a Delfín Prats
Yo te amaba, Atis, una vez hace mucho tiempo.
No sé ya cómo puede escribirse en poema
Mucho menos un poema tan impresionante como nuestros
sentimientos
Porque nada es parecido ni nada puede serlo ni decirlo ni
descifrarlo
Porque si uno estuviera muerto hubiera muerto y nada más
Pero estamos vivos y todo lo demás son simples justificaciones
de vivo
Todo lo demás somos nosotros tratando de sobrevivir a diestra
y siniestra
Por un poco más de amor o por un poco más de comprensión o
de palabras
O de algún gesto que nos detenga en el tiempo para estar justificados
incertidumbre
Es masturbarse con la metafísica
Es preferible masturbarse cuando se ama un cuerpo hermoso e
inaccesible
Es preferible la imaginación la lucha encarnizada
No sé si es posible expresar en un poema:
Uno está tan destrozado –pero tanto- que hasta los actos más
elementales nos son casi imposibles
Los actos que nos fueron tan cotidianos otras veces nos exigen
un esfuerzo aterrador
Es demasiado tarde para volver a la inocencia o al pudor cuando se ha
sido insensiblemente asqueroso
Cuando se ha amado hasta extremos inexplicables o se ha sido egoísta
o se ha sobrevivido de una forma en que convenza en tan
poco a esta elección
El destino (¿deberíamos aceptarlo?)
El amor (para después concebir esa indiferencia que no conlleva
en sí más que un estado religioso)
Con seguridad aspiramos a algo más terrible o sublime
Una catástrofe que se parezca a la muerte
Una catástrofe dentro de nosotros que se llama: la poesía.
Luego cabría preguntarse si estamos perdidos
Si lo hemos estado por fatalidad o por una simple elección
El verso de Safo me ha hecho pensar meses
Pero nos engendramos en contra del tiempo.
Nos convertimos en tiempo:
Tiempo que combate en contra del tiempo
Es lo que yo llamaría la catástrofe mayor. El espanto. Las
noches en vela.
Y los días en que se camina ni siquiera a un sitio imaginable
No hablemos de la desesperación
Estoy más cerca del suicidio que nunca
Estoy más cerca de mí que en ningún momento antes de mi vida
Me siento más capaz de admitir que de comprender y esto es lo
que me hace más temeroso de mis actos
La soledad mordiéndose las manos
Uno comienza por ir destruyendo la realidad para quedarse con sus
sentimientos
Uno termina muy cerca del río de la muerte
A orillas del agua de la muerte que corre
El agua de la muerte: su pavorosa transparencia y su dulzura
y su miseria y su asco y su molicie
Y el cuerpo resplandece porque él quiere justificarse
No quiero hablar de la locura
He luchado a favor y en contra de esos diques
Sólo unos instantes fuera o dentro de la razón (o el suicidio o la
locura)
Las dos formas más temibles de muerte que conozco
Quisiera elegir una de las dos
Quisiera elegirla porque desprecio hondamente la magnitud de
la bajeza humana
Quisiera porque es imposible elegir el espíritu
Sería elegir un subterfugio para marchar al suicidio o a la locura
Quisiera porque uno se ha elegido ya humanamente o lo han
elegido
Y ha probado el veneno y el agrio despertar y el ensueño
Y ha creído en la sabiduría y en la inteligencia
Y en todas esas tonterías por las cuales hemos querido
sobrellevar a toda costa la existencia
Porque tememos no haya más
O
h
d
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s
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r Safo Divina
Infancia
Cuando nací el acecho era innegable.
Desconozco los meses y los años,
y mi ignorancia me deja sin sentido
cuando pienso:
¿Será posible que yo lo haya vivido?
Hoy subo a un ómnibus
me fijo en un niño de cabeza deforme
y me pregunto: ¿Si había algo en mí
que me asustara
cuando yo fui como ahora un recuerdo?
(¿Es esto duda o la vergüenza
de hacer oculto donde nadie?)
Porque lo pienso y lo vuelvo y lo renombro;
y nada en mí da con mi hallazgo,
de no reconocerme, de no saber mi infancia:
¿Hubo un pequeño perro muerto?
¿Y mi madre, y el sanatorio, y los algodones,
y la sangre, y el día de Reyes, y mi padre,
y la pistola de calamina que no disparaba?
–Hay risas inconclusas
fragmentos tensos que nunca se deshacen-
¿Me asustaron alguna vez con algún “coco” o “el negro”?
¿Y el árbol tremendo? ¿Y el sexo?
