de la subyugación serafímica anglikana de una rezervación de
indios salvajes
Los ángeles no vienen a la reservación.
Murciélagos, tal vez, o búhos, cuadraditos y moteados.
También coyotes. Todos ellos significan lo mismo—muerte.
Y la muerte come ángeles, supongo, porque nunca he visto
a un ángel volar sobre este valle.
¿Gabriel? Nunca lo oí mentar. Aunque conozco a un tipo llamado
Gabi—pasó por aquí para un pow-wow y se quedó, típico indio.
Seguro que tenía alas, si era un pajarito-de-celda.
Vuela en carros robados. Dondequiera que llega,
niños crecen como calabazas en los vientres de las mujeres.
Como ya dije, ningún indio, que yo sepa, ha sido nunca o
ha visto nunca un ángel.
A lo mejor en un desfile de Navidad o algo así—
la iglesia Nazarena hace uno cada diciembre;
lo organiza la esposa del Pastor John. Por supuesto,
el hijo del Pastor es el ángel—todo el mundo sabe que los
ángeles son blancos.
Basta de pensar en ángeles-digo. A los indios no les sirven.
¿Recuerdas lo que pasó la última vez
que cierto dios blanco vino, flotando en el océano?
La verdad, puede que haya ángeles, pero si hay ángeles
allá arriba, viviendo en las nubes o sentados en tronos sobre
el mar, cubiertos por mantos de terciopelo y anillos de oro,
bebiendo whisky en copas de plata,
nos conviene que sigan ricos y gordos y feos, y
que se queden ahí-mismo, donde están—en sus lejanos cielos.
Más te vale nunca ver ángeles en la rezer. Si algún día los ves,
será porque te llevan en marcha forzada hasta Sión u Oklahoma,
o algún otro infierno que habrán diseñado para nosotros
Por qué no hablo de flores cuando las conversaciones
con mi hermano llegan a silencios incómodos
Perdónenme, guerras distantes, por traer
flores a casa.
Wislawa Szmborska
En las montañas de Cachemira,
mi hermano tiroteó a muchos hombres,
hizo estallar cráneos en pieles morenas,
tiñó de carmesí la blanca arena del desierto.
¿Qué se puede decir a un hombre
que ha recorrido un mundo así,
cuyas manos y cuyos ojos
lo han traicionado?
¿Había flores por allá? Pregunté
Esta fue su respuesta:
En una aldea, una turba de hombres
envolvió a una mujer en sábanas.
La mujer no se resistió.
Sus pies descalzos se arrastraban en el polvo.
La acostaron sobre el camino
y la apedrearon.
El primer hombre era su padre.
Lanzó dos piedras, una tras otra.
En el camino, el hermano de la mujer
le había llenado los bolsillos de piedras.
La multitud era un enjambre
de abejas trastornadas. La andanada
de piedras contra su cuerpo
ahogó sus gemidos.
La sangre estalló en las sábanas
como un racimo de violetas,
como cien rosas en flor.
Hacia las puertas amaranto del amor y de la guerra
Esta noche la ciudad es destello.
Lo que queda de un temporal de Agosto
es calor y humedad. Tras la ventana abierta,
la farola es una colmena en miel que podría cortar
con mi mano, mi palma un pozo de luz.
En la televisión, bombas como campanillas de plata
tañen sobre borroso horizonte—
Lo único que sé sobre la guerra es gana.
¿Qué es un muro sino un objeto que hay que empujar?
¿Qué es una alcoba sino un epicentro
de saqueo? ¿Y qué puedo hacer con cien hogares
sino abandonarlos como cartuchos gastados del deseo?
El zumbido de las ardientes, azules moléculas de ozono—
un hipotálamo de clarines de caballería—
me llama para algo—tú,
tan dispuesta a ser triturada. Podría morirme.
Me inclino, te beso sentada en el sofá,
imagino que estamos tendidas
sobre aquel desierto enjoyado de escombros—
la única aflicción es tu boca,
solo me duele no llegar a tu fondo—
las explosiones son contra nosotras.
La guerra no es más
que un recordatorio de Misa.
El tañer de las campanas, tus suspiros.
Las bombas, un carnaval de cuerpos, de tacto,
de todas las cosas que queremos probar—
un trozo de manzana empapado en vinagre,
una naranja roja henchida como un pecho—
esos mendigos de dientes.
Te quiero así—lo justo para crujirte
rumbo a un silencio hecho de pedazos de plata.
Allá afuera, los autos corren las resbalosas calles.
