UMBERTO SABA

La Cabra
 
Le he hablado a una cabra.
Estaba sola en el prado, lazada.
Saciada de hierba, bañada
por la lluvia, balaba.
 
De qué modo su balido se hermanaba
con mi dolor. Y yo le respondí, primero
por bromear, después porque el dolor es eterno,
tiene una voz y no cambia.
Esta voz se sentía
gemir en una cabra solitaria.
 
En una cabra de rostro semita
sentía lamentarse cualquier otro mal,
cualquier otra vida.
 
(Il canzoniere, 1921)
 
Trad. Mario Bojórquez
 
 
La cabra
 
Hoy le he hablado a una cabra.
Sola estaba en el prado, estaba atada.
De hierba harta, bañada
por la lluvia, balaba.
Aquel balido igual era fraterno
a mi dolor. Y respondí, primero
riendo, después porque hay dolor eterno,
tiene una voz, no cambia.
Sentía esa voz
gemir en una cabra solitaria.
En una cabra de rostro semita
sentía quejarse a cualquier otro mal,
a cualquier otra vida.
 
(Il canzoniere, 1921)
 
Trad. Rodolfo Alonso
 
***
 

Ulises
 
En mi juventud navegué
a lo largo de la costa dálmata. Islotes
a flor de las olas emergían, donde raro
un pájaro posaba, pendiente de la caza;
cubiertos de algas, resbaladizos, al sol
bellos como las esmeraldas. Cuando la alta
marea y la noche los anulaba, velas
a sotavento bandeaban mar adentro,
para escapar del peligro. Hoy mi reino
es esa tierra de nadie. El puerto para otros
enciende sus luces; a mí, mar adentro
aún me empuja el no domado espíritu,
y de la vida el doloroso amor.
 
                                                   (Mediterranee, 1946)
 
(Il canzoniere (1900-1954),
Einaudi,
Turín,
2004)
 
Versión Jorge Aulicino
 
***
 

El deseo
 
A la venerada memoria del pintor
Giuseppe Bolaffio.
 
¡Oh, entre la antigua carne
del hombre este clavado,
antiguo deseo!
Ilusión y mentira,
vanidad de las cosa,
que no lo son o para
no parecerse a él visten diversas
formas, y sin embargo tienen una
donde toda dulzura de lo creado
la carne aúna.
 
¡Cuánto el hombre ha soñado
por ti, feroz deseo!
En silencio nocturno lo reclama
tu voz que primero es una caricia
y entre los sueños y cuidados, brisa
en la tarde sin viento después, trueno
de pronto que ensordece dominante.
Te reconoce aquél que por la noche,
con lucha y pena, de la vida llega,
te reconoce y, por huirte, invoca
la muerte; ¡ay de aquél
que en ti quiera alcanzar su muerte, antiguo
deseo! Y de su lecho,
ya profanado, hacia el hastío salta
y hacia el horror de sí mismo, el fiero
joven, en cuyo pecho una vergüenza
oprimirá después -¡qué largo el día!-
y un remordimiento.
Pero sigues celando en él tu curso
subterráneo, preparas tu retorno
fatal hacia la antigua
carne del hombre, ¡oh sin esperanza, clavado,
antiguo deseo!
 
Con él nacido, ¿qué vale
que de sí te sacuda,
la más móvil tú, tú la más inmóvil
entre las cosas del mundo, antiguo deseo?
Omnipresente, asumes raras formas,
y ya te velas o te impones en desnuda
forma impúdica.
¿De qué si no de ti he hablado
en los moldes del arte? ¿A qué he escondido
o desvelado, sino a ti?
 
Lo que sin ti hubiera a mis sentidos
parecido ingrato, y a mi alto espíritu
odioso, lo que hubiera abandonado
como indigno de mí, lo he buscado
por ti, oscuro deseo.
Ni aun maldecirte podría, pues eres
demasiado yo mismo, eres los padres de mis padres
y los hijos de mis hijos.
Ay, que querría en vano
renegar de la vida
el que en suaves abrazos
dijo, sólo una vez dijo,
el “sí” al que persuades
tú con grave dulzura, ¡oh en la antigua
carne del hombre, demasiado adentro clavado,
antiguo deseo!

