Por un instante estallo en llamaradas.
Son lenguas deslumbrantes
y son ojos
y brazos que me hieren y me tocan,
pero el regreso es como espuma que estalla
y se adelgaza
cayendo hacia el silencio.
Entre los altos edificios
un círculo de lumbre
disgrega los instantes
y son bestias en fuga los deseos.
Inmemorial batalla
del tiempo contra el cuerpo.
Se desploman
tiránicos monarcas interiores
ya olvidados.
Yo solitario combato en las alcobas
para ganarle un alfil a la ternura.
¡Tanta batalla para saber que somos
hijos de dioses y minutos!
(Árbol del Tiempo,
1967)
a Marjorie Ross
Vaso me has hecho. Vaso que quiebran en la noche
tus manos poderosas. Agua vacía que se derrama
sobre mi médula y mis nervios y mi boca.
Entre las sombras voy buscando mis silencios de niño
y aquella fe que no se agota
en la desmemoria continua de mis actos.
Un diluvio eterno te desgasta el rostro
y te hace humano como el árbol o el pan o como el musgo.
Dueño de la víspera te busco. Señor que es lámpara
y abismo y en sí mismo resplandece
mientras su propia luz incombustible
engendra la tiniebla, el caos, las voces
que se gritan improperios y alabanzas
y se estallan como dardos
en un punto infinito.
Creador y destructor
mano de fuego que se lanza contra el tiempo
y derribando imperios y señores crea
la tierra nueva, la ignota latitud, la isla,
el desconocido cielo solo y trastrocado
sobre el que habita la carne, lo finito,
la dolorosa belleza de los niños y el grito
mojado en sangre de los hombres.
Emboscado en mi orilla te acorralo, te persiguen
mis pasos y mis y mis huellas tiemblan
mientras el aire las atrapa y las regresa a ti
como razón o testimonio.
contra nadie combato y en la lucha quedan mis palabras
y mis ojos desparramados sobre el aire.
comienzas en mí mismo y te terminas
allí donde mis fuerzas y palabras quiebran
toda extensión viviente, todo asomo de luz,
toda ventana y todo templo.
En el lugar en que se pudren las palabras
y todo asomo de resurrección está baldío
crece la hierba y crecen los musgos en las piedras
y hasta los pájaros trinan y en su canto resucitan
las hojas secas y el milagro de vivir
carcome lentamente las lágrimas posibles.
Mis dedos son palabras y mis frases armas
para llegarme hasta tu llama.
pocos saben mi lucha. Este crecer en sombras
en la noche y ese caer sobre las mismas sombras
cuando a mi grito respondes.
Todo está lleno de ti. Creces como un árbol.
Ramificas sobre el aire
y hechas frutos cansados que se pudren
en la soledad de armarios solos.
Eres la luz y en la tiniebla manifiestas tu esplendor.
Emboscado en mi angustia te acorralo.
Te destrozan mis dedos, te llama mi garganta.
Dentro de un túnel oscuro voy gritando
y en la oscuridad mis sílabas se pierden.
No tienes templo. No hay extensión finita
que pudiera contenerte. Solo el hombre o mujer
devienen templos en sus venas
cuando el amor se llega por su sangre.
Tú les llenas las manos y los ojos de soles nunca vistos
y engendras en los vientres rostros que pueden contemplarte
en la edad de la nube o en la oscuridad de la piedra,
mientras la hierba crece sobre nuestros cuerpos
y el poder de la noche nos olvida
como a niños que tientan las paredes
de un laberinto ciego
y ellos se miran en espejos, toman té,
escriben palabras y cincelan informes
o asesinan o bendicen cañones, submarinos, fábricas,
y el día se desespera de mirar y rueda
sobre sí mismo envuelto en llamas.
¿Qué puedo hacer si me he perdido en tu silencio
y me respondes con el eco del viento y de las hojas?
Cerca de mí quedas muy lejos.
en tu esencia son iguales.
Vaso me has hecho. Agua insuficiente.
En ti no existe el tiempo. Solo persiste tu voz
lejana de la mía y este silencio eterno
derramado sobre objetos y personas.
Algo queda de ti cuando me acerco a un cuerpo.
