JUAN RODOLFO WILCOCK

2. Pastoral
 
Hay un cristal en este cuarto, una ventana
de cristal opaco y resistente. El sol
refleja sobre el cristal la sombra de una planta
y el veloz recorrido de una mosca
en cíclicas figuras recurrentes;
un perro persigue a una gallina.
Y detrás del cristal azul y verde, yo.
A mi derecha una pared de ladrillos,
jambas, umbral y el vano de una puerta
abierta sobre el jardín y el cielo intenso
surcado de eucaliptos, pinos, ailantos,
encinas jóvenes, aéreas,
voces de pájaros y plantas de lilas,
mi flor predilecta
si se parece a ti más que las otras.
El sol mueve las horas,
propicia el crecimiento de las plantas,
arrastra sombras, enciende ocasos
y da curso a la noche.
Y al mediodía inunda los prados amarillos.
Dirijo la mirada hacia la ciudad,
el gesto involuntario de los ausentes.
Un hombre siega la yerba del jardín;
zumba un motor; gimen palomas,
ruedas, niños invisibles, perros,
y el segador; te amo
como las lentas nubes en el cielo
tranquilamente superiores.
 
 
3. Oración al azar
 
«Que todo pueda cambiar y no cambiarnos;
que nuestras mutaciones sean idénticas,
nuestras muertes simultáneas”.
 
Debe ser un dolor intolerable
sentir que cesa la felicidad.
 
 
4. Nocturno
 
Casi como en un sueño laborioso, las hormigas
transportan pétalos deshechos,
semillas, hojas y amargo ácido fórmico;
bajo la tierra en grutas impermeables
se imitan y se ignoran,
viven dramas, cobijan esperanzas,
dolores de hormiga.
 
Con arpa y flauta de Micenas,
¿quién cantará los sucesos de los cines del sábado,
semanalmente renovados?
Más allá sin embargo de las palabras en neón
sobre el destello de la noche urbana
veo estrellas de hielo, alfileres de aire,
vírgenes que se asoman a los balcones del cielo,
planetas que regían el destino
cuando los hombres eran pocos
y vivían a orillas del Eufrates persa.
 
Vayamos entonces tú y yo,
públicamente desposados
a enriquecer los ritos saturnales.
Desde aquí se va hacia la ciudad viviente;
admitamos que esto ocurra
diez siglos después: el mundo ha muerto.
Hablemos entre estas quietas ruinas
que fueron en un tiempo la ciudad famosa.
Aquí está el Rex, aquí el Politeama;
ya nada nos impide amarnos
sobre la hiedra que cubre el escenario.
 
Hoy sábado, a las once de la noche
tu mea cura
iluminas de nuevo la ciudad perecedera
cuando me miras en los giros vacíos
de la íntima analgésica cinematografía.
 

5. Jardín Botánico
 
¿Recuerdas aquel árbol querido,
cielo de tardes verdes y amarillas?
Era una encina, era acogedora y era
como una posada, grabada de diversas formas
por los clientes de otras primaveras.
No escribimos en ella nuestro nombre;
sin embargo, cuando todo haya muerto,
¿no quedará el recuerdo de dos sombras
que un día se besaban las manos,
aunque ya las sombras no sean aquellas?
Las preguntas retóricas no tienen respuesta.
Para verte de nuevo intensamente, me alejo:
tan joven, como una barca al sol.
 
 
Deshacerme
 
Extiendo hacia mi pasado
vanos tentáculos de sueño
para comprender objetos, papeles
que quizá ya no existen;
mas, como un remordimiento
sé que mis riquezas
simbólicas aún están allá,
en la casa hoy cerrada,
jaula de un loco y de una vieja:
mis retratos de entonces,
el sello con mi nombre,
y yo, yo dondequiera,
en los espejos y sobre las paredes.
Adelante, debo ir a desmontar
este templo de mí mismo,
saquear, regalar
a los museos mis objetos
más raros y arrojar lo demás,
exorcizar ese lugar
que fue destinado a mi culto,
morir sin dejar
rastros vergonzosos o de otra especie,
deshacerme de todo, partir
así como he venido.


