DAVID CALEB ACEVEDO

La honra del Jabberwöck
 
Honra
por saber que el destino de su testa
es caer
ante el filo de la espada de una niña.
Volar
como mandato de una reina chiflada
y servirle de vasallo al Imperio
de corazones capitalistas.
¿Qué honra existe para ti, Gran Dragón,
Leviatán de fantasía final,
Valefor de los invocados,
cuál es tu honra, milicia del desprecio,
instrumento de opresión,
registro del odio
a los pobres, a los negros, maricones, buchas
y otros otros?
Dime, Jabberwöck, cómo ronca tu honra por las noches.
 
 
Espadalabra
 
Nos dirigimos a un sol lejano.
Estamos destinados a chocar con otro planeta.
¿Cómo cambiamos este derrotero de cimientos en el tiempo
en los milenios, los siglos invertidos
en el pensamiento abstracto, la Guerra y el progreso?
Invocaré las máquinas del tiempo
a ver si existe líquido en madrigueras y agujeros negros
que puedan soportar el grito
de los desaparecidos, las asesinadas.
Somos el efímero pantano de nuestros muertos,
el incorpóreo firmamento al que siempre miramos como brújula.
¿Qué es el cielo sino la bóveda que aspiramos sobrepasar
durante esta existencia tan egipcia y tan fúnebre?
Hay una espada que es una palabra en cursiva:
eSpadalabra, la S es el mango
y con ella escribo en el aire palabras de poder
que se las llevará el viento
a algún oído presto o a un ojo amable.
¿Y si estamos destinados a chocar con otro planeta?
¿Y si nos dirigimos a un sol lejano?
 
 
Arcoíris
 
El tiempo es un ave de sueños en el dominio de los deseos
vuela como decir libertad franca
aunque la libertad sea estirar las cadenas
en un espacio ilimitado
como vivir para siempre
sin que Láquesis se dé cuenta:
un viaje en globo alrededor del mundo
y morir en el aire.
El tiempo mismo
es donde me llevan los límites de mi pensamiento
porque la literatura es arcoíris
como promesa de Dios
de nunca más destruir el mundo
con un diluvio.
Yo nací para el tiempo
para los años que se van como segundos
y las horas que parecen eternas,
yo he venido al tiempo
para dar mi tinta en segundos
para que no sufran las partículas de los siete colores
y para que la paleta no desaparezca.
Porque al final del índigo
siempre hay un duende que apunta con su dedo
al portal donde el oro vuelve al plomo
y la tierra se hace verde.
 
 
Invierno
 
Él quería hablarme de los peligros del invierno
no por el frío
sino por su dulce oscuridad
que se ofrece tan temprano durante el día:
en invierno hasta los trópicos se apagan a las 4:00pm
y las cuentas se pagan con interés, retraso y puñetazos en la cara.
Era invierno y él quería advertirme
el peligro de los relojes de cuerda.
El invierno me trajo el SIDA
y él quería advertirme
pero yo no quise
ni querré jamás
tener vida sin invierno.
 
 
Melvil Dewey
 
Dame tus coordenadas
la latitud y longitud exacta de un grano de polvo en tu tumba
hoy es menester recordar
cómo fue que recordamos
el conocimiento de lo que fue posible conocer
para nosotros
los que nacimos y nos criamos con nada.
Dame la definición de “nobleza”
y sus coordenadas en tu amplio sistema
para ver si en tus clasificaciones
se esconde la oscura traición de las enciclopedias
porque el conocimiento es historia
y ésta solo recuerda la batalla, pero nunca la sangre.
Por eso, no hay número de clasificación Dewey
para los dientes caídos, las bofetadas,
los incestos y demás abusos sexuales.
No hay número para los autores que escriben de violaciones
sin haber sido nunca violados.
No hay clasificación para el aire tóxico
de los culos ensangrentados
porque el dolor huye siempre de toda clasificación.
Hay asuntos que se quedan fuera del sistema.

