WALT WHITMAN



Cuando supe al anochecer
 
Cuando supe al anochecer cómo había sido recibido mi nombre
con aplausos en el Capitolio, lo que vino después no fue para mí
una noche feliz, y cuando salía de parranda o se realizaban mis
planes tampoco era feliz.
Pero el día en que me levanté de la cama al amanecer con una
salud de hierro, fresco, cantando, respirando el aliento perfecto
del otoño, cuando vi a la luna llena palidecer por el oeste y
desaparecer en la luz de la mañana, cuando paseé sólo por la
playa y me bañé desnudo riendo en las aguas frías y vi amanecer,
y cuando pensé que mi amigo querido, mi amante, estaba ya de
camino, entonces fui feliz.
Entonces cada respiración sabía más dulce, y ese día la comida me
sentó mejor y el hermoso día pasó bien, y el siguiente día llegó con
igual alegría, y a la tarde siguiente llegó mi amigo, y aquella noche,
cuando todo estaba silencioso, oí cómo rodaban las aguas, lenta y
constantemente, hasta la costa, oí el susurro siseante del líquido y
la arena, como si se dirigieran hasta mí murmurando para felicitarme,
porque aquel al que más amaba dormía a mi lado bajo la misma manta, 
en la fría noche, en la quietud de la luna de otoño su cara estaba vuelta
hacia mí y su brazo descansaba alrededor de mi pecho, y aquella noche
fui feliz.
 
 
El fuego no arde ni consume
 
El fuego no arde ni consume,
ni las olas del mar van y vienen con prisas,
ni el aire delicioso y seco, el aire del verano maduro,
empuja suavemente copos blancos de innumerables
semillas que flotan, moviéndose con gracia, para caer
donde pueden.
Nada de esto, nada de esto supera a mi propio fuego
abrasador que arde por el amor de quien amo,
ni nada va y viene con más prisas que yo.
Yo también.
Ni los copos ni los perfumes ni las altas nubes cargadas
de lluvia surcan el aire libre como surca mi alma
el aire libre flotando en todas direcciones, amor, en busca
de amistad, de ti.
 
 
Ciudad de orgías
 
Ciudad de orgías, paseos y placeres,
ciudad a la que hará ilustre algún día que yo
haya vivido y cantado entre ti,
ni tus marchas ni tus cambiantes escenarios ni
tus espectáculos me recompensan, tampoco
tus interminables hileras de casas ni los barcos en
los muelles, ni los desfiles por las calles ni los brillantes
escaparates llenos de productos, ni conversar con
personas instruidas ni participar en veladas y fiestas,
nada de esto sino, al pasar, Manhattan, tu frecuente
y veloz destello en ojos que me ofrecen amor,
que ofrecen respuesta a los míos. Ellos me recompensan,
los amantes, los continuos amantes, sólo ellos me recompensan.
 

He visto crecer un roble en Luisiana
 
He visto crecer un roble en Luisiana,
se erguía solitario y el musgo colgaba de sus ramas,
allí crecía sin compañero echando hojas felices de un verde oscuro,
y su aspecto rudo, inflexible, lujurioso, me hizo pensar en mí.
Pero me preguntaba cómo podía echar sus felices hojas allí solo,
sin un amigo al lado, porque yo sabía que no podría.
Y le arranqué una ramita con unas cuantas hojas y enrollé a su
alrededor un poco de musgo,
y me la llevé y la coloqué a la vista en mi habitación.
No la necesito para recordar a mis queridos amigos
(pues creo que últimamente no hago más que pensar en ellos) pero
es para mí un objeto curioso: me hace pensar en el amor masculino.
A pesar de todo, aunque el roble resplandece allí en Luisiana,
solitario, en un amplio espacio descubierto,
echando hojas felices toda su vida sin un amigo, sin un amante a
su lado, sé muy bien que yo no podría.
 
 
En este momento, lleno de deseo y pensativo
 
En este momento, lleno de deseo y pensativo, sentado a solas,
me parece que hay otros hombres en otras tierras, llenos de
deseo y pensativos,
me parece que puedo echar una ojeada y verlos en Alemania,
Italia, Francia, España, o lejos, muy lejos, en China,
Rusia o Japón, hablando otras lenguas, y me parece que
si conociera a esos hombres me sentiría tan cercano a ellos
como a los de mi propia tierra.
Sé que seríamos hermanos y amantes,
sé que sería feliz con ellos.
 