 

Cuando el otoño
a cada hoja da
su rojo de sangre, el corazón oprimes
como un aviso extremo, antiguo deseo.
Pones nostalgia de perdidos días,
empresas dejadas,
cosas que hubieran podido
ser y que no son,
y en el hombre, caduco
como las hojas,
pones una confusa voluntad
de vencer a la tumba, ¡oh creador
deseo! Y por qué caminos,
a través de qué hallazgos
a esto llegas, o causa,
tú, de mi mal, y, a la vez,
sí, de mi bien: que por ti veo ahora
gente ir y venir,
altas naves partir,
del vasto mundo haciendo
por ti una sola cosa, ¡oh en la antigua
carne del hombre desde el principio clavado,
antiguo deseo!

Cuando retorna
la primavera que al aire
suaviza, el corazón de ansia me aprietas,
de ti lo enfermas al hacerse la noche.
En el invierno
incubas lascivias, en sueños
monstruosos el cálido estío estancas.
Y a veces te lamentas
piadosamente en miradas y en palabras,
como hace el niño grácil y angustiado
que un beso implora.
Así te acogió alguien
en sus jóvenes años, y ahora tan
distinto en sí te siente,
que querría, para sacudírsete
de encima de una vez,
haberse quitado la tiniebla
y no la luz, el día que a la luz
vino con en la nueva
carne, tú, antiguo deseo
tan adentro clavado.
 
A veces, con amigos,
me burlo de ti, asiduo deseo.
Y entre ellos, uno más querido, triste
entre los tristes y con un aire
más dócil a la vida.
No tiene, que yo sepa, tus placeres,
sino luto de hombre.
Devotamente él la mano tiende,
que tiembla de ansia al colorear sus telas.
En ellas pinta velas
al sol, fuertes contrastes
de formas, y crepúsculos a orillas
del mar, y a bordo, en cada cosa luces
de santidad que de su alma viene
y en otros se reflejan.
De ti no pone nada
en su arte adolescente,
pareciendo de ti siempre inocente.
Sino que él, en largas horas de insomnio
en inviernos enteros,
sin que su mano ni una pincelada
ose, no viejo aún, sino curvado
como un viejo, para ti sueña cosas
que después espantosas
le serían de oír, ¡oh en la antigua
carne del hombre para su dolor clavado,
antiguo deseo!

                                                   (Cuor morituro, 1925-1930)

(Il Canzoniere, 1945)
 
Trad. Jesús López Pacheco
 
***
 

Partida de aeroplanos
 
Suben adonde el cielo es azul neto,
donde se ven allá abajo las nubes.
Quien queda en tierra agita su pañuelo.
 
(La serena disperazione, 1913-1915,
A. Mondadori , 
1951,
47 páginas)

Trad. Rodolfo Alonso
 


Ventana
 
El vacío
del cielo sobre el color de purgatorio
de las tejas. Detrás, la maternal
línea de las colinas; la cuesta abajo donde
de las cornisas del teatro bajan
palomas; reverdece
un árbol que poca tierra nutre;
estatuas llevan alados en la lira;
niños con caprichosos gritos andan
corriendo.
 
(Ultime cose, 1935-1943,
Collana di Lugano,
1944)
 
Trad. Rodolfo Alonso
 
 
Boca
 
De la boca
que primera en mis labios
puso el rosa del alba,
todavía
expío el perfume en bellos pensamientos.
 
Oh boca juvenil, boca querida
de atrevidas palabras y que eras
tan dulce de besar.
 
(Ultime cose, 1935-1943)
Collana di Lugano,
1944)

Trad. Rodolfo Alonso
 
***

 

Ulises
 
En mi juventud he navegado
a lo largo de las costas dálmatas.
Al final de las olas emergían
islotes donde rara vez se posaba
un pájaro sólo atento a su presa,
cubiertos de algas, resbaladizos,
bellos al sol como esmeraldas,
Cuando la marea alta y la noche
los cubrían, velas al sotavento
se desbandaban hacia alta mar
huyendo de la insidia. Hoy mi reino
es aquella tierra de nadie. El puerto
enciende para otros sus luces
y en alta mar me empuja
el espíritu todavía sin sosiego
y de la vida el doloroso amor.

