JUAN GIL-ALBERT


 Elegía a una casa de campo
 
¡Oh tú, casa deshabitada            
en el solemne verano de nuestro silencio!               
¿No adviertes que el solaz ha quebrado tus alas,             
y tus verbenas orlan inútilmente                    
las cintas verdes que nadie recorre?              
Tu follaje ha crecido a su tiempo,                   
y la ligereza de las doradas mariposas,                    
el zureo de los palomos             
y la ardiente cigarra del olivo,             
dan el espacio frágil                    
donde la vida como otros años transcurre.             
Ya penderán los racimos de tus traviesas                
acumulando en sus granos un leve iris de polvo.             
Ya tiempo hará que tus vibrantes chopos                
la voz del agua entretienen en sus hojuelas,                       
sobre la amarillenta calina,                  
y la soledad estará sentada en tu balcón agreste               
viendo a las cabras de cuello gentil               
ramonear las hierbas inmortales                    
en los débiles cerros.                   
Porque no habremos llegado como siempre                       
a tu venturoso solsticio,             
ni los perros del huerto              
nos recibirán saltando bajo los perfumados nogales.                  
¡Ay casa de las viñas colgantes desde los bancalillos,                 
rumorosa de fuentes,                  
casa guardada en estuche de yedras!            
Cuando el trepidante camión resonó en tus cercos,                     
y viste bajar a los desaliñados jóvenes                      
que entre los rayos del sol estival,                 
parecían los exterminadores de tu siesta fantástica                     
surgidos al conjuro de un huracán interno.            
El tiempo que fluía superfluamente              
como en el desarrollo de una flor,                 
¿ha podido barrenarse sin estrépito              
y una sima intransitable separarnos desde hace breves horas?           
Oh desgarradura que ni se oye ni se ve.                  
¿Sobre qué cataclismos              
y en qué frágiles andas navegaba la vida,               
si las ineptas carabinas de esos muchachos            
han disipado como el humo un palpitante juego?            
No más, imposible morada de la sierra,                   
que si en los días venideros repentina me asaltas            
y mi sombra sobre los frescos hongos                       
vaga en su sien prendida una umbela silvestre,                
y en los oídos petrificados de las ninfas                   
deja un susurro de cuerpo de árbol,              
un fugaz estremecimiento de intruso,                      
el mundo no detendrá por ello su destino inaplazable               
cuando los pies del hombre se han llenado de tierra nueva                 
y trasladan su corazón sin nostalgia             
allí donde tú, casa deshabitada,                      
no eres nadie.
 
(Son nombres ignorados,
Hora de España,
Barcelona,
1938)
 
***
 

Sobre unos lirios

(Apuntes)

I

Mancebos como príncipes,
os habéis alejado del jardín
y crecéis en mi alma,
en algún oculto declive.
Morados y blancos, malvas y amarillos
son los colores de vuestras vestiduras,
y espolvoreados de plata
desafiáis al tiempo.
Cuando sopla la brisa
de mi corazón enamorado,
sonreís lentamente
como si recordarais.

II

Os llevaba conmigo,
como un manojo de príncipes
que rodean al maestro
en el ejercicio de la mañana.
Luego engalanabais
mi mísera vivienda,
pero vuestros verdes espadines
me recordaban nuestra distancia.

III

Os amo,
flores lejanas,
jóvenes reyes
del monte misterioso.
Comprendo que hayáis huido
del jardín y su gente;
nada atrae allí
a vuestra altiva sencillez.
Entre estas cuatro paredes,
¿os resultaré un triste inoportuno?
Y sin embargo vuestro dulce aroma
me llega como la respiración de un amigo.

IV

Desde muchos años,
nadie había sabido acompañarme
con esta gentileza
que me cautiva.
Cautivadores sois,
inexpresables,
y vuestra presencia ha sido en estos días
como el sueño de mi juventud.
Cuando la pálida púrpura
del capullo se aje,
¿qué imagen entristecedora
os llevaréis de mí?

V

Os puse junto al recuerdo
de una jovencilla desaparecida,
porque me gusta rodearme
de seres que no dañan al amor.
Quizás entre ella y vosotros
hay un diálogo inefable
que yo nunca entendería,
porque soy un hombre.