Cuando pienso en la fama conquistada
 
Cuando pienso en la fama conquistada por los héroes y las
victorias de poderosos generales, no envidio a los generales,
ni al presidente en su presidencia ni al rico en su mansión,
pero cuando me hablan de la fraternidad de los amantes y
de cómo ha existido entre ellos, cómo han estado juntos
a lo largo de su vida, a través de peligros y odios, impasibles,
tanto tiempo, en la juventud, la edad adulta y la vejez,
y qué decididos, cariñosos y fieles han sido, me quedo pensativo,
y me marcho precipitadamente lleno de la más amarga envidia.
 
 
Un vistazo
 
Un vistazo a través de un resquicio
de un grupo de trabajadores y cocheros
en una taberna alrededor de una estufa
 en una noche de invierno, yo sentado en
un rincón sin hacerme notar,
de un muchacho que me ama y al que
amo y que se aproxima en silencio y se
sienta al lado cogiéndome de la mano,
un largo rato entre los ruidos de los que
entran y salen, los que beben y dicen
tacos y chistes verdes,
allí nosotros dos, contentos, felices de estar
juntos, hablando poco o quizá nada.
 
(Diecinueve poemas de amor,
Editorial Laetoli,
Colección Cálamo, 1,
Edición bilingüe,
Selección y traducción
de Juan José Igarabide,
Epílogo de Rodrigo Andrés,
2022,
108 páginas)
 
 ***


Cantando a la primavera
 
Cantando a la Primavera, he aquí lo que cosechó -para los que se aman.
(¿Quién, pues, sino yo, comprendería a los amantes y toda su dicha?
¿Y quién, -sino y-o, -sería el poeta de los camaradas?)
Cosechando, atravieso el jardín del mundo, mas he aquí que franqueo
las puertas, unas veces a lo largo de la orilla del mar; otras, chapoteando
un poquito, sin temor a mojarme, o en los pretiles, don-de las viejas
piedras, reunidas en los campos, -se han acumulado (flores silvestres y
sarmientos y hierba crecen entre las piedras y casi las cubren, mas yo las
sobrepaso), lejos, lejos, en- -el bosque, o vagando más tarde en estío, antes
de saber dónde voy, solitario, sintiendo el olor de la tierra, deteniéndome
aquí y allí, en el silencio. Solo me creía, cuando, de súbito, una turba se
reúne en torno a mí; unos marchan a mi flanco, otros detrás y otros me
enlazan los brazos al cuello. Ellos son los espíritus de queridos amigos
muertos o vivos; más nutridos llegan, son unía gran multitud, y yo en
medio, cosechando, distribuyendo, cantando, vago por allí con ellos,
cogiendo algo en prenda, lanzándolo a quien se encuentra cerca de mí:
aquí, lilas, con una rama de pino; aquí, sacado de mi bolsillo, musgo que
arranqué a un roble joven, en Florida, al pender en largo reguero; 
aquí, claveles y hojas de laurel y un manojo de salvia, aquí, chapoteando 
orillas del mar, (¡oh! es aquí donde vi por vez postrera al que me ama
tiernamente y retorna para no separarse jamás de mí. Y esto, ¡oh! esto será
desde hoy la prenda de los camaradas; sí, esta raíz de calamus será.
Intercambiadla, jovencitos, entre vosotros. ¡Que ninguno la devuelva!) Y
ramitas de sicómoro y un ramillete de naranjas silvestres y de castaño, y
tallos de groselleros y ciruelos en flor, y el cedro aromático, todo eso me
rodea con una espesa nube de espíritus, al azar de mis pasos, yo lo
muestro o toco al pasar o lo lanzo descuidadamente lejos de mí,
indicando a cada uno lo que debe tener, dando alguna cosa a cada uno.
Pero lo que he retirado del agua, a orillas del mar, lo reservo: únicamente
quiero darlo a los que amen como yo mismo soy capaz de amar.
 
