I
sale a darle clemencia al universo.
a su lado
se coagula toda bruma
en paralela negritud
mi abuela
reordena el caos nómada
de todas las mañanas
cuando todavía no bullen
sus deliberadas tetas opíparas
de querer atrapar el escándalo
y volverlo hojas secas para barrer.
II
mi abuela es como la tierra, tú sabes:
mujer helicoidal que extiende su ceiba seca
a contrapunto, a contraluz,
para trenzar la ruta que el viento ha de seguir al día
y obligarlo a entregar
los huevos y obeliscos de anteayer.
Ella es así mi abuela,
basta que pase los pies por el cemento
para que la brea libere retículos de pájaros
qientras llegaba el progreso,
basta que los lleve con su escoba hasta sus piernas
para que recuperen ese grado amplio y permisivo
de triángulos en el cielo y en la boca.
Mi abuela es como la tierra, tú sabes:
hambrienta mujer inexpugnable
que extiende sus greñas
a las abejas instalando minuteros,
a las raíces latentes
sólo a ella hablándole al oído
y que las reconoce
como salidas de una misma vulva omnímoda
otorgándoles clemencia para seguir almacenando
jugos, sabiduría y sortilegios.
IV
intento hablarle a mi abuela
por la pupila derecha
para poder pedir clemencia
y mi bendición,
lanzarme a las autopistas
a encontrar mis lugares de semilla,
mi propio método
de cargar el día en la cabeza
sin que se me derrame
ni una sola fracción de luz,
mi sistema de comunicación
con las rutas y raíces,
la fórmula de mi próximo reglamento
sobre vías y deberes del aire
las pautas para rearreglar el cosmos
cuando tenga setenta años
setentaitantos
y haya vivido sacerdotisamente
lo suficiente
como para desarrollar
un par impune de tetas portentosas
con las cuales enfrentarme a la erosión
y al pecado de conocer
por qué roto se sale el tiempo,
por qué filo se escapa lo cercano,
cómo hace una para encontrarse la gravedad
que no es más que la tierra
vaciada en cada arteria
tarareando la canción de las mujeres
que habitan
como mi abuela
entre guerra y guerra.
Olores propicios que conjuro
en estos pabellones nemónicos—
yo en tu falda ondulatoria
mirando el comején de tus uñas,
aquellas venas varicosas, la televisión
donde corren estudiantes
por las calles de río piedras.
envuelta en nube de eucalipto y sahumerio
yo y mi maranta
esperando estoicas
el martirio de la peinilla furiosa,
de los furiosos marines de isla nena
(aceite de coco para resistir
sabor de muerte en la boca).
yo cortándome el pelo
y el olor a tus velas quemando santos
enredado en la cintura
de mi uniforme gris:
otra huela en el recinto
en vega baja el machete cae y cercena.
yo sobre un hombre húmedo
recordando de repente otros sudores,
la madera aromática en tus brazos fuertes
enseñándome la arista del grito fijo;
tus brazos barriendo
la nube oficial de ojo ocupado.
todos tus olores
en comparsa ante la sangre
en esta nariz memoriosa
que ahora te huele
de hembra a hembra.
Qué mucho hay que hacer
para llegar a ti;
incontables noches devotas
mirando ardientes botones
de noche prensada
midiendo el arrastre
de criaturas celestes
morando entre poro y fauce
entre desahucio,
mimbre y yerba solapada
para llegar a tus pezones
ya cansados de milagros,
a tus piernas de brea cándida
que hoy confunden la casualidad
con designios divinos
y que a veces son
pequeñas charcas iluminadas
que devuelven el ojo a la olla
con sus dimensiones.
Quédate conmigo hoy abuela
ven
duerme conmigo y sé mi amante.
déjame colgarme
de tus preciosas tetas del prodigio
de tu boca llana;
vamos a meternos los dedos en elipsis
hasta llegar al canto
resoplar
y recobrar los jugos prohibidos
los últimos, los más sabrosos.
ven
cabálgame abuela.
yo te llevo hasta la orilla palpitante
yo traslado tu sordera
a las agujas explosivas
a los oídos que dinamitaremos
con los dedos en la sangre de la otra.
dame tu lengua y tu pubis
tus zonas más tuyas,
métete abuela dentro mío
dentro destas galerías oscuras
contritas
que balbucean tu nombre.
Recuerdas
cuando te encaramabas a los hombres
los corrías
los dejabas desolados
llorando asombro seco;
recuerdas tus prodigios caderosos
cucando rebeliones
y luego
a aquel hombre portentoso,
a aquel marín que te preñó tantas veces
que por poco te mata de hijos, recuerdas
cómo entonces
se te hinchó la cadera para otras cosas,
cómo nos vigilaste la carne
confundida
asustada por el vientre traicionero,
cómo nos viste caer a algunas
y a otras no
en la inescapable adicción a la progenie.