Espacio
 
En mi cuarto no hay nada,
salvo el tocadiscos y una cama;
y en el corazón tampoco hay nada,
salvo un hijo distinto a mí.
 
Así hay espacio para moverse
tanto en el corazón como en el cuarto
tiré los harapos al fuego,
los sentimientos, al mar.
 
No todos tienen el cuarto vacío,
no todos tienen el corazón vacío:
se puede dejar entrar
cada mañana un mundo nuevo.
 

La canción de los impostores
 
Somos los impostores miméticos
que rondan en la sombra de las viejas casas
sustituyendo los rostros familiares
por otros semejantes pero herméticos.
 
Hablando sobre giras y viajes
entramos en las vidas de otros,
transformando sus relaciones
en un infierno de confusiones.
 
Una vez sembrada la semilla del rencor,
partimos, satisfechos y compasivos;
somos los que corroen el amor,
los que pervierten los sentimientos.
 

Consejo
 
Repudiemos la facilidad
como se aparta a una serpiente;
la facilidad que disgrega,
la fascinante casi-verdad.
 
N o dejemos que nos seduzca
el pensamiento demasiado ordenado;
en excesivos discursos
no derrochemos nuestro legado.
 
Tratemos sólo de deshilar
del tejido de cada hora
lo que nos sustenta, lo que nos impulsa,
la universalidad del ser.
 
 
El cuerpo del hombre
 
El cuerpo del hombre es extraño,
no se diría que es un animal;
de joven, es largo y delgado,
de viejo, un saco de papas.
 
Si no fuera tan activo
moriría de cansancio,
aunque ser inteligente
lo haya llevado a la situación
 
de no tener plumas ni pelo
como los demás animales,
que se protegen del invierno
con sus defensas naturales.
 

El exiliado
 
Un rayo de sol en el agua,
una palabra solamente,
aquí donde una abeja de piedra
finge beber en la fuente.
 
Encuentra esa palabra sola
y vuelve a ser por un instante
en este exilio que te atormenta
el poeta que ya no eres.
 

Cuando tú, mi poesía, lees poesía
 
Cuando tú, mi poesía, lees poesía,
se oscurece el cielo con una luz verde,
la gente huye de la orilla del mar
por un sentido remoto de tempestad
o de contraste entre los elementos,
relámpagos se enarbolan sobre los
hilos de los tranvías,
y un gran silencio baja sobre la ciudad:
es la poesía que se contempla a sí misma.
Lees palabras de un tiempo desaparecido,
de un presente que se derrumba sin tregua
velozmente en el pasado informe,
lees sobre reyes y coronas, jardines y guerras,
tú que eres la corona de cada imperio
y el jardín del mundo conocido
y la guerra de los sentidos de la naturaleza,
lees, «¿quién creerá mis versos en el futuro
si digo ahora todo lo que vales?”
y ocurre en ese momento que esos versos,
como una flecha lanzada en los siglos,
alcanzan a quien un día los inspiró.
Y entonces la oscuridad verde invade todo,
la gente se esconde, abrumada,
y en un silencio como de terremoto
se levanta la luna sobre los Castillos Romanos
y lentamente lo vuelve todo azul
mientras tú, mi poesía, lees poesía.
 
 
Déjate ver en tu desnudez
 
Déjate ver en tu desnudez,
el mundo tiene esta necesidad de belleza
para atenuar los pensamientos malos
que son siempre pensamientos vestidos.
Haz visible la sublimidad
sin importarte si suscita escándalo:
no se caerá el firmamento cuando caigan
tus bragas y tu corpiño
sólo en los países fríos los dioses
usaban tales indumentos. Luego,
en este Olimpo por ti escogido como morada
con las nueve colinas de la Urbe a tus pies
será erigido un palacio lleno de espejos
y en cada espejo tu imagen reflejada,
y allí tendrán lugar las ceremonias de Estado,
los congresos, los exámenes de capacidad,
en presencia de la verdad desnuda.
 