A un arcángel sombrío
 
Canción

Algún día
el sigiloso administrador de la divinidad,
aquel doncel extraño,
descenderá, para llevarme allí
donde su espada da luz a los elegidos
y la radiante oscuridad de sus ojos
satisface la integridad del hombre,
así como la fruta madura
sirve al inextinguible apetito de la muerte.
Removerá con su oscuro aleteo
el aire corrompido de la tierra
dejando que sus candorosos pies
levanten la polvareda de los caminos
y un viento invernal
hiele el corazón de las criaturas
y haga caer como frías muecas de consumación
los viejos ramajes de los árboles.
Dejará que los que le temen
oculten su vergüenza en la penumbra
y acallando sus pechos
musiten las plegarias que destinan
al huracán que arranca las cosechas
o a la pálida peste
que devora a sus hijos.
La vida que despierta,
el inclemente pasmo de su felicidad,
borrará pronto las huellas
de tanto horror,
y una radiante luz estacionada,
un nimbo clarividente y majestuoso
delatará a los hombres
que allí vive el elegido de su corazón,
y nadie osará desplegar los labios
ni cruzar con la irrespetuosa cabeza cubierta
por aquel vergel intransitable y quieto
donde se celebran las nupcias perennes del amor.
El murmullo de la vida
discurre bajo los apagados mármoles eternos,
y las flores que crecen
en los cercos de aquel confín
ostentan un no sé qué de repleto y magnífico,
y el balanceo de sus tallos
adquiere allí toda la gentileza de lo irremediable.
¡Venturoso el corazón que alberga
tu terrible placidez!
Aquellos sobre los que has descendido libremente
-como en nuestra melancólica tierra
solemos encontramos,
cual insospechado vestigio de tu existencia,
las encantadoras criaturas
sobre las cuales posamos nuestros ojos
con angustia mortal-
tendrán al fin aprisionado
en el frágil reducto de su cuerpo
tu luz enternecedora,
el filo de tu espada que da vida,
y en torno a sus mudas frentes de placer
el aleteo negro de tu fruición
estará moviendo aquellas lacias cabelleras deseadas.
Así reinas,
divino ser del universo,
sobre aquellos que te amaron ciegamente
a través de las apariencias.
 
(Las ilusiones con los poemas de El Convaleciente,
Imán,
Bs. As.,
1944)

*** 
 

A la vejez
 
Como una sombra a veces te insinúas                      
lejos aún y un tiempo deliciosa,                      
casi como una joven que aportara                 
un nuevo resplandor. Siento en mi cuerpo             
la transparente imagen de ti misma              
como un sedoso velo que adormece              
bríos y ansias. Vas como hechicera               
vertiéndome en la sangre un bebedizo                     
y dando a mi sonrisa una engañosa              
sombra primaveral. Qué importa, dices,                  
si en tus cabellos anda floreciendo                 
una pálida aurora y a tu puerta                      
hago sonar con férvida llamada                     
al juvenil discípulo extasiado.             
¿Alguna vez brotaron de tu boca                   
tal caudal de estivales melodías                      
ni sentiste en lo hondo de tu pecho,              
entre los borbotones de la sangre,                  
abrirse con dominio tan hermoso                   
tu flor crepuscular? Oye el susurro                
con que se encrespa el don de la palabra                 
bajo el suave rocío del ocaso.               
Y ante tal persuasión, ¿quién no abandona,            
como un placer postrero que nos tienta,                  
su vida a esta fiel mano amortiguada                       
que pule cuanto toca?
 
(El existir medita su corriente. Poemas,
Librería Clan,
Madrid,
1949)
 
***
 

El verano en su cenit o El verano soy yo
 
Cuando se vive lejos de la vida                      
¿dónde se está viviendo?                      
Tal vez se esté caído en el arcano                   
de la misma existencia.              
El campo en torno
monótono se extiende en la memoria           
como una rueda gira velozmente                   
sin que su vivo centro se desplace                 
del corazón humano.                  
El orbe entero
irradia alrededor y sus aromas           
parecen recordarnos cosas viejas                   
que no se sabe nunca al repetirse                   
si son de ayer, de hoy, de la mañana            
o de su flujo eterno.                     
El hombre sabe
ya demasiadamente de la vida            
para que como nube no ensombrezca                       
su propia estela.               
El hombre se separa
de la dulce corteza que lo aflige                     
y hace como que duerme estremecido                      
dentro de su cubil:                       
su vida es todo;
su vida es todo y nada: vida suya,                 
y es lo bastante ya para sentirse                     
ese todo, esa nada, aquí viviendo                  
en medio de la rueda movediza                     
que hace girar el mundo:                       
el hombre calla.