 
Los lugares y las horas
 
Hoy quiero hacer biblioteca de videojuegos con historias,
no solo de los RPGs
sino los que tienen historia conmigo.
Sucede que sostengo una relación extraña con la Leyenda de Zelda.
Suspiro las historias
cuando cae el control al suelo.
A veces quisiera escribir una novela de Zelda
y no puedo explicar cómo nadie lo ha hecho todavía.
Será que es difícil hacer literatura sobre tantas armas.
Pero yo podría escribir la historia de la Espada Maestra,
hacerla novela como la Espada Colada, o la Tiziana,
o la Masamune
o la eSpadalabra.
Sucede que los lugares y las horas del tiempo
se hacen muertos esqueletos que cobran vida entre las sábanas
porque juego en la cama
y las historias se confiesan en mi almohada.
Sucede que una espada traspasa mi mente constantemente
desde la nuca hasta la frente
una invisible e indivisible espada
que no puede referirse por sus partes,
sino siempre en el todo.
No tiene mango porque la hoja es una sola,
ni escudo porque toda buena espada es un escudo en sí misma
ni tiene juego, porque el juego estriba en el espadachín,
si no, pregúntenle a Link, que lleva décadas jugándose con la espada
siempre en busca de su princesa.
Hoy quiero escribir un cuento que trascienda los juegos
que sea juego mismo y poesía
que tenga elementos de guerra y la precisa paz de Child of Eden
que tenga el drama de Terra Branford y Celes Chere de Final Fantasy VI
y el encanto idiota de Super Mario Bros.
Sería una historia de un niño que se pierde en sus juegos
y que nunca regresa a casa de los padres
porque tiene que salvar el mundo.
Sería un cuento idiota
―como todo lo posmoderno―
inservible
sin moraleja alguna
literatura vacua y sin trascendencia.
Y terminaría aclamada por la historia.
 
 
Uttrechland
 
Mi padre era pescador
lejos de casa, en Uttrechland (que ya no existe),
en las playas rocosas de Dinamarca
allá donde el sol no otorga vitamina D
y los espejos traen demonios de un cielo vacío de emociones
allá mi padre tenía otro nombre
y una vida mejor con mejores hijos
mejor esposa
mejor perro
y luego el trópico lo volvió loco―dice un viejo vecino suyo
Finway, de los cabellos oscuros
el que tocaba trompeta religiosamente a las 7:00pm los sábados.
En fin, que mi padre pescaba
a veces peces, a veces hombres que llevaba a un camastro
en una casucha de ladrillo abandonada por los vikingos
desde tiempos inmemoriales
y allí, mi padre removía espinazo y espinas,
cocía la carne de sus amantes
y bajaba su comida con leche.
 
Mi padre ha desaparecido y ya no existe.
Es lo que le sucede al cuerpo cuando las cenizas se van al cosmos
(mi madre pagó una exorbitante suma por lanzarlas al espacio sideral
en un cohete, con un astronauta que fue su amante cuando mi padre
convalecía en cama en un hospital, antes de su eventual muerte
en medio de su último grito).
El astronauta, al regreso, me tocó las partes en el baño
y luego el amante fue mi amante
y mi nuevo padrastro me llenó de leche y sol
porque yo, como mi padre, fui pescador de hombres
como torrente de aguaviva Irunkandji
cuyas muertes provocaba en segundos.
Yo también tenía mi ponzoña.
 
Un día, Finway, de los cabellos oscuros,
me dijo que fue la única víctima de mi padre en sobrevivir.
Me enseñó la marca de su beso:
un pedazo de carne extraído del muslo adentro
y un testículo carente.
No pude evitarlo y lo besé
para luego entregarme a su miembro
flácido por el miedo
erecto por la atención,
flácido erecto
gaviota de tres aires que no pierde nunca su compás
rodaballo de siete mares que no se estanca nunca en estuario alguno.
Finway me regaló el primer beso voluntario.
Y luego mi madre se nos unió en un triángulo necesario.
 
Un día regresamos a Uttrechland y la descubrimos desierta.
Ya nadie quedaba que hubiera conocido a mi padre
el pescador caníbal homosexual
salvo nosotros tres,
y entonces,
en un pacto,
nos matamos, solo para borrar la evidencia.
Excepto que yo no pude
y aquí estoy
recordando.
 
