JUAN CARLOS BAUTISTA

Caín y Abel

Trepado en mí
casi no hacía ruidos,
pero desaforadamente
su bestia comía de mi culo.
Un hombre silencioso en tiempos de guerra. 
Este hambriento –dije– es mi hermano.           
Y me abrí delicadamente                                   
como un jacinto a la pisada del buey.
Le di agua de mi boca,       
manos que fueron pañuelos para su frente,            
mi espalda como un pan            
y ojos que supieron cerrarse a tiempo.
 
Trepado en mí
dije este hombre es mi hermano
y lo quiero
porque somos igual de pobres
y estamos igual de hambrientos.
 
(Lenguas en erección, 1990; 2008)
 

Porno
 
Para no mancharnos las manos de amor: porno.
Para no distraerse en los contornos
ni en la yema delicada: porno.
Limpio desmembramiento.
Hoy he visto a un viejo montado por un muchacho:
qué espantosa lujuria:
se alargaba el viejo para alcanzar la oreja
que la saliva hinchaba como una seta
y abría los ojos como un moribundo
cubriéndose con las manos florecidas
y llenas de tierra del muchacho
y entre esas piernas
que temblaban
perfectas como columnas antes de un terremoto
iba naciendo el viejo
   desovado con desgano
pues era
como si fuera enterrándose al tiempo que nacía
hechizado por el ruido de su sangre
Así vi brotar el cuerpo del viejo
desde el cuerpo de párpados cansados del muchacho.
Y eran como dos monstruos
en tremenda alegoría
el rayo de los años cayendo en medio de los huesos
el joven todavía con algo de infancia en el pelo salvaje
      y en el torso de caballo limpio
y vi que el viejo era como un padre comiéndose al hijo
vistiéndose las tripas tiernas como un lujo mortuorio
deshilvanado entre esguince y uñas
y aire podrido
y júbilo siniestro
así vi al viejo gritar
y matar la yerba en que se tendía
más desnudo que el joven
porque no hubo resplandor ni vergüenza que lo cobijara
y vi que el muchacho era manso como un animal de matanza
honesto como una máquina de pronto enternecida
y puse sobre mis ojos dos grandes hojas de hierba
porque un animal viejo que suda su miedo
al ser arrastrado de la muerte hacia la vida
es digno de toda conmiseración
Dime entonces esa manera de los duelos
ese modo de arrullarse entre los brazos de las espadas
y ese croar triste
ese bufido turbulento y lentísimo (oh noche)
del amor sin amor
Y era el viejo una advertencia,
una melancolía nupcial azotada con rabia
de último relámpago, con las mejillas
sucias por el rescoldo genital
pero antes del cinismo
antes de que sus huesos silbaran como la tierra viva
ladró pensativo
con la cabeza hundida entre sus plumas
bajo sábanas de hospital
y dijo:
fuera del guion
dijo:                            
      dame duro
      rómpeme
Fuerte fantasma era el viejo
que:
no quería morir
Eso era lo chocante: la miseria de alargar el vivir
Como fuego regado con alcohol
el joven desovó al viejo
como un huevo podrido
echó fuera de su cuerpo su cadáver intacto
y entonces se sobaron los hombros entumidos
    y repasaron las injurias como monedas nuevas
y se enterraron los dedos en la carne
como un viático
para el día de la casualidad
para el día del extrañamiento
Míralos bien: ¿no era el viejo
la bestia que devora por el culo?
   aullido
quebranto sin dolor y sin vergüenza
y ese frenesí de loca como una bofetada
como una fruta estrellada contra el muro
Desgrana, amor, los dientes que se te caen con esa sonrisa
y dime por qué la alegría te penetra como un topo
por lujosos laberintos donde al final
estás sentado y vacío 
qué fiesta salvaje
la del gusano que se desviste
en medio del verde:
como cuando un hombre devora a un muchacho
y el miedo se le queda en el labio como la espuma 
y se cimbra por la risa de amor herido
con las rodillas enrojecidas por la pena
Qué fiesta la de la mantis
con el cuerpo a punto de romperse
entre los dedos secos de la yerba.
Pero he aquí el porno: el espasmo sin dolor
La mesa puesta para ser acariciada por el hambre.
Cierra los ojos, amor.
Dale forward a la tristeza.
Estamos limpios como al principio:
El porno nos salvó de la vergüenza.
 
