RICARDO LINDO FUENTES

Tejidos
 
Leche de tus preguntas,
rosas de oro,
silencio de las aguas crepusculares.
Hasta los tobillos del sueño
las tejedoras tejen una nueva alabanza,
magia de los colores derramándose sobre el tejido,
mientras asciende el humo de la hoguera.
Humo,
hijo de los aromas,
trazando suaves curvas en la casa del aire.
 
(Jardines,
1981)
 
***
 
Por aquí pasan las estrofas del aire
 
Por aquí pasan las estrofas del aire.
Por aquí pasaba un río.
Era lento y soñoliento y a ratos vertiginoso,
como una doncella dormida,
como un panal a mediodía.
Ahora pasa por aquí una calle
con almacenes y cafeterías.
Pasan por ella transeúntes como peces,
algunos vestidos de verde,
otros de rojo,
otros de gris,
señoras con carteras,
mendigos harapientos,
pidiendo una limosna bajo el oro del sol,
y pasan dos enamorados azules,
y pasa una pausada procesión bajo el sol.
Yo creo que esta calle se acuerda de cuando era un río
y pasaban por ella los cayucos,
yo creo que esta calle que recorren los labios
tiene una vocación de estrellas y de peces.
Guarda rostros amables,
rostros hoscos,
rostros tristes,
suaves rutas de buses,
y un amor infinito de grandes nubes blancas
que navegan sobre ella como si fueran barcos.
Tiene calmadas, lentas, horas de oro encendido,
vendedoras que venden en la acera
imágenes de yeso colorido,
y un largo canto rumoroso, un largo canto
de voces que recitan la ferviente cantinela del día.
Yo creo que esta calle
se acuerda de cuando era un río.
 
 
VI.
 
Recuerdo de brujas de Flandes
 
Y de las frágiles olas heladas del otoño
a cuya orilla bebíamos vino,
que te diré, qué nos dirán.
Golpeaban nuestra suerte como dados,
y hacían crecer manzanas y canciones.
Después se iban huyendo al horizonte,
y dejaban las ciudades marchitas que visita la luna,
y bajo los sombreros de sus habitantes congelados
una memoria de navíos.
Ya no vendrá la seda del Oriente,
ni irán los barcos a las Islas de las Especierías,
y de lo alto de las torres,
por mucho que se empinen los vigías,
ya no se verá el mar.
Los canales reflejan cosas de los cielos.
Dicen que esta noche murió Hans Memling,
pintor que pintaba como pintan los ángeles.
 
(Las monedas bajo la lluvia, 1985)
 
***
 

El señor de la casa del tiempo
 
I
 
Una campana mueve el aire,
Y hay panes, peces, y una copa de vino sobre la mesa.
Alguna vez alguien creyó en un día que nunca acabaría
(y no sabemos si eras tú o era yo)
hecho de juventud, belleza y gracia.
El sol alumbraría para siempre la heredad
Del infinito jardín pequeño.
No sabíamos que estaba por delante
El vino de los días amargos.
Para una mariposa.
Trae un mensaje del jardín que un día creímos visitar.
Mueve Jesús el aire que rodea
La alta campana de bronce,
Y el áspero cordón raspa su mano herida.
Construye otra palabra,
Otra forma de vida,
Mientras baja las gradas de piedra del campanario,
Cubierto de estameña,
Y su humor no es alegre,
Sino silenciosa,
Alta,
Dulce conciencia.
 
II
 
Pero cómo habríamos de permanecer aquí,
Junto a lo que es bello,
Los hermosos cuadros del pintor,
La bella copa labrada,
Las flores del jardín.
El viento ha esparcido cenizas en mis cabellos,
Y en la planta que sube oigo la voz
Del viejo amigo muerto.
El día naciente también debe morir.
Tendrá que trabajar como el amigo,
Y dar hojas y frutos y semillas.
Después se refugiará en el crepúsculo,
Como se ha refugiado el amigo
En la honda tierra.
 
