NELSON SIMÓN

Imposibles
 
Ahórcate un momento.     Cuelga de uno de esos días
en que el país asfixia.
Cae y deja fluir la leche de tu carne
pasto para el gusano y el absurdo.       Permanece.
El sueño no basta.        La escritura no libera tu espíritu.
La culpa ha de ser la misma
y a esta hora las vacas pastan sigilosas
en sus jugosos cuartones turísticos
bien diseñados, de un verde que deslumbra
y seduce.     Para ti la fiebre.
La cabeza que se parte de tanto pensamiento atascado
y tanto animalito fosforescente e imposible
que entra por los ojos.
El mundo ante ti,     virtual,     ajeno,     futurista;
pero aclimátate en la cueva
donde sueñas aquello que ya soñaron otros hombres.
No alces la mirada.      Sé humilde
hasta en el modo en que te tiendes a contemplar el cielo.
Envejece con resignación
ahorrando el oxígeno y los días
que se deslizan bajo tus pies:
“se están vendiendo parcelas en la luna…”
“Dolly tiene otra hermana…”
“El Euro ha unido a Europa…”
“Por la calle Alcalá un millón de homosexuales
demuestran que las aguas de un río
nunca son las mismas…”
Las palabras no alivian.     Son la cáscara
atascada en los remolinos del fregadero.
Entramos al milenio y creo oír las mismas voces.
Pedaleo en mi bicicleta forever siempre forever
azul pastel                   
y el cielo oxidado sobre tus párpados,
el plátano que abunda
y el sinsonte sin argumentos sobre la madrugada:
maneras de asumir la resignación y el sexo
cada vez más escaso y necesario,
cada vez más caro un minuto de tierno placer.
Asómate.     Sé el gato que imperturbable,
en la ventana,  
ve pasar la vida.
Ahórcate un momento.    Cuelga de uno de esos días
en que el país asfixia.
 
(In vitro, inédito)
 
***
 

(otras caídas)

Una manera de caer y otra.
Caída libre, una manera de decir:
Pasan años. Pájaros negros que vi volar desde la infancia.
Qué no cuervos. Qué no los mirlos locos que vi
dibujando círculos, soledades,
en las tardes de un pequeño pueblo de Castilla
mientras me preparaba para saciar los deseos de un hombre.
Pájaros políticos. Agoreros pájaros que vieron
antes que yo esta caída siempre más al fondo.
Qué miraron dentro de mi boca.
Su pico curvo debió decirme algo que no pude traducir.
El gesto al fondo. En mi garganta.
La pobreza de un país, reciclándose.
Días que no supe avizorar.
Otras maneras de morir. De caer
de uno hasta uno mismo.
Ser plomada. Devastación. Cañaveral que vi arder en sueños.
Ser lo que recojo a manos llenas.
Pájaros negros que heredé.
Una caída y otra por decir:
no hay peor abismo que el que ayudamos a cavar.


(ruta migratoria)

Aquí acaba la isla y se levanta el faro
como una gran cerilla en medio de la noche.
Como un dedo que apunta hacia Dios.
Una vez al año, las aves del norte pasan por aquí.
Vuelan en sentido contrario, viajan hacia el sur.
Vuelan ciegas. Sin mapas. Sin rosa de los vientos.
Sin certezas. Solo con su intuición.
Una vez al año, los hermosos pájaros del norte
se exponen al peligro de viajar en contra del viento.
En contra de las manecillas del reloj.
En contra de la lógica de los hombres.
Y una vez al año el cielo se fractura, desciende sobre la isla
y el césped que rodea al faro se cubre de pájaros muertos.
Pájaros sin nombre. Pájaros que se estrellan
contra el ojo insomne de este dedo de piedra
que parece culpar a Dios.
.
Diminutos cadáveres que no tendrán su digna sepultura.
Exóticos pájaros que nunca nos dirán
por qué vienen a morir al sur.
 

(losas)
 
Así, como esas losas que alfombran el piso del salón,
quise fuera mi vida.
 
De niño me senté sobre una piedra a imaginarla.
En mi juventud la consumí como un cigarro.
 
Ahora la miro con cierto extrañamiento:
Cenefas, abismos, coloridas filigranas
componen el caprichoso tapiz.
 
Alguien barrió las huellas,
recompuso objetos y señales
que llevaban a mí.
 
Lo terrible no es caminar sobre un piso
de mosaicos que ya no se fabrican.
 
