VERÓNICA YATTAH



Me pedís que te ate el pelo

Me pedís que te ate el pelo.
Con el inicio del viento y los álamos
balanceándose cerca del muelle
decís "haceme un peinado".
Tomo tu cabello como a un racimo de uvas.
Como a uvas de una naturaleza muerta
entre seguir mirando y atacar
hundo mis dedos en tu pelo,
lo envuelvo con mis manos.
Ahora queda libre tu nuca
y tu columna vertebral
es el camino de una gota.
Hasta disolverse, esa gota de agua
recorrerá tu espalda.
Es un descenso que estremece.
Entonces suelto tu pelo y te abrazo quién sabe
si por primera o por última vez.
 
 
Lo rápido que pasaban las vacas y el campo

Lo rápido que pasaban las vacas y el campo.
Tuve que subirme a la parte de atrás de la moto
para descubrir eso
que a la velocidad del movimiento la íbamos inventando.
Salimos con el sol a la altura del horizonte.
Cada tanto soltabas el manubrio para señalar los carteles
las letras blancas sobre el fondo verde de los pueblos vecinos.
Mis dedos se entrelazaban entre sí y entre tu ropa.
A más de cien kilómetros por hora
los mosquitos comenzaron a ser agujas.
El sol permanecía a pesar de lo demás
que iba, en cambio, convirtiéndose en manchas.
Y como esas cámaras que logran captar el movimiento,
pude notar que el árbol era también una línea,
que la vaca era también una línea,
que cada cosa era mucho más que esa cosa
y que nosotras también iríamos dejando un rastro.


¿Ves las ramas en el vaso?

¿Ves las ramas en el vaso?
El sol se pone.
Aunque la ciudad impida la escena completa
algo del rayo se ve.
Hace tiempo leímos “un ambiente”
y no fue lo que importó
sino haber venido a conocer la casa
en el preciso instante del atardecer.
La pequeñez fue nada al lado de esa luz entrando.
Pero el deslumbramiento pasó.
Tardó en aparecer
Como la rueda de un auto girando sin aire,
como un animal de granja que camina unos segundos más
sin la cabeza.
Son la seis y veintiuno
y el sol decide caer entre las torres de enfrente.
Son dos torres que hoy no tapan la vista.
Pasa por el medio el sol
Llega hasta el vaso de yogur que terminé
y me muestra en su interior un bosque.


Colgada la ropa se vuelve piedra

Colgada la ropa se vuelve piedra.
Al llegar y suspenderla del perchero
el movimiento de la ropa para.
Esa calma me inunda y como un capullo
filmado durante días hasta volverse flor
se abren la cocina y el baño, como pétalos
el ambiente aún sin forma, las cajas de cartón
las ventanas.
Vos me llamás y decís “hablame de la nueva casa”.
Te contaría que fue dulce y fue amargo
Ir al supermercado y descubrir que vendían
el café que tanto nos gustaba.
Ahora la casa es grande y tiene terraza.
El sonido de los autos se suaviza entre las plantas.
Son plantas de un verde nuevo
en las que vierto agua cada día,
y de a poco van creciendo
y despliegan como un río fértil, sus brazos.


¿Qué veíamos en los perros?
 
¿Qué veíamos en los perros?
La agilidad de los galgos no alcanzaba
y los hombres necesitaban
meter sustancias en sus cuerpos.
Con tu cámara filmaste
cómo sostenían el muslo de un perro
y lo acariciaban hasta aflojarlo,
hasta clavarle una aguja.
Fue raro que tomaras esa imagen
porque el documental no iba a ser de denuncia.
Yo corrí la mirada y vi que estaban listos
seis de los perros en las gateras.
Desde el otro extremo de la pista
alguien arrastraba por la tierra
un cadáver de conejo.
A los galgos los ojos se les salían.
Cuando volvíamos dijiste que lo difícil
no era ver todas esas cosas
sino hacer algo con ellas.
 