 
El beso
 
En el primero de mis recuerdos está la madre enguantada
metiéndole la mano derecha a mi padre a gatas
mi padre gimiendo duele, cógelo con más calma, deja que me abra
mi madre diciéndole puta, maricón, te gusta esto, no lo niegues
y mi diminuta erección de una pulgada a simple vista
porque hay una regla de los pobres que dicta
que a los niños menores de cierta edad
no hay que vestirlos para estar en la casa o ir a la playa.
Mi madre y mi padre terminan
y esa noche me baño con papá.
Unas cuantas gotas rojas salen de su ano libre, planchado y terso
para caer en el agua turbia de la ducha.
No pasa nada, me dice, y le creo.
Otra vez se me erecta la pulgada y papá se ríe y me dice
déjame enjabonarte
y cuando su mano se pasea por mi ano
siento el cosquilleo de 
un dedo juguetón que quiere entrar en mis cavidades
un dedo explorador con la excusa de que estés bien limpio, papito, como debe ser
un dedo que se inserta hasta llegar a la próstata infante, minúscula, impotente
y entonces me besa en la boca, papá tiene labios suaves, muy suaves 
y una lengua seca,
que me pasa por el paladar
y yo cierro los ojos
y lo dejo que me explore el duodeno con su dedo
porque en ese beso
siento una casa, una muralla, un parasol para la lluvia.
En ese beso
soy un niño
y esta es mi familia.
 
 
Traducción intersemiótica de Thom Yorke
 
Aquel concierto en Jericho Tavern
cuando todavía tu banda se llamaba On a Friday,
yo tenía 7 años y mi tío Frank
me llevó a verte cantar.
Fachada negra y ventanal de cristal.
Así te conocí, mientras cantabas estupideces ininteligibles
por aquello de la experimentación y el viaje en hongos.
Contigo aprendí el oficio del amanita.
Hoy es un buen día para recordarte
y tratar de ponerte en palabras.
Aquel concierto en Jericho Tavern
tenías el cabello más rubio
y la barba apenas crecida.
Siempre dijimos que eras un “late bloomer”
y eso de ser flor que abre tarde
se me antoja paráfrasis perdida en traducción
de tu sonrisa inexistente.
Eres tan sensible que la picada de un alfiler podría matarte de dolor
y dejarte en coma mientras tu reino se crece de espinas.
Aquel concierto en Jericho Tavern
mi tío Frank Mathis me sentó en su falda
y se movió debajo de mis nalgas
hasta hacerme sentir la intermitencia
de las columnas de fuego que pretenden ser dios de los desiertos.
Abrí la boca y sentía su palpitar
mientras agarraba mi cintura ―para que no me cayera―
y me musitaba tus canciones al oído.
Esa noche, amé a mi tío en su cama,
te amé más a ti, por más eternidad,
y me quedé contigo en la garganta.
Floreceremos como entes de liquen, musgo y mandrágora,
echaremos raíces libros, hojas, alveolos de sombra
poblaremos los caudales que mueven los molinos de agua
subiremos banderas hasta el tope de sus astas
y llegaremos a un orgasmo compartido de jazz
alternative o lo que sea a lo que nos llevaron los 90.
Seremos oscuros en y fuera de tu nombre.
Nos pintaremos el cabello de negro azul,
dibujaremos sombras en nuestros ojos,
y delinearemos formas egipcias y ankhs en nuestros rostros.
Y te recordaremos como el tipo que me amó mientras cantaba
o el tipo que cantaba mientras mi tío me amaba demasiado
sobra su falda erecta de encantos.
 
 
Psilocibina
 
Ella ofrece hongos mágicos
como quien suministra panes y peces
a los congregados en una montaña
de estricta entrada para sabios y maestros.
Extiende su mano y el germinado
blando, blanco y casi transparente,
me invita al vómito.
Pero igual lo machaco y me trago
aquella cosa que me sabe a luna mensual.
 
El viento levanta súbito
y como peso menos de 120 libras en un cuerpo de 5’6”
levito por unos instantes en el pico de los Tres Reyes Magos.
Ella me agarra por la cintura.
Es la única del grupo que se da cuenta y me salva.
 
Una nube se multiplica negra en el cielo
para caer como angélica furiosa
sobre bosques, valles y cabezas iluminadas
con los colores internos de Psylocibin
mientras cada gota estalla una mandorla
en nuestra colmena telepática
el fuego de las nubes nos consume
el agua de la hierba nos penetra
el aire que exuda la tierra
se vuelca sobre nuestros pulmones
porque en un instante de furia celeste
hemos aprendido a respirar como conjunto,
un solo ritmo
con tambores que no existen
venas que no palpitan pero sí,
y la arena que viaja con nuestros pensamientos
desde el otro lado del planeta.
 