Ay abuela
yo quiero ser el vientre plano
que escoge su henchidura.
yo quiero retornar a los hombres
con todo el ímpetu de nigua
que traías en tus ancas
quiero ser el cuerpo negro de la provocación
más allá de los hijos
más allá de los hombres
más allá de las macanas
que nos cosen a tierra
que nos obligan
a atragantarnos de cloacas.
yo quiero ser la cuenca a tepe
y volcarme en ti
como una madre amante compañera;
salir sudada de las camas
de las calles,
sudada de baños públicos,
sudada y contenta.
esa es la arista fundamental
que tú señalas
desde el silencio mudo de tu espanto.
Abuela,
si tú fueras iyalocha todavía me dirías
“hija de Yemayá
carne salina”
y yo te entendería
a pesar de personas planchaditas
que me dicen
“enfermedad vernácula
anécdota de tierra
mito hueco para algunos antropólogos.
zambúllete en el mainstream minoritario.
lee a Safo.”
o la leo, abuela
pero iyami me sigue reclamando
con la mano llena de caracoles sabios
de amantes y machetes
para cuando la lucha arrecia.
yo soy sal, abuela
sal negra que entiende a Safo
desde el sabor del hueso propio
y no tengo intención de plancharme
ni una greña más.
Anamú y Manigua,
Río Piedras, PR,
1991)
Graciasss/www.bibliotecanacional.gov.co/es-co/poemas-y-cantos
***
(fragmento)
Cáscara de coco, contento de jirimilla azul, por los dioses di, azucarada selena, suculenta sirena de las playas alumbradas, bajo un spotlight, confi ésate, lunática. Tú conoces los deseos desatados por las noches urbanas. Tú eres el recuerdo de remotos orgasmos reducidos a ensayos de recording. Tú y tus siete moños desalmados como un ave selenita, como ave fotoconductora de electrodos insolentes. Eres quien eres, Sirena Selena... y sales de tu luna de papel a cantar canciones viejas de Lucy Favery, de Sylvia Rexach, de la Lupe sibarita, vestida y adorada por los seguidores de tu rastro...
II
En el avión, sentadito de chamaco con la Martha, que es toda una señora veterana de miles candilejas —El Cotorrito, Boccaccio’s, Bachelors—. Hasta hizo shows en La Escuelita, calle 39, Nueva York. Hasta tuvo marido asiduo que le montó apartamento en El Condado. “Así como tú ahora, niña, que estás en la punta de tu cenit. Yo era su decente mujercita cuando venía a Puerto Rico desde Honduras. Él era negociante, mi marido. Y como tengo sangre de empresaria, aprendí de él a llevar libros, más le saqué cuanto pude para montarme mi propio negocito. Ni pienses que iba a quedar abandonada cuando el marchante se cansara. Yo en la calle de nuevo, jamás de los jamases, demasiadas bosteaderas me costaron ya los trasplantes y las hormonas que me hacen fabulosa. Sorry, nena. Me malacostumbré al buen vivir.”
Martha, toda una señora, su guía, su mamá. La que nunca tuvo, la que lo sacó de la calle para ponerlo a cantar en El Danubio Azul. Era alta y rubia oxigenada, ya con sus arrugas, con su par portentoso de pechos de silicón con piel increíblemente tersa por las hendiduras del escote. Bronceada y de piernas largas, siempre llevaba las uñas esmaltadas de rojo granate, todo un coágulo de sangre en la punta de cada uno de sus dedos, los de los pies, los de las manos. No exhibía un solo pelo que la delatara. Solo su altura y su voz y sus ademanes tan femeninos, demasiado femeninos, estudiadamente femeninos. Su dentadura era perfecta, sin una mancha de nicotina, aunque fumaba sin parar. Este hábito acaso explicara aquella voz granulenta, como si millones de partículas de arena se hubiesen aposentado en la garganta, en el cuello largo y bien humectado, arrugado un poco ya, pero elegante, espigado en una curva sigilosa que terminaba hacia arriba en cabellera con permanente; hacia abajo, en espalda un tanto ancha, pero espalda fina de mujer entrada en años, que había vivido ya muchas vidas. —Vampiresa en tu novela, la gran tirana... —Ensayaba en el avión la Sirena camino a la República Dominicana.
Iban de negocios, él y Martha. Primer avión que coge, primera vez que brinca el charco. La segunda será a Nueva York, lo presiente. Allá, a probar suerte como quien es. Y no era que antes de Martha Sirena siempre hubiese sido un deambulante. Techo tuvo alguna vez la Selena, pero cuando se le murió la abuela de tanto limpiar casas de ricos, no había nadie que velara por él. Tíos muertos, emigrados al extranjero. Madre en paradero desconocido. Servicios Sociales se lo quería llevar a un hogar. Pero bien sabía la Sirena que para él no había gran diferencia entre un hogar de crianza y un círculo en el infierno. Allí abusarían de él los más fuertes, le darían palizas, lo violarían a la fuerza para, luego, dejarlo tirado, ensangrentado y casi muerto en el piso sucio de un almacén. Así que Selena prefirió hacer de la calle su hogar. Antes, con Valentina. Y después, con Martha, su nueva mamá. Ahora iban juntas a la República Dominicana en plan de negocios. Martha le había enseñado a ahorrar. Martha le había enseñado a dónde ir por bases y pelucas bien baratas. Martha le había quitado el vicio de coca que le tenía los tabiques perforados y sangrantes. —“Loca, que por ahí no se cae señorita”—, y le había dado otra opción que la de tirarse viejos en carros europeos. Le sacó el asco del semblante, le devolvió la dulzura a su voz. —Tú cantas como los ángeles del cielo —le había dicho un día emocionada la Martha; un día que Selena recogía latas por los alrededores del Danubio y, casi sin darse cuenta, tarareaba un bolero de los de su abuela.