Cuando boca a boca puedo percibirte
y en la perfección del otro me reclino.
Vaso me has hecho. Tristeza cristalina
que se quiebra en la tibieza elemental de un tacto.
Hay un rincón de silencios en que reposan tus palabras.
Siempre un hurgar continuo de mis dedos por tu sombra.
No estás en mí y estando entre los otros te hago mío.
Oaxaca, 1968.
(Cuerpos, 1972)
***
Hablo de lo que no se dice
Siempre fui el marimbero, el boxeador,
el titiritero, el mendigo.
Nunca supe la línea perfecta
entre la razón y la duda. Pecados cometí
en la soledad de mi sangre. Crímenes
contra la sombra, gritos sobre el aire.
Siempre fui el equilibrista
hasta que me di de culo contra el suelo.
No pude subir a tiempo al espectáculo.
Me cesaron. Desde entonces escribo con palabras
sucias, contaminadas de cantina, de sombras,
de madrugadas abandonadas en el quicio
de alguna iglesia solitaria. Siempre fui eso que
me tocaba ser: el equilibrista temblando
ante la cuerda, el domador adentro de las fauces.
Estuve en la escuela y nunca aprendí nada,
cuando no fuera el color de las montañas, el nombre
exacto de esos ríos que no veré nunca. Se acabó la fiesta.
Y sigo golpeando a la piñata, los ojos vendados,
alentado sólo por el gozo de algunos amigos imprevistos.
Yo avizoro
Yo avizoro un mundo alzándose
sobre el poder de su propia importancia.
Una nueva tierra y un nuevo cielo
aquí, entre nosotros,
y no en lejanos mundos accesibles
sólo por la necedad telemática.
Yo chateo con Dios a toda hora.
Es decir: hablo conmigo mismo sin necesidad
de redes espectrales controladas por el Maligno.
Vivo mi propio Apocalipsis todas las mañanas
al leer las noticias en los diarios.
Entreveo la marca de la Bestia en las sonrisas
y sobre la frente de bellos modelos indigestos.
Yo exijo un mundo construido
sin cielo y sin infierno. Un espacio
libre para la mujer y para el hombre.
Aquí, en la tierra, cercano de mi mano
y propicio al fuego de mis labios.
Un reino cuerpo, manos, cerebro, mente
y semen, unidos en el abrazo de los espermatozoides
y los óvulos. El reino de la carne para la carne.
Un reino neurona para la inteligencia.
Un espacio de luz, radical y glorioso,
por sobre la oscuridad de estos días nefastos.
Maneras de la carne
El objeto desea, el sujeto seduce.
La palabra no sirve ya para decir
lo que antiguamente estaba detenido
en el vasto horizonte.
La vulgaridad enseña sus dientes
sin metáforas y todo repite
un canto en monosílabas.
Escribir no es solo ordenar las palabras.
El poema seduce, el objeto desea.
Ambos se enfilan hacia la imagen viva
del entierro del Conde de Orgaz.
Sobre la negra lasitud, el Greco
nos muestra la extraña palidez
de sus criaturas. Eso podría ser
la imagen más delicada de un infierno.
¡Que un efecto óptico me acerque
y me separe de ti! Pero estás allí:
levísimo, como sale el vampiro de la cripta
para beber la sangre de mi cuello.
El objeto habla como la noche.
El sujeto se entrega, a ras de sol,
el último destello del crepúsculo.
Eso
Eso: lo imponderable de lo incierto.
El arco midiendo la distancia
entre el ojo y el objeto.
El recuerdo picoteado por la nostalgia
y el reloj adelantándose
para abrigar el tiempo. El punto de fuga
granuloso de un vocablo
que se expande
hasta convertirse en oscuridad, pegajosa,
adentro de mis pulmones.
De cómo el cuerpo es devorado
por sí mismo. De eso escribo
mientras fluye la sangre
hasta los dedos y algo se desliza,
tibio, hacia lo externo.
Eso. Acurrucado en sí mismo.
Volviendo al instante del nacimiento.
Yo mismo en el fondo del mar,
medusa o cardumen.
Dos organismos pertenecen a una misma
especie cuando se atraen.