(Lenguas en erección, 1990; 2008)
 
***
 

El Cantar del Marrakech
(Fragmentos)

Tras cortinas de nervios y mareos,
catedral hundida en su sueño
entre onirias agazapadas,
estaba el Marrakech.
Las rocolas echaban a volar sus cuervos
y las locas,
de risas lentejuelas
empapaban el aire de miradas.
Las liosas, las dulces, las tibias, las acedas:
nacidas de su amor asustadizo
y del humo triste de la sodomía.
Con sus gestos como puños
y las manos llenas de fervor, ladraban:
vírgenes verriondas
de tardes en declive y noches sin tregua, 
tendidas bajo el sol bajuno de las lámparas.
En el Marrakech eran soberanas,
cerraban las piernas como señoritas y reían como putas.
Oscuras y alegres como algo que va a morir.
Ellas,
las sin vértice,
con el vinagre siempre en la enagua
y la sed, 
y el ardor de esa sed.
Iban al Marrakech inhalando olor de puertos
y ciudades de noche.
Reinas amarillas,
amoratadas,
subidas de color.
Reinas de melancólico fumar 
que oteaban descaradas el pez de los hombres,
tras pestañas egipcias y dolencias abisinias.
Henchidas de presentimientos,
fieles a su embuste,
ligeras y estridentes como plumas,
paseaban su oído, su ternura,
su culo espléndido,
entre el azar de las mesas,
girando con el hábito furioso del insecto.
Iban al Marrakech y lo llamaban alegremente: El Garra
El Marrakech o El Marranech.
Hechizadas ante ese nombre crispado y su conjuro.
-Vamos al Garra, querida.
Hay una loca que da vueltas.
Hay una bicicleta que camina sola.
Hay un hombre que se hinca frente a su verga
como frente a una cruz.
Hay esfínteres que son grandes oradores.
Hay un cábula lamiéndoles las ínfulas.
Hay un gandul con la garganta a media furia.
Hay un niño con los ojos cerrados.
Hay paredes pasándose de verdes.
Hay una loca que camina sola,
como una bicicleta sola,
tan sola que da miedo.
-Vamos al Marrakech, querida.
Y las nalgas se inflaban.
Y los culos se abrían como boquitas.

*

Adentro
Sin peso
Cada quien era su cuerpo
Libre de amor
Sin odios ni recuerdos.
Cada quien era su carne
Viva como una rosa animal
Única moneda en nuestras manos.
Y nos entregábamos porque sí
Por vernos la agonía
Mondados los huesos
Y desnuda la sangre.
Era delicioso callar nuestros nombres
Era bendito mentir
Abrazarnos fuertemente
Como si nos fuéramos a caer.
Y caíamos.
 
(Cantar del Marrakech,
Fondo Editorial Tierra Adentro,
1993;
Frac de Medusas,
España,
2016)


La Giralda
 
 
Una vez conocí un hotel
donde los huéspedes se quedaron a vivir para siempre.
Las putas tendían la ropa en los balcones
con el gesto severo de cualquier ama de casa.
Los niños nos miraban tímidos detrás de las puertas
y los machos torvos, en sus camas, no acababan de despertar.
Extrañas familias de puertas abiertas,
con la elegancia requemada de los bereberes.
Ahí, habría pasado mi vejez
en un cama olorosa a chorizo.
Ahí pude haber lavado toda una juventud de amores sin suerte.
En medio del silencioso furor,
las mujeres se daban tiempo
de trabajar y de cantar susurrantes,
como todas las madres del mundo.
Iba ya solo cuando salí
y la calle me recibió a gritos.
Sentí de pronto una tristeza inmensa y ardiente
de muchacho que deja atrás su niñez.
Se llamaba, creo, La Giralda.
O una cosa así, soñada.
(El resplandor de las teles era un ángel
con su jazmín eléctrico recorriendo las habitaciones.)
 
(Cantar del Marrakech,
Fondo Editorial Tierra.
1993;
Frac de Medusas,
España,
2016)
 

El muchacho del autobús
 
¿Qué sería de aquel muchacho
que una tarde
me dio su mano de pronto
en medio del autobús,
su mano durísima de muchos trabajos?
Sin mirarme,
con la cabeza baja,
me dio su mano de pronto,
sin decirme nada.
Era tanta la gente
que íbamos muy juntos y serios,
como esposos,
mirándonos sin vernos.
¿Qué sería de su belleza
y de su compasión?
Hoy puede ser cualquiera
de los hombres que viajan
a mi lado, abatidos.
Pero esa vez,
aquella vez…
¿Qué sería de sus manos?
¿Seguirá mirando así, sin mirar?
¿Seguiría platicándome así, sin hablar?
El viaje, recuerdo, fue largo
y, de pronto, él se apartó con delicadeza
y se fue.
Ah, bodas extrañas
y profundas
de los que no quieren conocerse
y se entregan completos en un roce furtivo,
cogiéndose de las manos
para dejarle al otro,
                        sin pedir nada,
una moneda deslumbrante como un pezón.
 