Mi boca está en tu cadera—
por arrancar solo este pedazo tuyo daría la vida,
por vaciar tu brillante vestido sobre el piso,
mientras las largas y sombrías piernas de las bombas,
me llevan a las puertas amaranto de la ciudad.
Cuando mi hermano era un Azteca
vivía en el sótano y sacrificaba a mis padres
cada mañana. Algo espantoso. Imperdonable.
Pero ellos volvían por más. Lo amaban, era cuanto podían decir.
Todo comenzó con él rebotando por la Avenida de los Muertos,
mis padres caminando detrás como efigies en una procesión,
él podía arder sobre el piso en cualquier momento. Ellos no sabían
qué más hacer salvo estar ahí para recogerlo cuando muriera.
Olvidaron quién estaba muriendo, quién estaba ya muerto.
Mi hermano
dejó de ponerse la camisa cuando un carnaval de mujeres de pechos
sucios lo convirtió en su líder, siguiéndolo arriba y abajo de las escaleras.
Eran acróbatas, ondulaban, sacudiéndose como serpientes.
Lo alimentaban con diamantes molidos y fuego. Él devoraba sus regalos.
Mis padres le suplicaban que les arrancara los ojos. Él se creyó
Huitzilopochtli, un dios, mitad hombre, mitad colibrí. Mis padres
a sus pies, eran rotos chupadores de miel.
Él les acercó su boca como espada, los engulló,
sacándoles el color hasta que las cejas les quedaron blancas.
Mi hermano los estrujó y descuartizó en el altar de sus celebraciones,
agitó en los puños sus corazones temblorosos,
mientras perros pulguientos corrían arriba y abajo de las escaleras
lamiéndose el culo, tirándose mordiscos.
Los vecinos se sorprendían de que los corazones de mis padres
volvieran a crecer. Decía mucho de mis padres, o de los corazones
de los padres.
Mi hermano los sumergió en cenotes, los tiró de los acantilados,
agujereó sus cráneos como vasos o jarras inservibles que fueran,
los despedazó para alimentar a los dioses que gobernaban
los coños de rata de las putas picadas de viruela
abriéndose de piernas en casas colgantes sin luz. Dormía
con la ropa oliendo a durazno podrido y cerillos, se enamoró
de las cucharas burbujeantes con las que lo alimentaban las mujeres
perro. Mis padres perdieron el apetito de comida y de hijos.
Como todos los reyes malvados, mi hermano, el Azteca,
llevaba una corona, una gorra de béisbol puesta hacia atrás
con la bandera de México bordada. Cuando la usaba
en el patio de la casa, que consideraba su Zócalo personal,
su rebaño sabía que él tenía el poder ese día, que poseía todas
las joyas que un monarca puede comer, fumar o inyectarse.
Las esclavas
se aproximaban a la cerca y comían de su mano. Les daba para su maíz
por entre los eslabones de sus cadenas. Mis padres miraban desde la
ventana, lloraban de ver su casa convertida en un zoológico, y era su hijo
el que estaba encerrado en una jaula oxidada. El Azteca encontró su corte
en un matorral al otro lado de la calle, entre pavorreales.
Mis padres cruzaban los dedos
para que no volviera, le ponían veladoras
para que sí. Siempre regresaba con plumas de jade y turquesa,
oliendo a la mierda de los pavorreales. Mis padres levantaban
lo que él dejó de sus cuerpos, intentaban sostenerse sin piernas,
eludir sus golpes con brazos ausentes, buscándose los dedos
para juntarlos y rezar, para salir de cualquier vientre negro al que
mi hermano, el Azteca, los hubiese arrojado.
(When My Brother Was an Aztec,
2012)
Trad. Francisco Larios
***
Poema de amor poscolonial
Me enseñaron que las sanguinarias pueden curar la mordedura
de serpiente, pueden detener el sangrado —casi todos olvidaron
esto cuando acabó la guerra. La guerra acabó, dependiendo
de a cuál guerra te refieras: aquellas que empezamos,
las anteriores, hace milenios y más,
aquellas que me empezaron a mí, que yo perdí y gané
—aquellas heridas que florecen sin pausa.
Un salario me dio forma, libra a libra. Y yo libro el amor y cosas
peores:
siempre hay otra campaña que atravesar marchando,
una noche en el desierto para el relámpago de cañón de tu pálida
piel apaciguada en tu pecho, laguna de plata y humo.
Desmonto mi caballo oscuro, me inclino ante ti, te entrego
el tirón fuerte de mi sed, de todas.
Aprendí Bebe en un país de sequía.