La bacteria, sin núcleo, se disuelve
en tránsito hacia su silencio solapado.
Eso. Tan simple. Me permitió el regreso
al ángulo de todos los milenios.
(El Libro de la Patria, 1975)
***
Profeta entre los suyos
No creo que los profetas necesiten de otra tierra
para mostrar la verdad de su palabra. El poeta
es un profeta entre las cosas vivas: las calles,
las pedradas, los escupitajos de los adversarios,
la ternura viva de los amigos. Somos profetas
viviendo entre las cosas nuestras. Descendemos
por el lomo de la patria, por el corazón de lo que
amamos, por la hiel de lo que odiamos. Yo siempre
vivo entre lo mío. Lo que escogí lo quiero
por propia decisión. Lo amo porque conozco
la exacta medida de su gloria y de su oprobio.
Digo mis palabras para que las entiendan, o las amen,
pero también para que caigan sobre la piel dormida
de los otros. Somos alguna vez la voz del pueblo.
Nuestra propia voz temblando por encarnar una sílaba,
un retazo de pensamiento ajeno, la energía que salta viva
de algún músculo. Los poetas son profetas de la piedra,
del barro, de la fruta viva entre los dientes, del humillo
que se alza de las calles después de una llovizna.
Yo vivo entre mi tierra ardiendo. Me plantaron bajo este cielo
como un árbol. Mis hojas, mis tallos, la floración
de mis palabras y el fruto final de mis esfuerzos
son para todos: amigos y adversarios, minerales o vivos.
El profeta no necesita de otra tierra: la propia
lo salva del silencio oscuro de su casa.
(Cuaderno de vida, 2015)
***
Réplica
Envejecer es tarea desagradable, no lo niego.
Rodeado de objetos comunes, vajillas plásticas,
cornamentas colgando en el vestíbulo,
trajes tenuemente coloreados por el tiempo
y un reloj reluciente, señalando el paso.
Envejecer puede ser oficio digno
cuando se tiene cerca la mano de la muerte
y se aprende a ser su amigo y nunca el adversario.
Es importante amar para saber envejecer.
En singular, o en plural, la vida adquiere
un tono diferente.
Se vive para morir, abierta la sonrisa.
Como si la muerte fuera una mariposa
y el seguir erguido, entre la muchedumbre,
el dulce oficio de saberse eterno
bajo el rocío de la mañana.
Osa
Alguien dijo que el mundo moriría por fuego.
Yo pienso que por agua. Ahogado
en riesgos que supone
el resultado de la combustión.
O que su muerte sea una sutil manera
del aire, evaporando entre las miradas asombradas
de un calamar gigante. El vapor del agua
tejía arabescos plateados
sobre la piel hirsuta de los animales
y un cono de fuego, inexplicable,
reflejaba al sol
sobre la tibia agua de los atardeceres.
El fino plancton, hecho líquido,
mostraba la eficiencia del agua
sobre el poder del fuego.
La atmósfera no muestra nada evidente
de lo que pienso y escribo. Pero la razón,
antigua como el mundo, tiene fijado
para el agua un destino que ni siquiera
ella lo sabe. Aire, tierra, fuego.
Son apenas la máscara del líquido
que nos ahogará de súbito.
He sido lo que pude ser
He sido lo que pude ser.
Yo, el diluido.
El ectoplasma miedoso de un fantasma
que logra percibirse en el espejo.
Pensé que ya nada habría de ocurrir.
Ni siquiera encontrarte. Percibirte
entre las brumas del parque,
no en las extrañas neblinas, sino en la opaca luz
de algo que allí ya había ocurrido.
Los fantasmas no logran encontrarse nunca.
Solo pueden ser vistos
por los ojos de alguien
que espera a una estrella de mar.
Voy a ocultarme en el silencio.
Para que me abandones.
A mí, el diluido
en la basura solitaria de algún parque.
Tus zapatos, grises y rojos,
guardan todavía el calor de mis pies,
evanescentes.
Parque Central, 2011
Una gota de sangre
Una gota de sangre, hoy,
puede contener
el límite de todo el universo.
