IZA RANGEL

Soñé que vivía en Cincinnati
 
Y era una ciudad tan sola Cincinnati
una ciudad al lado del río
hacia el norte se encuentra
el zoológico y el jardín botánico de Cincinnati
soñé que vivía en Cincinnati
que estaba lejos otra vez de casa
que siempre estuve lejos
que estaba lejos otra vez de esa otra ciudad
que también es atravesada por un río
esa ciudad que transcurre al borde
que no tiene nombre de río
esa ciudad que transcurre mientras duermes
en esa ciudad en la que duermes
esto no es solo un poema de amor
lo que sucede es
que soñé que vivía en Cincinnati
que estoy en Buenos Aires
y soñé con una ciudad al norte
que me desperté a medianoche
y la urgencia de verte
me hizo contar los kilómetros medirlos   pesarlos
que México está más cerca de Cincinnati
y eso me puso triste
¿cómo acercar las geografías?
¿cómo traerme a México más al sur?
¿cómo traerte ahora que te sé en otra ciudad y dormida?
¿cómo no pensar en Cincinnati
que es una ciudad tan sola?
como la palabra tristeza o más bien nostalgia, saudade
de você, no cabe en un poema
eso dicen cómo
las palabras domestican
y esto más bien se pretende salvaje
¿cómo no puedo acercar el norte?
¿cómo acortar cada kilómetro?
traernos más al sur
algo más solecito, color, más fruta de boca a boca
y espalda sin camiseta
enrollar los kilómetros como un listón rojo siete nudos
dando vuelta alrededor de mi dedo
cómo hacer que mi mano se mueva hacia la izquierda
no, tu otra izquierda
y acariciar con mis dedos —que están fríos—
tu espalda 
lo que trato de decir
lo que intentaba decir
es que soñé que vivía en Cincinnati
y me pareció una ciudad
un poco sola una ciudad pequeña
donde escuchaba tu voz sonar como una campana
y que cuando desperté era el sonido del aire acondicionado
del vecino de enfrente
pero ese vientito no era lo que hacía crecer mi pecho
que ese vientito no me hacía crecer el pecho que en el pecho
me latía el corazón como a un cachorro
y ya despierta me puse a pensar en tus pestañas
en tu boca
en lo chiquitos que son tus ojos
en tus ojos chiquitos
y en las almendras que me voy a comer en el desayuno
y las ciruelas que voy a sacar del refrigerador
la consistencia del yogur
sobre mi lengua
y el sonido de tu voz como una campana en Cincinnati
que pienso ahora en la ventana de tu departamento
la imagen que es un cachito de cerro
y un montón de flores rojas
el único lugar por donde se mira el cielo
y que es tan triste soñar que vivo en Cincinnati
y aún más triste no poder traer aquí      tu voz
 
(Versas y Diversas. Muestra de poesía lésbica mexicana
Contemporánea,
Primera edición (versión electrónica)
Universidad Autónoma de Aguascalientes,
Aguascalientes,
México,
2021.
Paulina Rojas Sánchez y
Odette Alonso Yodú,
Coordinadoras)
 
***
 

Oimiakón
 
En la sala número siete
se quemará la muchacha que toma
un puño de palomitas y un trago de refresco
se prenderá fuego el joven nervioso
que usó la loción de su padre,
y la chica a la que le rozo la mano
porque tú estarás tan lejos de todo y de mí
se incendiará el hombre que se sentó delante
sin mirar la pantalla,
venía a dormir
después de tres noches de desvelo
se quemará el chico que faltó a clases
y morirán también las butacas
que a esa hora lo hacían sentir tan tibio,
se prenderá fuego el anciano
que aquella tarde pensaba en regresar
al patinaje sobre hielo,
se quemarán tres amigas que salieron antes del trabajo,
unos amantes que esa tarde se iban a dejar,
un padre que no regresará
por los niños que lo esperan en la escuela
y ése será mi regalo
una sala de cine que se incendia
donde eres tú quien sobrevive
te regalaré un incendio
y yo sé que la luz —por su proximidad—
no te dejará mirar
hasta que pase el tiempo
y al fin se cave un pozo entre los dos
te regalaré un incendio
y será como estar un instante al aire libre
perdida
a las afueras de un pueblo tan frío como Oimiakón
bajo la nieve
hasta que un glaciar se funda en ti
desearás estar de vuelta
y tal vez, sólo entonces, te preguntes
entre los cuerpos calcinados
dónde estoy
 
