Érase un animal
Érase un animal sangrante y dulce
de rostros numerosos
de cuyas heridas manaba la música y el sudor
sangraba en sus deslices
Era como una especie de extinción
muriente y mansa
pero en cuyas cabriolas advirtiérase a veces un retozo
quizás una nostalgia —
de su gallardo apresto
Érase un animal huyente y fósil, pero sus felonías
delataban el mismo sentido de los pétalos
en cuyas encías hedía, apelotonada, la angustia
ensartada, cual un invasor joven
en sus destellos latía insumiso un perdido pavor
Cuántos adverbios y adjetivos atrapara su estela,
la envolvente
Mala vida la suya
Mal sosiego su terquedad
en una desventurada abertura
Oh instrumentos de viento donde se agitan los pezones
aullados, ululados a la luz de una música china
galpones desfondados donde no halló resuello la virtud
estambres desprolijos
Erase y érase: galanes rubios
arrastraron como estandarte su fulgor
pisándole los flecos
Erase un animal atado y turbio
de fervientes desdichas
alimentado por el polvillo de los rubíes
y el sonido de las colinas
Por qué seremos tan hermosas
Por qué seremos tan
perversas, tan mezquinas
(tan derramadas, tan abiertas)
y abriremos la puerta de calle
al monstruo que mora en las esquina,
o sea el cielo como una explosión de vaselina
como un chisporroteo,
como un tiro clavado en la nalguicie.
Por qué seremos tan
sentadoras, tan bonitas
los llamaremos por sus nombres
cuando todos nos sienten
(o sea, cuando nadie nos escucha)
Por qué seremos tan pizpiretas, charlatanas
tan solteronas, tan dementes
Por qué estaremos en esa
densa fronda
agitando la intimidad de las malezas
como una blandura escandalosa cuyos vellos
se agitan muellemente
al ritmo de una música tropical, brasilera.
Por qué seremos tan
disparatadas y brillantes
abordaremos con tocado de plumas el latrocinio
desparramando gráciles sentencias
que no retrasarán la salva, no
pero que al menos permitirán guiñarle el ojo al fusilero
Por qué seremos tan
despatarradas, tan obesas
sorbiendo en lentas aspiraciones
el zumo de las noches peligrosas
tan entregadas, tan masoquistas,
tan hedonísticamente hablando
Por qué seremos tan gozosas,
tan gustosas
que no nos bastará el gesto airado del muchacho,
su curvada muñeca:
pretenderemos desollar su cuerpo
y extraer las secretas esponjas de la axila
tan denostadas, tan groseras
Por qué creeremos en la
inmediatez,
en la proximidad de los milagros
circuidas de coros de vírgenes bebidas y asesinos dichosos
tan arriesgadas, tan audaces
pringando de dulces cremas los tocadores
cachando, curioseando.
Por qué seremos tan
superficiales, tan ligeras
encantadas de ahogarnos en las pieles
que nos recuerdan animales pavorosos y extintos,
fogosos, gigantescos.
Por qué seremos tan sirenas,
tan reinas
abroqueladas por los infinitos marasmos del romanticismo
tan lánguidas, tan magras
Por qué tan quebradizas las
ojeras, tan pajiza la ojeada
tan de reaparecer en los estanques donde hubimos de hundirnos
salpicando, chorreando la felonía de la vida
tan nauseabunda, tan errática.
Canción de amor para los
nazis en Baviera
Érase un animal sangrante y dulce
de rostros numerosos
de cuyas heridas manaba la música y el sudor
sangraba en sus deslices
Era como una especie de extinción
muriente y mansa
pero en cuyas cabriolas advirtiérase a veces un retozo
quizás una nostalgia —
de su gallardo apresto
Érase un animal huyente y fósil, pero sus felonías
delataban el mismo sentido de los pétalos
en cuyas encías hedía, apelotonada, la angustia
ensartada, cual un invasor joven
en sus destellos latía insumiso un perdido pavor
Cuántos adverbios y adjetivos atrapara su estela,
la envolvente
Mala vida la suya
Mal sosiego su terquedad
en una desventurada abertura
Oh instrumentos de viento donde se agitan los pezones
aullados, ululados a la luz de una música china
galpones desfondados donde no halló resuello la virtud
estambres desprolijos
Erase y érase: galanes rubios
arrastraron como estandarte su fulgor
pisándole los flecos
Erase un animal atado y turbio
de fervientes desdichas
alimentado por el polvillo de los rubíes
y el sonido de las colinas
(tan derramadas, tan abiertas)
y abriremos la puerta de calle
al monstruo que mora en las esquina,
o sea el cielo como una explosión de vaselina
como un chisporroteo,
como un tiro clavado en la nalguicie.