Una bofetada, en su rumor metálico,
no podría nunca domar el dulce abismo de unos ojos
y el golpe, magistral sobre los tímpanos,
no nos priva de oír el sonido
de esos caballos, recorriendo firmes el desierto
sobre sus cascos serenos.
La lluvia, anhelada e imposible,
dilata cualquier celda,
creada para contenernos.
Una lágrima expulsada,
hacia el adentro del llanto,
es más poderosa que las bombas cayendo
sobre ciudades inertes.
La esperanza está definida en los cuerpos
saltando en miles de átomos vengadores,
en ese ser en la muerte
que es igual a Ser para la resurrección.
Ta Nea Grammata
Las páginas, amarillentas,
reúnen la luz del sol, esparcida
por la desolada biblioteca.
Alguien las tuvo entre sus manos
hace unos instantes. Una persona
posó sus ojos sobre las líneas
de un poema que no sé qué significa.
Zumbona sílaba que nace entre palabras
y busca descifrar
esa música invisible
que todo lo convierte en mármol.
Aquí, la luz es blanca y cae, vertical,
sobre la madera antigua.
Nada puede interpretar
lo que soy, ahora, mientras
paso mi mano por las hojas.
No sabiendo lo que expresan estos signos
interpreto que lo dicen todo.
Mi piel, hecha luz, refleja el tono
amarillo y oro del afuera,
convertido ya en cóncava gruta
artesonada de cielo.
Atenas, 2009
Elegía
Cuando dos que se han amado se separan
-para siempre-
algo se quiebra en el orden interno
de la noche.
Una mano llama al guante ya perdido
y un hálito
se posa tibiamente en la heredad
del árbol.
Cuando dos se dicen adiós ante el espejo
-sin tocarse-
apoyando los dedos en las sombras
la forma detiene el tiempo,
y en el agua
la luz adquiere imagen de ventana.
Puede ser que esa luz
en forma deslumbrante se haga ancha
como el mundo
y un pájaro multicolor caiga desplomado,
herido por la sed
que media en el instante
de esos dos que alguna vez se
amaron para siempre.
Cuando dos que se aman todavía
-se separan-
algo los cubre suavemente
y un lenguaje tácito se nace
en el sitio en que esos dos dejaron
la recíproca tortura de olvidarse.
Algo envejece para siempre sobre el aire.
Posiblemente se suicide un ángel de tristeza
al mirar cuando esos dos desaparecen
-separados por pasos y por besos-
inventando historias y cantando,
mojados y oscuros de una lluvia
que refleja el rumor de sus palabras.
Cuando dos que se amaron se separan,
el verano sube sobre las alas de la noche
y una hoja, sobre el azul del cielo,
abre los ojos y oculta su estupor
con un conjuro.
Cuando dos que se aman se separan
-sin rencores o espadas-
un fantasma encantado cobra vida
y se inclina a recoger
a esos dos labios,
desnudos para siempre de lenguajes.
(Música Solar. Antología poética (1996-2016),
Valparaíso Ediciones,
Granada,
España,
2017)
***
He sido lo que pude ser
He sido lo que pude ser.
Yo, el diluido.
El ectoplasma miedoso de un fantasma
que logra percibirse en el espejo.
Pensé que ya nada habría de ocurrir.
Ni siquiera encontrarte. Percibirte
entre las brumas del parque,
no en las extrañas neblinas, sino en la opaca luz
de algo que allí ya había ocurrido.
Los fantasmas no logran encontrarse nunca.
Solo pueden ser vistos
por los ojos de alguien
que espera a una estrella de mar.
Voy a ocultarme en el silencio.
Para que me abandones.
A mí, el diluido
en la basura solitaria de algún parque.
Tus zapatos, grises y rojos,
guardan todavía el calor de mis pies,
evanescentes.
Parque Central de San José, 2011
(Piélagos, 2017)
***
Oda a Nuestra Señora de los Ángeles
A Eunice Odio
Coelorum reginae, Angelorum Dominae Reipublicae
de Costa Rica dilectae ac delectae Patronae…
Mons. Víctor Sanabria M.