El dolor nos place, dejamos marcas
del tamaño de piedras —cada cabojón pulido
por nuestras bocas. Yo, tu lapidaria, tu rueda lapidaria,
giro —verde moteado rojo—
el jaspe de nuestro deseo.
En mi desierto hay flores salvajes
que tardan hasta veinte años en abrirse.
Las semillas duermen como geodas bajo la arena caliente del
feldespato
hasta que un destello de inundación estremece el arroyo,
[levantándolas
en su flujo de cobre, las abre de memoria
—recuerdan lo que su dios les murmuró
en las costillas: Despierta y duélete por tu vida.
Donde estuvieron tus manos hay diamantes
en mis hombros, deslizándose por mi espalda, muslos
—soy tu culebra.
Estoy en el polvo por ti.
Tus caderas son luz de cuarzo y peligro,
dos carneros de cuernos rosados que trepan una estela suave
[de desierto
antes de que el cielo de noviembre desate un diluvio de cien años
—el desierto devuelto de pronto a su mar antiguo.
Levántate, heliotropo silvestre, hierba del escorpión,
facelia azul que sostiene el morado como un cuello puede
[sostener
la forma de cualquier gran mano.
Manos grandes, así llamaba ella a las mías.
Hasta entonces, tocamos nuestros cuerpos como heridas—
la guerra no terminó nunca y de algún modo comienza de nuevo.
Ligera luz de sangre
Mi hermano sostiene un cuchillo.
Ha decidido apuñalar a mi padre.
Esto podría ser una historia bíblica,
si no fuera ya una historia sobre estrellas.
Lloro alacranes —escorpiones repiquetean
y caen al piso como tijeras metálicas amarillas.
Caen boca arriba, sobre la espalda y los ojos
pero se retuercen y se voltean sobre sus vientres segmentados.
Mi hermano olvidó ponerse los zapatos de nuevo.
Mis escorpiones lo rodean, latigan sus tobillos.
En ellos está lo que me punza
—hacen que mi hermano caiga al suelo.
Se levanta, todavía con el cuchillo en mano.
Mi padre salió corriendo de la casa,
lloraba por la calle como un farolero
—pero nadie encendió sus luces. Está oscuro.
Sólo queda la luz que emanan los escorpiones
—queda una luz pequeña también en el cuchillo.
Ahora mi hermano me quiere dar el cuchillo.
Alguien podría decir, Mi hermano quiere apuñalarme.
Intenta pasármelo —como si se tratara de algo bueno.
Como si dijera, ¿No quieres un poco de luz en el vientre?
Así como Orión y Escorpio
—a lo largo de toda esa noche negra— se pasan el sol.
Mi hermano se suelta la mandíbula
—entre sus dientes, pulsa la roja Antares.
Una manera de abrir el cuerpo a las estrellas: con un cuchillo.
Una manera de amar a una hermana: ayúdala a sangrar luz ligera.
Los indígenas norteamericanos son menos del
1 por ciento de la población de los Estados Unidos.
0.8 por ciento del 100 por ciento.
Oh, mi patria eficiente.
No recuerdo los días anteriores a Estados Unidos
—no recuerdo los días cuando todos estábamos aquí.
La policía mata nativos estadounidenses más
que cualquier otra raza. Raza es una palabra curiosa.
Raza implica que alguien ganará, [1]
¿Quién gana la carrera que no es una carrera?
El 1,9 por ciento de los asesinatos policiales
son de nativos estadounidenses, un porcentaje más alto
[per cápita que el de cualquier otra raza
—a veces raza significa corre.
No soy buena en matemáticas —¿puedes culparme?
He tenido una educación estadounidense.
Somos estadounidenses y somos menos del 1 por ciento
de los estadounidenses. Nos sale mejor morir
a manos de la policía que existir.
Cuando nos estamos muriendo, ¿a quién debemos llamar?
¿A la policía? ¿A nuestro senador?
Por favor, que alguien llame a mi madre.
En el Museo Nacional del Indio Americano,
el 68 por ciento de la colección es de Estados Unidos.
Estoy haciendo lo posible para no volverme un museo
de mí misma. Estoy haciendo lo posible por inhalar y exhalar.
Estoy rogándoles: Déjenme estar sola pero no me hagan invisible.
Pero en un cuarto estadounidense de cien personas
soy nativa estadounidense —menos de una, menos que
completa— menos que yo misma. Sólo una fracción
de un cuerpo, digamos, soy sólo una mano
—y cuando la deslizo bajo la blusa de mi amante
desaparezco por completo.