Lo terrible es no saber volver atrás.
 
 
(tiempo muerto)
 
En la tarde, como las gallinas o los carneros regresan a casa,
vuelven las palabras.
 
Los días y sus sucesivas carencias
las alejan de mí. Es inevitable.
 
Asumo que no quiero decirlo que el coro grita.
Asumo que hablar de la esterilidad, me acerca a ella.
 
Rótulos nuevos aparecen en la ciudad
y empezamos a ser lo que nunca quisimos.
Cuento lo que me va quedando:
días que consumí sin darme cuenta.
Paisajes a los que di la espalda.
Algo diferente al futuro.
 
Con un hilo de cobre uno lo que aún logro reunir.
 
Lo hago en la caída de la tarde.
 
Y mi mano izquierda se resiste a escribir
lo que la derecha dicta.
 
(Línea de flotación, inédito)
 
***


Asociaciones
 
Comía un mamey. Hundía la cuchara
en la pulpa olorora
de la fruta
y pensaba
en la similitud
entre la carne
del mamey
y la carne
de un hombre.
Asociaciones
involuntarias.
Trampas del inconsciente.
Relación entre dos objetos
distantes
que el deseo vincula
y la cuchara
ahueca.
Uno a uno los nombres
que no me atrevería a nombrar
rodaron por mi lengua
y con ellos
volví a sentir,
contra mi paladar,
Los cuerpos que alguna vez
estuvieron dispuestos
para mí.
En el breve recorrido
que la cuchara traza
de la fruta a la boca,
Se disfruta otra vez
de los recuerdos,
del instante,
de la seducción.
Hay un tiempo
que en todo
se queda detenido.
La cuchara que horada
y escarba
en el mamey
también lo hace en la memoria.
Pasa mi lengua por su pulido borde
y en esa boronilla de la carne
jugosa de la fruta
me demoro.
Pues su sabor dulzón
se me confunde
con el sabor q
que ellos
me dejaron.
Apartó la semilla
y otras hebras amargas.
Escribo. Traduzco
en papel
asociaciones.
De lo que fue la fruta
solo queda
-en mi mano-
como cuenco vacío
la cáscara rugosa,
la cuchara en el aire
mientras pienso
en la similitud
que siempre ha de existir
entre la carne del mamey
y la carne de un hombre.
 
 
Lección de botánica
 
Le dije: “Aquí he sido feliz"
y le mostré la ciudad
como alguna vez
le mostré mi cuerpo.
Hubo en él un temblor
similar a la primera vez
que pude poseerlo.
Caminábamos frente al Prado
y él también parecía
un cedro libanés:
en las manos tenía un reflejo plateado 
y algo clásico, 
casi helénico 
(no advertido hasta entonces)
en la barbilla.
El Neptuno, Cibeles,
la Gran Vía, se fueron sucediendo
y yo iba nombrándolas
como un maquinista de trenes.
Sus ojos, hechos de la humildad
de los paisajes de la isla,
apenas parpadeaban
cuando en susurro dijo:
"tú eres para mí lo que Madrid
ha sido para ti".
Y al mirar hacia él lo vi alto y húmedo:
ya había crecido tanto como un cedro libanés.
 