Hoy, cuando este niño sonríe temeroso,
no soy yo el que recuerda,
que fue una vez sonriendo
que ardí en aquel patio. ¿Y las marcas
en los hombros y los dolores,
y el testimonio de toda la agonía,
no son esa sonrisa de ese niño deforme
que hoy no se reconoce?
¡Qué saben sus padres que cargan a sus hijos dulcemente!
–Érase una vez un pueblo pequeño y desastroso
donde mi abuela muere
y mis primas y sobrinas cantan…
Bar
¿Cuál es su nombre, cuál es el nombre de este sitio?
¿Cómo se llama?
Ni el aullido del agua entre sus ruinas ni la madera podrida
de esos restos
¿Cómo se llama el tiempo –cómo es-, cómo se dice?
Él habla de esos días madera de esos bosques perdiéndose
en el mar:
Discutimos, gritamos, nos fuimos a las manos y el tiempo
era quien esperaba
Ni tú ni yo: el tiempo
Tan sólo los restos de ese sitio
El lugar inevitable como otro cualquiera
donde algunos como tú y yo se dicen palabras que luego
mueren:
“Se fueron a los ojos,
se hundieron, se mataron, se hirieron”
No cabíamos: ni tú en mí ni yo en ti
Como historias ridículas:
(Los personajes esos que gesticulan al fondo de alguna
película cuya más importante escena está ocurriendo)
Los dos
Como si no fuéramos ¿Quiénes?: Ni más ni menos que los dos
Los dos grandes consumidores de nosotros dos para el olvido
¿Y ahora?
¿Cuál es el nombre de este sitio? ¿Cómo se llama?
Fui lealmente mísero perro hambriento alcé las patas del
recuerdo
Nada de lágrimas, nada de ladridos, nada de escenas
Se hunde a pesar de nosotros
Se va por el mar bote remando
Se hunde en el mar como en nosotros
Porque el tiempo lo esperaba –digamos- “más de prisa”
Porque él sabía que nosotros éramos el pretexto de su vida
Y que su nombre alguna vez buscaría detalles en nosotros
¿Y ahora?
Ya no hay gramolas, ni canciones, ni discos de Vicentico
Valdés,
ni mesas de madera, ni taburetes, ni botella de ron, ni Coca
Cola.
ni intervalos, ni el viejo camarero que entra cansado y se
equivoca
y nos pregunta: “¿Algo más?”, ni yo que grito: “¡Quédate,
quédate, quédate conmigo!”,
ni un vaso que se rompe. “No nada más; tráigame la cuenta”
El Morro está a lo lejos
Los barcos dispuestos a ser ingeridos de otra forma
De allá acá o para siempre sin un sitio
Al menos como éste que se hunde sin un nombre;
sin que él sepa que representa:
Como no sabremos el nuestro nosotros
Como hemos sido en cuanto a lo que nos tocaba sin saberlo:
(“Vivir con las palabras es una cosa; vivir fuera de las
palabras es otra
Vivir con la vida es otro asunto. ¿Cómo vivíamos?
¿Se vive? ¿Es que se vive? ¿Qué es lo que se vive?”):
Una noche parece bastar para toda la vida:
Aquella después de ver La Strada en Bellas Artes
Te sentaste en el banco frente al palacio presidencial: llorabas
¿Tú sabes lo que es eso a la una de la madrugada debajo
de estas luces
donde se oye el rugido del mar sobre las rocas y la luna es
tan tremenda?
Pues sí: lloraste
Saldré a caminarte. La avenida del puerto
La Iglesia de Paula
Las llamas de la destilería
Las luces contra el agua. Los destellos en las piedras.
Los instantes clavados en el cuerpo mientras me siento
en el muro del Malecón
Saldré a hundirme con ese sitio
Rodearé sus maderas y su nombre que no conozco
La virgen negra que está enfrente
La Santa Bárbara que está a su puerta
Las voces que suben al embarcadero o bajan a perderse
con la lluvia
o en otras voces que no sé si son esas u otras que oído hace
mucho
El agua que asiste a devorarnos.
En mi haber
-Ha habido desde que soy consciente;
tantos decididos almuerzos, tanta delicia falsificada,
tanto darme cuenta del engaño de todos nosotros:
Nadie me ha querido: ni un relámpago, ni un poco de agua,
ni la goma con que borro mi nombre,
ni los horrores que son tan míos y sólo yo los compadezco,
ni la máquina de escribir, ni un automóvil,
ni la luz que sabe su último momento
cuando observa que voy a echarme para vencer el tiempo,
comerlo –destruirlo en mí– para ponerme luego a lamentarme,
a decir: “¿Qué he hecho?” “¿Dónde he estado?” “No lo
merezco”.