 
Yo nunca perseguí la fama
 
Yo nunca perseguí la fama
y ahora persigo a quien la lleva en la mano;
yo que las puertas de la riqueza siempre
vi cerradas, ahora las veo abiertas;
yo que parecía loco y melancólico
me descubro, en cambio, sabio y alegre.
Oh llama,
aluvión de jaspe y malaquita,
voz de jade de la ópera de Pekín,
paloma, isla errante, cataclismo,
amor que haces dulce lo que áspero era,
me has quitado el sueño, el juicio,
¿qué más quieres?
 
 
Al fuego
 
Fuego, compañero, querido amigo de la sombra,
ardes y te apagas y gracias a mí revives,
tú que desesperado quemarías el mundo
y aquí sólo te quemas a ti mismo, en ti
recogido como la desamparada en el alba
cuando enciende la hoguera de cada día
y sobre brasas se consume lenta.
Hijo del relámpago, ahora eres hijo del hombre,
hay que alimentarte, gato rojo.
Hazte tigre, sal, crece, devora
todo si tantas ganas tienes, haznos cenizas,
que cada uno por su fuego solitario
sea incendiado, embellecido, vuelto llama
y se integre al incendio original.
 
 
Versos perdidos en la gran confusión
 
Trenes, aviones, barcos, cuántos regresos
y siempre a ti que ríes, cantas, duermes,
tú, luz de la luz de mi luz,
tú, meta móvil de mis movimientos.
 

Fuera del limbo no hay Eliseo
 
La sociedad te enseña: esto es bello,
es bueno, es verdadero, y no debes hacer aquello.
 
A cada hombre le ofrece, ya establecidas, la ética,
la metafísica, la lógica y la estética.
 
Mas, de vez en cuando, surge un vidente
que explica a los demás que nada es verdadero.
 
Luego desaparece y la sociedad se dedica
a tergiversar el sentido de su obra.
 
Es en verdad curioso que siendo ella nosotros mismos
tanto se empeñe en volvernos tontos.
 
¿Qué comunidad del mundo animal
enseña a los suyos el arte de hacerse daño?
 
Pero los animales no poseen, es cierto,
la facultad de expresar el pensamiento.
 
El hombre, en cambio, es un ser extraordinario,
sólo goza si goza el vocabulario.
 
Tomemos, por ejemplo, la palabra feliz:
si no existiera, ¿quién sería infeliz?
 
Lo mismo ocurre con la palabra honor,
con la historia, con Dios y con el amor.
 
Tratad de renunciar a los conceptos abstractos
y de vivir atendiendo solamente a los hechos.
 
Os expulsarán de inmediato de la sociedad
y regresaréis al limbo de la primera edad.
 

Sobre el progreso
 
Dichosos aquellos que piensan en el progreso:
yo sólo pienso en la muerte o en el sexo.
 
 
En Velletri
 
Fui hasta la parada de autobús,
me senté sobre el muro del puente:
mi sombra era la sombra de un joven,
yo también soy la sombra de un joven.
 
 
Te construiste con muchas palabras
 
Te construiste con muchas palabras,
primero boca, buba, nana, yo,
y ya eras golem con el verbo entre los labios,
luego mano, hambre, dame, luz, llanto,
el catálogo simple de las sensaciones,
categorías muchachas y facultades,
estados de ánimo, adverbios y conjunciones
para coordinar las partes nacientes
del yo que crecía rapaz.
Entretanto aprendías sin horror
la nomenclatura del mundo exterior,
y salido de su primer nombre, madre,
te adaptabas a ese vocabulario
como a una desgracia incalculable
que en la locura parece divertida;
hasta que descubrías el nombre de la muerte,
para aplicarlo a una serie de otros nombres,
pero de ningún modo para aplicarlo al tuyo.
Al final sabías todos los vocablos,
que su conjunto se llamaba vida,
y que en el centro estaba el sexo
para enlazar el grupo de palabras
que existían entre tú y lo que era el mundo.
Pero estas construcciones y enlaces
no pueden durar siempre, se derrumban;
ni permite la lógica que cinco palabras,
«un animal que sabe hablar”,
sostengan largo tiempo semejante edificio.
 