*
 
Extendí no hace mucho encima de la mesa una toalla
para planchar mis camisas
quitarles las arrugas con el vapor
que la plancha va mutando
en su interior
el ciclo del agua
que logra convertir
para alisar todas mis arrugas
que como montañas
surcan una planicie
hacen cordilleras
y se parecen tanto a las venas gruesas de mis brazos
así
todas mis camisas
suponen un cuerpo
que por lo bajo las sostienen
y late ese cuerpo imaginado
que no tengo aún
que no poseo
respirando a través de su tela
un sistema nervioso
una piel que se arruga
se derrite
húmeda por el vapor
que mis camisas en blanco negro iluminadas
bajo la luz de la linterna
figuran un atardecer
que las diluye en otros tonos
que se filtran en la abertura del botón
como los párpados que de algo nos protegen
y las manos que entonces nos suponen
para salir también de esa oscuridad
del cuerpo que desnudan
como dando muestra de que existe
algo más de lo que ves
y ese cuerpo por debajo de la ropa
aún sin referente
un pecho femenino que en tumor
el seno izquierdo brilla
haciendo de las fibras que componen la carne de los músculos
un racimo de uvas leche
nudo de piedra caliza
y lo morado de la piel estela de luz que se comprime
para caber en el espacio seguro de las prendas
del suceder sin importancia de la ropa
de las cosas que se doblan y caben después en el cajón
apiladas unas sobre otras
o extendidas también sobre los ganchos  
que simulan nuevamente otro interior
con lo particular de sus franjas y fracturas
más allá de lo posible aún por alisar
como si al pasarlo por la mesa de planchado
alcanzara lo más simple
una futura perfección imaginada
la de un cuerpo que no poseo
el deseo transmutado
como si fuera el exterior una manera de llegar a introducir
ese centro cavado a fondo de mi cuerpo
donde una presa
un ojo de agua surge entre la sierra
y lo demás
como si el ritual de las camisas
me evadiera de pensar
lo mucho que me pesa
lo que mi cuerpo no produce
por más que lo desee o sienta la parte
blanda que me late al interior
porque sin duda todo lo daría
para que algo aún más allá de mí
se transformara
 
*
 
dijera que no había nada en el origen
es impensable
así que debía haber otra forma de entenderlo
estaba el músculo de tu corazón bombeando
y arremetíamos contra el mar poniendo el pecho
el agua estaba helada
pero te hacía resplandecer
como lo atigrado de los gatos
por la noche encima de las bardas
tenías tú la boca blanca
y de ella te nacía un tulipán
y yo pasaba mi lengua alrededor de sus pétalos
húmedos
mientras el agua
rompía la epidermis de su nombre
y como todo mar se ponía sensible 
se estrellaba
tenía la arena algo de paisaje
de cuadro que borra al mundo
mirándolo en tus ojos
en el centro del agua
nos sentíamos dentro de una fábrica de
veladoras encendidas
y las mirábamos caer desde afuera
como la nieve
como la lluvia
que te hace pensar en cerrar las ventanas
venían las olas
haciendo espacio entre los dos como un silencio
un gran silencio
para poder oír las voces de los otros en la arena
la vibración de los camiones dando vuelta en las esquinas
el aleteo de un helicóptero rojo que giraba allá en la altura
—no estábamos entonces en silencio—
pero nos quedábamos callados
mientras las olas nos hacían estar tan lejos
se me va a pasar, dijiste
cuando venía hacia nosotros otra vez el agua 
y yo quería decir algo como:
me sorprende que existan los trasplantes
que pueda latir el corazón de alguien en tu propio pecho
como metáfora de algo
que se instalaba entre nosotros
pero no pude decir
y creo que alguien al final  llorará por eso   
alguien debería llorar por eso
o simplemente como yo
hundirse
cuando el agua vuelva
de esta forma entre los dos
 

