
ser una fruta verde del huerto de la vida,
tener las alas tersas cual las de una libélula!
 
¡Ser la yema que estalla, el capullo
que rompe su capuz y se subleva!
¡Qué gusto ser arrullo
en la tibia garganta de un pájaro que sueña;
ser la primera brizna que el primer huracán
besa y se lleva!
¡Qué gusto ser pequeña,
pequeña, humilde, temblorosa... y nueva!
 
 
Mandamientos
 
Vivir
todas las horas apasionadamente,
intensamente.
No ser
ni cobarde ni avara
de nada.
Sufrir
y sentir
plenamente.
Ni el dolor ni el placer
rechazar.
No negar.
No huir.
Y amar...
 
 
Oración por el hijo
 
¡Tú ves cómo lo cuido! ¡Tú ves cómo lo quiero!
Ya que Tú me lo diste, que sea para bien.
Que nunca encuentre espinas ni cruz en su sendero
y que viva en el mundo igual que en un edén.
 
Que no ensombrezca el llanto el azul de sus ojos;
que no crispe el dolor su boca chiquitina;
que vaya por la ruta sin zarzales ni abrojos
y que siempre lo guíe tu palabra divina.
 
Que sus frescas sonrisas toda la vida duren;
que por él Paz, Amor y Alegría fructifiquen;
¡Que no me lo lastimen, que no me lo torturen,
que en la cruz de la vida no me lo crucifiquen!
 
Es carne de mi carne. Por eso si tu diestra
tiene que castigarnos, justiciera y cruel,
que en mí caiga con fuerza, que yo iré a la palestra...
¡pero que sea tu mano de seda para él!
 
Es carne de mi carne. Por eso si precisa
por tu voluntad santa partir hacia el suplicio,
que él huya libre y solo, que escape cual la brisa,
y yo iré por los dos contenta al sacrificio.
 
No le des a beber tu copa de amargura,
Señor, como quisiste ofrecérmela a mí.
Por pensar que le ahorraba a él la misma tortura
¡Tú viste con qué ansiosa prisa me la bebí!
 
Que no me lo lastimen, que no me lo arrebaten,
Señor, yo te lo pido de hinojos, implorante.
Es carne de mi carne. ¡Que no me lo maltraten,
que no sea algún día un guiñapo sangrante!
 
¡Tú ves como lo cuido! ¡Tú ves como lo quiero!
Señor, si me lo diste, que sea para bien.
Que nunca encuentre espinas ni cruz en su sendero
y que viva en el mundo igual que en un edén.
 
Y que Tú lo protejas. Ahora y siempre, amén.
 
Retrato de juventud de EM hecho por su padre hacia 1920. / Fund. Santander

Credo
 
Porque tu gracia es pura,
creo en tu gracia, flor;
y en la tuya, celeste criatura
de amor.
Creo en tu fortaleza,
árbol potente,
y creo en tu belleza
¡oh, Madona doliente!
y en la suave tristeza
que te nimba la frente.
Hombre, yo creo en tu honradez
y en el duro trabajo de tu mano
y en tu mente que crea
día tras día por el bien humano
con el resplandor vivo de la idea.
También creo en ti, gusano.
Creo en la estrella
como creo en el lodo,
porque todo destella,
porque todo ilumina
a su modo.
Y porque creo en su doctrina
creo en Dios ante todo.
Creo en el agua cristalina
y en la alta roca enhiesta;
y en la mañana campesina
y en la noche de fiesta
galante.
Creo en la espina
y creo en el diamante.
Creo en ti, serpiente de ponzoña llena,
y en ti, maléfica sirena
sensual;
y en ti, abeja de néctar borracha;
y en ti, pobre muchacha
sentimental.
Abismo, creo en ti.
Mar, en ti creo.
Y en ti, dolor que abundas;
y en ti, risa que todo lo fecundas.
Aire, aunque ni te palpo ni te veo
creo en ti, pues me circundas,
creo en ti, pues te deseo.
Zarzal, yo creo en ti.
Y en ti, soleado
fruto maduro.
Y en ti, pasado,
y en ti, futuro,
y en ti, volcán hirviente;
y en ti, playa de Oriente
que nunca vi.
Solamente...
¡Ah, solamente
no creo en mí!
 
 
La dulce carga
 
Señor,
había esperanzas en mi vida
y ya las di todas, Señor;
todas se me marcharon por la herida
del dolor.
 
Señor,
había ideales en mi mente
y en mi espíritu soñador;
uno cuajó en un verso hiriente,
otro murió tempranamente
y ya no tengo más ideales,
Señor.
 