(Poemas,
FUNDARTE,
1985)
 
Trad. Ana María del Re
 

Dos
 
Conmigo mi mundo desaparecerá, la red
que me tejí como una araña
que está inmóvil en un rincón de la tela
y a veces come y a veces la remienda;
pero su tela cada vez está más rasgada
y la araña no tiene ganas de arreglarla.
Entretanto proseguirán los otros mundos
cada uno con su insecto en el medio vigilante,
tramas brillantes o bien madejas grises,
esferas como jaulas delicadas
que no tienen paz y en medio la araña
hasta que desaparece y nadie se da cuenta.
Pero tú, ya que también has querido hacer tuyo
este mundo que tal vez fue el más bello,
repleto de alfileres de oro y fibras finas,
acércate a mí, envuélvete en la misma
red compleja que no se repite,
poséela y sostenla hilo a hilo
como yo lo hice hasta ahora estando solo.
 
 
La joven tarentina
 
Llorar lo que pasa y ya no vuelve,
costumbres, cantos, civilizaciones fastuosas,
es hacer religión con la historia,
rezarle al calendario como Hegel.
Pero el dios puede invertir el curso de los relojes,
reencarnar en Marlowe, en Villon, en Propercio,
y si no es en ellos, en esa luz difusa
que acogieron y supieron mostrar,
porque el pasado es uno con el futuro,
y esta rueda loca de la historia
es una nueva estratagema del demonio
para volvernos ciegos ante esa luz difusa
que algunos acogieron y supieron mostrar,
y que otros acogerán y mostrarán.
Resurgirán los toros alados, las esfinges,
y si no Safo, al menos la sombra negra del bosque
de uno que adora la luna y se hace matar;
volverán los desiertos los leones
y por amor de un tirano bondadoso
un joven se arrojará una vez más al Nilo
o en otra parte, siempre bajo esa luz
que no tiene historia y que a veces me ilumina.
 
 
El hombre en el estado llamado natural
 
El hombre en el estado llamado natural
es una abstracción: fuerte, cazador,
sano, sin problemas, rico de los días
y de las noches avaro, orgulloso, ingenioso.
Sueño de una época que se soñaba a sí misma.
Pero el hombre es esto que vemos cada día,
animal complejo sin historia.
Todo lo que es, es como lo vemos,
y cada interpretación es como una sombra
que se despega de lo que la produce
para volverse a su vez un objeto
pasible a su vez de interpretación.
Cada hombre es una espiral, y en cada punto
de la espiral tiene su centro otra espiral,
y así hasta el infinito, que es justamente el hombre
rodeado por todas sus posibilidades.
 
(Aprovechemos que hay una fuente,
Huesos de Jibia, 
(edición bilingüe),
2021) 
 
Trad. Guillermo Piro
 
***


1
 
El creador crea los signos
en la nada que no cambia y firma
con su firma aquella nulidad,
 
y estos signos que signan la nada
cantan el canto de la propia muerte
y la nada vibra de mortalidad.
 
Plantas, animales y piedras de ese canto
sólo recogen la nota instantánea
pero el hombre que recuerda aferra el canto.
 
Es un signo que interpreta los signos,
y frente al enigma de una nota
que toma las otras notas separadas,
 
llega a la única solución posible,
inherente al sistema de señales:
el creador que firma la nada es él.
 
Así por él un coro de galaxias,
de soles, de planetas y cometas,
de tierras y mares y nubes y naciones
 
y de átomos infinitos circulantes
en el torbellino de la nada nombrada
canta el canto pomposo de lo creado.
 
No se da cuenta de que es una sola nota,
la nota muda que emite la entropía
cuando ha alcanzado el cero absoluto.
 