(Cantar del Marrakech,
Fondo Editorial Tierra,
1993;
Frac de Medusas,
España,
2016)
 
 
En el miadero
 
En el miadero,
largo y solemne como un abrevadero de caballos,
los hombres levitan como iluminados.
Se hincan,
echan a beber la bestia fabulosa;
alguien alarga su sexo como una dádiva:
esa cabrona dama de la caridad.
En el miadero los hombres cierran filas,
se empapan en orines,
untan los muslos
y se abrazan como en el último día del Sexo.
Triste abrevadero de caballos
donde las miradas corren en declive
y las manos,
inocentes y abyectas,
se encienden de barroca necesidad.
Ahí, entre paredes garrapateadas,
los cuerpos chocan contra sus sombras.
Los mingitorios callan supersticiosamente.
Triste, triste abrevadero de caballos:
el sonido de los chorros recrea la furia,
no hay tiempo para las grandes pasiones,
brincan los niños,
enloquecen.
Hugo
Obligado por la resaca
un minuto se quedó callado,
mojó de cerveza sus labios
y su sombra fue húmeda y amarilla.
(Su respiración de fruta casi se podía morder).
17 años: ésa era la cosa.
Se asomaba el ojo del ombligo y entre sus piernas
su sexo niño no dormía ni dejaba dormir.
Hugo:
la cantina levantando sus estípites alrededor
de tu indolencia,
la noche que susurraba para tu pie desnudo
y despiadado,
todo se explicaba por ti.
Todo,
incluso la realeza de las cuinas,
su labio desbordado,
ese festín agrio
que las hundía de pronto en un tiempo duro,
con la sangre burlando su forma de raíz.
No era épica aún tu virilidad,
pero tu dulzura gramosa
levantaba pendones empapados
y las vergas en su laberinto
hacían un ruido intolerable.
Sin que tú lo advirtieras, Hugo,
sin que pudieras vencer el peso
que te embrocaba sobre la tierra,
entre la soldadesca ávida
y bajo la mirada caliente y negrísima de tus enemigas.

(Cantar del Marrakech,
Fondo Editorial Tierra Adentro,
1993;
Frac de Medusas,
España,
2016)
 

Si fuera sólo

Si fuera sólo
desmadrarse tres minutos.
Pero la canción,
Juan Gabriel maldito,
se clava en el hueso
y se entierra detrás de la pupila.
Como enfermedad que dura más allá del microbio,
dulcemente nos quema.
Tú lo sabías,
emergiendo en púrpuras de tu abrigo,
con la voz vasta
del que ha sufrido la pasión de todos.
Tú, profeta
—las mieses cayendo sobre el corazón de tus pobres
y el sexo de los eunucos coronándote—,
no conocías lástima ni reposo.
Ahí va tu evangelio:
en las cantinas, en los tristes hotelitos
y en el radio de las niñas que sueñan.
Ésta es la verdad,
el cuerpo y la sangre
de los que se alzan contra sí mismos.
 
(Cantar del Marrakech,
Fondo Editorial Tierra.
1993;
Frac de Medusas,
España,
2016)
 
