MARY OLIVER

Su tumba
 
Ella volvía, con agua goteándole espesa, desde el pantano verde.
Ella se tiraba a mis pies, desenvainaba la piel negra
de las encías, dibujaba una sonrisa horrenda y maravillosa;
y yo con las manos frotaba sus orejas punzantes y sus
codos agudos,
y abrazaba el barril de su cuerpo, fascinada por lo modesto
y perfecto del arco de su cuello.
 
*
 
Entre cuatro hubo que cargarla hasta el bosque.
No pensamos en la música,
pero, aun así, empezó a llover
despacio.
 
*
 
Su salto a medias, de loba, una invitación.
Su satisfacción grande y señorial por haber perseguido algo.
Mi satisfacción grande y señorial ante su chapoteo
de dicha cuando ella arremetía
a través de los pinos y me embestía la cara con esa
lengua salvaje, apenas musgosa.
 
*
 
¿Creerá el colibrí que él mismo inventó su garganta carmesí?
Es demasiado sabio para eso, creo.
Una perra vive quince años, con suerte.
¿Creerá el coro de grullas de las altas nubes
que toda esa música es suya?
Una perra viene a vos y vive con vos en tu casa, pero no
por eso es tuya, así como no es tuya la lluvia, ni los
árboles, ni las leyes que les atañen.
¿Creerá la osa que va errando cuesta arriba en el otoño
que ella sola ha imaginado el refugio y los víveres
de su letargo?
Una perra nunca podrá contarte lo que sabe de
los olores del mundo, pero vos sabés, al mirarla, que lo que sabés
es casi nada.
¿Creerá la serpiente de agua con su columna de diamantes
que el túnel negro a orillas del estanque es un palacio
de su propia creación?
 
*
 
Ella se me adelantaba atravesando los campos, pero siempre volvía, o
me esperaba, o estaba en algún lado.
Ahora está enterrada bajo los pinos.
Tampoco voy a discutirlo, ni rezar por algo más que modestia y
dejar de enojarme.
Por entre los árboles está el sonido del viento, parloteando.
El olor de la pinocha, ¿qué es sino un bocado
de las energías infalibles?
¡Qué fuerte era su cuerpo oscuro!
Qué apropiado es el lugar de su tumba.
Qué hermoso es su sueño inquebrantable.
 
*
 
Al final,
las montañas blandas del amor rompen
y nos tapan.
 
(Dog songs,
España,
2013)
 
Trad. Grupo Otoño en brote (AA. VV.)

***
 

Un lugar más allá de la ambición
 
Cuando los flautistas
no pudieron pensar en nada nuevo que decir
 
bajaron sus flautas
y bajaron ellos mismos
hacia la orilla del río
 
y simplemente escucharon.
Algunos, después de un rato,
se incorporaron
y desaparecieron de regreso al pueblo tumultuoso.
Pero los demás—
tan calmos, ni siquiera pensativos—
están todavía ahí
escuchando todavía.
 
 
Visitando el cementerio
 
Cuando pienso en la muerte pienso
en una ciudad bastante
luminosa, donde cada año hay
más rostros conocidos
 
pero ninguno de ellos
puede verme
aunque lo deseo
y cuando hablan entre sí,
 
cosa que hacen
en voz muy baja,
su lenguaje es imposible—
puedo reconocer el tono
 
pero no entiendo ni una palabra—
y cuando abro los ojos
ahí está la tierra misteriosa, los árboles altísimos.
Las lápidas.
 

Percy y los libros
 
A Percy no le gusta cuando leo.
Pone su hocico sobre el libro y gime.
Revolea los ojos, a veces estornuda.
El sol está arriba, dice, y el viento abajo.
Afuera está el mar y juegan los perros de los vecinos.
Pero Percy, digo. ¡Las ideas! ¡La elegancia del lenguaje!
Las percepciones, las ironías, las historias hermosas
que nacen y mueren y giran en torno a la fuerza, o al coraje.
 
¿Libros? dice Percy. Una vez me comí uno, y fue suficiente.
Salgamos.
 
 
Rojos
 
Todo el tiempo
que estuve dando clases
en el estado de Virginia
quise ver
al zorro gris.
Finalmente lo encontré.
Estaba en la autopista.
Estaba cantando
su canción de agonía.
Lo levanté
y lo llevé
a un campo
mientras los autos seguían pasando.
Me mostró
cómo podía gemir
cómo podía sangrar.
Adiós, le dije
a la luz de su ojo
mientras los autos pasaban.
Dos días después
encontré a su pareja.
Estaba en la autopista.
Estaba cantando
su canción de agonía.
La levanté
y la llevé
al campo
donde gimió
mitad gris
mitad roja
mientras los autos seguían pasando.
Mientras los autos seguían pasando.
Zorro gris y zorra gris.
Rojos, rojos, rojos.
 