Un eclipse
 
Será la figura de tu rostro
la cabellera que cubra el océano
al helado crujir de las olas
como hielos pendulantes
como dedos que corren por la espalda
la línea vertical de tu columna
que mira fijamente el resplandor que tuesta tus hombros
es el firmamento un puñado
una acumulación de pigmentos
como constelación lunar
me cubre la figura de tu cuerpo celeste
un hoyo negro en el azul
disipando todo cúmulo
aliviando la densidad
limpísima del cielo
sin tu nombre no se arremolinan
antes todo en la presencia
y toda presencia se derrota
ya no más el baile de las nubes
no el sonido del viento
fuera piedra sobre piedra
enredado en el filo de la ola
tropezada en sí
revuelta en sí
en una equivalencia
entra en tu remanso
oscurece sombra parte del azul
en tu fijeza eres el punto final
como un foco cubierto a mitad del cuarto
con una sábana encendiéndonos nosotros
como linternas que iluminan el paisaje
con las rodillas hasta el agua
parados a la mitad con las bocas abiertas
por el impulso
por el asombro de los pescadores.
El mar calmo es el cielo en tu rostro
no vuelto a comenzar
el mundo previo
el de las aves guardadas en los nidos
arrojando el silencio sobre todas las baldosas
en las calles
alto al suceder del motor
es el cielo en posición de llanto o sacrificio
que me sacaría el corazón
te lo pondría a un lado
latiendo más allá del cuerpo
manchado de azul de amarillo polvo
la luna rapta su eje cubriendo casi por completo
y todos quieren cazar la pausa
ante ti cruzándonos somos uno
no nosotros
es el cabello en tu cara frente a la mía
tu peso sobre mí moviéndose de la
manera más linda
un si tuvieras que ir más allá de mí
te pediría nuevamente que no vayas
bajo esa oscuridad vuelve todo a renacer
y las aves confundidas hacen círculos
se mueven en círculos
vuelan creyendo que cambiaron los polos
las hormigas dejan de marchar en fila
las abejas
y hay peces que parecen
tocar con sus bocas diminutas la piel de
 tus pantorrillas
la noche duró un segundo
se fue y me sigue confundiendo
ver tan de cerca tu cara
y no pensar que el mundo se cerró
 
*
 
Para decir que estás miro la noche
y me imagino acariciando un perro,
lo doméstico
me siento como un montón de brazos que lo cubren
aborregado en la escuadra de mi pecho
que es como una calle y sus cuatro esquinas
una cruz donde lanzar los alfileres
y girar sus cabezas redondas color pastel
y sin mirar atrás
esa forma de romper los conjuros que nos atan
llevándonos un rezo a los labios
en mi respiración de tu boca
que muerde la fruta
la desvive
y tu lengua aparte de la mía
pienso mucho en tu cintura
en Sonora
en el Sonora
hay una cosa atrapada ahí en tus ojos
hay un claro espacio entre mis manos
hay una neblina abrazada a los cerezos
y un bosque que no podré cruzar
hay un cuerpo en canal atravesado
hay serpientes que pierden la palabra
hay un escapulario donde recojo tu cabello
una cabeza mutilada a ojos abiertos
hay un cuerpo y los aceites que lo cubren
leche derramada sobre enjambres
y es café la tolvanera de tus ojos
que me apaciguan en esta forma de mover las manos
de andar descalzo por la lumbre
y mirar la cacería del último león y su cachorro
o detenerme a pensar en ti cuando veo a los pingüinos
contra un estampado blanco
cuando estoy hundido en el vagón de un tren
y creo que es verdad
hay animales que se pierden
que no recuerdan eso de volver cuando hace frío
no veo la noche y ni siquiera tengo un perro
por no decir de ti
de tu cintura
y lo mucho que verte me hace llegar hasta el Sonora
a pensar en los truenos de colores
en tu boca
que se parece tanto a estar adentro y toda tuya
tan dentro de una casa
en la cal y el sabor de los ladrillos
para no decir de la tierra de tus ojos
o el petirrojo que se esconde en el hoyo de tu pecho
y lo tibio de esa noche en que me dejaste sujetarlo
 
Selección de poemas especialmente hecha para
Vuela Palabra
Revista de Literatura
(2022)
 
***
 

Mamá, el campo
[fragmento]
 
Estoy anclada
y esta casa mojada por la lluvia
esta casa azotada por el viento
hecha polvo
y materia que crece.
Esta casa soy yo   
                                                                     Minerva Margarita Villarreal
 
 
TODO VUELVE
el mosquitero se repliega
para entrar
y tú,
Ana, abres la puerta
la puerta que da al patio
hacia los árboles frutales
hacia esa canícula despejada
sostenida entre las ramas
hacia el rumor de los duraznos e higos
el viento
tus pies
el piso mármol de tierra
criatura
que te toca desde niña
 
mírate a ti regar las plantas
esos geranios
carmesí
tan similares a la lluvia
 
esa forma que tiene la tierra de caer
cuando está húmeda
y los bichos
que se desprenden como si pudiera uno transformarse
en algo mayor
crecer
como si todo fuera mejor con un poco de agua encima
hasta las nubes recuerda
parecían moverse como peces
los rayos del sol
entre las ramas
tus uñas debajo de ellas un lodo cobrizo
 
y tú tan limpia
entre los mezquitales
 
no hay escondite pequeño
ni distancia que no haga desaparecer
cualquier frontera
 
nadie entonces quizá lo preguntó
aún ahora nos cuesta mirarnos a la cara
 
por qué no grita la niña
por qué no viene
llora tan quedito
 
si cuando llegó era recién
una res cabria de leche con su balido en el breñal
un molusco insostenible
su corazón
ojos tristes
ahora sentada al ras de ese jardín
hunde los pies
bajo la sombra
y siente niña
su voz
algo a lo que no puede
contestar
 
