JUAN JOSÉ HERNÁNDEZ

Adolescente
 
En su pecho,
la mañana del mundo
reverdece.
 
Toca su mano:
un pájaro de fiebre
languidece.
 
Cada día,
su comenzada hombría
lo alarga y enloquece.
 
Y el vello crespo crece.
 
 (Otro verano, 1966)
 

Lugones
 
Si para usted su cuerpo
era la vaina de una espada.
Si como Tirteo, el espartano
creía en la suprema dignidad
de morir combatiendo por la patria.
Si admiraba el cintarazo viril
de la voz de mando, el olor a caballo,
a sudor y sangre salobre de la guerra.
Si tenía, en fin, la convicción de haber nacido
águila soberana y no doméstica gallina,
convengamos, entonces, que suicidarse
con cianuro en un recreo de El Tigre
fue un acto deslucido, en modo alguno épico,
para su afán de glorias y fastos militares.
 
Más coherente en nuestros días, Mishima,
decapitado por su amante en un cuartel
luego de abrirse el vientre y ofrecer sus tripas
al milenario Imperio de la Aurora.
 
 
Rimbaud hablando de su último encuentro con Verlaine en Stuttgart
 
                 Y a-il une arme spècial pour la chasse a l’éléphant?
                                                                                            A. R.
 
La obesa walkiria, dueña de la pensión
de la Wagnerstrasse en Stuttgart,
donde viví una temporada,
apareció esa tarde en mi boardilla
para decirme que un compatriota mío
un tal monsieur Verlaine, preguntaba por mí.
 
Sin mayor entusiasmo, bajé a su encuentro.
Tras el abrazo impersonal
y el consabido besuqueo de las mejillas,
nos sentamos a conversar
en la salita de recibo de la pensión
con sus paredes tapizadas de moaré rojo
como en los prostíbulos.
Allí Verlaine me contó su conversión
al catolicismo (la única religión de los franceses,
sentenció), ocurrida súbitamente
y acompañada de copiosas lágrimas
en la cárcel donde estuvo preso casi dos años
por intentar asesinarme.
 
De pronto, el flamante ex convicto
y converso, me pidió que yo también abrazara
la fe católica para poder amarnos juntos en Jesucristo.
La ocurrencia me hizo reír a carcajadas.
Sereno y circunspecto, el pío panida
me observaba con sus ojos de tártaro benigno,
sin el brillo de su espléndida lujuria.
Vestía makfarland gris oscuro y llevaba
recortada su barba cobriza.
Durante un largo rato, Loyola
me dio la lata sobre la salvación de mi alma.
Parecía sobrio, pero igual me inspiraba temor.
En cualquier momento, el catecúmeno
podía pasar de la prédica edificante
a la furia homicida.
 
Insistió en que había venido a Stuttgart
para reanudar nuestra amistad
a través de Jesús, el Buen Pastor
que acogería de nuevo en su rebaño
a la oveja descarriada.
Por lo demás -agregó- aún nos unía
el fervor por la palabra y la poesía.
A propósito: ¿había escrito algo yo últimamente?
 
Quise decirle que después del escándalo
de Bruselas había dejado de escribir,
que mi deseo era abandonar Europa,
viajar por el mundo, llenarme los bolsillos de oro
aunque para lograrlo debiera dedicarme
a la venta de esclavos, de drogas o de armas.
Que estaba harto, en fin, de su nostalgia
del aguachirle conyugal y del chupete
de la chère maman, siempre dispuesta a consolarlo.
Había sido un iluso en creer que la poesía
acabaría por hacernos visionarios
y devolvernos a nuestra condición de hijos del sol.
 
                                                                              ¡Pendejadas!
 
Éramos sólo un par de vagabundos
que intercambiaban piojos, versos,
caricias y trompadas.
Pero no dije nada, y pensando
que nos vendría bien un poco de aire fresco,
busqué mi gabán y mi gorra marinera
y le propuse al neófito dar un paseo
por las calles y los bares nocturnos
de la ciudad extranjera.
 