los llamaremos por sus nombres
cuando todos nos sienten
(o sea, cuando nadie nos escucha)
Por qué seremos tan pizpiretas, charlatanas
tan solteronas, tan dementes
agitando la intimidad de las malezas
como una blandura escandalosa cuyos vellos
se agitan muellemente
al ritmo de una música tropical, brasilera.
abordaremos con tocado de plumas el latrocinio
desparramando gráciles sentencias
que no retrasarán la salva, no
pero que al menos permitirán guiñarle el ojo al fusilero
sorbiendo en lentas aspiraciones
el zumo de las noches peligrosas
tan entregadas, tan masoquistas,
tan hedonísticamente hablando
que no nos bastará el gesto airado del muchacho,
su curvada muñeca:
pretenderemos desollar su cuerpo
y extraer las secretas esponjas de la axila
tan denostadas, tan groseras
en la proximidad de los milagros
circuidas de coros de vírgenes bebidas y asesinos dichosos
tan arriesgadas, tan audaces
pringando de dulces cremas los tocadores
cachando, curioseando.
encantadas de ahogarnos en las pieles
que nos recuerdan animales pavorosos y extintos,
fogosos, gigantescos.
abroqueladas por los infinitos marasmos del romanticismo
tan lánguidas, tan magras
tan de reaparecer en los estanques donde hubimos de hundirnos
salpicando, chorreando la felonía de la vida
tan nauseabunda, tan errática.
Marlene Dietrich
cantaba en Londres una canción entre la guerra:
Oh no no no es cierto que me quieras
Oh no no no es cierto que me quieras
Sólo quieres a tu padre, Nelson, que murió en Trafalgar
y ese amor es sospechoso, Nelson
porque tu papá
era nazi!
Era el apogeo de la aliadofilia
debajo de las mesas aplastábamos soldados alemanes
pero yo estaba sentada junto a ti, Nelson
que eras un agente nazi
Y me dabas puntapiés
Oh no no no es cierto que me quieras
Ay ay ay me dabas puntapiés
Ceremoniosamente me pedías perdón
posabas una estola de visón sobre mis hombros
y nos íbamos a hacer
el amor a mi buhardilla
pero tú descubrías a Ana Frank en los huecos
y la cremabas, Nelson, oh
Oh no no no es cierto que me quieras
Ay ay ay me dabas puntapiés
Heil heil heil eres un agente nazi
Más acá o más allá de esta historieta
estaba tu pistola de soldado de Rommel
ardiendo como arena en el desierto
un camello extenuado que llegaba al oasis
de mi orto u ocaso o crepúsculo que me languidecía
y yo sentía el movimiento de tu svástica en mis tripasoh
oh oh oh
El polvo
En esta encantadora soledad
-oh claro, estabas sola!-
en esta enhiesta, insoportable inercia
es ella, es él, siempre de a uno, lo que esplende
ella, su vaporosa mansedumbre o vestido
él, su manera de tajear los sábados, la mucilaginosa
telilla de los sábados
la pared de los patios rayada por los haces de una luz
encendida a deshora
ceniciento el terror, ya maculado, untuoso en esas buscas
a través de los charcos los chancros repetidos, esos rastreos
del pavor por las mesetas del hechizo
rápidamente roto
esos destrozos recurrentes de un espejo en la cabeza de otro
espejo o esos diálogos:
“Ya no seré la última marica de tu vida”, dice él
que dice ella, o dice ella, o él
que hubiera dicho ella, o si él le hubiera dicho:
“Seré tu último chongo” -y ese sábado
espeso como masacre de tulipanes, lácteo
como la leche de él sobre la boca de ella, o de los senos
de ella sobre los vellos de su ano, o un dedo en la garganta
su concha multicolor hecha pedazos en donde vuelcan los
carreros residuos
de una penetración: la de los penes truncos, puntos, juncos,
la de los penes juntos en su hondura - oh perdido acabar