Lo cantó a viva voz, lo cantó como si se fuera a morir cuando terminara de cantarlo, lo cantó para percatarse ella misma de su agonía, como un perro agonizante lo cantó, como un perro de raza, pero leproso, muriendo bajo una goma de carro recién desmantelado. Las dragas que le oyeron el bolero quedaron boquiabiertas. Estaban trabajando en la calle, negociando con clientes. Pero, de repente, empezaron a oír un murmullo de pena, una agonía desangrada que se les metía por las carnes y no las dejaba estar lo suficientemente alertas como para negociar precios de agarradas, o de virazones de maridos escapados de su hogar. No podían sino recordar cosas que les hacían llorar, y les despegaban las pestañas postizas de los párpados. Tuvieron que girar tacones y alisarse las pelucas para oír mejor. Así, lelas, lograron llamar a su mánager, Miss Martha Divine, para que oyera aquel portento de bugarroncito con voz de ángel dominical.
Fue Lizzy Star quien logró avisar a Martha, a grito puro. Estaba más cerca de la puerta del Danubio Azul, barcito de travestis descarrilados del cual era propietaria la divina, la esplendorosa Martha Divine. Fue cuestión de halar el mango, meter la cabeza unos segundos y gritar: —Martha, corre, mira esto. Martha salió ajorada del Danubio, preparándose para lo peor. Pensaba que iba a tener que pelear con algún policía que, buscando propinas extras, pateaba a las muchachas o le caía a macanazos a algún cliente. Pero no, eso no era. Tan pronto la puerta se cerró a sus espaldas, pudo oír una melodía sutil que mantenía a toda la calle en animación suspendida. Con la vista, Martha buscó el origen de aquella voz. Lo encontró. Venía de la garganta de un muchachito, que, endrogado más allá de la inconciencia, cantaba y buscaba latas. Martha se quedó como todas las otras dragas, como todos los otros clientes, como todos los otros carros que paseaban calle abajo. Cuando reaccionó, la sangre de empresaria burbujeó por sus venas. Caminó hasta donde estaba el muchachito, lo invitó al bar, a tomarse una Coca-Cola. Le ordenó comida, se lo llevó a su apartamento, lo ayudó a romper vicio, lo vistió de bolerosa.
Poco a poco, lo ayudó a convertirse en quien en verdad era. Y ahora se lo llevaba a la República Dominicana porque nunca la Selena se había montado en un avión. Iban de negocios, a ver si vendían su show a algún hotel. Sangre de empresarias. De jovencito, Selena iba nervioso, tal vez por la emoción del viaje, la premonición de una vida nueva a partir de ese plan de presentarse en otro país, aunque fuera en la isla de al lado. Ya había hecho su showcito en la Crasholetta, ya les había cantado en privado a las locas más lujosas del ambiente. Pero era muy nena todavía como para ganarse contratos en los hoteles de la zona turística. —Ni mintiendo te lo dan, mi amor, que las leyes federales prohíben el child labour. ¿Tú no sabías eso? Así que mejor —le dijo su mamá—, mejor nos vamos a la República Dominicana que allí no se tragan esos cuentos. Y ahora, gracias a las leyes federales, Sirena Selena estaba a punto de convertirse en la diva del Caribe. Despertaría ansias en todo un público nuevo, con la ilusión de su canto. Se convertiría en la estrella de un show para hoteles de cuatro estrellas.
Tendría un vestidor y luces y vestuarios confeccionados con las mejores telas que se prestaran para el simulacro. Allí, podría hacer, al fi n, entera gala de su voz. Ay su voz, que no le fallara ahora su voz, virgen santa, que no le fuera a cambiar el timbre, que se le quedara así, dulce y cristalina. Sus compañeras de trabajo del Danubio no se cansaban de decirle que del centro del pecho le sale un gorgojeo de pena percudida, pero siempre fresca, tan antigua y tan fresca como el mismísimo mal de amores sobre la faz de la tierra. Millones de personas le han dicho millones de cosas acerca de su voz. —Huele a miel tu voz, tu boca es una fruta —le había susurrado un día un admirador que intentó besarla. Ella acababa de cantar. Estaba exhausta de tanta puesta en escena. Así que se dejó besar. Dejó que la lengua de aquel hombre le recorriera el hueco de sus dientes, le sorbiera la saliva densa de una noche de cabaré. Permitió que enredara la lengua con su lengua agotada, que le hiciera caricias para ver si así la aliviaba un poco. Pero, a mitad del beso, Sirena notó que aquella boca buscaba algo más de lo que normalmente se busca en los besos. Aquella boca quería tragarse una melodía. Era un beso que buscaba devorarle la voz.