Nos reímos, Frank Mathis,
porque por fin entendemos la poesía.
 
 
La profundidad
 
Durante el invierno, íbamos al Lago Chester
al norte,
y patinábamos sobre el agua en estado sólido
y Janine, que en ese tiempo era mi novia,
comenzó a trazar círculos salvajes
planeta de su propio eje
y terminó en una fanfarria de gestos
de patinadora profesional.
Y el hielo cedió.
 
Cuando me di cuenta,
Janine se había salvado por una micronésima de segundo.
Hasta que la empujé.
Solo por saber cómo se ve un rostro ahogado azul
que extiende sus manos hacia ti
por una salvación que se ve más interesante desde la profundidad.
 
 
Tedio de verano
 
El verano es un fastidio
de camas vacías
casas vacías
cajas vacías
y el abandono recrece como una criatura que solo yo,
princesa del barrio,
puede ver.
¿Cómo es que nadie más puede verla?
La soledad es un gato verde olivo como montaña
en mi urbanización.
Odio los gatos
y el día solsticio,
atrapo en jaulas a todos los felinos de los vecinos,
les prendo fuego y los suelto.
La orgía de maullidos flameantes
me arrebata,
por unos instantes,
del tedio.
 
(Inéditos)
 
Graciasss/circulodepoesia.com/2017/08/poesia-de-puerto-rico-david-caleb-acevedo/
 

Sueño de Okinawa
(de Sueño de Okinawa, inédito)
 
                                                              a Pablo Arroyo-León
 
Pensar el amor
es jugar con críptidos
y otras criaturas que se esconden en la noche.
El amor entre dos hombres no se piensa
se negocia en campos amarillos llenos de trigo.
¿Cómo pensar en el punto de fuga
que borra las líneas
entre amigo, hermano
amante, hijo y amor de mi vida?
¿Cómo borrarte,
si todavía te debo un sueño de Madrid?
Entonces, pensar el amor
se vuelve una mera necesidad de recuerdos
como burbujas de jabón,
resbaladizos,
flotantes,
fáciles de romper,
y por ello, me aferro a Blindness,
The Secret Life of Bees
y The Curious Case of Benjamin Button,
y sobre todo, a vampiros cuyas pieles
brillan en la luz del sol.
A lo mejor el cine
pueda salvar algo de esta unión
que ha pausado con la necesidad del tiempo.
Amar no debería provocar tanto dolor
como la penetración de un ano virgen y velludo
o por lo menos, virginizado por el tiempo,
la sangre o la falta de uso.
Pero todo se ve bien sobre papel,
y en teoría,
hasta los hombres de hojalata somos humanos
y las mariposas viven para siempre.
La pregunta ―creo―
tiene que ver con el tiempo.
¿Cuánto puede aguantar mi piel sin la tuya?
No lo sé.
A esta historia le cabe tinta.
 
Y solo sé que me debes un sueño de Okinawa.
 
 
Poema cursi de pura alegría
(de Pie forzado, inédito)
 
Hoy, decirte que somos átomos
materia oscura
que de alguna forma se hizo luz
en este planeta tan azul y verde
decirte que somos tiempos
circulares, de arena, con manecillas y horas
segundos que se escapan
minutos que escapan menos pero igual
decirte, hoy, que somos la oportunidad de la raza
que podríamos cambiar el mundo
cada mes
y presentar nuevos paradigmas dos veces por semana
porque así de buenos podríamos ser
que podríamos acabar con el conflicto en Gaza,
con el hambre en África
o el analfabetismo funcional en Puerto Rico.
Que podríamos ser más de lo que somos.
 
Hoy, decirte que nadamos en sueños
que juntos escribimos la Gran Novela Occido-Oriental
que somos partícipes de esta cosa que,
ingenuos e ingenuas—lo confieso—
llamamos “destino”
que entramos y salimos del colectivo mental
porque así de buenos podríamos ser
decirte, hoy, que te quiero
Eso, así mismo, que te quiero, maldita sea,
te quiero
te quiero, mundo
te quiero, amiga, amigo, hermano,
desconocida,
te quiero otra, otro, ungido, desprivilegiada,
te quiero, puñeta, te quiero,
eso, decirte te quiero, mundo, vamos a querernos hasta explotar
hasta que no existan átomos de tan juntos que estemos
porque, puñeta, ¡así de buenos podríamos ser!
 