albur derrame el de ella, el de él, el de ellaél o élella
con sus trepidaciones nauseabundas y su increíble gusto por
la asquerosidad
su coprofagia
Ella depositaba junto al pubis cofres de oro amarillo, joyas de
los piratas fruto de sus deposiciones y repuestos
y él era su manera de uncirse los zafiros y calzarse los aros en su verga
aquella corva y justa, espamentosa, cuya prestancia enrula las praderas
de piel, el infinito poro
oh erupciones de un huracán canalizado, como rayos miméticos
o eructos de una empolvada saciedad
Su maquillaje
eran los bultos que en los días de feria exhiben los gitanos
halándolos desde las carpas de las tribus;
su sombra de los párpados
eran esas ojeras tormentosas de las noches de fiesta tropicales
y cuando, tras sus fornicaciones simultáneas, sus rítmicos jaleos
y sus exhalaciones de almidón y sus pedos, sus dulcísimos pedos
desleída la aurora en la polvera, nada
ni nadie pasa
(Austria-Hungría,
Tierra Baldía,
Buenos Aires,
1980)
El circo
soledad del lamé: de lo que
brilla
no llora lo que ríe sino apenas la máscara que ríe lo llorado
llorado en lo reído:
lo que atado al corcel, lo que prendido
al garfio
de la soga:
la écuyère: domadora
la que penachos unce por el pelo
prendida a lo que mece: a lo que engarza:
ganchos
alambres
jaulas
animales dorados
a los aros
atados a los haros
halos
aros:
la mujer más obesa, la barbuda:
la de más fuerte toca:
la enganchada
en el aire
en el delirio:
en la burbuja del delirio:
el mago
en sus dos partes:
la que cortada en dos desaparece
. y la que festoneada por facones
sangra de corazón: la que cimbréase sin red, la que
desaparece
Las tías
y esa mitología de tías
solteronas que intercambian los peines grasientos
del sobrino en la guerra en la frontera tías que peinan tías que sin objeto
no llora lo que ríe sino apenas la máscara que ríe lo llorado
llorado en lo reído:
lo que atado al corcel, lo que prendido
al garfio
de la soga:
la écuyère: domadora
la que penachos unce por el pelo
prendida a lo que mece: a lo que engarza:
ganchos
alambres
jaulas
animales dorados
a los aros
atados a los haros
halos
aros:
la mujer más obesa, la barbuda:
la de más fuerte toca:
la enganchada
en el aire
en el delirio:
en la burbuja del delirio:
el mago
en sus dos partes:
la que cortada en dos desaparece
. y la que festoneada por facones
sangra de corazón: la que cimbréase sin red, la que
desaparece
del sobrino en la guerra en la frontera tías que peinan tías que sin objeto
ni destino babas como lamé
laxas se oxidan y así "flotan" flotan así,
como esos peines que las
tías de los muchachos en las guerras limpian
desengrasan, depilan sin objeto en los escapularios ese pubis enrollado
de un niño que murió en la frontera, con el quepis torcido; y en las fotos
las muecas de los niños en el pozo de la frontera entre las balas de la
guerra y la mustia mirada de las tías en los peines engrasados y tiesos
así las babas que las tías desovan sobre el peine del muchacho que parte
hacia la guerra y retoca su jopo y ellas piensan que ese peine engrasado
por los pelos del pubis de ese muchacho muerto por las balas de un amor
fronterizo guarda incluso los pelos de las manos del muchacho que muer
to en la frontera de esa guerra amorosa se tocaba ese jopo; y que los pelos,
sucios, de ese muchacho, como un pubis caracoleante en los escapularios,
recogidos del baño por la rauda partera, cogidos del bidet, en el momento
desengrasan, depilan sin objeto en los escapularios ese pubis enrollado