[1] Nota de la Traductora: En inglés, la palabra race se utiliza para hablar de una etnia
o raza pero significa, también, competencia o carrera.
La cura para la melancolía es tomar los cuernos
Alguna vez se pensó que el cuerno molido de unicornio curaba la melancolía.
Lo que carga el daño no es nunca la herida
sino el jardín encarnado que el cuerno borda
al retirarse —cuando ella se retiró. Estoy floreando
rozagante ausencia —una alarma brillante.
Brodsky dijo, La oscuridad restaura lo que la luz no puede
reparar. Me entusiasmaste —rasgada hasta la cresta.
Vengo y de nuevo por el cuerno de melaza.
La reina Isabel intercambió un castillo por un solo cuerno.
Yo atiendo el reino de mis manos
—un ejército de tacto que marcha por el alcázar de tus muslos
en voz alta y brillante como cualquier cuerno de guerra.
Llego hasta ti —mitad bestia, half feast.
Noche tras noche cosechamos el Iliac
Forest luxado, segamos la fruta oscureciente entibiada con
[especias
en nuestras bocas, separamos lo dulce de la espina.
Mi linternista. Tus manos, pabilo en la lámpara bronce
de mi pecho. Rózame hasta sacar chispa
—tiémblame hasta el asombro. En tu regazo
deja que recueste mis pesados cuernos.
Cumplí la profecía de tu garganta, suelta en ti
el ala fabulosa de mi boca. Rojo fantasma
sagrado y rojo. Dejé mi cuerpo y hablé con Dios, volví
angelada en serafina —con alas de cobre y cuernos.
Nuestros cuerpos no son sino lugares donde ser poseídas,
como en, Dios, me tenía agarrada por el cuello,
por la cadera, por la luna. Dios,
ella me lastimó con mis propios cuernos.
Fueron los animales
Hoy mi hermano trajo un pedazo del arca
envuelta en una bolsa de plástico del súper.
Puso la bolsa en la mesa de mi comedor y la desanudó
para revelar una madera fracturada de un pie de largo.
Dio un paso hacia atrás y la señaló con un gesto
de brazos y manos abiertas:
Es el arca, dijo.
¿Te refieres al arca de Noé?
¿Acaso hay otra? respondió.
¿Acaso hay otra? respondió.
Lee la inscripción, me dijo.
Dice lo que sucederá al final.
¿Qué final? quise saber.
Se rio, ¿A qué te refieres con «¿Qué final?»?
El final final.
¿Qué final? quise saber.
Se rio, ¿A qué te refieres con «¿Qué final?»?
El final final.
El final final.
Luego la extrajo. La bolsa de plástico cascabeleó.
Sus dedos, lisos por las ampollas de la pipa.
Sostenía con tanta gentileza el trozo de madera quebrada.
Había olvidado que mi hermano podía ser gentil.
La puso sobre la mesa como la gente en la televisión
coloca objetos que podrían estallar
o activarse —la colocó justo al lado de mi taza de café vacía.
No era un arca
—era la orilla rota de un marco para fotos,
tallada con flores en la superficie.
Recargó la cabeza en las manos.
No debía mostrarte esto…
Dios, ¿por qué le mostré esto?
Es tan antigua —Ay, Dios,
es tan vieja.
Bueno, cedí. ¿Dónde la conseguiste?
La chica, dijo él. Ay, la chica.
¿Cuál chica? pregunté.
Desearás no haberlo sabido nunca, me dijo.
¿Cuál chica?
¿Cuál chica? pregunté.
Desearás no haberlo sabido nunca, me dijo.
Lo observé pasar sus dedos deshechos
por el trabajo floral y despostillado de la madera.
Deberías leerlo. Pero, ay, no podrías tolerarlo
—sin importar cuántos libros hayas leído.
Estaba equivocado. Pude tolerar el arca.
Incluso pude tolerar sus dedos maravillosamente jodidos.
Cómo, casi, brillaban.
Cómo, casi, brillaban.
Fueron los animales —a los animales no pude tolerarlos
—subieron por la pasarela y entraron a mi casa,
rompieron el marco de la puerta con sus cascos y caderas,
me pasaron de largo, entraron en mi cocina, en mi hermano.
Sus colas serpentearon sobre mis pies antes de desaparecer
como los cables de las aspiradoras rebobinándose en los huecos
de las clavículas de mi hermano. Los colmillos rayaban las paredes,
extendiéndose hacia él: ñus, cerdos,
los oryx de negra y concordante cornamenta,
jabalíes, jaguares, pumas y aves de rapiña. Los ocelotes
con sus rostros matemáticos. Tantos tipos de cabras.