El alfiler va ahondando
al duro corazón de piedra. Miguel,
desde la cumbre, hirsuto toca la gota
de agua santa, raspando la intensidad
de la piedra. La cera recibe el último
deseo del peregrino. La bruja, tonta,
en su arabesco ingiere su ración
de trementina, para evitar que se le pudra
la garganta. Las rodillas, testarudas, luchan
contra la lustral alfombra del pecado. Rafael
recibe el lagrimal con toscas manos espectrales
y la placenta se pega suavemente al aire,
dulcemente sonámbula en su sueño. La sierpe
inmóvil cae: los fieros colmillos
atacando el seno de la Virgen.
El abismo pesado del lenguaje goteando en el reloj
no escuece el humo de los ojos. El agua santa mana
y brota de la ceniza algún augurio: alfombra o molusco
para raspar los milagros. La vela, sedienta,
ataca al ángulo desnudo de la luz, bailando
sobre la espalda fúlgida de los peregrinos,
sin preocuparse de la patinada aridez
bajo la nave del ojo.
María, hierática, lentísima
entre las cortes celestiales, sostenida
por la forma superior del jaguar,
protege al Hijo por sobre la transmigración
de la substancia. María, esposa de José,
el hijo de Jacob y nieto de Mattán,
la madre invisible de Emmanuel.
Tegumento misterioso esta mujer que vence
a las arañas. Discípula del Sol,
madrépora mineralizada por ángeles de seda.
He aquí la velocidad de su cuerpo irguiéndose:
Alma y cuerpo subiendo,
desperdigándose en átomos.
Arde. Sube
por sobre el círculo benéfico, triturando serpientes
legañosas, polen pascual que la cubre
como diminuta cariátide de piedra avanzando
entre caballitos de mar. Sello erguido
como un pedestal silbante entre las ruinas.
Esta es la esencia del amor:
La destrucción del tálamo, el cumplimiento
/exacto del designio:
La flor silbante en vilo por la noche.
La metamorfosis de la rosa en hálito de Dios:
El címbalo hecho agua sobre el rostro del Crucificado.
1-2 de agosto de 1972, San José
(Cántigas de Escarnio, 2018)
***
Cármenes
Para Jeanne Salzmann
Maestra
I
Escribo interna forma que transcribe la pura soledad
del cántico: el cardo y la paloma girando en el magma inicial
de la raíz y el fruto contenidos en la imagen del sueño
que al solo palparlo deviene realidad inmediata
fecha: águila llameante que imagina su propio vuelo.
II
Escribo interna forma bamboleante palabra
inflamada sílaba hacia el mortero loco del espacio
más allá del relámpago y más cerca del confín
en donde los ojos crean eclipses y formas lúcidas
para interpretar el cielo en la aureola austera
del sol cayendo sobre el vaso lustral de la memoria.
III
Escribo con la sangre algún deseo inmediato:
algo que después es estribillo cantado por los otros
palabra deslenguada hirviendo sobre el labio
para decirse su propio lenguaje circular y su estallido.
IV
Escribo enigmas que conciben la pupila como un ojo
abierto y fijo perdido ante su propio rumbo
voluntad de palabra más allá de su significado
Signo puro de un coro que murmura entre la bruma
lo que nos fuera otorgado sin pedirlo.
V
Escribo bamboleante ritmo crujiendo entre las venas
la voz de mi enemigo: anillo sobre el cual descansan
todas las plagas de la tierra y las bendiciones obtusas
necesarias migas para complacer designios que objetamos
al abrir y cerrar todas las puertas dibujadas al frente.
VI
Escribo en libertad de ser solo una voz plural
desperdigada en un grano de luto sobre el mundo.
Escribo en cárcel de palabras rasgo la hoja en dos
y descuajo los ternísimos insectos del lenguaje
asidos al imán de los vocablos: huyen entonces hacia:
mariposas brillando como lunas.
VII
Escribo lentos goces temblando
sobre la piel ajena mascullo lenguajes que ignoramos
bebo en mis propias manos del agua que mana de las venas
absortas en su plena piedad de llama súbita
creciendo volcando construyendo plenas en su
poder de remontarse hasta el agua lustral que arde en vientre
para cubrirnos de sueños mientras un áspero
coro gime entre las sienes su lenguaje de estrellas y de abismos.
(2010)
(Libro de los esplendores, 2019)
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