La luz de este jardín ya fue luz mía;
yo he cortado otra vez la misma rosa
y he mirado esta hoja silenciosa
caer del mismo tallo en agonía.
¿Es que, en mí, esta rosa se recría
y esta luz se genera vaporosa,
esta hoja se mustia y angustiosa
se doblega esa rama? Yo diría
que un ayer consumido resplandece
en la profundidad de mi organismo
y sube a mi corteza y reflorece.
—Raíz de mi sustancia apasionada,
que salta de un abismo a otro abismo,
por eje de presente atravesada—.
Nocturno de cristal
Los cisnes
cobijan la luna bajo sus alas.
¿Quién ha sembrado el fondo negro
de anzuelos de oro?
Las hojas de los árboles
sobre el estanque sueñan
con un viaje a ultramar.
Me ha tentado el suicidio
y al mirarme en el espejo
me ha espantado mi doble
ahogándose en el fondo.
Para Eugenio Montes, piloto ultraísta
Detrás de nosotros
dejamos un rastro de cadáveres.
A cuántos los quisiéramos resucitar
y darles su sol y su cantar y su sonrisa
Nada hay que pueda ponerlos en pie
De algunos nos hemos traído el perfume
pero ellos van en sus cajas negras
río abajo.
A Sara, muerta, que clamó a Dios
desesperadamente
Hoy ya no estás. Pero el recuerdo roba
al presente cruel su luz más pura.
Vaciada en ausencia tu figura
puebla el aire caliente de tu alcoba.
¿Era Dios en tu boca la locura
o era por el contrario la esperanza?
¡Quién sabe! En esa hora. Nadie alcanza
si el que habla es el espanto o la ternura.
Di, ¿te cegó una luz? ¿se abrió un abismo?
¿la fuente del dolor quedó agotada?
¿quién te tendió la mano, fue Dios mismo?
No fuerza tu secreto mi abrasada
interrogante boca. Estás sellada
devorando el dolor de tu mutismo.
(Poesía,
Pretextos / IVAM,
ed. Rosa María Martín Casamitjana,
Valencia,
1996,
184 pg.)
***
La tarde
pegaba su cara a las vidrieras
Vivíamos un verso antiguo
Desde el fondo del cuarto
el espejo dialogaba con nosotros
Tus palabras se tronchaban las alas
contra los cristales
Cambiábamos las manos
como bandejas colmadas
de los frutos nuevos de todas las promesas
Los labios tímidos
apretaban su horca
mientras la tarde
nos volvía la espalda arrastrando su pena
Año II de la Era Ultraica
Grecia n° 46
Caminos de arco-iris
A Norah Borges, por una deuda antigua.
Eché mi corazón al mar
en busca de tu huella.
Eres lo que no se sabe
bruma.
Yo iba abriendo caminos de arco-iris
para alcanzarte
y tras tus pasos
seguían mis antorchas
cuando tu mano de oro
abrió mi costado izquierdo.
Ultra n° 4
Madrigal de las manos
Caricia y tortura
Pantalla rosa
El paisaje es más dulce
más detallado y más emocional
El agua más sabrosa.
Registros soñadores
en nuestros libros íntimos
Y el divino cansancio
en los regazos tibios
los deshoja.
Plural n° 1
Paisaje de arrabal
. . . . Anochecer de domingo
¿Quién aprisionó el paisaje
entre rieles de cemento?
Bocas hediondas ametrallan la noche
Los hombres que tornan del domingo
con mujeres marchitas colgadas de los brazos
y un paisaje giróvago
en la cabeza
vendrán soñando en un salto prodigioso
para que el río acune su sueño
Un grito mecánico entra en el puente
De pronto alguien
ha volcado sobre nosotros su mirada
desde la curva de la carretera
Pasó
Sus ojos van levantando
los paisajes que duermen
Ahora la luna ha caído a mis pies
(Corcel de fuego,
Torremozas,
2020,
248 pg.)
Nieve
En la tarde silenciosa
está dormida la nieve...
Hay una paz melancólica
en el día que se muere.
Todo es blanco; todo es puro
y hay un azul que florece
como un pálido reflejo
en la tarde que se pierde.
Todo es blanco, todo es blanco
igual que almas de mujeres.
Todo tiene la blancura
de un idilio sonriente.
Está la llanura inmensa
toda cubierta de nieve,
y bajo su manto añoso
todas las praderas verdes.
¡Qué silencio!, ¡qué quietud!
Enmudecieron las fuentes...