                                       (Mediterranee, 1946)
 
 
Amor
 
Te digo adiós cuando te busco Amor,
este gris lo quiere y también mi tiempo.
Oh, estaba en ti la sombra de la tierra y el sol
Y el corazón de un muchacho sin corazón.
 
 
Cantos ebrios
 
Estallan cantos ebrios y blasfemias
en la taberna suburbana. Aquí –pienso-
es también el Mediterráneo. Y mi pensar
se embriaga del azul de aquel nombre.
Roma calma materna imposible de atrapar
Grecia se enamora en sus orillas
Como en una adolescencia. Oscurece el mundo
Y lo renueva la Judea. Sólo eso,
a mí, un viejo bajo el sol, me sonríe.
Antiguo mar perdido… Quiere la Musa
Que de ti nació, que yo diga de ti
Palabras, ahora que se acerca la noche.
 
 
Ángel
 
Oh tú que ante mí, un viejo, en la flor
de tus años te levantas, ojos que flamean
de ira, una tan nuestra como las estrellas,
boca que a los besos dados y recibidos
armonizas las palabras, ¿es quizás
mi temerario amarte un sacrilegio?
O esto es entre Dios y yo.
 
¡Alto cielo! ¡Bello y esplendoroso amor!

                                                  (Mediterranee, 1946)
 
Trad. Ángel Faretta
 
***


Tarde de febrero
 
Asoma la luna.
                           En la avenida es aún
de día, una tarde que rápida cae.
Indiferente juventud se abraza;
se desbanda a pobres metas.
                                                   Y es el pensamiento
de la muerte el que, al fin, ayuda a vivir.
 
 
Después de la tristeza
 
Este pan tiene el sabor de un recuerdo,
comido en esta pobre fonda,
donde está más abandonado y atestado el puerto.
 
Y disfruto de la amargura de la cerveza,
sentado a medio camino del retorno,
frente a los montes nublados y al faro.
 
Mi alma, que ha vencido su pena,
con ojos nuevos en el antiguo atardecer
mira a un piloto con su esposa encinta;
 
y un barco, cuya vieja madera
brilla al sol, y con la chimenea
tan larga como los dos mástiles, es un dibujo
infantil, que he hecho hace veinte años.
 
¡Y quién me iba a decir que mi vida
sería tan bella, con tantos dulces afanes,
y tanta apartada dicha!
 
Trad. de Carlos Vitale
 
***
 

Mirlo
 
¿Existía aquel mundo al que regreso
en sueños, que en sueños aún me sacude?
Ciertamente existía. Eran parte de él
mi madre y un mirlo.
 
Apenas si los veo. Pero resalta el negro
y el amarillo de quien contento me saludaba
con su canto (tal era mi pensamiento)
que yo oía desde la calle. Mi madre
sentada, cansada, en la cocina. Cortaba
para él solo (tal era su pensamiento)
la carne de mi cena. Ninguna
visión o rumor lo excitaba tanto.
 
Entre un muchacho enjaulado y un insectívoro,
que robaba los gusanos de su mano,
en aquella casa, en aquel mundo lejano,
había un amor. Como también un equívoco.
 
 
Trieste
 
Atravesé toda la ciudad.
Subí después la cuesta,
al principio poblada, luego solitaria,
rodeada por un muro bajo:
un rincón donde me siento
a solas; y donde parece acabar
también la ciudad.
 
Trieste tiene una gracia
hosca. Si gusta
es como un chiquillo áspero y voraz,
de ojos azules y manos demasiado grandes
para regalar una flor,
como un amor
receloso.
Desde la cuesta descubro cada iglesia,
cada calle, si lleva a la playa, ardua,
o a la colina en donde, en la punta,
pedregosa, una casa, la última,
se aferra.
 
En torno
circula en cada cosa
un aire extraño,
un aire tormentoso,
el aire nativo.
 