Tantos tipos de criaturas.
Quería seguirlos, llegar al fondo del asunto,
pero mi hermano me detuvo.
Esto es algo serio, dijo.
Tienes que entender.
Puede salvarte.
Puede salvarte.
Así que tomé asiento, con mi hermano arruinado y abierto así,
y, de dos en dos, las bestias fantásticas
lo desfilaron. Me senté, mientras el agua caía sobre mis tobillos,
se elevaba a mi alrededor y llenaba mi taza de café
antes de que flotara lejos de la mesa.
Mi hermano —abarrotado de sombras—
un casco de huesos, encendido por dientes y colmillos,
levantaba bien alto su arca en el aire.
Desde el campo del deseo
Ya no lo llamo sueño.
Prefiero arriesgarme a perder algo nuevo
como tú perdiste tu luna rosalzada, te la sacudiste hasta
[liberarte de ella.
Pero, a veces, cuando meto mis cuernos en algo
un asombro o una pena o una línea suya — es una fruta
[pegajosa y arruinada
y es difícil desentenderse de ella,
a pesar de mi temblor.
Déjame entonces llamar a mi ansiedad, deseo
Déjame llamarla, un jardín.
Quizá a eso se refería Lorca
Cuando dijo, verde que te quiero verde
porque, cuando viene la sombra de la noche,
yo soy un campo de ella, cualquier ansiedad está lista para
[florecer en mi pecho.
Mi mente en lo oscuro is a beast, desatenta,
Caliente. Y si no ha sido uncida hasta el agotamiento
Bajo la cadera y el arado de mi amante,
Entonces soy otra noche deambulando el prado del deseo
perpleja en su brillo verde y bajo,
tañendo el prado entre la medianoche y la mañana.
El insomnio se parece así a la primavera — sorprendente
y de muchos pétalos.
La patada y el salto dorado de saltamontes sobre mis cejas.
Me tocan las horas embrujadas del deseo
quiero su vida verde. La quiero dentro
en una hora verde que soy incapaz de detener.
Vena verde en su cuello verde ala en mi boca
Verde espina en mi ojo. La deseo como avanza un río,
doblándose. Verde que mueve verde, conmoviéndose.
Así de rápido, así es como sucede.
Soy una sonámbula.
Y aunque hayas dicho que hoy te sentiste mejor,
y es demasiado tarde en este poema, está bien ser claras,
decir, no me siento bien,
para pedirte que me cuentes una historia sobre la hierba
de búfalo que plantaste — y que me la cuentes una
u otra vez —
hasta que pueda oler su humo dulce,
pueda dejar este campo destrozado y ser tersa.
Ligera luz de piel
Toda mi vida he obedecido:
cada una de sus cacerías. Me muevo bajo ella
como un jaguar se mueve, en la oscura
cuchilla líquida de un hombro.
El prado áureo y abierto es una mano que se desliza
afrutada con luz y encendida de guadaña.
He llegado al lugar hecho por este dios:
Teotlachco, el campo de juego de pelota:
porque la luz la llamó: ¡hacia la luz!
y vive aquí: País-Lámpara.
Tocamos la pelota de luz
Uno contra el otro: — cuerpos divididos,
golpeados por el deseo
y tocados hasta resplandecer.
La luz le da nueva forma al codo de mi
amada,
un silbato de bronce.
Pongo mi boca ahí: — luxada por la piedad
y las dos nos venimos
en luz. Me arrolla.
Una ráfaga de escorpiones:
rápidos como la luz. Un látigo de respiración:
—hacedor de diosas.
Oda a las caderas de la amada
Campanas son — se les dio forma en el octavo día, percusiones
de plata en la mañana — son la mañana.
Vaivén viento viraje. Mantén lejos el día, que viaje
un poco más lento, que sea un poco más largo, más fácil. Llámame
Quiero mecerme, qui-ero mecerme, qui-ero mecerme
ya mismo — así que a ellas me acerco — tocada y muda,
ciega por ese tañido, sonando con la garganta llena de Hosanna.
¿Cuántas horas inclinadas ante este Infinito de la Bendita
Trinidad? Comunión de Pelvis, Sacro, Fémur.
Mi boca — ángel terrible, novenario eterno,
devoradora extática.
Oh, los sitios donde las he colocado, hincándome a recoger
el ámbar — rápida miel — de su apertura.
