Mi corazón es sordomudo
Mi corazón es una trampa para osos
De mi corazón la gente entra y sale
Como la sangre por una arteria
Mi corazón es borracho
(bebe el día y lo transforma en alcohol)
(bebe la noche y la transforma en destilado)
Mi corazón es un incendio
Es el viento
Mi corazón es una ola
(se repliega y arrasa).
Es un pirómano
Es una flecha
(se atraviesa a sí mismo).
Es un minutero
Una bomba
Un cuentamillas.
Es hereje
Es zurdo
Es una víscera
Amorosa.
Mi corazón es un niño
Al que le falta la respiración.
Por la borda
Sol frontal
occipital
salteador de caminos
hablando el viento sur
y el ciclón tropical
(la voz de mi madre).
El pájaro que picotea el vidrio
y se refleja en la ventana
mitad sinsonte mitad tordo soy yo.
La mujer que avanza de espaldas.
He aprendido con las raíces
el lenguaje de lo que se hunde
y la muerte llega a mi casa
con la vivacidad del verano.
El pollo más duro de mi vida
Mi hermana es la extensión
de mi madre
la extensión de la madera
en el mango del hacha.
(Yo amo el hacha).
Es Navidad
y estoy cocinando el pollo
más duro de mi vida.
Es Navidad. Te vas a morir.
Pero primero quieres
llevarte el sabor de la frutabomba al otro mundo,
a las raíces, adonde quiera que te vayas.
Como una reina egipcia
me pides una cucharada de frutabomba
para llevarte a la muerte, a la boca.
Has visto pájaros
en la sala de terapia intensiva.
(Afuera dormimos entre cartones,
exiliados,
en un piso que no limpian ni los presos).
Es Navidad.
No sé si los muertos resuciten.
(Mi hermana es la extensión
de mi madre
la extensión de la madera
el hacha).
Ardo como el árbol
encendido en preguntas.
Sin datos a que libro/s pertenece/n
***
Exhumación colectiva
(Cementerio de Colón,
Vedado, La Habana)
El combustible
(o la falta de combustible)
hace que los muertos
en la muerte
vuelvan a tener una vida gremial
cuyo correlato heroico será
que sin la carreta rural
(ni la alegórica)
serán sacados de sus fosas
y quemados en una pira común
que intentarán descifrar otros bárbaros.
Mezcal
Al fondo
de una botella
de mezcal
‑como al final‑
nos espera
el gusano.
Mastico
en tierra seca
ese blancor
de setos vivos
para saber
a qué sabe
lo que me comerá.
Emily Dickinson
Lo que no alcanzan
las avaras sílabas
la borracha de sol
cuenta a sus puertas.
El gusano roído por el fruto.
Lo que no alcanzan
las avaras sílabas,
el pájaro de Amherst
el tordo de Nueva Inglaterra.
La mano
pródiga
-como una herida-
se abre.
Sílabas. Ecce Homo
Hablar del pájaro parlante
parlanchín posado en una rama
cantando (como diría Juan Luis Martínez)
en pajarístico.
Y el hombre es una lápida
un cuarto oscuro, una silla vacía
y una lámpara.
El que se aproxima a la lámpara
puede encontrar una salida
(o la ilusión de una salida).
¿Hay salida posible hacia afuera
o toda salida es hacia dentro,
hacia el reino de la raíz?
Hundirse como Virginia Wolf
con los bolsillos llenos de piedras en el río.
He ahí la verdadera ganancia.
Lo que no alcanzan los nadadores de superficie.
El optimismo es una bandera a media asta
pero ostentada con júbilo.
Un consuelo o un autoconsuelo:
"Yo me levanté de mi cadáver y fui en busca de quien soy".
Como el cirujano corta,
las sílabas se parten.
Carne de la escisión,
escisión de la carne.
Un pájaro vino con la cabeza vendada
una esquirla de la tercera guerra mundial
Apollinaire cantando en una jaula
los tetradragmas de oro de Ezra Pound.
Como la liebre en el soto,
la palabra en el lenguaje.
La angustia salta el perímetro
y echa a correr por las azoteas.
A Marina Tsvietaieva
El frío
de un terrón de azúcar
en la lengua de una taza de té
de un pan que salta
en rebanadas sangrientas.
El oficio de lavaplatos,
las genuflexiones
y las manos que todavía
se sumergen
con cierta cordura.
Los rojos
los blancos
los cabezas rapadas
y los cosacos
podrán echar mi puerta a patadas
o aparezca una cuerda
con que atar un baúl y colgarme
sin que me estremezca un centímetro.
(Sílabas. Ecce Homo,
Santiago,
2000)
***
Balas locas
¿Cómo enloquecen las balas?
¿Empiezan, como las personas, a olvidarse
de cosas,
a hacer extravagancias, a ir por algo
y quedarse a mitad de camino,
a hablar incoherencias,
a gritar a llorar a cagarse en los pantalones,
a tener crisis de pánico a
comerse las uñas
a confundir una azucarera con un neumático,
a querer tirarse por las ventanas
a colgarse de un mástil, cortarse el cuello?