 
Ragazzo
 
La palabra ragazzo, no tiene traducción:
lo aprendí bajo la luz intensa del verano de Roma,
aún fascinado por el mármol piadoso
de la fuente de Trevi; mientras recorría,
-invisible y absorto- Piazza Venezia.
Perdido en la conversación sin sentido
que sostienen los turistas; cansado
de admirar los estragos del tiempo
que hace polvo la carne y silencio la piedra,
me senté en un banco
a ver cómo la tarde descendía hacia el Trastevere.
Con ella, envuelta en sus pañales, iba mi alma,
y alguna ilusión vana como el país del que había llegado.
(Por entonces había comprendido que la isla
siempre habrá de dolernos como un cardo, que, pobre,
se enquista en nuestro pecho).
La palabra ragazzo, no tiene traducción:
no la busquéis en vano en los diccionarios,
no preguntéis por su significado ni en las plazas más nobles,
ni en las sórdidas tabernas donde el humo del tabaco
y el olor de la cerveza, se entrecruzan como un cisne invisible
que te empuja hacia la tentación.
Los sensuales muchachos de La Habana,
abiertamente tristes como sus playas,
nunca podrán ser nombrados con la palabra ragazzi.
Los alegres chicos de Andalucía, con labios
que se ofrecen cual carnosas olivas,
nunca van a reír con la dulce perversidad
de un ragazzo. Los modernos jóvenes de Nueva York,
con sus músculos perfectos como el acero
que sostiene a su ciudad,
no pueden abrazar con esa pasión antigua,
mezcla de sangre
y lirio tostado por el sol mediterráneo,
que arrastran los ragazzi.
El ragazzo se sentó a mi lado en el sencillo banco
de Piazza Venezia,
y la ciudad de Roma, hasta entonces sólo esplendor
de ruinas y de sueños,
fue otra de repente. Tuvo el misterio y el glamour
que yo había imaginado para ella.
Habló y apenas pude comprender,
al extender su mano, firme como los puentes que atravesamos,
que me invitaba a andar,
cuando junto a la tarde descendimos hasta el Trastevere.
Vimos pasar los botes y algún pájaro gris,
cual fantasmas románticos.
Sentimos en nosotros el aroma culpable de los hombres
que antes se habían amado junto a las calmas aguas.
Nunca dejé su mano. Nunca dijo su nombre ni quise preguntarle.
Pudo llamarse Adriano, Fabrizzio, Giuseppe, o Giuliano:
nombres que siempre dejarían su música en el esmalte de mis dientes.
Su perfil me acompaña aún como las imágenes de esos jarrones
que he visto en los museos. Su boca me sigue recordando
la luna atada sobre el Trastévere. Su pelo descuidado,
su cuerpo perfecto y dispuesto
solo pueden caber en esa palabra intraducible: ragazzo.
Yo aprendí aquella tarde lo que ya Pasolini
había visto en los pepillos romanos,
lo que le hacía vivir, cada noche, al borde del abismo,
siempre dentro del puño pálido y seductor de la muerte.
 
(Dimensiones variables, inédito)
 
***
 

Discurso del equilibrista
 
Todo no ha sido más que un simple juego de apariencias,
una efímera ilusión o un instante de luz que me cegaba
y en el que yo tenía que alcanzar, a toda costa,
a pesar de los riesgos y del difícil arabesco
que trazaba mi cuerpo,
frágil como una rama entre los paños del aire,
el lado más azul de lo imposible.
Y todo lo aposté por mantenerme limpio,
derecho como un dios sobre este mundo de cristal y espanto.
 
Yo recorrí la vida con los brazos abiertos,
casi queriendo abrazarme a mi propio dolor,
a mi inconstancia;
y con los ojos fijos en la otra punta de la cuerda
que suponía tensa bajo mis pies,
soportando mi vértigo y mi pecado diario;
pero era tan difícil balancearse con elegancia
sobre mi pesada sombra,
dar el giro mortal, dibujar figuras incomprensibles
y luego regresar al punto del que había partido
con el corazón íntegro, a salvo, sin que de él probaran
los ángeles y demonios que revoloteaban a mi lado.
Era tan difícil regresar hasta el que habíamos sido
antes de aventurarnos a aquel cotidiano viaje,
mantenerse erguido sobre todos los que esperaban
cayera hasta sus pies con más terror que un eunuco ciego
atormentado por las algodonosas caricias
de los frívolos adolescentes de la corte.
 
Todo no ha sido más que una mera invención,
un sueño con el que me creía diferente y más cerca
de aquella perfección que todos añoramos.
Jamás hubo otra orilla esperándonos,
pues toda orilla y locura
nacía y moría dentro de mí mismo
como entre los negros telones de un teatro.
 
Todo no ha sido más que un juego de apariencias
y hasta logré engañarme al creer que yo,
simple y hermoso mortal, podía entrar,
como quien penetra a un patio muy íntimo,
a esa blanca vanidad que es el equilibrio.


Vuelo del pájaro
 
Y ahora debes cortar el aire como si fueras
un pájaro de verdad y no esa figurilla
ridícula y hermosa que es un hombre.
Sobre tu espalda pesan los mil ojos del público,
todas sus vanidades y miserias están puestas
sobre el azul intenso de tu traje
que te hace semejante a una lejana estrella
y apenas te das cuenta de tanta perfección
cuando tu cuerpo cruza
como caña de luz sobre el abismo.
 
Tu camino es el aire y acaso no es el aire
también nuestro camino,
ese hilo de vida por el que andamos haciendo peripecias,
dibujando parábolas que apenas quedan hechas, ya se borran
y ya nadie recuerda y ya a nadie conmueve el miedo
que pusiste en cada intento, ni la gracia, ni el rubor,
ni el arte de doblarte sobre el mundo,
como si todo tú fueras solo una hoja limpia y buena
cayendo sin destino.
 