2
 
Había una gran multitud de palabras
y de cada una había muchos ejemplares,
había una cosa inmensa que jugaba,
una cosa más inmensa que muchas tierras,
pero la tierra no estaba, estaba la cosa
y las palabras que ella mezclaba
y entre los millones de millones de millones
de posibles combinaciones distintas
surgió una que por azar era una tierra
mientras la cosa continuaba jugando
y a veces se le escapaba una galaxia,
pero casi siempre las combinaciones
estaban privadas de significado,
pero a veces se le escapaba un animal
u otra tierra con ese animal
y así hizo millones de millones
de tierras, esta con un polo solo,
otra cubierta de volcanes de espuma,
otra con dos cuernos y un león viejo,
pero las palabras eran limitadas
la cosa no podía hacer una tierra
con un tricodo si tricodo no había,
hizo una, toda agujeros, en parábola,
otra a rebanadas con pelos de platino,
otra microscópica o tierrita,
y entretanto hacía con los vocablos
tantas otras cosas perdidas en el espacio,
de cuando en cuando incluso un universo,
y muchas tierras, una con forma de hoja,
otra cerca de un sol, incandescente y brillante,
una gaseosa con algún zafiro,
una con casi todo pero sin sonidos,
una que se inflaba y se desinflaba,
una que quizá era una errata de sierra,
una espiralada con varillas fluorescentes,
una hecha de términos en desuso,
una encebollada, de pieles concéntricas,
una que era sólo una tortuga,
una con treinta y dos lunas poliédricas,
una como un espejo con tu cara
y una serpiente escondida entre los labios,
una enferma, toda chorreante,
una que a cada minuto se duplicaba,
millones de millones de otras tierras,
hasta que apareció una como la nuestra,
exactamente igual, quizá la misma,
por casualidad la cosa había puesto
todos los vocablos, en el orden justo,
pero faltaba la palabra muerte,
y como las otras se perdió en el espacio.
 
(La palabra muerte,
Huesos de jibia,
1ª ed.,
Buenos Aires,
2022)
 
Trad. Guillermo Piro
 
***


Wilcock. Compilación de poemas italianos

Juan Rodolfo Wilcock
Traducción y notas: Jorge Aulicino
Buenos Aires, Ediciones op.cit., 2024
Ed. bilingüe
[Descarga libre]

Lugares comunes

3.
 
Tal vez el alma es divina, pero no es indispensable,
como el cuerpo, en el que mora y que es su ocasión.
Desde la primera infancia ese cuerpo es la prisión
del alma que fermenta como una masa maleable,
para finalmente endurecerse en las formas más raras,
desde pájaro melodioso hasta las peores iguanas;
pero siempre incomodísima pues no logra escapar
de un cuerpo inadecuado y siempre menos fuerte,
que provoca desórdenes difíciles de curar,
las complicadas neurosis que aceleran la muerte.
 
6.
 
A pesar de los triunfos de las ciencias aplicadas
el mejor instrumento para ver el universo
sigue siendo la lámpara penetrante del verso,
la música, la voz de gargantas privilegiadas,
o en una penumbra con velas de tarde en tarde
el púlpito cosmatesco de diorita incrustada;
cualquier luz que nos muestre una idea que arde,
antorchas muy sencillas o espléndidos candelabros,
monasterios carpáticos en bosques centenarios,
o runas en Islandia de los príncipes bruscos,
falos de ámbar en forestas, sarcófagos etruscos.
A la luz de esas lámparas se mueve el hombre más seguro,
ve los atardeceres, ve las orillas del mar,
y pronuncia palabras cuyos sentidos oscuros
finalmente se le comienzan a revelar.
 
7.
 