¿Cómo saben las balas que son balas
quiénes son, de qué
están hechas?
¿Fueron niños antes de ser casquillos
de metal, antes de alojarse
en la carne?
¿Quién le silbó,
a las balas que silban?
¿Las arrulló alguien?
¿Las patearon en la cabeza?¿Fueron amordazadas
con camisa de fuerza
y encerradas en un cuarto oscuro,
a llorar?
¿Las metieron, cachorros, en un furgón militar,
por la fuerza?
Las balas locas, violentadas,
no pueden pegar ojo en toda la noche
y entran por pasillos oscuros, insomnes,
hasta las cabezas
de otros niños que duermen.
Santiago Humberstone
Yo, Humberstone,
hijo de un modesto empleado de correos
y nieto del Director de la Banda de Guardias Escoceses,
llegué aquí a hacer la América.
Yo, un oscuro químico
lustrado ahora por la sal,
inventé esa ficción: el pampino:
cruce de animal soñador necesitado con nativas de la zona.
Inventé el futuro, el futurismo,
Marinetti
Me cagué en Le Corbusier,
la Torre Eiffel,
esa ciudad amanerada:
París.
Aprendí palabras ásperas:
caliche, charqui, camanchaca
(yo que jugaba delicadamente al tenis,
yo, cuya vida era un campo de golf),
copié y apliqué el sistema Shanks
(que nadie conocía por aquí).
Tuve mano férrea,
tuve mano de obra
(barata).
Comencé por conquistar Agua Santa
y ahora me pudro en las Aguas del Tiempo.
Yo, que me horroricé
cuando escuché que estos indios llamaban chanchos
a las relucientes máquinas metálicas, trituradoras,
porque les recordaban el ruido de los puercos al comer.
Establecí un Orden,
una jerarquía en el Caos:
de un lado los ingleses y administradores,
del otro, los hombres y las bestias.
Yo, que puse un toque de delicadeza,
de civilización en estos páramos:
Al espejismo de los oasis de Pica y Matilla
opuse una piscina (metálica),
construí una plaza (pública),
una Iglesia,
el tendido eléctrico,
un orfeón para que estos bárbaros
escucharan música
-ópera-
no el rumor sempiterno, monótono
de las arenas.
Yo, me la creí completa
y se la hice creer a medio mundo:
“El salitre chileno el mejor del orbe”
nitrato de sodio: la pólvora más eficaz
para las guerras intestinas y extranjeras.
(Así de cosmopolita):
“El salitre chileno entra a Francia,
a Suecia,
llega a la antigua Hélade”
(hasta que los alemanes inventen el sintético
en la Segunda Guerra Mundial).
Yo, que me convertí en Santiago,
Santiago Humberstone,
tuve en mis manos el Oro,
el Oro Blanco,
el Monopolio.
Que me hice viejo, me hice venerable.
Padre
-del Salitre-,
(la Compañía me obsequió una medalla de oro,
el Rey de Inglaterra me confirió
la Orden Oficial del Imperio Británico).
Yo, James T.,
cuyo nombre desaparece
bajo la formidable leyenda y las casas huachas,
extiendo mis raíces dieciséis metros bajo tierra
y no encuentro agua.
El desierto y la muerte
recobran su señorío.
(Parloteo de sombra,
LOM,
2004)
***
Antes que yo muchos dijeron estas cosas.
Después de mí
otros habrá que las dirán mejores.
Pero cuando tu lengua toca mi lengua
el verbo se hace nulo
se diluye
en esta saliva espesa.
Efímera y eterna eres la mujer del Principio.
Todo empieza de nuevo
y se hace necesario reescribir el Génesis.
*
donde Safo es la lengua común,
donde al decir de Alceo,
las muchachas de Lesbos,
compitiendo en hermosura van y vienen.
Toda la noche en vilo acecho esas imágenes
en espera de que algún día
me sea revelado el principio de la creación:
cuando las mujeres frotan sus vientres
y la madera estalla en haces luminosos
y un líquido espeso, agridulce,
hace caer borrachas a las gaviotas.
*
Cuando te quedas,
Rita,
más desnuda que estas paredes
yo siento miedo
de ser mujer.
Tengo feroces dientes carniceros.
Comiérame tus ojos
tus rodillas.
Cuando veo un sauce que se agita
no me acuerdo de Safo,
pienso en mí.
*
―y escribimos―
en las paredes de un baño público
frotando nuestros cuerpos
como la lapicera contra el papel
es menos relevante
que un graffiti
pompeyano?
*
Lo cognoscible
lo incongnoscible
lo he escuchado a través
de esa marea oscura.
He olvidado las lenguas de los hombres
tantas cosas inútiles.
Sólo a través de ti
intuí mi destino.