Está alto el trapecio,
pero altos también fueron tus sueños
y aquellos que apenas brillan bajo tus pies
son solo manchas en el brillo de tu solapa luminosa,
breves salpicaduras rojas y moradas y grises y amarillas,
tristes sombreros que se agitan simulando la alegría,
sedosos pañuelos que no tendrán piedad
si tú tropiezas.
Por eso atiende a esa brecha de aire manso
que siempre existe entre los vaporosos pliegues
de la muerte.
No pienses que mañana nadie recordará
tu hazaña o tu fracaso
porque ahora mismo tú estás mirándote
desde una silla con espaldar incómodo y suficiente,
tú mismo estás quedándote
como una marioneta, colgado del minuto
en que rompas el aire con tu vuelo
y ya no seas hombre sino lo que soñaste.
 
Ha de quedar perfecta tu cabriola,
mas, que el calor del júbilo y los ciegos aplausos
no envilezcan tu blando corazón.
Asombrarás a todos con ese fogonazo
de tus manos chocando con sus manos en el aire:
extraña comunión, llanura donde el rumor del pasto
se funde con el rumor de la noche inabarcable.
Regresa sobre él, gira frente a su cuerpo
como frente a un espejo tranquilo,
pensando tal vez que este instante no sea repetible.
Cuida de que ambos refuljan como un anillo de oro
en ese ir y venir entre tinieblas;
nada sabrán de tus desastres, nada de tu soledad
aquellos que al inclinarte y hacer tu reverencia,
esperan repitas la acrobacia,
ese riesgoso acto de dos hombres amándose
mientras cortan el aire ligeros como pájaros.
 
(Animal de circo, inédito)
 

*** 


El peso de la Isla
 
Y ahora que soporto el peso de la isla,
que cargo con mi país
como quien carga una pesada cruz
o el más necesario de los equipajes,
no sé hacia dónde voy,
no sé lo que me aguarda si logro amanecer
y tocar otro día, otro peligro de humo en la garganta
haciéndome toser para intentar ser puro
en la espesura de un café demasiado mezclado
que puede no esperarme,
en un amor de bestia que se escapa
al verse acorralada,
de animal manchado
que inevitablemente se remonta
hacia su propia trampa.
 
La vida no es un sueño.
Es más la pesadilla de ir
haciendo los días poco a poco,
de irlos amontonando, lanzándolos
como inútiles piedras
hacia el fondo abismal de un viejo pozo
al que tenemos miedo de mirar,
miedo de ir a asomarnos y no encontrar
lo que esperamos,
lo que quisimos ser y no pudimos
porque la vida no es un sueño,
es más la pesadilla que nos van regalando,
es una casa mínima, impersonal,
una casa sin flores ni árboles frondosos
que protejan,
un número en el lugar del rostro
para ocultar la huella de los pájaros,
la sombra que sus patas dejaron
marcadas en mis ojos
dulces y venenosos como almendras.
Mis ojos de muchacha que intenta pestañear
y ser la eternidad,
verse entre blancos vuelos de domingo
caminando por una ciudad de casas nobles,
de aceras desprovistas de ese aire de muerte
que anda por mis aceras.
 
A nadie, más que a nosotros mismos,
debemos estos gestos tan débiles,
la gracia de la voz y el abanico,
el toque de la luna sobre el pubis,
estos cuellos de cisnes
tan frágiles y hermosos.
A nadie debemos el terror de esa vida
sobre una cuerda floja,
ni el traspiés,
ni la familia dispersa
que solo fue feliz en un retrato,
ni las cabezas rodando ensangrentadas
como rueda la res
en la innombrable claridad de los mataderos.
 
A nadie, más que a nosotros mismos,
esta nerviosa risa de bufones,
esta inmensa ceguera, este hueco del pan
encima de las mesas,
esta necesidad de ser como no somos.
 
Y ahora que llevo mi país
como quien lleva una corona de espinas
hiriéndome la frente,
es mi país el sitio más querido,
también el más odiado,
es el ruedo de muerte, es la desesperanza,
otro golpe de mar, su inminente presencia
en el dolido pecho
de aquellos que como pájaros tropicales
se alejan de sus costas
en busca de otras costas más íntimas,
en busca de otra luz más verdadera
que esta pesada luz
que ahora tiene mi isla.
 
