ESTHER TUSQUETS

Fragmentos
 
“La tengo aquí, por fin, delante de mí, tendiéndome un papel. El cabello castaño, muy largo, muy suave, caído a la espalda, los ojos color miel, los pómulos salientes, y una gabardina gris ceñida a la cintura: hoy está lloviendo tras las altas ventanas conventuales y grisea el verde tierno de las ramas. Durante estos últimos días de clase he estado revisando involuntariamente, casi sin darme cuenta, las hileras de rostros serios en los bancos e intentando hacer coincidir alguno con la descripción delirante de Maite: indómita princesa azteca —no, nunca hubo aztecas en Colombia—, ojos de noche, cabellera al viento, montando a pelo caballos salvajes; labios finísimos y pálidos, sienes azuladas, breves senos y largas piernas, subiendo de tres en tres los peldaños de la escalinata de palacio —¿un palacio entre selvas tropicales? ¿un palacio a la orilla de la mar? ¿un palacio quizás en el lado más noble de una vieja plaza castellana?— y golpeando con la fusta —todavía húmeda y caliente del sudor y la espuma del caballo— a criadas descalzas de negras trenzas que la ayudarán a desnudarse, a quitarse las botas, a darse un baño, y acarrearán luego el servicio del té sobre carritos de marquetería, en macizas bandejas de plata; mirada ausente, ceño fruncido, mohín irónico e impaciente, desdeñando a príncipes y embajadores, a primeros cónsules, a intelectuales de paso y de salón, en las recepciones de su padre el tirano, mientras una madre muy marfileña, muy europea, muy lánguida —Maite me dijo «muy francesa»— agoniza interminablemente entre cojines de pluma y colchas de encaje.”
 
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“Hemos bebido champán —porque aunque Clara me haya mirado sorprendida y suplicante, no he querido ceder y pedir al bar unos vasos de whisky—, hemos bebido casi toda la botella de champán en unas copas largas y finas de cristal tallado, sentadas las dos, un poco rígidas y sin hablar apenas, en el sofá de terciopelo azul —el mismo sofá en el que me senté yo niña durante años, tantos años y hace tantos años, las piernas colgando sin llegar al suelo, un vestidito beige con florecillas rosas bordadas, todos los pétalos y hojitas en relieve, saboreando marrons glaces y caramelos de menta, mientras se iban apagando las luces, y este modo tan lento en que se apagan las luces de la sala, dejando sólo prendidas unas lamparillas rojas, este silencio breve que precede al estallido de la música, al alzarse de los telones, me sigue resultando tan delicioso y excitante como entonces, o quizás más delicioso y excitante ahora, después de todos estos años y con Clara sentada aquí a mi lado. Y cuando la sala está definitivamente a oscuras y ha empezado hace unos segundos la música y se ha alzado el telón y he apagado yo también las luces del antepalco, cojo repentinamente a Clara de la mano y la arrastro conmigo hasta la escalera larga y empinada, alumbrada sólo en rojo, y emprendo audaz, sin soltarle la mano y sin volverme a mirarla— aunque esto no es una huida, sino una bajada a los infiernos, el descenso por el estrecho túnel sangriento y aterciopelado, mientras Eurídice sigue dócil tras de mí, y es tan sólo una mano temblorosa y un poquito húmeda, un levísimo jadeo, unas inciertas pisadas a mi espalda, porque no puede ver en la oscuridad los peldaños y no los conoce como yo de memoria desde siempre y yo avanzo quizás demasiado aprisa para alguien que no sabe el camino ni el lugar al que vamos, y de todos modos parece que estemos mil eternidades bajando esta escalera, y, aunque hay al llegar abajo un poco más de luz, ella sigue sin ver, y tengo que agarrarla por los hombros y empujarla y sentarla —otra vez igual a una muñeca— en el banquillo a mi lado. Quedamos quietas y calladas en las sombras rojizas, muy cerca la una de la otra pero sin rozarnos, y ante nosotras, muy muy lejos, a la otra orilla de hondos mares de sombra —seguramente insalvables— evolucionan en torno a un príncipe de cartón piedra —ojos densamente maquillados, labios rojos y sexo abultado bajo los pantalones de raso celeste—, evolucionan gráciles ninfas de pies alados.
 
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“Ciñe con sus brazos flacos mi cintura y apoya la cabeza en mi regazo; jadea un poco, aunque trata de contenerse, y tiene las manos húmedas; quizás se deban, sudor y jadeo, al esfuerzo de la danza. Es una ninfa alada de ojos muy verdes y temerosos, y se ha aferrado a mí como si en mí radicara —qué sarcasmo— el centro mismo de la vida. Ha emergido de las aguas, misteriosa y ambigua como cualquier anfibio, temblorosa como una ondina asustada que no habrá de encontrar jamás a su príncipe, que no adquirirá nunca un alma de mujer —para qué demonios puede quererla— y deberá vagar eternamente convertida en espuma. Le pongo una mano compasiva en el pelo suave —y, qué extraño, está seco— y recorro despacio la cabellera larga, cabello de sirena, que llega casi hasta el inicio de la cola, mientras ella deja de temblar por un instante, se aferra aún con más fuerza a mi regazo y después, firmes las dos manos en mi cintura, levanta su cuerpo casi en vilo, apoyado todavía en el suelo por los pies o las escamas últimas de sus aletas, y se acerca así, tan lenta como un sueño —sólo en los sueños o en los fondos marinos puede desarrollarse la acción con tanta lentitud— hasta mis labios. Lástima que la boca no tenga sabor a mar, remotas reminiscencias lacustres: sabe a ducados y a champán.”
 