 
El estanque y la nube

Si yo fuera hacia Ti
Ya para siempre quieto de mí, Dios mío,
Nube de lluvia y aire entre tus nubes navegantes
En el gran viento gris. Si fuera al aire tuyo,
Hecho de plata delicada y traslúcida,
Muerto de mí, vivo en el aire vivo de tu mirada,
Alzado al fin en tu mirada azul
Derramada en el aire de la tarde,
Despojado del peso de la edad
Y del cuerpo de arcilla que me sirve en la tierra,
Reflejándote a Ti,
Como refleja el estanque quito las nubes,
Y viajero de Ti que va hacia Ti,
Y ha adquirido el don de olvidar…
 
(El Señor de la Casa del Tiempo,
Serviprensa Centroamericana,
1988)
 
***
 

Injurias
 
Descuajan los grandes vientos las ramas de los árboles
y deshacen los nidos aventándolos como briznas,
y son de nuevo briznas y nada.
Así se deshacen los mundos
cuando pasa el viento de Dios.
Cada día es el día del nacimiento
de Dios Nuestro Señor
y cada tarde la tarde de su muerte.
Una mañana nace en una cuna solar,
otra entre vellones de nubes grises.
Una tarde fallece entre fastuosos oros sangrantes,
otra tarde es envuelto por mortajas de lluvia.
Parte sin despedirse,
sin decir: ¡Padre mío!,
sin reclamar por un abandono.
Amargo e injusto.
Pues grande es la justicia de Dios
pero feroz es su crueldad
que, por víctima, escoge sus más queridos hijos.
Feroz es el día del cordero
y anónima su muerte,
y nace en un estercolero
y se va sin memoria y sin lápida.
Muchos son los males del mundo,
pero el peor de todos
es la ausencia del amado amor,
del cual todos los otros se desprenden,
y luchan los humanos contra el amor,
porque le temen.
Grande es el día de las magias,
y el día de la muerte de las magias
dura mucho tiempo,
pero el amor perdura,
y si el amor muere
perdura el ansia del amor que a todos es negado
y a todos arduamente busca.
Y el amor va en las manos que tocan otras manos
y en la graciosa risa que ríe,
y el niño toca el sonajero al alba.
Pero fuera de los muros de la ciudad
son arrojados los leprosos,
y campanillas cuelgan de sus cuellos
para anunciar su paso.
Una mañana,
Ghandi fue a una iglesia en Sudáfrica,
y alguien lo tomó del brazo,
y le pidió que fuese a una iglesia de negros.
Muchas son las iglesias
y una la humanidad,
pero el buen sentimiento y el proceder honrado,
son más que las iglesias.
Pero navegan mucho tiempo los árboles
que antes estuvieron anclados en la tierra,
y muchos puertos ven,
y muchas gentes,
y ven que de distintos modos aman la tierra
las gentes y los puertos,
y de distintos modos odian.
Un día es despreciable ser judío,
y otro día ser negro o palestino,
y el mísero y rico cantante negro
que blanqueó la piel,
es la última víctima, hasta hoy,
de los vendedores de esclavos.
Y no la paz se compra con millones.
La millonaria ofensa infligida a su raza
se inscribió en él, hasta renegarla.
Y el amor,
que viajaba en veleros y volaba en la brisa,
sube a un destartalado autobús
y se refugia en un lupanar,
en un sucio rincón,
junto al trapeador y la oxidada tuerca,
que nadie sabe ya para qué sirvió un día.
Pero se santifica el amor y llega a los altares
con azahares blancos y con brindis,
y con buenos deseos impresos en tarjetas,
y quizás el amor esté ahí pero a veces no está,
y detrás sólo están el dinero y la muerte.
Pues muerte es sacrificio a la vana apariencia,
y negación del sentimiento
que hace temblar la carne de un trémulo deseo
y que arranca del pecho una honda canción.
Corre la ardilla por los hilos del tendido eléctrico,
y apenas entrevemos su sombra veloz
y burbujean las aguas de la piscina del gran hotel,
donde corren las hablas de la tierra
como en babel otrora,
diciendo la sagrada belleza de la vida.
Y no depende el mérito en ser rico o ser pobre