¿Acaso es mi país un puñado de tierra desolada,
una tristeza de ojos pequeñitos,
silenciosa como la de los rinocerontes
que nos miran
desde su lástima de húmedo animal,
desde su libertad
de bestia de feria acorralada?
 
Y ahora que guardo mi país,
sus dudas, sus mentiras tremendas,
sus cielos desplomados,
el ácido y podrido olor de ese misterio
que brota de sus casas;
mis amigos perdidos, convertidos en sombras
lejos ya de la complicidad de mis hogueras;
¿quién recoge mis pasos, la vida que he perdido,
la vida que quemé con la inseguridad
y la nostalgia
de quien quema las secas hojas de un herbario?
 
(El peso de la isla,
Ediciones Loynaz,
1993)
 
***


Peceras de cristal

Al alcance de mi mano, como una alucinación
o las imágenes de un sueño que, tentador, 
invade mi realidad,
están esos muchachos: gladiadores curtidos
por el sol bochornoso de la isla.
Sus cuerpos
son diamantes sobre el parque.
Llevan gastadas camisetas
y mínimos pantalones que dejan entrever
el mármol sudoroso de los muslos, el empuje del sexo,
las jugosas tetillas: encendidos hibiscos
que se abren a mi lujuria.
Como si en ellos apagase las miserias
de la vieja ciudad, el verano
parece alimentarles.
Yo los espío. Mi ventana me une
y separa de su mundo. Es la barricada,
donde con el líquido asombro de un pez,
contemplo cada uno de sus gestos:
provocadores como gallos de lidia se saludan:
el cuello que se hincha...
el bronce enfebrecido de los brazos...
las navajas del pelo afilándose en el aire...
Les empuja lo oscuro, su apetito de carne,
el gusto por si mismos,
el perro que, en su interior, intentan ahogar
y que ciego se arrastra hacia la luz mortal
de lo perfecto, hacia ocultos espejos
donde sus dedos tiemblan,
bordean los abismos,
huyen de la ternura,
aprenden a desearse.
Al alcance de mi mano están esos muchachos.
Sus nombres ruedan por mi boca,
son dulces villancicos de una secreta Navidad.
Duermo a orillas de sus sombras como un nazi.
Mis manos se aferran a una invisible alambrada,
y sueño apretar sus cráneos – tiernas frutillas
entre mis dedos.
Soy el amigo perfecto y el perfecto enemigo.
¡ Con qué solapado placer rodaría sobre ellos,
sería la luna que aparta los oscuros espinos
del sendero y los interna, cada vez más,
en las prohibidas nocturnidades,
en el gozo sin fin de una vida!
Al alcance de mi mano están esos muchachos.
Una comprada caricia,
el roce de sus pechos lustrados por el sudor,
bastaría para calmar la ansiedad
que me produce la belleza.
Pero ellos
apenas se dan cuenta de que existo.
Son dueños de la insolencia y crueldad
que hace hermosos a los ángeles.
Poseen la perfección y el brillo
que yo,
como la piedra luminosa
que el tiempo pule y gasta,
ya estoy perdiendo.
 
(A la sombra de los muchachos en flor, 2001)
 
***


Descampados 1
 
Y andamos como perros,
rastreando la mínima rosa del sudor
entre zarzales. Los ojos encendidos,
cuajarones de sangre que inyectan la mirada.
La piel abierta al polvo, la polución entrando
con sus finos tatuajes, ácaros del deseo
royendo la epidermis, dejando lentamente sus estrías
y cada vez más pálida la cara, sin fotosíntesis
a lo largo del largo invierno. La muerte en los montículos
de escombros. La muerte entre los hombres
agrupándolos. Y entre las piedras y las barras de hierros
retorcidos, flores del descampado: cajetillas de Fortuna,
pañuelitos blancos que huelen a mentol
y semen ya vencido, látex para salvarse de la muerte
en los montículos de escombro, y el miedo.
                                                                     ¡El sol!
El sol está tan frío que me asusta, que pierdo mi control
y no me reconozco. Me arrastro, casco mi cuerpo
contra una roca como si fuera un huevo
y mi temor aumenta, me derramo,
mi vaho va a estrellarse en el espejo que yo mismo levanto,
Licor del Polo, podredumbre bien disimulada
empañando mi imagen, ocultándome
entre los montículos de escombros donde la muerte
taconea en su tablao flamenco. Me arrastro,
apunto hacia la isla con mi hocico, la vida
se me enreda en los zarzales, luna menguante es ya
mi juventud, tordo gris mi perfil que vuela.
Parásito ya ando. Gusanillo del placer. Ave vacía.
Dibujo círculos sin sentido sobre los montículos
de escombros y hay hombres retorcidos
temblando
entre los hierros deseosos.
 