de un niño que murió en la frontera, con el quepis torcido; y en las fotos
las muecas de los niños en el pozo de la frontera entre las balas de la
guerra y la mustia mirada de las tías en los peines engrasados y tiesos
así las babas que las tías desovan sobre el peine del muchacho que parte
hacia la guerra y retoca su jopo y ellas piensan que ese peine engrasado
por los pelos del pubis de ese muchacho muerto por las balas de un amor
fronterizo guarda incluso los pelos de las manos del muchacho que muer
to en la frontera de esa guerra amorosa se tocaba ese jopo; y que los pelos,
sucios, de ese muchacho, como un pubis caracoleante en los escapularios,
recogidos del baño por la rauda partera, cogidos del bidet, en el momento
en que ellos, solitarios, que
recuerdan sus tías que murieron en los campos
cruzados de la guerra,
se retocan los jopos; y las tías que mueren con el peine
del muchacho que
fue muerto en las garras del vicio fronterizo entre los
dientes muerden degustan
desdentadas la gomina de los pelos del peine
de los chicos que parten a la
muerte en la frontera, el vello despeinado
a Inés de Borbon Parma
O era ella que al entrar a ese reformatorio por la puerta de atrás veía
una celadora desmayada: calesas de esa ventiluz: Inés, en los cojines
de esa aterciopelada pesadumbre, picábase: hoy un borbón, mañana
un parma. La hallaban así, yerta: borboteaba. Los chicos se vigilaban
tiesos en su torno-y unos se acariciaban las pelotas debajo del bolsi
llo aunque estaba prohibido embolsar los nudillos, por el temor al
limo, pero se suponía que la muerte, o sea esa languidez de celadora
a lo cuan larga era en el pasillo, les daba pie para ello; y asimismo,
esta mujer, al caer, había olvidado recoger su ruedo, que quedaba
flotando – como el pliegue de una bandera acampanada-a la altura
del muslo; era a esa altura que los muchachos atisbaban, nudosos, los
visillos; y ella, al entrar, vio eso, que yacía entre un montón de niños
– y el más pillo, como quien disimula, rasuraba el pescuezo de la
inane con una bola de billar; y un brillo, un laminoso brillo se abría
paso entre esa multitud de niños yertos, en un reformatorio, donde
la celadora repartía, con un palillo de mondar, los éritros: o sea las
alitas de esas larvas que habían sido sorprendidas cuando, al entrar
en la jaula, se miraban, deseosas, los bolsillos; o era una letanía la que
ella musitaba, tardía, cuando al entrar al circo vio caer ante sí a esos
dos, o tres, niños, enlazados: uno tenía los ojos en blanco y le habían
rebanado las nalgas con una hojita de afeitar; el otro, la miraba callado.
monda, monda: ronda, cercena y raspa: la mondura
montada en cardenales, en fetiches: pescuezo de lamé, cuello de gata:
botella atravesada: el irisado almácigo: hortelano:
curva, cencerro y paja:
la travesti
echada en la ballesta, en los cojines
crispa el puño aureolado de becerros: en ese
vencimiento, o esa doblegación:
de lo crispado:
muelle, acrisolando en miasmas mañaneras la vehemencia del potro:
acrisolando:
la carroña del parque, los buracos de luz, lulú,
luzbel: el crispo: la crispación del pinto:
como esa mano homónima se cierne
sobre el florero que florece, o flora: sobre lo que
florea:
el miché, candoroso, arrebolado
de azahar, de azaleas, monta, como mondando, la
prístina ondulación del agua:
crueldad del firmamento
, del fermento:
atareado en molduras microscópicas, filamentosos mambos:
tensas curvas
Pero es acaso la curvación lo que crispa?: lo curvado?
