GLORIA ANZALDÚA

Dejarse ir
 
No basta con
decidir abrirse.
 
Debes hundir los dedos
en el ombligo, con las dos manos
bien abiertas,
desparramar lagartos e iguanas cornudas,
las orquídeas y girasoles,
volver el laberinto del revés.
Agitarlo.
 
Aun así, no te acabas de vaciar.
Quizá una flema verde
se oculte en tu tos.
Quizá ni sepas
que está ahí hasta que crece
un nudo en tu garganta
y se vuelve rana.
 
Un cosquilleo produce una sonrisa secreta
en tu paladar
lleno de orgasmos diminutos.
Pero antes o después
se revela.
La rana verde croa indiscreta.
Todos alzan la vista.
 
No basta
con abrirse una vez.
De nuevo tienes que hundir los dedos
en tu ombligo, con las dos manos
abiertas del todo,
soltar ratas y cucarachas muertas,
lluvia de primavera, elote joven.
Volver el laberinto del revés.
Agitarlo.
 
Esta vez debes dejarte llevar.
Enfrentar el dragón cara a cara
y dejar que te trague el horror.
—Te disuelves en su saliva
—nadie te reconoce como charco
—nadie te extraña
—ni siquiera te recuerdan
y el laberinto ni siquiera
lo creaste tú.
 
Has pasado al otro lado.
A tu alrededor todo espacio.
A solas. Con la nada.
 
Nadie va a salvarte.
Nadie va a cortar lo que te ata,
cortar las espinas abundantes en torno a ti.
Nadie va a asaltar
los muros del castillo ni
despertarte con un beso,
descender por tu cabello
ni subirte
en el corcel blanco.
 
No hay nadie que
vaya a alimentar el anhelo.
 
Acéptalo. Tendrá
que bastar contigo, hazlo tú misma.
Y todo alrededor un terreno vasto.
A solas. Con la noche.
De la oscuridad debes hacerte amiga si
quieres dormir en la noche.
 
No basta
con dejarse ir dos, tres veces,
cien. Pronto todo se vuelve
aburrido, inadecuado.
La cara abierta de la noche
ya no te interesa.
Y pronto, una vez más, regresas
a tu elemento y
como pez en el aire
te manifiestas tal cual
solo entre inspiraciones.
Pero ya te crecen
branquias en los pechos.
 
 
Vivir en la frontera
 
Vivir en la Frontera significa que tú
no eres ni hispana india negra española
ni gabacha, eres mestiza, mulata, híbrida
atrapada en el fuego cruzado entre los bandos
mientras llevas las cinco razas sobre tu espalda
sin saber para qué lado volverte, de cuál correr;
 
Vivir en la Frontera significa saber
que la india en ti, traicionada por 500 años,
ya no te está hablando,
}que las mexicanas te llaman rajetas,
que negar a la Anglo dentro tuyo
es tan malo como haber negado a la
India o a la Negra;
 
Cuando vives en la frontera
la gente camina a través tuyo, el viento roba tu
eres una burra, buey, un chivo expiatorio,
anunciadora de una nueva raza,
mitad y mitad –tanto mujer como hombre,
ninguno– un nuevo género;
 
Vivir en la Frontera significa
poner chile en el borscht,
comer tortillas de maíz integral,
hablar Tex-Mex con acento de Brooklyn;
ser detenida por la migra en los puntos
de control fronterizos;
 
Vivir en la Frontera significa que luchas duramente para
resistir el elixir de oro que te llama desde la botella,
el tirón del cañón de la pistola,
la soga aplastando el hueco de tu garganta;
 
En la Frontera
tú eres el campo de batalla
donde los enemigos están emparentados entre sí;
tú estás en casa, una extraña,
las disputas de límites han sido dirimidas
el estampido de los disparos ha hecho trizas la tregua
estás herida, perdida en acción
muerta, resistiendo;
 
Vivir en la Frontera significa
el molino con los blancos dientes de navaja quiere
arrancar en tu piel rojo-oliva, exprimir la pulpa,
tu corazón pulverizarte apretarte alisarte
oliendo como pan blanco pero muerta;
 
Para sobrevivir en la Frontera
debes vivir sin fronteras
ser un cruce de caminos.
 

Temporada de Ala Blanca1
 
Los blancos con sus armas
            han vuelto de nuevo
            a llenar el silencio y el aire
de disparos.
 
                             Ella alisa las arrugas
                             sacudiendo las sábanas,
                             resuenan como el trueno
                                         inclinándose al viento.
 