Hoy, decirte que estoy dispuesto
a dar la primera línea de este gran poema
sígueme, por favor, solo porque te quiero.
Sígueme, escribe conmigo, aquí:
____________________________________,
ahora: _________________________________________,
escribe conmigo lo que sea, lo que salga de la abundancia de tu corazón:
__________________________.
Vamos, sin miedo. Te quiero. Te amo.
Escribe conmigo. Sin miedo:
________________________________________
________________________________________
________________________________________
 

Coitus interruptus
(de Nirvāņa, inédito)
 
“No estabas en el plan. Nunca lo estuviste”
dice mi padre alguna vez.
“Tu madre y yo tratamos de evitarte, de hecho,
y quise pagarle un aborto. Lo peor de todo
es que a menudo no me arrepiento de pensarlo.”
Entonces, mi mente divaga sobre las formas
de un contagio con sida, inyección de burbujas de oxígeno
mientras duerme,
o matarle el perro, el perro de mi padre, mi padre el perro
o moler vidrio y echárselo en la avena,
el perro de mi padre, mi padre el perro
esta noche mi mujer me pedirá un hijo.
Querrá que la clave en misionero.
La única posición que le gusta desde que se metió al evangelio.
Ya me dijo que esa será su única excusa para el sexo
salvo, claro, mi día de cumpleaños y quizás en Navidades.
Me desconecto.
Cambio de canal. Se la meto. Pienso en las nalgas de Jaime.
O en la crica de Beatriz. O en el culito de Carlos.
O en las tetas y pinga de Jazheera LaFontaine.
Y cuando estoy a punto de venirme,
me retiro.
Así será de ahora en adelante.


La Vorpal
(de La honra del Jabberwock, inédito)
 
Sé lo que eres,
¿eres La Alicia?
Los changos han llegado con su profecía.
Cheshire te llevará por la puerta ancha
por el camino angosto hacia el claro del bosque seco,
en donde encontrarás la espada Vorpal.
Le cortarás la cabeza al Gran Dragón, Jabberwocky original
y desaparecerás con el Gato Que Se Disipa
para volver a tu tierra natal, Srta. Lidell
y que un profano escritor
te suba las faldas
y toque tus entrañas—aun cerradas—
y tome fotos tuyas desnuda
cuando aún tus pechos son picadas de mosquito
y tu vulva lisa, eterno capullo verde de flor
que no acaba de ver verano.
Entonces, con el dedo perverso
llegan la pócima de hongos,
la madriguera
 
y la caída.
 
 
La profundidad
(de Niños malcriados, inédito)
 
Durante el invierno, íbamos al Lago Chester
al norte,
y patinábamos sobre el agua en estado sólido
y Janine, que en ese tiempo era mi novia,
comenzó a trazar círculos salvajes
planeta de su propio eje
y terminó en una fanfarria de gestos
de patinadora profesional.
Y el hielo cedió.
 
Cuando me di cuenta,
Janine se había salvado por una micronésima de segundo.
Hasta que la empujé.
Solo por saber cómo se ve un rostro ahogado
azul
que extiende sus manos hacia ti
por una salvación que se ve más interesante desde la profundidad.


Edipo Elektra
(de Niños malcriados, inédito)
 
El verano trae sus 100 grados
pero ese día, por la humedad,
el índice de calor es de 105.
Papá se quita los pantalones y los calzoncillos.
Mamá le grita que estamos presentes.
Él se queja del calor.
Y mamá lo deja porque sabe que el calor es, en sí misma, una bestia.
 
Los huevos de papá flotan en el aire
cuelgan como bolas de ver el futuro
grandes huevos de avestruz
que se hacen más grandes a medida juegan a subir y bajar.
Papá se queda dormido viendo
episodios repetidos de Falcon Crest.
Mis hermanas se acuestan a dormir y mi mamá también.
Es verano, y nadie me obliga a dormir temprano
porque el calor es excusa para todo,
hasta para besarle las bolas a Papá,
y ver cómo suben y bajan en mi boca.
 