 
Descampados 2
 
Edificios al fondo, panalitos humanos y chorros
de amarga miel bajan las escaleras. La música retumba
allá a lo lejos, pero yo la escucho: oído de murciélago
he de tener para entrar en los descampados y el alma
más desierta, más seca y estéril que ellos mismos.
Descampados del alma, fruto inevitable de la lejanía...
El recuerdo de la lluvia me detiene a mitad de un trillo.
Oigo la hierba, su canción creciendo al revés en mi interior.
Tu cuerpo, jugosa brizna que arrancaba música del mío, ahora
duerme lejos. Abandono total, ausencia del amor y la ciudad
creciendo, arrinconándonos en estos claros mataderos,
mecánica y moderna, con paredes de cera, panalitos humanos,
chorros de amarga miel, historias tabicadas
que se filtran de una celda fría u otra fría celda.
Y alambres encendidos corriendo por los techos,
desprendiendo un calor que no me alivia.
Helado estoy. Contaminado por el paso de los coches
y el lujo de una falsa libertad que termina
en los escaparates de los luminosos almacenes.
Necesito una lluvia tropical que me anegue, y luego
todo el verdor y el brillo de las cosas sencillas
que no arrastran sus chorros hacia las cloacas.
Ahora me estremezco. La música retumba y los hombres
se buscan en las dunas, bajo la paja seca. Yo afino mi oído
de murciélago:
uno chorrea su baba de viejo lobo ibérico,
otro brama como un toro al hundirse la pica
entre sus bravas carnes, otro se sueña flor
-aroma delicado Ives Saint Laurent sobre trozos de tubos
y placas de hormigón-. Abandono total
y la ciudad creciendo hacia los descampados.
A punto de extinguirnos en el mínimo ruedo que nos dejan,
respirando el último oxígeno y el vicio
para sentirnos vivos. Helado estoy. Contaminado.
Aquí huelo a laurel y cerezas escarchadas.
Muy cerca un sexo se levanta victorioso, reclama mi atención,
escucho el latido que se siembra en su costado.
Estoy en mi zona más telúrica. Tiemblo y me agrieto.
Los músculos se sueltan y las abuelas
ignoran estos sitios mientras hierven
su corazón jubilado en los pucheros.
Me agrieto y tiemblo: me sacude un sismo de seis grados.
Edificios al fondo y hermosos cardos
que deshidratados se instalan en mis ojos.
¡Cuánto color descubro entre la paja seca y moribunda!
¡Parecen girasoles los cardos en invierno!
No hay más remedio que inventarse el placer.
Poner parches, costurones negros donde quisimos
encontrar la felicidad.
Helado estoy. Contaminado. Y aún faltan
algunas tristezas por contar para que llegue el verano.
Descampados del alma: fruto inevitable de la lejanía.
Pasan hombres tocándose. Sexo rápido y árido
y yo entre ellos: abandono total, ausencia del amor y la ciudad
creciendo, arrinconándonos, mecánica y moderna,
en estos claros mataderos, que son los descampados.
 
 
Hacia la conformidad
 
Solo quedan para nosotros caminos secundarios,
la sombra, el no ser,
el bulto tirado en cualquier parte.
 
Solo merecemos, a la hora del desahogo y del grito carnal,
esos senderos trazados por hormigas,
por anónimos agrimensores,
donde el ojo civil nunca penetra
y el asco y la aventura
perduran hasta la madrugada
y el nervio tensa al fondo
como un cable submarino.
 
Solo quedan para nosotros las peligrosas autopistas,
los trillos que parten desde ella,
que no alimentan y pactan secretamente con la sangre
y cualquier día ya no están.
 
Confórmate. La conformidad es suave
y dulce como esos pasteles
que no paga la moneda nacional.
 
Confórmate. Lo único perdurable
pudiera ser nuestra palabra
pero no nos oyen.
 
(Las viles maniobras,
editorial Ancora,
2016)

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Graciasss/letras.mysite.com/nsim250615
Graciasss/www.revistaelgolem.com/2025/12/28/nelson-simn/


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