 
Tras cortinas de nervios y mareos
 
Tras cortinas de nervios y mareos,
catedral hundida en su sueño
entre onirias agazapadas,
estaba el Marrakech.
Las rocolas echaban a volar sus cuervos
y las locas,
de risas lentejuelas,
empapaban el aire de miradas.
Las liosas, las dulces,
las tibias, las acedas:
nacidas de su amor asustadizo
y del husmo triste de la sodomía.
Con sus gestos como puños
y las manos llenas de fervor, ladraban:
Vírgenes verriondas
de tardes en declive y noches sin tregua,
tendidas bajo el sol bajuno de las lámparas.
En el Marrakech eran soberanas,
cerraban las piernas como señoritas
y reían como putas.
Oscuras y alegres como algo que va a morir.
Ellas,
las sin vértice,
con el vinagre siempre en la lengua
y la sed
y el ardor de esa sed.
Iban al Marrakech exhalando olor de puertos
y ciudades de noche.
Reinas amarillas,
amoratadas,
subidas de color.
Reinas de melancólico fumar
que oteaban descaradas el pez de los hombres,
tras pestañas egipcias y dolencias abisinias.
Henchidas de presentimientos,
fieles a su embuste,
ligeras y estridentes como plumas,
paseaban su odio, su ternura,
su culo espléndido,
entre el azar de las mesas,
girando con el hábito furioso del insecto.
Iban al Marrakech y lo llamaban alegremente:
El Garra.
El Garrakech o el Marranech.
Hechizadas con ese nombre crispado y su conjuro.
—Vamos al Garra, querida.
Hay una loca que da vueltas.
Hay una bicicleta que camina sola.
Hay un hombre que se hinca frente a una verga
como frente a una cruz.
Hay esfínteres que son grandes oradores.
Hay un cábula lamiéndose las ínfulas.
Hay un gandul con la garganta a media furia.
Hay un niño con los ojos cerrados.
Hay paredes pasándose de verdes.
Hay una loca que camina sola,
como una bicicleta sola,
tan sola que da miedo.
—Vamos al Marranech, queriiida.
Y las nalgas se inflaban.
Y los culos se abrían como boquitas.
 
(Cantar del Marrakech,
Fondo Editorial Tierra Adentro,
1993;
Frac de Medusas,
España,
2016)
 
***


La vuelta de Telémaco
 
¿A dónde, Telémaco, tus pasos conducirás
en busca de un padre extraño, apenas soñado?
¿Qué tierra te comerá la bella planta de los pies
y quemará con cal y salitre el rostro divino,
para dejar, como dos ascuas
en medio de la carne viva, la mirada de 
aquel al que buscas?
En Ítaca estás, la escarpada,
y en Ítaca debieras quedarte.
Mas, como la sangre quema y la soledad 
te empuja como un viento negro,
ve a buscar ese fantasma que asusta tu corazón de niño.
Grande fue Odiseo,
pero los árboles de su estatura
no debieran tener hijos que luego se quemen bajo su sombra.
Solo angustia es la heredad de padres a hijos.
Solo angustia y fracaso
y un punto ciego de dolor en el cuerpo
que nunca se atina.
¡Ah, Telémaco, una diosa hostil
lleva tus pasos por un camino de carbón ardiente!
No hay retorno, no se puede volver la mirada
cuando el destino es un padre que ha crecido en la imaginación,
un padre que se pasea por tu vigilia
y te punza el costado apenas te distraes.
Alista, pues, tus arreos
y échate al camino.
Ítaca te vio crecer;
Ítaca fue tu juventud y tu carne.
Mas nadie que quiera ser hombre debe permanecer en Ítaca,
la que es hermosa al atardecer.
Échate al mar, al ponto fiero,
en busca del padre atado al mástil de tu memoria.
Pero no sigas a la diosa razonable, la ojiglauca hija de Zeus.
Haz solo aquello que tu corazón exige:
piérdete.
 
(Bestial, 2003)
 
***
 

Diabla la grande
 
No era bonita Diabla la Grande, 
había en su cara bestialidad 
y la recorría ponzoñoso un viento sin recodos. 
Y, sin embargo, 
era un caballo-lirio vestido de mujer, 
un montón de rosas oscuras 
         reclamando caricia en las espinas.
Diabla reía 
y su risa era un ensimismamiento de piedra viva, 
un relámpago en la noche inútil del Marrakech.
Larga, 
como una serpiente su cuello, 
                  tumbada en camastros de hotel, 
               desatada del mástil del día, 
                           entre risitas roncas 
y colores a punto de pudrirse, 
amando su perdición, 
                  el alcohol de su sangre 
                       y su muerte. 
La recuerdo olorosa a cerveza y vómito 
el día que la dejó Pascual 
                           y supo 
que los oscuros solo de amor quieren morir, 
y de vergüenza.
 
(El horroroso caso y otros poemas,
Editorial Nieve de Chamoy,
2020)
 