II. ateísmo
(de Absolución, inédito)
 
si por ateísmo se entiende contradicción
entonces abrazo la ambigüedad
del sol en un día lluvioso.
será que los torpes somos bicéfalos
arrancando nuestras uñas
y vertiendo alcohol y vinagre
en las heridas.
yo quiero ser bailarina
da igual lo amorfo de la música
lo brusco de cada nota plegada en un acorde de arpa,
igual los pensamientos son ruido.
y no hay instrumento dulce que aplaque mi sed de silencio.
será que desaparezco.
¿Cómo vivir sin dios? ¿Sin música?
sencillo.
con manos, gestos y lenguaje de señas.


Arcoíris
(de Las niñas perdidas del cielo, inédito)
 
El tiempo es un ave de sueños en el dominio de los deseos
vuela como decir libertad franca
aunque la libertad sea estirar las cadenas
en un espacio ilimitado
como vivir para siempre
sin que Láquesis se dé cuenta:
un viaje en globo alrededor del mundo
y morir en el aire.
El tiempo mismo
es donde me llevan los límites de mi pensamiento
porque la literatura es arcoíris
como promesa de Dios
de nunca más destruir el mundo
con un diluvio.
Yo nací para el tiempo
para los años que se van como segundos
y las horas que parecen eternas,
yo he venido al tiempo
para dar mi tinta en segundos
para que no sufran las partículas de los siete colores
y para que la paleta no desaparezca.
Porque al final del índigo
siempre hay un duende que apunta con su dedo
al portal donde el oro vuelve al plomo
y la tierra se hace verde.
 
 
II.
(de La deuda del pirómano, inédito)
 
extraño la piscina de la casa Rullán
cuando los tamarindos caían podridos
de su árbol pleno de gasolina
cuando el hermano mayor decidió
que sería buena idea
jugar a pirómano.
las bellotas caían y el agua se podría
marrón,
y nos bañábamos de todas formas
tratando nunca de beber jugo de tamarindo
mientras el hermano mayor
me miraba con ojos lascivos
y entrepierna mojada
por tanto jugo, tanta gasolina y agua.
hoy quiero ser pirómano de mi propio cuerpo
sicario de los templos anticuados
e iglesias inservibles
tengo un niño adentro
que chupa tamarindos
y derrama su agua podrida en mi sangre.
el hermano mayor lo sabe
y solo observa
tocándose la entrepierna mojada.
me deja podrir
pero yo decido
que ―en casos como éste―
más mérito tiene el fuego
que la herrumbre y el metal oxidado.
 
 
Andrómeda
(de Andrómeda/Bionomicón, inédito)
 
Me haces falta como decir
Andrómeda alejándose cada año un milímetro más.
Mi amor es un disco de estrellas
descubierto por Edwin Hubble en 1924
gigante con dos brazos espirales prominentes
y un girar de más de mil años.
Así te amo:
lentamente,
como la sabiduría extraterrestre
que suena en mi cabeza
a través de franjas oscuras de polvo y gas
y muerte en el vacío
que es lo mismo que congelarse azul en el olvido.
Mi amor es Andrómeda
cuyo brillo no depende de una sola estrella
ni depende su canción
de extraterrestres verdes
ni de hombres enamorados que escriben poemas
a la velocidad de la luz.
 
Graciasss/fabricioestrada.blogspot.com/2016/09/david-caleb-acevedo
 

Eva

I.

                                                   A Yolanda Arroyo Pizarro

Me dijeron que salí del jardín en vergüenza
cuando la costilla del hombre fue despreciada,
que eventualmente, -según las leyendas-
me hice una con Lilith, la primera
y que eventualmente nuestras carnes
se unieron con los 144,000
primeros intentos de mujer
antes de mí, Eva
que llegué de una costilla rota
elevada a cuerpo de mujer.
Dicen que salí de una cueva llena de cuervos
y que ahora sólo resido en pesadillas
que no sé conducir
y que mías son todas las culpas del mundo,
que míos son los desaciertos de los planetas
y el hecho de que sólo se alineen matemáticamente
cada cierto tiempo.
Pero parte de la ley de inercia es la energía cinética
de los muchos cabellos y los pechos dobles
porque fuimos mujer antes que madre
aunque seamos también el perpetuo de la ley de los hombres.
Te digo un secreto, -en voz sumamente baja para no corromper
los tímpanos de los futuros hombres con cojones de oro
y las futuras mujeres vestales de las casas tomadas de Cortázar-
yo salí del Jardín de Edén por voluntad propia
porque siempre fui una, la primera y los miles de primeros
intentos de mujer porque los ángeles y serafines
no se atreven apuntar sus espadas de fuego
a una mujer, -porque no saben lo que es mujer-
y el desconocimiento recaba en miedo, aún entre los que no son
hombres ni cuerpo.
Yo salí del Edén con misión a Empírea
aunque me tomara milenios llegar
y miles de partos prematuros a criaturas con cola de demonio
aunque en el proceso de llegar a la Gran Ciudad
deje mis pechos sembrados en el suelo
y mis cabellos afeitados corriendo en la Delta del Nilo,
aunque éstos fecunden la tierra misma
y sus árboles y hierbas cierren por completo el camino a ésta.