El templo oculto de Ah.Muzen Cab en Tulum — lamí
Hasta dejar liso lo pegajoso de su cadera, ossa coxae
Golpeada por el calor. Centelleante esclava al iliaco e isquion
[—nunca me canso
de sacudir este panal salvaje, de partirlo con los pulgares
goteando dulce — caliente agujero hexagonal, diamante oscuro —
hasta su reina enloquecida por el néctar. Lengua ménade
Borracha de venirme, chupando miel, en trance por el
[zumbido— soy
para sus caderas — canción rasgada y súcubo.
Ellas son el signo: cadera. Y el cosigno: un gran libro
la Biblia del cuerpo abierta en el Evangelio de la Buena Nueva.
Aleluyas, Ave Marías, Hail Marys, ay ay ays,
Oh-my-Gods, y cachún cachún rá rá
Culto del coxis. Illiac-Crest-Cult.
Oráculo del orgasmo. Enigma de Rorschach.
¿Qué veo? Caderas.
Hueso innominado. Hueso de los deseos. Huesode Orfeo.
Hueso de la transubstanación — caderas de pan,
muslos bañados en vino. Una palabra tuya bastará para sanarme.
Mariposa de hueso. Alas de hueso. Noria de hueso.
Cuenca de hueso trono de hueso lámpara de hueso.
Aparición en la gruta del hueso —sexto misterio,
Una cuenta resbalosa del rosario — Let the grace be with me de una
década en este jardín de flores escarlata. Exíliame
al enorme huerto de Alcínoo — fruta especiada, árbol
cargado —Emparaísame, Pues, Dios,
soy culpable. Soy el pecado frenético y lleno de dientes
que añora la pera sobre la manzana sobre el higo.
Tus caderas son más que todo eso.
Son una ciudad. Son Reino.
Troya y su caballo hueco, un ejército de deseo
treinta soldados en el vientre, dos en la boca.
Amada, tus caderas son la guerra.
En la noche tus piernas, amor mío, son bulevares
que me guían arruinada y hambrienta a tu dulce
casa, a tu mansión barroca. Incluso cuando llego tarde
y ya levantaron la mesa,
déjame comer pastel en la cocina de tus caderas.
Oh, constelación del desliz pélvico — cada curva,
un esplendor, estrella. Más infinitas todavía, tus caderas
son kósmicas, son universo — galáctico carrusel de cometas
encendidos y Big Bangs. Halcón Milenario,
déjame ser tu Solo. O, planeta caliente, déjame
circunnavegar. O, galaxia espiral, vengo por tu materia oscura.
Along the streets de tus muslos deambulo,
sigo el desfile de tu pulso como una fila de tambores
desciendo a tu Plaza de Toros
las manos, pulsantes toros de Miura, Isleros oscuros.
Tus caderas arqueadas — ay, mi torera.
A lo largo del corredor, tus paredes húmedas
me llevan como un traje de luces — de palo rosa y oro, brillante.
Soy el animal que nació para apurar tus densas y rojas
Muletas — cada aliento, cada suspiro, cada gemido—
un cuerno enganchado de deseo. Mi boca en tu muslo,
adentro. Aquí debo entrar en ti, mi pobre
Manolete — presiono y te separo como una herida —
hago que la multitud palpitante en la tribuna
de tu cresta ilíaca se levante en una ovación.
El lamento de Asterión
Tú, arqueándote — tú, curva de río y caudal lleno —
¿por qué Teseo no halló contigo la felicidad?
Déjame ser tu capitán tierno, navegar
El hilo ultramarino que desenredaste
de tu madeja — para guiar a los más perdidos a través
del laberinto de tu cuerpo.
Avanza siempre hacia abajo, me dijiste.
Sé que otro nombre para lo sagrado es agua
—he sufrido a la herida hirviente de la sed.
Sólo los sin-boca no se ungirían
con la tuya, no descenderían el verde-violeta
zigzagueante, el cardumen de tu clavícula,
ni dejarían caer el casco de sus pechos en tu costa.
Estoy viva y acecho el agua
de esa corriente que emana del esternón al seno
— descalza, dejando atrás la blusa, mareada
por los moños en verde plateado de
tus muñecas. Como cada arroyo centelleante se vierte
en las copas ágata de tus palmas. Me sumergiré
en el canal profundo que da vuelta a las arenas
de tus caderas para bajar por los muelles de tus muslos.
En tus manos soy una embarcación que viene,
un barco vacío dispuesto a ser el timón o el timón,
atado, sujeto — engrilletado y lleno.
Más peregrinaje que errancia. Más piedad
que asombro. Seguiré este mapa húmedo que eres
a través de los pasillos que me queden en la vida.