Había zozobras en mi alma:
se fueron ya todas, Señor.
Soy el remanso quieto,
el huerto en calma,
sin un destello ni una flor.
Había riquezas en mi mano:
las esparcí a mi rededor.
 
Me queda un hogar franciscano
y nada más, Señor.
Había odios y rencillas
arañándome el corazón.
Todos los he devuelto, y las astillas
que me clavaron a traición.
Ya no tengo más odios, Señor.
 
En mí hay un mundo de ternura
y un universo de fervor,
pero la inmensa carga es dura
para mí sola, Señor.
 
Señálame un ánfora pura
donde verter todo este amor...
 
(La hora emocionada, 1931)
 
*
 
Canto nuevo
 
Canto nuevo
de la mañana nueva;
página fresca
tímidamente abierta.
Luz tierna y blanca.
¡Pura claridad innúbil
de la mañana!
¡Ah, quién pudiera
este sabor de aurora
dárselo al alma!
 
 
Lluvia
 
Dedos de cristal hilado
palpan a la tarde fría.
Dedos de cristal hilado
rasgan niebla de agonía.
Palideces y nostalgias...
En la página del día,
dedos de cristal dibujan
rutas de melancolía.
 
 
Culto interior
 
A fuerza de sembrarte en el espíritu
florecerás Dios sabe en qué Universo...
El nombre inmóvil brotará algún día
de su tierra fecunda de silencio.
Y habrá otra estrella más bordando de oro
la túnica ligera de los cielos,
otra luz en la noche de los siglos,
otra aurora en la sombra de los tiempos.
Esencia destilada poco a poco
del íntimo fervor hecho tormento,
serás una molécula de aroma
recogida en el vaso de lo Cierto.
Nombre interior, dormido en el mutismo,
cuando despiertes, ¿qué nocturno inquieto
o qué día claro medirá tu ritmo
y acordará las notas de tu eco?
Ahora estás en mi espíritu encerrado
cual puede estarlo un cuerpo en otro cuerpo.
Yo, que no sé en qué mundo he de verterte
cuando rompas mi abrazo de silencio,
sé que vas a una vida que perdura
porque naciste de un temblor eterno.
Y espero verte subrayar la noche
con tu rubio fulgor, lucero nuevo,
sintiendo tus raíces luminosas
desprenderse del surco de mi seno.
A fuerza de sembrarte en el espíritu
florecerás Dios sabe en qué Universo...
 

El momento infinito
 
Breve momento de ligeras alas
amasado con claras partículas de sol,
me has dado a beber —jugo de exprimidos anhelos—
la más maravillosa, más honda sensación.
 
Toda esta vida, y otra,
y mil vidas
apenas sospechadas
y apenas definidas
me has dado concentradas.
Esta vida y mil vidas.
 
... Y esto solo es vivir.
Esta consciencia
del alma que de pronto se detiene
y mira dentro de ella.
Consciencia vertical,
cortante recta
sin la curva sinuosa del enigma
ni el ángulo inicial de la inocencia.
 
Breve, breve momento...
Y todo lo que he sido
he sido entonces.
Ayer y hoy enlazados
en un cruce, al borde al silencio.
Instante de resumen,
sinopsis y compendio.
 
Pregunté y pregunté...
Durante toda una vida
—consciente— he preguntado.
(Curiosidad se llama este pecado
de ir más allá de sí).
Y luego, ahora, en un breve
minuto insospechado,
el misterio desnúdase de velos
y aparece —milagro— revelado.
 
La lucidez se irá. Ya tornaremos
a ser en el presente sujetados.
Rotos serán los puentes y los lazos
de unión entre el mañana
y el pasado.
 
Y estaremos de nuevo solos, solos,
y de nosotros mismos olvidados.
Pero el breve momento
en que hemos «sido»
será como un cometa solitario
en un cielo cerrado a toda estrella
sobre un océano hostil a todo barco.
 
¡Ah, otro breve momento que valiera
una vida de siglos apagados!
 
(Paisajes y meditaciones, 1933)
 
 
Nocturno quinto
 
Palabra que nunca has dicho,
palabra que ha de incubar
en tus silencios de sombra
resonancias de cristal,
cuando esta noche la digas,
de fijo que crecerá
—bomba de jabón melódica,
ilusión de realidad—
y estallará en luz de estrellas
o en blanca espuma de mar
llenando de ecos remotos
nuestra hora de arena y sal.
La comba del horizonte
muy pronto se quebrará
en cada sílaba enhiesta,
en cada curvo aspirar,
y clavará sus aristas
en la azul inmensidad
del mar, borracho de cielo,
del cielo, loco de mar.
¡Lo que tú digas, ya nunca,
ya nadie más lo dirá!
Vamos a enterrarlo juntos
en la sima fantasmal
de lo que no ha sido, siendo,
y, siendo, nunca será.
Dígalo tu voz ahora;
luego, te podrás callar
para siempre, en este instante
que es toda la eternidad.
 