Para el hombre llegado a cierta edad,
el uso de esas luces deviene necesidad.
De jóvenes, nadie nos preparaba para esto,
que, además, no fue predicho por ninguna teoría:
ni un desfile triunfal, ni un banquete modesto,
sino más bien un funeral de cuarta categoría,
con un telón de fondo pintado por diletantes,
entre los fieles tremolantes.
Por tanto, debemos buscar escenografía mejor.
y en la oscuridad del caos quedar iluminados
por el anillo de bronce con su perfil de señor,
o la tumba con escenas de picnic o de amor,
o el auriga con caballos de mar azotados,
entre ancianos que tocan la flauta nostálgicamente;
cualquier cosa alejada de la luz de la mente
del tiempo giratorio, del espacio fluyente.
 
(Luoghi comuni [Lugares comunes], 1961)
 

III
 
4.
 
La sabiduría no es un don de los años
sino una cualidad aristotélica
que se tiene o no se tiene desde el nacimiento,
un equilibrio entre lo factible y lo imposible,
un conocimiento previo al conocimiento.
No llueve del cielo, con nosotros florece;
no es indiferencia sino retenida pasión,
gozosa y melancólica aceptación
del humano efímero capricho.
 
Pocas cosas sabe el sabio, pero las recuerda:
que el hombre está al servicio de la mujer,
y ésta, al servicio de la maternidad,
y los unos y las otras mueren, perpetuados.
Además, existe la palabra
con la que los objetos devienen nominados
y los conceptos creados,
eso que nos hace distintos de las bestias,
un poco, no demasiado.
 
Pero no es ésta la sabiduría a salvar
si cada hombre en sí mismo la puede encontrar.
 
5.
 
El amor que hace dulce a quien áspero era
no se concede a los gregarios.
El amor que ordena las distintas percepciones
no resiste las músicas vulgares.
El amor que hace azules el aire y el agua
no puede todo transustanciar.
El amor que da sentido al mundo externo
ama el silencio, la soledad, el mar.
 
Tú, huso de fuego interno,
casta rosa radioactiva,
que lo transitorio en eterno
muda en la llama viva,
efluvio de la materia
por tu espíritu restaurada,
y de nuestra miseria
singular belleza abstracta,
tú, ascua de hielo, emane
tu inmortalidad
sólo a quien tiene puras las manos
de la común pusilanimidad.
 
(I tre stati [Los tres estados], 1963)
 

16.
 
Tiene un altar sarcófago, ataúd de lujo
o caja simple provista por la Comuna
hoyo en la tierra en casos extremos
o panza de animales para estilitas,
ahogados, alpinistas, domadores.
Es la más bella diosa, tal vez, de las palabras.
Por ella toda la vida trabajamos,
para alcanzarla en lo alto si es posible
y derramar los tesoros acumulados
no sobre el altar, sino dentro, nosotros incluidos.
 
Cada uno le ofrece un distinto inventario,
quien un acueducto, quien un tapiz persa,
quien una vida ejemplar de portero
que cada mañana ha limpiado las escaleras,
quien el descubrimiento de una supernova,
quien una cadena de hurtos con escalamiento,
quien un genocidio, quien la virginidad,
quien siete mil paragolpes cromados,
quien un sabio sobre la fuente Aretusa,
quien cuatro transatlánticos, quien una visión,
no sobre su altar, sino dentro, cuerpo incluido.
 
23.
 
“Piensa, hombre civil, que eres el último
hombre que queda sobre la tierra y piensa:
todos los diamantes se han vuelto piedras,
eres el rey de América y de Rusia,
con las esterlinas te puedes limpiar el culo,
¿pero por quién deberías ahora limpiártelo?
¿por un escrúpulo hacia los gusanos?
Y como el falo busca la vulva ausente,
tu lengua va en busca de una oreja,
te pones la máscara de oro de Agamenón
y te miras al espejo, pero no te habla,
buscas la Esfinge, pero no te interroga,
lees los diarios viejos para reencontrar
la voz inmunda de la raza desaparecida,
avara, hipócrita, asesina y ladrona,
pero que al menos te hablaba, no como ahora,
te mentía, te odiaba, te escarnecía,
pero te hablaba, y a veces, te escuchaba,
extrañas al juez, al esbirro, al verdugo,
que te reflejaban con la máscara,
pero aquellos labios de oro te hablaban,
no como las riquezas de la tierra
que sin las palabras son polvo,
cenizas, andrajos, piedras, papel y metales.
Puedes hacer lo que quieras, quien está solo está muerto”.
 