sino en saber usar los bienes recibidos
desde donde la vida nos situó,
con amor y respeto, con fortuna o sin ella.
Igual el mal que en cada uno habita
y el irrespeto por igual se agazapa
en el carretonero o en la digna señora
que en vidas de otros busca
su sal y su pimienta.
Una muchacha alarga con temblor y fervor
su mano hacia los senos de otra bella muchacha
e índices maliciosos apuntan con escarnio,
y el hombre viejo besa al hombre joven
que acepta el don, sonriente,
y secas serpientes se elevan
blandiendo finas lenguas bífidas
y derramando pus y hiel,
y refugiándose en una cruz gazmoña
y en un trapo eclesiástico,
que oculta lo que en ellas apesta como un muerto.
Pues aunque todos digan honrar
la libertad y el amor,
la libertad desdeñan y el amor ofenden,
o el simple y humano deseo
que hace mejor la vida.
Y las viejas serpientes
de la bífida lengua
(y las viejas serpientes
son hombres o mujeres,
y jóvenes o viejos)
descienden de la antigua,
salvaje ley,
que decretó que fueran partidos en rodajas
aquellos cuyo amor otro rumbo tomaba.
Ninguno sin embargo escogió su deseo,
sino la vida en su diversidad
que es rica y misteriosa.
Y dirán que yo digo palabras malsonantes,
pero la disciplina del poema
es a la indisciplina semejante.
Mas sobre todos cae por igual
la luz alada de la luna.
Pasa la brisa,
y para todos alcanza el sol,
y de la blanca arena
surgen los ríos de las aguas doradas,
y el volcán de la milenaria estatura
es ganado en lo alto por un bosque de niebla,
y la campana sumergida del perdido barco
hace sonar al fondo del océano
su enorme campanada sin edad.
Ah verdad de aquel alto
caudal de oros donde una vez fuimos,
y verdad de la luna en la ventana,
y como todo cae en sombras,
en sombras.
Vio así el judío la hoguera como una redención,
y, no soportando más las ofensas,
el homosexual se ahorcó,
y rieron los reidores
con risitas llenas de sobrentendidos,
obscenos y vistiéndose de hipócrita piedad
(y quizás estigmatizaban en otros
lo que en sí mismos no aceptaban,
pues el peor enemigo del amor
no es el odio, sino el temor).
Así se destroza la sencilla paz del alma,
pues nada detuvo a la ciega tribu malvada
que guió la serpiente del jardín,
trazando con su cola,
sobre la yerma tierra,
una invención de futuros infiernos.
No hay paz donde hay ofensa
sin razón ni justicia,
ni libertad si alguien no puede disponer
ni del mínimo espacio de su cuerpo terrestre,
ni santidad que tome la mentira
por base y aun la injuria,
y es abyecto y estúpido ofender al amor
en el nombre de Aquel que llamamos amor.
Ya vagan por los montes de Judea
los fabricantes de la luna nueva,
y al fondo de una cueva helada
está naciendo un Dios
que cada uno escupirá a su turno.
Y nada nuevo digo.
Sólo traigo al presente una antigua lección.
 

Danza
 
Viejas damas hipócritas danzaban por los prados
vestidas de encarnadas, áureas sedas y armiños,
con largos, largos mantos de cola de reptil.
Gordas viejas hipócritas,
secas viejas hipócritas danzaban
murmurando entre sí con risitas malévolas,
minimizándome, soltando piedrezuelas a mi paso
y añadiendo con voz fingida de flautín:
“Es que nosotras te queremos tanto”.
Tintineaban sus collares encantadores
con chirridos de goznes de prisión,
sus pelucas fosforescentes flotando al viento,
graznaban cancioncillas con un agrio chillido,
danzando por los prados su delicada danza,
pues sus muchos dineros y alta alcurnia
¿no les permitirían
en las ajenas vidas entrometerse
para soltar graciosos chistecitos ridículos?
Y, pues aquel es gay,
¿no podrían, ellas,
por un ratito al menos,
ser vulgares?
Y por ello danzaban las damas en el prado,
tan delicadas ellas,
tan gentiles.
 