Cuando el admirador terminó de besarla, la miró victorioso. Sirena asumió de nuevo su papel de mujer misteriosa y se alejó, sin más, hacia la trastienda que le servía de camerino a todas las dragas del Danubio. Ondeó su menuda caderita, aguantó saliva ajena en la boca, sin tragársela, sospechando sabotaje. Cuando llegó a su camerino, se enjuagó la boca con agua de grifo, y con Listerine. Después, al llegar al apartamento de la Martha, hizo gárgaras de pétalos de rosa y magnolia con ajo, para espantar cualquier bacteria de envidia que se le hubiese quedado rondando por la boca. Así se sentía ahora, con ganas de hacer gárgaras y, luego, ponerse un paño con hojas de yerbabruja alrededor del cuello, de tomarse un trago de brandy con miel, agua de azahar y canela, tragarse una yema de huevo cruda, rezarle oraciones a San Judas Tadeo. Quería protegerse la voz. Bien que lo sabe la Sirena. Lo único que tiene es su voz para lograrse otra más lejos.
Pero en el avión, ni la Martha le notó el nerviosismo. Veía musitando a la Serena, pero jamás la pensó rezándole a Santa Clara, ni a la Virgen de la Caridad del Cobre. La creyó repasando los boleros escogidos para su demo-show. Le daba gracia la estampa familiar que formaban, ella de madre con su hijito quinceañero, que parecía, pero no era exactamente un chamaquito más; que en las uñas demasiado cuidadas, en las cejas arqueadísimas, en el ademán de la cintura perfilaba otra cosa. Y ella que era, pero no, la madre celosa, la doña entrada en años que no se dejaba vencer por la maternidad, que había sido madre joven, confidente amistosa y apoyo de la familia. La Martha Divine, un poquitín demasiado alta, un poquitín demasiado fuerte en las líneas de la barbilla, un poquitín demasiado llena de tersuras y redondeces fuera de sitio en la piel... Pero aun así, cualquiera podría pensar, un poco distraídamente, que esa señora y su nene constituían una familia vacacionando en la República Dominicana. Miró con cariño a su hijito, le tocó la cabeza y la Selena respondió con la sonrisa de siempre, lejana y casi imperceptible, sin dejar de musitar aquel montón de palabras, de rezos y canciones que se le agolpaban en la conciencia.
Mondadori,
Barcelona,
2000;
Punto de Lectura,
Querétaro, Mx.,
2009;
Colección Rayuela,
Dirección de Literatura,
UNAM
Ciudad de México,
2011)
Graciasss/literatura.unam.mx/2025/sirena-selena-2011.pdf
***
Espero mi pasado…
Espero mi pasado
al pie de la escalera.
La luz choca en mis hombros
crece y se regala
a mi intersección encogida.
Todos los polvos suaves
de todos los caminos se congregan en mis pupilas
para deliberar sobre mi caso desahuciado.
No hay órbitas, ni eclipses, ni palomas grises.
Sólo estoy yo
sentada al pie de la escalera
con el universo revertido en mi cintura,
con el sol hinchándome las axilas,
con la soledad mamándome del seno
Urbanizaciones
había que parar revoluciones
había que cortarle
la cabeza a las huelgas
a los atentados
que se sucedían como hongos
como bailarinas bacterias en pan verde.
los contratistas observaron
a las trabajadoras de la aguja.
se fueron a santurce a puerta de tierra
estudiaron a los muelleros
deliberaron.
hay que construir urbanizaciones
cada cual en su casita con su cajita
con su magia eléctrica westinjaus
y su plan para los dientes
construir y mientras tanto aplastar
a los que no quieren cemento
edificar jardines hermenéuticos
expandir el narcotráfico
de la equilibrada belleza.
cada cual en su casita con su cajita
y su magia auricular para la lengua.
urbanizaciones
y los que no caseríos.
bajo cemento todos.
que no oigan latir al tecato
a la nena violada pariendo
a la doña de ojos violetas
y de labios hinchados.
urbanizaciones
hay que construir la panacea
que borra toda guerra del semblante.
no tenemos territorios
es mentira la sal en nuestro plato.
todo ha sido repartido
mientras nosotras
ponchábamos el trabajo a dobletiempo.
estas nalgas tampoco son nuestras
es mentira la caricia sobre el muslo.
las yerbas, lo único poseíble
yacen aplastadas bajo asfalto.
no tenemos nada
ni palmas para la mano.
así es mejor.