Ya no son las palabras dulcemente                
lo que quiere decir y sus suspiros,                 
ni el rumor de esta brisa matutina                 
que le recuerda tanto al otro tiempo             
de su felicidad y sus congojas;             
ya no es él quien dirige, ya no quiere           
ni sabe poseer:                   
son los enigmas
hablando por sí solos, sus presencias            
reguladoras, sueño, acaso un sueño              
tan poderoso, abierto, estremecido                
que es necesario hundir en sus raíces           
nuestra razón de ser y contentarnos             
con meditar gozando estos paisajes              
por los que nuestro aliento se expansiona               
bajo el pinar:                      
el aire, la fragancia,
¿qué son sino vestigios de mí mismo            
aun antes que de mí desaparezcan                
figura y sombra?              
Miro a las montañas
y baja de sus lados el perfume             
de sus sedosos vellos.                 
Miro a lo alto
y sólo veo el sol omnipotente              
tendiéndome sus manos luminosas               
como cualquier galán.                
La vida o nada.
La vida nada más o cualquier sino.               
Cuando el pinar se mueve tembloroso                     
y de todos los nudos de su cuerpo                 
cantan las crías nuevas del verano                
con hambre fresca:                      
el hambre y sólo vida.
Este piar, mi pecho, el movimiento               
de todo lo que está cansado y vive.               
¿No está todo animado por un hambre                    
majestuosa y tierna?                   
Un hambre vela
porque la vida siga, siendo canto,                 
porque la vida siga siendo vida.                     
Un hambre o este yo que aquí, en el centro            
de mi bondad, irradia los clamores               
que hacen de la mañana un sortilegio                       
suavemente tendido:                  
miro abajo
y el corazón se posa como un ave                  
sobre los laboriosos campos finos                  
del color de la miel,                     
miro más hondo
y apenas ya si veo otra caricia             
que no sea belleza.                       
Es el silencio
lo que impregna entero esta distancia,                     
lo que me da la altura conveniente                
desde donde las cosas se incorporan            
a su divinidad.                  
Pero este curso
que en mi costado late irresistible                  
sabe que el mundo es más, que vida es vida,                     
que lo que sangre lleva por las venas           
es un bravo torrente que no logra                  
detenerse contento:                     
mana y mana
con imprevisto curso lamentoso                     
su fuerza ciega:                 
gime y goza y canta
porque la vida es eso, trino ardiente,            
porque la vida es eso, fuerza ciega,               
fuerza que labra el mundo primoroso                      
y al hombre recostado que dormita               
bajo el pinar postrero.                 
 
(La Meta-física,
Llibres de Sinera,
Barcelona,
1974)
 