 
Perfumada hierba de mi pecho
 
Perfumada hierba de mi pecho,
rebusco hojas en ti, escribo, a fin de ser estudiado más tarde a placer,
hojas de la tumba, hojas del cuerpo creciendo por encima '
de mí, por encima de la muerte,
raíces vivas, altas hojas, ¡oh! el invierno no os helará, hojas delicadas;
cada año volveréis a florecer; en donde desaparezcáis, surgiréis de nuevo.
¡Oh, yo no sé si muchos, al pasar, os descubrirán o aspirarán vuestro
suave perfume!
¡Oh esbeltas hojas! ¡Oh flores de mi sangre! Según vuestra manera, os
dejo hablar del corazón que está debajo de vosotras.
¡Oh! Yo no sé lo que queréis decir por debajo de vosotras
mismas. No sois la felicidad;
sois a menudo tan amargas, que no puedo soportarlo, me
quemáis y traspasáis;
sois para mí siempre bellas, raíces débilmente coloreadas,
me hacéis pensar en la muerte.
La muerte es bella para vosotras (¿qué es, en verdad, hermoso
finalmente, a excepción de la muerte y del amor?)
¡Oh! Pienso que no por la vida entono aquí mi canto de
los amantes; pienso que debe ser por la muerte,
que, tan serena, tan solemne, crece para elevarse hasta la
atmósfera de los que se aman.
Muerte o vida, me es indiferente; mi alma rehúsa elegir.
(No estoy seguro de que el alma altísima de los amantes
acoja bien a la muerte sobre todo).
En verdad, ¡oh muerte!, pienso ahora que estas hojas quieren decir,
de manera precisa, lo que tú quieres decir.
¡Creced más alto, suaves hojas, que yo lo pueda ver! ¡Creced en mi pecho!
¡Arrancad el recelo del corazón!
¡No os repleguéis así en vuestras raíces teñidas de rosa,
tímidas hojas!
¡Tú, hierba de mi pecho, no permanezcas tan amedrentada!
¡Vamos; estoy decidido a desnudar este vasto pecho mío!
Hace bastante tiempo que lo he sofocado, ahogado.
Emblemáticas y caprichosas hojas, diré lo que he de decir
muy sencillamente;
sólo me proclamaré a mí mismo y a los amigos; no
lanzaré jamás ninguna llamada que no sea la de éstos;
gracias a ella provocaré inmortales repercusiones de un extremo a otro de
los Estados; me ofreceré en ejemplo a los amantes para que ellos tomen
forma y voluntad, permanentes de un extremo a otro de dos Estados;
por intermedio mío serán pronunciadas las palabras para
hacer la muerte jubilosa.
Dame, pues, el tono, ¡oh muerte!, que yo me pueda acordar.
Date a mí, porque veo que tú estás ahora en mí por encima de todo, y que
vosotras estáis juntas, inseparablemente enlazadas, pues sois el amor y la
muerte.
Ya no os dejaré engañarme con lo que yo llamaba vida,
porque aflora he sabido que sois los valores esenciales,
que os escondéis bajo estas cambiantes formas de la vida,
porque, y sobre todo para vosotras, existen ellas,
que aparecéis detrás de ellas para ser la realidad real,
que, bajo la máscara de da materia, esperáis pacientemente,
poco importa el tiempo,
que acaso un día tomaréis del todo la dirección,
que acaso sois esto porque esto 'lo es todo, mas no dura
largo tiempo.
Sin embargo, vosotras duraréis mucho más.
 

El fuego no arde ni consume
 
El fuego no arde ni consume,
las alas del mar no se apresuran en ir y venir,
el aire delicioso y seco, el aire del maduro estío, no pasea
ligeramente los blancos copos de miríadas de granos,
empujados, moviéndose con gracia, para caer en donde
pueden.
¡No! ¡Oh, ninguno entre ellos, más que las llamas mías,
consumen, queman, para obtener el amor de quien amo!
¡Oh, ninguno más que yo se apresura en ir y venir!
¿No se apresura la ola, en busca de algo, sin jamás renunciar?
¡Oh, del mismo modo yo!
¡Oh, ni copos, ni perfumes, ni ¡las altas nubes que emiten
la lluvia, se ven arrastrados a través del aire en plenitud!
Sólo mi alma se ve llevada a través del pleno aire,
impulsada en todas direcciones, ¡oh, amor!, en busca de
amistad, en busca de ti.
 