Quisiera entonces espiar en cualquier parte donde se diera un beso,
sin señas sin subterfugios sin agonías
sin nadie con una mancha de penumbra y sangre entre los labios.
Pero estamos ciegos,
desde el principio estamos ciegos y compadecidos;
por lo que no conocemos y hemos creado con nuestro maldito miedo.
En mi dormitorio
cerrado paso a paso: agonizo o me despierto.
Es la imagen de algún desconocido
o la conmiseración de mí mismo
la que me hace pensar en estas paredes blancas
y en las múltiples veces que han muerto en ellas:
palabras o sombras figuras o ademanes desesperados.
Preguntas y deseos caen sobre mi mente
como si aguardara despertar de algo que hace mucho me
atormenta:
¿Cuándo conocí a quién o cuándo me despedí en dónde?
Todo parece tener un sentido que humanizo demasiado.
Lo que sucede o no ha sucedido
desde que tengo uso de conciencia;
y lo que ha de sucederme y trato de no premeditar
para no hundirme definitivamente:
El terror a cada paso, el Instituto, los sollozos y
la muerte ya como sin darnos cuenta y
que ahora lo resume en aquel hombre:
-Era una noche en que mi hermana
había marchado al hospital de parto.
Lo hicieron bajar de un autobús
frente a la puerta de mi casa.
Lo golpearon. Yo estaba herido y sanguinolento.
No tenía pecho ni idea ni medida del odio y el silencio.
Pensé que era una locura salvaje que sólo existe en sueños.
Cerré los ojos y al abrirlos volví a verlos:
Allí –en el centro de la calle-
me supe el crimen la injusticia y la violencia.
Me lo aprendí para sufrirlo y luego
de igual forma me tocó la muerte en lo que amaba;
para saber que hay un dolor tan tenso
que nos arranca el habla y que nos niega
el creer en los demás cuando hemos visto:
Que el hombre al hombre mata
tan sólo porque un signo de violencia lo acostumbra:
a que su gloria y poder son inviolables.
Anti-climax
Entro en La Habana a un bar que llaman El Pastores.
Me acompañan dos amigos. El mar crece a lo lejos.
La noche pone su dedo sobre el puerto:
en esto un árbol yacía entre mis párpados
me soné la nariz y apareció un bosque
«carra blanca con ginger» abrimos las tres bocas
me abro la cabeza y un puñal pequeño me atraviesa.
Por la mañana tengo el primer vómito de sangre
de aquel bosque arranqué lágrimas que tuve
mucho tiempo sobre el pecho estaba desnudo y me
miraba otra piel y un diente pequeño nacía de mi frente
tuve un miedo terrible a no ser yo mismo.
Mi madre me echa en cara todos mis defectos
sólo es que tengo miedo de ser descubierto y castigado
de por vida me desmayo escupes
sobre mis labios en silencio sobre el resto de mis días
hasta que arrancas caes sobre mí que voy a morir ahora
me doy cuenta que se trata de un día de septiembre
finalmente me arranco los ojos y pongo tu nombre
entre las cuencas vacías.
Por la tarde tengo el segundo vómito de sangre.
A esto se le llama morir por amor a lo Margarita Gautier
si me tomo una cerveza estoy completamente seguro
de que voy a ver a Dios golpeo sobre la barra
te busco en una pareja que baila
porque sé que te he perdido entre tantos
mis dos amigos se matan a arañazos
una piedra suena sobre el bosque como una piedra
y otros me buscan como yo a ti te amo
desde mi pecho crece un buitre
te amo dolor mío todo empieza a morir
te amo amanece.
Mi madre hace la historia de todos los que han muerto en
mi familia. Por la noche tengo el último vómito de sangre.
como en aquella historia que recuerdo
no sin algo de su susto y vértigo a la vez.
Mi madre habla constantemente de los ojos azules de mi tío
te cuento aquella historia de mi pare irrumpo a llorar
salvajemente una curiosa me mira tú me aprietas las manos
descubres que me quieres o me tienes lástima
estoy asustado de tanta mentira,
pero me he salido con la mía y ya me perteneces
vivos afuera suenan la lluvia y el viento.
Mi madre copia estas palabras mientras vienen a buscarme.
Participación
Los ojos salen, buscan el techo de la casa de enfrente.
La antena del televisor. Las ventanas azules.
Como de otra época u otro principio esa misma mirada te recorre.
Hondo a tu cuerpo como si él no fuera otro como lo crees.
Pero eres tú mismo el que lo sabes,
el que te lo has repetido noches y semanas:
«Debe ocurrir, debe ocurrir», y un día me desconozca.