***


Los muchachos
 
Homenaje a Porfirio Barba-Jacob
 
Me veo precisado a repetirlo
una vez más: mis solos compañeros
de ruta y lecho: jóvenes que fuisteis
mi tentación más firme y el encanto
de mi flaqueza. Debo repetirlo
por última verdad: os amé a todos
cual si fuerais el mismo y el distinto
que cada vez mostrábase a la vista
como un primaveral brotar de nuevo:
fuisteis David, Tobeyo, Albano, Cinthio,
y aquél que no durmió nunca en mis brazos
pero supo decirme como nadie
que me quería. Espectros redentores
de mi corporeidad, númenes vivos
de mi pasión, tormentas fugitivas
de mi buen tiempo. Chicos azarosos
que con vuestras muchachas e inquietudes
cumplíais vuestro sino dando el pecho
a toda adversidad y pregonando
la frágil dicha, el sueño interrumpido,
lo duro que es vivir aun siendo joven
y la mucha energía que se gasta
en tratos baladíes. Pero entonces,
como quien oye a Dios o algún maestro
que suele aparentar su misma calma,
veníais a buscar en mi clemencia
el resplandor difuso de mi sombra
rodeada de sol como un gran árbol
que nos acoge en sí y que nos preserva
de no sabemos qué, muchachos míos,
de no sabemos qué. ¡Qué más quisiera
que haberos preservado eternamente
de vuestra soledad originaria,
de vuestro desconcierto! Nunca pude
sino disimular mi limitada
zona de luz, lo poco que tenía,
para que sustentáramos unidos
esta gravitación de la existencia.
Pero os he sido fiel y eso me salva.
Estaban bien dispuestos los altares
en los que colocaba cada noche
vuestra imagen triunfal con su avecilla
de temblorosa luz. y aun cuando a veces
la soledad rociaba con ausencias
mi corazón, presagios eran siempre
de una nueva deidad que se avecina,
y pronto dibujábase en la mente
un inédito rostro que aportaba
con el sueño pasado la extrañeza
de un nuevo amanecer: constancias mías
de la cambiante forma que me disteis.
Así quiero que conste en mis palabras
lo que es verdad y nadie desvaríe
cuando quiere emplear la suficiencia
y hablar de lo que ignora. Sólo sabe
quién es quién se hace dueño de sí mismo.
Yo soy quien os amó. Vosotros fuisteis
los órganos florales de mi suerte.
y ahora que ya no estoy sobre la tierra
y que en hombres vosotros convertidos
añoráis algún día la fragancia
de lo que se extinguió, sabedme siempre,
dispuesto a recrear no importa dónde,
no importa con qué nuevo compañero,
la evanescente forma prohibida,
este inútil contacto perdurable
que fue mi meta.
 
 
Anacreonte o el enamorado
 
(Homenaje a la vejez)
 
Nunca pude pensar que envejecernos                      
fuera esta plenitud que se reclina                  
del lado del poniente como tarde,                 
ya en la noche avanzada, nos volvemos                   
por consumir el sueño que nos queda                      
con postrer frenesí. Yo no sabía                      
que como rizos blancos la fragancia             
de unas rosas postreras nos adornan            
con impalpable toque de años idos               
que apenas pesan. No, no son los días                     
aquel desconfiado interrumpirnos                 
en nuestra actividad, indecisiones                 
que nos hacen vivir cual si la vida                 
estuviera engañándonos. Ahora                     
todo es verdad, la vista se recrea                   
sobre tanto fastidio insatisfecho                     
como el pastor vigila sus ovejas,                    
pasado el crudo sol, en los confines              
de un país menos hosco. Todo es suave                   
como un atardecer ensimismado.                   
Y aunque el cuerpo cansino no recuerde                 
sus sobresaltos, dentro, muy adentro,                      
el permanente joven sin torturas,                   
el corazón, no cesa de decirse              
-a quién, ya no se sabe, a quién, en dónde-:            
Amor, amor, amor, amor, amor.                    
 
 
El suicida
 
(Homenaje a Larra)
 
No quería saber que el día largo                    
acabaría así. Que el día corto,              
un largo túnel verde y rumoroso,                   
bruscamente fallara. Aquellos besos,            
aquella entrega entera se ha fundido            
con el no ser. Si al menos los amantes                      
hubieran fracasado al mismo tiempo.                       
Uno en cambio subsiste aleteando                 
sobre la tierra muda. Qué impotencia                      
y qué desolación. Sólo le queda                      
o desertar los mágicos lugares            
donde la imagen plena lo acompaña            
vacía de su cuerpo o consumirse                    
de tristeza pisando los caminos                      
por donde no se vuelve. Si le dicen,              
sólo el tiempo mitiga las desgracias,             
eso es lo que le espanta, que un buen día                
pueda ser como un nuevo personaje             
que ha pasado una página intangible           
de un libro fantasmal.                
 
 
El sobresalto
 
Puede ocurrir que el hombre se despierte               
por la noche soñando y entre vagas              
luces de oscuridad recobre el ritmo              
de su existencia y diga: estoy latiendo.                     
Y esta impresión sedante y repentina                       
de ser, de respirar, el tacto, el cuerpo,                       
lo calme de tal modo, lo sorprenda               
con tal intimidad que como un niño             
vuelva a sumirse suave en las tinieblas                    
que acaban, misteriosas, de espantarlo.                   
 
(Homenajes e impromptus, 1976)
 
Graciasss/amediavoz.com/gilalbert.
Graciasss/www.cervantesvirtual.com/obra-visor/poetas-del-novecientos-entre-el-modernismo-y-la-vanguardia-antologiatomo-ii-de-guillermo-de-torre-a-ramon-gaya/
 

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