ALEJANDRO PALOMAS

Piel
 
Nací por cesárea.
Llegué dejando cicatriz.          Estrías sobre la piel.
¿Qué son, mamá?
Restos. De cosas.
¿Cosas como qué?
Cosas vivas, memoria.
¿Cosas que pasaron?
Cosas que quedaron.
 
Vivíamos en un pueblo de la costa.
Vacío en invierno, playa en verano.
Mamá nunca usó biquini.
Es por la piel, apuntó la mayor.
Es por las marcas esas, susurró la mediana.
Son como las olas de un dibujo, no me atreví a decir.
Pareces tonto, se rieron.
Un día mamá habló.
Son el rastro de las ballenas al pasar.               Son el primer tatuaje que se hizo el mundo.
Son un código secreto, muy secreto.                Son un cuento escrito en morse.
                      Son los restos de un naufragio.
 
¿Y duelen? ¿Las estrías?
Era una tarde de mar oscuro.
Olas pesadas como el mármol negro.
Viento roto de arena, sal y aire.
Una tarde de otoño marrón.
Calor de verano, color de invierno.
Recogidas las toallas, retirado el sol al oeste.
Nadie ya a la vista. Esa hora era.
                      La hora en que los peces se dibujan para los niños.
                      La hora en que los náufragos pueblan las playas.
                      La hora en que los faros le arrancan la oscuridad al                      
                      horizonte.
                      La hora del frío que enerva la piel.
Esa hora era.
 
Mamá me peinaba.
Y yo me dejaba.
El viento no.
El viento quería llevarnos con él.
 
¿Cesárea qué es, mamá?
Es abrir un regalo con un cuchillo.
 
Había tardes así en otoño.
Todo estaba lejos.
Estaba todo.
Todo lejos.
En el bañador de mamá flotaban los lunares.
Negros sobre fondo rojo.
Planetas, los llamaba yo, y ella se reía.
Les poníamos nombre.
Lucero, Dora, Salomón, Renato…
Los nombres son importantes, decía.
Lo que no se nombra no se ve, decía.
¿Y tus estrías? ¿Tienen nombre?
Mamá no siempre contestaba.
Cuando callaba, el viento soplaba más.
Ella pensaba y yo esperaba.
Tan fácil todo, tan liviano.
 
No hemos vuelto a esa playa.
La playa de las estrías, la llamábamos.
Por la mañana, muy temprano, los tractores dejaban su rastro.
Rastrillaban la arena y la cortaban al bies.
Me cuentan en el pueblo que todavía lo hacen.
Trabajan de madrugada, cuando nadie habla.
Navegan callados, como las ballenas.
A veces veo sus luces desde mi ventana.
Rojas, redondas, lunares flotando sobre un fondo negro.
Ellos rastrillan y mamá no está.
Queda su cama, el colchón con su silueta.
Queda su olor y su rastro en la sábana.
Arrugas en algodón blanco.
Estrías que ya no están.
Al otro lado de la ventana, los planetas.
Una luz fugaz recorre en arco el universo.
El filo de un cuchillo.
 
¿Cesárea que es, mamá?
Cesárea será irme.
 
Cesárea será quedarte.
 

Manos
 
Guillaume Dupuytren, así se llamaba.
Tejió su nombre en las manos de la humanidad.
Bautizó con él la enfermedad.
Palmas rizadas, arañas de mar.
Estrellas arrugadas boca arriba.
Nudos, redes de pescador bajo la piel.
Mamá envejeció desde las manos.
El diagnóstico le llegó en la madurez.
En su palma una nueva línea.
Perversa diagonal entre el pulgar y el meñique.
 
Mira, decía. Pasa el dedo.
Era un cable de funámbulo, duro como el acero.
Subterráneo, subcutáneo, submarino.
Los años –no la edad– fueron cerrándole los dedos.
Lotos crispados, conchas viejas.
Qué apellido tan noble para un mal tan ruin, decía.
Y también: los nobles, ya se sabe.
 
Dupuytren. Costó aprenderlo.
Tengo Dupuytren, por eso mis palmas se encogen.
Cada vez menos líneas, menos sitio, más pasado.
Mamá decía que de una madre se aprovecha todo.
                                                             Como del cerdo, rugía el abuelo.
                    Papá y el abuelo se reían, carcajadas como nueces rotas.
                                                                   Uno el espejo exacto del otro.
De una madre se aprovechan todos, corregía la abuela.
Y también: ¿sabes lo primero que se nos gasta a las madres?
Las manos, se respondía mientras me veía merendar.
Antes incluso que el oxígeno, antes que la mirada.
 