Y, si puedes cerrar los ojos frente al Minotauro
que hay en mí, con su cornamenta retorcida y pesada,
puedo hallarte.
Avanza siempre hacia abajo, lo haremos
Hacia la belleza y la saciedad del apetito de un monstruo.
Diez principales razones por las cuales los indios son buenos en
básquetbol
1.
Por la misma razón por la que somos buenos en la cama.
2.
Porque, hace mucho tiempo, el Creador nos dio una opción: pueden
escribir como un dios indio o tener un tiro más dulce que una lata de
jugo del gobierno —es una o la otra. Todos excepto Sherman Alexie
escogieron el tiro de salto.
3.
Sabíamos cómo bloquear tiros, cómo hacerlos bajar por tu garganta,
porque cuando dices, Tiren, nosotros escuchamos obús y metralletas
Hotchkiss y Springfield Modelo 1873.
4.
Cuando los jugadores indios sudamos, emitimos perfume de tortillas y
detergente Pine-Sol que actúa como una poción y desorienta a nuestros
oponentes, haciéndolos olvidar sus jugadas.
5.
Desde pequeños sabíamos que no hay diferencia entre la cancha de
básquetbol y la iglesia. De verdad, los Nazarenos ofician misa en el
gimnasio tribal los domingos por la tarde —el coro da rienda suelta a su
interpretación de “In the Sweet By and By” desde la línea de fondo.
6.
Cuando Walt Whitman escribió, El mestizo ajusta sus livianas botas para
competir en la carrera, en realidad quiso decir que todos los indios
mayores de 40 tienen un par de tenis Air Jordan vintage en sus armarios
y todavía creen poseer la magia suficiente para que incluso el más
voluminoso cuerpo alimentado con chatarra corra de un lado al otro de la
cancha y haga un tiro en bandeja.
7.
A los indios no les da miedo intentar un tiro aéreo en partidos de verdad,
aunque ningún indio haya logrado jamás un tiro aéreo, o no un indio de
una tribu reconocida federalmente, de cualquier modo. Pero aún así, la
desvergüenza con la que intentamos hacer tiros aéreos en calentamientos
les mete miedo a nuestros oponentes, y por lo tanto nos da una ventaja
mental.
8.
La cancha es el único lugar donde nunca pasaremos hambre —esa red es
un vacío que podemos llenar todo el día.
9.
Fingimos que jugamos cada juego para ganar una manta Pendleton, y el
JMV, el jugador más valioso, se llevará un cheque del tamaño de
Mashantucket Pequot per cápita.
10.
Pero, ya en serio, todos los indios son buenos en el básquetbol porque un
balón de básquet nunca es sólo un balón —siempre es una luna llena en
esta oscuridad terminal, el único faro trasero del Granada gris de Jimmy
Jack Tall Can que cortaba los caminos de tierra en una escapada para
comprar alcohol, el corazón del Creador que Coyote robó de la pira
funeraria condenándolo a caminar solo a través de todos los atardeceres
coralinos. Aquello a lo que le cantamos siempre ha sido una calabaza
gorda, el seno izquierdo de una mujer mojave tres cervezas adentro del
sábado por la noche. Siempre será una bala resbalosa y brillante que
podemos lanzar desde el arco de tres puntas en los cinco segundos que
quedan del año 1492, y mientras atraviesa y rompe la red, nuestros
enemigos heridos caerán de rodillas con el ligamento cruzado anterior
roto.
(Poema de amor poscolonial,
Vaso Roto,
2022,
Trad. Elisa Díaz Castelo)
***
El lamento de Asterión
Tú meándrica—tú riberina y plena—
¿por qué Teseo no pudo ser feliz contigo?
Permíteme ser tu tierna capitana, transportar
el hilo ultramarino que desenredaste
de tu madeja—guiar a los más perdidos a lo largo
del laberinto de tu cuerpo.
Avanza, siempre hacia abajo, dijiste.
Sé que otro nombre para sagrado es agua—
he sufrido el daño abrasante de la sed.
Sólo los que no tienen boca no se ungirían
con tu boca, no descenderían por el verde violáceo
serpenteando el bajío de tu clavícula,
estoy viva y atravieso para beber
en el torrente que fluye del esternón al pezón—
descalza, libre de ropajes, mareada
por las cintas verdiplata que nadan
por tus muñecas. Cómo cada una fluye,
derramándose centelleante
en las cuencas ágatas de tus palmas. Naufragaré
en el canal profundo que se curva por las dunas
de tus caderas, hasta llegar a los diques de tus muslos.