el marqués de Courvel, en la corbeta, atándose el jabot
a una teta de almíbar:
palillo y siliconas
Pero no, no es así? la curvatura, el glaceado pecíolo
el irisado almíbar de la teta que rancia se desploma
sobre el hombro del marqués que marcado
en esa teta rancio se desploma, cual sobre un pastillero
es el marqués, la blanca jeta (recta) del marqués, la pulseada:
esos cueros peludos que tan prolijamente depilados dejan ver la cabeza
nudosa de un enano, de un enano grasiento y lujurioso:
prolijas, tersas grasas
-o grasosas
superficies de un crol, de una piscina en ella,
se zambulle el miché, zampándose la almeja
en esa cosa
que pudorosa acecha en esa rosa de un
pecíolo lila en esa tersa costra del pescuezo
gillette y afeitadora en esa barba
que desprendida cae como babeando: y raya
lo que en esa goteja raspadura
de barba humedecida el azulejo, o azul-
ejo de barba amanecida, lo
rociado de esa puntillez, el punto de
esa toca en el rocío
de esa puntilla que se raspa, o gota
que lamina: porque la mano que ávida raspa, como una barba el ejo
azul de esas axilas, o esos muslos – se divisan los muslos en
la bruma
de humo, en el vapor de esa
corrida: toca rozada, rosa
el lamé, el “por un quítame de allá esas pajas”, o manotazo
de mojado, papas
de loma en la fundidad, o el resbalón
de esas acaloradas mangas, como fleca
de sudo: o esa transpiración de la que toca, tocada, ese tocado
ese tocado de manuelitas y ese jabón de las vencidas, sofocadas esa
respiración entrecortada, como de ninfas
venéreas, en el lago de un cuadro, cuadriculan; cuadran, culan
en el kuleo de ese periplo: porque en esas salas, acalambradas
de lagartos que azules ejos ciñen, o arrastran, babeándose
por los corredores de cortina, atrapalhada como una toalla que se
desliza, o se deja caer, en los tablones
de madera, mad, que toca, madra, toca lo madrastral de ese tocado
casi gris; pero que en su puntilla, a-
caso deja ver algo? se trasluce esa herida de manteca que el gollo,
o ese fólego, fuellante, en una oreja que no se ve
o no se sabe de qué cara es, en ese surco
que no se ve, esa arruga
de la transpiración: azoteas de lama,
donde el deseo, en suave irrisión, se hace salpicadura…
galerías, vítreas, de vidrio y lama, ve
un ''viril" virtuosismo, una vidriosidad de escapulados,
o "pulados": pues,
porque si en ese abismo, o callecita-baja - el pescuezo
de la niña -,
porque si ese pezcuello, doblegado
bajo ese resplandor, nade, espejo que nace, jade y vi-
drio? jala, y en ese recorrer, del resplandor
lamé, burilo; corta el ruedo, da
una "terminación". y si se usa
el deambular brilioso, señas de lona verde
-para un ahorcado verde-, verme, por qué no?
si ese desliz, ese arrastrar se
amplía?
y en el ruedo, de ese pez-cola, aparece un detalle
en "purpurina"? sobretatuado en el escote, draga
el seno; de ésa que hiere: vidrio cortado, tajo
luminoso e infecto, cuyos esparadrapos, en el
alcohol de esas miradas que chorrean, en la
frialdad de ese glacé, o nomás el incienso de ese humo
cala
la carne del pescuezo, marca los ''caminillos" de esa
horca, como si esa cabeza, de rodar, por enaguas
almidonadas, tiesas, jale lo ase. rima su
aspereza de pieles vivas, con esa estola de "marrón"
con que ella
se cubría los hombros? - disimulando esa pilosidad. y lo
batracio, de ese desfallecer, no lleva
a las patitas de yacaré, estagnadas, o colocadas en una
cierta inercia?...
pero que lo que araña
si. cala y no calla. no necesariamente, ya que al borde
de aquellas piletitas de sarmiento, hay una madre que
se ahoga, y otra que se desnuda, en el palier, delante
de unos oficiales
está esa madre y esa ausencia. el cuadro, enmarcado en
cristal, da el resplandor
de esas arañas paralíticas.
Esa, y acaso la otra.
porque ella, al rodar, por esos pasillitos, azogados, no
padecía el ahogo de esas ligas, y la sofocación de esos
panderos, el
pesar de esos brincos, o pendientes, o anillos, ya
excesivos?
y lo que se recarga, en esa cuenta, no
es la vuelta de más, el disparate
de enjoyados breteles, o el enojo
de un cirio que pendea? deja
caer acaso el celo? de
qué cielo nos habla?
o paniamores, o
chafalonerías de coral, o
strasses como estros...