He sido eterna
como las hojas que devora el otoño.
*
Lo peor no es que las cosas sean finitas
lo peor es que las cosas sean.
Lo peor es saber
que tu cuerpo, tu pelo, aquella boca
serán definitivamente del olvido y el polvo
mucho más
de lo que alguna vez fueron míos.
*
LA HABANA, TINTE MEDITERRÁNEO AL FONDO
Comprábamos el goce
en una habitación
alquilada.
Colocábamos una frazada
que se quemó
―¿te acuerdas?―
sobre la lámpara sucia.
Demasiado mezquinas
las paredes
apenas soportaban
nuestros cuerpos jóvenes.
Tus piernas se encendían
como neón como astros.
Yo me inclinaba
lamía tu resplandor
esa pequeña
llama votiva.
*
Íbamos a ser eternas
las ancianas de Brueghel.
El fuego crepitaba en la habitación
en tus senos.
Yo pongo mis dos manos al fuego.
Todo cuerpo es perverso.
Digo la palabra pezón
y el pezón salta.
Extraigo un zumo amargo
un jugo huérfano.
Me derrumba el susurro lejano
de tu dedo índice.
*
No quiero
otro
aljibe
cántaro
jícara
vaso
donde beber
sino
tus piernas.
(Los amores del mal,
Tus cartas terminaban siempre:
A ti que estás en un país
extraño y lejano. Cuando todavía podías escribir,
cuando tu mano aún era tu mano (un látigo)
y no un manojo de nervios, un temblor.
La primera navidad fue también la última, reunidos
bajo el árbol que ya no veías, apiñados como hojas.
Salí al patio a limpiar las hojas.
(Tú escuchabas el rumor).
Dijiste que no era necesario
que la maleza volvería a inundar la casa.
Pero yo me aferré a ese gesto inútil.
Te veía avanzar dibujo de Ensor, calavera de
Guadalupe Posada.
Estuve años con la plantilla de tu pie en el bolsillo
para los zapatos fúnebres.
Pero en la muerte no hay grandes pies ni zapatos.
En la manera de negarte la tierra, soy tu hija.
Soy ahora el lejano y extraño país.
(La extranjera,
***
Con Pina Bausch desaparece toda una época
“LA COREÓGRAFA MÁS GRANDE
DEL MUNDO HA MUERTO”.
Una mujer vestida de negro,
de apariencia insignificante,
como si le pesara su propia grandeza.
Un país terminal, donde la mujer irradia su luz.
Yo me inclino sobre ti a duras penas
y te digo que va desapareciendo todo lo grande.
(Tu boca todavía entra en la mía como una rama fresca).
Ahora que estamos vivas no somos dioses,
crujimos hueso con hueso.
La mano que escribió el poema
no derrotó a un ejército pero alcanzó tu cuerpo.
Sin gestos enfáticos , sin representación.
Cuando desaparece todo lo grande,
cuando el frío muerde mis rodillas
pienso en los cuerpos que danzan hasta la extenuación.
Toco madera, toco fondo,
pienso en ti.
A la manera de Prévert y a la mía
Fui al mercado de pájaros
y compré pájaros
para ti
amor mío.
Fui al mercado de flores
y compré flores para ti
amor mío.
Fui al mercado de hierros viejos
y vi cómo los hombres compraban cadenas
tijeras
jaulas
para sujetar lo que aman.
Ya no quise ver más y me tumbé en la tierra
amor mío.
Fuéronse los pájaros.
Se secaron los árboles.
Comenzó otra vez la dura edad del hierro.
Morí, renací.
Me salieron cortezas en la boca,
ramas por los oídos.
Mi mano se hizo ala,
raíz aérea.
Pudriéronse los huesos
la carne
el río se agotó
se oxidó el metal.
Brotó el sonido,
el llanto de un niño,
el gemido de la parturienta,
una consolación fue envolviéndonos
el sonido del metal del amor
hecho con todo sus pedazos
la vibración
el fuego y el metal devorándose
el son
ido
del amor
extinguido
y reencontrado otra vez
sobre la tierra
amor mío
cuando tú me lamías, así.
(Los amores del mal,
Mago editores,
***
Mis 5 malditos minutos
Por mi arte pasé hambre
Bukowsky
Doblándome
(literalmente)
como el insecto que carga una hoja
el doble de su peso
despreciando a Simon y a Peggy Guggenheim
y a su colección de perros
y a su colección de cuadros
y a su museo de arte de mascotas
de la que yo misma entré a formar parte,
escribí.
Y la palabra fue el hueso
arrancado a la noche
el cuerpo humeante el deseo
un oper kaut al estómago.
Y la muerte me alcanzará de todos modos.