 
Espada
 
Duras son las palabras de mi paz,
porque lata es mi verdad
y en muy rudas montañas mientras callaba
se forjó mi palabra,
oyendo el agrio coro de los sapos abajo.
Por muy ásperos riscos ascendía mi voz,
sostenida, en lo alto,
por la honda promesa
de sabias nubes.
Boreales vientos impulsaban las velas
en las navegaciones de mi sueño,
y una serena estrella fulguraba en la proa.
Muy altos, nobles reinos esperaban mi nombre,
y los más bellos jóvenes se acercaron al puerto,
y dejaron caer sus vestiduras
enseñando sus cuerpos que un crepúsculo de 
las magias doraba.
Y me dijeron:
“Toma este estandarte,
toma esta espada de luz pura.
Cuando regreses di:
No el amor es culpable.
Ni el roce de dos cuerpos que a sí mismos se conceden
una humana delicia.
Y di aún:
que tan solo el amor justifica cuanto es
y en la luz sólo son el amor y el respeto.
Esta espada de luz quema y bendice.
Deja que ardan la mentira y la argucia,
y la arrogancia vana,
y no temas que llague tu enseñanza
y haga sangrar.
Buena es la piedad,
bueno el perdón,
pero también es buena la justicia
y quien detrae con la lengua ha de pagar.”
 
 
El sacrificio
 
Tú dijiste, serpiente,
con maldad sibilina,
usurpando la voz de Aquel que nos creó:
“Todo goce carnal es lujuria culpable.
Tan solo la procreación lo justifica.”
Mas la gracia de una humana caricia,
la deliciosa fiebre de dos cuerpos que se unen,
regalo son de Aquel que nos creó.
Y aún dijiste:
“Que una mujer se una a otra en un lecho,
que un hombre a otro acaricie,
perverso es, y vicioso”.
Pero eso no es cierto.
Toda forma de amor si con amor se ejerce
está en Dios y es en Dios.
Violencia, violación y abuso de la infancia
son injusticia,
pero no lo es ser gay.
Y se puede ser gay
y vivir una vida espiritual
sin que haya en ello contradicción alguna.
Y aún dijiste con lengua retorcida:
“Quien nace
fuera de matrimonio es un bastardo,
no tiene parte en Dios”.
Pero todo nacido de mujer es un hijo de Dios,
y por eso ordenó que como hermanos
los unos a los otros nos tratásemos.
“Misericordia, no sacrificio quiero”,
dijo el buen Dios.
Bueno es el sacrificio por amor,
mas no lo es en sí mismo el sacrificio,
y a veces es nocivo.
Pero tú hiciste del sacrificio un dogma,
y la estúpida intransigencia de los mortales,
desde lo alto de un púlpito,
diste por santa.
 
(Injurias y otros poemas,
La Luna, Casa y Arte,
San Salvador,
2004)
 
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***


Preguntas al 
padre muerto
 
Hombre del mar azul,
descansa en paz.
Tus palabras quedaron impresas en los libros
pero las manos que las escribieron
yacen sin carne entre el polvo y lo oscuro.
Las palabras
suenan como paladas de tierra en el sarcófago de los
recuerdos.
Ya no eres nadie,
polvo gris,
materia reintegrada a la materia de la tierra
donde cae la lluvia gris del aire.
Ahora habitas el aire,
ves de lejos
lo que amaste y no amaste.
Hubo mucha amargura entre nosotros,
pero ya pasa el tiempo,
viejo herido
que muchas veces no entendí.
Yaces como una herida al fondo del alma triste.
Las rubias horas laten en el aire.
Ya estás lejos del ruido.
Pasa el viento
arrastrando
hojas secas y polvo,
y algo de tu enseñanza quedó en mí a pesar mío,
un amor de los libros
una mirada
que vuelve hacia el pasado y lo lejano,
algo en la lluvia que me pertenece.
¿No oyes desde el fondo de la tumba
el corazón de la campana que mueve el aire azul del
horizonte?
Estás lejos del ruido,
ya lo sé,
pero ¿no oyes
la campana de aquellos que viven en la tierra
y elevan penosamente su mirada al cielo azul?
 