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“y acaricio sin prisas las piernas de seda, me demoro en la parte tiernísima, turbadora del interior de los muslos, para buscar al fin el hueco tibio donde anidan las algas, y aunque la ondina ha salido hace ya mucho del estanque, el rincón de la gruta está extrañamente húmedo, y la gruta es de repente un ser vivo, raro monstruo voraz de las profundidades, que se repliega y se distiende y se contrae como estos organismos mitad vegetales, mitad animales, que pueblan los abismos del océano, y después cede blandamente, y desaparecen los gnomos y las ninfas, y yo no siento ya dolor, ni oigo ningún ruido, porque he llegado al fondo mismo de los mares, y todo es aquí silencio, y todo es azul, y me adentro despacio, apartando las algas con cuidado, por la húmeda boca de la gruta.”
 
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“casi de madrugada, dejo que se apretuje contra mí con este deseo oscuro, torpe, desolado que casi me da miedo, pegada a mí, la piel contra la piel, iniciando un gemido que muere en estertor, restregándose contra mi cuerpo, sus dos piernas enlazadas como una trampa mortal en torno a mis caderas —suavecito, Clara, despacio, tenemos todo el tiempo—, hasta que me desprendo del estrecho lazo de sus piernas y sus brazos —quieta, Clara, quieta, amor—, la tumbo de espaldas, la fuerzo a no moverse, la sujeto contra el suelo con mis dos manos, y mi boca empieza un recorrido lentísimo por la garganta fina, palpitante, donde agonizan los gemidos, la garganta de alguien que se está ahogando y que no quiere gritar —silencio, Clara, quieta, todavía es de noche, tenemos todo el tiempo—, un recorrido lentísimo por los hombros redondos que no logran de cualquier modo contener el temblor, por los huesos que se le marcan delicados en el escote, por los pechos chiquitos, por los pezones pálidos, de pezón a pezón mi boca mordisqueante, hasta que crecen hacia mí erizados y locos, encrespados bajo el aire abrasado de mi boca, bajo mis labios duros y mis dientes punzantes y breves, y son ellos ya los que buscan dientes y labios, y los muslos de Clara se levantan hacia el vacío, también buscándome, porque yo sigo con mi boca sobre ella, mis manos inmovilizándola, mi cuerpo todavía distante —despacio, Clara, despacio, pronto llegará el alba—, y los flancos de Clara arqueados de un modo tan violento y contorsionado, tan pálidos y flacos a la luz de las llamas, evocan imágenes sombrías de terribles torturas ancestrales, y ahora sí deslizo mi cuerpo sobre el suyo, y dejo que me aferren frenéticas sus piernas —despacio, Clara, despacio, amor, despacio—, y mi mano va abriendo suavemente el estrecho camino entre su carne y mi carne, entre nuestros dos vientres confundidos, hasta llegar al húmedo pozo entre las piernas, unas fauces babeantes que devoran y vomitan todos los ensueños, y yo me hundo en él como en la boca de una fiera, arrastrada en las ondas de un torbellino en que naufrago, y crece el vaivén de nuestros cuerpos enlazados y el roce de mi mano entre sus muslos, y el gemido de Clara es de pronto como el aullido de una loba blanca degollada o violada con las primeras luces del alba —pero no hay temblores locos esta vez, no hay gemidos entrecortados, porque el placer brota, seguro y sin histerias, de lo más hondo de nosotras y asciende lento en un oleaje magnífico de olas espumosas y largas—, y después Clara yace a mi lado, desmadejada como un muñeco de estopa, jadeante todavía, pero relajada al fin, recuperada finalmente su sombra o liberada para siempre de la caterva de los niños perdidos.”
 
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“Clara ha derrumbado de golpe todas sus defensas y ha renunciado lúcidamente —locamente lúcida— a cualquier intento de juego. Clara se desliza en mis brazos tan inerme y abandonada, tan absolutamente mía, que siento una angustia extraña, la misma angustia de la otra mañana a bordo de la barca, cuando encerró en su cuerpo resumida toda la posible desnudez del mundo y, lo mismo que aquella mañana, yo quisiera cubrirla, protegerla, advertirle el peligro, hacerla volver atrás —cómo si hubiera acaso una posible vuelta atrás—, mantenerla en el cerco resguardado y exacto de nuestros calculados fingimientos, de nuestras reservas y cautelas. Y la estrecho muy fuerte, y le beso los ojos —sólo para obligarla así a mantenerlos cerrados, para no ver fija en mí esta mirada inerme y sin parpadeos, extrañamente inmóvil, en la que es inútil ya buscar a Clara, porque en sus ojos estoy únicamente yo llenando el mundo—, y pienso que habrá de ser posible conjurar alguna vez el maleficio y que, si al término de tantos viajes fatigosos he encontrado a un hermoso adolescente aguardándome inesperado y sin saberlo él mismo en lo más hondo de la gruta, no habré esta vez de herirle nunca —por muy terribles y precisos que sean los oráculos—, ni siquiera inadvertidamente, ni siquiera cayendo por descuido sobre él, perdido el equilibrio, con el arma homicida en la mano.”
 
(El mismo mar de todos los veranos,
Anagrama,
1978)
 
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