Sin paracaídas
De abismo en abismo
desprendiéndome de todo lo minúsculo
desconocida como la palma de mi mano
en el cielo de Quito vi la gran fiebre
la gran res pastando
la gran res luminosa que nadie puede tocar
las venas indígenas azules
ruido
ecuatorial
el centro del mundo
un órgano
una música feroz
un plato de tripas calientes
la catedral del oro
el hambre del oro
la devoción del oro
la miseria del oro
la acuarela violenta de Quito
las calles que suben al cielo de Quito
el empedrado
que baja a la boca del infierno.
El cielo la página de Quito
el poema hecho de la saliva espesa de la noche
noche de fiebre y de objetos de apariencias de nombres
que cambian de sitio.
Antes estuve acá ahora allá cortada
por el espejo el reflejo ecuatorial
cargando en mulas mis antepasados
una recua de mulas
abuelo va cortando el aire con un cuchillo
el aire a cuentagotas se deja apenas respirar
subiendo a la tierra bajando al cielo
echando sangre de narices
estallando como un bumeran o como un boeing
volando sobre la sábana sobre la frazada de alpaca
empalada por dos indios amarrados los ojos
en el delirio de la fiebre del plátano.
La fiebre que envidian los que no llegan al centro del mundo
al centro del ombligo
al centro del hambre
al centro del hombre
a la mitad del miedo.
Las islas esparcidas como cuentas
como ojos arrancados relumbrando
platería joyas sombreros bisutería
el museo del hombre
costa de Guayaquil
hecha a los peces a los guacamayos
a la alegría de la camisa de fuerza del turista multicolor
Cuenca
atravesada por los cuatros ríos
el dolor de los techos de tejas y el sonido de las goteras de la lluvia
el balido del ovillo de lana
el balido de la oveja antes de ser carneada
SE ASAN CABRITOS
SE ASAN CHANCHOS
SE ASAN CUYES FRESCOS AL HORNO
AQUÍ
Las calles empinadas
Las catedrales las iglesias la devoción
La flema la flama el escupitajo la sangre de narices
Los angelitos negros
( a la virgen le cortaron las tetas).
Las palabras palpitando como animales temblorosos en cuatro patas
el crepúsculo rojo sangriento
una víscera humeante
Las palabras atravesadas por la taquicardia
el cielonegroaplastante asfixiante de Quito
el vientre la gran res
la medida de mi muerte y sus ojos novillos.
Para cerrar los ojos
Toda mi vida soñé con los caballos.
Ser un caballo.
Astas de viento.
Ancas de viento.
El vigor de los jóvenes potros.
Ahora que voy a morir
déjame ver los caballos otra vez.
Cuando la lengua se deshace
sin palabras ni tierra que pronunciar.
Cuando la espuma deja a mis pies
un cerco efímero
Y todo es borrado por las aguas
barrido por la niebla
déjame ver los caballos otra vez.
Una carrera.
Otra carrera.
Ninguna carrera.
Cuando el manzano es la memoria del manzano
su cáscara.
Déjame ver los caballos otra vez.
Puro vigor.
Puro deseo animal.
El macho monta a la hembra.
Muerde el pelaje.
Dobla las patas.
La penetra.
Escucho el relincho.
Tiemblo más que la hierba húmeda.
Vencida.
Despojada del hábito de ser humanos
déjame ver los caballos otra vez.
Caballo de atar
El viento puede enloquecer a una mujer
a un hombre
caballo de atar rompe los cercos
salta la empalizada
doblega el cerebro más fuerte
como un campo de gavillas de trigo.
Ahora soy mi padre recostado junto a la ventana
que me pregunta con sus ojos muertos
“¿Estás aquí o en La Habana?”
Ahora soy mi padre
su navaja de afeitar
la herida que corre
el hilillo de sangre
y el tajo que quisiera más profundo.
¿Estoy aquí o en La Habana?
Lo que antes fue literatura
es un río que me desborda
una tierra me segrega me expulsa
el dolor recorre mis piernas sus posesiones.
Soy mi padre.
La hija del difunto.
La extranjera.
La otra.
Ninguna.
Oscuro
Es la entrada en la noche
su vientre oscuro redondo
su boca que todo lo traga lo succiona
lo escupe
sus ubres flacas de perra
de mujer que ha perdido a sus hijos
es la noche ojos de caballo
la noche de las fogatas de los vagabundos
la noche cicatriz
brebaje alcohol costurones
frazadas hediondas
hombres que duermen y respiran y mueren de frío
con un hilo de saliva corriéndoles por los labios
hombres solos mujeres solas
que se voltean hacia el otro lado
como si hubiera otro lado una tibieza
y no la noche su garganta su gangrena
su pierna amputada
sus pisadas cojas vacilantes
y no la noche su resaca su orilla
sus alcantarillas sus falsos puentes
su tendido eléctrico mentiroso
la noche desbocada
que nadie puede amansar
ojos de caballo la loca
Oscuro
Un bar es también un acuario una pecera
la orilla donde el pez peleador y el pez gordo
pierden kilos y branquias y bronquios
y el silencio y la charlatanería alternan
como dos púgiles
un bar es tan misterioso tan inexplorado
como el fondo del mar
su fauna marina
sus especies en extinción
en el bar se sueñan los horrendos los hermosos crímenes
y los asesinos se duermen y despiertan y el coraje es más corto
que la vida de una estrella de mar.