Los gringos se ponen sus gorras  
                caladas hasta los ojos,
                 le pasan los billetes,
ese aleteo verde en su mano
arreglará el tejado.
 
                   Una vez sus dulces brazos alzaron
                   el rifle de su hermano
                   apuntando a los gorjeos
                   cayeron flotando ramitas y dos plumas
                             junto a sus pies plumaje que se debatía
                            párpado translúcido pestañeaba
                            a través del ojo
                            el pequeño pico abierto
                            sangre de la herida.
 
Ella echa azulete al balde
hunde en él sus brazos
                     punzando el cielo.
                    Retuerce las sábanas
                    navegan y golpean en el viento.
                    Sorprendidos, se alzan cuerpos rotundos
                    de las zonas de bosque y arbusto del desierto.
                              Batir de plumas
                              manchas blancas en alas y cola.
 
                   Los disparos
                   caen plumas sobre los campos
                   cubren su tejado.
 
En el camino de regreso
            al medio oeste
los cazadores dejan dos pájaros
             en su tabla de lavar.
 
                                           Sus ojos perdigones brillantes
                                           mirando el viento
                                           intentando alzar las alas.
                                           Toques de rosa
                                           pequeños cuellos retorcidos
                                           dibujan los surcos.
 
Remoja las palomas en el agua hirviendo
                arranca las plumas
 
               En su vientre un rugido
                                      el cielo enrojece luego se pone negro
                                      una avalancha de lluvia nocturna
                                      leve como plumas.
 
1Ala Blanca se refiere a la paloma de ala blanca, por cuya temporada de caza es famosa Texas.
 

Inmaculada, inviolada:
          Como Ella
 
Nunca vivió con nosotros
no teníamos cama para ella
pero siempre venía de visita.
Un regalo para m'ijíta
dos billetes de dólar que me pasaba a escondidas.
 
Me sentaba a su lado
lejos del caldero de brasas
envuelta en el olor de vieja
la miraba enrollarse el pitillo
 
garras ainarillentas jalaban tabaco
dedos nudosos lo liaban fino, más fino,
la lengua inojaba el borde del papel
lo cerraba apretando los extremos
lo acariciaban antes de encender un fósforo
con la uña del pulgar miraba el humo que
salía entre labios agrietados
que se enroscaba en torno a su cabello
blanco y cráneo rosado.
Decían que a los dieciséis se le puso
blanco de repente.
 
Mi abuela no soportaba el calor.
Se mantenía bien alejada de los fuegos.
Hacía mucho tiempo se quemó.
lnclinándose sobre la panza
de su estufa de madera
no vio el brillo de las chispas
agarró una lata de queroseno
 
apoyando el borde en la cadera
y arrimándosela al pecho
vertió unas gotas
sobre los troncos chamuscados.
Una chispa invisible prendió
subió por la boca hasta la tráquea,
bum.
A mi tío le tomó mucho tiempo
cargar los cubos de agua desde el pozo
empapar las cobijas
envolverla con ellas.
 
Mamá, usted ya no puede quedarse aquí sola.
Le hicieron abandonar la casa del rancho.
Fotos libros, cartas, amarilleando.
Armarios, alacenas de la despensa saqueadas
la podredumbre creciendo bajo las sábanas protectoras.
 
Se quedaba dos semanas con uno, dos con otro,
arriba y abajo con su vestido negro
y sus pesadas velices
marcas blancas de sudor cruzándole la espalda encorvada,
en las axilas.
Nunca dejó de llevar luto
primero por mi papagrande
que murió antes de que yo naciera
luego por su hermano
y, hasta su propia muerte hace once años,
llevó luto por mi padre.
No fui a su funeral
eso también debió de dolerle.
 
Platícame del rancho Jesús María,
de los Vergeles, Mamagrande,
donde yo crecí.
Cuéntame de los años de sequía
del ganado con fiebre aftosa
los coyotes rabiosos.
Y mientras hablaba la veía inhalar el fuego,
tosiendo saliva tiznada de hollín
la piel ampollada, haciéndose pus
terminaciones nerviosas expuestas,
sudorosas, la piel pálida, pegajosa
la náusea, los mareos.
hinchándose al doble de su tamaño.
 
Veía las cicatrices de quemaduras
en su cuello y pechos
que se volvían manchas de pergamino
captaban el brillo de la lumbre
se tomaban rosado y violeta sobre la piel azul.
Se quedó insensible, me contó,
la voz áspera por el fuego
o el cigarrillo constante entre sus labios,
como congelada.
 