Pero aquel hombre civil que era el último
hombre que quedaba sobre la tierra se puso
sobre la cara la máscara de Agamenón
y se tumbó en el sepulcro en Micenas
esperando que Alguien lo viese.
 
28.
 
Los ojos nublados, los miembros contraídos,
entras en el seno de la enfermedad,
en el fluido amniótico de la no voluntad,
te corre la sangre verde del dolor,
pero mientras puedes hablar, no puedes nacer.
 
Vuelves a la oscuridad de la no espera,
dependes solamente de la luna,
devienes solitario y sin nombre,
eres casi restituido a la materia,
pero mientras hay palabra no hay vida.
 
Ciego, no oyes los rumores amortiguados,
eres una masa de sufrimiento desnudo,
un latido te envuelve sin tiempo
entre cortinas negras como para un parto,
pero mientras puedes pensar, no puedes nacer.
 
La parola morte [La palabra muerte], 1968)
 

6. Cuando tú, mi poesía, lees poesía
Cuando tú, mi poesía, lees poesía,
se oscurece el cielo de una verde luz,
la gente escapa de la orilla del mar
por una impresión remota de tormenta
o de litigio entre los elementos;
enarbolan llamas los cables del tranvía
y un gran silencio baja sobre la ciudad:
es la poesía que se contempla a sí misma.
Lees palabras de un tiempo desaparecido,
de un presente que se desmorona sin pausa
velozmente en el informe pasado,
de un rey y coronas, jardines y guerras,
tú, que eres la corona de todo imperio
y el jardín del mundo conocido
y la guerra de sentidos de la naturaleza,
lees “¿quién creerá en mis versos en el porvenir
si digo ahora todo tu valor?”,
y sucede en ese momento que esos versos,
como una flecha arrojada hacia los siglos,
alcanzan a quien un día los inspiró.
Y entonces, lo oscuro verde se hace total,
la gente se guarece, agobiada,
y en un silencio como de terremoto,
se alza la luna sobre los Castillos Romanos
y lentamente gira todo hacia el azul,
mientras tú, mi poesía, lees poesía.
 

25. ¿Qué calma es ésta sobre Monte Cavallo?
¿Qué calma es ésta sobre Monte Cavallo?
Te imaginé en aquel palacio,
con un hermoso jardín detrás sobre el Traforo
y delante dos jóvenes con caballos
junto a una copa de granito gris:
abajo está Roma, hundida en el petróleo.
Y ya te veo salir entre los guardias,
tiránica chica sonriente,
y cerrar la puerta del Quirinal
distraídamente, como tantas otras puertas
que habrás cerrado y abierto en tu vida.
¿Y se habrá visto caminar mejor,
portar un paquete de libros con más gracia
y hacer con la sola presencia
real una mansión que nunca lo fue?
¡Romanos, ya van para treinta siglos
en que adornan y rompen esta ciudad
con obeliscos y Dioscuros y emperadores
y presidentes y surtidores de nafta,
y todavía les queda la capacidad
de golpear con semejante maravilla!
 
(Italienisches Liederbuch, 1974)
 

Dos
 
Conmigo mi mundo desaparecerá: la red
que me tejí como una araña
que está quieta en un rincón de la tela
y a veces come y a veces la remienda
pero su tela está siempre más desgarrada
y la araña no tiene ganas de zurcirla.
Proseguirán, en tanto, los otros mundos,
cada uno con su insecto en el medio vigilante,
tramas lúcidas o bien madejas grises,
esferitas como jaulas delicadas
que no se dan descanso, y en el medio la araña,
hasta que desaparece y nadie lo nota.
Pero tú, ya que quisiste hacer también tuyo
este mundo que fue quizá el más bello,
erizado de alfileres de oro y fibras finas,
abrázate a mí, envuélvete en la misma
red compleja que no se repite,
hilo a hilo poséela y sujétala,
como lo hice hasta ahora estando solo.
 