En las mesas del bar
hechas de la madera que botó la ola
los hombres huelen a las algas marinas que se pudren.
Y se aferran a la noche con sus ventosas
y al aguardiente apiadado.
Yo no veo el día.
El día viene y se hace.
Canta el gallo se hace el día.
Hay quien hace el día
quien hace la noche.
Pasa el día saludando jovial en piernas de vecino.
Yo no lo veo.
Yo sólo veo el día en lo oscuro.
Cuando se pone negro maldito.
Cuando pasa morado dando tumbos
como un transeùnte como un hombre hinchado de vino
que no respeta que no distingue
el deseo y la violencia de su deseo
cuando se desploma como un cuerpo muerto
sobre las líneas del tren
y alguien dice aliviado:- “ ya pasó”.
Y quisiera que termine la noche
que pase el dolor y me inyecto
me inyecto más dolor
pero la noche no termina nunca
desemboca en otra noche
me han cosido los párpados
y no puedo ver sino la noche
la noche de mis ojos.
Y quisiera que termine la noche
que el hombre que corre por el tejado
(que bien podría ser el asesino)
es mi única compañía
el hombre que jadea con mi respiración
en un cuarto solo
tiene las manos anchas
lo suficientemente grandes
para desnucarme.
La noche recorre esas manos
como recorre mi cuerpo
encendiéndolo y despreciándolo.
Fin de año
Las mujeres no tienen nada que darme.
Los hombres no tienen nada que darme.
Los niños no tienen nada que darme.
Mi madre no tiene nada que darme.
El sol la tierra el viento el agua
el desierto el mar el océano
no tienen nada que darme.
El verde no tiene nada que darme.
Los pájaros
(su canto)
no tiene nada que darme.
La vida no tiene qué darme.
La muerte no tiene qué darme.
Yo
no tengo nada que darme.
¿Para qué brindar entonces
deseándonos nuevos destinos?
Bye
Adiós a los trenes.
Se avisa que no volverán más los trenes
como no volverá más Teillier a la madera nativa
como no volverán más mis huesos rechinando
a la Calzada de Jesús del Monte.
Toda la tierra es jaula.
Una mujer sola y amarga
I
Cuando tú eras hermosa
cuando tu pecho lo cruzaban furiosos vientos
mi madre me paría en una sala sórdida
de una clínica desconocida
boqueaba como un pez
sobre su vientre el peso de una caballería.
Dos mujeres inexorables
podaban el poco sol de la pieza
le recordaban su proximidad con los abismos.
Mi madre era un seto cerrado
que tuvo alguna vez su pequeña fuente
una empalizada
que asolaron los perros y los años.
De su madera gastada me alzo el mundo
de su madera podrida rehago la cuerdas de mi casa
y no la alcanzo.
Como la sombra que un jinete persigue en la llanura.
II
Bajo esas manos que el horror cuartea
que el fuego hace más íntimas
se alojó mi cabeza
fruta que esperan picotear los pájaros
eso pequeños animales dóciles
que no podíamos mirar sin repugnancia
moverse entre los platos
cuando apartaba para nosotros, para sí,
la vida.
Salí de entre sus piernas
como de un bombardeo.
He sido el héroe y el traidor.
Oscuro
Todo debe ser demasiado.
El dolor de la palabra dolor
arrastrando el peso de sus coyunturas
el dolor inarticulado
el dolor de las articulaciones las vejaciones
de las prisiones las cárceles de aire
el dolor que embota amputa anestesia
el dolor que debe doler
las luces crueles de las linternas crueles
como guiños de ojos
crueles que no veremos más
la aguja entrando en la carne
el manotazo de la noche
el zarpazo el lanzazo de la noche
los lanzas
el alcohol de la noche
el océano de la noche
el destilado del sol los borrachitos
el hueso el osobuco el costillar la costilla humana
la borrachera la tarantela la vida sin herrar.
(Las pulsaciones de la derrota,
Lom Ediciones,
2012)
***
Estoy en la azotea mirando hacia las escaleras y los techos de abajo. Atalayando desde la azotea. El edificio es un laberinto, cortado en planos cubistas, desconchados, viejos, expuestos. El entorno y los hombres se parecen como dos gotas de agua sucia.
Estoy en la primera planta, asomándome a la ventana a ver si alcanzo a tragarme un pedazo de cielo, a ver si consigo verme (imaginarme) cómo fui arriba, minutos antes, con la cara pegada a la ventana, cortada en aristas cubistas.