(Los perros también se van,
Viajero insomne editora,
Buenos Aires,
2014)
 
***


El punto se transformó en golpe seco,
las líneas no.
Hasta detenernos las líneas blancas del costado de la ruta
fueron suaves cintas deslizándose.
¿Qué iluminaron las luces esa noche?
Las hice titilar
para espantar lo que veía,
te desperté, por si el punto era mi imaginación
y no ese perro mirándonos de frente.
Me agarraste la mano para no esquivarlo.
De dormir pasaste a ese movimiento
a esa invasión sobre el volante.
En la estación de servicio dijiste “era el perro o”.
Yo no pude responder
y mientras el agua caía sobre el parabrisas
al señor le dijiste “sí,
en la ruta había niebla”.
 

Cuando llegamos estaba de pie y todavía temblaba

Cuando llegamos estaba de pie y todavía temblaba.
Ese día me contaste que un caballo
nace recién al apoyar las patas,
que hasta que no logra eso
en un haras no festejan.
Tu mamá estaba alegre aunque miraba el techo.
Yo visitaba la que había sido tu casa.
Tu papá en el pueblo
y ella contra el silencio decía “qué viento
no saben,
volaron árboles hojas ramas”.
La yegua y el recién nacido se acercaron
y tu mamá no supo si seguir hablando
del nacimiento o del tornado.
En eso llegó tu papá y apenas me miró
sin ver la marca que me habías dejado en el cuello
se quitó los anteojos de sol
y dijo “listo,
traje vacunas y materiales para la obra”.
 
 
Él pasaba después del mediodía
 
Él pasaba después del mediodía
mi mamá me entregaba prolija
y yo salía con sopor.
En ese tiempo mi papá era inteligente
y viéndome así
no tardaba en alzarme en sus hombros.
Inteligente, porque lo bueno no llegaba
como premio
sino al principio de las cosas.
Cómo contarte lo que sentía
cuando subía las escaleras del puente,
el sonido que hacían sus zapatos
sobre el metal oxidado,
lo que era cruzar el puente arriba suyo
y si pasaba el tren
ver que los techos de los vagones formaban
una línea de colores difusos.
¿Era un vértigo parecido al que sentías vos
cuando cruzabas nadando el río?
Contame de nuevo cómo era eso
de ir con el botecito de tu papá al lado
por si algo fallaba. Podría escucharlo mil veces.
 
 
Lo rápido que pasaban las vacas y el campo
 
Lo rápido que pasaban las vacas y el campo.
Tuve que subirme a la parte de atrás de la moto
para descubrir eso
que a la velocidad del movimiento la íbamos inventando.
Salimos con el sol a la altura del horizonte.
Cada tanto soltabas el manubrio para señalar los carteles
las letras blancas sobre el fondo verde de los pueblos vecinos.
Mis dedos se entrelazaban entre sí y entre tu ropa.
A más de cien kilómetros por hora
los mosquitos comenzaron a ser agujas.
El sol permanecía a pesar de lo demás
que iba, en cambio, convirtiéndose en manchas.
Y como esas cámaras que logran captar el movimiento,
pude notar que el árbol era también una línea,
que la vaca era también una línea,
que cada cosa era mucho más que esa cosa
y que nosotras también iríamos dejando un rastro.
 
Sin datos a que libro/s pertenece/n

*** 


Piedra Grande Sin Labrar
 
Peña, se llamaba así la calle
donde vivía el amigo de mi hermano.
 
La primera vez que hice el amor
vi mi ropa manchada.
 
Fue distinto el color de los autos
que pasaban mientras volvía a casa.
 
Fue distinto el color de mi mamá
que ponía la mesa como tantas otras noches
aunque esa fuera para mí
la primera noche de otra era.
 
El rostro de mi mamá acariciado
mucho antes de que esto pasara
(ella sola en su casa, mi hermano y yo)
por hombres recostados
en pequeñas camas
el humo del cigarrillo marcando en el aire
figuras sin forma.
 
Uno de esos hombres mi padre
el humo dibujando, en su caso sí,
un ciervo corriendo
perdiéndose en un bosque.
 
Entonces Peña el nombre de la calle
de la casa del chico
con el que estuve la primera vez.
 
Después hubo otras:
Aranguren, Tucumán, Aráoz
la calle de un barrio lejano
hasta que llego caminando
a una fiesta en el primer piso
departamento A
de un ambiente en Gurruchaga,
calle empedrada
de árboles viejos
que a las tormentas
les lleva minutos derribar.
 