Mamá,
el campo
yo corría como si un perro enorme pudiera ser una
jauría un perro enorme que rasgara una mandíbula
que perseguía mis tobillos una ágil ensoñación una
gacela diminuta como las cabras y esas crías de pezuñas
no
me ponía de pie cuando los perros me rodeaban y las
paredes de madera parecían estar rasgadas desde arriba
y el techo
mamá,
no había más que estrellas ciervos girando alrededor de mí
me veían ofrecida como un retazo en la dentadura carroñera
por encima
y era yo
un pozo hondo
una noria inanimada
un profundo estanque
no había luz
me ahogaba como se hunde el cobre
hasta ser muy verde
más intenso que tus ojos
 
Mamá, el sueño no era mío
como un tripulante miraba todo
lo que se venía hacia ti
como una pesadilla recurrente
algo resonaba
también tu corazón
y no quería no
no de esa forma
y tú no podías despertar
y el sueño
siempre volverá a estar ahí
 
debajo del hambre tu cuerpo
el tío Manuel mirando
la miniatura apenas de tus pies
y esas manos
sus manos
los caracoles
el susurro
circulando las yemas de sus dedos
en tu espalda
el monte
las tardes de mirar las nubes
las primeras que alcanzaban a clarear
con el atardecer la hora
azul
volver entre las ramas
cuidando las espinas
tus piernas rasgadas de forma natural
los zopilotes en la altura
mirando cómo la tierra
secaba tus labios
lo colorado de tu cuerpo
y tus mejillas
qué infantil es la belleza
 
Mamá,
otra vez no sales de la cama
está tu cuerpo tirado al campo
curvas y no hay nada ya que te haga salir
nada que te haga bajar
y es profunda
la pendiente que te encierra
y nosotros no alcanzamos
 
no, tu cuarto está cerrado y ya es más de medio día
pensamos que las paredes se pintaron de dorado
en la estopa blanca que dejó rastro de nubes
como el atardecer del mar
dijiste que iríamos a verlo
 
tenías tú la edad que tengo ahora veinticuatro
y no podías salir
como a veces yo tampoco
 
nos escuchabas andar por la escalera
movernos también en la cocina
espulgar dentro de nosotros
también nuestras cabezas
a dónde ibas
cuando estábamos afuera
y queríamos o no que regresaras
 
qué hacer con dos criaturas creciendo al lado
qué hacer con sus colmillos
los dientes de leche
con esta punzada
que no me deja en paz
 
sé del asco la repugnancia por deletrear en sílabas
y responder por milésima vez la misma pregunta
 
mamá, por qué
y por qué
mamá,
por qué
 
como si no bastaran sus bocas abiertas
para interrogarme
 
para qué mi lengua cediéndoles lugar
esa distancia que yo tampoco reconozco
no lo sé
y hago fuegos artificiales con la luz
explicándome a mí misma
en qué momento los dejé entrar
así
por mi cuerpo suturado
abriendo capas de mi piel su sangre
 
mirarlos dormir
y comprobar que aún respiran
que siguen respirando
 
miro sus dedos por el resquicio de la puerta
sus murmullos y los ecos
de sus pies
una pequeña tos en sus gargantas
la fiebre
que los hará volver a mí
por más que me niegue a cubrirlos
con retazos húmedos
a dar de nuevo mi voz por lo que siempre me interrogan
 
y no quiero traducirles más el mundo
no el mío
el que veo florecer emponzoñado
que se eriza sobre mí
no quiero dejarlos entrar
no sus manos diminutas
no sus ojos
no mi cuerpo de res rendida
no
[…]
 
Fragmento perteneciente a Mamá, el campo, libro ganador del
VIII Premio Iberoamericano de Poesía Joven Alejandro Aura.
 