Las cortinas estén descorridas y penetre el sol;
el sol de otra época que no haya sido ésta que te tocó vivir.
y de la que sin embargo tú no te arrepientes.
No podrás arrepentirte como de tantos otros sucesos
/ que no fueron predestinación.
Donde tú andas sin nadie y te has acostumbrado;
a esta ciudad de La Habana y su noche rota de una
/ pedrada dentro de ti.
Esta ciudad a oscuras de tu alma en que creíste y
/ ahora serás desterrado:
Viniste a conocer el odio, el miedo, la hipocresía;
las palabras benditas y las aborrecibles,
para que esta ciudad pueda vivir y tú obtengas el tacto
/ seguro;
el dolor y la angustia por la que ella se hace conocer.
Llegaste en una época donde un mundo empezaba a
/ consumirse
y habían cosas esperando junto al fuego:
La palabra Revolución ardía.
Ardían las palabras como los muertos o torturados que
/ viste al pie de cualquier esquina,
donde alguien jugaba al número de su suerte
sobre algún cadáver que todos habíamos provocado.
Surge el horror que pueden tus ojos y el recuerdo
-presa su imagen- indefinible.
Surge tu soledad como una espalda o una hoja de papel
/ dispuesta
a ser usada, escrita, o si es posible: rota.
La Habana, junio de 1965-agosto de 1967.
Visto
Me he dado cuenta que ya no amo.
No me ha dolido ni un rasguño no me lo noto por ninguna
/ parte
Me busco en los brazos toco el cuerpo y ni una marca
Toda hacia dentro se me vuelca el alma
Me pasa como aquel que no conoce dice y no lo siente
No sé qué soy conmigo dónde he estado si vuelvo o si
/ regreso
Me pesa un sol la vida
Me hieren como a un ciego las palabras
Hay nombres que se clavan en mis dedos: lugares
/ órdenes venganzas
Nadie me escucha y ando corro estoy cayendo y mi
/ enemiga la muerte se me acerca
Estoy tan solo que no hace falta que lo diga: basta con
/ mirarme
Para C
–¿Cómo que eres cuando tu voz amargamente
argumenta no ir a ningún lado?
Quedarse a decir:
“No quiero esto ni lo otro
yo soy como soy ahora mismo y ya más nadie”
Pero luego:
Estás callándote la vida
Estás muriendo lentamente por tus ojos
en muertes que otros alimentan
y además de morirte qué es lo que haces;
sino seguir muriendo:
Tus ojos hechos para esta tierra
–ceniza vegetal o dura piedra-
no sabrán responderte cuando el tiempo
pida cuentas y te nombre
entre las cosas perdidas sin remedio.
Y para entonces será tarde,
porque todo será: crueldad o cinismo.
La misma historia que escoge cada hombre.
Si pudiera esperarte yo lo hiciera
aun con el pecho hecho pedazos;
pero pienso que es larga la noche
en que se espera que algo sea.
Si pudiera,
con mi dolor intenso de fiera maltratada:
Te buscaría en otro rostro desdeñado
para hacerte como quiero.
Descubrimiento
El corazón se agolpa
Parece que no son las seis de la tarde;
que no ha recién comenzado la desdicha,
la inoportuna angustia o el consabido anochecimiento.
¿Cómo es que aún puedo ser capaz de la emoción?
De esas hojas al suelo henchidas de sol y muertas;
Como animales en estampida que se hubieran paralizado
–verlas: haberme quedado pensativo durante largo rato y callar.
Porque todo va y viene de mí mismo y siempre ha sido.
Busqué: hace destrozos que estoy buscando:
hace caballos moribundos ojos deshabidos. El hilo de mi propia
búsqueda que enrolla y desenrolla: un cuerpo y otro cuerpo:
y el mío, y es preferible que pare de contar y caiga:
como esas hojas que he visto rodar casi de tierra;
al viento de su propia inercia.
Además de que sepamos que todo pasará:
Que el mundo tal y como lo hemos pensado
puede que sea un error
–un débil error de nuestras mentes–:
A pesar de que mañana nos levantaremos
para olvidar (a mañana
cuando haya pasado mucho tiempo me refiero);
para olvidar las tristes camas
que deshicimos algunas noches;
para amar y marcharnos temprano.
Con agonía y sin miseria
pero con un dolor tan serio
como de creernos que habíamos nacido
con esa intensidad de sufrimiento:
“Nos buscaremos más allá de nosotros
pero nuestra comunicación es un misterio
que muere a cada palabra
y luchamos ferozmente por no reconocerlo”.