Hasta que nuestras manos no notan vuestro peso, no somos.
No hay hijo porque no hay gravedad.
Habrá que seccionar el cable, habló el cirujano.
Ojos azules, dos cuchillos sobre una máscara blanca.
Más que manos, son redes, señora.
Mamá escuchaba sin interés.
         Es mío, el cable es mío, se defendía su mirada.
         Mío como mis hijos, como mi historia.
         Mío como lo que construí de mí con ellas.
         Con mis redes sostuve a mis tres hijos al nacer.
Barcos pequeños y frágiles navegando sobre mis estrías.
Mis redes los enredaron a la vida y a mí a ellos.
         El cable es mío porque me lo he ganado, doctor.
El de la mano izquierda sujeta el presente.
El de la derecha maneja el timón de lo que vendrá.
Soy vieja, doctor, pero las redes aguantan.
¿Qué es una madre sino red?
         Si destensa mis dos cables, me desarmaré.
Desgajada como una marioneta, dijo.
Mis manos arrugadas se quedan.
Se quedaron cuando quisieron cortarlas.
Se quedan ahora.
 
Mamá ha seguido fiel a su noble Dupuytren hasta el final.
A este paso necesitaré herraduras, bromeaba.
Palmas duras como campos vaciados de trigo.
Dos girasoles sobre el blanco de la cama.
Ahora descansan, frías, sobre algodón.
Dos violetas de caramelo.
                                Tanta ingravidez.
Y tanto pesar.
 
(Y un después,
Letraversal,
2023)
 
***
 

Verdad vi
 
El gran temor
de los suicidas
es que la muerte
esconda una vida.
 
Curioso que la posibilidad
de una vida
evite tantas muertes.
 
Curioso que la posibilidad
de una muerte
alivie tantas vidas.
 
 
Verdad/2-a
 
No recorre siempre
quien transita
y hay quien dice
sin contar,
tímido en la invocación,
confundiendo intimidad
y discreción.
 
Hay quien vive ocultándose
de lo que no vive,
esbozando posibles vidas
de estación en estación.
Pasajero.
Paseante.
Joven, maduro y anciano.
Vitalmente tímido.
Habitando los huecos
que el ruido desecha.
Entre líneas.


Observación/2ª
 
(Confusiones confesas de
un maduro consciente –extracto–)
 
Ser y hacer.
Ser o hacer.
Esa es la cuestión.
Elegir entre el acto
y la esencia.
Quizá la vida sea la grieta
que separa la quietud del movimiento,
o el momento sea todo lo que hay.
Y quizá ese todo sea
un mar pequeño
de ruidos pequeños.
Pequeñas nadas.
Voces que confunden.
Jóvenes y mayores.
Dobles.
 
(Si soy todo lo que soy
y todo lo que nunca fui,
¿qué será entonces de mí?
–se dijo el hombre)
 
 
Mayoría (iii)
 
Ser mayor es
el hábito
del silencio.
Saber que hoy
no llegará nadie,
que no esperamos a nadie.
Y que no siempre fue así.
Hubo un antes.
Hubo ruido, hubo ganas,
hubo deseos y apegos,
y hubo miedo a perder,
a pedir, a no saber.
Hubo un vivir en la espera,
la provisionalidad de lo joven,
prisa, siempre la prisa.
Y las ausencias eran temporales,
porque amar y querer eran lo mismo,
todo era lo mismo:
el presente y el siempre,
las ganas y las posibilidades,
el ruido y la voz,
la voz y lo dicho.
 
Antes.
Hubo un antes, sí.
Ahora el hábito
es el silencio.
El ruido está fuera.
 

Otras cosas que también quiero (iii)
 
Si quieres que te admire
procura que no te oiga
hablar de ti más que para
confiarme tu intimidad.
Reserva el ruido de tus
inseguridades a oídos
más sordos.
Haz, muévete, obra y maniobra
-equivócate-,
vívete como si nadie te viera
y la vida fuera un viaje
en solitario que
nadie, salvo tú,
es capaz de entender.
Pero no me cuentes de ti
con tu propia voz.
Es triste.
Créeme.
 
 
Atiende (I):
 
Si actúas para mí
seré tu espectador.
Tu admirador, nunca.
Cuidado.
 
 
Atiende (II):
 
Si actúas para conquistarme
perderás mi tiempo y
también el tuyo.
El tuyo es un patio privado,
el mío, en cambio, es particular:
cuando llueve se encoge
como los demás.
Pierde mi tiempo y
perderás mi aplauso.
Mis manos se detendrán en el aire.
Lo que antes era abrazo
se encogerá también, mojado.
Desviaré la mirada.
No estarás.
 
(Quiero. Poesía reunida, 2012-2018,
Fundación José Manuel Lara,
colección Vandalia,
2018)

Portada: Alejandro Palomas, retratado en Madrid. Jordi Adrià.
 
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