Una vez la miré a los ojos azules,
pregunté: ¡Alguna vez tuviste un orgasmo?
Se quedó callada mucho rato.
Por fin me miró a los ojos café,
me contó c6mo Papagrande le subía el camisón
por encima de la cabeza
y en lo oscuro se sacaba su palo, his stick,
y hacía lo que hacen todos los hombres
mientras ella yacía y rezaba
para que acabara rápido.
 
A ella no le gustaba hablar de esas cosas.
Mujeres no hablan de cosas cochinas.
A sus hijas, mis tías, nunca les gustó hablar de eso
—de las otras mujeres de su padre, de sus medio hermanos—.
 
A veces cuando me acerco demasiado al fuego
y mi cara y pecho reciben el calor,
casi veo el rostro de Mamagrande
viéndole marchar
llevándose a los dos mayores
para que jugaran con sus otros hijos
mirar a sus hijos y los de la otra
crecer juntos.
 
Casi puedo ver esa mirada
que se instalaba en su cara
luego se ocultaba bajo piel de pergamino
y nubes de humo.
Pobre dona Locha, tanta dignidad,
decían todos que tenía
y orgullo.


La canción del Caníbal

Es nuestra costumbre
consumir
a la persona que amamos. 
Carne prohibida: hinchados 
genitales      pezones
el escroto     la vulva 
las plantas de los pies
las palmas de las manos 
hígado y corazón saben mejor. 
El canibalismo es bendito.

Llevaré el hueso de tu mandíbula 
en torno al cuello
escucha tus vértebras
hueso golpea contra hueso en mis muñecas.

Me enhebraré tus dedos en torno a la cintura
—qué abrazo riguroso—.
Sobre el corazón llevaré
un broche con un mechón de tu cabello.

Por la noche          dormiré       abrazando 
tu cráneo          afilando
mis dientes en tu sonrisa desdentada.
 
Los domingos hay misa y comunión
y dejaré a un lado tus reliquias.
 

Compañera, cuando amábamos

                               (para Juanita Ramos y las bolleras mexicanas)
 
¿Volverán, compañera, esas tardes sordas
cuando nos amábamos tiradas en las sombras bajo otoño?
Mis ojos clavados en tu mirada
Tu mirada que siempre retiraba al mundo
Esas tardes cuando nos acostábamos en las nubes
 
Mano en mano nos paseábamos por las calles
Entre niños jugando handball
Vendedores y sus sabores de carne chamuscada.
La gente mirando nuestras manos
Nos pescaban los ojos y se sonreían
Cómplices de este asunto del aire suave.
En un café u otro nos sentábamos bien cerquita.
Nos gustaba todo: las bodegas tiznadas
La música de Silvio, el ruido de los trenes
Y habichuelas. Compañera,
¿Volverán esas tardes sordas cuando nos amábamos?
 
¿Te acuerdas cuando te decía ¡tócame!
¿Cuándo ilesa carne buscaba carne y dientes labios
en los laberintos de tus bocas?
Esas tardes, islas no descubiertas
Cuando caminábamos hasta la orilla.
Mis dedos lentos andaban las lomas de tus pechos,
Recorriendo la llanura de tu espalda
Tus moras hinchándose en mi boca
La cueva mojada y racima.
 
Tu corazón en mi lengua hasta en mis sueños.
Dos pescadoras nadando en los mares
Buscando esa perla.
¿No te acuerdas cómo nos amábamos, compañera?
 
¿Volverán esas tardes cuando vacilábamos
pasos largos, manos entrelazadas en la playa?
Las gaviotas y las brizas
Dos manfloras vagas en una isla de mutua melodía.
Tus tiernas palmas y los planetas que se caían.
 
Esas tardes tiñadas de mojo
Cuando nos entregábamos a las olas
 
Cuando nos tirábamos
En el zacate del porque
Do cuerpos de mujer bajo los árboles
Mirando los barcos cruzando el río
Tus pestañas barriendo mi cara
Dormitando, oliendo tu piel de amapola.
Dos extranjeras al borde del abismo
Yo caía descabellada encima de tu cuerpo
Sobre las lunas llenas de tus pechos
Esas tardes cuando se mecía el mundo con mi resuelto
Dos mujeres que hacían una sola sombra bailarina
esas tardes andábamos hasta que las lámparas
Se prendían en las avenidas.
 
¿Volverán,
compañera, esas tardes       cuando nos amábamos?
 
Manflora: lesbiana.
Zacate: hierba, césped.
 
(Borderlands/La Frontera: The New Mestiza,
Aunt Lute Press,
San Francisco,
1987;
Reeditado por
Capitán Swing Libros,
España,
2016,
305 páginas.
Trad. Carmen Valle)

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