Llegué como quien llega a un umbral
y pasando una línea se transforma.
 
Descorrí la bolsa de nylon
que ocultaba una botella de cerveza.
 
Y mi deseo de darle un beso
siendo ella como yo, una mujer.
 
Y mi deseo de escribir
sobre todo lo que pasaba alrededor:
el colchoncito apoyado en la pared
para silenciar la felicidad de la fiesta
el vecino tocando timbre
para quejarse no, para bailar
y mi mejor amigo acariciando los vinilos
jugando a ser el DJ
que todavía no era.
 
Ana también quiso que la noche fuera larga
que todo recién empezando como estaba,
no terminara tan pronto.
 
De negro a nublado, el cielo
se nos fue metiendo en los ojos.
 
La suavidad que conocí esa noche
fue un hacha una pica un revólver
que palpé en mi bolsillo meses después
años después.
 
La suavidad fue mi antídoto cada vez que hizo falta
mi defensa incluso cuando ella me dejó.
 
Ahora cuando algo termina
me acuerdo de esa noche
lo que se tuvo una noche, si de verdad se tuvo
se tiene otra vez.
 
Fui alguien conduciendo un auto
en medio de una ruta
hasta cruzarse en mi camino, algo
que me hizo frenar el paso.
 
Ese algo fue el beso que le di a otra chica,
la noche en que mi cuerpo
fue por primera vez, además de mi cuerpo
mi casa.
 
 
Contamos nuestros pasos
 
Como en una película del oeste
el camino era de tierra.
Todavía siento tu espalda contra la mía
todavía cuento los diez pasos que dimos
hasta llegar cada una al extremo de la calle.
Las botas de cuero hacían sonar
las piedritas y el polvo.
Al unísono giramos, sonreímos,
hicimos fuego.
Después no morí.
Me quedé mirando el cielo y no vi nada.
Soplabas tu revólver
y lo hacías bailar en círculos.
Apareció una bandada de pájaros,
aparecieron dos.
El cielo pasó de blanco a cobalto.
Y entendí que seguir adelante
era cuestión de ver el cielo, las nubes.
La danza de esos pájaros que no lloraban.
 
 
La mujer que vi parada tomando sol en la esquina de
Lambaré y Bogado, antes de entrar a casa
 
Tengo frío y ella
abre sus manos en la esquina.
En los bolsillos cierro
las manos que ella abre.
La gente pasa y creería que sí
pero no se la llevan puesta.
Pasa un chico y la mira
como yo miro a los gatos.
Qué hace, qué se lame, qué ve
por qué cierra así los ojos
y abre así las manos.
Muestra las palmas al sol.
Qué sabe ella que sonríe
en la esquina de casa
clavada así, con este frío.
 
 
2020, 5 de febrero: aniversario número treinta de una canción
hermosa. Escribo buscando el aniversario personal: cuándo
pude haberla escuchado por primera vez.
 
suena la radio
y mientras miro las vueltas del plato
entra la canción
la música dura más
incluso aunque recuerde
los detalles más insulsos
la música dura
los detalles más insulsos:
la botonera engrasada del microondas
la cuchara de madera
contra la jarra de vidrio
mi hermano revuelve el jugo
y en sordina el motor
la comida gira
mamá ya no trabaja los sábados
o ese único sábado eterno
escucho y bailo en una pista imaginaria
qué habrá que no suceda siempre
primero
en la imaginación
los sentimientos son intensos
las palabras, triviales
pero la música llega antes de la letra
y dura más.
 