(El Pájaro rojo,
Caleta Olivia,
2017)
 
Trad. Patricio Foglia
y Natalia Leiderman
 
***
 

Poema de la mañana
 
Cada mañana
el mundo vuelve a crearse.
Bajo los rayos
   
naranjas del sol
las amontonadas
cenizas de la noche
otra vez se transforman en hojas
 
y regresan a lo alto de sus ramas —
y las lagunas parecen
telas negras
con islas pintadas
 
hechas de flores de verano.
Si tu naturaleza
es ser feliz
vas a nadar a lo largo de suaves senderos
 
horas y horas, y tu imaginación
iluminará cada lugar.
Y si tu espíritu
lleva en su interior
 
la espina
más pesada que el plomo —
si todo lo que podés hacer
es arrastrarte por el camino —
 
hay todavía un lugar adentro tuyo
una bestia gritando que el mundo
es exactamente lo que quería ser—
 
cada laguna con sus lirios encendidos
es una plegaria, escuchada y respondida
generosamente
cada mañana
 
te hayas atrevido, o no
a ser feliz
te hayas atrevido, o no
a rezar.
   
 
Gansos salvajes
 
No tenés por qué ser buena.
No tenés por qué caminar de rodillas
cientos de kilómetros a través del desierto, arrepintiéndote.
Solamente tenés que dejar que el suave animal de tu cuerpo
ame lo que ama.
Contame del dolor, tu dolor, y yo te contaré del mío.
Mientras tanto, el mundo sigue girando.
Mientras tanto, el sol y los nítidos cristales de la lluvia,
atraviesan los paisajes,
las llanuras y los bosques profundos,
las montañas y los ríos.
Mientras tanto, los gansos salvajes, en lo alto del cielo, 
puro y azul vuelven a casa otra vez.
Quienquiera que seas, no importa cuán sola estés,
el mundo se ofrece a tu imaginación,
te llama como los gansos salvajes, áspero y apasionado,
anunciando una y otra vez tu lugar
en la familia de las cosas. 
 
Mary Oliver y Molly Malone, una historia de amor de cuatro décadas.
   
El viaje
 
Un día por fin supiste
lo que tenías que hacer,
y empezaste
a pesar de las voces
y los malos consejos
a tu alrededor —
a pesar de que toda la casa
empezó a temblar y sentiste
aquel antiguo tirón
en los tobillos.
“¡Arreglá mi vida!”
gritaba cada una de las voces.
Pero no te detuviste.
Sabías lo que tenías que hacer
aunque el viento hurgara
con sus dedos rígidos
en tus cimientos —
aunque su melancolía
fuera terrible.
Ya era bastante tarde
una noche salvaje
y el camino estaba lleno de ramas
caídas, y de piedras.
Pero de a poco
mientras dejabas atrás las voces
las estrellas empezaron a arder
a través de la tela de las nubes 
y una nueva voz apareció
y lentamente
la reconociste como propia
y te hizo compañía
mientras caminabas con pasos largos
más y más adentro
del mundo
decidida a hacer
lo único que podías hacer —
decidida a salvar
la única vida que podías.
 
 
Los girasoles
 
Vení, acompañame
  al campo de girasoles.
            Sus rostros son discos pulidos
            sus espaldas secas
 
crujen como mástiles
  sus hojas verdes
            tan pesadas y tantas
            llenan su día con el pegajoso
 
azúcar del sol.
  Vení, acompañame
            a visitarlos,
            son tímidos
 
pero quieren ser nuestros amigos;
  tienen historias increíbles
            de cuando eran jóvenes —
            del clima importante
 
de cuervos revoloteando.
  ¡No tengas miedo
            de preguntarles cosas!
            Sus caras brillantes
 
que siguen al sol
  van a escucharte, y todas
            esas filas de semillas —
            ¡cada una dará una vida nueva! —
 
desearía comprender más profundamente;
  cada uno de ellos, aunque está en medio
            de una multitud, es
            un universo aparte
 
está solo, y no es fácil
  el lento trabajo
            de convertir sus vidas
            en celebración. Vení
 
conversemos con esos rostros humildes
  su ropa sencilla de hojas,
            sus gruesas raíces en tierra
            ardiendo, tan erguidas.
 