... Nada hiere los oídos,
¡qué lenta la noche viene!
El paisaje está dormido,
los árboles no se mueven.
No hay risas ni melodías
todo es dulce... todo duerme.
Hay una nube violeta
en la tarde que se muere,
un silencio melancólico
¡y unas huellas en la nieve!
(Avante,
Ciudad Rodrigo,
año IV, n.º 199,
31 de enero de 1914,
p. 1596)
Crepúsculo sensual
Inquietudes inefables
ponían sus largos estremecimientos
en mis entrañas.
Había llovido...
El jardín se abría pomposo,
más verde, más carnal.
Las rosas, grandes y sangrientas,
se abrían —atónitas
de los truenos lejanos—
al poniente.
Una ola de perfumes,
frescos de agua,
asaltó mis sentidos.
Y yo puse mis manos
sobre las rosas,
aún mojadas de la lluvia reciente;
mis manos,
que temblaban, temblaban,
como las estrellas;
mis manos abiertas como pasionarias,
pálidas como pasionarias.
Tenían, mis manos, para las rosas,
una caricia inextinguible,
una larga caricia
de carne y de espíritu.
El crepúsculo llenaba
de su sangre los senderos
—venas henchidas,
que se abrían delante de mis ojos—.
Ríos alucinantes
que el día llenaba
de su sangre de vencido.
Las rosas
palpitaron entre mis dedos abiertos;
y fue una palpitación
de carne tibia,
carne estremecida y fragante.
—Glorioso contacto
que rompió el dique
de los deseos abocados—.
Y en aquella divina
explosión de inquietudes,
el alma se me hizo carne también,
carne trémula, enfebrecida,
que, en incomprensibles ansiedades,
se hundía, ahogándose,
en los ríos,
sangrientos, del crepúsculo.
(Cervantes.
Revista Hispano-americana,
mayo de 1919,
pp. 25-27.
Firmado con su seudónimo
Luciano de San-Saor)
Cuatro vientos
Mi balcón:
rosa de cristal frente al ocaso.
En el río del horizonte
naufraga Cuatro Vientos,
nido de águilas de acero,
de alas inmóviles
y vientres sonoros.
Tarde de domingo,
cuando se ahoga el sol en el río fantástico.
He aquí los grandes pájaros sonoros,
rondel de gaviotas,
sobre un mar lejano.
En la costa ilusoria
hay un faro:
la torre telegráfica.
He aquí los grandes pájaros sonoros,
que se elevan, se persiguen y se abaten,
sobre las lejanas olas imaginarias.
Tornan a alzarse
triunfales, como cóndores altivos,
trepidan los vientres locos
en una embriaguez de energía,
canto bárbaro de las fuerzas domeñadas.
Un pájaro soberbio
rasga el cristal del poniente
en un vuelo al sol.
Y de pronto
aletea... gira y cae.
Temblamos,
como si la tierra se hubiera removido
en una sacudida sísmica.
Un pájaro yace inerte y roto:
sobre la tierra,
cara al sol,
el corazón del pájaro muerto
de una estrella caída y opaca.
El río del horizonte,
que se había teñido de sangre,
se desbordó por los cielos.
(Los poetas del Ultra. Antología,
Cervantes.
Revista Hispano-americana,
Madrid,
junio de 1919,
pp. 91-92)
Meridiano
Los relojes colmados
vierten gota a gota
toda su campana
Se aceleran los pulsos
de la ciudad
El sol canta en la rama más alta
y la tierra se traga
todas las sombras
La hora es única y
v
e
r
t
i
c
a
l.
(Martín Fierro,
año IV, n.º
41,
28 de mayo de 1927,
p. 345.
Firmado con su seudónimo
Luciano de San-Saor)
Himno de mujeres libres
Puño en alto mujeres de Iberia,
hacia horizontes preñados de luz
por rutas ardientes,
los pies en la tierra,
la frente en lo azul.
Afirmando promesas de vida
desafiemos la tradición;
modelemos la arcilla caliente
de un mundo nacido
del dolor.
Que el pasado se hunda en la nada.
¡Qué nos importa del ayer!
Queremos escribir de nuevo
la palabra Mujer.
Adelante, mujeres del mundo,
con el puño elevado al azul.
Por rutas ardientes.
¡Adelante,
de cara a la luz!
(Mujeres Libres,
n.º 12,
mayo de 1938)
(Antología Poética,
Biblioteca Virtual
Miguel de Cervantes,
Alicante,
2022)
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