 
Despertar
 
¡Y sí, podemos asombrarnos de estar todavía vivos!
Cada mañana el sueño, que nos había sumergido,
como un lago disecado se retira
y todavía húmedos nos abandona en las riberas,
frente al bosque o fábrica o luna park
o cementerio de una nueva jornada.
 
 
A Livio
 
Gaeta en la noche parece una constelación,
una nave de luces con la proa sobre el mar negro
y sobre el mástil un faro que pulsa. Es allá
donde hemos estado, en esa nave inmóvil en lo oscuro.
 
Duerme en tu ataúd, como Donne
Duerme en tu ataúd, como Donne,
conversa con tus gusanos, como Webster,
vaga mudo por el jardín, como la Trappa,
canta en el manicomio Su questa pira,*
lame el alucinógeno sobre el Azúcar,
es inútil, estás muerto, redobla el tambor.
 
Arráncate los ojos y enciérrate entre los Libros,
perfora con el láser la Luna rígida,
ciérrale el paso al Tiempo con dinero,
sé inteligente como una Pirámide,
resplandece como una llama de Alighieri,
es inútil, estás muerto, llora la plañidera.
 
Tritura a tu Señora en el picacarne,
quema a tus hijos en una chimenea Gótica,
envenena una escuela de Telegrafistas,
vuela por el aire a Venecia con trinitrotolueno,
haz que se disuelvan los casquetes Árticos,
es inútil, estás muerto, redobla el tambor.
 
* Probable alusión al aria Di quella pira, l’orrendo fuoco, Giuseppe Verdi, Il trovatore, acto III.
 

Al servicio del público
 
Cuando era telefonista llevaba los aparatos
en estuches de cuero colgados del cuello
y me mandaban a centrales lejanas
a probar la resistencia de las líneas
por las cuales hablaban personas ocupadas
en ganar dinero por teléfono
que yo interrumpía sin miramientos
por el bien de ellos y por el de la línea.
 
 
En Velelletri
 
Fui hasta la parada del ómnibus,
me senté sobre la parecita del puente:
mi sombra era la sombra de un joven,
pero también yo soy la sombra de un joven.
 
A quien de este oído no escucha
Tu casa está sola,
sucia y blanca en el sol,
y yo que me pregunto:
uno que te sigue
en busca de lujuria,
como yo, ¿es un deficiente
o quizá un verdadero sabio?
 
Tratándose de mí,
la sabiduría está excluida,
pero tú me gustas tanto
que a veces enmudezco
sólo porque he entrevisto
entre las viñas sarnosas
el camión de tu padre.
 
Aprovechemos que hay una fuente
Aprovechemos que hay una fuente,
y el silencio y la noche y las rocas negras
y la orilla que es negra sobre el cielo negro
con pocas estrellas porque es una noche oscura
y los árboles se sacuden en el viento,
piensa que hacen eso toda la noche,
sería extraño que tú estuvieras aquí
para escuchar el rumor de una fuente
en la oscuridad majestuosa de la montaña,
ni en sueños vendrías aquí arriba,
si no hubiese espantado un halcón
pensaría que ni siquiera yo estoy aquí,
no obstante, no obstante, aun si no estás,
y ni siquiera yo sé si estoy,
por cierto querría que estuviésemos aquí
y que tu mundo se uniese al mío
por el único punto en que se tocan,
aprovechando que hay una fuente
y el silencio y la noche y las rocas negras
y la orilla que es negra sobre el cielo negro.
 
Poesie inedite [Poemas inéditos]

(Wilcock. Compilación de poemas italianos,
Buenos Aires,
Ediciones op.cit.,
2024,
versiones de Jorge Aulicino/
libro digital de descarga libre [aquí])
 
Trad. Jorge Aulicino


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