(Inédito)
 
***
 

II
 
Construimos un cuarto
tú y yo hicimos el techo con nieve seca
mi abuelo instaló la luz
en el cuarto de al lado
mi padre se prendía fuego
una lámpara entre cuatro paredes blancas
escuchamos al ministerio público
a los forenses
el murmullo de la muerte
yo dormía
tus manos guardaban mis oídos
mi padre incendiado hizo casa entre las sábanas
cubría su cara
así perdió la nariz los ojos
de este lado
tú llamabas arrullos a los gritos
y tu caricia salvaba mi infancia
encendías la luz como los días
tu boca:
lo más bello lo que uno ama
mi padre tiene piel de cocodrilo
y sólo tú sabes cuánto miedo le tengo a los reptiles
 
 
III
 
Estas fieras que sonríen agrietando el azul de los muros
tocan lo que matan
se dicen amor entre los dientes
se desbordan
al desprenderse de sus dedos
y dislocarse la capacidad de pronunciar
el alfabeto bajo el agua
por el pasmo de sus bocas como niñas frente al mar
cuando se tocan
y la asfixia por la contracción
que se escurre por sus muslos como almíbar
ante el caer de su carne en paredes
lo demás no estuvo vivo nunca
 
 
Recién me recargué en su rostro
 
el cuerpo de mi cara
se desfiguró
una botella de plástico a la distancia
del cuerpo que cambia
dentro/más allá de él mismo
sobre la llama
los cerillos en la punta de los dedos
el fuego
que hace arder por todas partes
diría yo: Están muriendo en mí los otros
desde aquí la mano en el pecho
mido el dolor de este mundo
Esto queríamos decir
todo lo que amé se muere conmigo
Mutilar a quien se toca
retorcer de versos
tanta metáfora
llenar de pájaros y flores los poemas
al pasarlos por tu lengua
todo siempre parte de un mismo canto
marchitar y tocar las plumas
la punta de las alas cabellera oscura
para acariciar y trenzar
Porque ¿cuándo has visto
los cuerpecitos de los pájaros
podrirse en las banquetas?
 
 
Papá tú dices no hay mucho que ver
 
pero siempre me acompañas
y yo digo que nunca pensé en el terror que quizás 
también sentías al mirarte
ni en la tristeza que siempre te mantuvo suspendido
que nunca pensé en los objetos colmados de miedo
contemplándose en la luz que desprendías
ni el calor que por momentos los iluminó
que nunca pensé en las constelaciones que se derramaban por tus ojos
más allá de la noche
ni en la forma en la que solías detenerte a mitad de todo
y sonreír
que nunca pensé en la estrechez del cuarto y lo inmensos 
que éramos al encendernos y apagarnos
ni en lo mucho que contábamos cuando yo aprendía
a seguir tus pasos y tu mano me sostenía de caer
en ese tiempo no existía pequeña tan pequeña 
como la que ahora soy
porque nadie nunca había llegado hasta ahí
y yo era para ti toda la vida todo
el amor y la ternura
a cada paso
y cada yo una extensión de ti
que por momentos creías reconocer
 
 
Los pájaros no saben más de lo que muestran
 
ésta soy yo al pie de la letra:
la que ama tiene hambre
ingiere a sus presas por completo
para después regurgitar
los huesos
la carne
la piel
el sol enmarañado en tu cabello
y la luz que se cuela por las sábanas
el tinto sabor a molusco
y la exhalación de nuestras uñas
desprendiendo sus raíces
la que ama
no sabe más que devorar
 
 
Padre ¿dónde cabe el amor y la memoria de este cuerpo?
 
sé que en otra parte escondes tu figura debajo de las sábanas
que nadie jamás te habló de la claridad
del calor y la ternura
que no aprendiste a sostener el mundo
que el cuarto era pequeño y la fuerza de tus brazos muy poca
que encendido corriste en la azotea
que tirado en el suelo preguntaste por mí
Padre te observo desde la ventana
y quizá si otros fueran mis ojos
te hubieras detenido
sólo sé que el amor presente aún tiembla de miedo
ante la lucecita de tus ojos
que al pronunciar mi nombre
dicen
se te quebró la voz
 
 
Soy tan cosmos
 
que tanta nada
se recarga en mí
dijiste sosteniéndome
y yo extendía la sábana sobre nuestras cabezas
seguramente
el mundo seguía tras la puerta
no te levantes
no te levantes ahora que tenemos fosas de estrellas
iluminando el filo de tu espalda
espera
porque el amor es un animal tan mutante
con tantas divisiones posibles
el amor es una hidra
que cabe en el bolsillo
una parcela de tierra
y envilecidas como hienas
aves de rapiña
miramos
la espesura de ese cielo
que aún no se quiere ir
 
(Envilecidas como hienas miramos la 
espesura de ese cielo,
Premio Nacional de Poesía Dolores Castro, 
2019)
 
Graciasss/www.carruajedepajaros.com.mx-iza-rangel/

 

Comentarios