En la fría madrugada, luego de haber bebido
todo el alcohol de Stuttgart,
sangraban las noventa y ocho llagas
de Jesucristo ante el hermano renegado
que en voz alta decía versos blasfemos
y bajo el mantel de hule de la mesa del bar
posaba en mi bragueta su seráfica mano.
 

Sueño
 
Ese hombre joven
que duerme bajo un árbol
del fondo, es mi padre.
 
Ha empezado a llover
y él sigue allí, tendido,
mientras la lluvia cae
silenciosa sobre su cuerpo.
 
Bajo el árbol sombrío
mi padre es una estatua
con los ojos desiertos.
 
No duerme, no; está muerto.
Amarga y turbia el agua
como un remordimiento.
 
 
Oración
 
                      Si quieres salvarme,
                     llora un hilo de agua celeste.
                                       Herrera y Reissig
 
Señora de la luna
con su halo sombrío
que anuncia el aguacero.
En tus ojos -espejos sosegados-
sueñan inmóviles las garzas.
 
(Me arrodillé en la doble
vertiente de tu gracia,
agua de olvido y pozo de tormentos;
allí te adormecías,
triste y desmemoriada,
entre magnolias
que el verano encendía
en una hoguera de esplendor obsceno.)
 
¡Defiéndeme, guerrera!
Muestra la doble hilera
de dientes afilados
y ahuyenta a mi enemigo,
o misericordiosa
conviérteme en un ténue latido
de tu corona nocturna y constelada.
 
(Cantar y contar, 1999)
 
Graciasss/blogcantico.wordpress.com/juan-jose-hernandez/
 
***
 

Antes de la lluvia

                                                A José Bianco

La espiral o corona
de insectos voladores,

el canto de las ranas
en las zanjas,

el pájaro que afloja
la tensión de sus alas,

el sopor de la gata
en la silla de hamaca,

y el aire empalagoso
con moscas obstinadas.

(Muy pronto las mujeres,
temerosas del rayo
cubrirán los espejos de la casa.)


Vuelo nupcial

Degradación de lo húmedo y pulposo,
la mancha azul, ribeteada de pecas
blanquecinas en un limón maduro.
No así la incorruptible levedad
de estos insectos del verano
en su vuelo nupcial llevados por el viento.
Miles de ellos –nube frenética
girando en torno a un farol callejero-

sucumbirán después de una tormenta:
sosegada basura entre las hojas secas.

(Desiderátum. Obra Poética,
Adriana Hidalgo Editora,
2001)
 
***
 

La Nerona
 
La Nerona, cara de gata impávida,
una perfecta lady mientras sirve el té
en tazas de porcelana con pagodas y puentecitos:
sus manos —criaturas equívocas—
consteladas de anillos baratos, en la boletería
de la estación de tren donde trabaja
provocan la admiración de los modestos pasajeros
que ven en ellas la magnificencia de la corte de Bizancio.
 
La Nerona, frente al espejo de su tualé, dando grititos
por cada pelo que se arranca de sus cejas Marlene:
(Il faut soufrir pour être belle, ¡carajo! )
O sentada en un banco de la plaza del pueblo
aguardando en vano a Sandokán,
el moreno y fornido lavacopas del Richmond
que por tercera vez no acudirá a la cita.
(¡Más se quisiera, ese chino de lo último!)
O llevada en palanquín por changadores
que la violan en un baldío, al son del sistro y del tambor.
 
Por calles solitarias bordeadas de naranjos
la Nerona pasea con su capa de armiño
sembrada de luceros y gargajos.
Fascistas en motocicleta la insultan y apedrean
en las esquinas del terror.
(Las reinas siempre fuimos impopulares,
¿Dónde habré estacionado mi Roll-royce?)
 