II.

Mi camino es el del desierto
como todas aquellas madres que transcriben
la música de las arenas,
cada grano un dios olvidado
cada diez puñados una mujer hecha carroña
en el piso, al lado de la cama matrimonial
todas las arenas que se transcriben en la música de tus pechos
que lleva el timbre que se le olvidó al mar
cuando en el origen elucubraba la forma
de deshacerse del horizonte.
Mi camino es el más solitario de las ciudades
camino por la más vieja de todas ellas
en el planeta de todos
y su tragedia es seguir siendo hermana menor
de la ciudad más vieja
a la que se va por el desierto
como adolescente con hijo adentro
esperando a que Dios me salve de un dragón negro
que pudo fácilmente escapar de la espada de San Jorge
y con el peso en mi espalda
y la leche materna corriéndose por mis pechos
manchando mis vestiduras
voy quitándome la cruz de encima
porque mis hijos ya han muerto todos
los buenos y malos
los éticos y los moralistas
Caín y Abel
Hansel y Gretel
Azazel y la Patty, ramera del 666 hace par de años;
mi camino es del desierto
cuando cruzo las Dunas del Este
para hacerme una con el Sahara
mujer de arena sin burka,
tormenta de arena
mujer tormenta de miles de líneas de sangre
que no se redujeron con Sem, Cam y Jafet
soy el perfume del Mar de Calanscio
las bacterias que duermen bajo la arena
desde el día que la mano de Dios dividió el cielo de la tierra
soy la bruja escondida en un bosque
esperando regalarle a Blancanieves
la misma manzana de Edén que llevo siempre en mi vientre,
y con el peso de mi espalda,
mis senos chorreando leche materna manchando mi camisa,
la leche se hace una con la arena
madre de carne, madre de tierra
al fin y al cabo
madre de arena.

III.

Culpa a Medea del infortunio del veneno
que corre por la sangre
del que se deleita en los males peregrinos
lentos pero progresivos.
Culpa a Circe de que los hombres
ante el reflejo de la soberanía
y el espejismo del sexo
sean revelados como cerdos.
Culpa a Baba Yaga
de la leche cortada
y los abortos primigenios;
de que las niñas se pierdan en los bosques
y regresen embarazadas por los lobos.
Culpa a la Malvada Bruja del Oeste
de que el Mago de Oz no tenga
poder real o poder alguno;
de la falta de corazón en los hombres de hojalata
y la estrechez de mente de los espantapájaros.
Culpa a la madre,
que somos nosotras las culpables de los árboles secos,
la globalización y el efecto de invernadero,
cúlpanos de todo, hasta de tu astucia de culparnos,
que una mujer aguanta más dolor
que cien hombres que gritan por uñeros en los pies,
cúlpame, que soy Eva, y todas las mujeres se resumen en mí,
aunque en tus designios sólo haya espacio
para la puta y la santa madre
cúlpame, que yo aguanto las blasfemias de Dios y Adán,
sin repostar mi aliento
que yo no salí del Edén
que me lo llevé adentro,
una sola semilla del Árbol de la Vida
en mi esponja de vientre que se burla de las culpas
y la delicadeza original de los pájaros
mientras aquí,
en la ciudad perdida de los ángeles con espada
se me descose la cesárea de más de un millón de años
y sale la semilla que reemplaza los árboles secos
Yggdrasill con mi sangre
mi odio y mi fuego.
 
Graciasss/narrativadeyolanda.blogspot.com/2007/07/eva-por-david-caleb-acevedo


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