(Bello amigo, atardece,
2010)
 
***


El Almirante
 
I
 
Oro sobre oro por ramajes en sueños
hace tiempos.
La ardilla
cascaba nueces crujidoras.
Era mirada suya de quien no mira ya
las espadas o el oro,
sino el Reino.
 
II
 
Hay cosas que se viven en sueños
y después desaparecen las cosas que se viven en sueños.
Los importantes terrores,
las bellezas inauditas,
pasan dejando apenas una vaga impresión.
Un pez surge del agua y la altera
y luego se hunde,
y el agua recupera su tersura
olvidándolo.
Pero algo hay en eso que vivimos
que era más fuerte o bello
y la vigilia nos golpea con aire de orfandad.
Nunca seremos más. Nunca menos.
En el supuesto de que hayamos sido.
 
III
 
Vamos a la quietud
que alma mueve a ceniza.
Embarcaciones
del bastión muerto
bogan mares inmemoriales.
Una historia de tan malignas lluvias,
el alma tenebrecía.
Cantares que cantaron los cantores,
y saltimbanquis y laúdes tañentes
en plazas de gran lluvia.
El alma
tenebrecía.
Adiós,
días felices,
idos muy pronto donde late el viento
arrastrador de nubes.
Sólo queda la copa
de impiedad llena.
 
IV
 
Y ya rota la última
más suave y misteriosa cadena,
bucles de oro corriendo entre los dedos
o arenilla dorada del crepúsculo,
tan suave piel,
seda del mar disuelta,
nevad espuma por las playas,
mareas ascendentes
y más tibias de una ardua locura
y el pendón de las islas y las perlas
en la mirada melancólica del agua,
de un verde tan profundo.
«¡Oh palmeras, palmeras,
oh navíos…!»,
murmura el capitán al horizonte.
Dedos que rozan músicas,
locura
del loco capitán.
Sobra lo que ha pasado, falta lo que es incierto,
y a buen puerto no llega
sino el que ha fracasado,
pues todo buen fracaso da la noble enseñanza.
Un día por los claustros invernales
la lluvia
me lavará de sombras.
Dedos que tocan músicas,
cabellos
que el viento agita.
La proa
desenvuelve silencios, noches, nudos marinos.
Labios que dan piedad y llagan
llaman desde la altura.
Innominadas músicas navegan
el ámbito visible.
 
(Arca de los olvidos, 1998)
 
***


Antes de despertar
 
                                      A Jorge Ávalos
 
Oigo caer la luz
tan lenta,
cañería adentro del sueño.
Desamparados transeúntes
agitan sus paraguas contra la aurora.
La arboladura
del barco de la noche
en el cristal del aire
golpea sus banderas y se aleja.
En el túnel del año que desciende
llueve silencio.
Es todo tan extraño.
 
(Inédito, 1999)
 
 
Breve luz en la lluvia
 
Nubes navegaciones.
Altos incendios por las nubes
anuncian la tormenta que esperamos.
Mientras el bello amigo
desnudo alza sus manos invocando la lluvia,
una luz lo circunda como el aroma de los panes.
Del pan de oro de su corazón
viene esa luz que aroma.
Cuando lo veo olvido los venenos del día.
 