Subo las escalares. Las bajo. Las subo otra vez. Observo desde mi flanco, protegida por las murallas precarias. Veo la vida ajena desde adentro, las cortinas que se suben, se abren, se cierran, la ropa que se saca a tender, que se seca en el cuartico pequeño porque no hay espacio afuera, oigo el jadeo de las cañerías como un corazón angustiado. Todo zumba, bulle, fermenta dentro de las paredes. Olor humano: olor a col, a carne podrida, descompuesta. Oigo unos gritos y un llanto bajito y una cuchara que se lleva a la boca como un medicamento.
Un gato, panza arriba, duerme sobre el techo de zinc. Y una vieja que no tiene ni perro que le ladre le arroja un cubo de agua caliente para que se desolle, para que no duerma en esa ofensiva paz redonda, aquí, donde todos llevamos tajos y cicatrices.
Salgo al pasillo. Hace sol. El tejado de zinc está parchado con unas vigas de madera por donde a veces corren los niños. Miro los edificios desde afuera: una cortina verde muestra un pedazo de hombre, en otro departamento hay un letrero con un anuncio de laboratorios y exámenes médicos. (¿Esta enfermedad no es mortal?). Algunas plantas, ropas de niños, ropa de hombres, ropas de muertos, puestas a secar como peces en salmuera.
Todavía estoy en la azotea pero más tarde estaré en el avión y miraré todo esto desde arriba y veré la insignificancia de estas vidas y esfuerzos, y lloraré por mi madre y por mí misma, y por todos los que no son arrancados de la tierra.
Ya estoy en el avión y veo cómo los edificios se convierten en frágiles estructuras, en cajitas de muertos, en celdillas, las casas, los autos son partículas ridículas; vistas desde arriba, las vacas son menos que insectos, los insectos, como los hombres, desaparecen, y toda vida humana termina en un punto muerto.
Estoy en el avión y nadie sabe que soy un terrorista, que llevo una bomba en el pecho, que la detonaré en unos minutos. El que pagó el pasaje a crédito, el que lo pagó al contado, el que se lo mandó la familia partiéndose el lomo part time, full time, el que viaja en primera clase, el que va en la última de turista, no saben que el avión también es una realidad transitoria, momentánea, y que en unos minutos, estaremos cayendo en pedazos sobre el Empire State.
Ya soy la vieja. Nunca tomaré un avión.
En un rectángulo de la escalera, recostada a la ventana, con la cara cortada a cuchilla, arrojo el cubo de agua hirviendo al gato que duerme sobre el tejado, para que se desolle.
pienso en el suicidio
Cuando pienso en la vida,
pienso en el suicidio.
En mi abuela suicida.
Cuando el sol se pone
y cuando amanece,
en aquello que no se puede pensar,
Pienso:
Toda esa cantidad de muerte
en la lengua.
Haber nacido
para vivir de nuestra muerte.
Cuando se mueren,
Los suicidas
se vuelven inmensos.
Invisibles,
se vuelven visibles.
Todos tienen una ropa
una anécdota
con el muerto.
Les prestan un hombro,
los recogen
en antologías de cenizas.
Quieren
la tinta fresca
de sangre.
Las cabezas recién horneadas.
El gusano penetra
en el pájaro y el pájaro
es otra carroña sobre la yerba.
(Pienso en el suicidio).
Los viejos se arrojan de los balcones,
los escolares se toman la tinta de sus zapatos,
otros, le ponen azúcar al cianuro
para tener una muerte dulce.
(Pienso en el suicidio).
El suicidio es un ejercicio vigoroso
al que la muerte le queda como poncho.
(Pienso).
Hay quien cree que el suicidio
se vence escribiendo,
pero el suicidio, como la muerte,
es ágrafo.
Cuando lo conocí, no tenía dientes,
y me eché a temblar.
(Mi cabeza está en otra parte,
Chile,
2017)
***
Odisea
Cómo volver allí cómo volver.
¿Conoces tú el país en que se vuelve?
Me quedo sola.
La calle oscura
todo el pueblo una sola calle oscura
que termina en las líneas de un tren (mental)
muerto hace años.
Las casas- tonadas
lo irrisorio
golpeando la madera
los techos de zinc
llamándome por mi nombre.
La vida siempre estuvo aquí:
Aquel patio este patio (siempre aquel patio)
su olor a jazmín a descomposición.
La sangre corriendo.
El corazón del puerco
alcanzado en una dos tres
puñaladas.
El verano zumbando como mosca.
Una golondrina haciendo el verano
(intentándolo)
Mi caligrafía corriendo.
Mis piernas corriendo.
El mar repartiendo peces epítetos
repitiendo tejiendo
mi tela de araña:
Y Antino vino a la guerra,
cubierto de oro, como una doncella
y la muerte lo atrapó.
tierra hambre de tierra boca de tierra
me hiciera regresar.
A los gatos y a los hombres se les arquea el lomo
Cuando llegué a lo que quedaba de mi casa
vi al gato muerto.
Parecía dormir
sobre la mesa de madera.