gruesa venda venérea madreselva del ánade
cohonestas ebúrneos mercados
tasa la marca del pito
rito colomí cárpido lesma
leve losa lontano lamé
pero la cercanía de escarpe
arroja lanas desamor ocaso
o no alba fibrosa, no está en ajax
rodrigo al mediodía espinoso
y reblandecido, por lo
tostado de las carnes o escarpe del bozo
enjuta adarga en pliegos de furtivo
jaguar desala y ronda
ronco rebota ronronea
rutila hosco
roce mercuarial del paso de las lianas en el limo azulado, en el ganglio
del ánade (no es metáfora). Terciopelo, correhuelas de terciopelo,
sogas de nylon, alambrecitos de hambres y sobrosos, sabrosos hombres
broncos hombreando hombrudos en el refocilar, de la pipeta el peris-
tilo, el reroer, el intraurar, el tauril de merurio. Y el volcán, en alu-
nadas ágatas, terciopelo, correíta de nácar, el mercurio de la moneda
ensalivada en la pirueta de la pluma, bIanca, flanca y fumóla en el
brumulo noctural. El saurio, al que te dije, deslelicorreaba. descoloría,
coloreaba, las errancias gnomosas, como flatos de goma o silicone
afluentes en el nódulo del ganglio lenitar, róseo maravedí en carbun-
clo alzado, lo prometido por las mascaritas, mascaba, macaneaba la
mazota. Campanuela de telgopor y el frunce de la ''imitación seda".
tildaban lentejuelas los breteles, esmirna, pirca de lapislázuli, carmelo.
cortióla rompiamor el encaracolado calacrí. el alacrán de la ponzoña
abisagrada como esputo, o carpiólo, rompiometió en el carrancudo
lince de los senos plastificados el estilete, en la cartera la tronera de una
ventana vigilante, el signo del acuario en el mangle movedizo, oleante,
arde de las ardillas casi encintas la delicia de la mentirilla linguajar,
lúpulo del burdel, pupila de éter. Corceía el lanzaperfumes su pesadilla
de puttos ondulantes, como olas u onduelas bandidejas, bandidas.
carricoche en la reja, el espumar, en runa la inscripción (borradiza)
del himen de la verja, el alcahuete paga el servicio de la consumición,
ahoga en cerveza lo furtivo del lupanar, tupido, apantallado por mal
trechas ecuyères en caballitos de espinafre, la pimienta haciendo arder
el sebo
carnoso del ánade.
Ediciones Último Reino,
1987,
Premio "Boris Vian" 1987)
A lacios oropeles enyedrada
la toga que flaneando las ligas, las ampula
para que flote en el deambuleo la ceniza, impregnando
de lanas la atmósfera cerrada y fría del boudoir.
A través de los años, esa lívida
mujereidad enroscándose, bizca,
en laberintos de maquillaje, el velador de los aduares
incendiaba al volcarse la arena, vacilar
en un trazo que sutil cubriese
las hendiduras del revoque
y, más abajo, ligas, lilas, revuelo
de la mampostería por la presión ceñida y fina que al ajustar
los valles microscópicos del tul
sofocase las riendas del calambre, irguiendo
levemente el pezcuello que tornando
mujer se echa al diván
En el condón del jopo, engominado, arisco, mecha o franja de sombras
en la metáfora que avanza, sobra, sobre el condón del jopo la mirada
que acecha despeinarlo, rodar la redecilla en las guedejas:
un público pudor, irresistible, tieso en la goma del spray: la goma
libidinizada, esa saeta de la mata en el enroque de la fima, el gime, el
fimoteo: denuedo de las uñas en el mechón de grima. Guedeja en muslos
enroscada, húmedo pelo, espesor de las cejas en lo ebúrneo cobrizo, un
jaloneo de papilas en los estrechos del olor, jugoso, el ronroneo de los
labios ante las curvas, su salitre, el tartaleo de la transpiración, sudores
finos, atascaban al muslo en ese rulo. Jadean las harás sus aros de
peltre, jaleo lúcido, luminiscente en el rebote de las ligas en la película
infusa, taza de té en los bordes del revoque. La trama, en ese punto,
en la lisura de ese cascabel, serpeante, de esa rima dejado en los ja
bones de los pies, melecas, masca en el erizar de los penachos la pro
mesa de un guante.