 
He visto un roble crecer en La Luisiana
 
He visto un roble crecer en La Luisiana:
erguíase enteramente salo, y el musgo pendía de sus ramas.
Sin ningún compañero crecía allí, desplegando sus alegres
hojas ide un verde oscuro,
y su aspecto, inflexible, vigoroso, áspero, me hizo pensar
en mí mismo;
pero me pregunté cómo podría desplegar sus alegres hojas
estando solo, sin un amigo a su lado, porque yo sabía
que no podía imitarlo.
Y rompí una de sus ramas cubierta de cierto- número de
hojas y arrollé en torno a ella un poco de musgo,
y la llevé conmigo y la coloqué visiblemente en mi alcoba.
No es que necesite de su presencia para acordarme de mis
queridos amigos,
(porque, en estos últimos tiempos, no hago más que pensar
en ellos).
Sin embargo, esta rama es para mí un objeto curioso, pues
me hace pensar en ei amor viril.
A pesar de todo, y aunque este roble resplandece allá en
la Luisiana, solitario, en un amplio espacio descubierto,
dando alegres hojas durante toda su vida, sin un amigo,
sin un amante junto a él,
yo bien sé que no podría imitarlo.
 
 
En este momento
 
En este momento estoy sentado solo, pensativo y suspirante.
Me parece que hay otros hombres en otros países, suspirantes
y pensativos.
Me parece que puedo mirar más allá y verlos en Alemania, en
Italia, en Francia, en España, o lejos, más lejos, en China, o en
Rusia, o en el Japón, hablando otros dialectos, y me parece que
si yo pudiese conocer a estos hombres,
llegaría a unirme a ellos como lo hago con los hombres
de mi país. ¡Oh! ¡Yo sé que seríamos hermanos y amigos!
¡Yo sé que con ellos sería feliz!
 

Lleno de vida, ahora
 
Lleno de vida, ahora, compacto, visible, yo,
de cuarenta años de edad y en el año ochenta y tres
                      de estos Estados,
a alguien que vivirá dentro de un siglo, o después de muchos siglos,
a ti, que aún no has nacido, dedico estos cantos, esforzándome por            
                   seguirte.
Cuando tú ¡leas estos cantos, yo, que ahora soy visible, me
             habré tomado invisible.
Entonces serás tú, compacto y visible, quien realizará mis
poemas, quien se esforzará en seguirme,
imaginándote cuán feliz serías si yo pudiese estar contigo
              y convertirme en tu camarada.
Que sea, pues, como si yo estuviera a tu lado. (No creas
                    demasiado que no estoy ahora junto a ti.)
 
 
Delicado racimo
 
¡Delicado racimo! ¡Bandera de vida fecunda!
¡Cubriendo todas mis tierras, guarneciendo todas mis costas!
¡Bandera de muerte! (¡Cuánto te espiaba a través del humo de
         la apremiante batalla!)
¡Cómo te oía agitarte y susurrar, tela desafiadora!
¡Cerúlea bandera, resplandeciente bandera, salpicada por
           los astros de Ja noche!
¡Ah, mi plateada beldad! ¡Ah, mi blanco y rojo lino!
¡Ah! ¡Cantar tu canto, mi poderosa matrona!
¡Mi sagrada matrona, madre mía!
 

¡Oh, Capitan! ¡Mi capitán!
 
¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán!, nuestro espantoso viaje ha terminado.
La nave ha salvado todos los escollos, hemos ganado el
premio que anhelábamos:
el puerto está cenca.; oigo Jas campanas, al pueblo entero
aclamándote,
mientras sus ojos siguen la firme quilla, !a audaz y soberbia nave.
Mas, ¡oh corazón!, ¡corazón!, ¡corazón!
¡Oh rojas gotas que caen,
allí, en el puente, donde mi Capitán yace derribado, frío y muerto!
 
¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! Levántate y escucha las campanas.
Levántate. Por ti se ha izado la bandera. Por ti gorjea el clarín.
Para ti ramilletes y coronas con cintas. Para ti das multitudes en
las playas.
Por ti clama la muchedumbre, a ti se vuelven los rostros ardientes.
¡Ven, Capitán! ¡Querido -padre!
¡Que este brazo mío pase por debajo de tu cabeza!
Debe ser un sueño que yazcas sobre el puente, derribado, frío y muerto.
 
Mi Capitán no contesta. Sus labios están pálidos e inmóviles.
Mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso ni voluntad.
La nave, sana y salva, ha anclado: su viaje ha concluido.
De vuelta -de su espantoso viaje, la vencedora nave entra en el puerto.
¡Oh playas, alegraos! ¡Sonad, campanas!
Mas yo, con tristes pasos, recorro el puente donde mi Capitán
yace derribado, frío y muerto.
 
 
La canción de la muerte
 
¡Ven, muerte adorable y balsámica!
Ondula alrededor del mundo, acércate, muéstrenos tu serena frente,
día y noche, sin olvidar a nadie,
acércate, muerte delicada.
 