(Cantar y contar, 1999.
En Amores iguales. Antología de la poesía
gay y lésbica. Panorama general,
La Esfera de los libros,
Madrid,
2002.
Selec. de Luis Antonio de Villena)
 
Graciasss/franciscocenamor.blogspot.com/poema-del-dia-la-nerona
 
***
 
     Pizarnik y JJH

Como Jonás

Sí, en el oscuro vientre
de la ballena,
también yo, en este mundo
tragado por el tiempo:
carne y sueño que no elegí
(Jonás tampoco a su ballena)
con el temor de ser devuelto un día
al perdón, esa nada perdurable.


El ausente

El verano es propicio
para volver a la amistad del padre,
a su pecho de palomo ardoroso
que en la siesta enronquece.

A veces lo recuerdo
agitando su cimera de crines
en el día vibrante de racimos y flechas.
¡Volver, y que otra vez maduren
las viñas de su fiesta!

Pero el padre es ahora una ausencia:
palomar sin arrullo, seco laurel
de herrumbre en la casa desierta.


Último poema a la noche

A tu reino quimérico
de lunas imposibles
y columnas tronchadas
vuelvo ¡oh noche!,
con una flor de suaves quemaduras
y un pecho desvelado
donde el silencio agita sus pálidas alarmas.

Maternal y piadosa:
¿quién no trae a tus puertos
alguna dicha oscura, una costumbre
apenas confesada?

Hay estatuas sin rostro
y trofeos prohibidos
en las esquina donde el desterrado
mendiga su ración de vergüenza y espanto.

¿Alabaré tus dones de tinieblas,
el ácido esplendor de aromas y residuos,
las impuras banderas levantadas
junto a las secas fuentes de la sangre?

¡Oh lanzas del deseo, fervorosas!
Golpea este laurel de grave herrumbre
y que escape el piafante caballo enardecido.

Alguien llama desnudo
desde tus apagados, lentos puertos.

Nadie venció esta furia de brillante castigo.


El gallo

Por la siesta erizada
un gallo vuela.

Un gallo,
claridad cautivada,
diurna espuela.

¡Ya sube,
ya ilumina su cresta
ya se dora!

Por la siesta
-móvil punta de sol,
dulce espuma-
un incendio de plumas
me enamora.


Pintura pompeyana

Luz de verano: en el atrio
del templo de Afrodita
las palomas arrullan y se acoplan
en fugaces y dulces paroxismos.
Los jóvenes centauros retozan en el río
y sobre Dánae, con pausados gemidos,
Dios llueve su simiente de oro.


Molino

Casi no quedan rastros
de amarillo
en la piel de esa banana
demasiado madura
en la frutera del aparador.

La macilenta banana
y su mortaja de moscas
pertinaces,
como los nevados cabellos
y el negro diente de Elisa
(fané y descangayada)
en el admonitorio verso
de fray Luis e León,
ejemplifican nuestro común destino:
la caída en el tiempo,
ese feroz molino
que a todos sin distingo degrada y aniquila.


Los grandes padres

Yo los he visto entrar airosos en la claridad
más fuerte.
Altos guerreros, tiernos padres del júbilo
con sus pechos sonoros y banderas.

Venían devorando
todo el fervor quemado de las brevas.
Ellos, los grandes padres hacedores del día,
maduraron las viñas de mi fiesta.

¡Los vi radiantes en la luz hermosa!
Se paseaban solemnes por las playas del mito.
Sus cuerpos bajo el ocio de los soles antiguos.

¿Quién no amó las praderas de sus rostros dichosos,
la flauta comenzada de la mañana fina,
el vivísimo salto de un pájaro fragante?

¡Hogueras y laureles! El tiempo
ha desgajado sus muslos melodiosos.

Y sin embargo vuelven a recorrer la sangre,
agitan estandartes en las nucas calientes de los gallos
mientras un ciego triunfo multiplica formas de orgullo,
de castigo.


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