 
Nocturno sexto
 
Lejanía del mar. Y siempre lejanía.
¿Soy yo, ante ti, forma, plasticidad,
viva arquitectura de mi verbo,
en el que existo?
¿O eres tú
quien me da los contornos
de mi voz, de mi angustia,
de mis múltiples ecos,
de mí misma?
Yo en ti navego, y tú
te tiendes en mis playas
a bañarme de espumas siempre vivas.
Con qué atroz claridad de claridades
me das mi dimensión,
mi lejanía,
mis límites, quebrados arenales,
mis ficciones de estrellas encendidas.
 
Horizonte clavado en mi horizonte,
mar sobre mar
y orilla sobre orilla.
Espejo de mi ritmo, reflejado
movimiento de mí, latir unísono,
sucesión uno y otro de sí mismo.
Ir y venir de transitorias olas,
mediodías, crepúsculos, esquivos
plenilunios magnéticos...
Abismos.
Yo bogando por ti,
tú por mis mares,
¡qué noche proyectada al infinito!
No. Nunca más soñar como he soñado.
No. Nunca más querer como he querido...
Y este pulso de amor ¿dónde lo vierto?
Y este sueño de ser ¿dónde lo vivo?
 

Siesta del paisaje
 
Máxima de calor. Alto verano.
Seca inercia del aire. Luz enhiesta.
El paisaje, en las fiebres de su siesta,
lo mismo que otro fauno mallarmeano.
 
Huerta tendiendo al mar su verde mano,
cielo tendiendo al día su azul de fiesta.
Un rojizo fulgor en cada cresta
de árido monte o de pinar lozano.
 
Taquicardia de la hora. El tiempo ahorca
el pulmón de la tarde ya nacida
que apresa el sol con su ardorosa ajorca.
 
Y un olor a resina enfebrecida
y a algas calientes brota de Mallorca
en su siesta sensual estremecida.
 
 
La isla
 
Mi verso es el corcel de tu alegría
cabalgando este instante isla, mar, monte.
Si abarco el labio azul de tu horizonte,
el mirar se me torna poesía.
 
Isla, mar, monte... Cielo. Vierte el día
zumo de vid celeste. ¡Oh tierra, ponte
a empapar este jugo que a Anacreonte,
lírico fauno, le delectaría!
 
¡Qué estallar de oro y sangre en las orillas
a la puesta del sol! ¡Qué azules mares
se te entregan, ardiendo, de rodillas,
 
mientras ciñen, a modo de collares,
tu garganta de playas amarillas
con espumas de encajes baleares!
 
 
Canción de marinero en el día
 
¡Que se quiete ese laurel,
que lo voy a deshojar!
Lirio, tápate la cara,
desmáyate tú, rosal.
Vengo borracho de yodo,
y de velas, y de sal.
¡Que no me valga la tierra
lo que me ha valido el mar!
 
Vena henchida de esmeraldas,
sangre de joven temblar,
con eco de caracolas
y un acento de alquitrán,
¡traigo el corazón mecido
en cuna de pleamar!
Con combas de algas calientes
voy a ponerme a saltar
como entre rabo y cabeza
de un culebrón tropical.
 
El remo vale tu tronco,
bosque de verde piar,
y tú no tienes la risa
de la espuma de cristal
ni cuencas de arena tibia
donde a desnudarse van
olas de lomo pintado
como plumas de faisán.
Ni quiero brisa de nieve
ni quiero sol de zaguán.
¡Enciéndame un faro rojo
donde haya un pulso de mar!
 
(Poemas mediterráneos, 1949)
 
(Antología poética,
Biblioteca Virtual Miguel
de Cervantes,
Alicante,
2023)
 
Graciasss/latribu.info/uncuartopropio/poemas-de-elisabeth-mulder/
Graciasss/www.archiletras.com/elisabeth-mulder-mucho-mas-que-el-pulpo/
Graciasss/poetryalquimia.org/2020/02/09/8-poemas-de-elisabeth-mulder/
Graciasss/insulabaranaria.com/category/elisabeth-mulder/
Graciasss/franciscocenamor.blogspot.com/poema-del-dia-y-no-mas

 

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