Loado sea el insondable universo.
Por la vida y la alegría que nos brinda, por los objetos y
la ciencia de elfos,
y por el amor—¡el delicioso amor! —,
¡loada seas!, ¡loada!, ¡loada!
¡Oh muerte, y el frío y seguro abrazo de tus manos!
Sombría madre que te deslizas a nuestro lado con apagados pasos,
¿nadie te ha cantado todavía un canto de entusiasta bienvenida?
Si es así, déjame que te glorifique sobre todas las cosas,
que te ofrezca un canto para decirte que, cuando vengas,
lo hagas sin desfallecer.
¡Acércate, fortísima ¡libertadora!
Yo canto a los muertos que me traes,
canto el océano de amor que los lleva en sus ondas,
bañados en las aguas de tu beatitud, ¡oh muerte!.
 
De mí revuelan gozosas serenatas.
Propongo danzas para festejarte, empavesamientos y fiestas en tu honor;
para ti, los espectáculos al aire libre, bajo los plenos cielos,
la vida y las campiñas, y la enorme noche llena de recogimiento,
la noche silenciosa bajo las temblorosas estrellas,
las costas del Océano y las murmurantes olas, como los arrullos de
mi niñez,
y el alma que se vuelve hacia ti, ¡oh muerte!, buscando tus
labios bajo los crespones de tu velo,
y el cuerpo que se estrecha, reconocido, contra ti.
 
Por encima del susurro de los bosques elevo mi canción,
por encima de las ondas que suben y que bajan, por encima de los
campos y de las inmensas praderas,
por encima de todas las compactas ciudades, por encima
de los puertos y de las hormigueantes avenidas,
elevo esta canción hacia ti, ¡oh muerte!
¡Con alegría! ¡Con alegría!
 
 
¡Tú, astro cenital!
 
¡Tú, astro cenital! ¡Tú, ardiente mediodía de Octubre!,
inundando con luz devoradora la gris arena de la playa,
el sibilante mar cercano con sus lejanas perspectivas y espumas,
con sus fulvos regueros, sombras y azul inmensidad.
¡Oh resplandeciente sol de mediodía! ¡Para ti, mi canto
           singular!
 
¡Escúchame, ilustre!
¡A mí, el más amante, pues siempre te he amado! (1)
 
Cuando era pequeño me calentabas; más tarde, niño feliz,
solo, a la orilla de un bosque, tus rayos, al acariciarme, me bastaban;
y ya hombre maduro, o joven, o viejo, has sido como ahora, cuando te
dirijo mi invocación.
 
(No puedes engañarme con tu silencio.
Yo sé que la Naturaleza se inclina ante el hombre digno;
aunque no contesten con palabras, los cielos, los árboles
oyen su voz y tú también la oyes, ¡oh sol!
En cuanto a tus dolores, a tus perturbaciones, a tus inesperados
abismos y a tus dardos,
los comprendo, porque conozco bien esas llamas,
esas perturbaciones.)
 
Tú, que (difundes tu calor y tu luz fructificadores
sobre las miríadas de granjas, sobre la tierra y las aguas del Norte
y del Sur, sobre el interminable curso del Mississippi, sobre las herbosas
llanuras de Texas, sobre los bosques del Canadá,
sobre todo, el globo que vuelve su rostro hacia ti, brillante en el espacio,
tú, que lo envuelves todo imparcialmente, no sólo los continentes sino
también los mares, tú, que tan generoso te prodigas a los racimos,
a la cizaña, a las silvestres florecillas, difúndete, difúndete
a través de mí y de lo mío, mas dedícame uno solo
de los rayos fugitivos de tus millones de millones; traspasa estos cantos.
No limites a ellos tu sutil esplendor y tu poderío:
prepara el más remoto día de mi ser, prepara mis sombras que se alargan,
prepara mis estrelladas noches.
 
(1) Thy lover me, for always bave love tbee, que Vasseur traduce: Te habla el más agradecido de tus hijos.
 

¡Adios!
 
Para terminar, anuncio al que ha de venir después de mí.
 
Recuerdo haber dicho anteriormente que mis hojas brotaban ¡para todos.
Yo quiero elevar mi voz jocunda y potente para referirme a la
consumación.
 