Busqué un trapo
en lo que quedaba de la cocina
para tocar al gato.
Lo envolví en un pedazo de toalla azul.
Y lo boté por el balcón.
Le dije:
«Lo siento, amigo,
no me queda otra».
Los gatos y los postes
son cicatrices de las islas.
El sonido del huracán
es un constante crujido
…..(un maullido).
Las paredes tiemblan
los vidrios se curvan
los muros empiezan a sangrar agua
a los gatos y a los hombres se les arquea el lomo
hasta que se rompen.
La humedad que deja un gato muerto
sobre un piso de madera
tiene 7 vidas.
Nunca se borra.
La leche, la sangre derramada
Me preparo la leche en polvo.
Pienso en mi madre.
Leche fortificada
“Purita,
para madres felices”.
Hablar de Cuba es un tema sensible.
Hablar de Chile es un tema sensible.
De la Franja de Gaza
Siria Israel Venezuela Estados Unidos.
Los temas son sensibles.
No los acontecimientos,
no el horror, los sucesos.
La revolución por el vaso de leche.
Que el lechero muera en la acera
dejando el litro de leche, en Brasil,
es un acontecimiento.
Pero ya ni los brasileños existen.
¿Y acaso existirán las vacas?
Los niños no deberían morir
para soñar
que juegan.
Los viejos no deberían ser desdentados
encadenados a sillas de ruedas.
Los que sueñan a colores
los que oyen voces al electroshock.
Los que estallan bombas.
Los que se estallan a sí mismos
por un vaso de leche
o algo parecido a un vaso de leche.
Al final uno acaba odiando la leche.
Las tetas.
La fiebre aftosa.
Escribo
y no tengo una máscara de gas.
Volteo el mantel.
Se derrama la leche.
Llega mi madre.
La locura.
Las vacas.
(¿Y qué?,
Las Dos Fridas,
Santiago,
2018)
***
El desierto de Sonora: una enorme máquina de matar
Entonces Dios hizo el Desierto de Sonora:
una enorme máquina de matar.
Y vio que la máquina era buena.
Y colocó en el otro extremo un Jardín metálico, lleno de torres
y frutos luminiscentes de neón.
Y un cartel un muro
con la advertencia enorme:
“Lo que el desierto de Sonora les hace a los cuerpos
de los que intentan cruzarlo”.
Y en el desierto los rayos del sol cegaban.
Y las temperaturas mataban en verano.
Mataban en invierno.
…Y todos los seres vivos
cactus, escorpiones y víboras de cascabel
están allí para morder, rasgar o lesionar.
Había que andar por largos trayectos montañosos
(las brújulas incluso estaban hechas para perderte)
las carnes eran desgarradas a gran velocidad
buitres (zopilotes)
…esparcían los huesos a grandes distancias.
Y el hambre entró en los cuerpos
de los puercos y los hombres
(los dos animales que más se parecen).
Y los cuerpos de estos dos animales eran devorados
en menos de 36 horas.
Y quienes entraban al desierto de Sonora
desaparecían sin dejar rastro.
Los niños se volvían invisibles.
“—¿De qué país vienes?”.
“—De la tierra roja”.
“—¿A qué país vas?”.
“—A la tierra roja”.
(Los cuerpos caían en las rocas y eran destruidos
mucho más rápido por el calor).
Y los hombres no escuchaban el sonido de la Máquina
del Desierto de Sonora.
Sólo podían escuchar el jadeo de sus pechos
La acelerada respiración
Las voces las alucinaciones
cantos de sirena
azuzándolos a llegar.
Gato encerrado
Los traían en un ataúd sellado.
Flores rojas y un agua verde acuosa.
El fuselaje del avión
Como una estrella caída del cielo.
Vivos y muertos simultáneamente
en una caja
los niños de Aleppo.
Los niños
Los gatos de Schrödinger
caminando por los tejados
entre los escombros.
Al centro del campo electromagnético estaba mi madre
en una camilla
compartida en dos cajas separadas
fotones microondas
la piel escaldada como si le hubiesen arrojado
un balde de agua hirviendo.
(Una simulación).
Helicópteros cazabombarderos.
Aún a varias decenas de metros de nosotros
dentro del hospital de campaña
se podían escuchar perfectamente
los gritos de dolor.
(Una simulación).
Un experimento de ciencia
de un estudiante de secundaria en otro universo.
Los niños ardían.
(Yo nunca había visto llorar a mi padre).
“El mundo es ilusión”.
(Berkeley).
“Yo refuto eso”.
(Samuel Johson
pateando las piedras).
Los gaticos vivos y muertos
subían y bajaban por las cajas.
Ascendían y descendían un agujero
Donde eran llamados por sus nombres.