Si a la pelambre de los güeldos lía, caparazón de anís, la sobreceja,
enarca sus trebejos un aceite de alambre. El encarnado pie, si avanza,
atrácase, en la remolina de los pliegues, en los pegasos de limozul
asaetinados en el brete, que se emberretan en el vuelto: el derrame de
flejos sobre las cejas almendradas. Almena, almena da a castillo sobre-
ceja que si líquenes vierte sesgo aceza. Jadea, en esa almena, el casti-
llejo regodeante, el zalameo de las tejas en el peje jaspeado del alambre.
El cinto, de las cinchas, en el empeine terciopelo casca las limbas del
jabón. El vierte, si prepucio, sobre la lima azul el atorrante jopo de
la jarcia, el limonero de la leche en el dije de chambre. La chambona,
campera, campechana, si se olvidaba la campana, era por acezas las
ristras del jadeante, esterillarlo en cremas de calambre, en paniazul
nostalgia paniaguada de un desagüe rellano. En esa incertidumbre,
vespertina, del jadeo al masaje, del raye del Luis XV en la manguera de
la calle, jopo, esa aspereza de la chapa, guiño, el parpadear errante y fijo.
Renguea al ramonear la pestaña de nylon de la mirada que se aplasta.
(Hule,
Último Reino,
Buenos Aires,
1989)
Gomas, humos
los ganglios inflamados, o la globulación
de las burbujas, pústulas:
los poros
se dilatan en el revoleo de las toallas, que sudan
una fabulación de globulillos, o rozadas caderas
que se inflan, en el vapor del frenesí, y globean:
ruedan así la gosma lela de los lados, o de los cortinales
enlamados, que chascan, o chorrean, un firulete de metal
cansino, un ruedo
de carnes y de arañas, lustrosas, apagadas:
roe el verme
los precipicios de jabón, las lluvias de un
declive lácteo, los grumos de la bruma y el humedecido parpadeo
que no amanece al fingido colibrí, pero lo entibia, en
el vaho de las cruzadas y los pises,
pases
de limo en la gotoso bota,
en el regusto a engrudo
de las caparazones y las nalgas, lisas
por el roce de un sapo, por la
escamosa zarpa,
cuyo condón al gozne de la goma
por una canillita de zarcomas, zalemas,
lía, anuda, torsiones de atleta, los calambres
acuclillan los labios,
el corset
difumínase, pero la marca del bretel
pinta en la muelle lanolina
el tintineo de un llavero, en el
anca que pende,
incrustada en el fulcro
o en el precio.
El estambre
posa calentadores en el trapo
mojado de los flecos, las arañas
resbalan por la espalda, el espadín
no horada sino que cosquillea en las costuras,
costras de un desnudo de film, las acuáticas modas
la estalactita ahogan en el disuelto mármol.
La rutilancia de las lentejuelas
en un rimmel de tan marmóreo transparente
el rebote de los ojares
en las azulejas de pintos níveos y plumosos
esfinge nítida bajo el implacable velador
cebaba el puntilleo de las pestañas
con una fijeza de ciempiés,
sólo mucho después conoce su renguera.
Esfinge de codos revoloteantes y ampulosos, la gorguera
en la rebaba de la cerveza
labraba otros potros que los amarrados al palenque. El palio
era como intestino, porque las pompas
tapizaban en la escamación las peceras ventrales, y el dolor
de la espera, o de la sola sola noche
sollozaba contra el estaño pegajoso:
la noche del carnicero
en la lámina de la hoja el pincho
pichicho fuera de sí.
Los tatuajes de los azulejos se repetían en los antebrazos, pero
los abrazos en los
anteojos los refractaba la luz de plata
que salpicaba las muñecas de la mancha rocío.
Pero la esponja del lavacopas detergía la hialinidad de los guerreros
sque se tumbaban en las puertas de aireo de ráfagas de betún
poniéndole precio (o ala) al cenicero,
aplastaban las coles en el mosaico pantanoso,
en balde,
porque la novia estaba ahogada en el bañito
(Parque Lezama,
Sudamericana,
Buenos Aires,
1990)
Detente, muerte:
tu infernal chorreado
escampar hace las estanterías
la purulenta salvia los baldíos
de cremoso torpor tiñe y derrite,
ausentando los cuerpos en los campos:
los cuerpos carcomidos en los campos barridos por la lepra.