En tus manos soy un navío que se aproxima,
un barco vacío, deseoso de ser timonel o timoneado,
anclado, atado—encadenado y pleno.
Más peregrinaje que vagabundeo. Más compasión
que asombro. Seguiré este mapa húmedo de ti
a lo largo de lo que sea que quede de los pasillos de mi vida.
Y si logras cerrar los ojos ante el Minotauro
que hay en mí, con cuernos retorcidos y pesados,
podré encontrarte.
Avanza, siempre hacia abajo, lo haremos,
para belleza y satisfacción del apetito del monstruo.
Mi hermano, mi herida
Él llamaba a los toros de la calle.
Ellos entraron como un río oscuro,
un aluvión de pechos y pezuñas.
Todo moviéndose debajo, destrozando. Engarzaron
sus cuernos por entre las paredes. La luz zumbó
por los agujeros como avispas con pintas amarillas. Mi boca
era un nido vacío destrozado.
Después, él estaba en la mesa.
Después, en las quijadas de un cerdo.
No estaba hambriento. Era una parada.
Era una manzana podrida. Se estaba atragantando.
De modo que le di un puñetazo en el estómago.
Marte salió volando
y se abrió o floreció.
¿Cuántos pequeños ojos rojos cerrados en las hojas?
Dijo: Miren. Miren. Y miraron.
Me dijo: Álzate la blusa. Y me la alcé.
Me deslizó su tenedor en las costillas.
Sí, cantó. Una herida en el costado de Jesús.
No paraba de sangrar.
Metió la mano
y encendió la lámpara.
Nunca supe que yo también era una lámpara, hasta que la luz
se desprendió de mí, se me escurrió por el muslo,
remontó vuelo y se me atragantó como un canario.
Canario en realidad significa canes, dijo.
Se puso los zapatos.
Comenzaste todo esto con la boca, señaló.
¿Adónde vas? le pregunté.
A pasearme en la noria de la feria, me contestó,
y se me subió adentro como una ventana.
Poema de amor postcolonial
Me enseñaron que las restañasangres pueden curar una
mordedura de serpiente,
que pueden evitar una hemorragia—la mayoría de la gente
olvidó esto cuando terminó la guerra. La guerra terminó
dependiendo de qué guerra hables: las que comenzamos,
antes de ésas, hace milenos y de allí en adelante,
aquéllas que me iniciaron, que perdí y gané—
estas heridas irrestañables.
Me formaron las disputas. De modo que hago el amor y peor—
siempre otra campaña por la que hay que atravesar
una noche en el desierto por el destello de cañón de tu piel pálida
instalándose en la laguna plateada de humo en tu seno.
Me apeo de mi caballo negro, me doblego allí ante ti, te emancipo,
la intensa atracción de todos mis deseos—
aprendí a Beber en un país agobiado por sequías.
Nos disfrutamos hasta el dolor, dejamos marcas
del tamaño de piedras—cada una un cabujón bruñido
por nuestras bocas, yo, tu lapidaria, tu molinete lapidario,
girando—rojo moteado de verde—
los jaspes de nuestros deseos.
Hay flores del campo en mi desierto
que toman hasta veinte años para florecer.
Las semillas duermen como geodas debajo de la arena caliente
de feldespato
hasta que una crecida desborda el arroyo, arrastrándolas
en su corriente cobriza, abriéndolas con la memoria—
recuerdan lo que les insufló su dios
en las costillas: despierten y sufran por sus vidas.
Donde tus manos estuvieron hay diamantes
en mis hombros, en mi espalda, en mis muslos—
soy tu culebra.
Me arrastro por ti en la tierra.
Tus caderas son cristales de roca peligrosos,
dos carneros de cuernos rosados que surgen de un arroyo
tranquilo en el desierto antes de que el cielo de
noviembre desate un diluvio de cien años—
el desierto regresó de improviso a su mar prístino.
Surjan el heliotropo silvestre, la phacelia crenulata,
la phacelia campanularia que porta el morado de la forma
en que una garganta puede portar
la forma de cualquier mano formidable—
Manos formidables fue como ella llamó a las mías.
Con el tiempo vendrán las lluvias, o tal vez no.
Hasta entonces, nos tocamos los cuerpos como heridas—
la guerra nunca terminó y de algún modo comienza nuevamente.
(Postcolonial Love Poem,
2020)
Trad. al español de Miguel Falquez-Certain
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Graciasss/www.zendalibros.com/5-poemas-de-natalie-diaz/
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