(Daño colateral,
Editorial Casa Vacía,
2021)
***
He soñado un crimen floral, vegetal. Sin derramamiento de sangre. Un crimen sigiloso, delicado, como las pisadas de un actor del teatro kabuki, como el golpe rápido, perfecto, del sable del abanico de una geisha. Un crimen que tiene, a un tiempo, el refinamiento de la tortura china y la intensidad de los colores del trópico.
Un asesinato fragante, con olor, colores, sonidos sutiles. Un tumbo, una flor con un hueco como una tumba, para que se hunda en ella el colibrí. Una enredadera asfixiante que apriete esa garganta hasta dejarla sin aliento. Y luego despertarme del sueño, sin dejar rastros.
Lo que el dorado a un icono bizantino
No he protegido al Buda del patio de la intemperie, la humedad, las lluvias, como no creo que un Buda se hubiese protegido a sí mismo de los elementos.
A este lo cubre el musgo, lo limpia el sol, le crecen enredaderas. La mancha del óxido es a su cuerpo, lo que el dorado a un icono bizantino.
Lo recorren hormigas, caracoles, insectos, en un camino de naturalidad que otros llaman perfección.
Litoral
Pueblos húmedos
y pezones de niebla.
El viento se hunde
en verdes pubis de muchachas.
El zinc gotea.
Y los techos
amanecen mojados
como cuerpos
después del amor.
Sensualidad
Esas voces prietas de mujeres
como bejucos con un sol dentro
rompen las paredes
del estómago.
Esas gargantas con
agua peces
y vidrios rotos.
Esas voces prietas
me hacen saltar el ombligo.
Me echan a temblar.
Me entran por el oído
como una lengua caliente.
Esas voces.
Esas piernas.
Esos senos en rotación.
Mejores mentes
(Con ginsberg siempre, en oklahoma o en la habana,
donde lo echaron por maricón)
Yo no vi a las mejores mentes
de mi generación
destruidas por la droga el sexo
la locura.
Las mejores mentes mejores
mentes mejores mentes
se convirtieron en suvenires
en postales
ecos
en iconos mirando a íconos
sin ningún dios verdadero.
Las mejores mentes
se fueron se quedaron.
Hicieron su guarida en la boca del lobo.
A la luz rupestre de un quinqué
los domesticaron.
Se dejaron domesticar.
Las mejores mentes empapelaron las paredes
con billetes falsos.
Vendieron su alma al diablo
de cualquier latitud.
Se dejaron dar por el culo
sin semen sin poesía sin grandeza.
(Y cobraron por ello).
Nadie escribió el poema final
sobre el recibo de cuentas impagas.
Nadie corrió alucinado
por el despeñadero de la página.
Uno se colgó, encendido,
como un pan.
La poesía era punzante.
Desesperada.
Y sacaba rostros a cuchillo.
Mi memoria es un perro obstinado
Duermo con una mujer filo de obsidiana.
Duermo con un cuchillo.
Duermo con cardos.
Duermo con un martillo.
Duermo con las botas puestas.
Duermo con perros.
Duermo con sangre
en mi ropa interior.
Camino las calles
que son siempre la calle 17 # 5013
de Jaguey Grande,
donde las matas de mi infancia
fueron cortadas,
la décima guajira suena
como una pared rota
y la uva, ya no da más.
Mi memoria salta las tapias.
Escarba.
Abre un hueco.
Regresa.
(El río que me enseñó a correr perdió las piernas)
Mi memoria le da a la caza alcance.
Mi memoria es una carne puesta a secar.
Se muerde a sí misma, se cae a dentelladas.
A mi memoria hay que amarrarla
darle candela para que no recuerde.
Hay que dispararle sacarle los órganos.
Hay que hacerle la lobotomía.
Hay que abrirla con escalpelo.
Mi memoria es todo olfato.
Toda papilas.
Toda dientes.
Un animal despedazado.
Despedaza.
Mi memoria se alimenta con sangre de gallo.
Mi memoria es el sol
que ilumina las calles oscuras.
Los portones se mueven solos.
Las cercas se doblan.
Las guayabas caen a pedradas.
Y el recuerdo es más inflexible
que el metal.
Si pudiera volver a amar el limonero
y hasta la mata de naranja agria.
Los perros desentierran ese hueso, Cuba, duro de roer.
Arte poética
La poesía no tiene madre.
Ni padre tiene.
Menos va a tener hijos
Y menos aún espíritu.
Los poetas son todos unos desmadrados
que ponen cara de huérfanos
al mejor postor.
Hoy vi la luz de Cuba
Hoy vi la luz de Cuba
diáfana
en el patio de mi casa.
Y porque vi la luz de Cuba
vi el colibrí.
Brevísimo.
Un instante.
*
Antes de que mi madre muriera
y en su entierro,
vi el colibrí.
Y ahora todos los pájaros son mi madre.
*
Los hijos son los ríos
que van a dar a la madre
que es la mar.
(Mi memoria es un perro obstinado,
Mérida, Ven. /
Ediciones de la Línea Imaginaria,
Quito, Ecu.,
2022)
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