 
La maestra de baile
 
El baile también es una forma sagaz de volar 
para quien carece de alas.
Es una forma del arrebato para quien carece de locura.
Es un modo de escapar para quien no tiene puertas, 
pero tiene un cuerpo, tiene dos cuerpos, 
y una manera erecta de arder.
Esto, claro, me hace recordar el triste 
caso de la maestra de baile.
La maestra, la sola, 
que se ponía una gardenia sedienta en el peinado 
y un vestido nupcial de corto vuelo, 
para ejercer el baile en el temor de sus días 
como una garza en un campo minado.
La maestra, ojos de extravío, 
nerviosita, 
un poco bebida a veces, 
con esa forma de reír tan agobiante 
y su aristocracia de solterona, 
lamida por el molusco de la virginidad, 
todos los días, todas las noches.
En el salón de baile entraba como una reina, 
casi loca, 
preciosista hasta la autodestrucción,
para después ir cayendo, 
golpeándose contra otros cuerpos, 
contra la oscuridad, 
contra la música.
La hallaron desnuda 
en la sala de su departamento, 
con los tacones calcinados, 
vacía ya la lumbre roja de ese charol, 
y la gardenia pisoteada.
Sólo las huellas delataron al asesino 
— ¡no era un bailarín natural!—, 
huellas del rebusque y de la fuga, 
mojadas en sangre, 
machacadas en el piso 
                           1-2-3 
                               1-2-3 
(vuelta) 
                  1-2-3 
con la precisión dogmática de una lección de baile.
 
(El horroroso caso y otros poemas,
Editorial Nieve de Chamoy,
2020)
 

Puto decía en las frentes
 
Puto decía en las frentes,
puto en las paredes pompeyanas del inodoro,
puto en las manos sebosas
y en los muros ignorados, escrito con odio:
pe de puto en los ojos cuando hacían esas hipérboles,
esas elipsis.
cuando se iban al techo, a la nuca,
la niña desmayada entre secreciones y ronca risa:
puto en esas visiones repentinas,
en esos gestos movedizos,
en la cadera, su abrupta estatua,
sus lentas, desaforadas descripciones:
puto en la locura doliente desde los ojos
como pájaros escapándose
a un cielo que respira su trágico y su cómico,
y se deja caer por el lujo de contemplarse en esa prisa:
y el dedo que rayaba las sábanas,
tan triste y tan digno,                               
luego removiéndose entre risas,
detenido en el aire, diciéndolo:
"pues sí,
morena (y puto) soy porque el sol me quemó,
¡oh, hijas de Israel!
 
(El horroroso caso y otros poemas,
Editorial Nieve de chamoy,
2020)
 
 
Rezo coral por la tamalera asesina
 
Señor: perdónala Tú,
perdona a la mujer que hizo tamales al marido.
A la mujer que no lloró
y, antes bien, se dobló de placer
al hundir los dedos en la masa
y la manteca.
Perdónala:
era sólo una golosa
y en todo caso, una arrebatada,
una delirante.
¿Quiénes somos nosotros para juzgar su locura
cuando los tamales estaban buenísimos?
Perdónala:
no es poca cosa lograr delicia
de una carne embrutecida y vil.
No la juzgues a ella,
juzga su obra: la mezcla perfecta
de la carne del cerdo con la salsa dulce y picante del morita.
¡Perdónala! ¡Perdónala!
Retén su gesto de Verónica
cuando los periodistas llegaron
y le pidieron, para la foto,
que blandiera el cuchillo como una trágica.
 
Temblaba, Señor, temblaba
porque los olores la transían aún,
y ella iba abriéndose a las intuiciones de su lengua.
 
(El horroroso caso y otros poemas,
Editorial Nieve de Chamoy,
2020)

 
Sueña La Caballa (Canción de cuna)
 
Sueña La Caballa,
sueña la exagerada lumbra de la amora,
de la tiniebla que ella es,
de la venenosa resabia de las rías de su cama suavísima,
                    de la noche descosida de sus piernas rajadas.
Tibia, 
tibia va desmenuzándose,
abre el lloro de su masculina,
las lágrimas amargas de su sexa,
todo en ella es ELLA,
                                   exageradísima,
su cuella, su pecha, su cula, su saliva,
¿y las fronteras del alma?
¿y las amarras de la carna?
¡Ay, los sustos cuando el macho se vira 
y reclama unos embates!
Putita de vaivén: ¿tú, reinventar la munda?
¿la inmunda?
Ya estás vieja para eso, ya no:
perra fuiste, violenta maravilla…
pero ya no, darlinda,
                                ya no…
 
(El horroroso caso y otros poemas,
Editorial Nieve de Chamoy,
2020)

Graciasss
/www.arquitrave.com/juan_carlos_bautista
Graciasss/periodicodepoesia.unam.mx/juan-carlos-bautista/
Graciasss/www.revistadelauniversidad.mx/juan-carlos-bautista
Graciasss/www.laotrarevista.com/juan-carlos-bautista-mexico-1964/
Graciasss/revistareplicante.com/la-ultima-carcajada-de-carlos-monsivais/


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