la canción sudorosa
esa yegua pentagrámica
que nos arrima poco a poco
nos avisa la hora de romper valla
de llevarnos cubo tacón
barrigas sin velo
las tuercas
tirarles en la cara la Singer
y con su bombilla refulgente
cheques de desempleo.
esta canción abrazo y fuego
para los archivos
es la única casa habitable.
allí la palabra campea
y la conocemos bien,
clemencia.
susurran que llore una canción
carne de diablo
que recoja y doble mi desespero
lo restriegue con limón
para aromarlo a ropa limpia.
yo oigo;
medio inversa me pregunto
cómo cuándo y por dónde llegaron
los susurros a este plano de enfrente
en que se plantan y apuntan hacia el salto
hacia la esquina triste de su fuerza.
me dicen: la garganta es el punto
donde comienza la historia
la de la sal y las algas
la del sudor y astilla de pulpa ingrávida.
señalan hacia las sordas rutas
donde pájaros mueren y revientan
para recogerse en instantes de llegada:
mujeres resbalosas
reconociéndose la fruta
el anamú que las ensarta grano a grano
me dicen que llore una canción
carne de diablo.
seca
abro la boca
a ver qué monstruos de párpado reverso
salen de la recóndita tripa
donde me late el grito.
Bolero #7
acerco mi dedo al instante
de tu cuello en mapa de alas,
poros, rincones
increíble distensión para la fruta.
acerco mi dedo al jolgorio de tu cuello
accesible a golpes marinos,
a gentíos enfrente de bares.
tu cuello-avenida del grito
que reconoce sectas hogareñas,
las más opíparas noches para piedra y fuego.
acerco el dedo:
la querencia sube desde esta desnudez
curada a palos, a la escapada
que a veces no deja ni abrir
las piernas de la sílaba
así.
acerco el dedo.
tocarte es revolú de puntillitas,
de hojas que nacen del ombligo
y chocan con el tuyo tan sonero.
como si fuese ayer,
cuando desconectadas las ecuaciones,
los ríos superpoblados, coitos arbóreos
barro, ese
que es una de tus carnes largas;
multiplicada en savia, maíz,
funche dulce, en gofio.
acerco el dedo ensimismado en su travesía
toco puente, no llego
acerco en mi tu cuello a dedos
a tramos míos de muslos y extensiones,
se completa un ciclo lunar.
criatura de moluscos, hombre
liquidez es tu baile de artefactos
de cartílagos hasta tu esquina
criatura de nasas
me acerco
tu cuello es el eje.
así
encontrarse con alguien
en las coordenadas de la desnudez
en las exactas coordenadas de la desnudez
en la mismita punta de un tramo que incide hacia abajo
hacia el punto más táctil de la desnudez.
allí encontrarse con un profundo extraño
desconocerlo aún más
reinventarlo en la sangre, en los jugos
que vienen hartos de estarse deslizando
bajo los sustos de las sílabas.
una quiere que la toquen
sin más complicaciones que el deseo
y de repente se encuentra con
ese otro lenguaje
más rotundo
que la misma desnudez.
Sin datos a que libro/s pertenece/n
Graciasss/lapalabra.univalle.edu.co/mayra-santos-febres-una-poetisa-del-caribe-surgida-de-las-raices-de-sus-ancestros/
***
Lirio Bola de Fuego
Hace dos meses que te fuiste, padre
Tu nombre en estas tierras fue Juan de los Santos Hernández
Negro retinto
Campeón bate.
De repente comenzaste a cultivar un bello jardín.
Estabas viejo
Y el Señor de los Siervos
te dijo a ti,
personalmente, recalcas, te habló y te dijo
que tu casa era salva porque lo habías aceptado como Señor
y eras el patriarca de tu linaje.
Un día que esquivé los miedos
y las confrontaciones,
los golpes en la cara de quien fue
tu tercera o cuarta esposa,
tus reclamos de ayuda a escapar de esas cadenas
y tu orden de que buscara del Señor, fui a visitarte.
Ese día me regalaste un bulbo de lirio
bola de fuego.
Tus manos
que una vez también levantaste sobre mi madre,
lo sacaron de la tierra blanda y prieta.
Me lo diste como si fuera un secreto
Alimento,
Como de cuando en vez, me ofrecías panas, guanábanas
mangos de tu patio,
flores de cruz de malta para que chupara sus pistilos dulces,
agua de un pozo extraño en las parcelas,
todo lo que tenías
en esos tiempos de la vejez
que se fueron fundiendo con la tierra.
Tus manos de dedos elegantes
Siempre de uñas finas,
Aunque blandieran machetes y picos,
Aunque empuñaran bates y guantes para atrapar pelotas duras
que parabas con tu propio cuerpo tenso que quebró velocidades
en el campo de béisbol,
cuerpo amoratado.
Una vez puse mis manos sobre tus manos,
Una vez puse sal de higuera sobre tu cuerpo herido a batazos
Y por la frustración que guardaba el silencio
de saberse tensa ilación de potencias reducidas
al entretenimiento y a la servidumbre.