Cuando América realice lo prometido, cuando, a través de estos
Estados, caminen un centenar de millones de altivos individuos,
cuando las más lejanas regiones pertenezcan a esos hombres altivos
y cooperen con ellos, cuando la progenie de las madres más perfectas
destaque a América,
entonces doble complacencia habrá para mí y para mis poemas!
 
He sido impulsado por mi propio derecho.
Yo he cantado el cuerpo y el alma; la guerra y la paz he cantado,
y los cantos de vida y de muerte,
las canciones de cuna, y he mostrado que existen muchos nacimientos.
 
He mostrado mi estilo a todo el mundo, he caminado con paso decidido.
Ahora, cuando mi placer está saciado, susurro: ¡Adiós!
Y estrecho por última vez la mano de la joven y del joven.
 
Anuncio que los seres naturales se levantan,
anuncio la triunfante justicia,
anuncio la libertad y la igualdad inflexibles,
anuncio la justificación del orgullo.
 
Anuncio que la identidad de estos Estados es una simple
identidad únicamente,
anuncio que la Unión es más y más compacta, indisoluble,
anuncio los esplendores y grandezas de todas las políticas
anteriores de la tierra humilde.
 
Anuncio la adhesividad, la unión; digo que será ilimitada,
indisoluble;
digo que vosotros hallaréis, sin embargo, al amigo que habéis esperado.
 
Anuncio a un hombre y a una mujer del porvenir.
Acaso tú eres uno (¡Adiós!).
Anuncio al gran individuo, fluidor como la Naturaleza,
casto, afectuoso, compasivo, vigoroso.
 
Anuncio una vida que ha de ser copiosa, vehemente, espiritual, osada;
anuncio una muerte que, luminosa y alegremente, encontrará su
transformación.
 
Anuncio miríadas de juventudes, hermosas, atléticas, de
pura casta, de dulce condición;
anuncio una raza de espléndida y salvaje ancianidad.
 
¡Oh! ¡Al más fuerte y corpulento! ¡Adiós!
¡Oh! Aprieta demasiado al abrazarme.
Preveo también que da a entender más de lo que pensaba;
me parece que estoy agonizando.
 
Mi canto cesa; yo lo abandono.
De detrás del biombo donde me oculto, avanzo en persona
únicamente hacia ti.
 
Camarada: esto no es un libro.
Quien lo toca, toca a un hombre.
(¿Es de noche? ¿Aquí estamos solos los dos?)
 
Soy yo el que os abraza y a quien abrazáis.
Salto de las páginas a vuestros brazos; es la muerte quien
me envía.
 
¡Oh! ¡Cómo me adormecen vuestros dedos!
Vuestro aliento desciende en torno a mí como un rocío; el
latido de vuestros pulsos arrulla el tímpano de mis oídos.
Me siento sumergido en la dicha, desde la cabeza a los pies,
delicioso, colmado.
¡Basta! ¡Oh realidad súbita y secreta!
Basta! ¡Oh fluidor presente! ¡Basta! ¡Oh resumido pasado!
 
Amigo querido, quienquiera que seáis, aceptad este beso.
Os lo doy especialmente a vos; no lo olvidéis.
Me siento como alguien que, concluida su jornada, reposa
un instante.
Ahora sufro una de mis numerosas transformaciones; paso
por uno de mis infinitos avatares, mientras otros me
esperan indudablemente.
Una esfera desconocida, más real que la soñada, más directa, guía mis
pasos. ¡Adiós!
 
Acordaos de mis palabras: puedo retornar de nuevo.
Os amo, aunque me aleje de la materia
y sea como un ser incorpóreo, triunfante, muerto.
 
 
Mi legado
 
A ti, quienquiera que seas (bañando con mi aliento esta
hoja para que crezca, oprimiéndola un instante en mis
manos vivas:
—¡Toma! ¡Mira cómo me 'late el pulso en las muñecas!
¡Cómo dilata y contrae la sangre mi corazón!)
Me ofrezco a ti, en todo y para todo; me ofrezco a mí
mismo, con la promesa de no abandonarte jamás, de lo
que doy fe firmando con mi nombre
                                                                   WALT WHITMAN
 
(Cantando a la Primavera,
Editorial Hispánica,
Madrid,
1945.
Trad. Concha Zardoya)
 
Graciasss/www.zendalibros.com/siete-poemas-de-amor-de-walt-whitman/
Graciasss/confabulario.eluniversal.com.mx/walt-whitman-calamus/
Graciasss/hablardepoesia-numeros.com.ar/walt-whitman-una-extrana-criatura/


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