Ya no se puede disertar.
Ve muerte, a tí.
Encónchate sin disparar el estallido de la cápsula.
Escondida que no seas descubierta.
Pues una vez presente todo lo vuelves ausencia.
Ausencia gris, ausencia chata, ausencia dolorosa del que falta.
No es lo que falta, es lo que sobra, lo que no duele.
Aquello que excede la austeridad taimada de las cosas
o que desborda desdoblando la mezquindad del alma prisionera.
Mientras estamos dentro de nosotros duele el alma,
duele ese estarse sin palabras suspendido en la higuera
como un noctámbulo extraviado.
Ahora que me estoy muriendo
o sauces la maraña madrugada, resmas
de leche chorrean a mares por la escrófula
en el antecedente del derrame.
Ahora que me estoy muriendo
duermen el sueño de la tristeza en sábanas de tergopol
o mausoleos de mármol donde toda virtud es yacer
aterciopelado en el anclaje definitivo de los huesos
Ahora que me estoy muriendo
siento que ella avanza en toda la estación de la fosa.
Toso y es un esputo que se incrusta en la láctea
maduración de las panaderías en las alforzas del velorio.
Ahora que me estoy muriendo
me invita, será que llego a sonreírle?
Me invita con un mate y el mate se me cae de la cabeza.
Me ceba, será que cojo sus incrustaciones?
Ahora que me estoy muriendo
las manchas, los zarpullidos del sarcoma
mueven en la soberana oscuridad
manoplas cual tentáculos de espanto.
Ahora que me estoy muriendo
Hunde la joda en el remedio vano.
Despelleja la joya la soberbia paliza
de los años en anos de florecido jaspe.
Ahora que me estoy muriendo
Lejos de todo se toma el ómnibus de extramuros
del que no baja, porque no para o para pronto,
en realidad no se ha movido de la parada.
Ahora que me estoy muriendo
por la ajorca inexorable y por la mutación en paramecios
de la joroba, de la carga
de dátiles perecederos en el desierto de ceniza.
Ahora que me estoy muriendo
Sin pliegues, una vez, en los absolutos
de la atascada chimenea, el lamé atragantado
en la artrosis del alma, esa consternación.
Oscura, como la tumba de un amigo.
Volcán cerrado, lava la lava sus lastimaduras.
No hay que creer en el descanso, son puras habladurías
de fantasmas perezosos en el recame de la hamaca
Ahora, ahora, en este instante digo.
En lo inconstante, en lo inconsciente, en lo fugaz me disemino.
Disperso y fugo. En lo fangial del fango.
Imágenes ateridas bajo la lluvia de película.
Palermas, pelmazos en el ascensor hacia el reloj.
Grave como una piedra, cierta hiedra traviesa
juguetes en la tierra mojada del pulmón
urdimbre gusanesca en lo borroso del retrato.
Nos alejamos (gracias) al olvido.
Júbilo de las calas, unión juvenil de las violetas.
Leve la marcha hacia la extinción, la marca
del humo en las cornetas pálidas.
Y las patillas, pura pelusa.
Un algodón rocía las narinas de amianto.
Uno reza, no yo, sin ser no créese.
Descréese del ser en la fatal crecida.
Abajo los pitos, huevos chirles.
Demasiado agujereado el antebrazo.
Del dolor sus efluvios terminales.
Una reseca perfección, aunque apenas marmórea.
Jíbaros, rogad por nuestras hendiduras.
Las infructuosas anfractuosidades.
Rapaces, la fiesta de las mucosas
vuelve carnoso el lodo de las zanjas.
Podríamos tocarlos, pero esa vecindad nos paraliza.
Inane la yertez, rigor el rijo.
Ricos, variados olores de flor y perdición.
Desvarío en jardines invisibles de brea.
Ahora que me estoy muriendo
que se dispersan en la noche definitiva e impasible.
Pequeña Venecia,
Caracas,
1992)
Graciasss/circulodepoesia.com/foja-de-poesia-no-106-nestor-perlongher/
Graciasss/www.asymptotejournal.com/nestor-perlongher-three-poems/
Graciasss/elbroli.free.fr/textos/Perlongher








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