 
Niebla
 
Las nubes descendían de las altas montañas
y entraban a la casa.
Tejían las abuelas mantos de agua en la noche
para santificar el día venidero.
Diciendo dulces cosas rumorosas.
De su vago rumor entre las sombras blancas.
Tan sólo una palabra se entendía:
«Paz, paz».
Y esa sola palabra repetida,
huyendo del murmullo delicado,
desataba las olas nevadas de la niebla
que un escondido Dios bendice.
 
(Injurias, 2004)
 
 
Materia
 
Yo te canto, materia de la tierra,
grave madera, arcilla,
piedra, arena.
Mar adentro del corazón tú vives
bolsón de cuero, algodón blanco que cubre el pan.
La noche que te habita y el día que te habita,
tierra madre y sirvienta
¿cómo podríamos olvidarlo?
Y aunque nos fuéramos muy lejos
y nos volviéramos como los dioses
¿podríamos realmente separarnos de ti?
Vino del corazón te habita
ojo manso,
corteza sabia del árbol,
y la resina que del árbol mana
cae como una lágrima sobre nosotros.
¿Qué importamos nosotros
para que Dios tan siquiera nos juzgue?
Pero ya entiendo,
tierra,
somos parte de ti,
y antes de abandonarte
Dios volvió la mirada y dijo:
“Un día volveré”.
 

Pasa el desconocido
 
Cintura de los trópicos ceñida por la luz,
con azafrán sativo y asuero sublimado
y bálsamo del comendador,
curada fue nuestra locura.
Llagas de cinabrio
y un tronco de tinieblas y de luz
en la alta roca del mar.
Cristales.
Un Dios tranquilo por los dormitorios
formas de amada arcilla eleva a la vigilia,
y las palmeras en la madrugada
mástiles son del navío del viento,
donde avizora un ave la llegada del día.
¡Ah, cuánto llanto han recogido las mujeres
en las sábanas húmedas de rocío!
Y se oye aún en lo oscuro,
de las cocinas,
un rumor de cacerolas que se entrechocan
y agua que se derrama en el lavadero.
 
Noche tibia del trópico.
El tordo semillero y la palomita semillera
han recorrido miles de kilómetros
para regresar a sus nidos.
Se oyen grillos.
En la pila del patio, el agua
recoge los dibujos de las constelaciones
y la sirvienta llena los canastos
con las sábanas blancas.
Noche del aire de cristal.
Sobre las calles empedradas
los niños juegan bajo la luna
y a la orilla de la taberna
la muerte juega con los dados,
y pasan los soldados.
Búho del buhonero,
de la hojalatería platas hace la noche.
La tiniebla de aromas vegetales
abre los cofres,
y la brisa golpea los pechos sudorosos,
y un Dios descalzo va por las calles
y nadie sabe quién es.
 
 
Conciencia
 
Oye caer mi voz por los días que fueron,
plata de madrugada bruñida en los estanques,
estaños en las nubes que acuñaban
perfil de altas montañas.
Oscuridades
iban naciendo en mí como el asombro,
y los que tanto y tanto me ofendieron
nada pudieron contra mí.
Una más alta infancia corría por los prados
del sueño mío,
que nobles ancestros bendecían.
Herrumbre de la luna alumbró mis palabras desde dentro
con la fulguración de una quieta conciencia
que todo lo alcanzaba
sin tocar nada, nada.
 
 
Testamento
 
Yo, que nada poseo, lego:
al bello niño amado un castillo de naipes,
los oros del Rey de Oros
y un siete de diamantes,
y una noche de otoño donde murmura un río,
y una constelación en la noche del río
en el balcón más alto de la más alta torre,
y un trébol de cuatro hojas.
Sea mi corazón bajo un AS enterrado
en el jardín del viejo castillo misterioso,
y beban mis queridos amigos, recordándome,
una copa de vino.
 
(Bello amigo, atardece, 2010).
 