*

En esos bares mi papá fue testigo de mi crecimiento
como yo de su declive.
Únicamente en esos bares mi papá pudo haber arrimado
una silla alta para una nena de dos años.
Si alguna vez me alimentó dibujando el trazo
de un avión imaginario,
pudo haber sido ahí.
Durante años nos pasó a buscar
a mi hermano y a mí
un sábado por estación,
incluso en invierno
para hacer un recorrido al que llamábamos “los puentes”,
y consistía en caminar de Palermo a Belgrano
y terminar comiendo en una pizzería de avenida Cabildo.
Ya escribí un poema sobre eso
pero hay algo que ese poema no alcanzó a decir.
Los poemas se parecen más a una puerta entornada
y quiero seguir mirando eso que apenas muestran.
La primera vez que vi el amanecer
fue agarrada a la mano de él.
        Era primero de enero y volvíamos a las seis.
        Mi papá nunca tuvo casa pero sí bares,
        y su gusto varía tanto como su ánimo:
        va de bares deprimentes a bares hermosos.
        Si alguien me preguntara cuál es su bar favorito
        no podría decirlo. Y menos entender
        que durante años haya preferido restaurantes
        con servilletas de tela blanca y fuentes ovaladas
        donde pedíamos ravioles para compartir,
        y hoy se conforme con cadenas rápidas
        en las que puede pasarse horas anotando cosas
        en servilletas de papel.
        Cuando mi papá y yo entramos a un bar
        no estamos entrando a un bar
        sino al pasillo, al cuarto, a la cocina de nuestra casa.
        Con mi mamá es fácil hablar porque las charlas
        se superponen a otros quehaceres:
        ella cortando cebolla para una ensalada
        o zurciendo el ruedo de algún pantalón.
        Con mi papá las palabras pesan
        porque son las que nos arman la escena.
        En un restaurante de Colegiales
        le dije pa, te tengo que decir algo.
        En un bar de Aráoz y Juncal me dijo Veri,
        tengo algo para decirte.
        En decenas de bares diseminados me ayudó a estudiar
        para aprobar exámenes mientras él
        buscaba trabajo en los clasificados del diario.
        La primera vez que vi a una mujer desnuda fue en un bar:
        tenía los breteles caídos, estaba borracha y sentada
        en el inodoro con la puerta abierta.
        Cuando volví a la mesa dije acabo de ver algo raro,
        pero más que raro era fascinante.
        En otro bar me dijo escuchá, Cesária Evora,
        y se puso a tararear.
        Yo no sé si a Cesária la escucharía tanto de no ser
        porque veo, al escucharla,
        el sol que entraba esa tarde por la ventana de ese bar.
        El rato que tuvimos de música y silencio.
 
*
 
Si hubiera una línea,
de ese lado lo muerto,
de este la selva,
entonces yo diría: todavía estoy acá.
Firmeza de estaca clavada
en lo más hondo de la tierra.
“Todavía estoy acá”,
el nombre de una muestra de fotos que vi.
La fotógrafa trabaja, retoca pinta
fotografías de soldados rusos mirando a cámara
sonriendo
antes de ser fusilados.
Como diciendo, justamente
todavía estoy acá y no tengo por qué
salir con cara seria.
Un gesto flor de loto que en medio del pantano
también grita: todavía estoy acá.
Mi primo debe haber sentido
cada vez que mojaba la cama
el mismo grito contenido en la noche,
habrá inventado la cara del hombre
que no conocía y era su padre.
Yo también podría haberle dicho
eso al mío,
todavía agarrarme de la frase
y de su saco desde abajo
para llamar su atención.
Soy yo, estoy acá
me decía ella.
Y me tocaba el pecho dándome
y pidiéndome un poco de amor.
Si intentábamos separarnos
volvíamos,
por ejemplo yo salía
y en medio de una fiesta
la encontraba bailando.
Entonces me acercaba y le decía
es necesario esto que tenemos,
todavía te quiero mirar.
 
(Piedra Grande sin Labrar,
Zindo & Gafuri,
2018;
Liliputienses,
2020)

Verónica Yattah (
Ciudad de Buenos Aires, 1987). En 2009 publicó Ella salta la 
espuma de las olas (Ediciones Del Dock) y en 2013 Allá es mañana (Editorial Fu
nesiana). Participó en la antología de cuentos del concurso del FNA en 2008, 
y en la Antología 2013 El Rayo Verde. En abril de 2014 se publicará su tercer li
bro: Los perros también se van (Viajero Insomne Editora). Desde 2012 realiza en
trevistas sobre los procesos creativos para su blog: 
                                                                sigamostramando.blogspot.com.ar.

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