Mi ciudad, tan viva en todas partes,
tiene ese rincón para mí, para mi vida
absorta y esquiva.
 
 
Desde la ladera
 
Desde la ladera solitaria que se precipita
en el mar -que hoy, verde y espumoso,
golpea oblicuo la ciudad- puede verse
el blanco panorama de Trieste.
 
Tú ya conocías -dices- estas calles,
donde uno encuentra, como mucho, una mujer
que la larga cuesta encorva, un muchacho
que, si el Bóreas enviste, a todo da alas
y corre hacia ti. Para volver a sí mismo
luego, y seguir de largo altivo.
 
Todo un mundo que amaba, al que me había
entregado, que solo por ti hoy revive.
 

La cabra
 
Le hablé a una cabra.
Estaba sola en el campo, atada.
Repleta de hierba, empapada
por la lluvia, balaba.  
 
Semejante balido era fraterno
a mi dolor. Le respondí, primero
en broma, luego, porque el dolor es eterno,
tiene una voz y no cambia.
Esa voz sentí gemir
en una cabra solitaria.
 
En una cabra de cara semita
sentí querellarse todos los males,
de todas las vidas.
 
 
Ulises
 
Navegué en mi juventud a lo largo
de las costas dálmatas. A flor de ola
emergían islotes donde rara vez
se posaba un pájaro tras su presa;
cubiertos de algas, resbalosos al sol,
bellos como esmeraldas. Cuando
la alta marea y la noche los abolían,
velas a sotavento se desbandaban
huyendo mar adentro de la asechanza.
Hoy mi reino es esa tierra de nadie.
El puerto enciende para otros sus luces,
pero a mí me empuja mar adentro
un espíritu no domado aún
y de la vida el doloroso amor.
 
 

Madrigal para un general inglés
 
Vi en Florencia, en los primeros días de la ocupación aliada, a un general inglés. Se sostenía –caso raro- en pie y borracho. Era maravilloso. Alto, flaco, reseco, casi excesivamente pura cepa, caminaba apoyando su inestable persona en un bastoncito de empuñadura, por lo que me pareció, preciosa. Cada transeúnte podía convertirse para él, sin quererlo, en un enemigo; hacerle –cosa grave para cualquiera; para un inglés, y un inglés de su rango, mortal- perder el equilibrio. Pero, incluso en aquellas condiciones, ¡qué garbo, qué estilo! Se aguantaba apenas, como el Imperio inglés. Pero se aguantaba.


Nietzsche
 
Alrededor de una grandeza solitaria
los pájaros no vuelan, ni indecisos
hacen nido junto a ella. Sólo se oye
el silencio, no se ve más que el aire.
 
                                                          
Momento
 
Los pájaros en la ventana, las persianas
entreabiertas: un aire de infancia y de verano
que consuela. ¿Tengo de verdad los años
que creo tener? ¿O sólo diez? ¿Para qué
me ha servido la experiencia? Para vivir  
feliz con las pequeñas cosas
que un tiempo me inquietaran.
  
 
Florencia
 
Para abrazar al poeta Montale
─generosa es su tristeza─ estoy
en la ciudad que tanto quise. Es como
si cada piedra que el pie pisa fuese
mi corazón, mi mal
de un tiempo. Pero no lo lamento. Nace
-otra constelación- una edad nueva.
  

Fedra
 
Sopla una bora asesina. Mañana
caerá la nieve, blanqueando los caminos
que ascendían amigables a tu casa,
lejana, en la cresta de la colina. Entre los verdes
pinos, el inmenso valle repite
en incontables hojas el color
que gustabas siempre en tu cabello.
                                                           Fedra
eras; aún eres.
                          Más preciosa ahora
que se enciende el primer fuego en la estufa
en casas raras; la estación es un poco
nuestra, el paisaje nuestro; el pensamiento
irradia una última verdad; se engaña a sí mismo
de que lo peor -tal vez- ya pasó.
 
 
Despedida
 
Lo saben, amigos, y yo lo sé.
También los versos se asemejan a las pompas
de jabón; una sube y otra no.
 
Trad. Pedro Marqués de Armas 
 
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