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***


ESTAMPAS DE UN REINO
 
Canto del rey
 
En la edad temblorosa
Horas de agua
Que iban al pasado.
Y el rey pide su pipa y sus sandalias
Pues quiere ver el fuego de la tarde.
Lentas horas
Y un vino mágico bajo los árboles
Venido de la fuente de la gracia.
Y el rey pide su viejo libro
Y traen las doncellas
Fuentes llenos de estrellas y de peces extraños,
Hijos de las constelaciones.
Y dice el rey:
“Quiero beberme esta tarde como ninguna,
Como si fuera la última
Y después
No hubiera otra”.
 
 
La princesa y el mendigo
 
Y después de unos días sobre la hierba
Vinieron emisarios de un reino lejano
A preguntar por la princesa de anteojos de carey
Que tenía un abanico de plumas.
“Princesa de los ojos muy verdes,
Nuestro lejano rey te envía estos presentes”.
Y extraen finas sedas orientales recamadas de oro
Y collares de piedras misteriosas.
“Decid al rey
–Dice ella–
Que son bellas sus sedas,
Bellas sus piedras sombrías engarzadas por orfebres magníficos,
Pero mi corazón pertenece a un mendigo
Que no tiene nada más que un puñado de arroz”.
 
 
Canto del mendigo
 
M i canto no será grabado en un libro de estampas,
No será recordado por las generaciones.
No soy noble ni grande
Pero amo a una princesa.
 
 
La princesa en la tarde
 
“¡Ah! –dice la princesa que abre un libro de estampas–
¡Qué bella fue la tarde de aquel día lejano!”
Pero no ve el fulgor que se hunde tras las montañas
Y no escucha las aves que,
En torno a ella,
Cantan.
 
 
Canto del buscador de perlas
 
Si encuentro una perla para la princesa
¿Cómo será?
Quiero que sea pura como su frente
Para que brille como una estrella en el negror de su pelo.
 

Canto del escriba
 
Alabaré tus manos tímidas, doncella,
Y tus dos pies descalzos,
Tu cabellera, hija de la noche,
Tu mirada de mar.
Pero, entre los cantos de la tarde,
Cuando vagas entre las columnas del palacio de tu padre,
¿Cómo alabar tu corazón cuyo secreto desconozco?
 
 
Canto de los niños
 
Conocemos este río como la palma de nuestra mano.
Hemos nadado tras los navíos del rey,
Hemos cortado cañas de pescar
Y hemos conocido en la tarde el rumor de las hojas,
Y nuestra infancia llena el reino
Como el verdor de las hojas la estación de las lluvias.
 
 
Canto de la reina
 
Desde las rosas habla mi corazón
Pues ya he muerto
Los pintores pintaron mi imagen con colores vistosos en los códices,
Los poetas hicieron loas fúnebres en mi honor
Y después, lentamente,
Todos me fueron olvidando.
Pero yo hablo desde las flores.
M i reino es más sutil.
 
 
Canto de los mercaderes
 
No alabaremos nuestra mercancía.
¿No se alaba ella por sí sola?
Estas naranjas amarillas que brillan como soles,
Estos pescados cuyas escamas dan reflejos de luna,
Estos chiles que brillan como ascuas
Sobre las verdes hojas de plátano,
Estos crujientes chicharrones
¿No se alaban por sí solos?
 
 
Canto de las mujeres públicas
 
Hemos vendido nuestros cuerpos
Como otros la sal y las especias
Y en verdad tienen sal y especias nuestros cuerpos,
Ofreciéndose a la orilla del puerto
Como las costas a las olas.
 
 
Canto de los marinos ahogados
 
Entre las algas vivimos ahora,
Los peces nos acompañan.
Nuestros esqueletos se entrechocan como hierros
En el profundo flujo del mar.
Vemos el sol a través de las aguas
Y su oro nos parece la dádiva de un tiempo lejano.
 
(Telar n°10,
2012,
ISSN 1668-3633,
Páginas 185-188)
 
Graciasss/www.academia.edu/103378820/Poemas_de_Ricardo_Lindo
 
Portada:
Ricardo Lindo.
Retrato del autor por Sandro Stivella.
La Zebra | #10 | octubre 27, 2016.

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