Tomé el lirio como ofrenda de paz.
Bola de fuego traspasada a las tierras de mi casa.
El fuego que te habitaba,
La insistencia de ser libre se transformó en mis manos
en la bolsita dulce con que me llevé
el bulbo como promesa de más lumbre.
Changó bullía escondido bajo la palabra
Del Señor de los siervos.
Desde aquellas palabras permitidas, te hiciste luz,
oblicuo fuego de tu transformación hacia Orisha Oko
La Tierra.
Siempre me miraste con desaprobación y cariño
Siempre fuiste parco de caricias
Ausente en la insistencia de que tú también
tenías un lugar en este mundo
en que se te debía respeto
y derecho para la manifestación de tu potencia entre los hombres.
Bola de fuego, Padre sin servidumbre
Me alce ante ti dulce y terca
en perseguir mi senda,
en proclamar, como tú, mi potencia.
Hoy los pistilos rojos de tu partida y de tu regreso
rajan la tierra, valientes
prometen nuevos florecimientos
tallos delicadamente verdes
alzan la flor hacia la luz
alzan sus pétalos que van abriéndose
como yo me abro
a llevar el nombre que me legaste,
hija tuya
continuación de tu sangre y de tu gesta.
Hoy, día de los Padres,
A dos meses y 10 días de tu partida
El lirio Bola de Fuego
Floreció otra vez.
Altares
El cristal traslúcido contiene las aguas de alcanfor.
Un velón blanco, siempre encendido y los retratos de
los pilares de mi estirpe.
Las azucenas perfuman el aire de la sala.
Junto a la puerta se levanta el altar
para que marque mis salidas mis llegadas
el andar entero por el mundo.
Todo el que entra pasa por su umbral perfumado
todo el que sale.
Las ofrendas de salvia quemada de incienso y mirra
los reciben.
Todo lo que entra a mi hogar,
todo lo que sale;
mis hijos hacia sus tareas de hacerse gente,
mi afán de vínculo a sus sendas,
los entrevistadores,
los vendedores de abalorios,
el amado, la prima, la Comadre,
los amigos, la familia extendida.
Frente a la piedra primera y el cristal
dejo los derechos del día
vueltos monedas
chapas de botellas
uvas con que refrescar el Ori corona
café y tabaco que no son para el símbolo,
eso lo tengo claro.
Los ritos son la cáscara de la fe,
es decir, la práctica de la intención de la consciencia.
Toco las campanas que llaman la risa de mis Mayoras
su desparpajo ante el día
la convicción de que también sea la alegría y el gozo.
Me encomiendo al enjambre de caminos
y salgo valiente y risueña a hacerme de rutas.
Sé que una de ellas me traerá de nuevo al hogar
si tengo suerte,
Me traerá cargada de frutos y de retos
para la página.
Alimento de viento Altar
marcador de la pausa y de la continuidad.
El tiempo del aquí y ahora
parece causa y efecto pero es espiral.
Que sea yo la encrucijada
para todo lo que entra todo lo que sale
en movimiento y humo trascendencia
en alimento para mi cabeza y para el Cielo.
El cuerpo habla desde que compartimos el viaje.
Retícula de sangre, piel de tambor
Un bosque entero desde el cual danzan los minerales
Aquí hubo que limpiar caminos para la conciencia
Cimarrona adentro.
Me tomó tiempo
A blandir machete para abrir la senda
Hacia esta nueva conciencia que me nombra
Desde la soledad
Del monte en el pecho
En el cuerpo entero.
La espesura de mi piel anochecida
Empuña la luz de las estrellas.
Soy la máscara en la piel de la madera que habla
Desde el tiempo sin tiempo de las Mayoras
De los Mayores,
Guardianes del secreto.
Las palabras son el velo y la oblicuidad
Que hablen de mí.
Que resuenen para despertar otros secretos.
La piel es el secreto que no define, pero nombra.
Hecho sonoro y respirador
Retumbe en latido, pasos, luego palabra.
Publicidad
Extracciones
Nacimos a esta nueva muerte de la caña
porque fuimos extraídos de la cepa
vendidos a
«cabeza de esclavo», «pieza de ganado»
«ingeniero de calderas», 80 reales
«nana de leche»- 60 reales
«bracero»- 40 piezas de oro
Nana de vientre— valor: 55.
Exhibidos en la plaza, sobre un tocón de madera o de ladrillo
Nos encadenaron al atrás de la carreta del mejor postor.
Desde entonces, la palabra «siervo», la palabra «amo»
Trae su sombra de trapiche
vaho de melaza hervida
hasta el sopor de cada sílaba empuñada.
Endulzar con azúcar el brebaje
siempre trae su agrio que tragarse
mientras se fuerza la sonrisa y se murmura el «gracias».
Yo no sé si recordar pasado
sea tan dulce
o si la nostalgia es para otros
Y para nosotros, no.
En el pabellón de la oreja
Retumba la lección de mis Mayoras:
«es mejor olvidar».