Sueños
 
Toda la noche
los oscuros capullos del sueño
se abren
lujosamente.
En el centro
de cada pétalo
hay una letra
y te imaginás
si pudieras recordarlas todas
y enhebrarlas juntas
formarían una respuesta.
Es una noche larga
y para nada fácil —
hay tantas ramas
tantos desvíos —
pájaros que vienen y van
el zorro negro que se acuesta
para dormir a tus pies
la luna que observa atenta
con su ojo blanco como un hueso.
Finalmente has agotado
toda la energía que tenías
y arrastrás por el suelo
la pollera embarrada de tus raíces
y te despertás sobresaltada
con dos o tres sílabas
como agua en la boca
una sensación
de pérdida — un recuerdo
que no llega a ser una palabra, ni
tampoco la respuesta —
solo se siente como
cuando en lo profundo del árbol
los candados se abren
el fuego recorre la madera
y las flores florecen.
 
(El trabajo del sueño,
Caleta Olivia,
2020)
 
Trad. Patricio Foglia
y Natalia Leiderman
 
***


John Chapman
 
Usaba una lata como sombrero, en donde
también cocinaba la cena
cuando anochecía
en los bosques de Ohio. Su remera
era una bolsa y caminaba
descalzo sobre sus pies torcidos como raíces.
Y adonde fuera
manzanos brotaban detrás suyo, encantados
como adolescentes.
No hubo indio ni colono ni bestia salvaje
que lo lastimara, y por su parte, él celebraba
todo, ¡todas las criaturas de Dios! Apenas dudó,
una noche de lluvia,
en compartir su refugio, un tronco hueco, piel a piel
con todas las criaturas presentes: serpientes,
un mapache, tal vez, o hasta un gran oso.
La señora Price, oriunda del condado de Richland,
quien solía verlo merodear alrededor de la casa de sus padres,
recordaba: él habló
solo una vez de mujeres y sus ojos grises
se quebraron como hielo. “Algunas
engañan”, susurró, y ella percibió
el dolor, que aún recordaba
ya de vieja.
 
Bueno, los árboles que él plantó o regaló
prosperaron, y se convirtió
en una buena leyenda, haz
lo que puedas mientras puedas; cualquiera sea
 
el secreto, y el dolor,
hay que tomar una decisión: morir
o vivir, persistir en cuidar
algo que te importe. En primavera, en Ohio,
en los bosques que aún quedan podés encontrar
signos: parches
de un frío fuego blanco.
 
 
Relámpago
 
Los robles destellaron
un pálido dorado
sobre el filo
de la tormenta antes
de que el viento se levantara,
su boca sin forma
se abriera y comenzara
su aullido de horas y horas;
las luces
se apagaron de pronto, las ramas
se escondieron bajo
los techos inclinados, agitados
del campo
que se hizo de noche
de repente, excepto por
el relámpago – paisaje
encendido como inmediata
lección de creación, que ya
se fuga. Por dentro,
como siempre,
qué difícil distinguir
deseo y temor:
¡qué sensual
del relámpago su
golpe derramado! y sin embargo
¡qué fuego, y qué riesgo!
Como siempre el cuerpo
anhela esconderse,
anhela ir – lucha
por contenerse mientras
grita su miedo,
su entusiasmo, va
y viene – cada
rayo un río que arde
como quien
huye a través del oscuro
territorio del otro.


Los topos
 
Bajo las hojas, bajo
las primeras capas
livianas de tierra
ahí están – rápidos
como escarabajos, ciegos
como murciélagos, tímidos
como liebres pero más
escurridizos –
viajando entre
las pálidas raíces
del manzano, como por vigas,
estanterías de roca, nidos
de insectos y oscuros
campos de pimpollos
picantes y colmados
del alimento más dulce: las flores
de primavera.
Campo tras campo
podés seguir la trama
de sus largos
solitarios recorridos, y después
la lluvia borra
también ese frágil indicio –
tan exaltados,
como de felpa,
deseosos de insistir
generación tras generación
sin conquistar nada
más que una breve vida física
mientras viven y mueren,
empujando y empujando
con hocicos obstinados contra
la tierra entera,
que encuentran
deliciosa.
 
(Primitiva americana,
Caleta Olivia,
2024)
 
Trad. Patricio Foglia
y Natalia Leiderman

PortadaMary Oliver and Percy. Photo © 2005 by Rachel Giese Brown. 


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