Por eso no sabemos si somos la vida
o el propósito de serla: un acto, una mirada;
andar callados o engañarnos
con decir frases triviales,
o la batalla o la pasión de conocer
que un día:
Ya nada nos importe:
Ya todo sea un poco de lluvia que se pierde:
Ya nada ni nadie nos sostenga.
Envío
¿Sabes?: En ti estoy todo yo. Me he ido contigo.
Me he quedado a expensas de un mundo que ignoro: voces que
ignoro:
objetos que ignoro. Me extraña y me horroriza esa facultad tuya
de haberme llevado sin que lo notes.
Al principio creí que eras tú quien te habías quedado, pero
después: te iba buscando y no hallé nada.
Tú no estabas en aquella casa, ni en mis libros, ni en Los
hasta que la cosa se hizo tan real:
Que entonces me di cuenta que yo también había partido.
Encuentros
–Si alguna vez tu mano comprendiese:
El hondo y desolado amago de la noche,
en que se enciende un cigarrillo o se acaricia
brevemente, el rostro que sabemos ya perdido:
El cabello sobre la almohada
Los ojos fijos en que parten los mejores momentos
de un amor que más tarde se ignora o es más
se lleva como un grato recuerdo –que es lo peor
cuando se comprende–.
Después: la ventana entrecerrada y la primera luz que nos
presagia:
Qué hemos vivido hasta hace sólo unos instantes.
Pero es cierto;
y la duda de no saber qué es lo que pasa.
De por qué es que transcurrimos de morir,
ignorando que no es posible detenerse en nada:
Que todo no es más que un transitar a lo indecible
donde ni yo ni nadie nos amamos,
donde tal vez en un momento de silencio
hemos vivido sin darnos cuenta todo lo que nos quedaba:
(La ansiedad de algunos gestos que no llegamos a realizar
Nuestros dedos sin tocar el cuerpo que de verdad nos place
La conversación a medias que pudo ser tan definitiva
O el placer que no nos satisfizo)
Y luego:
¿Hasta cuándo y cómo los días quedan y se hunden?:
en nosotros quedan como la sed o la madera;
o se hunden en otra mano que nos toma.
Primer pequeño testamento
Estoy tan solo como la muerte
Haberlo comprendido me ha hecho poderoso
Las palabras que solemos decir no son las justas
Justas son nuestras acciones que todo lo demuelen
El pasado y mis enemigos me han enriquecido
He aprendido el amor como quien busca cactus espinosos
He llorado la sangre de mis dedos y las heridas me suenan
como una guitarra milagrosa.
(No hablemos de la desesperación,
1º edición, Madrid: Ediciones El Puente, 1970;
2º edición, Madrid: Ediciones El Puente, 1983;
3º edición, Madrid: Editorial Betania, 2026,
Introducción de Felipe Lázaro,
Prólogo de Isel Rivero,
Epílogo de Pío E. Serrano;
Portada: Acrylic on canvas, del pintor cubano
Waldo Balart)
JM Nació en 1940, en Güira de Melena, un pueblo al sur de La Habana,
Libros (por orden cronológico):
-El grito (La Habana: CTC-R, 1960).
-La conquista (La Habana: Ediciones El Puente, 1961).
-De la espera y el silencio (La Habana: Ed. El Puente, 1961).
-Clamor agudo (La Habana: Ediciones El Puente, 1962).
-A través (La Habana: El Puente, 1962).
-15 obras para niños (La Habana: El Puente, 1961 y 1963).
-Teatro infantil. La torcida raíz de tanto daño (La Habana: El Puente, 1963).
-Muerte de amor por la soledad (La Habana: El Puente, 1965).
-Segunda Novísima Poesía Cubana (La Habana: El Puente, 1965).
-No hablemos de la desesperación (Madrid: El Puente, 1970 y 1983).
-Dharma (Madrid: Ediciones El Puente, 1979).
-Ideas sobre Cuba y su futuro / El microcosmo de Miami (Madrid: El Puente, 1979).
-13 poemas, 1973-1987 (Madrid: Editorial Betania, 1988).
-El grito y otros poemas. Antología (Madrid: Betania, 2000).
-Dos poemas inéditos, in memoriam (Madrid: Editorial Betania, 2003).
-No hablemos de la desesperación (Madrid: Editorial Betania, 2026). .
Graciasss/www.insularismagazine.com/esp/jose-mario-felipe-lazaro
Graciasss/www.arbolinvertido.com/no-hablemos-de-la-desesperacion.pdf
Graciasss/www.arbolinvertido.com/libro-no-hablemos-de-la-desesperacion
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