El asunto es que los olvidos
Arrasan hasta con el nombre propio.
¿Olvidar qué, Abuela?
¿El ardor de la piel abierta
pero también el surco de las semillas?
¿El piso de tierra del ranchón
¿Pero también el barro que cuece las vasijas?
¿La peste del mayoral sudándote encima,
pero también la rabia que alimentó de tus negociaciones
hacia la libertad?
Es difícil hacer balance de estas memorias.
El olvido sigue siendo una promesa vacía.
Hay días en que hasta me atrevo a celebrar esta extracción.
Puede que haya olvidado todos los nombres de mi estirpe,
el susurro de las aguas primeras
que bañaban la aldea desde la cual partió mi sangre.
Sé que esa aldea no es ya más.
Sé que la caña nos parió
una muerte nueva, pero también
Que esparció la semilla de la piel
Más allá de donde jamás pensó brotar.
Estamos en todas partes, Mayoras.
Con ustedes, somos legión.
Ganar esta guerra es cuestión de tiempo.
El mundo nos recuerda todos los días
que esta tierra que sudamos
no es del todo nuestra,
que existen papeles y secretas escrituras
que nos la pueden extraer de entre las manos.
Que existe el terror.
Pero también me aclara
que no hay forma de no bregar conmigo,
con nosotros.
Que no cesamos de recordar:
Somos legión.
Malungaje.
Más allá de la piel,
aprendimos cómo se juega el juego:
Eso es de lo que se trata, al fin y al cabo,
de extracciones.
control de cuerpos y de recursos.
El cuerpo se llena de signos.
La piel se revela tan sólo como otra cáscara del mismo rito.
Recordar es la contundencia y la convicción.
¿Quién detiene la comunión de la sangre?
¿Quién contiene el agua migratoria?
¿Quién frenará el encuentro de los desposeídos?
Nadie.
Mientras guerreamos, la Tierra sigue girando.
Casa del Chontaduro
El canto del río
El trino de las aves
Las canciones que acompañan las faenas…
«Ay que me voy/ adiós pues…»
La tambora y la marimba sueñan
Desde los pechos cundidos
De la ausencia.
Un rifle las hizo bajar de los cerros del Cauca
Hasta la tierra de los asentamientos en Agua Blanca.
Bajar con los pies manchados en muerte y miedo,
Dejar la tierra por no pagar impuestos de guerra
Hacerse un techo de toldos y cartones
En lo que el chontaduro y el biche ayudaban
a que se acumularan las monedas
Para comprar una nueva ¿libertad?
Pero había otras que bajaron antes
Y que recordaban los cantos que sanaban,
el recobrar la danza en los pasos que huyen
para trazar la senda de nuevamente Ser.
Yo siempre pensé que la poesía
nacía de entre las hojas de los libros.
Me acostumbré a valorar
las lecciones encuadernadas
que ensanchaban lo que mis ojos
podían alcanzar a ver.
Hay más, me decía
Y leía
Hasta que me dolían los ojos.
Pero en Chontaduro, Agua Blanca
Vi
la palabra hecha carne de Mayora
y canción de tierra que no se cansa
en cantar la existencia común,
nutrirla con el cuento y con la voz.
Si la extracción es infinita,
así de infinita es la voz que canta.
El olvido no existe.
Existe la voz.
Afrofuturismos
Era tan sencillo.
El progreso es el opio de los pueblos
El éxito, una droga recreativa más
Una suspensión,
Apuesta a la seguridad inexistente.
No hay forma de no morirse y renacer.
El nombre propio siempre puede ser otro,
Una palabra que le añada resonancias a la desobediencia.
La felicidad es la primera práctica de la liberación.
Sudar, bailar, cantar, contar ayudan al parto
de ser nuevamente
ruta y creación de otra vida
para una y para todos.
Una y todos son el yo que nace
desde el pasado.
El futuro queda atrás,
Es un regreso nunca al punto de partida, sino más allá
O más acá del Tiempo,
Sistema disipativo que encuentran surcos para manifestarse.
Lo que es será
embrujado con lo que imaginamos,
todo vuelto red, placenta
de lo ya vivido.
Andar, perderse y retornar
Más allá del nombre,
Cimarrona de quien fui,
Para ser propia y libre de mí misma.
Era tan sencillo.
El futuro es cimarronaje.
Sin datos a que libro/s pertenece/n
Graciasss/www.casapais.org/en-tu-manera-desnuda/mayra-santos-febres
***
luna en Piscis
estoy de vuelta,
estoy de vuelta,
estoy de vuelta
y ningún hombre ya jamás
podrá encerrarme en sus abrazos.
Estoy de vuelta a la inocencia.
Regreso a la que una vez fui.
¿Será que me muero pronto?
Es extraño este regreso.
Es como nunca haberse ido
después de una negarse,
escupirse tres veces en la cara,
conjurar el nombre
que siempre fue el propio.
No sé si me explico.
No sé si alguna vez
pueda volver a intentar explicarme.
No vale la pena.
El regreso al punto de partida
es como nunca haber partido
y, a la vez, caminarse por dentro;
ver los pasos desandándose
y una niña,
una simple niña disfrazada de mujer sabia,
rotundamente regresa.
(BOAT PEOPLE, 1994)
este cuerpo es un país…
este cuerpo es un país- pensó la mujer que escribe
la que por vez primera puso
su estampa sobre las superficies de la tierra.
este cuerpo es materia
como la piedra
y en él se encuentran dos sangres
la que traen los hombres de la caza
la que traemos las mujeres a la puerta.
una sangre atrae la depredación,
la otra marca los ciclos del tiempo.
veintiocho lunas
y la sangre resurge oscura
se vuelve tinta permanente
me convierte en fruta de la fruta.
estas piedras que todo lo han visto
conocen la historia.
sabe que todas las sangres son una.
(Lecciones de renuncia, 2019)
a las guerreras las marca…
a las guerreras las marca siempre la renuncia-
enseñan las viejas de la estirpe.
las marca la luna solitaria
que vierte su luz
ancha y amarilla
desde el firmamento.
todos la desean y le temen
pocos se aventuran a tocarla- cuentan las sabias de la estirpe.
las viejas guerreras
lo cantan. así lo escriben en sus cortezas
o sobre las piedras.
la luna es la reina guerrera- cuentan.
a quien ella selecciona
se le llena la cabeza de preguntas
pero una sola es la respuesta:
la renuncia.
(Lecciones de renuncia, 2019)
a qué renuncia la mujer que escribe…
¿a qué renuncia la mujer que escribe
porqué es guerrera la mujer que escribe,
qué batalla es la que tiene que enfrentar?
una no se mide con las bestias
no sale a cazar
una no mata para traer el sustento-.
por más que lo intenta,
tampoco puede una convertirse
en presa de la depredación.
¿es a eso a lo que se renuncia la mujer que escribe?
¿a la permanencia en el país que son los cuerpos
del trabajo y de la presa?
¿acaso se puede entrar y salir de ese país?
ir de la caza a la casa, de los campos
al solitario abrazo de los signos
a los brazos del amado y de su ausencia
para que, aunque también él parta, logre retornar
al menos en canción?
¿ese amado es un cíclope y un ciclo
camina por los valles,
batallando la pregunta y el sustento?
¿será eso posible? – se pregunta la mujer que escribe,
cuestiona la mujer que escribe
toma nota.
(Lecciones de renuncia, 2019)
la costa allá morena por la noche…
4.
la costa allá morena por la noche. luz, luces, ojos de coastguard
adormecido. huele a tierra. un dolor a cansancio en el costado.
hay que tirarse al mar. braceando un dolor y huele a más fango,
a rumor de tripas escupiendo alimentos gruesos y mojados, molusco
convertido en gusano. gongolí de dolor, cansancio en el costado, grito
de ahogada sonido de agua entrometida pulmón explotando
alveolo
por
rosadito
alveolo
un cuerpo que se hincha allá tierra se rehondea acusona, ah morena,
coqueta la cabrona que no se deja arribar un cansancio y una mano
(falta un dedo) braceando, braceando, dolor, eolio jipiando asma y los
bronquios bailando su zambuido casi ya, la tierra con la panza abierta,
lejos
oliendo su vientre
lapachoso.
(Lecciones de renuncia, 2019)
en el vientre de los nuevos animales…
2.
en el vientre de los nuevos animales
lapachando
entre cajas de carnada
gases de diesel transparente
indocumentado 7
vomita para saberse vivo
la octava vez vio fauce a tierra nueva
pero del vientre del animal de madera
casi cae a la gran tripa del mar
y de ahí, carnada
y de ahí avechucho metálico
heliotropo con aspas sobrevolando a ras de ojosal.
hojaldre de una panza a otra
de una panza a otra
y desecho a las orillas.
Indocumentado vuelve al fondo de las cajas
vomita
por novena vez.
(Lecciones de renuncia, 2019)
cambiar de nombre…
5.
cambiar de nombre
de células de identidad
cédulas de igualita celda
dos por dos
son cable de tape en las manos
célula de grito y edad
procedencia
rito
y otra vez al mar
a cambiarse el nombre
células de inmensidad
celdas que idéntico se generan
helios y sol en griego con aspas
de libélula
rémora y un corral
más fuerte quel papel
aprisionando
una foto dos por dos que atrapa mueca
de manos con cable de tape a la espalda
a panza de perrera con pestillo
a punto de partida, otro corral
y de nuevo al mar
crédula de identidad
selva de agua
con su ciudad enorme de muertos
hinchados en sal.
(Lecciones de renuncia, 2019)
Portada: Mayra Santos-Febres. Foto de José Arturo Ballester Panelli.
Graciasss/www.barcelonareview.com/17/s_ent_msf
Graciasss/www.redalyc.org/pdf/377/pdf
Graciasss/afrofeminas.com/2020/el-secreto-de-pez-de-vidrio/
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